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Cardenal Norberto Rivera Carrera, La cultura de muerte: agnosticismo funcional y secularismo
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La cultura de muerte: agnosticismo funcional y secularismo

1. Introducción

1. Nos encontramos reunidos en este Congreso Internacional Desafíos para el Tercer Milenio en preparación para el Sínodo de América, convocado por Su Santidad Juan Pablo II.

2. Mientras se aproxima el Tercer Milenio de la nueva era, en el que celebramos jubilosos la plenitud de los tiempos marcada por el misterio de la Encarnación del Verbo, Hijo consustancial al Padre, y por el misterio de la redención1, la mejor preparación al vencimiento bimilenario ha de manifestarse en el renovado compromiso de aplicación, lo más fiel posible, de las enseñanzas del Vaticano II a la vida de cada uno y de toda la Iglesia. Con el Concilio Vaticano II se ha inaugurado, en el sentido más amplio de la palabra, la inmediata preparación del Gran Jubileo del 20002.

3. En el camino de preparación a la cita del 2000 se incluyen una serie de Sínodos iniciada después del Concilio Vaticano II: Sínodos generales y Sínodos continentales, regionales, nacionales y diocesanos. El tema de fondo es el de la Nueva Evangelización, cuyas bases fueron fijadas por la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo VI, publicada en el año 1975 después de la III Asamblea General del Sínodo de los Obispos. Estos Sínodos ya forman parte por sí mismos de la Nueva Evangelización: nacen de la visión conciliar de la Iglesia, abren un amplio espacio a la participación de los laicos, definiendo su específica responsabilidad en la Iglesia, y son expresión de la fuerza que Cristo ha dado a todo el Pueblo de Dios, haciéndolo partícipe de su propia misión mesiánica, profética, sacerdotal y regia.

4. La preparación del Jubileo del año 2000 se realiza así en toda la Iglesia, a nivel universal y local, animada por una conciencia nueva de la misión salvífica recibida de Cristo, conciencia que se manifiesta con significativa evidencia, por ejemplo, en las exhortaciones apostólicas post-sinodales dedicadas a la vocación y misión de los laicos, a la formación de los sacerdotes, a la catequesis, a la familia, a la penitencia y la reconciliación en la vida de la Iglesia y de la humanidad y, últimamente, a la vida consagrada3.

5. El mundo, y en consecuencia nuestra Iglesia inserta en el mundo, se han visto afectados por el secularismo, y más en particular por el llamado “agnosticismo funcional”, descrito como el hecho de vivir, de pensar y de actuar como si Dios no existiera o como si su presencia fuera irrelevante.

6. El Santo Padre en su carta apostólica Tertio millennio adveniente, como preparación del Jubileo del año 2000, haciéndose eco de numerosos Cardenales y Obispos, nos pide que hagamos un serio examen de conciencia. A las puertas del nuevo milenio los cristianos debemos interrogarnos con humildad sobre la responsabilidad que tenemos en relación a los males de nuestro tiempo que se encarnan en la llamada cultura de la muerte.

7. Quisiera seguir este deseo del Papa para confrontar lo que la Iglesia nos enseña sobre el agnosticismo y el secularismo, raíces de la cultura de la muerte, y sus implicaciones más graves como son: el fenómeno creciente de la incredulidad, la incertidumbre espiritual en los creyentes, el engaño del New Age como alternativa para el nuevo milenio y, finalmente, la crisis de obediencia al magisterio pontificio.

8. A la luz del pensamiento de la Iglesia, de su doctrina, quisiera que viéramos nuestra responsabilidad en los males de nuestro tiempo, en lo personal y como Iglesia, y que busquemos los cauces para nuestra enmienda, pidiendo humildemente la gracia al Señor.

2. La doctrina del agnosticismo

9. El Papa San Pío X, a principios de siglo, preocupado por el grave daño provocado por doctrinas contrarias a la fe, que se presentaban como una confusión de personajes, mezclando, por decirlo así, al filósofo, al creyente, al teólogo, al historiador, al crítico, al apologista, al reformador, hace la siguiente síntesis sobre el aspecto filosófico de la doctrina del agnosticismo: La razón humana, encerrada rigurosamente en el círculo de los fenómenos, es decir, de los objetos que aparecen, y tales ni más ni menos como aparecen, no posee la facultad ni el derecho de franquear esos límites; es, en consecuencia, incapaz de elevarse hasta Dios, e incluso de conocer su existencia por medio de las criaturas. Tal es su doctrina. De donde infieren dos cosas: que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia, y que tampoco es un personaje histórico. ¿Qué viene a ser, después de esto, de la teología natural, de los motivos de credibilidad, de la revelación externa? No es difícil comprenderlo. Suprimen pura y simplemente todo esto para remitirlo al intelectualismo, sistema que, según ellos, excita compasiva sonrisa y está sepultado hace largo tiempo.

10. ¿De qué manera pasan del agnosticismo, que después de todo no es sino ignorancia, al ateísmo científico e histórico, cuyo carácter total es, por el contrario, la negación; y en consecuencia, por qué artificio de razonamiento hacen el tránsito desde la ignorancia sobre si Dios ha intervenido en la historia del género humano, a la explicación de esa misma historia con independencia de Dios, de quien se juzga no haber tenido, en efecto, parte en el proceso histórico de la humanidad?... No admiten en su esfera sino fenómenos: Dios y lo divino quedan desterrados de ella. Las consecuencias de tal doctrina tan absurda pronto aparecerán4.

