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Cardenal Francis Stafford, Centinelas de la ma帽ana
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Centinelas de la ma帽ana

Al concluir el gran jubileo del a帽o 2000, el Santo Padre Juan Pablo II regal贸 a la Iglesia la carta apost贸lica Novo millennio ineunte, valioso documento que, partiendo de una profunda reflexi贸n sobre el A帽o santo reci茅n acabado, impulsa a la Iglesia hacia el futuro, hacia el tercer milenio. Se podr铆a decir que la Novo millennio ineunte es la carta de navegaci贸n para 芦remar mar adentro禄, 芦Duc in altum禄; es un programa pastoral, una gu铆a para el camino de la Iglesia.

En esa carta apost贸lica encontramos una fuerte y apremiante referencia a los j贸venes. El Papa invita a los j贸venes a ser 芦los 鈥渃entinelas de la ma帽ana鈥� en esta aurora del nuevo milenio禄 (n. 9). En ese documento el Santo Padre hace un an谩lisis, un repaso detallado del A帽o jubilar y en el n煤mero 9 toma especialmente en consideraci贸n lo que fue el jubileo de los j贸venes. Al inicio del tercer milenio no podemos olvidar el impulso de esperanza que constituy贸 para todos la experiencia de Tor Vergata. Fue la mayor concentraci贸n de personas en la historia de Europa, la mayor no s贸lo por el n煤mero de participantes, sino tambi茅n por su significado. El Santo Padre, refiri茅ndose a ella en la Novo millennio ineunte, dice: 芦Roma se hizo 鈥渏oven con los j贸venes鈥澛� (ib.). Podemos a帽adir que tambi茅n la Iglesia se hizo 芦joven con los j贸venes禄. Una vez m谩s hemos constatado que los j贸venes no s贸lo son una esperanza para el futuro, sino que est谩n ya presentes y operantes en la Iglesia. Son realmente los 芦centinelas de la ma帽ana禄 en la aurora del tercer milenio.

Cuando el Santo Padre propuso la idea de la Jornada mundial de la juventud, se elevaron muchas voces cr铆ticas; algunos profetizaban un gran fracaso de esta iniciativa papal. Muchos analistas dec铆an que esta juventud desconoc铆a las carencias de la posguerra y no hab铆a experimentado los sufrimientos de los grandes conflictos b茅licos que desgarraron Europa en la primera mitad del siglo XX. Otros invocaban el fantasma de las protestas de 1968 o el indiferentismo posmoderno que atenazaba a las nuevas generaciones de los hijos de la televisi贸n, del rock and roll, de internet y de la revoluci贸n sexual. A pesar de todo, cuando mi predecesor en la presidencia del Consejo pontificio para los laicos, el cardenal Eduardo Pironio, se lanz贸 a esta maravillosa iniciativa brotada del coraz贸n del Papa Juan Pablo II, los frutos no se hicieron esperar. La respuesta de los j贸venes fue grandiosa y la Iglesia se enriqueci贸 con la v谩lida contribuci贸n de una generaci贸n que muchos ya consideraban perdida.

Se percib铆a un anhelo de autenticidad, de generosidad; un fuerte deseo de ser testigos en el mundo, de atraer la atenci贸n no hacia ellos mismos, sino hacia ciertos valores que parec铆an perdidos, muertos. Eran j贸venes que viv铆an en libertad (cf. Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, cap. 19), que no hab铆an conocido los campos de exterminio ni las trincheras, pero que sab铆an muy bien que estos peligros constitu铆an una amenaza si no constru铆an un nuevo modelo de sociedad m谩s humana y m谩s en sinton铆a con la voluntad de Dios. El idealismo de esos j贸venes ha tocado muchas conciencias, se ha hecho escuchar por muchos gobiernos, se ha manifestado en las calles de muchas ciudades que se consideraban fr铆as e inmutables. Pienso, por ejemplo, en la 芦revoluci贸n de Par铆s禄 de 1998, cuando los j贸venes de la XIII Jornada mundial de la juventud hicieron el v铆a crucis por las calles de la capital de la modernidad ante los ojos at贸nitos de los transe煤ntes.

