1. Puesto que la preocupaci贸n fundamental de la Iglesia es la de anunciar y promover la fe en la sociedad de nuestro tiempo, sometido a profundas transformaciones socio-culturales, es conveniente 鈥攖eniendo presente cuanto ha expuesto el Concilio Vaticano II鈥 describir algunos rasgos espec铆ficos de la situaci贸n actual, indicando las repercusiones espirituales y los nuevos compromisos que esta situaci贸n pone ante la Iglesia.
Con esto no se quiere de ninguna manera agotar un asunto que en las varias partes de la Iglesia presenta aspectos particulares y muchas veces profundamente diferentes. Ser谩 tarea de los Directorios Nacionales completar estas indicaciones y adaptarlas a las exigencias de cada naci贸n o regi贸n.
2. "El g茅nero humano se halla hoy en un per铆odo nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al Universo entero... Se puede ya hablar de una verdadera transformaci贸n social y cultural que se refleja tambi茅n en la vida religiosa" (GS. 4).
A manera de ejemplo se pueden indicar dos repercusiones que afectan la vida de la fe e interesan mas de cerca a la catequesis.
a) En el pasado la tradici贸n cultural era m谩s favorable que hoy a la transmisi贸n de la fe; hoy esa tradici贸n ha cambiado no poco, de manera que cada vez se hace menos posible apoyarse en su continuidad. Por eso para poder transmitir la fe a las nuevas generaciones, es necesario una evangelizaci贸n renovada.
b) Conviene tener presente que la fe cristiana, si quiere arraigarse en las nuevas culturas que se suceden, necesita desarrollo y nuevas formas de expresi贸n.
Aunque las aspiraciones y los deseos profundos del hombre y de su condici贸n humana permanecen profundamente id茅nticos, sin embargo, los hombres de hoy se hacen nuevas preguntas acerca del sentido y la importancia de la vida.
El hombre creyente de hoy no es totalmente igual al hombre creyente de ayer. De aqu铆 nace la necesidad de asegurar la continuidad de la fe, pero tambi茅n de proponer de un modo nuevo el mensaje de la salvaci贸n.
Hoy es necesario tener presente la grand铆sima difusi贸n de los medios de comunicaci贸n social; su eficacia sobrepasa los confines de las naciones y hace a los individuos como ciudadanos de todo el consorcio humano (Cfr. IM. 22).
Estos medios act煤an con gran fuerza en la vida de los fieles, tanto por lo que ense帽an como por la mentalidad y modos de comportarse que fomentan en ellos. Todo esto hay que tenerlo en cuenta con la debida atenci贸n.
3. "Por todo ello, son cada d铆a m谩s profundos los cambios que experimentan las comunidades locales tradicionales, como la familia patriarcal, el clan, la tribu, la aldea, otros diferentes grupos y las mismas relaciones de la convivencia social" (GS. 6).
En las antiguas cristiandades la religi贸n era considerada como el mejor principio de unidad de los pueblos. Hoy las cosas han cambiado: la cohesi贸n de los pueblos, que trae su origen en el fen贸meno de la democratizaci贸n, promueve la concordia de las diversas familias espirituales; el "pluralismo" no es ya considerado como un mal que hay que combatir, sino como un hecho digno de consideraci贸n; cada uno puede tomar sus decisiones, sin que por eso sea considerado como extra帽o a la sociedad.
Por tanto los que se encargan del Ministerio de la Palabra, no deben nunca olvidar que la fe es la libre respuesta del hombre a la gracia de Dios que se revela. Y deben proponer, m谩s que en el pasado, el buen mensaje de Cristo en su admirable condici贸n de clave misteriosa que explica toda la condici贸n humana, y de don gratuito de Dios que se recibe de su gracia en la confesi贸n de la propia insuficiencia (Cfr. GS. 10).
4. La construcci贸n de la sociedad humana, el progreso y la gradual realizaci贸n de los proyectos humanos, movilizan las energ铆as de los hombres de nuestro tiempo (GS. 4). La fe no puede permanecer extra帽a a estos progresos que por otra parte pueden ir unidos a graves desviaciones. El mensaje evang茅lico debe aportar su juicio sobre este estado de casos y manifestar a los hombres el sentido de estos acontecimientos.
El ministerio de la palabra, por medio de una m谩s profunda exploraci贸n de la vocaci贸n humana y divina del hombre, debe dejar que el Evangelio derrame sus fermentos de aut茅ntica libertad y progreso (Cfr. AG. 8,12), haga nacer el deseo de la promoci贸n de la persona humana y de la lucha contra el modo de hacer y pensar que se entrega al fatalismo.