11. La perniciosísima doctrina del agnosticismo, la cual, por parte del entendimiento, cierra al hombre todo camino hacia Dios, al mismo tiempo imagina abrírselo más apto por parte de cierto sentimiento del ánimo y de la acción... En realidad, si se suprime el entendimiento, el hombre se irá tras los sentidos exteriores con inclinación mayor aún que la que ya lo arrastra... La inmensa mayoría de los hombres profesan y profesaron siempre firmemente que no se logra jamás el conocimiento de Dios con sólo el sentimiento y la experiencia, sin ninguna guía ni luz de la razón5.

3. El fenómeno de la incredulidad en América

12. Aumenta en América Latina el fenómeno de la no-creencia, y preocupa a la Iglesia sobre todo por los que viven como si no fueran bautizados6.

3.1. El secularismo

13. «Una modalidad es el “secularismo” que niega a Dios, o porque sostiene que todas las realidades se explican por sí solas sin recurrir a Dios, o porque se considera a Dios enemigo, alienante del hombre. Esta posición secularista se debe distinguir del proceso llamado “secularización”, el cual sostiene legítimamente que las realidades materiales de la naturaleza y del hombre son en sí “buenas” y sus leyes deben ser respetadas, y que la libertad es para la autorrealización humana y es respetada por Dios»7.

14. La secularización, que reivindica una legítima autonomía del quehacer terreno y puede contribuir a purificar las imágenes de Dios y de la religión, desgraciadamente ha degenerado con frecuencia en la pérdida del valor de lo religioso o en un secularismo que da la espalda a Dios y le niega la presencia en la vida pública8.

15. La Iglesia asume el proceso de secularización en el sentido de una legítima autonomía de lo secular como justo y deseable según lo entienden la Gaudium et spes9 y la Evangelii nuntiandi10. Sin embargo, el paso a la civilización urbano-industrial, considerado no en abstracto sino en su real proceso histórico occidental, viene inspirado por la ideología que llamamos “secularismo”11.

16. El secularismo es un serio problema a la Nueva Evangelización por considerar a Dios incompatible con la libertad humana12 y a la religión como actitud antihumana y alienante porque separa al hombre de su quehacer terrenal. Además, negando la dependencia del Creador, conduce a las idolatrías del tener, del poder y del placer, y hace perder el sentido de la vida reduciendo al ser humano a sólo valor material13.

3.2. El indiferentismo religioso

17. En el aspecto religioso se constata una mentalidad secularista que va llevando, poco a poco, a las personas hacia el relativismo moral y hacia el indiferentismo religioso. El Papa Juan Pablo II señala, en la carta apostólica Tertio millennio adveniente, este aspecto como uno de los puntos que deben integrar el examen de conciencia en preparación del Jubileo del 2000: «¿Cómo callar, por ejemplo, ante la indiferencia religiosa que lleva a muchos hombres de hoy a vivir como si Dios no existiera o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia?»14.

18. Este indiferentismo se da en quienes, «o rechazan toda religión porque la consideran inútil o nociva para la vida humana y por eso no les interesa, o bien sostienen que todas las religiones son equivalentes y por tanto ninguna puede presentarse como única verdadera»15.

19. El progresivo indiferentismo religioso lleva a la pérdida del sentido de Dios y de su santidad, lo cual a su vez se traduce en una pérdida del sentido de lo sacro, del misterio y de la capacidad de admirarse, como disposiciones humanas que predisponen al diálogo y al encuentro con Dios. Tal indiferentismo lleva casi inevitablemente a una falsa autonomía moral y a un estilo de vida secularista que excluye a Dios. De la pérdida del sentido de Dios se sigue la pérdida del sentido del pecado, el cual tiene su raíz en la conciencia moral del hombre. Éste es otro gran obstáculo para la conversión16.

20. También el indiferentismo ofrece un desafío a la Nueva Evangelización porque suprime la raíz de la relación de la creatura con Dios, es decir, niega todo interés por la religión y con ello el compromiso de la fe, o porque reduce la figura de Cristo a ser un maestro moral o un fundador de religiones entre otras igualmente válidas, negándole el carácter de salvador único, universal y definitivo de los hombres17.

21. Así mismo, tanto el indiferentismo como el secularismo minan la moral porque dejan el compromiso humano sin fundamento para su valor ético, y por eso fácilmente caen en el relativismo y el permisivismo que caracterizan a la sociedad de hoy18.

3.3. Pérdida del sentido de la trascendencia

22. En su esencia, el secularismo separa y opone al hombre con respecto a Dios; concibe la construcción de la historia como responsabilidad exclusiva del hombre, considerado en su mera inmanencia. Se trata de «una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios; Dios resultaría, pues, superfluo y hasta un obstáculo. Dicho secularismo, para reconocer el poder del hombre, acaba por olvidar a Dios e incluso por renegar de Él. Nuevas formas de ateísmo —un ateísmo antropocéntrico, no ya abstracto y metafísico, sino pragmático y militante— parecen desprenderse de él. En unión con este secularismo ateo, se nos propone todos los días, bajo las formas más distintas, una civilización del consumo, el hedonismo erigido en valor supremo, una voluntad de poder y de dominio, de discriminaciones de todo género: constituyen otras tantas inclinaciones inhumanas de este “humanismo”»19, cerrado en sí mismo, sin sentido de trascendencia.

