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Cardenal Paul Poupard, Novedad y tradici贸n de la evangelizaci贸n de las culturas
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Novedad y tradici贸n de la evangelizaci贸n de las culturas*

I. La tradici贸n en la evangelizaci贸n de las culturas

A. La tradici贸n como transmisi贸n vital del Evangelio

Cuando hablamos de tradici贸n en el contexto de la evangelizaci贸n de las culturas, no nos referimos s贸lo a un hecho humano de herencia moral o de cohesi贸n social. La tradici贸n depende m谩s bien de una fe, que procede de una revelaci贸n hecha en un momento dado de la historia. Para profundizar en esta noci贸n, me parece oportuno releer la obra que Yves Congar dedic贸 a este tema en pleno Concilio Vaticano II1. Se trata de una obra que nos hace revivir el esp铆ritu renovador del Concilio, con una descripci贸n de la tradici贸n que qued贸 despu茅s reflejada en la Constituci贸n Dei Verbum sobre la divina revelaci贸n. Esta profundizaci贸n teol贸gica es necesaria para poder comprender de d贸nde nace la evangelizaci贸n de las culturas, y cu谩les han de ser sus caracter铆sticas de acuerdo con la misi贸n de la Iglesia como sacramento universal de salvaci贸n para el g茅nero humano.

1. La tradici贸n como transmisi贸n

La Iglesia no es s贸lo un sistema de organizaci贸n, sino una vida; y la tradici贸n se puede considerar como la vida misma de la Iglesia en la comuni贸n de fe y de culto, como el clima propicio en el cual se conserva el sentido cat贸lico. La tradici贸n se enmarca en el conjunto de la comunicaci贸n del misterio divino a los hombres, una comunicaci贸n que se realiza en t茅rminos humanos y en una historia de hombres. Es, en suma, la comunicaci贸n de una vitalidad y de una energ铆a divinas para producir en el hombre una comuni贸n personal y colectiva con Dios, una relaci贸n religiosa de alianza.

El Plan de Dios tiene por tanto estructura de misi贸n y de tradici贸n. El cristianismo es una herencia o transmisi贸n, lo cual no impide la inmediatez de la presencia espiritual y activa de Dios en la Iglesia. Esta relaci贸n de donaci贸n de Dios y de recepci贸n por parte del hombre no es individualista, porque lo que se transmite agrega a una comuni贸n. La fe es un principio corporativo en el cual se comulga. Y hay un acto por el cual esta comunicaci贸n se realiza de manera decisiva: el Bautismo. La fe de la Iglesia que el catec煤-meno debe profesar es esencialmente la fe transmitida, comunicada y recibida, tal y como se manifiesta especialmente en el rito de la traditio y de la redditio symboli.

2. La tradici贸n como historia y evoluci贸n

El hecho de que la fe se transmita podr铆a inducir a pensar en una recepci贸n pasiva y mec谩nica. Nada m谩s lejos de la realidad. La revelaci贸n es invitaci贸n a una relaci贸n interpersonal que se recibe de forma activa. La Virgen Mar铆a, que acoge la Palabra en su coraz贸n y se deja fecundar por ella, es el ejemplo perfecto del fiel. La tradici贸n es un aut茅ntico matrimonio espiritual, el intercambio de un don, la participaci贸n en un banquete de mutua incorporaci贸n.

El ambiente vital en el que la fe se recibe y se vive es la Iglesia en su realidad concreta e hist贸rica. La fe del cristiano est谩 penetrada de la realidad de la Iglesia como su atm贸sfera vital. La Iglesia no es ajena a la historia, ese atributo esencial del esp铆ritu humano. La historicidad supone estar en el tiempo y trascenderlo. Pero la Iglesia, perteneciendo al orden del misterio, tiene, en cuanto tal, su duraci贸n propia: es lo que llamamos la historia sagrada.

La historia sagrada es a la vez divina y humana. Tiene un car谩cter humano, porque la historia humana es el campo de ejercicio de la libertad en respuesta a las llamadas e iniciativas de Dios. Pero el tiempo de la historia sagrada tiene car谩cter divino, car谩cter divino que se manifiesta ante todo en el momento constitutivo de la revelaci贸n. Son las intervenciones divinas las que van constituyendo progresivamente la alianza, la cual llega a su culmen en Jesucristo y en su Misterio Pascual. El conjunto de estas iniciativas tomadas por Dios constituye el Evangelio en sentido amplio, que permanece en la historia como un verdadero dinamismo operante. Es entonces cuando comienza un segundo tiempo de la historia sagrada: el momento de la transmisi贸n o tiempo de la Iglesia. En 茅l ya no hay nuevas aportaciones constitutivas a la revelaci贸n; sin embargo, todo es nuevo a cada instante que entra en juego la libertad de un hombre movido por la gracia de Dios.

Este tiempo de la Iglesia tiene una naturaleza sacramental, manifiesta en una triple presencia divina: la de los actos salv铆ficos, puestos de una vez para siempre, con su virtud realmente operante; la del t茅rmino escatol贸gico al que todo apunta; y la uni贸n con Dios actualmente realizada en el presente. Es lo que puede llamarse la naturaleza sacramental del tiempo de la Iglesia. Y esta 铆ndole sacramental responde a una presencia divina particular en la historia, que crea una comuni贸n en la duraci贸n de los siglos, realizada por la presencia y acci贸n del misterio salv铆fico.

Esto es precisamente lo propio del Esp铆ritu Santo. Al Verbo, que revela al Padre, se le atribuye la tradici贸n como transmisi贸n de un dep贸sito constituido de una vez para siempre, trascendente al tiempo. En cambio, el Esp铆ritu Santo es como el alma de la alianza, dando el movimiento interno de la vida e interiorizando en los hombres la vida eterna transmitida por Cristo. La tradici贸n no es la simple permanencia de una doctrina, sino una renovaci贸n y fecundidad permanentes, en la cual el Esp铆ritu Santo es principio de vida y de unidad. La revelaci贸n se cerr贸, pero el Esp铆ritu Santo hace vivir y penetrar su sentido en la historia, de manera que en la Iglesia contin煤a la manifestaci贸n del misterio. Ello implica un crecimiento y un desarrollo. El dep贸sito revelado est谩 en 铆ntima relaci贸n con la comuni贸n de los santos que se han ido sucediendo en la historia y con la totalidad de lo que se ha manifestado de Cristo en el curso de los siglos. Lo cual no supone identificar la revelaci贸n con la historia. Dios sigue actuando en la historia, pero no para revelar o fundar de nuevo, sino s贸lo para hacer vivir y comprender.

3. El Esp铆ritu Santo, el magisterio y el pueblo fiel

La Iglesia, esposa y madre, est谩 verdaderamente habitada, animada y asistida por el Esp铆ritu de Cristo. Es el Esp铆ritu Santo el principio interno que unifica la multitud de sujetos humanos de la tradici贸n. Es 茅sta una concepci贸n de la Iglesia mist茅rica o sacramental, que se refleja ya en el modo de expresarse de los Padres m谩s antiguos. De hecho, en el testimonio que la Iglesia da del Evangelio en el curso de su historia, se aprecia la conciencia de una actualidad de la visita de Dios y del acontecimiento del Esp铆ritu Santo. Por ello, el nervio de lo expuesto est谩 en la identidad del principio que act煤a en la duraci贸n hist贸rica de la Iglesia y del principio que se hallaba en acci贸n en el origen, en el momento constitutivo de la revelaci贸n. Despu茅s, en el momento de transmi-si贸n y recepci贸n, el Esp铆ritu tiene la funci贸n de actualizar y de interiorizar lo que fue dicho y hecho por Cristo. Como Esp铆ritu, act煤a en la intimidad de la conciencia personal; pero como Esp铆ritu de Cristo, no realiza una obra aut贸noma, sino una actualizaci贸n permanente, de transmisi贸n hist贸rica. Evidentemente, esto no quiere decir que todo lo que pasa en la vida hist贸rica de la Iglesia est茅 garantizado por el Esp铆ritu Santo: la historia ofrece m煤ltiples expresiones o procesos discutibles. Por ello, la asistencia del Esp铆ritu, lejos de librar de la obligaci贸n de un trabajo humano, viene sobre ese trabajo y lo reclama.

En este marco, el magisterio pastoral jer谩rquico tiene un papel decisivo en virtud del mandato recibido y de los carismas inherentes a su cargo pastoral. El magisterio es un verdadero 贸rgano de comunicaci贸n de la regla de la fe, que es preciso profesar para recibir el Bautismo. El magisterio presenta el objeto de fe. No es un juez que se interponga entre la Palabra de Dios y nosotros, sino el que decide qui茅n entiende las Escrituras mejor o peor. En virtud de la misi贸n divina y de la asistencia del Esp铆ritu Santo, los pastores tienen respecto a la Iglesia la carga y el privilegio de determinar autoritativamente el contenido y el sentido del objeto del dep贸sito. El magisterio interpreta el dep贸sito y juzga las interpretaciones propuestas en la Iglesia. Lo cual no es cosa de poca monta si se considera el valor de la unidad en la Iglesia, para poder vivir en la unanimidad, con un mismo esp铆ritu y un mismo sentir. Pero, al mismo tiempo, no se excluye que el magisterio deba dar una primac铆a efectiva al aspecto de testimonio fiel por encima del aspecto de definici贸n y de ejercicio de su autoridad.

