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Comisi贸n Teol贸gica Internacional, Memoria y reconciliaci贸n la Iglesia y las culpas del pasado
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Memoria y reconciliaci贸n la Iglesia y las culpas del pasado

NOTA PRELIMINAR

El estudio del tema La Iglesia y las culpas del pasado fue propuesto a la Comisi贸n Teol贸gica Internacional de parte de su presidente, el cardenal Joseph Ratzinger, con vistas a la celebraci贸n del Jubileo del a帽o 2000. Para preparar este estudio se form贸 una Subcomisi贸n compuesta por el Rev. Christopher Begg, por Mons. Bruno Forte (presidente), por el Rev. Sebastian Karotemprel, S.D.B., por Mons. Roland Minnerath, por el Rev. Thomas Norris, por el Rev. P. Rafael Salazar C谩rdenas, M.Sp.S., y por Mons. Anton Strukelj. Las discusiones generales sobre este tema se han desarrollado en numerosos encuentros de la Subcomisi贸n y durante las sesiones plenarias de la misma Comisi贸n Teol贸gica Internacional, tenidas en Roma en 1998 y en 1999. El presente texto ha sido aprobado en forma espec铆fica, con el voto escrito de la Comisi贸n, y ha sido sometido despu茅s a su presidente, el cardenal J. Ratzinger, prefecto para la Congregaci贸n de la Doctrina de la Fe, el cual ha dado su aprobaci贸n para la publicaci贸n.

INTRODUCCI脫N

La Bula de convocatoria del A帽o Santo del 2000 Incarnationis mysterium (29 de noviembre de 1998) indica, entre los signos 芦que oportunamente pueden servir para vivir con mayor intensidad la insigne gracia del jubileo禄, la purificaci贸n de la memoria. 脡sta consiste en el proceso orientado a liberar la conciencia personal y com煤n de todas las formas de resentimiento o de violencia que la herencia de culpas del pasado puede habernos dejado, mediante una valoraci贸n renovada, hist贸rica y teol贸gica, de los acontecimientos implicados, que conduzca, si resultara justo, a un reconocimiento correspondiente de la culpa y contribuya a un camino real de reconciliaci贸n. Un proceso semejante puede incidir de manera significativa sobre el presente, precisamente porque las culpas pasadas dejan sentir a menudo todav铆a el peso de sus consecuencias y permanecen como otras tantas tentaciones tambi茅n hoy d铆a.

En cuanto tal, la purificaci贸n de la memoria requiere 芦un acto de coraje y de humildad en el reconocimiento de las deficiencias realizadas por cuantos han llevado y llevan el nombre de cristianos禄 y se basa sobre la convicci贸n de que 芦por aquel v铆nculo que, en el Cuerpo m铆stico, nos une los unos a los otros, todos nosotros llevamos el peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido, aun no teniendo responsabilidad personal y sin pretender sustituir aqu铆 al juicio de Dios禄. Juan Pablo II a帽ade: 芦Como sucesor de Pedro pido que en este a帽o de misericordia la Iglesia, fuerte por la santidad que recibe de su Se帽or, se ponga de rodillas ante Dios e implore el perd贸n por los pecados pasados y presentes de sus hijos禄1. Al reafirmar despu茅s que 芦los cristianos est谩n invitados a asumir, ante Dios y ante los hombres ofendidos por sus comportamientos, las deficiencias por ellos cometidas禄, el Papa concluye: 芦Lo hacemos sin pedir nada a cambio, fuertes s贸lo por el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones (Rom 5,5)禄2.

Las peticiones de perd贸n hechas por el Obispo de Roma en este esp铆ritu de autenticidad y de gratuidad han suscitado reacciones diversas. La confianza incondicional que el Papa ha demostrado tener en la fuerza de la Verdad ha encontrado una acogida generalmente favorable, en el interior y en el exterior de la comunidad eclesial. No pocos han subrayado el incremento de credibilidad de los pronunciamientos eclesiales, consiguiente a estos comportamientos. No han faltado, sin embargo, algunas reservas, expresi贸n sobre todo del malestar unido a contextos hist贸ricos y culturales particulares, en los que la simple admisi贸n de culpas cometidas por los hijos de la Iglesia puede asumir el significado de una cesi贸n ante las acusaciones de quien es, por prejuicios, hostil a ella. Entre consenso y malestar se advierte la necesidad de una reflexi贸n que esclarezca las razones, las condiciones y la exacta configuraci贸n de las peticiones de perd贸n relativas a las culpas del pasado.

De esta necesidad ha intentado hacerse cargo, elaborando el presente texto, la Comisi贸n Teol贸gica Internacional, en la que est谩n representadas culturas y sensibilidades diversas en el interior de la 煤nica fe cat贸lica. En el texto se ofrece una reflexi贸n teol贸gica sobre las condiciones de posibilidad de los actos de purificaci贸n de la memoria, unidos al reconocimiento de las culpas del pasado. Las preguntas a las que se intenta responder son: 驴por qu茅 llevar a cabo tales actos?, 驴qui茅nes son los sujetos adecuados?, 驴cu谩l es su objeto y c贸mo determinarlo, conjugando correctamente juicio hist贸rico y juicio teol贸gico?, 驴qui茅nes son los destinatarios?, 驴cu谩les las implicaciones morales?, 驴cu谩les los efectos posibles sobre la vida de la Iglesia y sobre la sociedad? La finalidad del texto no es, por tanto, someter a examen casos hist贸ricos particulares, sino esclarecer los presupuestos que hagan fundado el arrepentimiento relativo a las culpas pasadas.

Haber precisado desde el comienzo el g茅nero de la reflexi贸n aqu铆 presentada esclarece tambi茅n a qu茅 se hace referencia cuando en ella se habla de la Iglesia: no se trata ni de la sola instituci贸n hist贸rica, ni de la sola comuni贸n espiritual de los corazones iluminados por la fe. Por Iglesia se entender谩 siempre la comunidad de los bautizados, inseparablemente visible y operante en la historia bajo la gu铆a de los pastores y unificada en la profundidad de su misterio por la acci贸n del Esp铆ritu vivificante: aquella Iglesia que, seg煤n las palabras del Concilio Vaticano II, 芦por una analog铆a no mediocre se asemeja al misterio del Verbo encarnado. Pues as铆 como la naturaleza asumida sirve al Verbo divino como 贸rgano de salvaci贸n unido a 脡l indisolublemente, de forma no desemejante el organismo social de la Iglesia est谩 al servicio del Esp铆ritu de Cristo, que lo vivifica, para el incremento del cuerpo (cf. Ef 4,16)禄3. Esta Iglesia, que abraza a sus hijos del pasado y del presente en una comuni贸n real y profunda, es la 煤nica madre en la gracia, que asume sobre s铆 el peso de las culpas tambi茅n pasadas, para purificar la memoria y vivir la renovaci贸n del coraz贸n y de la vida seg煤n la voluntad del Se帽or. Ella puede hacerlo en cuanto que Cristo Jes煤s, de quien es el Cuerpo m铆sticamente prolongado en la historia, ha asumido sobre s铆 de una vez para siempre los pecados del mundo.

La estructura del texto refleja las preguntas planteadas: parte de un breve reexamen hist贸rico del tema (cap. 1), para poder indagar despu茅s el fundamento b铆blico (cap. 2) y profundizar en las condiciones teol贸gicas de las peticiones de perd贸n (cap. 3). La conjugaci贸n precisa de juicio hist贸rico y de juicio teol贸gico es elemento decisivo para llegar a pronunciamientos correctos y eficaces, que tengan en cuenta adecuadamente los tiempos, los lugares y los contextos en los que se sit煤an los actos considerados (cap. 4). A las implicaciones morales (cap. 5), pastorales y misioneras (cap. 6) de estos actos de arrepentimiento relativos a las culpas del pasado est谩n dedicadas las consideraciones finales, que naturalmente tienen un valor espec铆fico para la Iglesia cat贸lica. No obstante, en el convencimiento de que la exigencia de reconocer las propias culpas tiene raz贸n de ser para todos los pueblos y para todas las religiones, se formula el deseo de que las reflexiones propuestas puedan ayudar a todos para avanzar en un camino de verdad, de di谩logo fraterno y de reconciliaci贸n.

Y, como conclusi贸n de esta introducci贸n, no ser谩 in煤til recordar la finalidad 煤ltima de todo posible acto de purificaci贸n de la memoria, llevado a cabo por creyentes, pues ha inspirado tambi茅n el trabajo de la Comisi贸n: se trata de la glorificaci贸n de Dios, ya que vivir la obediencia a la Verdad divina y a sus exigencias conduce a confesar conjuntamente con nuestras culpas la misericordia y la justicia eterna del Se帽or. La confessio peccati, sostenida e iluminada por la fe en la Verdad que libera y salva (confessio fidei), se convierte en confessio laudis dirigida a Dios, en cuya sola presencia es posible reconocer las culpas del pasado y las del presente, para dejarse reconciliar por 脡l y con 脡l en Jesucristo, 煤nico Salvador del mundo, y hacerse capaces de ofrecer el perd贸n a cuantos nos hubieran ofendido. Este ofrecimiento de perd贸n aparece particularmente significativo si se piensa en tantas persecuciones como los cristianos han sufrido a lo largo de la historia. En esta perspectiva, los actos llevados a cabo y requeridos por el Papa respecto a las culpas del pasado, representan un valor ejemplar y prof茅tico, tanto para las religiones, cuanto para los gobiernos y las naciones, como para la Iglesia cat贸lica, que podr谩 verse as铆 ayudada a vivir de manera m谩s eficaz el gran Jubileo de la encarnaci贸n como acontecimiento de gracia y de reconciliaci贸n para todos.

CAP脥TULO I
EL PROBLEMA: AYER Y HOY

1. Antes del Vaticano II

El Jubileo se ha vivido siempre en la Iglesia como un tiempo de alegr铆a por la salvaci贸n otorgada en Cristo y como una ocasi贸n privilegiada de penitencia y de reconciliaci贸n por los pecados presentes en la vida del Pueblo de Dios. Desde su primera celebraci贸n bajo Bonifacio VIII en el a帽o 1300, el peregrinaje penitencial a la tumba de los ap贸stoles Pedro y Pablo ha estado asociado a la concesi贸n de una indulgencia excepcional para procurar, con el perd贸n sacramental, la remisi贸n total o parcial de las penas temporales debidas por los pecados4. En este contexto, tanto el perd贸n sacramental como la remisi贸n de las penas revisten un car谩cter personal. A lo largo del 芦a帽o de perd贸n y de gracia禄5, la Iglesia dispensa en modo particular el tesoro de gracias que Cristo ha constituido en su favor6. En ninguno de los jubileos celebrados hasta ahora ha estado presente, sin embargo, una toma de conciencia de eventuales culpas del pasado de la Iglesia, ni tampoco de la necesidad de pedir perd贸n a Dios por los comportamientos del pasado pr贸ximo o remoto.

M谩s a煤n, en la historia entera de la Iglesia no se encuentran precedentes de peticiones de perd贸n relativas a culpas del pasado, que hayan sido formuladas por el Magisterio. Los concilios y las decretales papales sancionaban, ciertamente, los abusos de que se hubieran hecho culpables cl茅rigos o laicos, y no pocos pastores se esforzaban sinceramente en corregirlos. Sin embargo, han sido muy raras las ocasiones en las que las autoridades eclesiales (Papa, obispos o concilios) han reconocido abiertamente las culpas o los abusos de los que ellas mismas se hab铆an hecho culpables. Un ejemplo c茅lebre lo proporciona el papa reformador Adriano VI, quien reconoci贸 abiertamente, en un mensaje a la Dieta de Nurenberg del 25 de noviembre de 1522, 芦las abominaciones, los abusos [... y las prevaricaciones禄 de las que se hab铆a hecho culpable 芦la corte romana禄 de su tiempo, 芦enfermedad [... profundamente arraigada y desarrollada禄, extendida 芦desde la cabeza a los miembros禄7. Adriano VI deploraba culpas contempor谩neas, precisamente las de su predecesor inmediato Le贸n X y las de su curia, sin asociar todav铆a a ello, no obstante, una petici贸n de perd贸n.

Ser谩 necesario esperar hasta Pablo VI para ver c贸mo un Papa expresa una petici贸n de perd贸n dirigida tanto a Dios como a un grupo de contempor谩neos. En el discurso de apertura de la segunda sesi贸n del Concilio, el Papa 芦pide perd贸n a Dios [... y a los hermanos separados禄 de Oriente que se sientan ofendidos 芦por nosotros禄 (Iglesia cat贸lica) y se declara dispuesto, por parte suya, a perdonar las ofensas recibidas. En la 贸ptica de Pablo VI, la petici贸n y la oferta de perd贸n se refer铆an 煤nicamente al pecado de la divisi贸n entre los cristianos y presupon铆an la reciprocidad.

2. La ense帽anza del Concilio

El Vaticano II se pone en la misma perspectiva que Pablo VI. Por las culpas cometidas contra la unidad, afirman los Padres conciliares, 芦pedimos perd贸n a Dios y a los hermanos separados, as铆 como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido禄8. Adem谩s de las culpas contra la unidad, el Concilio se帽ala otros episodios negativos del pasado en los cuales los cristianos han tenido alguna responsabilidad. As铆, 芦deplora ciertas actitudes mentales que no han faltado a veces entre los propios cristianos禄 y que han podido hacer pensar en una oposici贸n entre la ciencia y la fe9. De manera semejante, considera que 芦en la g茅nesis del ate铆smo禄 los cristianos han podido tener 芦una cierta responsabilidad禄, en la medida en que con su negligencia 芦han velado m谩s bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religi贸n禄10. Adem谩s, el Concilio 芦deplora禄 las persecuciones y manifestaciones de antisemitismo llevadas a cabo 芦en cualquier tiempo y por cualquier persona禄11. El Concilio, sin embargo, no asocia a los hechos citados una petici贸n de perd贸n.

Desde el punto de vista teol贸gico, el Vaticano II distingue entre la fidelidad indefectible de la Iglesia y las debilidades de sus miembros, cl茅rigos o laicos, ayer como hoy12; por tanto, entre ella, esposa de Cristo 芦sin mancha ni arruga [... santa e inmaculada禄 (cf. Ef 5,27), y sus hijos, pecadores perdonados, llamados a la metanoia permanente, a la renovaci贸n en el Esp铆ritu Santo. 芦La Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada de purificaci贸n constante, busca sin cesar la penitencia y la renovaci贸n禄13.

El Concilio ha elaborado tambi茅n algunos criterios de discernimiento respecto a la culpabilidad o a la responsabilidad de los vivos por las culpas pasadas. En efecto, en dos contextos diferentes, ha recordado la no imputabilidad a los contempor谩neos de culpas cometidas en el pasado por miembros de sus comunidades religiosas:

鈥� 芦Lo que en su pasi贸n (de Cristo) se perpetr贸 no puede ser imputado ni indistintamente a todos los jud铆os que entonces viv铆an, ni a los jud铆os de hoy禄14.

鈥� 芦Comunidades no peque帽as se separaron de la plena comuni贸n de la Iglesia cat贸lica, a veces no sin culpa de los hombres por una y otra parte. Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la fe de Cristo no pueden ser acusados de pecado de separaci贸n, y la Iglesia cat贸lica los abraza con fraterno respeto y amor禄15.

En el primer A帽o Santo celebrado despu茅s del Concilio, en 1975, Pablo VI hab铆a dado como tema 芦renovaci贸n y reconciliaci贸n禄16, precisando, en la Exhortaci贸n apost贸lica paterna Cum benevolentia, que la reconciliaci贸n deb铆a sobre todo llevarse a cabo entre los fieles de la Iglesia cat贸lica17. Como en sus or铆genes, el A帽o Santo segu铆a siendo una ocasi贸n de conversi贸n y de reconciliaci贸n de los pecadores con Dios, a trav茅s de la econom铆a sacramental de la Iglesia.