23. San Juan en el libro del Apocalipsis habla del origen de la creación con un sentido trascendente: «Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado»20. Y San Pablo nos revela la meta o finalidad el Plan del Padre: «Éste es el plan que había proyectado realizar por Cristo cuando llegase el momento culminante: recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra»21. Sin Jesucristo, Alfa y Omega de nuestra historia, el hombre queda encerrado, sin sentido y sin vida.

3.4. Oscurecimiento de la conciencia moral. Doble pérdida: del sentido de Dios y del pecado

24. Como mencionamos anteriormente, de la pérdida del sentido de Dios y de la trascendencia se sigue la pérdida del sentido del pecado por el oscurecimiento de la conciencia moral. El pecado, como revelan las fuentes bíblicas, es ante todo ruptura con Dios, desobediencia a su Santa Ley22; pero es también ruptura y división entre los hermanos23. Para que pueda tener lugar la transformación del corazón, ha de existir una sensibilidad hacia el pecado. «Reconocer el propio pecado..., reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, es el principio indispensable para volver a Dios... En realidad, reconciliarse con Dios presupone e incluye desasirse con lucidez y determinación del pecado en el que se ha caído. Presupone e incluye, por consiguiente, hacer penitencia en el sentido más completo del término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento...»24.

25. El Papa Pío XII, en un mensaje dirigido al Episcopado de los Estados Unidos de Norteamérica, alertaba a los Pastores de la Iglesia con aquellas proféticas palabras: «El pecado del siglo es la pérdida del sentido del pecado»25. En esta misma línea, el Papa Juan Pablo II decía: «¿Tenemos una idea justa de la conciencia?... El hombre contemporáneo, ¿no vive bajo la amenaza de un eclipse de la conciencia?... ¿De un entumecimiento, o de una “anestesia” de las conciencias?»26.

26. En algunas partes un cierto abandono de la práctica frecuente del sacramento de la penitencia, tanto por parte de los fieles como por parte de los sacerdotes, no es sino la consecuencia lógica de esa doble pérdida, del sentido de Dios y del sentido del pecado27.

27. Elementos de diverso origen han favorecido este oscurecimiento de la conciencia. De tipo ancestral: superstición, magia, fatalismo, idolatría del poder, fetichismo y ritualismo. Por deformación de la catequesis: arcaísmo estático, falta de información e ignorancia, reinterpretación sincretista, reduccionismo de la fe a un mero contrato en la relación con Dios. Por acción del ambiente: secularismo difundido por los medios de comunicación social; consumismo; sectas; religiones orientales y agnósticas; manipulaciones ideológicas, económicas, sociales y políticas; mesianismos políticos; desarraigo y proletarización urbana a consecuencia del cambio cultural. Podemos afirmar que muchos de estos fenómenos son verdaderos obstáculos para la evangelización28.

28. En la religiosidad de los pueblos de nuestro continente no faltan, a veces, algunos elementos que son ajenos al cristianismo. En ciertas ocasiones éstos llegan a formar una especie de sincretismo construido sobre la base de creencias populares. En otros casos desorientan a los fieles, desviándolos hacia sectas o movimientos pararreligiosos. Todo esto es consecuencia de una conciencia deformada e ignorante de la verdadera fe29.

3.5. Pérdida del sentido de lo sagrado

29. Grandes sectores del laicado latinoamericano no han tomado conciencia plena de su pertenencia a la Iglesia y viven afectados por la incoherencia entre la fe que dicen profesar y practicar y el compromiso real que asumen en la sociedad. Divorcio entre fe y vida agudizado por el secularismo y por un sistema que antepone el tener más al ser más30.

30. Se percibe en las sociedades de nuestro continente un estilo de vida marcado por el materialismo y el consumismo que, lejos de proporcionar la felicidad buscada, produce una gran insatisfacción en los seres humanos. Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo, movidos por el mero deseo de posesión y disfrute de los bienes materiales, experimentan en realidad un vacío interior que confirma las palabras de San Agustín: «Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti»31. Esta inquietud, presente en todo ser humano, «revela la universalidad en la búsqueda de sentido a la existencia humana que sólo encuentra su razón de ser en Jesucristo, revelación del Padre en el Espíritu»32.

31. El afán materialista lleva a perder el sentido de lo sagrado en lo personal y en lo comunitario. La misión de la Iglesia es atestiguar la existencia de Dios y la obra de Jesucristo, es la de ofrecer caminos de encuentro y comunión con el mundo sobrenatural.

32. Para cumplir esta misión sagrada la Iglesia cuenta con la liturgia, en donde ella expresa y vive su fe en el misterio, impregnando de lo sagrado al hombre en lo particular y como comunidad.

33. El misterio que celebramos en la liturgia es en primer lugar la obra de Dios, lo que Él obra en nosotros y por nosotros. La liturgia es una arquitectura inspirada por la Biblia y la Tradición, cincelada por la Iglesia como Esposa de Cristo. Hay que entrar en ella con actitud de servicio y no de manipulación. Se entra en la liturgia dirigiéndonos a Dios para recibirlo. La celebración está hecha esencialmente de escucha, acogida, obediencia. No es una palabra humana, sino una respuesta humana a la Palabra de Dios.

