A cien años del nacimiento de Gabriela Mistral
La lectura de la poesÃa de quien fuera galardonada con el Premio Nobel de Literatura del año 1945 constituye un encuentro lÃrico con misterios esenciales de la vida humana: el dolor como trasfondo permanente, la maternidad, la infancia mÃtica, el amor a la tierra, la muerte y, sobre todo, la dimensión religiosa, cristiana, expresada en poemas muy personales que plasman un sentimiento profundo en versos dolientes, Ãntimos, esperanzados, telúricamente humanos, que dan testimonio de una honda vivencia religiosa a la vez que de una lucha por levantar vuelo, en la envoltura de lo sobrenatural, sobre el tiempo, lo cotidiano, el sufrimiento, la muerte.
Lucila Godoy Alcayaga, verdadero nombre de Gabriela Mistral, nació en Vicuña (Chile) el 7 de abril de 1889. Su infancia se ve marcada por el abandono del padre, Jerónimo Godoy de Villanueva, cuando Lucila tenÃa 3 años. Fue una niña soñadora y de una timidez enfermiza, e incluso fue tachada de incapaz en la escuela primaria. En su etapa escolar hay un acontecimiento que dejarÃa en ella una impresión permanente: fue acusada en público por la directora de su colegio de haber robado unos cuadernillos que se le habÃa encomendado para su distribución entre las alumnas, algunas de las cuales, aprovechando su debilidad, se los habÃan arrebatado. Lucila, por su carácter tÃmido, no supo dar cuenta del destino de los cuadernos faltantes.
Este acontecimiento, aparentemente tan trivial, constituye un preanuncio de otros sufrimientos que Lucila tendrÃa que sobrellevar en su vida, como es el caso de las numerosas calumnias de la que fue vÃctima en Santiago de Chile cuando se hallaba de viaje por Europa en 1928, hasta el punto de llegar a decir: «He purgado del vicio nacional hasta el mayor extremo. Descanso en Dios, me basta y sobra.» La cercanÃa de los ambientes frÃvolos, a ella que era una mujer que tendÃa a respirar en las profundidades de la existencia, también le repugnaba en grado extremo. «Me desagrada la proximidad de Santiago —dice—, donde la vida se me va en tonterÃas de recibir visitas y pagarlas, cuando las pago...» Esto explicarÃa en parte el autoexilio que se impuso. Desde 1922, en que viaja a México invitada por José Vasconcelos para colaborar en la reorganización de la educación rural, en muy contadas ocasiones regresarÃa a Chile.
Acontecimientos importantes y decisivos en la vida de Lucila —que la familiarizarÃan con la muerte, tema que constantemente aflora en su poesÃa— fueron el suicidio de un joven funcionario de los ferrocarriles, Romelio Ureta Carvajal, el único amor juvenil de la poetisa (1909); la muerte de su madre cuando Lucila se encontraba en España (1929), que motivaron los poemas que aparecen en la primera parte de su libro Tala; otra vez un suicidio, el de su sobrino e hijo adoptivo, Juan Miguel, a quien llamaba con el tierno sobrenombre de Yin-Yin, quien se envenenó por razones desconocidas un dÃa de agosto de 1943, cuando él y Lucila residÃan en Petrópolis (Brasil).
La primera de estas dolorosas experiencias —el suicidio del joven amado— se plasmó poéticamente en Los sonetos de la muerte, con los cuales Lucila ganó los Juegos Florales de Santiago de Chile en diciembre de 1914. El seudónimo que utilizó entonces fue el de Gabriela Mistral, en alusión al viento del mismo nombre —«siempre en las tardes, después que terminaba mis labores escolares, me iba hacia un punto alto de la escarpa y ahà por largo rato me sumergÃa en su soplo»—. El nombre de Gabriela lo asumió en referencia a dos escritores italianos a quienes admiraba: Gabriel D'Annunzio y Dante Gabriel Rossetti. No es cierto —como comúnmente se cree— que el seudónimo de Mistral provenga de su admiración por el poeta francés Frédéric Mistral (Premio Nobel 1904). «Una vez tuve que mentir sobre este punto de mi nombre literario —decÃa— y me dolió porque a quien mentà era un hombre sabio, pero no pude hacer otra cosa.»