Por otra parte, el papel del laicado con respecto al magisterio no es meramente pasivo. La fe de los fieles es recibida, determinada objetivamente por la predicaci贸n de la jerarqu铆a; pero, por otra parte, el sensus fidelium no se reduce al acto del magisterio, sino que le a帽ade su valor propio de testimonio y 鈥攅n ocasiones鈥� de desarrollo. De este modo se opera una verdadera conspiratio de los fieles y de los pastores. Los fieles conservan la tradici贸n en la fidelidad. No s贸lo en el pensamiento, sino tambi茅n en la acci贸n cristiana. Y transmiten esta misma tradici贸n, por la ense帽anza y la educaci贸n 鈥攖anto cient铆fica como de catequesis鈥� y por el testimonio de la fe 鈥攑rofessio o confessio fidei鈥�. En este sentido, tambi茅n ellos ejercen la maternidad espiritual de la Iglesia. Se revela as铆 la riqueza de la Iglesia como realidad org谩nica, en la que cada uno est谩 animado en orden a la funci贸n que ha de cumplir, y en la que todos los miembros del Cuerpo de Cristo est谩n obligados a la comuni贸n, al testimonio y al servicio: koinon铆a, martir铆a y diakon铆a. Es la Iglesia entera la que conserva y act煤a la memoria viviente del dep贸sito que ha recibido, sin que las expresiones de este dep贸sito, hist贸ricamente condicionadas, agoten nunca su contenido.

B. Los Padres de la Iglesia: modelo de evangelizaci贸n de las culturas2

La tarea de la nueva evangelizaci贸n, proclamada incansablemente por el Santo Padre, insiste en la urgencia de utilizar nuevos m茅todos, nuevo ardor y nuevas expresiones. Esto significa acoger como un principio fundamental de acci贸n pastoral la evangelizaci贸n de las culturas y la inculturaci贸n de la fe. Para tal labor, la Iglesia de nuestro tiempo no puede olvidar la monumental obra realizada en el pasado en esta dimensi贸n. Contem-plar la 芦evangelizaci贸n inculturada禄 realizada por los Padres, significa aceptar que la 芦Tradici贸n no es s贸lo memoria, sino al mismo tiempo, camino y progreso, continuidad y no inmovilismo禄3. Los Padres desarrollaron las ra铆ces de una cultura cristiana, una cultura marcada por hombres de fe que lograron forjar una conciencia profundamente arraigada en los valores del Evangelio. Recurrir a la lecci贸n de los Padres para dialogar con las cul-turas no es arqueologismo ni apasionamiento. No se trata de copiar, sino de buscar cami-nos para una nueva inspiraci贸n. Significa, por tanto, ser fieles a nuestra generaci贸n, proporcionando respuestas desde el Evangelio a los problemas y angustias del hombre contempor谩neo4.

1. El Evangelio y las culturas

El Evangelio naci贸 en una cultura determinada. Sin embargo, por deseo expreso de Jesucristo, est谩 destinado a todas las naciones y por ende a todas las culturas (ver Mt 28,19). Tanto en el ambiente jud铆o como pagano en los cuales el cristianismo dio sus primeros pasos, la universalidad del mensaje era una novedad. Pedro debe hacer una explicaci贸n convincente ante su comunidad concluyendo: Dios no hace acepci贸n de personas, sino que, 芦en cualquier naci贸n, el que le teme y practica la justicia le es grato禄 (Hch 10,35). La cultura es evangelizada y la fe se hace cultura, transformando en profundidad la 鈥渕anera de ser鈥� de los pueblos. Las culturas que han entrado en contacto profundo con el Evangelio han sido transformadas, as铆 lo testimonia la historia. El Papa Juan Pablo II lo ha sintetizado de esta manera dirigi茅ndose a los intelectuales europeos: 芦La Iglesia, desde sus inicios, afront贸 de manera directa el problema entre la fe y la cultura, desde el mismo momento en el que comenz贸 a proclamar la propia fe en Jes煤s Mes铆as, Se帽or, Hijo de Dios y Redentor del hombre y del mundo, sea en medio del ambiente jud铆o, que esperaba grandes prodigios y signos realizados por Dios en favor del pueblo elegido, sea en el mundo hel茅nico, que desde hac铆a mucho tiempo estaba acostumbrado a las sutilezas de la l贸gica y de la 鈥渇ilosof铆a鈥�; y despu茅s poco a poco, a trav茅s de los siglos, en los distintos ambientes culturales diversos y lejanos en el espacio. Desde el comienzo de la Patr铆stica ya se plantea dram谩ticamente la cuesti贸n de la compatibilidad de un tipo de cultura con el cristianismo y, en consecuencia, la pregunta sobre cu谩l ser铆a el elemento determinante de la nueva s铆ntesis que se formar铆a con tal encuentro禄5.

El proceso de la evangelizaci贸n de las culturas y de la inculturaci贸n de la fe ha tenido en la historia de la Iglesia momentos destacados de acuerdo a las circunstancias, las cuales en muchas ocasiones reclamaban acciones profundas que permitieran llegar a la intimidad de las culturas. El anuncio de la Palabra de Dios viene acogido por los hombres y mujeres que, perteneciendo a una cultura, ya han asumido unas caracter铆sti-cas propias que los hacen diferentes de los dem谩s. La Palabra siempre ser谩 la misma, el Evangelio no cambiar谩, la manera de expresarlo puede ser nueva mientras no transforme lo esencial y llegue con claridad a los interlocutores. El desarrollo de toda la reflexi贸n teol贸gica tiene como base la fidelidad al n煤cleo central de la fe, cuyo fundamento es la predicaci贸n de los Ap贸stoles. Esta reflexi贸n viene expl铆cita en la historia a trav茅s de los Concilios y del magisterio ordinario de la Iglesia. En el desarrollo de la doctrina ha jugado un papel inigualable la ense帽anza de los Padres, que se ha convertido en fuente de la m谩s sana tradici贸n y en paradigma de desarrollos posteriores.

2. La universalidad del cristianismo

En la Iglesia del primer siglo de la era cristiana, los convertidos al cristianismo procedentes del juda铆smo manten铆an la tendencia heredada del juda铆smo y fundada en la Escritura de ser el pueblo elegido de Dios, que lo colocaba en una posici贸n de 鈥減rivilegio鈥� frente a los otros pueblos. En la Didaj茅, en el Pseudo-Clemente, y en el Pastor de Hermas, encontramos huellas judaizantes notables. A los ojos de la administraci贸n romana del siglo I, la comunidad cristiana era una secta jud铆a. Los confund铆an hasta tal punto que les conced铆an los mismos privilegios. La dispensa del culto al emperador se supl铆a con una oraci贸n por 茅l, a lo cual los cristianos permanecieron fieles.

El Imperio romano, a comienzos del siglo II, reconoce la originalidad del cristianismo y lo distingue n铆tidamente del juda铆smo. Las cartas de Plinio son el testimonio de esta diferenciaci贸n: los cristianos no tienen que ver con los jud铆os. Cuando el 鈥減roblema jud铆o鈥� y la consiguiente persecuci贸n, a partir del a帽o 135, los cristianos no son molestados por la administraci贸n imperial. Esto significa que en un primer momento los cristianos son asimilados por Roma de forma pac铆fica. Ellos mismos quieren ser parte del mundo romano, no quieren hacer una civilizaci贸n radicalmente distinta, sino insertarse en la cultura, pues aman los valores de la cultura romana.

La conciencia progresiva de la universalidad del cristianismo por parte de la Iglesia primitiva exigi贸, ya desde finales del siglo I, cierta independencia respecto al juda铆smo, una apertura a los gentiles y un rechazo de las pautas culturales paganas que estaban en abierta oposici贸n a la fe. El primer hecho importante que merece ser resaltado en relaci贸n con la inculturaci贸n fue el uso de la lengua griega en continuidad con los escritos del Nuevo Testamento. Es un paso trascendente en el proceso gradual de inculturaci贸n, ya que la afinidad ling眉铆stica, sobre la base del griego, y posteriormente del griego y del lat铆n, facilit贸 la comuni贸n y el entendimiento entre los hombres. El clima espiritual, dominado por la crisis del paganismo ancestral, y un anhelo extendido de una religiosidad genuina entre la gente espiritualmente selecta, fue un elemento favorable para la recepci贸n del Evangelio. La unidad del mundo grecolatino conseguida por Roma hab铆a creado un ampl铆simo espacio geogr谩fico, dominado por una misma autoridad suprema, donde reinaba la paz y el orden, facilitando la inculturaci贸n de la fe.

3. Los primeros ejemplos de inculturaci贸n

La Iglesia desde sus or铆genes, cuando ha querido contrastar su fe con la cultura, no ha buscado el choque, pero tampoco el aislamiento. Los cristianos vivieron una relaci贸n particular con la cultura, pero en ning煤n momento con una actitud de hostilidad o segregaci贸n. La Iglesia de Corinto nos sirve de ejemplo: 芦No constituyen 鈥済hetto鈥�, se les ve participar de la vida com煤n de la ciudad, en el 谩gora y en el mercado; no rompen con el mundo, pero, por su calidad moral, resultan diferentes禄6. Los miembros de las comunidades cristianas se comunican normalmente con la sociedad. La intimidad de las Iglesias locales no era un refugio para gente apocada y rechazada. La actividad de los cristianos, incluso los tipos de movilidad social y f铆sica, implican cierta osad铆a, cierta confianza en s铆 mismos, cierta intenci贸n de romper estructuras sociales establecidas, excluyendo el aislamiento.

En el siglo II, encontramos en las comunidades cristianas un ejemplo de incultura-ci贸n que se contrapone a cualquier tipo de aislamiento o choque frontal. Cuando el emperador Adriano estuvo en Atenas, en el invierno de los a帽os 125-126, los enemigos de los cristianos aprovecharon la ocasi贸n para desacreditar ante 茅l la nueva fe. Algunos cristianos reaccionaron valientemente y presentaron apolog铆as al emperador. El Discurso a Diogneto aclara que los cristianos no son gente extra帽a, ni enquistada, ni mucho menos perjudicial al Imperio. Son como los dem谩s, s贸lo se distinguen por un ethos peculiar, 芦un tenor de peculiar conducta禄, que resulta beneficioso para el Imperio. Los Padres de la Iglesia, ante al polite铆smo imperante, proclamaron al 煤nico Dios como el principio fontal y creador, que en su deseo de regenerar al hombre, se abaja en el Misterio de la Encarnaci贸n, y promete la presencia del Esp铆ritu 芦hasta el fin del mundo禄 (ver Mt 28,20). El 煤nico Misterio Pascual fue asumido por cada uno de los Padres de la Iglesia desde su propia situaci贸n. Los Padres lograron, en la diversidad de ambientes y personas, que el mensaje de Jes煤s penetrara en el coraz贸n de las culturas y repercutiera en la forma de vida de los miembros de la Iglesia.