Estas indicaciones quieren solamente mostrar c贸mo el ministerio de la palabra debe dirigir su acci贸n al mundo de hoy:
"...se pide a la Iglesia que inyecte en las venas de la comunidad humana la fuerza perenne, vital y divina del Evangelio". (Juan XXIII, Constituc. Apost. Humanas Salutis, AAS, 1962, p. 6).
5. La civilizaci贸n cient铆fica, t茅cnica, industrial y urbana no pocas veces aparta el inter茅s del hombre por las cosas divinas y le hace m谩s dif铆cil la preocupaci贸n interior por la vida religiosa.
Para no pocos, Dios se ha hecho como menos presente, menos necesario, menos v谩lido para dar una explicaci贸n a la vida personal y social: de este estado de cosas surge f谩cilmente una crisis religiosa (Cfr. GS. 5,7).
La fe cristiana experimenta en sus seguidores esta crisis lo mismo que en las otras confesiones religiosas. Frente a una cultura desacralizada y secularizada, la fe tiene el deber urgente de afirmar su naturaleza que trasciende a todo progreso cultural y manifestar su originalidad.
Toca al ministerio de la palabra descubrir y desarrollar, liber谩ndolos de los elementos ambiguos, los valores aut茅nticos que se encuentran en el patrimonio espiritual de aquellas culturas humanas en las que el sentido religioso se conserva todav铆a vivo y operante, influyendo en toda la existencia de la vida humana.
En otro tiempo las opiniones desviadas y los errores acerca de la fe y la manera cristiana de vivir alcanzaban a un n煤mero peque帽o de personas, limit谩ndose, m谩s que hoy, a los ambientes intelectuales.
Hoy, en cambio, el progreso humano y los medios de comunicaci贸n social hacen que estas opiniones se divulguen con mayor rapidez y tengan un influjo cada vez m谩s grande en los fieles, especialmente en los j贸venes que sufren una mayor crisis y son empujados a adoptar modos de pensar y de actuar contrarios a la religi贸n. Esta situaci贸n requiere adecuados remedios pastorales.
Estas notas que caracterizan la situaci贸n religiosa del mundo, tienen profundas repercusiones en la vida de la Iglesia.
6. La fe cristiana en muchos fieles corre graves peligros, especialmente en aquellos lugares donde la religi贸n era considerada como prerrogativa de algunas clases sociales, o donde esa fe confiaba demasiado en las antiguas costumbres y en la unanimidad de la profesi贸n religiosa.
Masas enteras se van haciendo al indiferentismo o corren al peligro de conservar una fe privada del necesario dinamismo y de un influjo real en la vida. M谩s que conservar las costumbres religiosas, conviene hoy afrontar el problema de una reevangelizaci贸n de las masas, de una renovada conversi贸n de las mismas y de una m谩s profunda y madura educaci贸n de la fe.
Esto sin embargo no debe entenderse en el sentido de que se deba descuidar el sentimiento religioso popular, o que se deba hacer poco caso de la fe genuina conservada en ambientes transidos de cultura cristiana. El sentido religioso, no obstante el progreso de la secularizaci贸n, sigue vigente en muchas partos de la Iglesia. No se puede hacer caso omiso de 茅l pues muchas veces se expresa en el estilo de vida sincero y aut茅ntico de multitud de hombres.
- M谩s a煤n el sentido鈥 religioso popular brinda una ocasi贸n para el anuncio de la fe. Naturalmente hay que purificarlo y jerarquizar sus elementos v谩lidos para que nadie se contente con formas de acci贸n pastoral inadecuadas a nuestros tiempos y menos adaptadas a la realidad de hoy.
7. Muchos bautizados se han apartado de la religi贸n de tal manera que llegan a profesar en cierto indiferentismo y disfrace que hasta el ate铆smo. "Muchos son, sin embargo, los que hoy d铆a se desentienden del 鈥榠odo de esta 铆ntima y vital uni贸n con Dios lo niegan en forma expl铆cita. Es esto ate铆smo uno de los fen贸menos m谩s graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atenci贸n" (GS. 19).
El Concilio Vaticano II ha examinado con detenci贸n este fen贸meno (GS. 19,20), y ha procurado encontrarl茅 remedio. "El remedio del ate铆smo hay que buscarlo en la exposici贸n adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a DIOS Padre y a su Hijo encarnado, con la continua renovaci贸n y purificaci贸n propias bajo la direcci贸n del Esp铆ritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer" (GS. 21).
