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Manuel Pellejero Samitier, Dios y el Hombre
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Dios y el hombre

El hombre ha sido es y seguirá siendo un enigma para sí mismo. Ahora que estamos en la era de las grandes tecnologías y de los impresionantes avances científicos, no son pocos los que creen que la ciencia acabará explicándolo todo, incluso llegar a desvelar el misterio del hombre como “ser”. Ni tampoco son pocos los que piensan que la ingeniería genética, tras haber completado el mapa de genoma humano, a la par con otras ciencias como humanidades, antropología, psicología, etnología, etc., darán definitivamente en el clavo haciendo desaparecer todas las religiones. Por haber los hay hasta que afirman contundentemente que ya se han construido máquinas más inteligentes que el propio hombre. Menos son los que piensan que tanto las ciencias como las máquinas son productos del cerebro humano, del que por otra parte resulta difícil hablar, entre otras cosas porque todavía no sabemos como funciona en detalle.

A lo largo de la historia, la filosofía y las ciencias parece que unas veces tienden a divergir y otras a converger y en ambos casos ahondan en el misterio del hombre como “ser”, patente ya desde su propia encarnación. De alguna manera la ciencia, no pocas veces, por ser producto del cerebro humano, es portadora de tremendos errores que dejan a su creador inmerso en el vacío mas absoluto. Así pues las divergencias y convergencias observadas a lo largo de la historia entre las ciencias y la filosofía, parecen desembocar en un mismo sentido, y como tal hecho podemos advertir sin dificultad que tanto la ciencia con métodos estrictamente objetivos, como la filosofía con razonamientos profundos y perfectamente válidos, no pueden aportarnos un exhaustivo conocimiento del hombre como “ser”. Pienso, luego existo. ¿Puede alguien explicar ésto con una ecuación?. No. Todo movimiento observable es relativo. ¿ Puede alguien demostrar esto con algún razonamiento filosófico?. No. Pero advirtamos que tanto el brillante razonamiento filosófico, como la brillante teoría, emergieron de dos cerebros humanos privilegiados, valores que si los admitimos como recibidos, sería absurdo atribuirlos a las propias ciencias o filosofía, pues ambas surgen del cerebro.

Un simple pensamiento humano, puede traspasar las barreras del Universo, esa Unidad de Actividad con la que el hombre se siente solidario, lo que implica definitivamente que el ser humano es infinitamente superior al Cosmos. El hombre es el único ser que arriesga e incluso da la vida aparentemente por nada, por un ideal. Pero el ideal existe, y si en tal caso el hombre da la vida por él, no podemos decir que lo ha hecho por nada. “Su muerte no ha sido en vano”, solemos decir. Si alguien ha sufrido o sufre algún tipo de estado depresivo, sabe que de nada sirve que intenten darle ánimos para aliviar su sufrimiento. Con frecuencia dice que lo dejen en paz porque lo único que hacen es ponerlo peor de lo que está, algo que no comprende el mentalmente sano. Y esto es lo que no pueden explicarnos ni la ciencia ni la filosofía. Somos como somos y no como quisiéramos ser. El hombre no es perfecto, pero casi. Conocedor de sus limitaciones, es consciente además de que no hay otro ser igual a él, lo que le lleva a un instinto de conservación muy distinto al de cualquier otro animal.

Pero ¿ Quien soy yo?, ¿Por qué estoy aquí?. En conciencia son preguntas que el hombre lleva dentro de sí durante toda la vida, y es él quien intenta darle “su” respuesta. Estas preguntas pueden parecer absurdas, ingenuas, e incluso para algunos carentes de sentido. Pero es inevitable que surjan a lo largo de la vida, y cuando el hombre intenta darles “su” repuesta, lo primero que suele descubrir es algo primordial, “que es él quien está, y no otro”, algo que no estima como producto de una casualidad, lo que con frecuencia le lleva a pensar con certeza de que “su” encarnación no se debe al azar ni al capricho de una simple combinación del código genético.

Pero la vida adquiere un carácter dramático si a esas dos preguntas añadimos otras dos. ¿Qué es la muerte?, ¿Por qué tengo que morir?. Definir la existencia del hombre, su lugar en el Cosmos y su destino son tareas que en cierta manera parecen concernir tanto a la ciencia como a la filosofía. Ambas son conocimientos que brotarán del cerebro humano y que a lo largo de la historia, como ya se ha dicho, se advierte claramente que divergen y convergen dejando al hombre sin respuesta. El hombre nace libre, puede esclavizar, ser esclavizado por otro hombre o por si mismo. Pero advirtamos que en cualquier caso, estamos ante portentosos resultados del cerebro: Pensamiento, idea, acción. Está claro que estamos ante una relación causa efecto, pero que nadie intente explicar esto con una ecuación. No lo conseguirá. Ni tampoco con razonamientos filosóficos. Todo será en vano. Es sin lugar a dudas lo más extraordinario que posee el hombre. La ilusoria pregunta que a veces nos hacen, ¿en qué piensas?, no deja de ser una tremenda ingenuidad, pues a nuestro interlocutor le podemos responder todo lo contrario de lo que estamos pensando, e incluso dejarlo satisfecho. La riqueza de ideas que nace del pensamiento humano es tan apasionante como desconcertante. Pero el hombre descubre por si mismo que está limitado por su propio pensamiento, que aunque parezca extraño, le impide acceder del todo a su cerebro. De hecho pensamos mucho mas rápido de lo que hablamos, y no digamos ya si intentamos escribir lo que pensamos. Así pues llegamos a la conclusión por absurda que parezca, de que incluso estamos limitados para acceder a nuestro cerebro, como si algo a alguien nos impidiera acceder a él del todo, hecho que lleva al hombre a la conclusión de que no puede considerarse a sí mismo un absoluto. En él, y por encima de él, hay algo más.