34. La liturgia no es el ámbito donde yo voy a desempeñar un papel. Es la casa en la que soy huésped. El actor del drama litúrgico no es el hombre, sino el Hombre-Dios, Jesucristo en persona.

35. Sin esta visión de fe, la liturgia no tiene ningún sentido: se parece a un extraño y penoso teatro, que desde luego no justifica una asistencia todos los domingos.

36. Nunca comprenderemos la liturgia. No porque no contenga nada comprensible, sino porque, dado que es el resultado de haber dado forma a los misterios de Cristo, nunca llegaremos a abrazarla toda. Es ella la que nos abraza.

37. La liturgia, que nos abre y pone en contacto con el Invisible, con el Misterio, se ha vuelto tan humana que lleva a los cristianos a la búsqueda de lo espiritual en los cultos esotéricos, que lo ofrecen de modo adulterado.

38. Ha habido una época en que se creía que la desacralización acercaría a los fieles a la liturgia. Este error ha costado caro a la Iglesia. Si todo es sagrado, desaparece lo profano. Pero si todo es profano, desaparece lo sagrado. Hay que conservar una sana tensión entre la fe y el mundo, entre el cielo y la tierra. Que los domingos no sean como los lunes y que el lenguaje de la Eucaristía y demás sacramentos no se despoje de lo divino33.

39. «No se ha logrado aún plena conciencia de lo que significa la centralidad de la liturgia como fuente y culmen de la vida eclesial, se pierde en muchos el sentido del “día del Señor” y de la exigencia eucarística que conlleva... Aparecen quienes intentan apropiarse de la liturgia sin consideración de su verdadero sentido eclesial... No se atiende todavía al proceso de una sana inculturación de la liturgia; esto hace que las celebraciones sean aún, para muchos, algo ritualista y privado»34.

40. Todo esto genera una falta de coherencia entre la fe y la vida de muchos católicos. La falta de formación doctrinal y de profundidad en la vida de fe no sólo hace que muchos católicos sean presa fácil del secularismo, el hedonismo y el consumismo, sino que incluso los vuelve incapaces de evangelizar la cultura moderna35.

4. Incertidumbre en la vida espiritual. El nuevo milenio y el fenómeno del New Age

41. La religión popular latinoamericana sufre, desde hace tiempo, por el divorcio entre élites y pueblo. Eso significa que le falta educación, catequesis y dinamismo, debido a la carencia de una adecuada pastoral36.

42. En la promoción vocacional en general, «en muchos casos el medio social del cual provienen los candidatos “los marca” con modos de vida muy secularizados o los hace llegar al seminario con limitaciones en su formación humana o intelectual y aun en los fundamentos de su fe cristiana»37.

43. La influencia de los factores anteriormente mencionados sobre las vocaciones sacerdotales y sobre la vida y ministerio de los presbíteros es grave38. Todo esto repercute también en la disminución de vocaciones y en las deserciones sacerdotales. Muchas comunidades se ven por ello privadas de la celebración de la Santa Misa, sustituyéndola a veces por celebraciones de la Palabra con distribución de la Eucaristía a cargo de ministros extraordinarios o diáconos permanentes39.

44. «Muchos movimientos pseudo-religiosos de carácter orientalista y aquellos de ocultismo, adivinación y espiritismo minan la fe y causan desconcierto en las mentes, dando soluciones falsas a los grandes interrogantes del hombre, su destino, su libertad y el sentido de la vida»40.

4.1. El New Age y la falsa esperanza

45. Si el fin del milenio trae consigo un acentuado anhelo de ruptura con los profundos males que afligen al mundo, puede también propiciar la difusión de falsas esperanzas y promesas ilusorias. En nuestros días se ha suscitado por enésima vez el espíritu del milenarismo, es decir, la anticipación de una nueva era inminente, de un cambio radical e instantáneo que pondrá fin al presente estado de las cosas41.

46. Quizá la expresión humanamente más atractiva pero a la vez más ambigua y cuestionable de esta tendencia milenarista es lo que se llama comúnmente el movimiento del New Age. Al contrario de lo que las sectas de corte adventista prevén para el fin del milenio (un desenlace catastrófico cuyos sobrevivientes serán exclusivamente miembros de su propio grupo), el New Age pregona una edad de oro para toda la humanidad. El New Age es la creencia en el inicio de un mundo cualitativamente diverso y mejor que éste. Este paso evolutivo traerá consigo una iluminación de la conciencia de los hombres. Desvanecerá nuestra percepción fragmentada de la realidad y, supuestamente, veremos al universo entero como es: un todo vivo y único del cual nosotros mismos no somos más que una parte42.

47. Todo el mensaje del New Age se reviste de un optimismo desbordante y resalta lo positivo, lo fácil y lo inmediato de la transformación que propone. No es de maravillarnos, por tanto, que precisamente en estos años su difusión a nuestro alrededor haya sido tan amplia. Por todas partes observamos que las librerías, las tiendas, los cursos y talleres, los retiros espirituales, las películas y los programas de televisión que promueven los contenidos y valores del New Age se multiplican. Sus ideas, sus campañas de concientización y su espiritualidad aparecen en los salones escolares de nuestros niños e inclusive en la predicación y enseñanza religiosa de instituciones católicas con creciente frecuencia43.