Se da tambi茅n el caso de una fe cristiana mezclada con una especie de neopaganismo aunque quede un cierto sentido religioso y una cierta creencia en un ser supremo. La mentalidad religiosa puede andar lejos del influjo de la Palabra de Dios y de la vida sacramental y de buscar su alimento en pr谩cticas supersticiosas y m谩gicas; y la vida moral, por su parte, puede regresar a una 茅tica precristiana. Es posible a veces que en la religiosidad cristiana se introduzcan elementos de cultos naturistas y animistas, de pr谩cticas adivinatorias con peligro de caer en formas sincretistas. Y pueden tambi茅n difundirse sectas religiosas que mezclan los misterios cristianos con antiguas visiones m铆ticas.
En estos casos principalmente se necesita que el ministerio de la Palabra, sobre todo la evangelizaci贸n y la catequesis, sean renovadas seg煤n lo indicado en el Decreto Ad Gentes divinitus nn. 13, 14, 21 y 22.
8. Tampoco faltan cristianos, especialmente entre aquellos que han recibido una formaci贸n cultural m谩s elevada, que experimentan cierto descontento frente al lenguaje de la fe que ellos juzgan demasiado apegado a f贸rmulas superadas y a la cultura occidental.
Ellos van a la b煤squeda de un nuevo lenguaje religioso m谩s de acuerdo con la vida moderna y que permita a la fe difundir su luz sobre las realidades que angustian al hombre de hoy, dejando que el Evangelio pueda encarnarse en las diversas culturas.
Sin duda es deber de la Iglesia considerar con la mayor atenci贸n esta aspiraci贸n del hombre.
Lo que el Decreto Ad Gentes dice a prop贸sito de las Iglesias j贸venes, vale tambi茅n para todos los que trabajan en el ministerio de la palabra: ". . . de las costumbres y tradiciones, de la sabidur铆a - y doctrina, de las artes e instituciones de sus pueblos, reciben todo lo que puede servir para confesar la gloria del Creador, para ensalzar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente la vida cristiana". (n. 22; cf.: n. 21; Paulus VI, Alloc. 6 agosto 1969).
Por lo tanto "el ministerio de la palabra presentado de una manera renovada el mensaje evang茅lico, debe manifestar la unidad del plan de Dios. Sin caer en confusiones e identificaciones simplistas, debe manifestar la unidad profunda que existe entre el plan salv铆fico de Dios, realizado en Cristo, y las aspiraciones del hombre; entre la historia de la salvaci贸n y la historia humana; entre la Iglesia, Pueblo de Dios, y las comunidades temporales; entre la acci贸n reveladora de Dios y la experiencia del hombre; entre los dones y carismas sobrenaturales y los valores humanos". (II Conf. Gen. Episc. Lat. Amer. 1968 VIII, 2,1).
9. En esta situaci贸n de tan profundos cambios cualquiera podr铆a pensar que es in煤til el esfuerzo apost贸lico que la Iglesia pretende desplegar. En realidad no se puede acusar al celo de los pastores ni el de los fieles, que en verdad es grande. Los impedimentos para una acci贸n m谩s eficaz parecen provenir o de la falta de una preparaci贸n adecuada a los nuevos y dif铆ciles compromisos que se ofrecen al ministerio de la palabra o de una reflexi贸n todav铆a imperfecta que se expresa en teor铆as que lejos de favorecer obstaculizan la iniciativa evang茅lica.
Es por esto por lo que el Concilio Vaticano II ha multiplicado sus llamadas a una profunda renovaci贸n del ministerio de la palabra. Pero esta renovaci贸n parece correr peligro principalmente:
鈥擯or parte de aquellos que no logran ver la profundidad de la renovaci贸n propuesta, como si s贸lo se tratara de poner un remedio a la ignorancia religiosa. Seg煤n 茅stos, bastar铆a incrementar la instrucci贸n catequ铆stica. Es evidente que este remedio no responde a la verdadera realidad. Lo que hay que renovar es el mismo lenguaje catequ铆stico, pues se trata de una renovaci贸n no s贸lo en lo que respecta a la catequesis de los ni帽os sino a la educaci贸n permanente de los adultos en la fe.
鈥擯or parte de aquellos que quieren reducir El mensaje evang茅lico a sus consecuencias temporales en la vida de los hombres.
El Evangelio y su. ley de amor requieren, sin duda, que los cristianos colaboren con 鈥榯odas sus fuerzas 鈥攃omprometi茅ndose en actividades de orden temporal鈥 a fin de promover cada d铆a m谩s la justicia y la fraternidad entre los hombres. Esto sin embargo no es suficiente para dar testimonio de Jesucristo, hijo de Dios y Salvador nuestro cuyo misterio, muestra inefable del amor de Dios (1 Jn 4,9) debe ser expl铆cita e integralmente anunciado a los evangelizados y aceptado por ellos.