Los j贸venes de este milenio comienzan a vivir m谩s purificados de las tradiciones rom谩nticas y de los prejuicios racionales, m谩s conscientes de los l铆mites de la raz贸n humana y m谩s deseosos de construir una sociedad de paz que deje una huella en la historia a cualquier precio. Estos son los j贸venes que llegaron a Tor Vergata, j贸venes que hablaban de perd贸n y castidad, de oraci贸n y compromiso, de b煤squeda vocacional, j贸venes para los cuales la paz era algo m谩s que 芦sexo, droga y rock and roll禄. Todos estaban comprometidos a favor de la reconciliaci贸n continua y completa. Eran j贸venes que hablaban de martirio y que han aceptado los desaf铆os del Papa que los interrogaba desde el Evangelio, desde el 芦laboratorio de la fe禄, desde el laboratorio donde se forjan las generaciones cristianas del tercer mileno.

La juventud 芦no es solamente un per铆odo de la vida correspondiente a un determinado n煤mero de a帽os, sino que es, a la vez, un tiempo dado por la Providencia a cada hombre, tiempo que se le ha dado como tarea, durante el cual busca, como el joven del Evangelio, la respuesta a los interrogantes fundamentales; no s贸lo el sentido de la vida, sino tambi茅n un plan concreto para comenzar a construir su vida. Esta es la caracter铆stica esencial de la juventud禄 (Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, cap. 19, Plaza y Jan茅s, Barcelona 1994, p. 131). En efecto, estas palabras del Papa Juan Pablo II describen muy bien lo que es la juventud. Es el momento de la vida en el que el ser humano se construye a s铆 mismo. Por tanto, es un per铆odo de trabajo en la formaci贸n personal, en la forja del propio car谩cter, en la profundizaci贸n de los valores que gobernar谩n la vida. Por esto, si los j贸venes son en s铆 mismos una tarea, son tambi茅n para la Iglesia una tarea, una opci贸n prioritaria en el compromiso de la evangelizaci贸n de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y en la construcci贸n de una sociedad fundada en los valores cristianos.

La juventud es tambi茅n un momento en el que el ser humano busca el amor como elemento clave para su crecimiento y su realizaci贸n. Es el per铆odo en el que el deseo de dar la vida al otro y a los otros se hace m谩s vivo. Juventud es donaci贸n, compromiso, generosidad. Por eso, es el momento adecuado para presentar el ideal de la santidad cristiana que nace del amor. El joven busca el amor; y la Iglesia, siguiendo a Cristo, hace del amor el centro de su mensaje y el instrumento para realizar su misi贸n. Esta prioridad de amor es el punto de encuentro de la Iglesia y de los j贸venes. Es un camino largo que no se recorre en un d铆a, pero es una meta que tensa la voluntad y da valent铆a para superar las dificultades y aceptar los sufrimientos. Este amor es real; no se trata simplemente de un sentimiento. Es un amor que compromete la vida en su totalidad y la impulsa hacia la cima de la felicidad.

En el discurso de saludo con ocasi贸n de la XV Jornada de la juventud, el Papa pregunt贸 a los j贸venes: 芦驴Qu茅 hab茅is venido a buscar? Est谩is aqu铆 para celebrar vuestro jubileo, el jubileo de la Iglesia joven. Vuestro viaje no es un viaje cualquiera: si os hab茅is puesto en camino no ha sido s贸lo por razones de diversi贸n o de cultura. Dejad que os repita la pregunta: 驴Qu茅 hab茅is venido a buscar?, o mejor, 驴a qui茅n hab茅is venido a buscar? La respuesta no puede ser m谩s que una: 隆hab茅is venido a buscar a Jesucristo! Sin embargo, es Jesucristo quien primero os busca a vosotros. En efecto, celebrar el jubileo no tiene otro significado que el de celebrar y encontrarse con Jesucristo, la Palabra que se hizo carne y vino a habitar entre nosotros禄 (Discurso en la plaza de San Pedro, 15 de agosto de 2000, n. 1: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 18 de agosto de 2000, p. 5). Los j贸venes del jubileo buscaban a Cristo porque ten铆an necesidad de un gu铆a seguro. Los j贸venes 芦tienen necesidad de un gu铆a, y quieren tenerlo muy cerca禄 (Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, cap. 19). Por este motivo necesitan a Cristo, su palabra, su persona, su testimonio, pero sobre todo su salvaci贸n. La Iglesia prosigue la obra de Cristo. Jesucristo est谩 en la Iglesia, la Iglesia nace de 茅l. S贸lo ella puede presentar a Cristo a los j贸venes con seguridad y con verdad. Cristo es el mejor gu铆a, es el 煤nico que tiene palabras de vida eterna.