4. La filosof铆a y el cristianismo

Examinar el pensamiento teol贸gico de muchos Padres permite descubrir c贸mo 茅ste se encuentra configurado por el trabajo de penetrar en el significado de la Palabra de Dios recurriendo a los conceptos y a los t茅rminos de la filosof铆a. No se trata de fen贸menos espor谩dicos, sino de una constante que caracteriza gran parte del pensamiento patr铆stico. No todos los Padres estuvieron de acuerdo en una relaci贸n cercana entre la filosof铆a y el cristianismo, pero como es tan dif铆cil sustraerse al influjo cultural de cada 茅poca, por lo general los mismos autores que critican esta relaci贸n, en sus reflexiones y obras manifies-tan una gran dependencia en la manera de plantear los elementos asimilados en una cultura marcadamente hel茅nica. Es por ejemplo el caso de Taciano, Hermias, Tertuliano y Arnobio. Otros reconocen la bondad de la filosof铆a en cuanto en ella se encuentra la acci贸n misteriosa de Dios, a trav茅s de la cual se ha ido preparando el camino para el anuncio del Evangelio. Justino es uno de estos representantes. Hablando de las semina Verbi, presenta los valores existentes en las culturas como una siembra hecha por la Palabra--Logos. Or铆genes, por su parte, hac铆a estudiar las obras de los fil贸sofos, excluyendo los ateos, como un elemento fundamental que ayuda a la reflexi贸n teol贸gica.

Los Padres son actores privilegiados y testigos ejemplares de la inculturaci贸n milenaria del Evangelio. Ellos han fecundado y purificado las culturas, sembrando la Buena Noticia. Iluminados y guiados por el Esp铆ritu, han asimilado profundamente el mensaje de Cristo en su originalidad y han adquirido una convicci贸n firme de que este mensaje, con su n煤cleo esencial de verdad revelada, constituye la norma, juez de la sabidur铆a humana que permite distinguir la verdad del error. Este criterio les permiti贸 discernir en qu茅 medida la filosof铆a y la sabidur铆a de los pueblos pueden estar de acuerdo con la inteligencia de la fe.

5. Los retos culturales

Con la conciencia aguda de ser los depositarios y los administradores de un mensaje revelado por Dios, verdad absoluta, los Padres afrontaron los primeros retos culturales de la historia de la Iglesia, suscitados por la novedad de la fe. Teniendo en cuenta la fe, ayudaron a comprender y hacer cre铆ble el 煤nico mensaje de salvaci贸n en la pluralidad de las culturas: Jerusal茅n y Antioqu铆a, Alejandr铆a y Atenas, Bizancio y Roma, desde Europa occidental hasta el sur de la India, pasando por 脕frica del Norte. La Iglesia en su primer florecimiento supo afrontar los retos de la antig眉edad tard铆a. Estos retos se asemejan e incluso se pueden confundir, aun teniendo en cuenta la diversidad de las 茅pocas y de las culturas, con los desaf铆os que la Iglesia est谩 llamada a afrontar en esta vigilia del tercer milenio. En la riqueza que encierra el contenido de la reflexi贸n patr铆stica podemos descubrir un patrimonio filos贸fico y teol贸gico, una cultura cristiana que ha atravesado los siglos y se presenta para nosotros hoy con toda su frescura.

En la l贸gica de la Encarnaci贸n, los Padres de la Iglesia emprendieron la obra de expresar en los diversos lenguajes la universalidad del mensaje de Cristo. El anuncio y la defensa de la fe, la voluntad de llegar hasta el coraz贸n de las culturas paganas, contestando sus errores, fueron los puntos de apoyo de una manera singular de anunciar el Evangelio.

La forma del anuncio de los Padres trasciende el tiempo y el espacio y se convierte en modelo para las generaciones futuras. La obra de los Padres es doble: queriendo expresar la Palabra de Dios en las lenguas de los hombres, evangelizaron, pero al mismo tiempo fueron creadores de cultura. La 茅poca patr铆stica fue el teatro de una intensa actividad intelectual y espiritual, donde el raciocinio y la contemplaci贸n se complementaron para hacer que el hombre pudiera llegar a la comuni贸n con Dios.

Los Padres pudieron discernir los valores culturales antiguos y fecundarlos con el Evangelio de salvaci贸n, convirti茅ndose en aut茅nticos Padres de la Iglesia y de las culturas. Fueron capaces de reprobar a los griegos y a los b谩rbaros su ignorancia sobre Dios y a los jud铆os su endurecimiento. Al mismo tiempo que condenaron los errores filos贸ficos y morales, supieron apreciar algunas de las ideas familiares de los estoicos y plat贸nicos y en muchos de los casos sacaron provecho de las riquezas ling眉铆sticas y estil铆sticas que ofrec铆a la escuela tradicional. Los Padres son fundadores del patrimonio cultural cristiano, que puede ser sintetizado as铆: cultura antigua, mensaje nuevo. Es decir, un encuentro entre la fe y la cultura, imagen de lo que debe ser la inculturaci贸n del Evangelio.

Con los Padres la perspectiva cambia radicalmente: la Verdad, en la dimensi贸n b铆blica se convierte en Gracia y Revelaci贸n que viene de Dios como don gratuito para ser acogido en la fe y en la pureza de coraz贸n. La Verdad ya no es una conquista reservada a algunos, monopolio de los intelectuales, ella se da a todos los que piden que para ellos se abran las puertas de la luz. Porque la Verdad es Cristo, Palabra de Dios, Camino, Verdad y Vida.

Inculturar el Evangelio no es contemporizar: implica discernir con claridad y progresivamente, descartando los elementos lejanos al Evangelio que no pueden ser asimilados como valores cristianos. Tambi茅n en esto los Padres nos dan una lecci贸n: al confrontar el aristotelismo, el platonismo y el estoicismo con la ense帽anza de los Padres, percibimos el conocimiento profundo que tuvieron de las corrientes de pensamiento existentes y la actitud anal铆tica frente a las ense帽anzas paganas para juzgar las diversas filosof铆as a la luz del Evangelio. Jam谩s quisieron juzgar el Evangelio a la luz de los diversos pensamientos. Tomaron lo que encontraron bueno y dejaron de lado lo que era imposible conciliar con el anuncio de Jes煤s, Dios y hombre. Inculturar no es asimilar, sino analizar para asumir o rechazar, de tal modo que s贸lo permanezca lo bueno: 芦Examinadlo todo, pero quedaos con lo bueno禄 (1Tes 5,21).

6. Las primeras comunidades cristianas

La forma de vida de los cristianos en el tiempo de los Padres fue elemento decisivo en la evangelizaci贸n de la cultura. La manera de vivir de las comunidades cristianas era un espect谩culo a los ojos de los paganos, suscitando una gran impresi贸n. Muchos de los escritores del siglo II se convirtieron, porque adem谩s del encuentro con la Palabra de Dios, admiraron las actitudes de los cristianos. Su forma de vida era el argumento m谩s convincente que esgrim铆an en favor de la verdad de su fe. Lo que atra铆a era la apolog铆a de la vida y del testimonio. Las comunidades cristianas ten铆an un esp铆ritu particular para vivir lo cotidiano y para dar sentido a los momentos tr谩gicos de la vida. Aqu铆 est谩 la novedad, que se convert铆a en signo de atracci贸n para los que no conoc铆an el anuncio de Jesucristo. Los mismos textos de la patr铆stica nos indican la forma de vida de los primeros cristianos. El Discurso a Diogneto nos dice: 芦Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los dem谩s hombres ni por su tierra ni por su lengua ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivamente suyas, ni hablan en lengua extra帽a, ni llevan un g茅nero de vida aparte de los dem谩s. En verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada gracias al talento y especulaci贸n de hombres curiosos, ni profesan, como otros hacen, una ense帽anza humana; sino que, habitando ciudades griegas y b谩rbaras, seg煤n la suerte que a cada uno le cupo, y adapt谩ndose en vestido, comida y dem谩s g茅nero de vida a los usos y costumbres de cada pa铆s, dan muestras de un tenor de conducta peculiar, admirable, y, por confesi贸n de todos sorprendente禄7.

Tambi茅n iluminan la misma experiencia las palabras de Tertuliano en su Apologeti-cum, cuando alrededor del a帽o 197 escrib铆a: 芦Vivimos con vosotros en este mundo, frecuentando vuestro foro, vuestro mercado, vuestros ba帽os, vuestros comercios, vuestras oficinas, vuestras hospeder铆as, vuestras ferias y dem谩s lugares donde se ventilan los negocios. Con vosotros tambi茅n navegamos y servimos en la milicia, y trabajamos el suelo, y ejercemos el comercio, cambiando, por tanto, con vosotros el producto de nuestra industria y de nuestro trabajo禄8.

Ante quienes pretend铆an presentar a los cristianos como un obst谩culo para el bienestar del Estado, San Agust铆n exclama: 芦Tratad vosotros mismos de encontrar mejores ciudadanos que aquellos formados por la doctrina de Cristo: mejores soldados, maridos, esposas, hijos, hijas, patrones, servidores, reyes, magistrados, contribuyentes, agentes fiscales, todos ornados de la calidad que requiere la doctrina cristiana, y veremos si a煤n tienen el coraje de decir que la Iglesia es un obst谩culo para el bienestar del Estado禄9.

