A sus excelencias
los jefes de Estado o de Gobierno
Hace exactamente un mes se celebró en AsÃs la Jornada de oración por la paz en el mundo. Hoy mi pensamiento se dirige espontáneamente a los responsables de la vida social y polÃtica de los paÃses que estuvieron representados allà por los lÃderes religiosos de numerosas naciones.
Las intervenciones inspiradas de estos hombres y mujeres, representantes de las diversas confesiones religiosas, asà como su deseo sincero de trabajar en favor de la concordia, de la búsqueda común del verdadero progreso y de la paz en el seno de toda la familia humana, encontraron su expresión elevada y, a la vez, concreta en un "decálogo" proclamado al término de esa excepcional jornada.
Tengo el honor de enviar el texto de este compromiso común a su excelencia, convencido de que estas diez proposiciones podrán inspirar la acción polÃtica y social de su Gobierno.
Pude constatar que los participantes en el encuentro de AsÃs estuvieron animados más que nunca por una convicción común: la humanidad debe elegir entre el amor y el odio. Y todos, sintiéndose miembros de una misma familia humana, supieron traducir esa aspiración a través de este decálogo, persuadidos de que, si el odio destruye, el amor, por el contrario, construye.
Deseo que el espÃritu y el compromiso de AsÃs guÃen a todos los hombres de buena voluntad en la búsqueda de la verdad, la justicia, la libertad y el amor, para que toda persona humana goce de sus derechos inalienables, y cada pueblo, de la paz. Por su parte, la Iglesia católica, que pone su confianza y su esperanza en "el Dios de la caridad y de la paz" (2 Co 13, 11), seguirá comprometiéndose para que el diálogo leal, el perdón recÃproco y la concordia mutua marquen los caminos de los hombres en este tercer milenio.
Agradeciendo a su excelencia el interés que quiera prestar a mi mensaje, aprovecho esta ocasión para asegurarle mi más alta consideración.
Vaticano, 24 de febrero de 2002
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