Los j贸venes son para la Iglesia 芦un don del Esp铆ritu Santo禄 (Novo millennio ineunte, 9). Le ayudan a descubrir la realidad m谩s profunda de su misi贸n. Las largas colas de j贸venes que esperaban para confesarse en el Circo M谩ximo renovaron en muchos sacerdotes la confianza en el sacramento de la reconciliaci贸n. Nos ense帽aron de nuevo a ser sacerdotes, o mejor, nos confirmaron en nuestra vocaci贸n. Dieron al mundo una lecci贸n muy elocuente de trascendencia al presentarse al juicio misericordioso del Se帽or de la vida y de la historia en el magn铆fico marco del Circo M谩ximo.

Los j贸venes nos invitan con su testimonio a fijar la mirada en el Se帽or, a contemplar su rostro. Si queremos presentar a nuestros j贸venes una Iglesia aut茅ntica, basada en una fe sincera, en una esperanza fuerte y en un amor que no conoce barreras, debemos volver a Cristo, el gu铆a de los j贸venes, el 煤nico Maestro. 芦La alegr铆a de la Iglesia, que se ha dedicado a contemplar el rostro de su Esposo y Se帽or, ha sido grande este a帽o. Se ha convertido, m谩s que nunca, en pueblo peregrino, guiado por aquel que es 鈥渆l gran Pastor de las ovejas鈥� (Hb 13,20). Con un extraordinario dinamismo, que ha implicado a todos sus miembros, el pueblo de Dios, aqu铆 en Roma, as铆 como en Jerusal茅n y en todas las Iglesias locales, ha pasado a trav茅s de la 鈥淧uerta santa鈥� que es Cristo. A 茅l, meta de la historia y 煤nico Salvador del mundo, la Iglesia y el Esp铆ritu Santo han elevado su voz: 鈥淢arana tha - Ven, Se帽or Jes煤s鈥� (cf. Ap 22,17.20; 1Co 16,22)禄 (ib., 1). Los j贸venes piden a la Iglesia que conserve este dinamismo, esta actitud de b煤squeda incansable del rostro de Dios en todas las cosas, en todos los acontecimientos; esto es signo de verdadera autenticidad.

Para poder dar, primero debemos contemplar; para acercarnos luego a los dem谩s, debemos primero acercarnos a Cristo; para transmitir el mensaje, primero debemos comprenderlo a fondo.

Los j贸venes, con su entusiasmo, impulsan a la Iglesia a 芦remar mar adentro禄. Nos dicen con el Papa que no tengamos miedo de abandonar las numerosas seguridades para comprometernos seriamente en la vida de santidad y en la evangelizaci贸n de los hombres. Nos invitan a ser m谩s generosos. Nos ense帽an a confiar m谩s en la acci贸n del Se帽or, el 煤nico capaz de cambiar los corazones de dos millones de j贸venes, que en nosotros mismos, que hemos pasado muchas noches pescando sin coger ni un solo pez. Hemos aprendido mucho de la experiencia de las Jornadas mundiales de la juventud, en las cuales los c谩lculos m谩s optimistas de participaci贸n han quedado siempre superados por la acci贸n de Dios.