7. L铆neas generales de una evangelizaci贸n inculturada

Para un proceso de evangelizaci贸n inculturada son varias las l铆neas generales que emergen de una lectura atenta de los escritos de los Padres de la Iglesia. Una primera aproximaci贸n al tema de la evangelizaci贸n de la cultura y la inculturaci贸n del Evangelio permite reconocer un gran trabajo al respecto. La Iglesia en la 茅poca antigua no hizo de la cultura de origen un absoluto, lo que permiti贸 que el Evangelio se extendiese en todo el mundo. Las opciones culturales hechas por el cristianismo en categor铆as hel茅nicas dieron como resultado expresiones literarias, filos贸ficas, sociales, pero m谩s que todo, teol贸gicas. Los Padres se preocuparon por introducir el cristianismo en continuidad con la cultura de los destinatarios.

En el proceso de la inculturaci贸n se necesita una apropiaci贸n cr铆tica y selectiva de los elementos culturales y expresivos, para lograr un marco com煤n de di谩logo, mantenien-do la propia identidad espec铆fica, que en algunos casos puede entrar en conflicto con una determinada cultura. Todo no puede ser asimilado. Los Padres en esto nos han dado ejemplo: el polite铆smo, la idolatr铆a, la corrupci贸n de las costumbres paganas, el culto al emperador, jam谩s fueron acogidos, por el contrario, siempre fueron rechazados y combatidos. Supieron combatir con valor, no contra los hombres sino contra toda adultera-ci贸n de la Palabra de Dios, contra toda falsificaci贸n de la verdad, contra toda omisi贸n del dep贸sito de la fe transmitido por los Ap贸stoles. Con firmeza y exponi茅ndose a peligros muy graves, vigilaron y combatieron por la libertad de la Iglesia; se opusieron a quienes gobernaban para defender el derecho del Pueblo de Dios a profesar la verdad y obedecer al Evangelio. Fueron severos contra las herej铆as, los equ铆vocos y los abusos internos en la Iglesia, particularmente rechazaron la mundanizaci贸n y el apego a los bienes materia-les10.

En toda cultura, desde la perspectiva de la revelaci贸n, se encontrar谩n elementos de gracia y de pecado. Los primeros son asumidos, los segundos plantean una ruptura. La Iglesia en este proceso trabaja incansablemente por una nueva primavera en los albores del siglo XXI, con dos criterios: la continuidad y la ruptura, elementos necesarios en el di谩logo entre la fe y la cultura.

La Escritura fue el universo mental en torno al cual gir贸 el pensamiento de los Padres, toda su reflexi贸n estaba fundamentada en el texto revelado. A la luz de las Escrituras examinaron todas las corrientes de pensamiento, no simplemente para asumirlas, sino para criticarlas y reprocharlas cuando era necesario. Del estudio de los Padres hemos de sacar algunas claves de identidad cristiana y eclesial que ayuden a la nueva evangeliza-ci贸n. Lo primero es tener el Evangelio como n煤cleo central de conversi贸n y la incorpora-ci贸n a Cristo como eje vital; ejercitar la voluntad de participar como miembros vivos de su cuerpo eclesial y practicar el amor solidario como la mejor expresi贸n del Esp铆ritu que anima a trav茅s de los signos sacramentales del Bautismo y de la Eucarist铆a, en una eclesiolog铆a profunda de comuni贸n.

Valor fundamental, seg煤n la experiencia de los Padres, es la vida de los cristianos. El testimonio demuestra la verdad del Evangelio. Los Padres evangelizaron las culturas no con principios abstractos. Ante todo fueron pastores que animaron desde la propia vida la experiencia diaria, incluso con el testimonio del martirio.

La inculturaci贸n es compleja, dif铆cil y tiene riesgos. Los Padres ense帽an a la Iglesia de nuestros d铆as la valent铆a y creatividad, pero al mismo tiempo el vigilante discernimiento, siguiendo el criterio fundamental de la fidelidad a la Palabra de Dios y a las culturas del hombre. La verdadera inculturaci贸n exige una gran libertad frente a las diversas culturas, a煤n cuando se corra el riesgo de la persecuci贸n y de la falta de respeto. Una aut茅ntica inculturaci贸n no es ecl茅ctica. El cristiano no va a la caza de la Verdad, queriendo integrar en su fe todas las posiciones que le convengan o le sean atractivas. Quien ha conocido a Jesucristo es consciente de estar en la 煤nica Verdad revelada. Buscar los elementos positivos de las culturas, las semina Verbi, sin que se cambien un 谩pice los contenidos de la fe, es la manera de llegar con el Evangelio al hombre de hoy.

Los Padres de la Iglesia no envejecen, porque se han situado en la l贸gica de la Encarnaci贸n, y por lo tanto su vitalidad y su fecundidad son como las de Cristo. Acogiendo los valores de la cultura cl谩sica, los han mirado desde la perspectiva de la fe y les han dado su justo lugar. Ellos contin煤an siendo un faro que desde la creatividad que los caracteriz贸 invitan con su ejemplo a toda la Iglesia a trabajar denodadamente por descubrir la presencia de Dios en los valores culturales consonantes con el Evangelio, y para actualizar en las culturas contempor谩neas el Misterio Pascual: Encarnaci贸n, Muerte y Resurrecci贸n, Pentecost茅s y Parus铆a. Las culturas necesitan ser redimidas, como camino indispensable de plena realizaci贸n.

Una experiencia aut茅ntica de vida cristiana y una proclamaci贸n consciente del Evangelio siempre ser谩n antiguas en su contenido fundamental y nuevas en su forma de expresi贸n. Inculturar la fe requiere un esfuerzo continuo y constante que jam谩s concluir谩, porque mientras m谩s se camina, aparecen nuevas realidades que necesitan experimentar el acontecimiento de la Encarnaci贸n.

S贸lo cuando Dios sea todo en todos y la humanidad llegue a su realizaci贸n total se habr谩 concluido el proceso que la Iglesia ha realizado, realiza y realizar谩 en todas las 茅pocas, buscando ser fiel a la misi贸n recibida. En otras palabras, el objetivo de la inculturaci贸n, para presentarlo en t茅rminos de San Pablo y de San Ireneo de Ly贸n, es 芦recapitular todas las cosas en Cristo禄.

Desde la perspectiva de los Padres de la Iglesia podemos afirmar que la incultura-ci贸n es una necesidad vital e inaplazable. La Buena Noticia tra铆da por Jesucristo no se puede reducir a una sola cultura, y por tanto debe ser inculturada en los diversos ambientes. La inculturaci贸n no es la identificaci贸n absoluta del cristianismo con una cultura dada, sino s贸lo una proped茅utica para la penetraci贸n m谩s profunda del Evangelio en una determinada cultura. La obra de la inculturaci贸n exige personas preparadas, mediadores entre la fe y la cultura. Estos mediadores culturales deben tener una conciencia profunda e 铆ntegra del mensaje evang茅lico y de la cultura en la cual el Evangelio viene inculturado.

II. La universidad cat贸lica, fuente privilegiada de una nueva cultura de la verdad y del amor

1. Suscitar una nueva cultura del amor

En la primera parte hemos considerado la corriente viva de la tradici贸n de la Iglesia, y c贸mo esta corriente logr贸 impregnar la cultura del Imperio romano en tiempos de los Padres. Llegados a este punto, la pregunta que nos hacemos es: 驴c贸mo puede hoy la fe llegar a ser de nuevo creadora de cultura? Hoy que se expande por doquier una cultura global, una cultura adveniente, 驴de qu茅 modo podemos hacerla entrar en el gran r铆o salv铆fico de la redenci贸n de Cristo? 驴Qu茅 pautas, qu茅 l铆neas de acci贸n hemos de seguir con este fin desde el contexto universitario cat贸lico?

De hecho, mi intervenci贸n como Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura tiene precisamente este objetivo: arrojar un poco de luz sobre la orientaci贸n que conviene dar a este desaf铆o, seg煤n las indicaciones del Papa Juan Pablo II. No vengo a dar recetas, ni a solucionar los problemas pr谩cticos con que se enfrentan en las universidades. Vengo en cambio a dar una orientaci贸n de largo alcance. Vengo a precisar un objetivo. El objetivo de la nueva evangelizaci贸n a la que nos ha convocado el Papa.

El 10 de enero de 1992, el Santo Padre recibi贸 en audiencia a los miembros de nuestro Consejo que se hallaban en Roma con motivo de la Asamblea plenaria anual. En aquella ocasi贸n, el Santo Padre nos dirigi贸 estas palabras: 芦La cultura es del hombre, para el hombre y por el hombre. La vocaci贸n del Pontificio Consejo para la Cultura, vuestra vocaci贸n, en este fin de siglo y de milenio, consiste en suscitar una nueva cultura del amor y de la esperanza inspirada en la verdad que nos hace libres en Jesucristo. 脡ste es el cometido de la inculturaci贸n, prioridad para la nueva evangeli-zaci贸n禄11.

芦Suscitar una nueva cultura del amor y de la esperanza inspirada en la verdad禄: he aqu铆 el objetivo que el Santo Padre nos marca y que inspirar谩 el resto de mis reflexiones.

2. La evangelizaci贸n del deseo

Dios no es el rival del hombre, sino el garante de su libertad y la fuente de su felicidad. Dios hace crecer al hombre, d谩ndole la alegr铆a de la fe, la fuerza de la esperanza y el fervor del amor禄12. Son palabras del Papa Juan Pablo II en su discurso a los participantes en un congreso promovido por el Pontificio Consejo para la Cultura sobre 芦El desaf铆o del secularismo y el futuro de la fe en el umbral del tercer milenio禄. Dios es la fuente de la felicidad del hombre; y, precisamente por ello, se帽alaba el Papa: 芦El gran desaf铆o que afronta la Iglesia consiste en encontrar puntos de apoyo en esta nueva situaci贸n cultural, y en presentar el Evangelio como una buena nueva para las culturas, para el hombre art铆fice de cultura禄13.