Las ense帽anzas de la Constituci贸n GS y de la Declaraci贸n DH no est谩n por el "minimismo" en cuanto al servicio directo de la fe por el ministerio de la Palabra. Ambos documentos muestran su inquietud porque se ponga remedio a las situaciones de estos tiempos. En todo caso la renovaci贸n del ministerio de la Palabra no puede ir separada de la renovaci贸n general de la Pastoral.
Habr谩 que realizar tareas graves y decisivas: habr谩 que promover la evoluci贸n de las formas tradicionales del ministerio de la palabra, y suscitar nuevas; evangelizar y catequizar a aquellos que solo han alcanzado niveles culturales bajos; responder a las instancias de la "inteligencia" y salir al encuentro de sus exigencias; mejorar las formas tradicionales de presencia cristiana y encontrar otras m谩s v谩lidas; utilizar todos los recursos actuales de la Iglesia y al mismo tiempo renunciar a aquellas formas que aparezcan menos conformes al Evangelio.
Para lograr estos prop贸sitos, la Iglesia conf铆a en todos los miembros del pueblo de Dios Cada uno 鈥攐bispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos鈥 seg煤n la propia responsabilidad, tiene
el deber de desempe帽ar su misi贸n teniendo presente la situaci贸n del mundo que influye tan profundamente en la vida de fe.
La renovaci贸n catequ铆stica, para que pueda dar una ayuda eficaz a estos obreros del Evangelio, deber谩 valerse del. apoyo de las ciencias sagradas, de la teolog铆a, de los estudios b铆blicos, de la reflexi贸n pastoral y de las ciencias humanas y de otros medios 鈥攕obre todo de los medios de comunicaci贸n social鈥 a trav茅s de los cuales se difunden hoy las opiniones y las ideas.
10. En la Constituci贸n DV., el Concilio Ecum茅nico considera la revelaci贸n como un acto mediante el cual Dios entra en comuni贸n con nosotros personalmente: "Quiso Dios, en su bondad y sabidur铆a revelarse a si mismo y manifestar el misterio de voluntad.., para invitarlos y recibirlos en su compa帽铆a (a todos los hombres)" (DV. 2). As铆 aparece Dios como quien quiere comunicarse a s铆 mismo, realizando un proyecto inspirado en el amor.
Este amor de Dios es el punto de partida de la catequesis. La fe es la aceptaci贸n y la fructificaci贸n de este don divino en nosotros. Esta caracter铆stica, por la cual la fe debe considerarse como un don, toca 铆ntimamente todo el contenido del ministerio de la Palabra.
11. Dios, para hacer conocer a los hombres su plan obra por medio de los acontecimientos de la historia de la salvaci贸n y por medio de palabras inspiradas que acompa帽an y esclarecen estos acontecimientos: "La revelaci贸n se realiza con hechos y palabras intr铆nsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvaci贸n manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio" (DV. 2).
La revelaci贸n es, por tanto, un conjunto de hechos y palabras que se iluminan rec铆procamente. El ministerio de la palabra debe anunciar tales hechos y palabras de tal manera que esclarezcan y comuniquen los profundos misterios contenidos en ellos. As铆 el ministerio de la palabra, adem谩s de recordar. las obras admirables realizadas - por Dios en. el pasado ..y. qu茅 encuentran. 茅n Cristo .su cumplimiento, interpreta. tambi茅n ..a la luz de esta revelaci贸n, la vida humana de nuestro tiempo, los signos de los tiempos y las realidades de este mundo, en cuanto en ellos se actualiza el pian de Dios para la salvaci贸n del hombre.
12. "La verdad profunda de Dios y de la salvaci贸n del hombre que trasmite dicha revelaci贸n.., resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelaci贸n" (DV. 2).
Cristo no es s贸lo el m谩s grande de los profetas, el que con su doctrina complet贸 lo que Dios hab铆a dicho y hecho con anterioridad. El es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, el acontecimiento 煤ltimo al cual tienden todos los anteriores que constituyen la historia de la salvaci贸n; el que cumple y manifiesta las supremas intenciones de Dios. "El . . .cumple y completa la revelaci贸n. . ." (DV. 4; LG. 9),
El ministerio de la palabra debe poner en luz este admirable car谩cter de la econom铆a de la revelaci贸n. El Hijo de Dios se integra en la historia de los hombres, asume la vida y la muerte del hombre, y cumple en esta historia su plan de alianza definitiva.