La gran vocación de Lucila fue la educación, a la que se consagró desde su juventud, trabajando como maestra rural en su terruño natal. De ahà proviene ese anhelo de maternidad —nunca plasmado fÃsicamente en su vida— que alcanzarÃa dimensiones universales en muchos de sus poemas, asà como los poemas infantiles, que intentan la mayor sencillez con un juego rÃtmico de las palabras. «Yo continúo a la caza de la lengua infantil, la persigo a través de todos los idiomas, porque los niños hablan el mismo idioma en todas partes, el idioma del amor» —decÃa la poetisa sobre su segundo libro,Ternura (1924), centrado en el mundo de la infancia y la vivencia de la maternidad.
Su intensa labor educativa —abnegada, generosa, servicial—, asà como su renombre literario, conquistado paulatinamente con sus poemas llenos de una belleza misteriosa e Ãntima, la llevarÃan a desempeñar una serie de funciones importantes durante su vida. José Vasconcelos, Ministro de Educación de México, la invita a trabajar en la educación en ese paÃs, donde permanecerá hasta que en 1925 viaja por Europa. SerÃa representante de Chile en la Liga de las Naciones (1926), encargada de misiones diplomáticas en Suiza, España e Italia (1927-1928); vivirá en La Provenza, en Francia (1928), viajará a los Estados Unidos, Centroamérica y Las Antillas (1930). Ocupará el consulado de Chile en Nápoles y Madrid, y en 1936 es nombrada cónsul vitalicio. Representa a su patria en Oporto (Portugal) y en Guatemala. En 1937 es declarada, en un viaje a Sao Paulo, miembro honorario de la Sociedad Panamericana de Brasil. En 1938 será cónsul de Chile en Niza (Francia) y a partir de 1941 en Petrópolis y luego en Rio de Janeiro (Brasil). Desempeñara también el consulado en Los Angeles (EE.UU.), en Veracruz (México), en Nápoles (Italia) con residencia en Rapallo y, finalmente, en Nueva York, donde morirÃa vÃctima de un cáncer de páncreas en 1957.
La sencillez y la intensa religiosidad —humana, intensamente humana— de Gabriela Mistral se puede ver en la actitud que tomó al recibir la noticia de que le habÃa sido otorgado el Premio Nobel de Literatura. Asà narró ella misma su experiencia, en una carta a su amiga, la poetisa chilena Matilde Ladrón de Guevara: «Estaba sola en Petrópolis, en mi cuarto de hotel, escuchando en una radio las noticias de Palestina. Después de una breve pausa en la emisora, se hizo el anuncio que me aturdió y que no esperaba. El anuncio que Gabriela Mistral ha ganado el Premio Nobel. Caà de rodillas frente al crucifijo de mi madre, que siempre me acompaña, y bañada en lágrimas oré: ¡Jesucristo, haz merecedora de tan alto lauro a tan humilde hija! VivÃa aún la espantosa tragedia de mi Yin y estaba al margen de la vida. Todo me era indiferente. Aún eso.» Lucila no consideró el premio como una victoria personal, sino como un galardón para América. «Es el nuevo mundo que ha sido honrado por mi intermedio; la victoria no es mÃa, sino de América» —respondió a un periodista.
La vocación poética reviste en Gabriela Mistral más que un carácter meramente estético y literario; revela una experiencia de purificación, de manifestación de lo inexpresable por profundo, de encuentro con el misterio de la vida en sus vertientes más esenciales, de comunión con lo universal. Y es que la Mistral nunca supo escribir más que de aquello que hundÃa raÃces en su propio drama personal, pero en apertura a las interrogantes humanamente universales. Su amor a la tierra es amor a los hombres, expresado en un afán de entrega oblativa, tal como aparece descrito en su poema El reparto.
Sobre la poesÃa —la ajena y la propia— decÃa ella en enero de 1938 en Montevideo:
«La poesÃa me conforta los sentidos, y eso que llaman el alma; pero la ajena mucho más que la mÃa. Ambas me hacen correr mejor la sangre; me defienden la infantilidad del carácter, me aniñan y me dan una especie de asepsia respecto al mundo.