El deseo de la felicidad es la m谩s universal de todas las aspiraciones del hombre. 芦Vivere omnes beate volunt禄. As铆 empieza el tratado De vita beata dedicado por S茅neca a su hermano Galieno. 芦鈥淭odos buscan ser felices. No hay excepciones a esta regla. Aunque utilicen medios distintos, todos persiguen el mismo objetivo. 脡sta es la fuerza motriz de todas las acciones de todos los individuos, incluso de los que se quitan la vida鈥�, precisa Pascal en uno de sus m谩s c茅lebres Pensamientos禄14.

Partiendo de este dato, hace unos a帽os, el entonces Pontificio Consejo para el Di谩logo con los No Creyentes promovi贸 un estudio sobre el tema 芦Felicidad y fe cristiana禄. Uno de los resultados m谩s significativos fue 茅ste: constatar la urgencia inaplazable de emprender una aut茅ntica evangelizaci贸n del deseo en la cultura moderna, para aprovechar la aspiraci贸n del hombre a la felicidad, como punto de anclaje para la fe. 芦Este acercamiento antropol贸gico de la fe... constituye una de las claves posibles para responder mejor a las insatisfacciones y angustias, los miedos y las amenazas que se ciernen sobre el futuro del hombre moderno, de las que 茅l trata de liberarse a fin de abrir de par en par la puerta de la felicidad en la luz gozosa de Cristo resucitado, 鈥渆l que vive, el que tiene las llaves de la muerte y del hades鈥� (ver Ap 1,18), el 煤nico que da una respuesta definitiva a la angustia y a la desesperaci贸n de los hombres禄15.

Ahora bien: la evangelizaci贸n del deseo se realiza s贸lo si logramos liberar al hombre de los diversos 鈥渓azos鈥� que le impiden discernir la verdadera felicidad de la falsa, sac谩ndolo de la prisi贸n de la superficialidad en que tantas veces lo encierra la cultura banal que se difunde a trav茅s de los medios de comunicaci贸n. Hoy en d铆a todos vivimos bom-bardeados por im谩genes y mensajes de diverso g茅nero que nos influyen de maneras que con frecuencia escapan a nuestro control. De este modo, especialmente a nivel de la cultura popular, se promueven toda una serie de im谩genes de la felicidad, que no por falsas dejan de ser seductoras o atrayentes. Se crea as铆 un optimismo superficial, que no s贸lo no ayuda a alcanzar la felicidad verdadera. El hombre se distrae con una multiplicidad de placeres o de intereses fr铆volos y banales; pierde el rumbo, y no capta la enorme p茅rdida y carencia personal que supone el desinteresarse de Cristo. En esta perspectiva, el conflicto de im谩ge-nes de la felicidad es de una importancia vital para la transmisi贸n de la misma fe.

Por tanto, es necesario un aut茅ntico proceso de evangelizaci贸n que, en primer lugar, prepare el terreno, entrando en contacto con la profundidad del deseo humano de felicidad. El hombre puede llegar a sentir ante la llamada de Jes煤s un escalofr铆o del coraz贸n 鈥攅se temblor feliz que produce la llamada del amor鈥� como el que sintieron los primeros disc铆pulos de Jes煤s cuando 茅ste se dio la vuelta y les pregunt贸: 芦驴Qu茅 busc谩is?禄 (Jn 1,38). En segundo lugar, se tratar谩 de llevar al hombre al reconocimiento de lo que la pregunta suscita, es decir, el principal deseo del alma humana. Y en tercer lugar, liberar este deseo de las prisiones reductoras y evangelizarlo, para conducirlo a la plenitud de vida y de amor. Es la aventura espiritual central para toda persona y para toda cultura.

Estos tres estadios 鈥攑reparaci贸n, reconocimiento y evangelizaci贸n鈥� los vemos claramente en la escena evang茅lica a la que acabo de aludir: 芦Juan Bautista prepar贸 a sus disc铆pulos para que se abrieran a esa pregunta de un modo original. La llegada de Jes煤s invita a los dos disc铆pulos a leer su deseo de felicidad bajo una nueva luz: bajo Su luz. Y cuando ellos 鈥渧ienen鈥� y 鈥渧en鈥� y 鈥渆st谩n鈥� con 茅l, entran en un nuevo tipo de escuela, donde sus deseos se liberan y se satisfacen por medio de Su felicidad. Las palabras que Jes煤s pronunciar谩 mucho m谩s tarde, durante la 煤ltima cena, podr铆an adaptarse perfectamente a la ocasi贸n: 鈥淥s dejo dicho esto para que compart谩is mi alegr铆a y as铆 vuestra alegr铆a sea total鈥� (Jn 15,11). Este acto inicial es tambi茅n el encuentro entre dos alegr铆as, entre su deseo y Su don, entre sus grandes aspiraciones y la satisfacci贸n ofrecida por la fe en 茅l禄16.

3. La universidad, promotora de la cultura del amor

Partiendo de esta situaci贸n existencial del hombre de hoy, que reclama con urgencia una nueva 鈥渃ultura del amor鈥�, nos viene en mente la siguiente pregunta: 驴Qu茅 papel juega, en concreto, la universidad? 驴La cultura del amor, no es un objetivo m谩s pastoral que acad茅mico? Pero para dilucidar de qu茅 manera puede la universidad colaborar en la nueva evangelizaci贸n, lo primero que hay que clarificar es la noci贸n misma de evangelizaci贸n. De otro modo corremos el riesgo de perdernos por las ramas. Por eso, en esta primera disertaci贸n, me ha parecido oportuno centrarme en la que constituye la finalidad misma de la nueva evangelizaci贸n: la cultura de la verdad y del amor.

Tener claro el fin no es nunca algo ocioso. In omnibus respice finem. El fin es lo 煤ltimo en la ejecuci贸n, pero es siempre lo primero en la intenci贸n. Al menos en la intenci贸n de las personas inteligentes. Y dado que la universidad tiene por finalidad precisamente la de cultivar la inteligencia, es importante que en el contexto universitario cat贸lico se tenga claro hacia d贸nde nos dirigimos. De ah铆 surgir谩n despu茅s una multitud de iniciativas pr谩cticas. Pero es importante reflexionar antes que nada sobre la orientaci贸n de largo alcance que el Papa nos est谩 dando, una orientaci贸n que da sentido de hecho a toda la misi贸n actual de la Iglesia en la perspectiva del nuevo milenio17.

Por ello, no podemos olvidar una serie de referencias expl铆citas del Papa que avalan cuanto he apenas expuesto. Por ejemplo, recibiendo a los obispos de la Conferencia Episcopal de M茅xico en visita ad limina, el Papa les dijo: 芦No pocos de los retos pastorales con que se enfrenta vuestro ministerio episcopal est谩n estrechamente relacionados con la evangelizaci贸n de la cultura. El 谩mbito de la cultura es uno de los are贸pagos modernos, en los que ha de hacerse presente el Evangelio con toda su fuerza. Gracias a la perseverante labor llevada a cabo en las escuelas y en muchos centros de estudios superiores basados en su proyecto cristiano, son relevantes los resultados conseguidos, por lo que se refiere al di谩logo entre fe y cultura. Por todo lo cual, es muy importante que dichas instituciones impartan una ense帽anza coherente con su identidad cat贸lica, pues de ello depende que la cultura de vuestra naci贸n est茅 profundamente iluminada por la verdad del Evangelio. A este respecto, las universidades cat贸licas, junto con otras instituciones docentes de inspiraci贸n cristiana, deben tener entre sus principales objetivos difundir la doctrina social de la Iglesia que, fundada en los principios del Evange-lio, promueve tambi茅n la nueva civilizaci贸n del amor. Iluminados y guiados por ella, se tratar谩 de buscar y poner en pr谩ctica medios y acciones eficaces para favorecer la reconciliaci贸n, la justicia y el conveniente desarrollo, manifestando abiertamente la centralidad del bien, de la verdad y de la belleza禄18.

La 铆ntima relaci贸n entre la naturaleza misma de la universidad y la promoci贸n de una nueva cultura del amor queda especialmente clara en un discurso del Papa a la Universidad de Lovaina, B茅lgica. El Papa 鈥攃onsiderando 芦la cultura en el plano de su dinamismo profundo, de sus preguntas primordiales, de la conciencia que de ella tienen los hombres y de la investigaci贸n, gloria del esp铆ritu humano禄19鈥� se expres贸 as铆 ante la comunidad universitaria: 芦Desarrollando vuestro saber, haciendo crecer vuestra cultura, profundizando vuestra fe, afirmando vuestras convicciones, os prepar谩is para ser testigos fuertes de la verdad y del amor que interpela a nuestra 茅poca, en la que el hombre, que se siente aislado en medio de la multitud solitaria, no sabe ya lo que es vivir, amar, sufrir y morir. 驴Qu茅 es el hombre? Hay que responder a esta cuesti贸n, asumir el desaf铆o del materialismo pr谩ctico y de la indiferencia religiosa, del escepticismo corrosivo. S铆. 驴Qu茅 es el hombre siempre en tensi贸n entre la infinitud de sus deseos y la finitud de sus placeres, entre su obstinada b煤squeda de la verdad y el saber en migajas que le proponen? Hoy, incluso los que dudan de Dios y llegan a dudar muy pronto del hombre, sienten, de forma m谩s o menos consciente, la necesidad de fundamentar y garantizar el respeto del hombre, el respeto de su vida en todas las etapas de su desarrollo, el respeto de sus relaciones de amor, el respeto de su libertad, de sus convicciones, de su conciencia. 驴No debe la universidad cat贸lica contribuir a dar una respuesta a estas cuestiones fundamentales sobre el hombre [y hacerlo] con toda la seriedad que requiere su importancia?禄20.

脡sta es la pregunta que se hace el Papa; y 茅ste es el desaf铆o de la universidad cat贸lica: promover 芦un humanismo pleno禄21 como v铆a de acceso a una nueva cultura de la verdad y del amor.