3. Las peticiones de perd贸n de Juan Pablo II

Juan Pablo II no s贸lo renueva el lamento por las 芦dolorosas memorias禄 que han ido marcando la historia de las divisiones entre los cristianos, como hab铆an hecho Pablo VI y el Concilio Vaticano II18, sino que extiende la petici贸n de perd贸n tambi茅n a una multitud de hechos hist贸ricos, en los cuales la Iglesia o grupos particulares de cristianos han estado implicados por diversos motivos19. En la Carta apost贸lica Tertio millennio adveniente20, el Papa desea que el Jubileo del A帽o 2000 sea la ocasi贸n para una purificaci贸n de la memoria de la Iglesia de 芦todas las formas de contratestimonio y de esc谩ndalo禄, que se han sucedido en el curso del milenio pasado21.

La Iglesia es invitada a 芦asumir con conciencia m谩s viva el pecado de sus hijos禄. Ella 芦reconoce como suyos a los hijos pecadores禄, y los anima a 芦purificarse, en el arrepentimiento, de los errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes禄22. La responsabilidad de los cristianos en los males de nuestro tiempo es igualmente evocada23, si bien el acento recae particularmente sobre la solidaridad de la Iglesia de hoy con las culpas pasadas, de las que algunas son expl铆citamente mencionadas, como la divisi贸n entre los cristianos24o los 芦m茅todos de violencia y de intolerancia禄 utilizados en el pasado para evangelizar25.

El mismo Juan Pablo II estimula a profundizar teol贸gicamente la asunci贸n de las culpas del pasado y la eventual petici贸n de perd贸n a los contempor谩neos26, cuando, en la exhortaci贸n Reconciliatio et paenitentia, afirma que en el sacramento de la penitencia 芦el pecador se encuentra solo ante Dios con su culpa, su arrepentimiento y su confianza. Nadie puede arrepentirse en lugar suyo o pedir perd贸n en su nombre禄. El pecado es, por tanto, siempre personal, tambi茅n cuando hiere a la Iglesia entera que, representada por el sacerdote ministro de la penitencia, es mediadora sacramental de la gracia que reconcilia con Dios27. Tambi茅n las situaciones de 芦pecado social禄, que se verifican en el interior de las comunidades humanas cuando se lesionan la justicia, la libertad y la paz, 芦son siempre el fruto, la acumulaci贸n y la concentraci贸n de pecados personales禄. En el caso de que la responsabilidad moral quedara diluida en causas an贸nimas, entonces no se podr铆a hablar de pecado social m谩s que por analog铆a28. De donde se deduce que la imputabilidad de una culpa no puede extenderse propiamente m谩s all谩 del grupo de personas que han consentido en ella voluntariamente, mediante acciones o por omisiones o por negligencia.

4. Las cuestiones planteadas

La Iglesia es una sociedad viva que atraviesa los siglos. Su memoria no est谩 s贸lo constituida por la tradici贸n que se remonta a los Ap贸stoles, normativa para su fe y para su vida, sino que es tambi茅n rica por la variedad de las experiencias hist贸ricas, positivas y negativas, que ella ha vivido. El pasado de la Iglesia estructura en amplia medida su presente. La tradici贸n doctrinal, lit煤rgica, can贸nica y asc茅tica nutre la vida misma de la comunidad creyente, ofreci茅ndole un muestrario incomparable de modelos a imitar. A trav茅s del peregrinaje terreno, sin embargo, el grano bueno permanece siempre mezclado con la ciza帽a de manera inextricable, la santidad se establece al lado de la infidelidad y del pecado29. Y as铆 es como el recuerdo de los esc谩ndalos del pasado puede obstaculizar el testimonio de la Iglesia de hoy y el reconocimiento de las culpas cometidas por los hijos de la Iglesia de ayer puede favorecer la renovaci贸n y la reconciliaci贸n en el presente.

La dificultad que se perfila es la de definir las culpas pasadas, a causa sobre todo del juicio hist贸rico que esto exige, ya que en lo acontecido se ha de distinguir siempre la responsabilidad o la culpa atribuible a los miembros de la Iglesia en cuanto creyentes, de aquella referible a la sociedad de los siglos llamados 芦de cristiandad禄 o a las estructuras de poder en las que lo temporal y lo espiritual se hallaban entonces estrechamente entrelazados. Una hermen茅utica hist贸rica es, por tanto, necesaria m谩s que nunca, para hacer una distinci贸n adecuada entre la acci贸n de la Iglesia en cuanto comunidad de fe y la acci贸n de la sociedad en tiempos de 贸smosis entre ellas.

Los pasos llevados a cabo por Juan Pablo II para pedir perd贸n de las culpas del pasado han sido comprendidos en much铆simos ambientes, eclesiales y no eclesiales, como signos de vitalidad y de autenticidad de la Iglesia, tales como para reforzar su credibilidad. Es justo, por otra parte, que la Iglesia contribuya a modificar im谩genes de s铆 falsas e inaceptables, especialmente en los campos en los que, por ignorancia o por mala fe, algunos sectores de opini贸n se complacen en identificarla con el oscurantismo y con la intolerancia. Las peticiones de perd贸n formuladas por el Papa han suscitado tambi茅n una emulaci贸n positiva en el 谩mbito eclesial y m谩s all谩 de 茅l. Jefes de estado o de gobierno, sociedades privadas y p煤blicas, comunidades religiosas piden actualmente perd贸n por episodios o per铆odos hist贸ricos marcados por injusticias. Esta praxis no es en absoluto ret贸rica, tanto que algunos dudan en acogerla al calcular los costes consiguientes a un reconocimiento de solidaridad con las culpas pasadas, entre otros en el plano judicial. Tambi茅n desde este punto de vista urge, por tanto, un discernimiento riguroso.

No faltan, sin embargo, fieles desconcertados, en cuanto que su lealtad hacia la Iglesia parece quedar alterada. Algunos de ellos se preguntan c贸mo transmitir el amor a la Iglesia a las j贸venes generaciones, si esta misma Iglesia est谩 imputada por cr铆menes y por culpas. Otros observan que el reconocimiento de las culpas es al menos unilateral y se ve aprovechado por los detractores de la Iglesia, satisfechos al verla confirmar los prejuicios que ellos mantienen a su respecto. Otros ponen en guardia ante la culpabilizaci贸n arbitraria de generaciones actuales de creyentes por deficiencias en las que ellos no han consentido en modo alguno, aun declar谩ndose dispuestos a asumir su responsabilidad en la medida en que grupos humanos se pudieran sentir todav铆a hoy afectados por las consecuencias de injusticias sufridas en otros tiempos por sus predecesores. Algunos, adem谩s, retienen que la Iglesia podr谩 purificar su memoria respecto a las acciones ambiguas en las que ha estado implicada en el pasado tomando simplemente parte en el trabajo cr铆tico sobre la memoria, que se est谩 desarrollando en nuestra sociedad. As铆, ella podr铆a afirmar condividir con sus contempor谩neos el rechazo de lo que la conciencia moral actual reprueba, sin proponerse como la 煤nica culpable y responsable de los males del pasado, buscando al mismo tiempo el di谩logo en la comprensi贸n rec铆proca con cuantos se sintieran todav铆a hoy heridos por hechos pasados imputables a los hijos de la Iglesia. Finalmente, es de esperarse que algunos grupos puedan reclamar una petici贸n de perd贸n en relaci贸n con ellos, o por analog铆a con otros o porque retengan haber sufrido comportamientos ofensivos. En cualquier caso, la purificaci贸n de la memoria no podr谩 significar jam谩s que la Iglesia renuncie a proclamar la verdad revelada que le ha sido confiada, tanto en el campo de la fe como en el de la moral.

Se perfilan as铆 diversos interrogantes: 驴se puede hacer pesar sobre la conciencia actual una culpa vinculada a fen贸menos hist贸ricos irrepetibles, como las cruzadas o la inquisici贸n? 驴No es demasiado f谩cil juzgar a los protagonistas del pasado con la conciencia actual (como hacen escribas y fariseos, seg煤n Mt 23,29-32), como si la conciencia moral no se hallara situada en el tiempo? 驴Se puede acaso, por otra parte, negar que el juicio 茅tico siempre tiene vigencia, por el simple hecho de que la verdad de Dios y sus exigencias morales siempre tienen valor? Cualquiera que sea la actitud a adoptar, 茅sta debe confrontarse con estos interrogantes y buscar respuestas que est茅n fundadas en la revelaci贸n y en su transmisi贸n viva en la fe de la Iglesia. La cuesti贸n prioritaria es, por tanto, la de esclarecer en qu茅 medida las peticiones de perd贸n por las culpas del pasado, sobre todo cuando se dirigen a grupos humanos actuales, entran en el horizonte b铆blico y teol贸gico de la reconciliaci贸n con Dios y con el pr贸jimo.

CAP脥TULO II
APROXIMACI脫N B脥BLICA

Es posible desarrollar de varios modos una indagaci贸n sobre el reconocimiento que Israel hace de sus culpas en el Antiguo Testamento y sobre el tema de la confesi贸n de las culpas tal como 茅sta se presenta en las tradiciones del Nuevo Testamento30. La naturaleza teol贸gica de la reflexi贸n aqu铆 llevada a cabo induce a privilegiar una aproximaci贸n de tipo prevalentemente tem谩tico, partiendo de la pregunta siguiente: 驴qu茅 trasfondo ofrece el testimonio de la Sagrada Escritura a la invitaci贸n que Juan Pablo II hace a la Iglesia para que confiese las culpas del pasado?

1. El Antiguo Testamento

Confesiones de pecado y consecuentes peticiones de perd贸n se encuentran en toda la Biblia, tanto en las narraciones del Antiguo Testamento, como en los salmos, en los profetas, en los evangelios, as铆 como, m谩s espor谩dicamente, en la literatura sapiencial y en las cartas del Nuevo Testamento. Dada la abundancia y difusi贸n de estos testimonios, se plantea la pregunta de c贸mo seleccionar y catalogar el conjunto de los textos significativos. Puede preguntarse acerca de los textos b铆blicos relativos a la confesi贸n de los pecados: 驴qui茅n est谩 confesando qu茅 cosa (y qu茅 g茅nero de culpa) a qui茅n? Plantear as铆 la cuesti贸n ayuda a distinguir dos categor铆as principales de 芦textos de confesi贸n禄, cada una de las cuales comprende diversas subcategor铆as, a saber: a) textos de confesi贸n de pecados individuales; b) textos de confesi贸n de los pecados del pueblo entero (y de aquellos de sus antepasados). En relaci贸n con la reciente praxis eclesial, de la que parte nuestra investigaci贸n, conviene restringir el an谩lisis a la segunda categor铆a.

En ella pueden identificarse diversas posibilidades, seg煤n qui茅n haga la confesi贸n de los pecados del pueblo y qui茅n est茅 asociado o no a la culpa com煤n, prescindiendo de la presencia o no de una conciencia de la responsabilidad personal (madurada s贸lo de manera progresiva; cf. Ez 14,12-23; 18,1-32, 33,10-20). Bas谩ndose en estos criterios, pueden distinguirse los siguientes casos, por otra parte m谩s bien flexibles:

鈥� Una primera serie de textos representa al pueblo entero (a veces personificado como un 芦Yo禄 singular), el cual, en un momento particular de su historia, confiesa o alude a sus pecados contra Dios sin ninguna referencia (expl铆cita) a las culpas de las generaciones precedentes31.

鈥� Otro grupo de textos sit煤a la confesi贸n de los pecados actuales del pueblo, dirigida a Dios, en los labios de uno o m谩s jefes (religiosos), que pueden o no incluirse expl铆citamente en el pueblo pecador por el cual oran32.

鈥� Un tercer grupo de textos presenta al pueblo o a uno de sus jefes en el acto de evocar los pecados de los antepasados, sin mencionar, no obstante, los de la generaci贸n presente33.

鈥� Con m谩s frecuencia, las confesiones que mencionan las culpas de los antepasados las vinculan expresamente a los errores de la generaci贸n presente34.

De los testimonios recogidos resulta que en todos los casos donde son mencionados los 芦pecados de los padres禄 la confesi贸n est谩 dirigida 煤nicamente a Dios y los pecados confesados desde el pueblo o por el pueblo son aquellos cometidos directamente contra 脡l, m谩s bien que los cometidos (tambi茅n) contra otros seres humanos (s贸lo en N煤m 27, 7 se hace alusi贸n a una parte humana ofendida, Mois茅s)35. Surge la cuesti贸n de por qu茅 los escritores b铆blicos no han sentido la necesidad de peticiones de perd贸n dirigidas a interlocutores presentes a prop贸sito de culpas cometidas por los padres, a pesar de su fuerte sentido de la solidaridad entre las generaciones, tanto en el bien como en el mal (se piense en la idea de la personalidad corporativa). Varias hip贸tesis podr铆an avanzarse como respuesta a esta cuesti贸n. Hay, sobre todo, el difuso teocentrismo de la Biblia, que da la precedencia al reconocimiento tanto individual como nacional de las culpas cometidas contra Dios. Adem谩s, actos de violencia perpetrados por Israel contra otros pueblos, que parecer铆an exigir una petici贸n de perd贸n a aquellos pueblos o a sus descendientes, son comprendidos como la ejecuci贸n de directrices divinas respecto a ellos, como, por ejemplo, Jos 2-11 y Dt 7,2 (el exterminio de los cananeos) o 1Sam 15 y Dt 25,19 (la destrucci贸n de los amalecitas). En tales casos, el mandato divino implicado parecer铆a excluir toda posible petici贸n de perd贸n que habr铆a de hacerse36. Las experiencias de malos tratos por parte de otros pueblos, sufridas por Israel, y la animosidad as铆 suscitada, podr铆an haber militado tambi茅n contra la idea de pedir perd贸n a estos pueblos por el mal causado a ellos37.

Queda, a pesar de todo, como algo relevante en el testimonio b铆blico el sentido de la solidaridad intergeneracional en el pecado (y en la gracia), que se expresa en la confesi贸n ante Dios de los 芦pecados de los antepasados禄, tanto que, citando la espl茅ndida oraci贸n de Azar铆as, Juan Pablo II ha podido afirmar: 芦鈥淏endito eres t煤, Se帽or, Dios de nuestros padres [... nosotros hemos pecado, hemos actuado como inicuos, alej谩ndonos de ti, hemos faltado en todo modo y manera. No hemos obedecido tus mandatos鈥� (Dan 3,26.29). As铆 oraban los hebreos despu茅s del exilio (cf. tambi茅n Bar 2,11-13), haci茅ndose cargo de las culpas cometidas por sus padres. La Iglesia imita su ejemplo y pide perd贸n por las culpas tambi茅n hist贸ricas de sus hijos禄38.

2. El Nuevo Testamento

Un tema fundamental, unido a la idea de la culpa y ampliamente presente en el Nuevo Testamento, es el de la absoluta santidad de Dios. El Dios de Jes煤s es el Dios de Israel (cf. Jn 4,22), invocado como 芦Padre santo禄 (Jn 17,11), llamado 芦el Santo禄 en 1Jn 2,20 (cf. Ap 6,10). La triple proclamaci贸n de Dios como 芦santo禄 en Is 6,3 retorna en Ap 4,8, mientras que 1 Pe 1,16 insiste en el hecho de que los cristianos deben ser santos 芦porque est谩 escrito: vosotros ser茅is santos, porque yo soy santo禄 (cf. Lev 11,44-45; 19,2). Todo esto refleja la noci贸n v茅terotestamentaria de la absoluta santidad de Dios. Sin embargo, para la fe cristiana la santidad divina ha entrado en la historia en la persona de Jes煤s de Nazaret: la noci贸n v茅terotestamentaria no se ha visto abandonada, sino desarrollada, en el sentido de que la santidad de Dios se hace presente en la santidad del Hijo encarnado (cf. Mc 1,24; Lc 1,35; 4,34; Jn 6,69; Hch 4,27.30; Ap 3,7), y la santidad del Hijo est谩 participada por los 芦suyos禄 (cf. Jn 17,16-19), hechos hijos en el Hijo (cf. G谩l 4,4-6; Rom 8,14-17). No puede darse, sin embargo, aspiraci贸n alguna a la filiaci贸n divina en Jes煤s mientras no se d茅 amor al pr贸jimo (cf. Mc 12,29-31; Mt 22,37-38; Lc 10,27-28).