48. Respecto a esto, el Papa Juan Pablo II advirtió claramente a un grupo de obispos: «Las ideas del New Age a veces se abren camino en la predicación, la catequesis, los congresos y los retiros, y así llegan a influir incluso en los católicos practicantes, que tal vez no son conscientes de la incompatibilidad de esas ideas con la fe de la Iglesia»44.

4.2. La incompatibilidad del New Age con el Evangelio

49. La característica más preocupante del New Age, fruto del conjunto de sus creencias, es el relativismo religioso, espiritual y moral. La meta final del New Age es introducir al hombre a lo que llaman sus ideólogos un nuevo paradigma, es decir, una forma totalmente diversa de verse a sí mismo y de percibir la realidad45.

50. Según eso, el hombre, para realizarse plenamente y transformar su mundo tendrá que darse cuenta de que él es parte de un ser cósmico, único, que está en plena evolución hacia la conciencia perfecta de sí. La conciencia humana, a pesar de su aparente individualidad, no es más que el penúltimo estado evolutivo de la revelación de la conciencia cósmica. El destino último del hombre no es una salvación liberadora de su naturaleza caída, sino el disolverse en el anónimo océano del ser como una gota de agua46.

51. El New Age quisiera convencernos de que “las cosas como las vemos ahora” (cultura, conocimientos, relaciones familiares, vida, muerte, amistades, sufrimientos, pecado, bondad, etc...), son mera ilusión, producto de una conciencia no-iluminada. El paso de la afirmación de que “todo es dios” a la afirmación de que “no hay ningún dios fuera de ti mismo” es pequeño y el New Age lo da con aires de autosuficiencia47.

52. Dentro del marco del New Age la revelación de Dios en Jesucristo pierde su carácter singular e irrepetible. Muchos serían los “mesías” que han aparecido a lo largo de la historia, es decir, maestros especialmente iluminados que se presentan para guiar a la humanidad. Krishna, Buda, Jesús, Quetzacóatl, Mahoma, el Sun Myung Moon, Osho, Sai Baba e innumerables otros serían profetas de una misma talla con un mismo mensaje. El cristianismo resulta ser poco más que un período pasajero de la historia48.

53. No obstante el hecho de que el New Age patrocine un sincretismo religioso confuso y no siempre bien intencionado, ciertas ideas suyas han encontrado una acogida calurosa en algunas personas e instituciones de la Iglesia católica. La así llamada teología global rastrea las huellas de la revelación divina en todas las expresiones religiosas conocidas en búsqueda de un común denominador que puede servir como punto de encuentro para las religiones49.

54. En la práctica, desafortunadamente suele olvidarse que la revelación es iniciativa de Dios, no invención de los hombres, y que tiene su culmen y su expresión definitiva en la Encarnación del Hijo único en la persona histórica de Jesús de Nazaret. Esta teología frecuentemente vacía al cristianismo de su contenido excepcional para “emparejarlo” con otras creencias. Cuando esta corriente aparece abierta o veladamente en la enseñanza de algunos seminarios y centros de estudio católicos, no puede menos que suscitar una honda preocupación en el corazón de los fieles y de sus Pastores50.

5. Crisis de obediencia al magisterio de la Iglesia: crisis del valor y sentido de la autoridad

55. El Papa León XIII, a finales del siglo pasado, en referencia a los males de la sociedad y de la Iglesia, nos decía: «Estamos persuadidos de que estos males tienen su causa principal en el desprecio y olvido de aquella santa y augustísima autoridad de la Iglesia, que preside al género humano en nombre de Dios, y que es la garantía y el apoyo de toda autoridad legítima. Esto lo han comprendido perfectamente los enemigos del orden público, y por eso han pensado que nada era más propicio para minar los fundamentos sociales, que el dirigir tenazmente sus agresiones contra la Iglesia de Dios»51.

5.1. Doble incomprensión: del significado y de la función del magisterio

56. Hoy todos somos testigos de la difundida incomprensión del significado y de la función del magisterio de la Iglesia. Ésta es la causa de las críticas y de las contestaciones con respecto a los documentos del magisterio pontificio.

57. Es necesario distinguir la actitud de los teólogos que, con espíritu de colaboración y de comunión eclesial, presentan sus dificultades y sus interrogantes, contribuyendo de este modo positivamente a la maduración de la reflexión sobre el depósito de la fe, y la actitud pública de oposición al magisterio, que se califica como disentimiento y tiende a instituir una especie de anti-magisterio, presentando a los creyentes posiciones y modalidades alternativas de comportamiento.

58. La pluralidad de las culturas y de las orientaciones y sistemas teológicos es legítima sólo si se supone la unidad de la fe en su significado objetivo. La misma libertad propia de la investigación teológica jamás es libertad con respecto a la verdad, sino que se justifica y se realiza al cumplir la persona con la obligación moral de obedecer a la verdad, propuesta por la revelación y acogida en virtud de la fe.

59. En nuestras tierras aparecen ciertas corrientes teológicas que causan desconcierto doctrinal y rebeldía en nuestras comunidades. Tales son por ejemplo algunas corrientes de la teología de la liberación que analizaron nuestra realidad de pobreza e injusticia desde perspectivas de inspiración filosófico-teológicas no cristianas, o la llamada teología india que ahora pretende re-interpretar la evangelización de nuestros pueblos desde sus experiencias religiosas tradicionales, con posturas dogmáticas en el sentido de que son las culturas indígenas las que deben iluminar y redimir al Evangelio, olvidando que ciertamente todas las culturas pueden contribuir a la riqueza de la Iglesia, pero sin omitir que también las culturas están contaminadas de pecado original y tienen necesidad de un proceso de purificación, solamente posible por la acción vivificante del Evangelio.