4. La universidad cat贸lica, promotora de una nueva cultura de la verdad

Promover 芦un humanismo pleno禄 supone promover todo el hombre, todas sus dimensiones. Por ello, la promoci贸n de la nueva cultura del amor est谩 铆ntimamente imbricada con la promoci贸n de una nueva cultura de la verdad22. Y ello es una misi贸n particular para la universidad cat贸lica. As铆 se expres贸 el Papa en su mensaje al mundo universitario en la ciudad de Guatemala: 芦En efecto, la universidad y la Iglesia se consagran, cada una seg煤n su manera propia, a la b煤squeda de la verdad, al progreso del esp铆ritu, a los valores universales, a la comprensi贸n y al desarrollo integral del hombre, a la exploraci贸n de los misterios del universo. En una palabra, la universidad y la Iglesia quieren servir al hombre desinteresadamente, tratando de responder a sus aspiraciones morales e intelectuales m谩s altas. La Iglesia ense帽a que la persona humana, creada a imagen de Dios, tiene una dignidad 煤nica, que es necesario defender contra todas las amenazas que, sobre todo actualmente, acechan con destruir al hombre en su ser f铆sico y moral, individual y colectivo. La Iglesia se dirige muy en particular a los actuales universitarios para decirles: tratemos de defender juntos al hombre en s铆 mismo, cuya dignidad y honor est谩n seriamente amenazados. La universidad, que por vocaci贸n es una instituci贸n desinteresada y libre, se presenta como una de las pocas instituciones de la sociedad moderna capaces de defender con la Iglesia al hombre por s铆 mismo; sin subterfugios, sin otro pretexto y por la sola raz贸n de que el hombre posee una dignidad 煤nica y merece ser estimado por s铆 mismo. 脡ste es el humanismo superior que ense帽a la Iglesia. El que os ofrece en vuestra tarea tan noble y urgente, universitarios y educadores. Permitidme por ello que os exhorte a emplear todos los medios leg铆timos a vuestro alcance: ense帽anza, investigaci贸n, informaci贸n, di谩logo con el p煤blico, para llevar a cabo vuestra misi贸n human铆stica, convirti茅ndoos en art铆fices de esa civilizaci贸n del amor, la 煤nica capaz de evitar que el hombre sea un enemigo para el hombre禄23.

Toda verdadera universidad 鈥攜, por tanto, toda verdadera universidad cat贸lica鈥�, se asienta sobre dos pilares b谩sicos: la docencia y la investigaci贸n. En efecto, tal y como afirma desde su misma introducci贸n la constituci贸n apost贸lica Ex corde Ecclesiae 鈥攁ut茅ntica 芦magna charta禄 de las universidades cat贸licas24鈥�, la universidad cat贸lica, 芦nacida del coraz贸n de la Iglesia禄, 芦comparte con todas las dem谩s universidades aquel gaudium de veritate, tan caro a San Agust铆n, esto es, el gozo de buscar la verdad, de descubrirla y de comunicarla en todos los campos del conocimiento. Su tarea privilegiada es la de 鈥渦nificar existencialmente en el trabajo intelectual dos 贸rdenes de realidades que muy a menudo se tiende a oponer como si fuesen antit茅ticas: la b煤squeda de la verdad y la certeza de conocer ya la fuente de la verdad鈥澛�25.

Unificar existencialmente dos 贸rdenes de realidades. 脡sta es la finalidad peculiar de la investigaci贸n y de la docencia en una universidad cat贸lica. La frase en la que se afirma la importancia de esta unificaci贸n existencial, la hab铆a pronunciado el Papa diez a帽os antes, en su primer viaje apost贸lico a Francia, en el Instituto Cat贸lico de Par铆s. Como rector del Instituto, yo tuve el gozo de ser testigo de excepci贸n en aquella jornada memorable. En aquella ocasi贸n, el Papa se preguntaba: 驴No es verdad que tambi茅n el hombre de hoy, como el hombre de todos los tiempos, est谩 en b煤squeda permanente de una verdad que sea capaz de unificar su vida y darle un sentido? 驴No es verdad que las ciencias, a pesar de su impresionante desarrollo, a煤n tienen l铆mites demasiado humanos? 驴Cu谩les son las razones profundas que justifican la existencia misma de una universidad?

Como respuesta a estos interrogantes, el Santo Padre hizo la siguiente reflexi贸n, que se nos qued贸 profundamente grabada a todos los que la escuchamos de sus labios: 芦No creo, pues, enga帽arme diciendo que los estudiantes piden al Instituto Cat贸lico de Par铆s, junto a los diversos conocimientos que aqu铆 se les imparten, y precisamente a trav茅s de ellos, el acceso personal a otro orden de verdad, a una verdad total sobre el hombre, inseparable de la verdad sobre Dios tal como 脡l nos la ha revelado, puesto que esa verdad no puede venir m谩s que del Padre de las luces, del don del Esp铆ritu Santo, del que el Se帽or nos asegur贸 que habr铆a de llevarnos a la verdad completa. Por tanto, aunque vuestro Instituto se haya distinguido tambi茅n dentro del mundo universitario por los trabajos de hombres eminentes en las diversas ramas del saber, no es la ciencia en cuanto tal la que justifica en principio vuestra pertenencia al Instituto Cat贸lico, sino la luz que 茅l contribuye a aportar sobre vuestras razones de vivir. En este campo, todo hombre tiene necesidad de certeza. Nosotros los cristianos la encontramos en el misterio de Cristo, que es 鈥攕eg煤n sus propias palabras鈥� nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. 脡l es quien est谩 al inicio de nuestra b煤squeda espiritual; 茅l es el esp铆ritu que la anima; 茅l ser谩 tambi茅n su meta. Conocimiento religioso y progreso espiritual van, pues, a la par, y de este caminar interior, propio de quien busca a Dios, San Agust铆n nos dej贸 una f贸rmula insuperable: 鈥淔ecisti nos ad Te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in Te鈥� [鈥淣os hiciste para ti, y nuestro coraz贸n est谩 inquieto hasta que descanse en ti鈥漖禄26.

Citando estas palabras de San Agust铆n, el Papa establece una relaci贸n estrecha entre la b煤squeda de la verdad que es propia de la investigaci贸n cient铆fica, y la b煤squeda de la Verdad, con may煤scula, que es propia del conocimiento religioso y del progreso espiritual. La b煤squeda desinteresada y ardiente de la verdad cient铆fica, no es ajena a la peregrina-ci贸n de la fe. El mismo impulso secreto a hacer ciencia, podemos decir que nace de la nostalgia de Dios que late en el coraz贸n humano. El hombre de ciencia quisiera siempre, en el fondo, alcanzar a trav茅s de sus variados conocimientos ese orden de verdad que puede dar sentido a su vida; y por ello, en su b煤squeda cient铆fica, experimenta un alivio singular cuando gracias a la fe 鈥攁unque sea a trav茅s del velo de la fe鈥� goza del consuelo de Dios, que lo acompa帽a en su caminar. Es el pensamiento que Fenel贸n expresaba bellamente cuando escribi贸27:

芦Lisez, mais priez en lisant

Car 茅tudier, c鈥檈st chercher seul la v茅rit茅

Et prier, c'est chercher avec Dieu禄.

芦Leed, pero rezad mientras le茅is;

porque estudiar, es buscar la verdad a solas;

y rezar, es buscarla con Dios禄.

La universidad cat贸lica se autocomprende desde esta perspectiva: la b煤squeda de la verdad, con la ayuda 鈥攜 en la compa帽铆a鈥� del Dios Encarnado, Jesucristo28. La inspiraci贸n cristiana no supone p茅rdida alguna de rigor; es m谩s, 芦le permite incluir en su b煤squeda la dimensi贸n moral, espiritual y religiosa, y valorar las conquistas de la ciencia y de la tecnolog铆a en la perspectiva total de la persona humana禄29. En este sentido, 芦por su car谩cter cat贸lico, la universidad goza de una mayor capacidad para la b煤squeda desinteresada de la verdad; b煤squeda, pues, que no est谩 subordinada ni condicionada por intereses particulares de ning煤n g茅nero禄. Lo cual es de vital importancia en el momento actual: 芦Nuestra 茅poca, en efecto, tiene necesidad urgente de esta forma de servicio desinteresado que es el de proclamar el sentido de la verdad, valor fundamental sin el cual desaparecen la libertad, la justicia y la dignidad del hombre禄30. 脡sta es la aportaci贸n peculiar de la universidad cat贸lica, una universidad que 芦se dedica por entero a la b煤squeda de todos los aspectos de la verdad en sus relaciones esenciales con la Verdad suprema, que es Dios禄. Y de este modo contribuye eficazmente como dadora de sentido a las personas humanas que en ella se educan, y, por medio de ellas, tambi茅n a la sociedad. Es decir, la universidad cat贸lica da una aportaci贸n preciosa para que las personas puedan realizarse aut茅nticamente en la vida y responder a su vocaci贸n m谩s profunda; porque, como dec铆a Nicol谩s Berdjaev: 芦La verdadera finalidad de la vida es el conocimiento existencial, integral de la verdad, la comuni贸n con ella, la vida en ella. La verdad es la iluminaci贸n y la transfiguraci贸n de la existencia y del universo. El Logos iluminante act煤a bajo forma individual tambi茅n en cada conquista de la verdad, repartida en las verdades parciales del conocimiento cient铆fico. 隆La verdad es Dios!禄31.

5. El desaf铆o de una universidad m谩s humana y m谩s cat贸lica

De manera que la universidad, como 芦instituci贸n orientada por su naturaleza misma hacia la b煤squeda de la verdad禄32, ha de ser 芦un centro incomparable de creatividad y de irradiaci贸n del saber para el bien de la humanidad禄33. Quisiera contribuir con mis palabras a avivar vuestra ilusi贸n, ayud谩ndoos a contemplar la grandeza de vuestra tarea. Es esencial redescubrir la importancia del proyecto educativo universitario. La universidad es como un crisol en el que se fragua la cultura, un hervidero de vida intelectual en el que se establece una 铆ntima interrelaci贸n entre los distintos campos del saber, una comunidad viva cuya fecundidad intelectual, cultural y espiritual nace de la participaci贸n activa y de la colaboraci贸n generosa de todos los que la integran. En este ambiente vivo, la universidad forma personas, personas maduras, personas que han de llegar a una cierta plenitud en el desarrollo de sus facultades.