Este motivo, decisivo en la ense帽anza de Jes煤s, se convierte en el 芦mandamiento nuevo禄 en el evangelio de Juan: los disc铆pulos deber谩n amar como 脡l ha amado (cf. Jn 13,34-35; 15,12.17), es decir, perfectamente, 芦hasta el fin禄 (Jn 13,1). El cristiano, por tanto, est谩 llamado a amar y a perdonar seg煤n una medida que trasciende toda medida humana de justicia y produce una reciprocidad entre los seres humanos, que refleja la existente entre Jes煤s y el Padre (cf. Jn 13,34s; 15,1-11; 17,21-26). En esta 贸ptica se da un gran relieve al tema de la reconciliaci贸n y del perd贸n de las ofensas. A sus disc铆pulos Jes煤s les pide estar siempre dispuestos a perdonar a cuantos les hayan ofendido, as铆 como Dios mismo ofrece siempre su perd贸n: 芦Perdona nuestras deudas as铆 como nosotros perdonamos a nuestros deudores禄 (Mt 6,12.12-15). Quien se halla en grado de perdonar al pr贸jimo demuestra haber comprendido la necesidad que personalmente tiene del perd贸n de Dios. El disc铆pulo est谩 invitado a perdonar 芦hasta setenta veces siete禄 a quien le ofende, incluso aunque 茅ste no pidiera perd贸n (Mt 18,21-22).

Jes煤s insiste sobre la actitud requerida de la persona ofendida respecto a sus ofensores: ella est谩 llamada a dar el primer paso, cancelando la ofensa mediante el perd贸n ofrecido 芦de coraz贸n禄 (cf. Mt 18,35; Mc 11,25), consciente de ser ella misma pecadora ante Dios, quien jam谩s rechaza el perd贸n invocado con sinceridad. En Mt 5,23-24 Jes煤s pide al ofensor 芦ir a reconciliarse con el propio hermano, que tenga algo contra 茅l禄, antes de presentar su ofrenda sobre el altar: no es agradable a Dios un acto de culto llevado a cabo por quien no quiera reparar primero el da帽o causado al propio pr贸jimo. Lo que cuenta es cambiar el propio coraz贸n y mostrar de manera adecuada que se quiere realmente la reconciliaci贸n. El pecador, no obstante, en la conciencia de que sus pecados hieren al mismo tiempo su relaci贸n con Dios y con el pr贸jimo (cf. Lc 15,21), puede esperarse el perd贸n solamente de Dios, ya que solamente Dios es siempre misericordioso y dispuesto a cancelar los pecados. 脡ste es tambi茅n el significado del sacrificio de Cristo, que de una vez para siempre nos ha purificado de nuestros pecados (cf. Heb 9,22; 10,18). As铆, el ofensor y el ofendido son reconciliados por Dios en la misericordia suya, que a todos acoge y perdona.

En este cuadro, que podr铆a ampliarse mediante el an谩lisis de las cartas de Pablo y de las cartas cat贸licas, no hay indicio alguno de que la Iglesia de los or铆genes haya dirigido su atenci贸n a los pecados del pasado para pedir perd贸n. Lo cual puede explicarse por la fuerte conciencia de la novedad cristiana, que proyecta a la comunidad m谩s bien hacia el futuro que hacia el pasado. No obstante, se encuentra una insistencia m谩s amplia y sutil, que atraviesa el Nuevo Testamento: en los evangelios y en las cartas la ambivalencia propia de la experiencia cristiana se halla ampliamente reconocida. Para Pablo, por ejemplo, la comunidad cristiana es un pueblo escatol贸gico, que vive ya la 芦nueva creaci贸n禄 (cf. 2Cor 5,17; G谩l 6,15), pero esta experiencia, hecha posible por la muerte y resurrecci贸n de Jes煤s (cf. Rom 3,21-26; 5,6-11; 8,1-11; 1 Cor 15,54-57), no nos libra de la inclinaci贸n al pecado, presente en el mundo a causa de la ca铆da de Ad谩n. Como resultado de la intervenci贸n divina en y a trav茅s de la muerte y resurrecci贸n de Jes煤s, hay ahora dos escenarios posibles: la historia de Ad谩n y la de Cristo. Ambas discurren la una al lado de la otra y el creyente deber谩 contar sobre la muerte y la resurrecci贸n del Se帽or Jes煤s (cf., p. ej., Rom 6,1-11; G谩l 3,27-28; Col 3,10; 2 Cor 5,14-15) para ser parte de la historia en la que 芦sobreabunda la gracia禄 (cf. Rom 5,12-21).

Una tal relectura teol贸gica del acontecimiento pascual de Cristo muestra c贸mo la Iglesia de los or铆genes ten铆a una conciencia aguda de las posibles deficiencias de los bautizados. Se podr铆a decir que el entero corpus paulinum llama a los creyentes a un reconocimiento pleno de su dignidad, aun contando con la conciencia viva de la fragilidad de su condici贸n humana: 芦Cristo nos ha liberado para que permanezcamos libres; manteneos, pues, firmes y no os dej茅is oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud禄 (G谩l 5,19). Un motivo an谩logo puede hallarse en las narraciones de los evangelios. Emerge incisivamente en Marcos, donde las carencias de los disc铆pulos de Jes煤s son uno de los temas dominantes de la narraci贸n (cf. Mc 4,40-41; 6,36-37.51-52; 8,14-21.31-33; 9,5-6.32-41; 10,32-45; 14,10-11.17-21.50; 16,8). El mismo motivo retorna en todos los evangelistas, aunque se halle comprensiblemente difuminado. Judas y Pedro son, respectivamente, el traidor y el que reniega de su Maestro, si bien Judas llega a la desesperaci贸n por la acci贸n cometida (cf. Hch 1,15-20), mientras que Pedro se arrepiente (cf. Lc 22,61s) y llega a la triple profesi贸n de amor (cf. Jn 21,15-19). En Mateo, incluso durante la aparici贸n final del Se帽or resucitado, mientras los disc铆pulos lo adoran, 芦algunos todav铆a dudaban禄 (Mt 28,17). El cuarto evangelio presenta a los disc铆pulos como aquellos a los cuales se les ha otorgado un amor inconmensurable, a pesar de que su respuesta est茅 hecha de ignorancia, deficiencias, negaciones y traici贸n (cf. 13,1-38).

Esta constante presentaci贸n de los disc铆pulos llamados a seguir a Jes煤s, que titubean al abandonarse al pecado, no es simplemente una relectura cr铆tica de los or铆genes. Los relatos se hallan planteados de tal modo que se dirigen a todo disc铆pulo sucesivo de Cristo que se halle en dificultad y contemple el Evangelio como la propia gu铆a e inspiraci贸n. Por otra parte, el Evangelio est谩 lleno de recomendaciones a portarse bien, a vivir un nivel m谩s alto de compromiso, a evitar el mal (cf., p. ej., Sant 1,5-8.19-21; 2,1-7; 4,1-10; 1 Pe 1,13-25; 2 Pe 2,1-22; Jud 3-13; 1 Jn 1,5-10; 2,1-11.18-27; 4,1-6; 2 Jn 7-11; 3 Jn 9-10). No hay, sin embargo, ninguna llamada expl铆cita, dirigida a los primeros cristianos, a confesar las culpas del pasado, si bien es ciertamente muy significativo el reconocimiento de la realidad del pecado y del mal en el interior del pueblo llamado a la existencia escatol贸gica, propia de la condici贸n cristiana (se piense s贸lo en los reproches contenidos en las cartas a las siete Iglesias del Apocalipsis). Seg煤n la petici贸n que se encuentra en la oraci贸n del Se帽or, este pueblo invoca: 芦Perd贸nanos nuestros pecados, porque tambi茅n nosotros perdonamos a todo deudor nuestro禄 (Lc 11,4; cf. Mt 6,12). Los primeros cristianos, en fin de cuentas, manifiestan ser bien conscientes de poder comportarse en manera no correspondiente a la vocaci贸n recibida, no viviendo el bautismo de la muerte y resurrecci贸n de Jes煤s, con el cual hab铆an sido bautizados.

3. El Jubileo b铆blico

Un significativo trasfondo b铆blico de la reconciliaci贸n vinculada a la superaci贸n de situaciones pasadas lo representa la celebraci贸n del Jubileo, tal como est谩 regulada en el libro del Lev铆tico (cap. 25). En una estructura social hecha de tribus, clanes y familias se creaban inevitablemente situaciones de desorden cuando individuos o familias de condiciones precarias deb铆an 芦rescatarse禄 a s铆 mismos de las propias dificultades, entregando la propiedad de su tierra o casa, siervos o hijos a aquellos que se encontraban en condiciones mejores que las suyas. Un sistema como 茅ste produc铆a el efecto de que algunos israelitas llegaban a sufrir situaciones intolerables de deuda, pobreza y esclavitud, para beneficio de otros hijos de Israel, en aquella misma tierra que les hab铆a sido dada por Dios. Todo esto pod铆a traer consigo que, en per铆odos m谩s o menos largos de tiempo, un territorio o un clan cayeran en las manos de pocos ricos, mientras que el resto de las familias del clan llegaba a encontrarse en una forma tal de endeudamiento o de esclavitud que les obligaba a vivir en total dependencia de los m谩s acomodados.

La legislaci贸n de Lev 25 constituye un intento de subvertir todo esto (隆hasta el punto de poder dudar que jam谩s se haya puesto en pr谩ctica de una manera plena!); la legislaci贸n convocaba la celebraci贸n del Jubileo cada cincuenta a帽os con el fin de preservar el tejido social del pueblo de Dios y restituir la independencia tambi茅n a la familia m谩s peque帽a del pa铆s. Para Lev 25 es decisiva la repetici贸n regular de la confesi贸n de fe de Israel en el Dios que ha liberado a su pueblo a trav茅s del 茅xodo: 芦Yo soy el Se帽or, vuestro Dios, que os saqu茅 de la tierra de Egipto, para daros la tierra de Cana谩n y ser vuestro Dios禄 (Lev 25,38; cf. vv.42.45). La celebraci贸n del Jubileo era una admisi贸n impl铆cita de culpa y un intento de restablecer un orden justo. Todo sistema que llevara a la alienaci贸n de cualquier israelita, esclavo en otro tiempo, pero ahora liberado por el brazo poderoso de Dios, ven铆a de hecho a desmentir la acci贸n salv铆fica divina en el 茅xodo y a trav茅s del 茅xodo.

La liberaci贸n de las v铆ctimas y de los que sufren se convierte en parte del m谩s amplio programa de los profetas. El D茅utero-Isa铆as, en los poemas del Siervo sufriente (Is 42,1-9; 49,1-6; 50,13-53,12), desarrolla estas alusiones a la pr谩ctica del Jubileo juntamente con los temas del rescate y de la libertad, del retorno y de la redenci贸n. Isa铆as 58 es un ataque contra la observancia ritual que no tiene en cuenta la justicia social, una llamada a la liberaci贸n de los oprimidos (Is 58,6), centrada espec铆ficamente en las obligaciones de parentesco (v.7). M谩s claramente, Isa铆as 61 usa las im谩genes del Jubileo para representar al Ungido como el heraldo de Dios enviado a 芦evangelizar禄 a los pobres, a proclamar la libertad a los prisioneros y a anunciar el a帽o de gracia del Se帽or. Significativamente es este mismo texto, con una alusi贸n a Isa铆as 58,6, el que Jes煤s usa para presentar la finalidad de su vida y de su ministerio en Lucas 4,17-21.

4. Conclusi贸n

De todo lo dicho se puede concluir que la llamada dirigida por Juan Pablo II a la Iglesia para que caracterice el a帽o jubilar con una admisi贸n de culpa por todos los sufrimientos y las ofensas de que se han hecho responsables en el pasado sus hijos39, as铆 como la praxis unida a ello, no encuentran una verificaci贸n un铆voca en el testimonio b铆blico. Sin embargo, se basan en todo lo que la Sagrada Escritura afirma respecto a la santidad de Dios, a la solidaridad intergeneracional de su pueblo y al reconocimiento de su ser pecador. La apelaci贸n del Papa asume, adem谩s, correctamente el esp铆ritu del Jubileo b铆blico, que requiere que sean llevados a cabo actos destinados a restablecer el orden del designio originario de Dios sobre la creaci贸n. Esto exige que la proclamaci贸n del hoy del Jubileo, iniciado por Jes煤s (cf. Lc 4,21), se contin煤e en la celebraci贸n jubilar de su Iglesia. Adem谩s, esta singular experiencia de gracia empuja al pueblo de Dios todo entero, as铆 como a cada uno de los bautizados, a tomar una conciencia todav铆a mayor del mandato recibido del Se帽or para estar siempre dispuestos a perdonar las ofensas recibidas.

CAP脥TULO III
FUNDAMENTOS TEOL脫GICOS

芦Es justo que, mientras el segundo milenio del cristianismo llega a su fin, la Iglesia asuma con una conciencia m谩s viva el pecado de sus hijos recordando todas las circunstancias en las que, a lo largo de la historia, se han alejado del esp铆ritu de Cristo y de su evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espect谩culo de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de esc谩ndalo. La Iglesia, aun siendo santa por su incorporaci贸n a Cristo, no se cansa de hacer penitencia: ella reconoce siempre como suyos, delante de Dios y delante de los hombres, a los hijos pecadores禄40. Estas palabras de Juan Pablo II subrayan c贸mo la Iglesia se encuentra afectada por el pecado de sus hijos: santa, en cuanto hecha tal por el Padre mediante el sacrificio del Hijo y el don del Esp铆ritu, es en un cierto sentido tambi茅n pecadora, en cuanto asume realmente sobre ella el pecado de aquellos a quienes ha engendrado en el bautismo, an谩logamente a como Cristo Jes煤s ha asumido el pecado del mundo (cf. Rom 8,3; 2 Cor 5,21; G谩l 3,13; 1 Pe 2,24)41. Por otra parte, pertenece a la m谩s profunda autoconciencia eclesial en el tiempo el convencimiento de que la Iglesia no es s贸lo una comunidad de elegidos, sino que comprende en su seno justos y pecadores, del presente y del pasado, en la unidad del misterio que la constituye. De hecho, tanto en la gracia como en la herida del pecado, los bautizados de hoy son convecinos y solidarios con los de ayer. Por ello se puede decir que la Iglesia, una en el tiempo y en el espacio en Cristo y en el Esp铆ritu, es verdaderamente 芦santa al mismo tiempo y siempre necesitada de purificaci贸n禄42. De esta paradoja, caracter铆stica del misterio eclesial, nace el interrogante de c贸mo conciliar los dos aspectos: de una parte, la afirmaci贸n de fe de la santidad de la Iglesia; de otra parte, su necesidad incesante de penitencia y de purificaci贸n.

1. El misterio de la Iglesia

芦La Iglesia est谩 en la historia, pero al mismo tiempo la trasciende. Solamente 鈥渃on los ojos de la fe鈥� se puede ver al mismo tiempo en esta realidad visible una realidad espiritual, portadora de la vida divina禄43. El conjunto de los aspectos visibles e hist贸ricos se relaciona con el don divino de manera an谩loga a como en el Verbo de Dios encarnado la humanidad asumida es signo e instrumento del actuar de la persona divina del Hijo: las dos dimensiones del ser eclesial forman 芦una sola realidad compleja, constituida por un elemento humano y otro divino禄44, en una comuni贸n que participa de la vida trinitaria y hace que los bautizados se sientan unidos entre s铆, aun en la diversidad de tiempos y de lugares de la historia. En raz贸n de esta comuni贸n, la Iglesia se presenta como un sujeto absolutamente 煤nico en el acontecer humano, hasta el punto de poder hacerse cargo de los dones, de los m茅ritos y de las culpas de sus hijos de hoy y de los de ayer.

La no d茅bil analog铆a con el misterio del Verbo encarnado implica, no obstante, tambi茅n una diferencia fundamental: 芦Mientras Cristo, 鈥渟anto, inocente, inmaculado鈥� (Heb 7,26), no conoci贸 el pecado (cf. 2 Cor 5,21), sino que vino a expiar s贸lo los pecados del pueblo (cf. Heb 2,17), la Iglesia, recibiendo en su propio seno a los pecadores, santa al mismo tiempo que necesitada siempre de purificaci贸n, busca sin cesar la penitencia y la renovaci贸n禄45. La ausencia de pecado en el Verbo encarnado no puede atribuirse a su Cuerpo eclesial, en cuyo interior m谩s bien cada uno, part铆cipe de la gracia donada por Dios, no est谩 menos necesitado de vigilancia y de purificaci贸n incesante y solidaria con la debilidad de los otros: 芦Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf. 1 Jn 1,8-10). En todos, la ciza帽a del pecado todav铆a se encuentra mezclada con la buena semilla del evangelio hasta el fin de los tiempos (cf. Mt 13,24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvaci贸n de Cristo, pero todav铆a en v铆as de santificaci贸n禄46.