Como el Evangelista Lucas, el ministerio de la Palabra tiene como primera tarea recordar a los creyentes el acontecimiento 鈥 Cristo, manifestar su significado, indagando siempre m谩s profundamente este hecho 煤nico e irreversible: "Dado que muchos han emprendido la narraci贸n bien ordenada de los sucesos que se han verificado entre nosotros . . . he determinado yo tambi茅n despu茅s de haberlo investigado todo diligentemente desde los or铆genes, escrib铆rtelo ordenadamente" (Lc. 1, 1-3).
El ministerio de la Palabra, por tanto, debe apoyarse en el comentario divinamente inspirado que han hecho de la Encarnaci贸n Redentora el mismo Jes煤s, los primeros disc铆pulos y sobre todo los ap贸stoles, testigos de los acontecimientos. "Todos saben que entre los escritos . . .sobresalen los Evangelios por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de la Palabra hecha carne, nuestro Salvador" (DV 18)
Recu茅rdese adem谩s que Jes煤s, Mes铆as y Se帽or, est谩 siempre presente en su Iglesia por medio de su Esp铆ritu (Cfr. J. 14, 26; 15,26; 16,13; Ap.. 2,7); El ministro de la palabra por tanto . debe presentarlo no solo como objeto de estudio, sino tambi茅n como el que abre los corazones de los oyentes para recibir y comprender el mensaje que viene de Dios (Cfr. Act. 16,14).
13. "Por eso los Ap贸stoles, al trasmitir lo que escribieron, avisan a los fieles que conserven las tradiciones aprendidas de palabra o por carta. Lo que los ap贸stoles trasmitieron comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del pueblo de Dios; as铆 la Iglesia con su ense帽anza, su vida, su culto, conserva y 鈥榯rasmite a todas las edades lo que es y lo que cree" (DV. 8),
Esta tradici贸n est谩 vinculada a formulaciones, pero es m谩s vasta y m谩s profunda que estas formulaciones. Es una tradici贸n viva, porque en ella Dios contin煤a su di谩logo con nosotros: "As铆 Dios que habl贸 en otros tiempos, sigue conversando siempre con la Esposa de su Hijo amado; as铆 el Esp铆ritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la Palabra de Cristo" (DV. 8).
De aqu铆 que el ministerio de la Palabra puede considerar.se como el portavoz de esta tradici贸n viva, en el 谩mbito de toda la tradici贸n. "Esta tradici贸n apost贸lica va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Esp铆ritu Santo; es decir, crece la comprensi贸n de las palabras e instituciones trasmitidas cuando los fieles las contemplan y estudian repas谩ndolas en su coraz贸n, cuando comprenden internamente los misterios que viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Ap贸stoles en el carisma de la verdad" (DV. 8).
Por una parte es necesario distinguir claramente la revelaci贸n divina que constituye el objeto de la fe cat贸lica y que se cerr贸 con el tiempo de los ap贸stoles, de la gracia del Esp铆ritu Santo, sin cuya inspiraci贸n e iluminaci贸n nadie puede creer. Por otra parte Dios, que un tiempo hab铆a hablado a los hombres revel谩ndose a s铆 mismo a trav茅s de los acontecimientos salv铆f1co y el mensaje de los profetas, de Cristo y de los Ap贸stoles, todav铆a hoy gu铆a misteriosamente la Iglesia, su esposa, y habla con ella, mediante el Esp铆ritu Santo, en la sagrada tradici贸n, con la luz y el sentido de la fe, para que el pueblo de Dios, bajo la direcci贸n del magisterio, adquiera una comprensi贸n siempre m谩s profunda de la revelaci贸n. -
Los pastores de la Iglesia tienen la obligaci贸n, no s贸lo de proclamar y explicar directamente al Pueblo de Dios el dep贸sito de la fe que les ha sido confiado, sino tambi茅n de discernir con autenticidad las formulaciones y las explicaciones propuestas por los fieles, de suerte que "en el conservar, practicar y profesar la fe trasmitida haya concordia entre pastores y fieles". (D/V. 10). .
De aqu铆 se sigue que el ministerio de la Palabra debe presentar la revelaci贸n divina como la ense帽a el Magisterio y como la expresa en su conciencia y en su fe el Pueblo de Dios bajo la vigilancia del Magisterio. De esta. manera el ministerio, de la Palabra no es la pura y simple repetici贸n de una antigua doctrina, sino una reproducci贸n fiel de 茅sta, adaptada a los nuevos problemas y comprendida cada vez m谩s profundamente.
14. La revelaci贸n divina, por especial inspiraci贸n del Esp铆ritu Santo, ha sido expresada tambi茅n en forma escrita, es decir en los Libros Sagrados del Antiguo y Nuevo Testamento, que contienen y presentan la verdad revelada por Dios (Cfr. DV. 11).