Ahora bien: una formaci贸n de este g茅nero es delicada, y no se improvisa; requiere, en primer lugar, un entorno profundamente humano; requiere que el mismo enfoque de las disciplinas del saber refleje los rasgos de un sano humanismo; y requiere que se eviten con decisi贸n ciertos peligros como la despersonalizaci贸n, el aislamiento de las distintas ramas del saber en compartimentos estancos, o una frialdad poco humana en la relaci贸n entre profesor y alumno. La universidad tiene que ser, si quer茅is, como un verdadero ecosistema: con su equilibrio, con su delicada interrelaci贸n entre cada una de las especies que lo integran, con toda su afinada complejidad, que no es la de un ingenio mec谩nico, sino la de un conjunto de vidas que se integran en una armon铆a superior. Y a煤n hay que decir que esta imagen, siendo instructiva, se queda corta, porque la vida que late en la universidad es la vida de seres humanos, los cuales no constituyen el eslab贸n m谩s perfecto de la cadena evolutiva, sino que se abren a la vida del esp铆ritu. Precisamente, la vida que late en la universidad es la vida del esp铆ritu. En la universidad se cultiva el esp铆ritu de personas humanas, y ello es infinitamente m谩s delicado que el m谩s sublime de los ecosistemas. De ah铆 esa humanidad tan grande que tiene que empapar todo el ambiente universitario34.

芦En otras palabras: no se puede disociar la instrucci贸n acad茅mica de la dimensi贸n educativa global de la persona. 鈥淓sto supone 鈥攁firma Juan Pablo II鈥� que los educadores sepan transmitir a los estudiantes, adem谩s de la ciencia, el conocimiento del hombre mismo; es decir, de su propia dignidad, de su historia, de sus responsabilidades morales y civiles, de su destino espiritual, de sus lazos con toda la humanidad鈥�35. En efecto, el hombre no es un ordenador que sirve s贸lo para almacenar datos y para acumular informaciones, sino un ser capaz de elegir, de dialogar y de amar. El alumno necesita no s贸lo erudici贸n, sino tambi茅n educaci贸n; no s贸lo aprender, sino tambi茅n comprender; no s贸lo nociones intelectuales, sino tambi茅n valores morales; no s贸lo ciencia, sino tambi茅n sabidur铆a禄36.

Desde esta perspectiva, se comprende la profunda importancia que reviste la identi-dad cat贸lica de una universidad. Si la vida del esp铆ritu late en la universidad, ahora damos un paso m谩s, y concluimos que la religi贸n, y en concreto, la religi贸n cat贸lica, no debe en modo alguno ser ajena a la vida de la universidad.

La religi贸n es el centro y coraz贸n de la cultura, su elemento m谩s significativo y valioso. La cultura es todo aquello que configura la vida del hombre37; por ello su n煤-cleo esencial lo constituye todo aquello que hace referencia a la relaci贸n del mismo hom-bre con Dios. Ello explica que toda cultura est茅 intr铆nsecamente abierta a la semilla evang茅lica38. El Evangelio penetra profundamente en el humus cultural hasta llegar al estrato m谩s rico, a la tierra mejor, al n煤cleo de convicciones y valores religiosos y morales que constituyen lo m谩s excelso de la cultura, y es ah铆 donde se asienta, donde echa ra铆ces, donde crece; y al crecer, va enriqueciendo, purificando y transformando la tierra cultural que la ha acogido39.

Ahora bien: si el Evangelio lleva a su m谩ximo y m谩s armonioso desarrollo todas las facultades humanas, todo aquello que constituye el ser del hombre, se comprende que no puede ser algo ajeno a la universidad. Igual que el Evangelio transforma las culturas con dulzura sobrenatural, tambi茅n la universidad, creadora y maestra de cultura, debe aco-ger esta riqueza. S贸lo el Esp铆ritu de Cristo tiene en s铆 la virtualidad de envolver a la universidad en la cris谩lida que la har谩 m谩s humana, m谩s espiritual, m谩s universitaria. La genuina identidad cat贸lica abre el camino a una creatividad cultural insospechada, a una creatividad constructiva, capaz de ofrecer soluciones de futuro a nuestra sociedad. La clave de la fecundidad est谩 en Jesucristo, en que su esp铆ritu impregne, cale y empape las estructuras y el esp铆ritu de la universidad40.

Conclusi贸n
Inculturar el Evangelio a la luz de los grandes misterios de la salvaci贸n: Navidad, Pascua y Pentecost茅s

Quisiera concluir mi intervenci贸n con unas palabras de la Constituci贸n Gaudium et spes del Concilio Vaticano II: 芦Se puede pensar con toda raz贸n que el porvenir de la humanidad est谩 en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar禄41. En efecto, si nos hemos reunido aqu铆 es porque tenemos esperanza en el futuro, y porque queremos transmitir nuestra ilusi贸n y nuestra confianza a todo el mundo universitario en la perspectiva del nuevo milenio.

No se trata de un optimismo ingenuo. Nuestra esperanza no se basa s贸lo en medios humanos, sino que cuenta con el poder de Dios. Nos apoyamos en la fuerza de la fe, en la vitalidad del Evangelio, que es capaz de penetrar como un germen de eternidad en el coraz贸n del hombre y de las culturas, transform谩ndolas, para ofrecer al mundo un fermento de novedad, una levadura original, una semilla de progreso que, en medio de las 谩ridas tierras de la historia, da frutos de perenne verdor. A las puertas del tercer milenio, la mirada de la Iglesia no puede menos que confiar en la fecundidad cultural de la fe, como fuerza real que es capaz de elevar y de purificar la cultura y las culturas de nuestro tiempo42.

Somos bien conscientes de que tal renovaci贸n exige un gran esfuerzo, y aun una dura lucha en el 谩mbito espiritual. Cito de nuevo a este respecto la Gaudium et spes: 芦Toda la historia humana est谩 atravesada por una dura batalla contra las potestades de las tinieblas, que, iniciada en el origen del mundo, se prolongar谩, como dice el Se帽or (ver Mt 24,13; 13,24-30 y 36-43), hasta el 煤ltimo d铆a. Inmerso en esta contienda, el hombre ha de combatir continuamente para adherirse al bien, y s贸lo a costa de grandes trabajos, y con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de alcanzar la unidad en s铆 mismo. Por lo cual, la Iglesia de Cristo, confiada en el designio del Creador, mientras reconoce que el progreso puede servir a la verdadera felicidad humana, no puede dejar de hacer resonar la voz del Ap贸stol cuando dice: 隆No viv谩is conforme a este mundo! (Rom 12,2), es decir, conforme a aquel esp铆ritu de vanidad y de malicia que transforma la actividad humana, ordenada al servicio de Dios y del hombre, en instrumento de pecado. Y si alguien se pregunta de qu茅 manera es posible superar esta miseria, la respuesta cristiana es que todas las actividades humanas 鈥攓ue corren diario peligro a causa de la soberbia y del desordenado amor propio鈥� hay que purificarlas y encaminarlas a la perfecci贸n por la cruz y la resurrecci贸n de Cristo禄43.

Desde esta visi贸n de la historia 鈥攙isi贸n que es a la vez realista y profunda鈥�, el cristiano se sabe portador de un mensaje de salvaci贸n a los hombres de toda cultura. La evangelizaci贸n de las culturas, y la inculturaci贸n de la fe, es un aut茅ntico proceso salv铆fico, por el que la fe se encarna en el modo de vida de cada pueblo, lo purifica, y lo abre a la comuni贸n, en el Esp铆ritu, con todos los hombres. Es 茅ste un concepto que se halla bella-mente expresado en las conclusiones del documento de Santo Domingo, que relaciona el proceso de inculturaci贸n con los tres grandes misterios de la salvaci贸n: Navidad, Pascua y Pentecost茅s; o, lo que es lo mismo, Encarnaci贸n, Purificaci贸n y Comuni贸n: 芦Es necesario inculturar el Evangelio a la luz de los tres grandes misterios de la salvaci贸n: la Navidad, que muestra el camino de la Encarnaci贸n y mueve al evangelizador a compartir su vida con el evangelizado; la Pascua, que conduce a trav茅s del sufrimiento a la purificaci贸n de los pecados, para que sean redimidos; y Pentecost茅s, que por la fuerza del Esp铆ritu posibilita a todos entender en su propia lengua las maravillas de Dios禄44.

El reto de la nueva evangelizaci贸n con vistas al siglo XXI tiene para nosotros las caracter铆sticas de un desaf铆o estimulante. La cultura de hoy se caracteriza ante todo por su superficialidad, una superficialidad en que la vida de los hombres no puede echar ra铆ces profundas; y sin ra铆ces profundas, no pueden tener un firme sost茅n los procesos de madura-ci贸n humana verdadera. Por ello la superficialidad se puede traducir en procesos de disgregaci贸n, de fragmentaci贸n y de violencia. Las comunidades humanas pierden consistencia, y las personas, en un desamparo cada vez mayor, se dejan caer por la ambigua pendiente de hedonismo y de una libertad desenfrenada que querr铆a olvidar la verdad misma de las cosas. Se constata un resurgir de la religiosidad, pero suele ser una religiosidad 鈥渓igera鈥�; se querr铆a que la Iglesia hablara de Dios sin poner 茅nfasis en las normas morales; parece incluso que casi bastar铆a con que se fomentase una especie de armon铆a personal de cada uno consigo mismo, en vez de insistir tanto en suscitar el encuentro purificador de cada hombre con Cristo.