Ya Pablo VI hab铆a afirmado solemnemente que 芦la Iglesia es santa, aun comprendiendo en su seno a los pecadores, ya que ella no posee otra vida sino la de la gracia [... Por ello, la Iglesia sufre y hace penitencia por tales pecados, de los cuales tiene, por otra parte, el poder de curar a sus propios hijos con la sangre de Cristo y el don del Esp铆ritu Santo禄47. La Iglesia es, a fin de cuentas, en su misterio, encuentro de santidad y de debilidad, continuamente redimida y siempre necesitada nuevamente de la fuerza de la redenci贸n. Como ense帽a la liturgia, verdadera lex credendi, el fiel individual y el pueblo de los santos invocan de Dios que su mirada se fije sobre la fe de su Iglesia y no sobre los pecados de los individuos, de cuya fe vivida constituyen la negaci贸n: 芦Ne respicias peccata nostra, sed fidem Ecclesiae Tuae!禄. En la unidad del misterio eclesial a trav茅s del tiempo y del espacio es posible considerar entonces el aspecto de la santidad, la necesidad de arrepentimiento y de reforma, y su articulaci贸n en el actuar de la Iglesia Madre.

2. La santidad de la Iglesia

La Iglesia es santa porque, santificada por Cristo, quien la ha adquirido entreg谩ndose a la muerte por ella, es mantenida en la santidad por el Esp铆ritu Santo, que la inunda sin cesar: 芦Nosotros creemos que la Iglesia es indefectiblemente santa. Pues Cristo, Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Esp铆ritu llamamos 鈥渆l solo Santo鈥�, ha amado a la Iglesia como esposa suya, entreg谩ndose a s铆 mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5, 25s), la uni贸 a s铆 mismo como su propio cuerpo y la enriqueci贸 con el don del Esp铆ritu Santo para gloria de Dios. Por eso, todos en la Iglesia son llamados a la santidad禄48. En este sentido, desde sus or铆genes los miembros de la Iglesia son llamados los 芦santos禄 (cf. Hch 9,13; 1 Cor 6,1s; 16,1). Se puede distinguir, no obstante, entre la santidad de la Iglesia y la santidad en la Iglesia. La primera, fundada en las misiones del Hijo y del Esp铆ritu, garantiza la continuidad de la misi贸n del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos y estimula y ayuda a los creyentes a perseguir la santidad subjetiva y personal. En la vocaci贸n que cada uno recibe se halla radicada, por el contrario, la forma de santidad que le ha sido donada y que se requiere de 茅l, en cuanto cumplimiento pleno de la propia vocaci贸n y misi贸n. La santidad personal se halla, en todo caso, proyectada hacia Dios y hacia los dem谩s, y tiene, por ello, un car谩cter esencialmente social: es santidad en la Iglesia, orientada al bien de todos.

A la santidad de la Iglesia debe, en consecuencia, corresponder la santidad en la Iglesia: 芦Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no seg煤n sus obras, sino por designio y gracia de 脡l, y justificados en el Se帽or Jes煤s, han sido hechos en el bautismo verdaderamente hijos de Dios y part铆cipes de la divina naturaleza, y por lo mismo realmente santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida con la ayuda de Dios禄49. El bautizado est谩 llamado a devenir con toda su existencia aquello que ya es en raz贸n de la consagraci贸n bautismal; lo cual no acontece sin el asentimiento de su libertad y sin la ayuda de la gracia que viene de Dios. Cuando esto sucede, se deja reconocer en la historia la humanidad nueva seg煤n Dios: 隆nadie llega a ser 茅l mismo con tanta plenitud como el santo que acoge el designio divino y, con la ayuda de la gracia, conforma todo su propio ser al proyecto del Alt铆simo! Los santos constituyen, en este sentido, como luces suscitadas por el Se帽or en medio de su Iglesia para iluminarla, son profec铆a para el mundo entero.

3. La necesidad de una renovaci贸n continua

Sin ofuscar esta santidad, se debe reconocer que, a causa de la presencia del pecado, hay necesidad de una renovaci贸n continua y de una conversi贸n constante en el pueblo de Dios; la Iglesia en la tierra est谩 芦adornada de una santidad verdadera禄 que es, no obstante, 芦imperfecta禄50. Observa San Agust铆n contra los pelagianos: 芦La Iglesia en su conjunto dice: 隆perdona nuestras deudas! Ella tiene, por tanto, manchas y arrugas. Pero, a trav茅s de la confesi贸n, las arrugas se estiran y las manchas quedan lavadas. La Iglesia se halla en oraci贸n para ser purificada por la confesi贸n y estar as铆 mientras los hombres vivan sobre la tierra禄51. Santo Tom谩s de Aquino precisa que la plenitud de la santidad pertenece al tiempo escatol贸gico, mientras la Iglesia peregrinante no debe enga帽arse, afirmando estar libre de pecado: 芦Que la Iglesia sea gloriosa, sin mancha ni arruga, es la meta final hacia la que tendemos en virtud de la pasi贸n de Cristo. Esto se alcanzar谩, por tanto, s贸lo en la patria eterna y no ya durante el peregrinaje; aqu铆 [... nos enga帽ar铆amos si dij茅semos no tener pecado alguno禄52. En realidad, 芦aun revestidos de la vestidura bautismal, no dejamos de pecar, de separarnos de Dios. Ahora, con la petici贸n 鈥減erdona nuestras deudas鈥�, nos volvemos a 脡l, como el hijo pr贸digo (cf. Lc 15,11-32) y nos reconocemos pecadores ante 脡l como el publicano (cf. Lc 18,13). Nuestra petici贸n empieza con una 鈥渃onfesi贸n鈥� en la que afirmamos al mismo tiempo nuestra miseria y su misericordia禄53.

Es, por tanto, la Iglesia entera la que, mediante la confesi贸n del pecado de sus hijos, confiesa su fe en Dios y celebra su infinita bondad y capacidad de perd贸n; gracias al v铆nculo establecido por el Esp铆ritu Santo, la comuni贸n que existe entre todos los bautizados en el tiempo y en el espacio es tal que en ella cada uno es 茅l mismo, pero al tiempo est谩 condicionado por los otros y ejerce sobre ellos un influjo en el intercambio vital de los bienes espirituales. De este modo, la santidad de los unos influencia el crecimiento del bien en los otros, pero tambi茅n el pecado tiene una relevancia no exclusivamente personal, ya que pesa y opone resistencia en el camino de la salvaci贸n de todos; en tal sentido, afecta verdaderamente a la Iglesia en su integridad, a trav茅s de la variedad de los tiempos y de los lugares. Esta convicci贸n empuja a los Padres a afirmaciones netas como la de San Ambrosio: 芦Estemos bien atentos a que nuestra ca铆da no se convierta en una herida de la Iglesia禄54. Ella, por tanto, 芦aun siendo santa por su incorporaci贸n a Cristo, no se cansa de hacer penitencia: ella reconoce siempre como suyos, delante de Dios y delante de los hombres, a los hijos pecadores禄55, los de hoy, como los de ayer.

4. La maternidad de la Iglesia

La convicci贸n de que la Iglesia pueda hacerse cargo del pecado de sus hijos, en raz贸n de la solidaridad existente entre ellos en el tiempo y en el espacio, gracias a su incorporaci贸n a Cristo y a la obra del Esp铆ritu Santo, est谩 expresada de modo particularmente eficaz por la idea de la 芦Iglesia Madre禄 (Mater Ecclesia), que 芦en la concepci贸n protopatr铆stica es el concepto central de toda la aspiraci贸n cristiana禄56; la Iglesia, afirma el Vaticano II, 芦tambi茅n es hecha Madre por la Palabra de Dios fielmente recibida; en efecto, por la predicaci贸n y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Esp铆ritu Santo y nacidos de Dios禄57. A la ampl铆sima tradici贸n, de la que estas ideas son el eco, da voz, por ejemplo, Agust铆n con estas palabras: 芦Esta madre santa, digna de veneraci贸n, la Iglesia, es igual a Mar铆a: ella da a luz y es virgen, de ella hab茅is nacido, ella engendra a Cristo, porque vosotros sois los miembros de Cristo禄58. Cipriano de Cartago afirma con nitidez: 芦No puede tener a Dios por padre quien no tiene a la Iglesia como madre禄59. Y Paulino de Nola canta as铆 la maternidad de la Iglesia: 芦En cuanto madre recibe el semen de la Palabra eterna, lleva a los pueblos en su seno y los da a luz禄60.

Seg煤n esta visi贸n, la Iglesia se realiza continuamente en el intercambio y en la comunicaci贸n del Esp铆ritu del uno al otro de los creyentes, como ambiente generador de fe y de santidad en la comuni贸n fraterna, en la unanimidad orante, en la participaci贸n solidaria en la Cruz, en el testimonio com煤n. En raz贸n de esta comunicaci贸n vital, cada bautizado puede ser considerado al mismo tiempo hijo de la Iglesia, en cuanto engendrado en ella a la vida divina, e Iglesia Madre, en cuanto que coopera con su fe y caridad a engendrar nuevos hijos para Dios; es, en efecto, tanto m谩s Iglesia Madre cuanto mayor es su santidad y m谩s ardiente el esfuerzo por comunicar a los otros el don recibido. Por otra parte, no deja de ser hijo de la Iglesia el bautizado que, a causa del pecado, se separase de ella con el coraz贸n; 茅l podr谩 acceder siempre de nuevo a las fuentes de la gracia y remover el peso que su culpa hace gravar sobre la entera comunidad de la Iglesia Madre. 脡sta, a su vez, en cuanto Madre verdadera, no podr谩 no quedar herida por el pecado de sus hijos de hoy y de los de ayer, continuando am谩ndolos siempre, hasta el punto de hacerse cargo en todo tiempo del peso producido por sus culpas; en cuanto tal, la Iglesia aparece a los Padres como Madre de dolores, no s贸lo a causa de las persecuciones externas, sino sobre todo por las traiciones, los fallos, las lentitudes y las contaminaciones de sus hijos.

La santidad y el pecado en la Iglesia se reflejan, por tanto, en sus efectos sobre la Iglesia entera, si bien es convicci贸n de fe que la santidad es m谩s fuerte que el pecado en cuanto fruto de la gracia divina: 隆son su prueba luminosa las figuras de los santos, reconocidos como modelo y ayuda para todos! Entre la gracia y el pecado no hay un paralelismo, ni siquiera una especie de simetr铆a o de relaci贸n dial茅ctica; 隆el influjo del mal no podr谩 vencer jam谩s la fuerza de la gracia y la irradiaci贸n del bien, incluso el m谩s escondido! En este sentido, la Iglesia se reconoce existencialmente santa en sus santos; pero, mientras se alegra de esta santidad y advierte su beneficio, se confiesa no obstante pecadora, no en cuanto sujeto del pecado, sino en cuanto asume con solidaridad materna el peso de las culpas de sus hijos, para cooperar a su superaci贸n por el camino de la penitencia y de la novedad de vida. Por ello, la Iglesia santa advierte el deber de 芦lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos, que han desfigurado su rostro, impidi茅ndole reflejar plenamente la imagen de su Se帽or crucificado, testigo insuperable del amor paciente y de la humilde mansedumbre禄61.

Esto puede hacerse de modo particular por quien, por carisma y ministerio, expresa en la forma m谩s densa la comuni贸n del pueblo de Dios: en nombre de las iglesias locales podr谩n dar voz a las eventuales confesiones de culpa y peticiones de perd贸n los pastores respectivos; en nombre de la Iglesia entera, una en el tiempo y en el espacio, podr谩 pronunciarse aquel que ejerce el ministerio universal de unidad, el Obispo de la Iglesia 芦que preside en el amor禄62, el Papa. He aqu铆 por qu茅 es particularmente significativo que haya venido propiamente de 茅l la invitaci贸n a que 芦la Iglesia asuma con una conciencia m谩s viva el pecado de sus hijos禄 y reconozca la necesidad de 芦hacer enmienda, invocando con fuerza el perd贸n de Cristo禄63.

CAP脥TULO IV
JUICIO HIST脫RICO Y JUICIO TEOL脫GICO

La identificaci贸n de las culpas del pasado de las que enmendarse implica, ante todo, un correcto juicio hist贸rico, que sea tambi茅n en su ra铆z una valoraci贸n teol贸gica. Es necesario preguntarse: 驴qu茅 es lo que realmente ha sucedido?, 驴qu茅 es exactamente lo que se ha dicho y hecho? Solamente cuando se ha ofrecido una respuesta adecuada a estos interrogantes, como fruto de un juicio hist贸rico riguroso, podr谩 preguntarse si eso que ha sucedido, que se ha dicho o realizado, puede ser interpretado como conforme o disconforme con el Evangelio, y, en este 煤ltimo caso, si los hijos de la Iglesia que han actuado de tal modo habr铆an podido darse cuenta a partir del contexto en el que estaban actuando. Solamente cuando se llega a la certeza moral de que cuanto se ha hecho contra el Evangelio por algunos de los hijos de la Iglesia y en su nombre habr铆a podido ser comprendido por ellos como tal, y en consecuencia evitado, puede tener sentido para la Iglesia de hoy hacer enmienda de culpas del pasado.

La relaci贸n entre 芦juicio hist贸rico禄 y 芦juicio teol贸gico禄 resulta, por tanto, compleja en la misma medida en que es necesaria y determinante. Se requiere, por ello, ponerla por obra evitando los desvar铆os en un sentido y en otro: hay que evitar tanto una apolog茅tica que pretenda justificarlo todo, como una culpabilizaci贸n indebida que se base en la atribuci贸n de responsabilidades insostenibles desde el punto de vista hist贸rico. Juan Pablo II ha afirmado respecto a la valoraci贸n hist贸rico-teol贸gica de la actuaci贸n de la Inquisici贸n: 芦El Magisterio eclesial no puede evidentemente proponerse la realizaci贸n de un acto de naturaleza 茅tica, como es la petici贸n de perd贸n, sin haberse informado previamente de un modo exacto acerca de la situaci贸n de aquel tiempo. Ni siquiera puede tampoco apoyarse en las im谩genes del pasado transmitidas por la opini贸n p煤blica, pues se encuentran a menudo sobrecargadas por una emotividad pasional que impide una diagnosis serena y objetiva... 脡sa es la raz贸n por la que el primer paso debe consistir en interrogar a los historiadores, a los cuales no se les pide un juicio de naturaleza 茅tica, que rebasar铆a el 谩mbito de sus competencias, sino que ofrezcan su ayuda para la reconstrucci贸n m谩s precisa posible de los acontecimientos, de las costumbres, de las mentalidades de entonces, a la luz del contexto hist贸rico de la 茅poca禄64.

1. La interpretaci贸n de la historia

驴Cu谩les son las condiciones de una correcta interpretaci贸n del pasado desde el punto de vista del conocimiento hist贸rico? Para determinarlas hay que tener en cuenta la complejidad de la relaci贸n que existe entre el sujeto que interpreta y el pasado objeto de interpretaci贸n65; en primer lugar se debe subrayar la rec铆proca extra帽eza entre ambos. Eventos y palabras del pasado son ante todo 芦pasados禄; en cuanto tales son irreductibles totalmente a las instancias actuales, pues poseen una densidad y una complejidad objetivas, que impiden su utilizaci贸n 煤nicamente en funci贸n de los intereses del presente. Hay que acercarse, por tanto, a ellos mediante una investigaci贸n hist贸rico鈥慶r铆tica, orientada a la utilizaci贸n de todas las informaciones accesibles de cara a la reconstrucci贸n del ambiente, de los modos de pensar, de los condicionamientos y del proceso vital en que se sit煤an aquellos eventos y palabras, para cerciorarse as铆 de los contenidos y los desaf铆os que, precisamente en su diversidad, plantean a nuestro presente.