La Iglesia, custodia e int茅rprete de la Sagrada Escritura, es por ella amaestrada, meditando asiduamente y penetrando cada vez m谩s su doctrina. Fiel a la tradici贸n, el ministerio de la palabra encuentra en la Sagrada Escritura el alimento y su norma (Cfr. DV. 21, 24, 25). En efecto, en los libros sagrados el Padre que est谩 en los cielos viene amorosamente al encuentro de sus hijos y dialoga con ellos (Cfr. DV. 21).
La Iglesia, sin embargo, aunque toma de la Sagrada Escritura la norma de su pensamiento, tiene tambi茅n el poder de interpretarla en virtud del Esp铆ritu de que ella est谩 animada:
"En ella las Sagradas Escrituras son m谩s profundamente comprendidas a la vez que m谩s constantemente activas" (DV. 8).
El ministerio de la palabra, por tanto, tiene su punto de partida en la Sagrada Escritura y en la predicaci贸n de los Ap贸stoles, de la manera como son entendidas, explicadas y aplicadas a las situaciones concretas en la Iglesia.
15. Con la fe el hombre acoge la revelaci贸n y por medio de ella participa del don de Dios de manera consciente.
A Dios que se revela debemos la obediencia de la fe por la cual el hombre se adhiere libremente al Evangelio de la gracia de Dios, (Cfr. Act. 20, 24) con pleno asentimiento de la inteligencia y de la voluntad. Guiado por la fe y por el don del Esp铆ritu Santo el hombre llega a contemplar y a gustar el Dios del amor que en Cristo ha revelado la riqueza de su gloria (Cfr. Col. 1,26); m谩s a煤n la fe viva constituye en nosotros un comienzo de la vida eterna, en la cual finalmente se podr谩n conocer sin velos las profundidades de Dios (1 Cor. 2,10). La fe que conoce el plan de salvaci贸n de Dios, nos gula al discernimiento de la voluntad de Dios con respecto a nosotros en este mundo y a la cooperaci贸n con su gracia. "La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocaci贸n del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas" (GS. 11).
16. El ministerio de la Palabra, para decirlo brevemente, debe estar consciente del cometido que se le ha confiado, es decir suscitar una fe viva que convierta la mente a Dios, impulse a asentir a su acci贸n y lleve a un vivo conocimiento de los contenidos de la tradici贸n y revele y manifieste el verdadero significado del mundo y de la existencia humana.
El ministerio de la Palabra es la proclamaci贸n del mensaje de salvaci贸n: lleva a los hombres al Evangelio. El misterio anunciado y ense帽ado toca profundamente aquella voluntad de vivir, aquel profundo deseo de plenitud, aquella viva espera de ]a felicidad futura que Dios ha sembrado en el coraz贸n de todo hombre y ha elevado con su gracia al orden sobrenatural.
Las verdades de la fe llevan consigo el amor a Dios, que ha creado todas las cosas por Cristo y en Cristo鈥 nos ha resucitado. Los diversos aspectos del misterio cristiano deben ser presentados de 鈥榯al modo que el acontecimiento central, Jes煤s 鈥攅l don m谩s grande de Dios a los hombres鈥 aparezca en primer plano, y que las otras verdades de la doctrina cat贸lica se ordenen y se jerarquicen pedag贸gicamente en torno a El (cf. nn. 43, 39).
17. El ministerio de la palabra toma diversas formas, seg煤n las diversas maneras de ejercerlo y los fines que se persiguen, entre ellas 鈥榚st谩 la catequesis.
Hay en primer lugar una forma que es la evangelizaci贸n o predicaci贸n misionera que se propone suscitar aquel primer acto de fe con el cual los hombres se adhieren a la palabra de Dios.
(Cfr. CD. 11, 13; AG. 6, 13, 14).
Sigue la forma catequ铆stica "cuyo fin es que la fe, ilustrada por la doctrina se torne viva, expl铆cita y activa" (CD, 14).
Luego viene la forma lit煤rgica en el 谩mbito de la celebraci贸n lit煤rgica, especialmente eucar铆stica (homil铆a) (SC. 33, 52; Inter oecum. 54).
Y hay, por 煤ltimo, la forma teol贸gica, es decir, el estudio sistem谩tico y la investigaci贸n cient铆fica de las verdades de la fe.
Para nuestro prop贸sito es importante distinguir estas formas, cada una de las cuales obedece sus propias leyes, a煤n cuando en realidad guardan entre s铆 una 铆ntima conexi贸n.
Por lo 鈥榯anto, lo que hasta ahora hemos dicho del ministerio de la palabra de una manera general se aplica tambi茅n a la catequesis.