»La poesÃa es en mÃ, sencillamente, un rezago, un sedimento de la infancia sumergida. Aunque resulte amarga y dura, la poesÃa que hago me lava de los polvos del mundo y hasta no sé qué vileza esencial parecida a lo que llamamos el pecado original, que llevo conmigo y que llevo con aflicción. Tal vez el pecado original no sea sino nuestro caÃda en la expresión racional y antirrÃtimica a la cual bajó el género humano y que más nos duele a las mujeres por el gozo que perdimos en la gracia de una lengua de intuición y de música que iba a ser la lengua del género humano».
Cinco son los libros de poemas que Gabriela Mistral nos ha dejado, el último de ellos póstumo. Son Desolación (1922), Ternura (1924), Tala (1938), Lagar (1954) y Poema de Chile(1967).
Los textos que he elegido en esta brevÃsima selección son todos de temática religiosa. No necesitan de mayor explicación, salvo los poemas deTala. Es considerado este libro como aquel en el cual el don poético de Gabriela Mistral llega a su máxima expresión. Definitivamente, los poemas que allà aparecen no son de fácil lectura; las imágenes utilizadas son de una belleza hermética, misteriosa, sugerente, a veces de difÃcil desentrañamiento. La memoria divina es un poema cuyo trasfondo es la nostalgia del estado original del hombre, que vive ahora en la tierra de la desemejanza; el poema hace tal vez alusiones a la infancia mÃtica perdida, que encuentra expresión a través de los recuerdos infantiles de la autora. Locas letanÃas es uno de los poemas que la muerte de su madre le inspiró. Es una oración a Cristo, designado con una profusión de metáforas de resonancias anÃmicas intensas, aunque a veces oscuras.
I. Amarás la belleza, que es la sombra de Dios sobre el Universo.
II. No hay arte ateo. Aunque no ames al Creador, lo afirmarás creando a su semejanza.
III. No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el natural alimento del alma.
IV. No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino ejercicio divino.
V. No la buscarás en las ferias ni llevarás tu obra a ellas, porque la Belleza es virgen y la que está en las ferias no es Ella.
VI. Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el primero.
VII. Tu belleza se llamará también misericordia, y consolará el corazón de los hombres.
VIII. Darás tu obra como un hijo, poniendo en ella tu sangre de mil dÃas.
IX. No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista.
X. De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño.
(de Desolación)
Háblame ahora de Dios, y te he de comprender.
Dios es este reposo de tu larga mirada en mi mirada, este comprenderse sin el ruido intruso de las palabras. Dios es esta entrega ardiente y pura y esta confianza inefable.
Está, como nosotros, amando al alba, al mediodÃa y a la noche, y le parece, como a los dos, que comienza a amar...
No necesita otra canción que su amor mismo, y la canta desde el suspiro al sollozo. Y vuelve otra vez al suspiro...
Es esta perfección de la rosa madura, antes de que caiga el primer pétalo.
Y es esta certidumbre divina de que la muerte es mentira.
SÃ, ahora comprendo a Dios.
(de Desolación)
La noche del Huerto, Judas durmió unos momentos y soñó, soñó con Jesús, porque sólo se sueña con los que se ama o con los que se mata.
Y Jesús le dijo:
—¿Por qué me besaste? Pudiste señalarme clavándome con tu espada. Mi sangre estaba pronta, como una copa; mi corazón no rehusaba morir. Yo esperaba que asomara tu rostro entre las ramas.
«¿Por qué me besaste? La madre no querrá besar a su hijo porque tú lo has hecho, y todo lo que se besa por amor en la tierra, rehusará la caricia ensombrecida. ¿Cómo podré borrar tu beso de la luz, para que no se empañen los lirios de esta primavera? ¡He aquà que has pecado contra la confianza del mundo!
«¿Por qué me besaste? Ya los que mataron con cuchillas se lavaron: ya son puros.
«¿Cómo vivirás ahora? Porque el árbol muda la corteza con llagas; pero tú, para dar otro beso, no tendrás otros labios, y si besases a tu madre encanecerá a tu contacto, como blanquearon al comprender los olivos que te miraron.