En segundo lugar, entre el sujeto que interpreta y el objeto interpretado se debe reconocer una cierta copertenencia, sin la cual no podr铆a existir ninguna conexi贸n y ninguna comunicaci贸n entre pasado y presente; esta conexi贸n comunicativa est谩 fundada en el hecho de que todo ser humano, de ayer y de hoy, se sit煤a en un complejo de relaciones hist贸ricas y necesita, para vivirlas, de una mediaci贸n ling眉铆stica, que siempre est谩 hist贸ricamente determinada. 隆Todos pertenecemos a la historia! Poner de manifiesto la copertenencia entre el int茅rprete y el objeto de la interpretaci贸n, que debe ser alcanzado a trav茅s de las m煤ltiples formas en las que el pasado ha dejado su testimonio (textos, monumentos, tradiciones...), significa juzgar si son correctas las posibles correspondencias y las eventuales dificultades de comunicaci贸n con el presente, puestas de relieve por la propia comprensi贸n de las palabras o de los acontecimientos pasados; ello requiere tener en cuenta las cuestiones que motivan la investigaci贸n y su incidencia sobre las respuestas obtenidas, el contexto vital en que se act煤a y la comunidad interpretadora, cuyo lenguaje se habla y a la cual se pretenda hablar. Con tal objetivo es necesario hacer refleja y consciente en el mayor grado posible la precomprensi贸n, que de hecho se encuentra siempre incluida en cualquier interpretaci贸n, para medir y atemperar su incidencia real en el proceso interpretativo.

Finalmente, entre quien interpreta y el pasado objeto de interpretaci贸n se realiza, a trav茅s del esfuerzo cognoscitivo y valorativo, una 贸smosis (芦fusi贸n de horizontes禄), en la que consiste propiamente la comprensi贸n. En ella se expresa la que se considera inteligencia correcta de los eventos y de las palabras del pasado; lo que equivale a captar el significado que pueden tener para el int茅rprete y para su mundo. Gracias a este encuentro de mundos vitales, la comprensi贸n del pasado se traduce en su aplicaci贸n al presente: el pasado es aprehendido en las potencialidades que descubre, en el est铆mulo que ofrece para modificar el presente; la memoria se vuelve capaz de suscitar nuevo futuro.

A una 贸smosis fecunda con el pasado se accede merced al entrelazamiento de algunas operaciones hermen茅uticas fundamentales, correspondientes a los momentos ya indicados de la extra帽eza, de la copertenencia y de la comprensi贸n verdadera y propia. Con relaci贸n a un 芦texto禄 del pasado, entendido en general como testimonio escrito, oral, monumental o figurativo, estas operaciones pueden ser expresadas del siguiente modo: 芦1) comprender el texto, 2) juzgar la correcci贸n de la propia inteligencia del texto y 3) expresar la que se considera inteligencia correcta del texto禄66. Captar el testimonio del pasado quiere decir alcanzarlo del mejor modo posible en su objetividad, a trav茅s de todas las fuentes de que se pueda disponer; juzgar la correcci贸n de la propia interpretaci贸n significa verificar con honestidad y rigor en qu茅 medida pueda haber sido orientada, o en cualquier caso condicionada, por la precomprensi贸n o por los posibles prejuicios del int茅rprete; expresar la interpretaci贸n obtenida significa hacer a los otros part铆cipes del di谩logo establecido con el pasado, sea para verificar su relevancia, sea para exponerse a la confrontaci贸n con otras posibles interpretaciones.

2. Indagaci贸n hist贸rica y valoraci贸n teol贸gica

Si estas operaciones est谩n presentes en todo acto hermen茅utico, no pueden faltar tampoco en la interpretaci贸n en que se integran juicio hist贸rico y juicio teol贸gico; ello exige, en primer lugar, que en este tipo de interpretaci贸n se preste la m谩xima atenci贸n a los elementos de diferenciaci贸n y extra帽eza entre presente y pasado. En particular, cuando se pretende juzgar posibles culpas del pasado, hay que tener presente que son diversos los tiempos hist贸ricos y son diversos los tiempos sociol贸gicos y culturales de la acci贸n eclesial, por lo cual, paradigmas y juicios propios de una sociedad y de una 茅poca podr铆an ser aplicados err贸neamente en la valoraci贸n de otras fases de la historia, dando origen a no pocos equ铆vocos; son diversas las personas, las instituciones y sus respectivas competencias; son diversos los modos de pensar y los condicionamientos. Hay que precisar, por tanto, las responsabilidades de los acontecimientos y de las palabras dichas, teniendo en cuanta el hecho de que una petici贸n eclesial de perd贸n compromete al mismo sujeto teol贸gico, la Iglesia, en la variedad de los modos y del grado en que los individuos singulares representan a la comunidad eclesial y en la diversidad de las situaciones hist贸ricas y geogr谩ficas, con frecuencia muy diferentes entre s铆. Cualquier tipo de generalizaci贸n debe ser evitada. Cualquier posible pronunciamiento en la actualidad debe quedar situado y debe ser producido por los sujetos m谩s directamente encausados (Iglesia universal, Episcopados nacionales, Iglesias particulares etc茅tera).

En segundo lugar, la correlaci贸n de juicio hist贸rico y juicio teol贸gico debe tener en cuenta el hecho de que, para la interpretaci贸n de la fe, la conexi贸n entre pasado y presente no est谩 motivada solamente por los intereses actuales y por la com煤n pertenencia de todo ser humano a la historia y a sus mediaciones expresivas, sino que se fundamenta tambi茅n en la acci贸n unificante del Esp铆ritu de Dios y en la identidad permanente del principio constitutivo de la comuni贸n de los creyentes, que es la revelaci贸n. La Iglesia, por raz贸n de la comuni贸n producida en ella por el Esp铆ritu de Cristo en el tiempo y en el espacio, no puede dejar de reconocerse en su principio sobrenatural, presente y operante en todos los tiempos, como sujeto en cierto modo 煤nico, llamado a corresponder al don de Dios en formas y situaciones diversas por medio de las opciones de sus hijos, aun con todas las carencias que puedan haberlas caracterizado. La comuni贸n en el 煤nico Esp铆ritu Santo es el fundamento tambi茅n diacr贸nico de una comuni贸n de los 芦santos禄, en virtud de la cual los bautizados de hoy se sienten vinculados a los bautizados de ayer y, as铆 como se benefician de sus m茅ritos y se nutren de su testimonio de santidad, igualmente se sienten en el deber de asumir el posible peso actual de sus culpas, tras haber hecho un discernimiento atento tanto desde el punto de vista hist贸rico como teol贸gico.

Gracias a este fundamento objetivo y trascendente de la comuni贸n del pueblo de Dios en sus varias situaciones hist贸ricas, la interpretaci贸n creyente reconoce al pasado de la Iglesia un significado totalmente peculiar para el momento presente: el encuentro con ese pasado, que se produce en el acto de la interpretaci贸n, puede revelarse cargado de particulares valencias para el presente, rico en una eficacia performativa que no siempre puede calcularse de modo previo. Obviamente, el car谩cter fuertemente unitario del horizonte hermen茅utico y del sujeto eclesial interpretante deja m谩s f谩cilmente expuesta la consideraci贸n teol贸gica al riesgo de ceder a lecturas apolog茅ticas o instrumentales; es aqu铆 donde el ejercicio hermen茅utico dirigido a aprehender los sucesos y las palabras del pasado y a medir la correcci贸n de su interpretaci贸n para el presente se hace m谩s necesario. La lectura creyente se servir谩 con tal objetivo de todas las aportaciones que puedan ofrecer las ciencias hist贸ricas y los m茅todos de interpretaci贸n. El ejercicio de la hermen茅utica hist贸rica no deber谩 impedir a la valoraci贸n de la fe la interpelaci贸n de los textos seg煤n su peculiaridad, haciendo, por tanto, que puedan interactuar presente y pasado en la conciencia de la unidad fundamental del sujeto eclesial implicado en ellos. Esto pone en guardia frente a todo historicismo que relativice el peso de las culpas pasadas y que considere que la historia es capaz de justificarlo todo. Como observa Juan Pablo II, 芦un correcto juicio hist贸rico no puede prescindir de un atento estudio de los condicionamientos culturales del momento... Pero la consideraci贸n de las circunstancias atenuantes no dispensa a la Iglesia del deber de lamentar profundamente las debilidades de tantos hijos suyos禄67. La Iglesia, en resumen, 芦no tiene miedo a la verdad que emerge de la historia y est谩 dispuesta a reconocer equivocaciones all铆 donde se han verificado, sobre todo cuando se trata del respeto debido a las personas y a las comunidades. Pero es propensa a desconfiar de los juicios generalizados de absoluci贸n o de condena respecto a las diversas 茅pocas hist贸ricas. Conf铆a la investigaci贸n sobre el pasado a la paciente y honesta reconstrucci贸n cient铆fica, libre de prejuicios de tipo confesional o ideol贸gico, tanto por lo que respecta a las atribuciones de culpa que se le hacen como respecto a los da帽os que ella ha padecido禄68. Los ejemplos ofrecidos en el cap铆tulo siguiente lo podr谩n demostrar de modo concreto.

CAP脥TULO V
DISCERNIMIENTO 脡TICO

Para que la Iglesia realice un adecuado examen de conciencia hist贸rico delante de Dios, con vistas a la propia renovaci贸n interior y al crecimiento en la gracia y en la santidad, es necesario que sepa reconocer las 芦formas de antitestimonio y de esc谩ndalo禄 que se han presentado en su historia, en particular durante el 煤ltimo milenio. No es posible llevar a cabo una tarea semejante sin ser conscientes de su relevancia moral y espiritual. Ello exige la definici贸n de algunos t茅rminos clave, adem谩s de la formulaci贸n de algunas precisiones necesarias en el plano 茅tico.

1. Algunos criterios 茅ticos

En el plano moral, la petici贸n de perd贸n presupone siempre una admisi贸n de responsabilidad, y precisamente de la responsabilidad relativa a una culpa cometida contra otros. La responsabilidad moral normalmente se refiere a la relaci贸n entre la acci贸n y la persona que la realiza; establece la pertenencia de un acto, su atribuci贸n, a una persona concreta o a m谩s personas. La responsabilidad puede ser objetiva o subjetiva: la primera se refiere al valor moral del acto en s铆 mismo en cuanto bueno o malo, y por tanto a la imputabilidad de la acci贸n; la segunda se refiere a la percepci贸n efectiva por parte de la conciencia individual, de la bondad o malicia del acto realizado. La responsabilidad subjetiva cesa con la muerte de quien ha realizado el acto: no se transmite por generaci贸n, por lo que los descendientes no heredan la responsabilidad (subjetiva) de los actos de sus antepasados. En tal sentido, pedir perd贸n presupone una contemporaneidad entre aquellos que son ofendidos por una acci贸n y aquellos que la han realizado. La 煤nica responsabilidad capaz de continuar en la historia puede ser la de tipo objetivo, a la cual se puede prestar o no una adhesi贸n subjetiva en cualquier momento de modo libre. As铆, el mal cometido sobrevive muchas veces a quien lo ha realizado a trav茅s de las consecuencias de los comportamientos, que pueden convertirse en un pesado fardo sobre la conciencia y la memoria de los descendientes.

En tal contexto se puede hablar de una solidaridad que une el pasado y el presente en una relaci贸n de reciprocidad. En ciertas situaciones, el peso que cae sobre la conciencia puede ser tan pesado que constituye una especie de memoria moral y religiosa del mal cometido, que es por su naturaleza una memoria com煤n: 茅sta testimonia de modo elocuente la solidaridad objetivamente existente entre quienes han hecho el mal en el pasado y sus herederos en el presente. Es entonces cuando resulta posible hablar de una responsabilidad com煤n objetiva. Del peso de tal responsabilidad se nos libera, ante todo, implorando el perd贸n de Dios por las culpas del pasado, y por tanto, cuando se da el caso, a trav茅s de la purificaci贸n de la memoria, que culmina en el perd贸n rec铆proco de los pecados y de las ofensas en el presente.

Purificar la memoria significa eliminar de la conciencia personal y com煤n todas las formas de resentimiento y de violencia que la herencia del pasado haya dejado, sobre la base de un juicio hist贸rico-teol贸gico nuevo y riguroso, que funda un posterior comportamiento moral renovado. Esto sucede cada vez que se llega a atribuir a los hechos hist贸ricos pasados una cualidad diversa, que comporta una incidencia nueva y diversa sobre el presente con vistas al crecimiento de la reconciliaci贸n en la verdad, en la justicia y en la caridad entre los seres humanos y, en particular, entre la Iglesia y las diversas comunidades religiosas, culturales o civiles con las que entra en relaci贸n. Modelos emblem谩ticos de esta incidencia que puede tener un posterior juicio interpretativo autorizado sobre la vida entera de la Iglesia son la recepci贸n de los concilios, o actos como la abolici贸n de los anatemas rec铆procos, que expresan una nueva cualificaci贸n de la historia pasada en condiciones de producir una caracterizaci贸n distinta de las relaciones vividas en el presente. La memoria de la divisi贸n y de la contraposici贸n queda purificada y es sustituida por una memoria reconciliada, a la cual son invitados a abrirse y a educarse todos en la Iglesia.

La combinaci贸n de juicio hist贸rico y juicio teol贸gico en el proceso interpretativo del pasado queda unida aqu铆 a las repercusiones 茅ticas que puede tener en el presente, y que implican algunos principios, correspondientes en el plano moral a la fundaci贸n hermen茅utica de la relaci贸n entre juicio hist贸rico y juicio teol贸gico. Estos principios son:

a) El principio de conciencia

La conciencia, tanto como juicio moral cuanto como imperativo moral, constituye la valoraci贸n 煤ltima de un acto en relaci贸n con su bondad o maldad ante Dios. En efecto, tan s贸lo Dios conoce el valor moral de cada acto humano, aun cuando la Iglesia, como Jes煤s, pueda y deba clasificar, juzgar y en ocasiones condenar algunos tipos de comportamiento (cf. Mt 18,15-18).

b) El principio de historicidad

Precisamente en cuanto cada acto humano pertenece a quien lo hace, cada conciencia individual y cada sociedad elige y act煤a en el interior de un determinado horizonte de tiempo y espacio. Para comprender de verdad los actos humanos y los dinamismos a ellos unidos, deberemos entrar, por tanto, en el mundo propio de quienes los han realizado; solamente as铆 podremos llegar a conocer sus motivaciones y sus principios morales. Y esto se afirma sin perjuicio de la solidaridad que vincula a los miembros de una espec铆fica comunidad en el discurrir del tiempo.

c) El principio de cambio de 芦paradigma禄

Mientras que antes de la llegada del Iluminismo exist铆a una especie de 贸smosis entre Iglesia y Estado, entre fe y cultura, moralidad y ley, a partir del siglo XVIII esta relaci贸n ha quedado notablemente modificada. El resultado es una transici贸n de una sociedad sacral a una sociedad pluralista o, como ha sucedido en algunos casos, a una sociedad secular; los modelos de pensamiento y de acci贸n, los llamados paradigmas de acci贸n y de valoraci贸n, van cambiando. Semejante transici贸n tiene un impacto directo sobre los juicios morales, aun cuando este influjo no justifica en modo alguno una idea relativista de los principios morales o de la naturaleza de la misma moralidad.

El proceso entero de la purificaci贸n de la memoria, en cuanto exige la correcta combinaci贸n de valoraci贸n hist贸rica y de mirada teol贸gica, ha de ser vivido por parte de los hijos de la Iglesia no s贸lo con el rigor que tiene en cuenta de modo preciso los criterios y los principios indicados, sino tambi茅n con una continua invocaci贸n de la asistencia del Esp铆ritu Santo, para no caer en el resentimiento o en la autoflagelaci贸n y llegar m谩s bien a la confesi贸n del Dios cuya 芦misericordia va de generaci贸n en generaci贸n禄 (Lc 1,50), que quiere la vida y no la muerte, el perd贸n y no la condena, el amor y no el temor. En este punto se debe poner igualmente en evidencia el car谩cter de ejemplaridad que la honesta admisi贸n de las culpas pasadas puede ejercer sobre las mentalidades en la Iglesia y en la sociedad civil, reclamando un compromiso renovado de obediencia a la Verdad y de respeto consiguiente hacia la dignidad y los derechos de los otros, especialmente de los m谩s d茅biles. En tal sentido, las numerosas peticiones de perd贸n formuladas por Juan Pablo II constituyen un ejemplo que pone en evidencia un bien y estimula a su imitaci贸n, reclamando de los individuos y de los pueblos un examen de conciencia honesto y fructuoso, que abra caminos de reconciliaci贸n.