Ante este panorama cultural, la Iglesia da una respuesta nacida de lo m谩s profundo de sus entra帽as amorosas. La Iglesia, sacramento universal de salvaci贸n, es tremendamente sensible a cada uno de los latidos del coraz贸n enfermo del hombre de hoy. Partiendo de su rica experiencia bimilenaria, la Iglesia, experta en humanidad, despierta suavemente en el hombre la conciencia de su dimensi贸n moral y de su relaci贸n con un destino trascendente. Esforz谩ndose por renovar siempre la santidad de sus miembros, trata de llegar al coraz贸n del hombre, no s贸lo con palabras, sino con un testimonio de autenticidad que suscite en cada persona, hombre o mujer, la actitud de confianza del que se siente amado a pesar de sus debilidades, del que se siente valorado y apreciado en su misma dignidad de 鈥減ersona humana鈥�. Ante la desilusi贸n melanc贸lica de la postmodernidad, ante la anticultura de la violencia y de la muerte, la Iglesia se abre al mundo como comunidad amorosa dispuesta a acoger al hombre, aunque para ello tenga que sufrir el martirio. Desde estas actitudes, nacidas de un profundo amor al hombre concreto, la Iglesia presenta, con esperanza, un anuncio inculturado del Dios verdadero. Sabe y experimenta que Cristo est谩 con ella, y que Cristo mismo ofrece al mundo, por medio de ella, el resplandor de la luz nueva que ha de iluminar al mundo en el despuntar del tercer milenio45.


*

Conferencia pronunciada en la Universidad Popular Aut贸noma del Estado de Puebla, Puebla de los 脕ngeles, M茅xico, el 16 de junio de 1988.

1

Y.M. Congar, La tradition et les traditions, 2 vols., Par铆s 1960, 1963.

2

Ver Card. Paul Poupard, Los Padres de la Iglesia: actualidad de una inculturaci贸n de la fe, en AA.VV., El di谩logo fe-cultura en la antig眉edad cristiana, Pamplona 1996, pp. 27-46.

3

J. Loew, Histoire de l鈥櫭塯lise par elle-meme, Par铆s 1978, p. 7.

4

Ver Card. Paul Poupard, Una conquista y un reto: la nueva libertad religiosa en el Este y el liberalismo del Oeste, en AA.VV., El horizonte de la libertad. En camino hacia la nueva Europa, Madrid 1994, p. 13.

5

Juan Pablo II, Discurso a los intelectuales europeos venidos a Roma con ocasi贸n del A帽o Santo, 15/12/1982, 2.

6

J.-A. Ubieta, Significaci贸n neotestamentaria de la Iglesia de Corinto, en 芦Revista Catalana de Teolog铆a禄 14 (1989), p. 336.

7

Discurso a Diogneto, n. 6: CP Serie Graeca, vol. 14, p. 313.

8

Tertuliano, Apologeticum, 42, 2-3: CCL 1, 157.

9

San Agust铆n, Epist. 138, 15: CP Serie Latina, vol. 9, p. 579.

10

Ver Juan Pablo II, Carta apost贸lica Patres ecclesiae, 2: AAS 72 (1980), pp. 10-11.

11

Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, 10/1/1992, 10. Ver Evangelium vitae, 95-101: 芦En el contexto social actual, marcado por una lucha dram谩tica entre la 鈥渃ultura de la vida鈥� y la 鈥渃ultura de la muerte鈥�, debe madurar un fuerte sentido cr铆tico, capaz de discernir los verdaderos valores y las aut茅nticas exigencias... Se debe comenzar por la renovaci贸n de la cultura de la vida dentro de las mismas comunidades cristianas... El cambio cultural deseado aqu铆 exige a todos el valor de asumir un nuevo estilo de vida... Implica tambi茅n pasar de la indiferencia al inter茅s por el otro y del rechazo a su acogida... El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres. Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovaci贸n de la sociedad mediante la edificaci贸n del bien com煤n... El 鈥減ueblo de la vida鈥� se alegra de poder compartir con otros muchos su tarea, de modo que sea cada vez m谩s numeroso el 鈥減ueblo para la vida鈥� y la nueva cultura del amor y de la solidaridad pueda crecer para el verdadero bien de la ciudad de los hombres禄.

12

Juan Pablo II, Discurso a los participantes en un congreso promovido por el Pontificio Consejo para la Cultura, 2/12/1995, 4.

13

Lug. cit.

14

Card. Paul Poupard, Felicidad y fe cristiana. Estudio del Pontificio Consejo para el Di谩logo con los No Creyentes, Herder, Barcelona 1992, p. 167.

15

Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea plenaria del Pontificio Consejo para el Di谩logo con los No Creyentes, 16/3/1991, 1.

16

Card. Paul Poupard, Felicidad y fe cristiana, ob. cit., pp. 106-107.

17

Sobre la presencia evangelizadora de la Iglesia en el mundo universitario en general, ver el importante documento interdicasterial: Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica - Pontificio Consejo para los Laicos - Pontificio Consejo para la Cultura, Presencia de la Iglesia en la universidad y en la cultura universitaria, 22/5/1994.

18

Juan Pablo II, Discurso a los prelados de la Conferencia Episcopal de M茅xico en visita ad limina, 29/11/1994, 8. Unos meses antes, el 12 de febrero de 1994, el Papa hab铆a dicho a los Obispos de la Conferencia Episcopal de Uruguay: 芦Deseo expresar mi aprecio por la aportaci贸n que la universidad cat贸lica, junto con otras instituciones, realizan en el mundo de la cultura en el Uruguay y les aliento a ser siempre verdaderos promotores de la civilizaci贸n del amor禄 (n. 6).

19

Juan Pablo II, Discurso a la comunidad universitaria de Lovaina, 20/5/1985, 1.

20

All铆 mismo, 5.

21

Ver Pablo VI, Populorum progressio, 42.

22

Ver Card. Paul Poupard, Verit脿, cultura e Chiesa nel 鈥渄ire Dio鈥� nella storia, en Paul Poupard (ed.), Condividere la nostra esperienza di Dio, Roma 1998, pp. 5-12.

23

Juan Pablo II, Mensaje al mundo universitario, Guatemala, 7/3/1983, 6. Ver Juan Pablo II, Discurso a los docentes y estudiantes en el Aula magna de la Universidad de Perugia, 26/10/1986, 5: 芦Existen hoy, por desgracia, ideolog铆as y comportamientos que han creado o tratan de crear y de imponer una 鈥渃ultura de la muerte鈥�, una 鈥渃ultura de la violencia鈥�, una 鈥渃ultura del odio鈥�. Es necesario contraponer una 鈥渃ultura de la vida鈥�, una 鈥渃ultura de la paz鈥�, una 鈥渃ultura del amor鈥�, entre los pueblos y las naciones禄.

24

Ver Juan Pablo II, Constituci贸n apost贸lica Ex corde Ecclesiae, 15/8/1990, 8.

25

All铆 mismo, 1.

26

Juan Pablo II, Discurso en el Instituto Cat贸lico de Par铆s, 1/6/1980, 3.

27

Correspondance, carta 964 al Can贸nigo Robert.

28

Ver Card. Paul Poupard, Buscar la verdad en la cultura contempor谩nea, Ciudad Nueva, Buenos Aires 1995.

29

Juan Pablo II, Constituci贸n apost贸lica Ex corde Ecclesiae, 15/8/1990, 7.

30

All铆 mismo, 4.

31

Nicol谩s Berdiaev, V茅rit茅 et R茅v茅lation, Ginebra 1954 [orig. 1947].

32

Congregaci贸n para la Educaci贸n Cat贸lica - Pontificio Consejo para los Laicos - Pontificio Consejo para la Cultura, Presencia de la Iglesia en la universidad y en la cultura universitaria, 22/5/1994, p. 11.

33

Juan Pablo II, Constituci贸n apost贸lica Ex corde Ecclesiae, 15/8/1990, 1.

34

Card. Paul Poupard, I docenti e la ricerca in una univerist脿 cattolica, en Paul Poupard (ed.), Universit脿, cultura, evangelizzazione, Roma 1997, pp. 14-17.

35

Juan Pablo II, Discurso a los representantes de la Universidad, Reales Academias e investigadores, Madrid, 3/11/1982, 10.

36

Card. Paul Poupard, Dio e libert脿. Una proposta per la cultura moderna, Citt脿 Nuova, Roma 1991, pp. 87-88.

37

Ver Card. Paul Poupard, Iglesia y culturas. Orientaci贸n para una pastoral de inteligencia, Edicep - Librer铆a Parroquial de Claver铆a, Valencia - M茅xico, D.F. 1988, cap. 1: 芦Iglesia y cultura禄, pp. 15-34.

38

Ver Juan Pablo II, Alocuci贸n a los participantes en la Asamblea plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, 13/1/1986, 1.

39

Ver Card. Paul Poupard, Un programa para el a帽o 2000: inculturaci贸n del Evangelio, evangelizaci贸n de la cultura, en 芦Ecclesia禄 10 (1995), M茅xico, D.F., p. 144.

40

Ver Card. Paul Poupard, Iglesia y culturas, ob. cit., cap. 3: 芦Pastoral universitaria y pastoral de la inteligencia禄, pp. 51-57.

41

Gaudium et spes, 31.

42

Ver Pablo VI, Homil铆a en la clausura de la Puerta Santa, 24-25/12/75: 芦Frente al af谩n de las luchas sociales implacables prevalecer谩 la civilizaci贸n del amor, y dar谩 al mundo la transfiguraci贸n que so帽amos de una humanidad finalmente cristiana禄.

43

Gaudium et spes, 37.

44

Santo Domingo, 230.

45

Ver Card. Paul Poupard, Fede cristiana e cultura, en Paul Poupard (ed.), Creare con fede una nuova cultura, Roma 1996, pp. 5-8.
Consultas

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