«Judas, Judas, ¿quién te enseñó ese beso?»
—La prostituta —respondió ahogadamente, y sus miembros se anegaban en un sudor que era también de sangre, y mordÃa su boca para desprendérsela como el árbol su corteza gangrenada.
Y sobre la calavera de Judas, los labios quedaron, perduraron sin caer, entreabiertos, prolongando el beso. Una piedra echó su madre sobre ellos para juntarlos; el gusano los mordió para desgranarlos; la lluvia los empapó en vano para podrirlos. ¡Besan, siguen besando aún bajo la tierra!
(de Desolación)
I
¡Cristo, el de las carnes en gajos abiertas;
Cristo, el de las venas vaciadas en rÃos:
estas pobres gentes del siglo están muertas
de una laxitud, de un miedo, de un frÃo!
A la cabecera de sus lechos eres,
si te tienen, forma demasiado cruenta,
sin esas blanduras que aman las mujeres
y con esas marcas de vida violenta.
No te escupirÃan por creerte loco,
no fueran capaces de amarte tampoco
asÃ, con sus Ãmpetus laxos y marchitos.
Porque como Lázaro ya hieden, ya hieden,
por no disgregarse, mejor no se mueven,
¡Ni el amor ni el odio les arrancan gritos!
II
Aman la elegancia de gesto y color,
y en la crispadura tuya del madero,
en tu sudar sangre, tu último temblor
y el resplandor cárdeno del Calvario entero,
les parece que hay exageración
y plebeyo gusto; el que Tú lloraras
y tuvieras sed y tribulación,
no cuaja en sus ojos dos lágrimas claras.
Tienen ojo opaco de infecunda yesca,
sin virtud de llanto, que limpia y refresca;
tienen una boca de suelto botón
mojada en lascivia, ni firme ni roja;
¡y como de fines de otoño, asÃ, floja
e impura, la poma de su corazón!
III
¡Oh Cristo!, un dolor les vuelva a hacer viva
l'alma que les diste y que se ha dormido,
que se le devuelva honda y sensitiva,
casa de amargura, pasión y alarido.
¡Garfios, hierros, zarpas, que sus carnes hiendan
tal como se hienden quemadas gavillas;
llamas que a su gajo caduco se prendan,
llamas de suplicio: argollas, cuchillas!
¡Llanto, llanto de calientes raudales
renueve los ojos de turbios cristales
y les vuelva el viejo fuego del mirar!
¡Retóñalos desde las entrañas, Cristo!
Si ya es imposible, si Tú bien lo has visto,
sin son paja de eras... ¡desciende a aventar!
(de Desolación)
Si me dais una estrella,
y me la abandonáis, desnuda ella
entre la mano, no sabré cerrarla
por defender mi nacida alegrÃa.
Yo vengo de una tierra
donde no se perdÃa.
Si me encontráis la gruta
maravillosa, que como una fruta
tiene entraña purpúrea y dorada,
y hace inmensa de asombro la mirada,
no cerraré la gruta
ni a la serpiente ni a la luz del dÃa,
que vengo de una tierra
donde no se perdÃa.
Si vasos me alargaseis,
de cinamomo y sándalo, capaces
de aromar las raÃces de la tierra
y de parar al viento cuando yerra,
a cualquier playa los confiarÃa,
que vengo de un paÃs
en que no se perdÃa.
Tuve la estrella viva en mi regazo,
y entera ardà como un tendido ocaso.
Tuve también la gruta en que pendÃa
el sol y donde no acababa el dÃa.
Y no supe guardarlos,
ni entendà que oprimirlos era amarlos.
Dormà tranquila sobre su hermosura
y sin temblor bebÃa en su dulzura.
Y los perdÃ, sin grito de agonÃa,
que vengo de una tierra
en donde el alma eterna no perdÃa.
(de Tala)
¡Cristo, hijo de mujer,
carne que aquà amamantaron,
que se acuerda de una noche,
y de un vagido, y de un llanto:
recibe a la que dio leche
cantándome con tu salmo
y llévala con las otras,
espejos que se doblaron
y cañas que se partieron
en hijos sobre los llanos!