A la luz de estas clarificaciones en el plano 茅tico se pueden ahora profundizar algunos ejemplos, entre los cuales se encuentran los mencionados en la Tertio millennio adveniente69, en los que el comportamiento de los hijos de la Iglesia parece haber estado en contradicci贸n con el Evangelio de Jesucristo de un modo significativo.

2. La divisi贸n de los cristianos

La unidad es la ley de la vida del Dios trinitario revelado al mundo por el Hijo (cf. Jn 17,21), el cual, en la fuerza del Esp铆ritu Santo, amando hasta el extremo (Jn 13,1), hace participar de esta vida a los suyos. Esta unidad deber谩 ser la fuente y la forma de la comuni贸n de vida de la humanidad con el Dios trino. Si los cristianos viven esta ley de amor mutuo, de modo que sean uno 芦como el Padre y el Hijo son uno禄, se conseguir谩 que 芦el mundo crea que el Hijo ha sido enviado por el Padre禄 (Jn 17,21) y que 芦todos sepan que ellos son mis disc铆pulos禄 (Jn 13,35). Desgraciadamente no ha sucedido as铆, particularmente en este milenio que llega a su fin, en el cual han aparecido entre los cristianos grandes divisiones, en abierta contradicci贸n con la voluntad expresa de Cristo, como si 脡l mismo hubiese sido dividido (cf. 1 Cor 1,13). El Concilio Vaticano II juzga este hecho con las siguientes palabras: 芦Tal divisi贸n contradice abiertamente la voluntad de Cristo, es un esc谩ndalo para el mundo y da帽a a la sant铆sima causa de la predicaci贸n del Evangelio a toda criatura禄70.

Las principales escisiones que durante el pasado milenio 芦han afectado a la t煤nica incons煤til de Cristo禄71son el cisma entre las Iglesias de Oriente y de Occidente al comienzo de este milenio y, en Occidente, cuatro siglos m谩s tarde, la laceraci贸n causada por aquellos acontecimientos 芦que reciben com煤nmente el nombre de Reforma禄72. Es verdad que 芦estas diversas divisiones difieren mucho entre s铆, no s贸lo por raz贸n de su origen, lugar y tiempo, sino, sobre todo, por la naturaleza y gravedad de las cuestiones relativas a la fe y a la estructura eclesi谩stica禄73. En el cisma del siglo XI jugaron un papel importante factores de car谩cter social e hist贸rico, mientras que el aspecto doctrinal se refer铆a a la autoridad de la Iglesia y al Obispo de Roma, una materia que en aquel momento no hab铆a alcanzado la claridad con la que se presenta hoy gracias al desarrollo doctrinal de este milenio. Con la Reforma, por el contrario, fueron objeto de controversia otros campos de la revelaci贸n y de la doctrina.

La v铆a que se ha abierto para superar estas diferencias es la del di谩logo doctrinal animado por el amor mutuo. Com煤n a ambas laceraciones parece haber sido la falta de amor sobrenatural, de agape. Desde el momento en que esta caridad es el mandamiento supremo del Evangelio, sin el cual todo lo dem谩s es solamente 芦bronce que resuena o c铆mbalo que reti帽e禄 (1 Cor 13,1), una carencia semejante ha de ser considerada con toda seriedad delante del Resucitado, Se帽or de la Iglesia y de la historia. Bas谩ndose en el reconocimiento de esta carencia, el papa Pablo VI ha pedido perd贸n a Dios y a los 芦hermanos separados禄 que se sintiesen ofendidos 芦por nosotros禄 (la Iglesia cat贸lica)74.

En 1965, en el clima producido por el Concilio Vaticano II, el patriarca Aten谩goras en su di谩logo con Pablo VI puso de relieve el tema de la restauraci贸n (apokatastasis) del amor mutuo, esencial despu茅s de una historia tan cargada de contraposiciones, de desconfianza rec铆proca y de antagonismos75. Lo que estaba en juego era un pasado que a煤n ejerc铆a su influencia a trav茅s de la memoria: los acontecimientos de 1965 (culminados el 7 de diciembre de 1965 con la supresi贸n de los anatemas de 1054 entre Oriente y Occidente) representan una confesi贸n de la culpa contenida en la precedente exclusi贸n rec铆proca, capaz de purificar la memoria y de generar una nueva. El fundamento de esta nueva memoria no puede ser m谩s que el amor rec铆proco o, mejor, el compromiso renovado para vivirlo. 脡ste es el mandamiento ante omnia (1 Pe 4,8) para la Iglesia, en Oriente como en Occidente. De este modo la memoria libera de la prisi贸n del pasado e invita a cat贸licos y a ortodoxos, como tambi茅n a cat贸licos y protestantes, a ser los arquitectos de un futuro m谩s conforme al mandamiento nuevo. En este sentido resulta ejemplar el testimonio que han prestado a esta nueva memoria el papa Pablo VI y el patriarca Aten谩goras.

Particularmente relevante en relaci贸n con el camino hacia la unidad puede resultar la tentaci贸n a dejarse guiar, o hasta determinar, por factores culturales, por condicionamientos hist贸ricos o por prejuicios que alimentan la separaci贸n y la desconfianza rec铆proca entre cristianos, aunque nada tengan que ver con las cuestiones de fe. Los hijos de la Iglesia deben examinar su conciencia con seriedad para ver si est谩n activamente comprometidos en la obediencia al imperativo de la unidad y viven la 芦conversi贸n interior禄, 芦porque los deseos de unidad brotan y maduran como fruto de la renovaci贸n de la mente, de la abnegaci贸n de s铆 mismo y de una efusi贸n lib茅rrima de la caridad禄76. En el per铆odo transcurrido desde la conclusi贸n del Concilio hasta hoy la resistencia a su mensaje ciertamente ha entristecido al Esp铆ritu de Dios (Ef 4,30). En la medida en que algunos cat贸licos se complacen en permanecer ligados a las separaciones del pasado, sin hacer nada por remover los obst谩culos que impiden la unidad, se podr铆a hablar justamente de solidaridad en el pecado de la divisi贸n (1 Cor 1,10-16). En tal contexto pueden recordarse las palabras del Decreto sobre el Ecumenismo: 芦Humildemente pedimos perd贸n a Dios y a los hermanos separados, as铆 como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido禄77.

3. El uso de la violencia al servicio de la verdad

Al antitestimonio de la divisi贸n entre los cristianos hay que a帽adir el de las ocasiones en que durante el pasado milenio se han utilizado medios dudosos para conseguir fines buenos, como la predicaci贸n del Evangelio y la defensa de la unidad de la fe: 芦Otro cap铆tulo doloroso sobre el que los hijos de la Iglesia deben volver con 谩nimo abierto al arrepentimiento est谩 constituido por la aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con m茅todos de intolerancia y hasta de violencia en el servicio a la verdad禄78. Se refiere con ello a las formas de evangelizaci贸n que han empleado instrumentos impropios para anunciar la verdad revelada o no han realizado un discernimiento evang茅lico adecuado a los valores culturales de los pueblos o no han respetado las conciencias de las personas a las que se presentaba la fe, e igualmente a las formas de violencia ejercidas en la represi贸n y correcci贸n de los errores.

Una atenci贸n an谩loga hay que prestar a las posibles omisiones de que se hayan hecho responsables los hijos de la Iglesia, en las m谩s diversas situaciones de la historia, respecto a la denuncia de injusticias y de violencias: 芦Est谩 tambi茅n la falta de discernimiento de no pocos cristianos respecto a situaciones de violaci贸n de los derechos humanos fundamentales. La petici贸n de perd贸n vale por todo aquello que se ha omitido o callado a causa de la debilidad o de una valoraci贸n equivocada, por lo que se ha hecho o dicho de modo indeciso o poco id贸neo禄79.

Como siempre, resulta decisivo establecer la verdad hist贸rica mediante la investigaci贸n hist贸rico-cr铆tica. Una vez establecidos los hechos, ser谩 necesario evaluar su valor espiritual y moral e igualmente su significado objetivo. Solamente as铆 ser谩 posible evitar cualquier tipo de memoria m铆tica y acceder a una adecuada memoria cr铆tica, capaz, a la luz de la fe, de producir frutos de conversi贸n y de renovaci贸n: 芦De aquellos rasgos dolorosos del pasado emerge una lecci贸n para el futuro, que debe empujar a todo cristiano a afianzarse en el principio 谩ureo fijado por el Concilio: 鈥淟a verdad no se impone m谩s que por la fuerza de la verdad misma, que penetra en las mentes de modo suave y a la vez con vigor鈥澛�80.

4. Cristianos y hebreos

Uno de los campos que requiere un examen de conciencia particular es la relaci贸n entre cristianos y hebreos81. La relaci贸n de la Iglesia con el pueblo hebreo es diversa de la que condivide con cualquier otra religi贸n82. Y, sin embargo, 芦la historia de las relaciones entre hebreos y cristianos es una historia atormentada [... En efecto, el balance de estas relaciones durante dos milenios ha sido m谩s bien negativo禄83. La hostilidad o la desconfianza de numerosos cristianos hacia los hebreos a lo largo del tiempo es un hecho hist贸rico doloroso y es causa de profunda amargura para los cristianos conscientes del hecho de que 芦Jes煤s era descendiente de David; de que del pueblo hebreo nacieron la Virgen Mar铆a y los Ap贸stoles; de que la Iglesia recibe su sustento de las ra铆ces de aquel buen olivo al que est谩n unidas las ramas del olivo selv谩tico de los gentiles (cf. Rom 11,17-24); de que los hebreos son nuestros hermanos queridos y amados, y de que, en cierto sentido, son verdaderamente 鈥渘uestros hermanos mayores鈥澛�84.

La Shoah fue ciertamente el resultado de una ideolog铆a pagana, como era el nazismo, animada por un antisemitismo despiadado, que no s贸lo despreciaba la fe, sino que negaba hasta la misma dignidad humana del pueblo hebreo. No obstante, 芦hay que preguntarse si la persecuci贸n del nazismo respecto a los hebreos no haya sido facilitada por los prejuicios antijud铆os presentes en las mentes y en los corazones de algunos cristianos [... 驴Ofrecieron los cristianos toda la asistencia posible a los perseguidos, en particular a los hebreos?禄85. Hubo, sin duda, muchos cristianos que arriesgaron su vida para salvar y ayudar a sus conocidos hebreos. Pero parece igualmente verdad que, 芦junto a tales hombres y mujeres valerosos, la resistencia espiritual y la acci贸n cristiana de otros cristianos no fue la que se hubiera debido esperar de disc铆pulos de Cristo禄86. Este hecho constituye una apelaci贸n a la conciencia de todos los cristianos de hoy, capaz de exigir 芦un acto de arrepentimiento (teshuva)禄87 y de convertirse en acicate para redoblar los esfuerzos por ser 芦transformados mediante la renovaci贸n de la mente禄 (Rom 12,2) y por mantener una 芦memoria moral y religiosa禄 de la herida infligida a los hebreos. En este campo, lo mucho que ya se ha hecho podr谩 ser confirmado y profundizado.

5. Nuestra responsabilidad por los males de hoy

芦La 茅poca actual, junto a muchas luces, presenta tambi茅n no pocas sombras禄88. En primer plano puede se帽alarse entre 茅stas el fen贸meno de la negaci贸n de Dios en sus m煤ltiples formas. Lo que llama especialmente la atenci贸n es que esta negaci贸n, especialmente en sus aspectos m谩s te贸ricos, es un proceso que ha emergido en el mundo occidental. Unida al eclipse de Dios se encuentra, adem谩s, una serie de fen贸menos negativos como la indiferencia religiosa, la difusa falta del sentido trascendente de la vida humana, un clima de secularismo y de relativismo 茅tico, la negaci贸n del derecho a la vida del ni帽o no nacido, incluso sancionada en las legislaciones abortistas, y una amplia indiferencia respecto al grito de los pobres en amplios sectores de la familia humana.

La cuesti贸n inquietante que hay que plantear es en qu茅 medida los creyentes mismos han sido responsables de estas formas de ate铆smo, te贸rico y pr谩ctico. La Gaudium et spes responde con palabras cuidadosamente elegidas: 芦En este campo tambi茅n los mismos creyentes tienen muchas veces alguna responsabilidad. Pues el ate铆smo, considerado en su integridad, no es un fen贸meno originario, sino m谩s bien un fen贸meno surgido de diferentes causas, entre las que se encuentra tambi茅n una reacci贸n cr铆tica contra las religiones y, ciertamente, en no pocos pa铆ses contra la religi贸n cristiana. Por ello, en esta g茅nesis del ate铆smo puede corresponder a los creyentes una parte no peque帽a禄89.

Desde el momento en que el rostro aut茅ntico de Dios ha sido revelado en Jesucristo, a los cristianos se les ofrece la gracia inconmensurable de conocer este rostro; los cristianos, sin embargo, tienen tambi茅n la responsabilidad de vivir de tal modo que manifiesten a los otros el verdadero rostro del Dios vivo. Ellos est谩n llamados a irradiar al mundo la verdad de que 芦Dios es amor (agape)禄 (1 Jn 4,8.16). Porque Dios es amor, es tambi茅n Trinidad de Personas, cuya vida consiste en su infinita y rec铆proca comunicaci贸n en el amor. De ello se deduce que el mejor camino para que los cristianos irradien la verdad del Dios amor es el amor mutuo: 芦En esto conocer谩n todos que sois disc铆pulos m铆os: si ten茅is amor unos para con otros禄 (Jn 13,35). Y esto hasta el punto de poder afirmar que frecuentemente los cristianos 芦por descuido en la educaci贸n para la fe, por una exposici贸n falsificada de la doctrina, o tambi茅n por los defectos de su vida religiosa, moral y social, puede decirse que han velado el verdadero rostro de Dios y de la religi贸n, m谩s que revelarlo禄90.

Hay que destacar, finalmente, que mencionar estas culpas de los cristianos no es tan s贸lo confesarlas a Cristo Salvador, sino tambi茅n alabar al Se帽or de la historia por el amor misericordioso. Efectivamente, los cristianos no creen s贸lo en la existencia del pecado, sino tambi茅n y sobre todo en el 芦perd贸n de los pecados禄. Adem谩s recordar estas culpas quiere decir tambi茅n aceptar nuestra solidaridad con quienes en el bien y en el mal nos han precedido en el camino de la verdad, ofrecer al presente un fuerte motivo de conversi贸n a las exigencias del Evangelio y poner un necesario preludio a la petici贸n de perd贸n a Dios, que abre el camino a la reconciliaci贸n mutua.

CAP脥TULO VI
PERSPECTIVAS PASTORALES Y MISIONERAS

A la luz de las consideraciones hechas, es posible preguntarse ahora: 驴cu谩les son los objetivos pastorales, en vista de los cuales la Iglesia se hace cargo de las culpas cometidas en el pasado por sus hijos en su nombre y hace prop贸sito de la enmienda? 驴Cu谩les las implicaciones en la vida del pueblo de Dios? 驴Y cu谩les las resonancias respecto a la misi贸n de la Iglesia y a su di谩logo con las diversas culturas y religiones?