Cuando el hombre adquiere plena conciencia de su encarnación en nuestro minúsculo planeta, percibe que su vida está íntimamente ligada al Cosmos y a las numerosas especies de animales y plantas que le rodean. Se yergue superior a ellos, los domina con un poder limitado que sin lugar a dudas recibe, que le viene dado a su cerebro. Con este poder limitado, puede dominar de manera insignificante la naturaleza y el Cosmos, puede construir, destruir e incluso llegar a su propia autodestrucción. Ahora bien, no puede crear algo de la nada, evidencia que admite y que le lleva a la sencilla conclusión que de la nada “es”, para luego “dejar de ser”. La expresión que en determinados momentos decimos, “no somos nada”, podemos aceptarla como buena, pero es imprecisa. El hombre es algo importante y sublime, y queramos o no está llamado a explorarse y a conocerse a si mismo como “ser”.

Pero todas esas preguntas, ¿tendrán el mismo sentido para el demente, el sordomudo, el ciego, los siameses, o un enfermo que muestra encefalograma plano?. No podemos saber como piensan los demás salvo que nos lo quieran o puedan comunicar. Con frecuencia, al intentar dar respuesta a este tipo de preguntas, se prescinde del hombre como “ser” percibiendo su existencia tan solo como cuerpo, a la vez que se descalifican opciones importantes de tipo metafísico y religioso. Esta respuesta es exacta y no pretende en absoluto descalificar a la ciencia, sino dejar claro que en ocasiones sus pretensiones de totalidad conducen a errores de difícil reparación. Normales, dementes, ciegos, sordomudos, indígenas y siameses tenemos un cerebro que piensa. Cuando una máquina nos muestra un electroencefalograma plano, tras muchas y muy exhaustivas investigaciones la ciencia médica nos dice con certeza que se ha producido una “muerte encefálica”. Ocurrido este hecho, se produce la admirable labor que llevan a cabo los equipos médicos de transplantes y la no menos admirable actitud de los donantes que conlleva un acto de amor de lo mas entrañable que hoy pueda acontecer en la humanidad. Ahora bien, momentos antes de producirse la “muerte encefálica”, ese cerebro pensó. Pero, ¿Qué es lo que pensó?, ¿Cuál fue su último pensamiento?, ¿Intentó transmitirnos algo y no pudo? Nunca lo sabremos. De este modo llegamos a admitir sin ningún tipo de fisuras que el pensamiento humano está ligado a la persona como “ser”, sea del modo que sea y esté en el estado que esté.

El hombre como “ser”, conocedor de sus limitaciones y de su dramático final, con frecuencia en determinados momentos, sea la muerte de un ser querido, el dolor o la enfermedad, parece darse cuenta del sentido de su auténtica encarnación. Se rinde ante la realidad de estos hechos viéndose impotente, siendo entonces cuando parece intuir que en él hay algo más y siente que ese algo desea estar indisolublemente unido a él. Algo que en lo mas profundo de su cerebro le está invitando a trascender. El hombre está lleno de perfecciones y defectos, pero no olvidemos que entre ambos extremos se encuentran los valores, algo que le distingue del resto de los animales. Pero mas tarde o mas temprano descubre que no es él el creador de los valores. A lo largo de su vida los va descubriendo como dados por un algo. Percibe a ese algo como una luz que lo traspasa, que esa luz contiene la esencia que los porta, y que libremente puede rechazarla o acogerla, porque no lo olvidemos, esta hecho libre, completamente libre. Así pues, no parece correcto decir que en esos momentos el hombre como “ser” se esté inventando la trascendencia. Es precisamente cuando comienza a conocerse a si mismo, a conocerse como “ser”, y si acepta que los valores los ha recibido como dados, como fruto de la esencia de esa luz, tampoco podemos decir que se está inventando a Dios. Por extraño que parezca, estos valores morales y espirituales, le han sido dados al hombre en cualquier época de la historia y en cualquier raza, cultura o religión. Ha sido, es y seguirá siendo libre para acogerlos o rechazarlos, pero si los rechaza cae en un vacío infinito que le lleva a la mas completa soledad y a la pérdida total de su mas pura existencia como “ser”.

El amor es el mayor de los valores que el hombre es invitado a recibir, hasta el punto que podemos decir sin temor a equivocarnos que todos los demás están influenciados por él. Siente la necesidad de transmitirlo a sus semejantes e intuye que rechazarlo es rechazarse a sí mismo. Se hace omnipresente hasta el dramático y culminante momento de la muerte, permaneciendo con él hasta el final junto al último hálito de vida. El camino es tan verdadero como inevitable, y no hay otro. Condiciona además todos los proyectos de nuestra vida, al intuir que también estamos limitados por el tener que morir. La angustia que produce en el ser humano la muerte, puede ser aliviada, y de esto habría mucho que hablar, por lo que hoy algunos llaman progreso o bien estar social, pero siempre estará presente. Ninguna de las dos cosas la evitará en su totalidad. Solo la luz que porta al amor recibido, y que ha sido correspondido y transmitido, puede vencerla, y ninguna otra cosa. Luz portadora de la esencia de todos los valores. Luz que nos hace libres para poderlos acoger o rechazar y que nos invita a transmitirlos. Luz, que solo puede venir de Aquél que en determinado momento, decidió crear de la nada el Universo poniendo en su centro al hombre como “ser”.

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