18. La catequesis de suyo supone una adhesi贸n global al Evangelio de Cristo, propuesto por la Iglesia. Sin embargo a veces se dirige a hombres que, aunque pertenecen a la Iglesia, de hecho nunca tuvieron una verdadera adhesi贸n personal al mensaje revelado.
Esto significa que la evangelizaci贸n puede preceder o acompa帽ar a la catequesis propiamente dicha, seg煤n las circunstancias. Pero en todo caso hay que tener en cuenta que la conversi贸n es un elemento necesario en el dinamismo de la fe, y por lo tanto la catequesis, cualquiera sea su forma, debe incluir de alguna manera la evangelizaci贸n.
19. La catequesis adopta necesariamente varias formas seg煤n las circunstancias y las necesidades del caso.
En los pa铆ses tradicionalmente cristianos la catequesis se presenta a manera de ense帽anza religiosa que se imparte a los ni帽os y adolescentes en el 谩mbito escolar o fuera de 茅l. Hay all铆
- ordinariamente organizaciones para catequizar a los adultos o catecumenados para los que se preparan a recibir el bautismo, o para los que 鈥攁煤n ya bautizados鈥 carecen de la debida iniciaci贸n cristiana. Lo cierto es que la situaci贸n real en que se encuentra un gran n煤mero de fieles, pide alguna forma de evangelizaci贸n antes de la catequesis.
En las Iglesias reci茅n establecidas se le da especial importancia a la evangelizaci贸n en el sentido estricto, y se organiza el catecumenado para los que se inician en la fe y se preparan para recibir el bautismo (AG. 4).
En pocas palabras, la labor catequ铆stica toma formas y estructuras muy diversas: sistem谩ticas y ocasionales; organizadas y espont谩neas, etc.
20. Recuerden los pastores el deber que les incumbe de promover y asegurar la ilustraci贸n de la vida cristiana por la palabra de Dios, de acuerdo con la edad y las circunstancias (CD,
14) de tal manera que todos, as铆 el individuo como la comunidad, puedan ser promovidos teniendo en cuenta el estado espiritual en que se encuentran.
Recuerden tambi茅n que la catequesis de adultos, como dirigida a hombres capaces de una adhesi贸n plenamente responsable, debe considerarse como la forma de catequesis principal a la cual deben encaminarse todas las otras formas, siempre necesarias. Procuren de igual manera, atendiendo a las normas del Conc. Vat. II, "que se restablezca o se adapte mejor la instrucci贸n de los caitec煤menos adultos" (CD. 14; AG. 14).
21. En la actividad pastoral, la catequesis es una forma de acci贸n eclesial que trata de llevar a la madurez de la fe tanto a las comunidades como a los individuos.
Por la catequesis las comunidades cristianas logran un conocimiento m谩s profundo y m谩s vivo de Dios y de su plan salv铆fico cuyo centro est谩 en Cristo, Verbo de Dios Encamado, y se consolidan alcanzando una fe madura e ilustrada, haciendo a la vez part铆cipes de esa fe a los hombres que desean abrazarla.
Para cualquier hombre cuya alma se abra al mensaje evang茅lico, la catequesis es el medio m谩s apto para captar el plan de Dios en su propia vida y descubrir el significado 煤ltimo de la existencia y de la historia, de suerte que tanto la vida de los individuos como la de la sociedad se ilumine con la luz del Reino de Dios, se adapte a sus exigencias y pueda conocer el misterio de la Iglesia como la comunidad de los que creen en el Evangelio. Todos estos aspectos determinan las tareas espec铆ficas de la catequesis.
22. La fe es un don de Dios que provoca la conversi贸n del hombre. "Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio del Esp铆ritu Santo, que mueve el coraz贸n, lo dirige a Dios, abre los ojos del Esp铆ritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad" (DV, 5).
La comunidad cristiana vive una fe madura, si oye religiosamente la palabra de Dios, tiende mediante el estudio constante a su conversi贸n y renovaci贸n y est谩 a la escucha de lo que el Esp铆ritu dice a la Iglesia.
La catequesis (por la palabra acompa帽ada del testimonio y la oraci贸n) tiene como misi贸n disponer a los hombres a recibir la acci贸n del Esp铆ritu Santo y convertirse m谩s profundamente.
23, El hombre maduro en 1-a fe adhiere plenamente a la invitaci贸n que contiene el mensaje evang茅lico, en virtud del cual es 茅l llamado a la comuni贸n con Dios y con los hermanos, y traduce en su vida los deberes que derivan de esta invitaci贸n (AG.
12).