1. Las finalidades pastorales

Entre las m煤ltiples finalidades pastorales del reconocimiento de las culpas del pasado se pueden poner de manifiesto las siguientes:

a) En primer lugar, estos actos tienden a la purificaci贸n de la memoria, que, como se ha dicho, es el proceso de una valoraci贸n renovada del pasado, capaz de incidir en no peque帽a medida en el presente, ya que los pecados pasados hacen sentir todav铆a su peso y permanecen como posibles tentaciones tambi茅n en la actualidad. Sobre todo si ha madurado en el di谩logo y en la b煤squeda paciente de reciprocidad con quien pudiera sentirse ofendido por sucesos o palabras del pasado, la remoci贸n de la memoria personal y com煤n de cualquier causa de posible resentimiento por el mal padecido, y de todo influjo negativo de aquel hecho del pasado, puede contribuir a hacer crecer la comunidad eclesial en la santidad, por medio de la reconciliaci贸n y de la paz en la obediencia a la Verdad. 芦Reconocer los fracasos de ayer, subraya el Papa, es acto de lealtad y de valent铆a que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haci茅ndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy禄91. Es bueno para tal fin que la memoria de la culpa incluya todas las posibles faltas cometidas, aunque solamente algunas de ellas sean hoy mencionadas de modo frecuente. En cualquier caso, nunca se puede olvidar el precio que tantos cristianos han pagado por su fidelidad al Evangelio y al servicio del pr贸jimo en la caridad92.

b) Una segunda finalidad pastoral, estrictamente unida a la anterior, puede ser reconocida en la promoci贸n de la perenne reforma del pueblo de Dios, 芦de modo que si algunas cosas, sea en las costumbres o en la disciplina eclesi谩stica, y asimismo en el modo de exponer la doctrina, lo cual debe ser cuidadosamente distinguido del dep贸sito mismo de la fe, han sido observadas de modo menos cuidadoso, seg煤n las circunstancias de hecho o de tiempo, sean oportunamente colocadas en el orden justo y debido禄93. Todos los bautizados est谩n llamados a 芦examinar su fidelidad a la voluntad de Cristo acerca de la Iglesia y, como es su obligaci贸n, a emprender con vigor la obra de renovaci贸n y de reforma禄94. El criterio de la verdadera reforma y de la aut茅ntica renovaci贸n no puede ser m谩s que la fidelidad a la voluntad de Dios respecto a su pueblo95, lo que implica un esfuerzo sincero para liberarse de todo lo que aleja de ella, ya se trate de culpas presentes o se refiera a la herencia del pasado.

c) Una finalidad ulterior puede verse en el testimonio que de este modo rinde la Iglesia al Dios de la misericordia y a su voluntad que libera y salva, a partir de la experiencia que ella ha hecho y hace de 脡l en la historia, y en el servicio que de este modo desarrolla en relaci贸n con la humanidad, para contribuir a superar los males del presente. Juan Pablo II afirma que 芦un serio examen de conciencia ha sido auspiciado por numerosos cardenales y obispos sobre todo para la Iglesia del presente. A las puertas del nuevo milenio, los cristianos deben ponerse humildemente ante el Se帽or para interrogarse sobre las responsabilidades que tambi茅n ellos tienen en relaci贸n con los males de nuestro tiempo禄96y para contribuir, en consecuencia, a su superaci贸n en la obediencia al esplendor de la Verdad salv铆fica.

2. Las implicaciones eclesiales

驴Qu茅 implicaciones tiene un acto eclesial de petici贸n de perd贸n en la vida de la misma Iglesia? Son varios los aspectos que emergen:

a) Ante todo hay que tener en cuenta los procesos diversificados de recepci贸n de los gestos de arrepentimiento eclesial, ya que var铆an en funci贸n de los contextos religiosos, culturales, pol铆ticos, sociales, personales, etc. A esta luz se debe considerar el hecho de que acontecimientos o palabras ligadas a una historia contextualizada no tienen necesariamente un alcance universal y, viceversa, que hechos condicionados por una determinada perspectiva teol贸gica y pastoral han implicado consecuencias de gran peso para la difusi贸n del Evangelio (pi茅nsese, por ejemplo, en los diversos modelos hist贸ricos de la teolog铆a de la misi贸n). Adem谩s, hay que evaluar la relaci贸n entre los beneficios espirituales y los posibles costes de tales actos, tambi茅n teniendo en cuenta los acentos indebidos que los 芦medios禄 pueden dar a algunos aspectos de los pronunciamientos eclesiales; siempre se ha de tener en cuenta la advertencia del ap贸stol Pablo para acoger, considerar y sostener con prudencia y amor a los 芦d茅biles en la fe禄 (cf. Rom 14,1). En particular, hay que prestar atenci贸n a la historia, a la identidad y a los contextos de las Iglesias orientales y de las Iglesias que act煤an en continentes o pa铆ses donde la presencia cristiana es ampliamente minoritaria.

b) Se debe precisar el sujeto adecuado que debe pronunciarse respecto a culpas pasadas, sea que se trate de Pastores locales, considerados personal o colegialmente, sea que se trate del Pastor universal, el Obispo de Roma. En esta perspectiva es oportuno tener en cuenta, al reconocer las culpas pasadas e indicar los referentes actuales que mejor podr铆an hacerse cargo de ellas, la distinci贸n entre magisterio y autoridad en la Iglesia: no todo acto de autoridad tiene valor de magisterio, por lo que un comportamiento contrario al Evangelio, de una o m谩s personas revestidas de autoridad, no lleva de por s铆 una implicaci贸n del carisma magisterial, asegurado por el Se帽or a los pastores de la Iglesia, y no requiere, por tanto, ning煤n acto magisterial de reparaci贸n.

c) Hay que subrayar que el destinatario de toda posible petici贸n de perd贸n es Dios, y que eventuales destinatarios humanos, sobre todo si son colectivos, en el interior o fuera de la comunidad eclesial, deben ser identificados con adecuado discernimiento hist贸rico y teol贸gico, sea para realizar actos de reparaci贸n convenientes, sea para testimoniar ante ellos la buena voluntad y el amor a la verdad por parte de los hijos de la Iglesia. Ello se podr谩 lograr tanto mejor cuanto mayor sea el di谩logo y la reciprocidad entre las partes en causa en un hipot茅tico camino de reconciliaci贸n, vinculado al reconocimiento de las culpas y al arrepentimiento por ellas, sin ignorar que la reciprocidad, a veces imposible a causa de las convicciones religiosas del interlocutor, no puede ser considerada condici贸n indispensable y que la gratuidad del amor se expresa a menudo en una iniciativa unilateral.

d) Los posibles gestos de reparaci贸n est谩n ligados al reconocimiento de una responsabilidad que se prolonga en el tiempo y que podr谩n tener tanto un car谩cter simb贸lico-prof茅tico como un valor de reconciliaci贸n efectiva (por ejemplo, entre los cristianos divididos). Tambi茅n en la definici贸n de estos actos es de desear una b煤squeda com煤n con los posibles destinatarios, escuchando las leg铆timas reclamaciones que puedan presentar.

e) En el plano pedag贸gico se debe evitar la perpetuaci贸n de im谩genes negativas del otro, e igualmente la puesta en marcha de procesos de autoculpabilizaci贸n indebida, subrayando c贸mo el hacerse cargo de culpas pasadas es para el que cree una especie de participaci贸n en el misterio de Cristo crucificado y resucitado, que ha cargado con las culpas de todos. Esta perspectiva pascual se revela particularmente adecuada para producir frutos de liberaci贸n, de reconciliaci贸n y de alegr铆a para todos aquellos que con fe viva est谩n implicados en la petici贸n de perd贸n, sea como sujetos o como destinatarios.

3. Las implicaciones en el plano del di谩logo y de la misi贸n

Las implicaciones previsibles en el plano del di谩logo y de la misi贸n, como consecuencia de un reconocimiento eclesial de las culpas del pasado, son diversas:

a) En el plano misionero hay que evitar, ante todo, que tales actos contribuyan a disminuir el impulso de la evangelizaci贸n mediante la exasperaci贸n de los aspectos negativos. No obstante, se debe tener en cuenta el hecho de que estos mismos actos podr谩n hacer crecer la credibilidad del mensaje, en cuanto nacen de la obediencia a la verdad y tienden a frutos efectivos de reconciliaci贸n. En particular, los misioneros ad gentes tendr谩n cuidado en contextualizar la propuesta de estos temas de modo conforme a la efectiva capacidad de recepci贸n en los ambientes en que act煤an (por ejemplo, determinados aspectos de la historia de la Iglesia en Europa podr谩n resultar poco significativos para muchos pueblos no europeos).

b) En el plano ecum茅nico, la finalidad de posibles actos eclesiales de arrepentimiento no puede ser otra que la unidad querida por el Se帽or. En esta perspectiva es a煤n m谩s de desear que sean realizados en reciprocidad, aun cuando a veces gestos prof茅ticos podr谩n exigir una iniciativa unilateral y absolutamente gratuita.

c) En el plano interreligioso es oportuno poner de relieve c贸mo para los creyentes en Cristo el reconocimiento de las culpas pasadas por parte de la Iglesia es conforme a las exigencias de la fidelidad al Evangelio y, por tanto, constituye un luminoso testimonio de su fe en la verdad y en la misericordia del Dios revelado por Jes煤s. Lo que hay que evitar es que actos semejantes sean interpretados equivocadamente como confirmaciones de posibles prejuicios respecto al cristianismo. Ser铆a deseable, por otra parte, que estos actos de arrepentimiento estimulasen tambi茅n a los fieles de otras religiones a reconocer las culpas de su propio pasado. Como la historia de la humanidad est谩 llena de violencias, genocidios, violaciones de los derechos humanos y de los derechos de los pueblos, explotaci贸n de los d茅biles y divinizaci贸n de los poderosos, del mismo modo la historia de las religiones est谩 revestida de intolerancia, superstici贸n, connivencia con poderes injustos y negaci贸n de la dignidad y libertad de las conciencias. 隆Los cristianos no han sido una excepci贸n y son conscientes de cu谩n pecadores son todos ante Dios!

d) En el di谩logo con las culturas se debe tener presente, ante todo, la complejidad y la pluralidad de las mentalidades con que se dialoga, respecto a la idea de arrepentimiento y de perd贸n. En todos los casos, el hecho de cargar por parte de la Iglesia con las culpas pasadas debe ser iluminado a la luz del mensaje evang茅lico y, en particular, de la presentaci贸n del Se帽or crucificado, revelaci贸n de la misericordia y fuente de perd贸n, adem谩s de la peculiar naturaleza de la comuni贸n eclesial, una en el tiempo y en el espacio. All铆 donde una cultura fuese totalmente ajena a la idea de una petici贸n de perd贸n, deben ser presentadas de modo oportuno las razones teol贸gicas y espirituales que motivan este acto a partir del mensaje cristiano y debe ser tenido en cuenta su car谩cter cr铆tico-prof茅tico. Donde haya que confrontarse con el prejuicio de una actitud de indiferencia hacia la palabra de la fe, se debe tener en cuenta un doble posible efecto de estos actos de arrepentimiento eclesial: si, por una parte, pueden confirmar prejuicios negativos o actitudes de desprecio y de hostilidad, de otra parte participan de la misteriosa atracci贸n caracter铆stica del 芦Dios crucificado禄97. Adem谩s hay que tener en cuenta el hecho de que, en el actual contexto cultural, sobre todo en Occidente, la invitaci贸n a la purificaci贸n de la memoria implica un compromiso com煤n a creyentes y no creyentes. Ya este trabajo com煤n constituye un testimonio positivo de docilidad a la verdad.

e) Con relaci贸n a la sociedad civil se debe considerar la diferencia que existe entre la Iglesia, misterio de gracia, y cualquier sociedad temporal, pero tampoco se debe olvidar el car谩cter de ejemplaridad que la petici贸n eclesial de perd贸n puede presentar y el est铆mulo consiguiente que puede ofrecer de cara a realizar pasos an谩logos de purificaci贸n de la memoria y de reconciliaci贸n en las m谩s diversas situaciones en las que se podr铆a reconocer su urgencia. Afirma Juan Pablo II: 芦La petici贸n de perd贸n [... se refiere, en primer lugar, a la vida de la Iglesia, su misi贸n de anunciar la salvaci贸n, su testimonio de Cristo, su compromiso por la unidad, en una palabra, la coherencia que debe caracterizar la existencia cristiana. Pero la luz y la fuerza del Evangelio, de que vive la Iglesia, tienen la capacidad de iluminar y sostener, como por sobreabundancia, las opciones y las acciones de la sociedad civil, en el pleno respeto de su autonom铆a [... En los umbrales del tercer milenio es leg铆timo esperar que los responsables pol铆ticos y los pueblos, sobre todo los que se encuentran inmersos en conflictos dram谩ticos, alimentados por el odio y por el recuerdo de heridas muchas veces antiguas, se dejen guiar por el esp铆ritu de perd贸n y de reconciliaci贸n testimoniado por la Iglesia y se esfuercen por resolver los contrastes mediante un di谩logo leal y abierto禄98.

CONCLUSI脫N

Como conclusi贸n de las reflexiones desarrolladas conviene poner una vez m谩s de relieve que en todas las formas de arrepentimiento por las culpas del pasado, y en cada uno de los gestos conectados con ellas, la Iglesia se dirige, ante todo, a Dios y tiende a glorificarlo a 脡l y su misericordia. Precisamente as铆 sabe que celebra tambi茅n la dignidad de la persona humana llamada a la plenitud de la vida en la alianza fiel con el Dios vivo: 芦La gloria de Dios es el hombre viviente, la vida del hombre es la visi贸n de Dios禄99. Actuando de este modo, la Iglesia da testimonio tambi茅n de su confianza en la fuerza de la Verdad que hace libres (cf. Jn 8,32): 芦su petici贸n de perd贸n no debe ser entendida como ostentaci贸n de humildad ficticia, ni como retractaci贸n de su historia bimilenaria, ciertamente rica en m茅ritos en el terreno de la caridad, de la cultura y de la santidad. Responde m谩s bien a una exigencia de verdad irrenunciable, que, junto a los aspectos positivos, reconoce los l铆mites y las debilidades humanas de las sucesivas generaciones de disc铆pulos de Cristo禄100. La Verdad reconocida es fuente de reconciliaci贸n y de paz porque, como afirma el mismo Papa, 芦el amor de la verdad, buscada con humildad, es uno de los grandes valores capaces de reunir a los hombres de hoy a trav茅s de las diversas culturas禄101. Tambi茅n por su responsabilidad hacia la verdad la Iglesia 芦no puede atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valent铆a禄102. Ello abre para todos un ma帽ana nuevo.

SIGLAS

AAS Acta Apostolicae Sedis (1909ss).

CCL Corpus Christianorum. Series latina (Turnhout-Par铆s 1953ss).

CEC Catecismo de la Iglesia Cat贸lica.

CSEL Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum (Viena 1866ss).

DH CONCILIO VATICANO II, Declaraci贸n Dignitatis humanae (1965).

GS CONCILIO VATICANO II, Constituci贸n pastoral Gaudium et spes (1965).

IM JUAN PABLO II, Bula Incarnationis mysterium (29-11-1998).

LG CONCILIO VATICANO II, Constituci贸n dogm谩tica Lumen gentium (1964).

NAe CONCILIO VATICANO II, Declaraci贸n Nostra aetate (1965).

PL J. P. MIGNE, Patrolog铆a latina (Par铆s).

RP JUAN PABLO II, Exhortaci贸n Reconciliatio et Paenitentia (2-12-1984).

SCh Sources Chr茅tiennes (Par铆s).

TMA JUAN PABLO II, Carta apost贸lica Tertio mil颅lennio adveniente (10-11-1994).

UR CONCILIO VATICANO II, Decreto Unitatis 颅redintegratio (1964).

UUS JUAN PABLO II, Carta enc铆clica Ut unum sint (25-5-1995).


1

IM 11.

2

Ibid. Ya en numerosas ocasiones, pero particularmente en el n煤mero 33 de la Carta apost贸lica Tertio millennio adveniente, el Papa hab铆a indicado a la Iglesia el camino por recorrer para purificar la propia memoria respecto a las culpas del pasado y dar ejemplo de arrepentimiento a los individuos y a la sociedad civil.

3

LG 8.

4

Cf. Extravagantes communes, lib. V, t铆t. IX, c.1 (A. FRIEDBERG, Corpus iuris canonici, t.II, c.1304).

5

Cf. CLEMENTE XIV, Epistola Salutis nostrae, 30-4-1774, p谩r. 2. LE脫N XII, Epistola Quod hoc ineunte, 24-5-1824, p谩r. 2, habla del 芦a帽o de expiaci贸n, de perd贸n y de redenci贸n, de gracia, de remisi贸n y de indulgencia禄.