¡Piedra de cantos ardiendo,
a la mitad del espacio,
en los cielos todavÃa
con bulto crucificado;
y cuando busca a sus hijos,
piedra loca de relámpagos,
piedra que anda, piedra que vuela,
vagabunda hasta encontrarnos,
piedra de Cristo, sal a su encuentro
y cÃñetela a tus cantos
y yo mire de los valles,
en señales, sus pies blancos!
¡RÃo vertical de la gracia,
agua del absurdo santo,
parado y corriendo vivo,
en su presa y despeñado;
rÃo que en cantares mientan
«cabritillo» y «ciervo blanco»:
a mi madre que te repecha,
como anguila, rÃo trocado,
ayúdala a repecharte
y súbela por tus vados!
¡Jesucristo, carne amante,
juego de ecos, oÃdo alto,
caracol vivo del cielo,
de sus aires torneado:
abájate a ella, siente
otra vez que te tocaron;
vuélvete a su voz que sube
por los aires extremados,
y si su voz no la lleva,
toma la niebla de su hálito!
¡Llévala al cielo de madres,
a tendal de tus regazos,
que va y viene en un golfo
de brazos empavesado,
de las canciones de cuna
mecido como de tallos,
donde las madres arrullan
a sus hijos recobrados
o apresuran con su silbo
a los que gimiendo vamos!
¡Recibe a mi madre, Cristo,
dueño de ruta y de tránsito,
nombre que ella va diciendo,
sésamo que irá gritando,
abra nuestra de los cielos,
albatros no amortajado,
gozo que llaman los valles!
¡Resucitado, Resucitado!
(de Tala)
Duras manos parecidas
a moluscos o alimañas;
color de humus o sollamadas
con un sollamo de salamandra,
y tremendamente hermosas
se alcen frescas o caigan cansadas.
Amasa que amasa los barros,
tumba y tumba la piedra ácida
revueltas con nudos de cáñamo
o en algodones avergonzadas,
miradas ni vistas de nadie
sólo de la Tierra mágica.
Parecidas a sus combos
o a sus picos, nunca a su alma:
a veces en ruedas locas,
como el lagarto rebanadas,
y después, Ãrbol-Adámico
viudo de sus ramas altas.
Las oigo correr telares;
en hornos las miro abrasadas.
El yunque las deja entreabiertas
y el chorro de trigo apuñadas.
Las he visto en bocaminas
y en canteras azuladas.
Remaron por mà en los barcos,
mordiendo las olas malas,
y mi huesa la harán justa
aunque no vieron mi espalda...
A cada verano tejen
linos frescos como el agua.
Después encardan y peinan
el algodón y la lana,
y en las ropas de los niños
y de los héroes, cantan.
Todos duermen de materias
y señales garabateadas.
Padre ZodÃaco las toca
con el Toro y la Balanza.
¡Y como, dormidas, siguen
cavando o moliendo caña,
Jesucristo las toma y retiene
entre las suyas hasta el Alba!
(de Lagar)
Si me ponen al costado
la ciega de nacimiento,
le diré, bajo, bajito,
con la voz llena de polvo:
-Hermana, toma mis ojos.
¿Ojos? ¿Para qué preciso
arriba y llena de lumbres?
En mi Patria he de llevar
todo el cuerpo hecho pupila,
espejo devolvedor
ancha pupila sin párpados.
Iré yo a campo traviesa
con los ojos en las manos
y las dos manos dichosas
deletreando lo no visto
nombrando lo adivinado.
Tome otra mis rodillas
si las suyas se quedaron
trabadas o empedernidas
por las nieves o la escarcha.
Otra tómeme los brazos
si es que se los rebanaron.
Y otras tomen mis sentidos
con su sed y con su hambre.
Acabe asÃ, consumada
repartida como hogaza
y lanzada a sur o a norte
no seré nunca más una.
Será mi aligeramiento
como un apear de ramas
que me abajan y descargan
de mà misma, como de árbol.
¡Ah, respiro, ay dulce pago,
vertical descendimiento!
(de Lagar)
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