60. Estas posturas se convierten en tremendos y violentos atentados contra la verdad y se concretan en el desprecio del magisterio pontificio y en la creación de cátedras paralelas donde la realidad es presentada de modo pervertido.

5.2. Urge recuperar el concepto auténtico de la autoridad

61. Por amor a Jesucristo, por fidelidad a nuestra Santa Madre la Iglesia, es necesario favorecer un clima de aceptación y acogida positiva de los documentos del magisterio, librando el riesgo reduccionista de obedecer sólo aquellos pronunciamientos que se dan con la fuerza del carisma de la infalibilidad, como si los demás actos del ejercicio de esta función magisterial quedaran sin más peso que una simple declaración u opinión que puede aceptarse o rechazarse sin más.

62. No es posible dejar de mencionar que uno de los aspectos decisivos causantes de este malestar tiene su origen en el modo de concebir la autoridad. En el caso del magisterio, la autoridad no sólo se ejerce cuando interviene el carisma de la infalibilidad; su ejercicio tiene un ámbito más vasto, tal como lo requiere la conveniente conservación del depósito revelado. La autoridad en la determinación de los contenidos en los que hay que creer y profesar es algo a lo que no se puede renunciar, y desgraciadamente aparecen en estos días Credos que no corresponden al depósito de la fe y que son propuestos por falsos maestros en contra del magisterio pontificio.

63. «Así pues, parece urgente recuperar el concepto auténtico de autoridad, no sólo desde el punto de vista formal y jurídico, sino más profundamente como instancia de garantía, de custodia y de guía de la comunidad cristiana, en la fidelidad y continuidad de la Tradición, para hacer posible a los creyentes el contacto con la predicación de los Apóstoles y con la fuente de la realidad cristiana»52.

5.3. Algunas consecuencias notables causadas por el desprecio a la autoridad de la Iglesia

64. La falta de discernimiento frente a las violaciones de los derechos humanos fundamentales:

Derecho a la vida

65. En muchos católicos «se difunde cada vez más una mentalidad de rechazo a la vida, antes de nacer o en su etapa final, y un creciente recurso a la violencia y la muerte»53.

Derechos de la familia

66. «Con demasiada frecuencia, se desconoce que el matrimonio y la familia son un proyecto de Dios, que invita al hombre y a la mujer creados por el amor a realizar su proyecto de amor en fidelidad hasta la muerte, debido al secularismo reinante, a la inmadurez psicológica y a causas socio-económicas y políticas, que llevan a quebrantar los valores morales y éticos de la misma familia. Dando como resultado la dolorosa realidad de familias incompletas, parejas en situación irregular y el creciente matrimonio civil sin celebración sacramental y uniones consensuales»54.

67. Se van aceptando “nuevos estilos de vida, nuevos proyectos de familia” contrarios a la naturaleza de la persona humana. Se justifican prácticas inmorales de origen ancestral bajo el rubro de “derechos reproductivos y formas libres de hacer familia”.

Derecho a la educación

68. Ningún maestro educa sin saber para qué educa y hacia dónde educa, pues en todo proyecto educativo hay un proyecto de hombre encerrado. Para la Iglesia es Jesucristo el fundamento y el término de este proyecto. Por ello, el educador cristiano ha de ser considerado como sujeto eclesial que evangeliza, catequiza y educa cristianamente. Tiene una identidad definida dentro de la comunidad eclesial y su papel debe ser reconocido en la Iglesia55.

69. «En la situación actual encontramos una pluralidad de valores que nos interpelan y que son ambivalentes. De aquí surge la necesidad de confrontar los nuevos valores educativos con Cristo revelador del misterio del hombre... Generalmente desde los criterios secularistas nos piden que eduquemos al hombre técnico, al hombre apto para dominar su mundo y vivir en un intercambio de bienes producidos bajo ciertas normas políticas; las mínimas. Esta realidad nos interpela fuertemente para poder ser conscientes de todos los valores que están en ella y poderlos recapitular en Cristo; nos interpela para continuar la línea de la Encarnación del Verbo en nuestra educación cristiana, y llegar al proyecto de vida para todo hombre, que es Cristo muerto y resucitado»56.

Ignorancia y no-práctica de la doctrina social de la Iglesia

70. Narra el Evangelio que cuando Jesús fue crucificado, las tinieblas invadieron toda la superficie de la tierra57; símbolo espantoso de lo que sucede, y sigue sucediendo espiritualmente dondequiera que la incredulidad, ciega y orgullosa de sí, ha excluido de hecho a Cristo de la vida moderna, especialmente de la pública; y con la fe en Cristo ha sacudido también la fe en Dios. Los criterios morales, según los cuales en otros tiempos se juzgaban las acciones privadas o públicas, han caído como consecuencia en desuso; y el tan decantado laicismo de la sociedad ha hecho cada vez más rápidos progresos, sustrayendo al hombre, a la familia y al Estado del influjo benéfico y regenerador de la idea de Dios y de la enseñanza de la Iglesia; ha hecho reaparecer un paganismo corrompido y corruptor, aun en regiones en que por tantos años brilló el Evangelio58.