Es preciso abandonar la tranquilidad de la orilla para lanzarse hacia el encuentro con Dios y con los hombres.

Ante un mundo en el que predomina lo superficial y lo que agrada, los j贸venes peregrinos nos han hecho descubrir el camino de la cruz, que es el camino de autenticidad en el seguimiento de Cristo. Seguir a Jes煤s es caminar tras sus huellas, imitar su estilo de vida, creer en sus valores y en sus convicciones. Es aprender a dar a cada cosa su justo lugar, establecer con claridad los par谩metros de la misi贸n que se nos ha confiado. 芦Jes煤s no es el Mes铆as del triunfo y del poder. En efecto, no liber贸 a Israel del dominio romano y no le asegur贸 la gloria pol铆tica. Como aut茅ntico Siervo del Se帽or, cumpli贸 su misi贸n de Mes铆as mediante la solidaridad, el servicio y la humillaci贸n de la muerte. Es un Mes铆as que se sale de cualquier esquema y de cualquier clamor; no se le puede 鈥渃omprender鈥� con la l贸gica del 茅xito y del poder, usada a menudo por el mundo como criterio de verificaci贸n de sus proyectos y acciones禄 (Mensaje para la XVI Jornada mundial de la juventud, n. 2: L鈥橭sservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 23 de febrero de 2001, p. 3).

Seguir a Cristo es negarse a s铆 mismo y 芦negarse a s铆 mismo significa renunciar al propio proyecto, a menudo limitado y mezquino, para acoger el de Dios: este es el camino de la conversi贸n, indispensable para la existencia cristiana, que llev贸 al ap贸stol san Pablo a afirmar: 鈥淵a no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en m铆鈥� (Ga 2,20). Jes煤s no pide renunciar a vivir, sino acoger una novedad y una plenitud de vida que s贸lo 茅l puede dar. El hombre tiene enraizada en lo m谩s profundo de su coraz贸n la tendencia a 鈥減ensar en s铆 mismo鈥�, a ponerse a s铆 mismo en el centro de los intereses y a considerarse la medida de todo. En cambio, quien sigue a Cristo rechaza este repliegue sobre s铆 mismo y no valora las cosas seg煤n su inter茅s personal. Considera la vida vivida como un don, como algo gratuito, no como una conquista o una posesi贸n: En efecto, la vida verdadera se manifiesta en el don de s铆, fruto de la gracia de Cristo: una existencia libre, en comuni贸n con Dios y con los hermanos禄 (ib., n. 4).

Seguir a Cristo, ser su disc铆pulo, es tomar con valent铆a el camino de la cruz. Para el disc铆pulo de Cristo la cruz es signo de amor, no de tortura. 芦El cristiano no busca el sufrimiento por s铆 mismo, sino el amor. Y la cruz acogida se transforma en el signo del amor y el don total. Llevarla en pos de Cristo quiere decir unirse a 茅l en el ofrecimiento de la prueba m谩xima del amor禄 (ib., n. 5).

No hay que tener miedo a proponer e invitar a los j贸venes a seguir a Jes煤s. El Santo Padre lo hizo desde el inicio de su pontificado, lo repiti贸 en Tor Vergata y as铆 lo pide en la carta apost贸lica Novo millennio ineunte: 芦Si a los j贸venes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger su mensaje, aunque sea exigente y est茅 marcado por la cruz. Por eso, vibrando con su entusiasmo, no dud茅 en pedirles una opci贸n radical de fe y de vida, se帽al谩ndoles una tarea estupenda: la de ser 鈥渃entinelas de la ma帽ana鈥� (cf. Is 21,11-12) en esta aurora del nuevo milenio禄 (n. 9).

Estos j贸venes son los 芦centinelas de la ma帽ana禄 que despertar谩n a sus hermanos y remar谩n mar adentro en este vasto oc茅ano del tercer milenio que se abre ante la Iglesia.

Que Mar铆a sant铆sima, 芦Estrella de la nueva evangelizaci贸n禄, sea 芦la aurora luminosa y la gu铆a segura de nuestro camino禄.

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