6

En este sentido se mueve la definici贸n de la indulgencia que Clemente VI da al instituir, en 1343, la periodicidad del jubileo cada cincuenta a帽os. Clemente VI ve en el jubileo eclesial 芦el cumplimiento espiritual禄 del 芦jubileo de remisi贸n y de alegr铆a禄 del Antiguo Testamento (Lev 25).

7

芦Cada uno de nosotros debe examinar en qu茅 ha ca铆do y examinarse 茅l mismo con m谩s rigurosidad de la que ser谩 examinado por Dios en el d铆a de su c贸lera禄, en: Deutsche Reichstagsakten (Gotha 1893) n. serie, III 390-399.

8

UR 7.

9

GS 36.

10

GS 19

11

NAe 4.

12

GS 43.6.

13

LG 8; cf. UR 6: 芦La Iglesia, peregrinante en el camino, est谩 llamada por Cristo a esta reforma continua, de la que ella, en cuanto instituci贸n humana y terrena, necesita permanentemente禄.

14

NAe 4.

15

UR 3.

16

Cf. PABLO VI, Carta apost贸lica Apostolorum limina, 23-5-1974 (Enchiridion Vaticanum 5, 305).

17

PABLO VI, Exhortaci贸n paterna Cum benevolentia, 8-12-1974 (Enchiridion Vaticanum 5, 526-553).

18

Cf. UUS 88: 芦Por aquello de lo que somos responsables, imploro perd贸n禄.

19

Por ejemplo, el Papa 芦pide perd贸n, en nombre de todos los cat贸licos, por los comportamientos ofensivos para con los no cat贸licos en el curso de la historia禄, entre los moravios (cf. canonizaci贸n de Jan Sarkander, en la Rep煤blica checa, 21-5-1995). Ha deseado llevar a cabo 芦un acto de expiaci贸n禄 y pedir perd贸n a los indios de Am茅rica Latina y a los africanos deportados como esclavos (Mensaje a los indios de Am茅rica, Santo Domingo, 13-10-1992, y Discurso en la Audiencia general del 21-10-1992). Ya diez a帽os antes hab铆a pedido perd贸n a los africanos por la trata de negros (Discurso en Yaound茅, 13-8-1985).

20

Cf. n.33鈥�36.

21

Cf. TMA 33.

22

Cf. TMA 33.

23

Cf. TMA 36.

24

Cf. TMA 34.

25

Cf. TMA 35.

26

Este 煤ltimo aspecto aflora en la TMA s贸lo en el n.33, all铆 donde se dice que la Iglesia reconoce como suyos a los propios hijos pecadores 芦delante de Dios y delante de los hombres禄.

27

Cf. RP 31.

28

Cf. RP 16.

29

Cf. Mt 13,24-30.36-43; SAN AGUST脥N, De civitate Dei I, 35: CCL 47, 33; XI, 1: CCL 48, 321; XIX, 26: CCL 48, 696.

30

Sobre los diversos m茅todos de lectura de la Sagrada Escritura, cf. el documento de la Pontificia Comisi贸n B铆blica La interpretaci贸n de la Biblia en la Iglesia (1993).

31

A esta serie pueden referirse como ejemplos: Dt 1,41 (la generaci贸n del desierto reconoce haber pecado rechazando avanzar para entrar en la tierra prometida); Jue 10,10.12 (en el tiempo de los Jueces el pueblo dice por dos veces 芦hemos pecado禄 contra el Se帽or, refiri茅ndose a haber servido a los baales); 1 Sam 7,6 (el pueblo del tiempo de Samuel afirma: 芦隆Hemos pecado contra el Se帽or!禄); N煤m 21,7 (este texto se distingue por el hecho de que el pueblo de la generaci贸n mosaica admite que, al lamentarse respecto a la comida, se ha hecho culpable de 芦pecado禄 por haber hablado contra el Se帽or y tambi茅n contra su gu铆a humano, Mois茅s); 1 Sam 12,19 (los israelitas de la 茅poca de Samuel reconocen que, al pedir tener un rey, han a帽adido 茅ste 芦a todos sus pecados禄); Esd 10,13 (el pueblo reconoce ante Esdras haber 芦pecado en esta materia禄 grandemente, cas谩ndose con mujeres extranjeras); Sal 65,2-2; 90,8; 103,10 (107,10-11.7); Is 59,9-15; 64,5-9; Jer 8,14; 14,7; Lam 1,14.18a.22 (芦Yo禄 = personificaci贸n de Jerusal茅n); 3,42 (4,13); Bar 4,12-13 (Si贸n evoca las culpas de sus hijos que han conducido a la devastaci贸n); Ez 33,10; Miq 7,9 (芦Yo禄). 18-19.

32

Por ejemplo: 脡x 9,27 (el fara贸n dice a Mois茅s y a Aar贸n: 芦Esta vez he pecado, el Se帽or tiene raz贸n; yo y mi pueblo somos culpables禄); 34,9 (Mois茅s invoca: 芦Perdona nuestra culpa y nuestro pecado禄); Lev 16,21 (el sumo sacerdote confiesa los pecados del pueblo sobre la cabeza del 芦chivo expiatorio禄 el d铆a de la expiaci贸n); 脡x 32,11-13 (cf. Dt 9,26-29: Mois茅s); 32,31 (Mois茅s); 1 Re 8,33ss (cf. 2 Cr贸n 6,22s: Salom贸n reza para que Dios perdone eventuales pecados futuros del pueblo); 2 Cr贸n 28,13 (los jefes de los israelitas afirman: 芦Nuestra culpa es grande禄); Esd 10,2 (Sekan铆as dice a Esdras: 芦Nosotros hemos sido infieles hacia nuestro Dios, cas谩ndonos con mujeres extranjeras禄); Neh 1,5-11 (Nehem铆as confiesa los pecados cometidos por el pueblo de Israel, por s铆 mismo y por la casa de su padre); Est 4,17n (Ester confiesa: 芦Hemos pecado contra ti y nos has entregado en las manos de nuestros enemigos por haber dado gloria a sus dioses禄); 2 Mac 7,18.32 (los m谩rtires jud铆os afirman que est谩n sufriendo a causa de 芦nuestros pecados禄 contra Dios).

33

Entre los ejemplos de este tipo de confesi贸n nacional se puede remitir a: 2 Re 22,13 (cf. 2 Cr贸n 34,21: Jos铆as teme la c贸lera del Se帽or 芦porque nuestros padres no han escuchado las palabras de este libro禄); 2 Cr贸n 29,6-7 (Ezequ铆as afirma: 芦Nuestros padres han sido infieles禄); Sal 78,8ss (un 芦yo禄 reasume los pecados de las generaciones pasadas a partir del 脡xodo). Cf. tambi茅n el dicho popular citado en Jer 31,29 y Ez 18,2: 芦Los padres comieron agraces y los hijos sufren la dentera禄.

34

Es el caso de textos como los siguientes: Lev 26,40 (los exiliados son llamados a 芦confesar su iniquidad y la iniquidad de sus padres禄); Esd 9,5b-15 (oraci贸n penitencial de Esdras, v.7: 芦Desde los d铆as de nuestros padres hasta el d铆a de hoy nos hemos hecho muy culpables禄; cf. Neh 9,6-37); Tob 3,1-5 (en su oraci贸n, Tob铆as invoca: 芦No me condenes por mis pecados, mis errores y los de mis padres禄, v.3 y prosigue con la constataci贸n: 芦no hemos observado tus decretos禄, v.5); Sal 79,8-9 (este lamento colectivo implora a Dios que 芦no recuerdes contra nosotros culpas de antepasados [... l铆branos y borra nuestros pecados禄); 106,6 (芦hemos pecado como nuestros padres禄); Jer 3,25 (芦contra Yahv茅 nuestro Dios hemos pecado nosotros como nuestros padres禄); Jer 14,19-22 (芦reconocemos, Yahv茅, nuestras maldades, la culpa de nuestros padres禄, v.20); Lam 5 (芦nuestros padres pecaron, ya no existen; y nosotros cargamos con sus culpas禄, v.7; 芦隆Ay de nosotros, que hemos pe颅cado!禄, v.16b); Bar 1,15鈥�3,18 (芦hemos pecado ante el Se帽or禄, 1,17 [cf. 1,19.21; 2,5.24, 芦no te acuerdes de las iniquidades de nuestros padres禄, 3,5 [cf. 2,33; 3,4.4); Dan 3,26-45 (la oraci贸n de Azar铆as: 芦Pues con verdad y justicia has provocado todo esto, por nuestros pecados禄, v.28); Dan 9,4-19 (芦pues, a causa de nuestros pecados y de las iniquidades de nuestros padres, Jerusal茅n [... es el escarnio de todos [...禄, v.16).

35

脡stos incluyen falta de confianza en Dios (as铆, p. ej., Dt 1,41; N煤m 14,10), idolatr铆a (como en Jue 10,10-15), exigencia de un rey humano (1 Sam 12,9), matrimonios con mujeres extranjeras, en contraste con la Ley divina (Esd 9-10). En Is 59,13b el pueblo dice de s铆 芦hablar de opresi贸n y revueltas, concebir y musitar en el coraz贸n palabras enga颅帽osas禄.

36

Cf. el caso an谩logo del repudio de las mujeres extranjeras por parte de los jud铆os, narrado en Esd 9-10, con todas las consecuencias negativas que habr铆a tenido sobre las mujeres implicadas. La cuesti贸n de una petici贸n de perd贸n dirigida a ellas (y o a sus descendientes) no se plantea propiamente, en cuanto que el repudio es presentado como una exigencia de la Ley divina (cf. Dt 7,3) en todos estos cap铆tulos.

37

Viene a la mente, a este respecto, el caso de las relaciones permanentemente tensas entre Israel y Edom. Este pueblo, no obstante su condici贸n de 芦hermano禄 de Israel, particip贸 y se alegr贸 de la ca铆da de Jerusal茅n por obra de los babilonios (cf., p. ej., Abd铆as 10-14). Israel, como signo de ultraje por esta traici贸n, no sinti贸 necesidad alguna de pedir perd贸n por la matanza de prisioneros edomitas indefensos, perpetrada por el rey Amaz铆as seg煤n 2 Cr贸n 25,12.

38

JUAN PABLO II, 芦Discurso del 1 de septiembre de 1999禄: L'Osservatore Romano (2-9-1999) 4.

39

Cf. TMA 33-36.

40

TMA 33.

41

Se piense en el motivo, presente en autores cristianos de diversas 茅pocas, del reproche a la Iglesia a causa de sus culpas, uno de cuyos ejemplos m谩s representativos lo constituye el Liber asceticus, de M谩ximo el Confesor, PL 90, 912-956.

42

LG 8.

43

CEC 770.

44

LG 8.

45

LG 8; cf. tambi茅n UR 3 y 6.

46

CEC 827.

47

PABLO VI, Credo del Pueblo de Dios (30-6-1968) n. 19: Enchiridion Vaticanum 3, 264s.

48

LG 39.

49

LG 40.

50

LG 48.

51

SAN AGUST脥N, Sermo 181, 5, 7: PL 38, 982.

52

SANTO TOM脕S DE AQUINO, Summa Theol. III q.8 a.3 ad 2.

53

CEC 2839.

54

SAN AMBROSIO, De virginitate 8, 48: PL 16, 278D: 芦Caveamus igitur, ne lapsus noster vulnus Ecclesiae fiat禄. De 芦herida禄 infligida a la Iglesia por el pecado de sus hijos habla tambi茅n LG 11.

55

TMA 33.

56

K. DELAHAYE, La Comunit脿, Madre dei credenti (Cassano M. [Bari 1974) 110. Cf. tambi茅n H. RAHNER, Mater Ecclesia. Inni di lode alla Chiesa tratti dal primo millennio della letteratura cristiana (Mil谩n 1972).

57

LG 64.

58

SAN AGUST脥N, Sermo 25, 8: PL 46, 938: 芦Mater ista sancta, honorata, Mariae similis, et parit et Virgo est. Ex illa nati estis et Christum parit: nam membra Christi estis禄.

59

CIPRIANO, De Ecclesiae Catholicae unitate 6: CCL 3, 253: 芦Habere iam non potest Deum Patrem qui ecclesiam non habet matrem禄. El mismo Cipriano afirma en otro lugar: 芦Ut habere quis possit Deum Patrem, habeat ante ecclesiam matrem禄 (In Ps 88, Sermo 2, 14: CCL 39, 1244).

60

PAULINO DE NOLA, Carmen 25, 171-172: CSEL 30, 243: 芦Inde manet mater aeterni semine verbi / concipiens populos et pariter pariens禄.

61

TMA 35.

62

IGNACIO DE ANTIOQU脥A, Ad Romanos, Proem.: SCh 10, 124 (Th. Camelot, Par铆s 1958).

63

TMA 33.

64

Discurso a los participantes en el Simposio Internacional sobre la Inquisici贸n, promovido por la Comisi贸n Teol贸gico-Hist贸rica del Comit茅 Central del Jubileo, n.4 (31-10-1998).

65

Cf., para cuanto sigue, H. G. GADAMER, Verdad y m茅todo (Salamanca 1977).

66

B. LONERGAN, Il metodo in teologia (Brescia 1975) 173.

67

TMA 35.

68

JUAN PABLO II, 芦Discurso del 1 de septiembre de 1999禄: L'Osservatore Romano (2-9-1999) 4.

69

Cf. n.34-36.

70

UR 1.

71

UR 13. TMA 34 dice: 芦a煤n m谩s que en el primer milenio, la comuni贸n eclesial ha conocido dolorosas laceraciones禄.

72

UR 13.

73

Ibid.

74

Cf. el Discurso de apertura de la Segunda sesi贸n del Concilio, del 29 de septiembre de 1964: Enchiridion Vaticanum 1 (106) n.176.

75

Cf. la documentaci贸n del di谩logo de la caridad entre la Santa Sede y el Patriarcado ecum茅nico de Constantinopla en el T贸mos Ag谩pes: Vatican颅Phanar (1958-1970) (Roma-Estambul 1971).

76

UR 7.

77

Ibid.

78

TMA 35.

79

JUAN PABLO II, 芦Discurso del 1 de septiembre de 1999禄: L'Osservatore Romano (2-9-1999) 4.

80

TMA 35; DH 1.

81

El tema es tratado de modo riguroso en la Declaraci贸n Nostra Aetate del Vaticano II.

82

Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Sinagoga de Roma (13-4-1986) 4: AAS 78 (1986) 1120.

83

脡ste es el juicio del reciente documento de la Comisi贸n para las Relaciones Religiosas con el Hebra铆smo, Nosotros recordamos: una reflexi贸n sobre la Shoah (Roma, 16-3-1998) 3.

84

Ibid. 7.

85

Ibid. 5.

86

Ibid. 6.

87

Ibid. 5.

88

TMA 36.

89

GS 19.

90

Ibid.

91

TMA 33.

92

Se piense solamente en el signo del martirio, cf. TMA, 37.

93

UR 6. Es el mismo texto el que afirma que 芦la Iglesia peregrina en este mundo es llamada por Cristo a esta perenne reforma (ad hanc perennem reformationem), de la que ella, en cuanto instituci贸n humana y terrena, necesita permanentemente禄.

94

芦Opus renovationis nec non reformationis禄, ibid., 4.

95

Ibid., 6: 芦Toda renovaci贸n de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad hacia su vocaci贸n禄.

96

TMA 36.

97

La f贸rmula, particularmente fuerte, es de San Agust铆n: De Trinitate I, 13, 28: CCL 50, 69, 13; Epist. 169, 2: CSEL 44, 617; Sermo 341A: Misc. Agost. 314, 22.

98

JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el Simposio Internacional de estudio sobre la Inquisici贸n, promovido por la Comisi贸n Teol贸gico-Hist贸rica del Comit茅 Central del Jubileo, 5 (31-10-1998).

99

芦Gloria Dei vivens homo: vita autem hominis visio Dei禄, SAN IRENEO DE LYON, Adversus Haereses IV, 20,7; SCh 100, t. II,648.

100

JUAN PABLO II, 芦Discurso del 1 de septiembre de 1999禄: L'Osservatore Romano (2-9-1999) 4.

101

芦Discurso al Centro Europeo para la Investigaci贸n Nuclear禄 (Ginebra, 15-6-1982), en: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, V, 2 (Vaticano 1982) 2321.

102

TMA 33.
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