71. Nuestra sociedad sólo podrá ser orientada a Dios cuando integre en sus estructuras los criterios de la auténtica doctrina social de la Iglesia. Sólo así se podrá generar una nueva sociedad pacífica y justa, inspirada en los principios de la solidaridad cristiana. Los caminos de la violencia no tienen su inspiración en el Evangelio, ni pueden ser opción para buscar cambios a favor de la persona humana en lo político, social o económico. Las reformas en los Estados encuentran en la doctrina de la Iglesia su mejor aliado para responder a fondo al proyecto de hombre y de sociedad inscrito en la naturaleza humana.

6. Conclusión

72. «En Cristo todo adquiere sentido. Él rompe el horizonte estrecho en que el secularismo encierra al hombre, le devuelve su verdad y dignidad de Hijo de Dios y no permite que ninguna realidad temporal, ni los estados, ni la economía, ni la técnica se conviertan para los hombres en la realidad última a la que deban someterse. Dicho con palabras de Pablo VI, evangelizar es anunciar el “nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios”59»60.

73. Quisiera sugerir las siguientes áreas de atención para contrarrestar al agnosticismo funcional y al secularismo, raíces de la cultura de la muerte. Nuestra acción favorecerá las vías para la Nueva Evangelización, en vísperas del Tercer Milenio del cristianismo.

6.1. La liturgia

74. Debemos alentar una liturgia en total fidelidad al espíritu y a las orientaciones del Concilio Vaticano II, adoptando las formas, signos y acciones propias de las culturas de nuestro continente. Particular atención merece la valorización de la religiosidad popular, que se expresa especialmente en la devoción a Nuestra Madre, en peregrinaciones a diversos santuarios y en fiestas religiosas iluminadas por la Palabra de Dios. Debemos empeñarnos los Pastores a fondo en acompañar estas expresiones de nuestra piedad popular, buscando purificarlas y abrirlas a nuevas situaciones, para que el secularismo no se imponga con más fuerza en nuestro pueblo latinoamericano y sea más fácil la inculturación del Evangelio61.

6.2. Los grupos apostólicos y movimientos laicales

75. «Como respuesta a las situaciones de secularismo, ateísmo e indiferencia religiosa y como fruto de la aspiración y necesidad de lo religioso62, el Espíritu Santo ha impulsado el nacimiento de movimientos y asociaciones de laicos que han producido ya muchos frutos en nuestras Iglesias»63.

76. «La Iglesia espera mucho de todos aquellos laicos que, con entusiasmo y eficacia evangélica, operan a través de los nuevos movimientos apostólicos, que han de estar coordinados en la pastoral de conjunto y que responden a la necesidad de una mayor presencia de la fe en la vida social»64.

77. Sólo desde la riqueza de carismas que suscita el Espíritu y desde el mutuo respeto y estima, la Iglesia contará con esta fuerza para que, desde las diversas estructuras de la sociedad, busquen su orientación y transformación hasta que todo esté en Cristo. La recapitulación de la creación debe seguir los criterios que dice San Pablo: «Todo es de ustedes, ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios»65.

6.3. La obediencia amorosa al magisterio del Santo Padre

78. La Iglesia es para el creyente objeto de fe y de amor. Uno de los signos del real compromiso con la Iglesia es acatar sinceramente su magisterio, fundamento de comunión en la verdad y en la caridad. La docilidad amorosa al magisterio de la Iglesia es garantía sólida de la fecundidad de cualquier apostolado y condición indispensable de interpretación auténtica de los “signos de los tiempos”.

79. La actividad pastoral en nuestras diócesis particulares sólo puede comunicar la verdad y la libertad en la medida en que nosotros, los obispos, estamos unidos a Pedro. La comprensión de la autoridad como un servicio por amor, nos permitirá ejercerla sin temor, con firmeza y suavidad a la vez, al estilo de Cristo, que no vino a ser servido sino a servir, y a dar la vida por sus hermanos.

80. El dulce Cristo en la tierra, como llamaba Santa Catalina de Siena al Romano Pontífice, ilumina continuamente desde su Cátedra las oscuras situaciones por las que atraviesa la Iglesia y la humanidad.

6.4. La promoción vocacional

81. ¿Qué sería de nuestra Iglesia y de nuestro mundo si dejara el Señor de enviar operarios a sus campos? La preocupación de la Iglesia por las vocaciones es evidente. Dedica sus mejores esfuerzos y sus más santos sacerdotes para la promoción y formación de las vocaciones, tanto a la vida sacerdotal como religiosa. No basta rezar, es necesario intensificar nuestro trabajo entre los jóvenes para favorecer la escucha al llamado que continuamente les dirige el Señor: “Sígueme”.

6.5. La Nueva Evangelización

82. La verdadera evangelización, según la estimulante prospectiva de la exhortación Evangelii nuntiandi, es fundamentalmente el anuncio explícito de Jesucristo Redentor del hombre y de su Buena Noticia de salvación. Es, por consiguiente, la comunicación gozosa y plena de esperanza de la revelación de la paternidad de Dios, de su designio de amor, de su reino, que comienza en este mundo y tiene su plenitud en la eternidad. Es también la proclamación de que en Cristo y por Cristo nace un hombre renovado en la justicia y en la santidad y que, con hombres nuevos, deben hacer una sociedad nueva, regida por las normas de las bienaventuranzas e inspirada por la caridad, que genera fraternidad y solidaridad. Toda obra evangelizadora mira, por consiguiente, a suscitar, profundizar y consolidar la fe y, a la luz de la fe, a hacer posible una sociedad más justa. ¿Cómo debe ser esta Nueva Evangelización? El Santo Padre nos ha respondido: nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión66.

6.6. Llamado a la esperanza cristiana

83. Es deber de la Iglesia, especialmente en nuestro mundo amenazado por el secularismo ateo, la proclamación de lo absoluto de Dios, del misterio de Jesucristo, de la trascendencia de la salvación de la fe y de los sacramentos de la fe. Es deber de sus Pastores67.

84. El hombre, en cierto sentido, no puede vivir sin la esperanza. Debe aspirar a algo, debe tener una finalidad en la vida y la sensación de poder alcanzarla. La esperanza está ligada al futuro. Pero, al mismo tiempo, determina el estado de nuestra alma en el presente. Ahora tenemos esperanza de lo que conseguiremos más tarde.

85. Para cruzar el umbral del Tercer Milenio, la virtud del peregrino es la esperanza. En nuestras tierras de América es la presencia de María, la Esperanza Nuestra, quien nos alienta para continuar. Nos estrecha entre sus maternales brazos e intercede ante su Hijo Jesucristo para que seamos dignos de alcanzar la vida eterna. A Ella confiamos nuestros anhelos y nuestros trabajos.


1

Ver Tertio millennio adveniente, 1.

2

Ver allí mismo, 20.

3

Ver allí mismo, 21.

4

Ver Pío X, Pascendi Dominici gregis, 8/9/1907, 4.

5

Ver allí mismo, 11.

6

Ver Santo Domingo, 153; Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 56.

7

Santo Domingo, 153; ver Gaudium et spes, 36.

8

Ver Puebla, 83.

9

Ver Gaudium et spes, 36.

10

Ver Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 55.

11

Puebla, 434.

12

Ver Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 11.

13

Ver Santo Domingo, 153.

14

Tertio millennio adveniente, 36; ver Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para América, Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América (Lineamenta), Ciudad del Vaticano 1996, n. 18.

15

Santo Domingo, 153.

16

Ver Lineamenta, 19.

17

Ver Santo Domingo, 153.

18

Ver lug. cit.

19

Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 55; ver Puebla, 435.

20

Ap 4,11.

21

Ef 1,9-10.

22

Ver Gén 3,1ss; Rom 7,7-25.

23

Ver Gén 4,1-16.

24

Reconciliatio et paenitentia, 13; ver Lineamenta, 19.

25

Pío XII, Radiomensaje al Congreso Catequístico Nacional de los Estados Unidos, 26/10/1946.

26

Juan Pablo II, Alocución a la hora del Ángelus, 14/3/1982, 3.

27

Ver Lineamenta, 19.

28

Ver Puebla, 456.

29

Ver Lineamenta, 18.

30

Ver Puebla, 783.

31

San Agustín, Confesiones, I,1.

32

Lineamenta, 18.

33

Ver Card. Godfried Danneels, La Obra de Otro, en «Actualidad litúrgica», n. 132, setiembre-octubre de 1996.

34

Santo Domingo, 43.

35

Ver Santo Domingo, 44.

36

Puebla, 455.

37

Santo Domingo, 83.

38

Ver Pastores dabo vobis, 9.

39

Ver Lineamenta, 18.

40

Santo Domingo, 155.

41

Mons. Norberto Rivera, Instrucción pastoral sobre el New Age, 7/1/1996, 5 (L’OR 1996, pp. 89-91).

42

Allí mismo, 6.

43

Allí mismo, 7.

44

Juan Pablo II, Discurso al tercer grupo de los obispos de Estados Unidos en visita ad Limina, 28/5/1993, 2.

45

Mons. Norberto Rivera, ob. cit., 27.

46

Allí mismo, 28.

47

Allí mismo, 29.

48

Allí mismo, 30.

49

Allí mismo, 31.

50

Allí mismo, 32.

51

Ver León XIII, Inscrutabili Dei Consilio, 21/4/1878, 2.

52

Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 24/11/1995, 6. Ver Mons. Tarcisio Bertone, Recepción de los documentos del magisterio y discenso; Mons. Octavio Ruiz Arenas y Mons. Gerardo Flores, Apuntes sobre “teología india” en América Latina; Card. Joseph Ratzinger, Sobre la situación actual de la fe y la teología, documentos publicados en Criterios teológicos y pastorales, Comisión Doctrinal de la Conferencia del Episcopado Mexicano, vol. I, n. 3, 29/6/1996.

53

Lineamenta, 18.

54

Santo Domingo, 217.

55

Ver Santo Domingo, 265.

56

Santo Domingo, 266.

57

Ver Mt 27,45.

58

Ver Pío XII, Summi Pontificatus, 20/10/1939, 13.

59

Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 22.

60

Santo Domingo, 27.

61

Ver Santo Domingo, 53.

62

Ver Christifideles laici, 4.

63

Santo Domingo, 102.

64

Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 27.

65

1Cor 3,22-23.

66

Ver Santo Domingo, 28ss.

67

Ver Mensajes sociales de S.S. Juan Pablo II en América Latina, DEPAS (Colección Documentos CELAM, n. 80), Bogotá 1986. Misión de los obispos: proclamar una salvación trascendente, n. 498.
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