La catequesis tiene los siguientes objetivos: ayudar a los hombres a hacer realidad esta comuni贸n con Dios y proponer el mensaje cristiano de manera que aparezca como garant铆a del valor supremo de la vida humana. Esto supone que la catequesis tendr谩 siempre presente las leg铆timas aspiraciones del hombre as铆 como el progreso y la realizaci贸n de los valores que ellas involucran.
La comuni贸n con Dios y la adhesi贸n a El conllevan como efecto necesario el cumplimiento de los deberes humanos y la obligaci贸n de 1-a solidaridad, por que todo esto responde a la voluntad salvadora de Dios (GS, 4).
Por lo tanto la catequesis debe favorecer e ilustrar el incremento de la caridad teologal tanto en cada uno de los fieles como en las comunidades eclesiales, lo mismo que las obras que de esa virtud dimanan en los deberes de cada uno y de la comunidad.
24. El hombre maduro en la fe conoce el misterio de la salvaci贸n revelado en Cristo y los milagros y hechos divinos que prueban que este misterio se realiza en la historia humana. Por tanto, no basta que la catequesis excite solo una experiencia religiosa, aunque sea verdadera, sino que debe llevar a percibir poco a poco toda la verdad del plan divino, ense帽ando a los fieles a leer las Sagradas Escrituras y a conocer la tradici贸n.
25. "Toda celebraci贸n lit煤rgica, por obra de Cristo Sacerdote y de su cuerpo, que es la Iglesia, es acci贸n sagrada por excelencia cuya eficacia con el mismo t铆tulo y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acci贸n de la Iglesia" (SC, 7). Pero la comunidad cristiana, cuanto m谩s madura en la fe, vive el culto en esp铆ritu y en verdad principalmente en las celebraciones lit煤rgicas eucar铆sticas (Jn, 4,23).
La catequesis por tanto, debe ayudar a una participaci贸n activa, consciente y genuina de la liturgia de la Iglesia, no solamente explicando la significaci贸n de los ritos sino educando a los fieles en la oraci贸n, la acci贸n de gracias, la penitencia, la petici贸n confiada, el sentido comunitario y el sentido de los simbolos: cosas todas necesarias para que haya una verdadera vida lit煤rgica.
"Con todo, la participaci贸n en la sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual. En efecto, el cristiano, llamado a orar en com煤n, debe no obstante, entrar tambi茅n en su cuarto para orar al Padre en secreto (Mt. 6,6) m谩s a煤n, debe orar sin tregua, seg煤n ense帽a el Ap贸stol, (1 Tes. 5,17) orad sin interrupci贸n" (SC. 12).
Por tanto la catequesis debe educar a los cristianos a meditar la palabra de Dios y a rezar en privado.
26. El hombre ya maduro en 1-a fe puede reconocer en las distintas circunstancias y encuentros con el pr贸jimo la invitaci贸n de Dios que lo llama a acogerse a su plan de salvaci贸n.
A la catequesis toca, pues, aclarar esta idea, ense帽ando a los cristianos la cristiana interpretaci贸n de las cosas humanas, principalmente los signos de los tiempos, de manera que todos "se capaciten para examinar e interpretar todas las cosas con integro sentido cristiano" (GS. 62).
27. Las comunidades de los fieles, seg煤n las circunstancias, deben participar en el di谩logo ecum茅nico y en los dem谩s proyectos referentes a la restauraci贸n de la unidad cristiana (tJR. 5).
Por eso conviene que la catequesis preste su ayuda a esta causa, (UR. 6) exponiendo con claridad toda la doctrina de la Iglesia, (UR. 11) procurando un conocimiento adecuado de las otras confesiones tanto en los puntos que coinciden con la fe cat贸lica como en los que difieren; pero en este asunto hay que evitar las palabras y los modos de exponer la doctrina "que puedan inducir a los hermanos separados o a cualesquiera otras personas a alg煤n error acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia" (LG. 67); gu谩rdese el orden y la jerarqu铆a de las verdades de la doctrina cat贸lica; pero prop贸nganse los argumentos en favor de la doctrina cat贸lica con caridad a la vez que con firmeza. (UR. 11; AG. 15; Ad Ecclesiam totam, 14 mayo 1967, AAS. 1967, p. 574-592).
28. La Iglesia en 鈥楥risto es como el sacramento o el signo y el instrumento de salvaci贸n y de unidad de la humanidad entera (LG. 1). Y en este sentido es 鈥榯anto m谩s visible cuanto m谩s maduras en la fe aparecen las comunidades de los fieles,
La catequesis debe ayudar a estas comunidades a propagar la luz del Evangelio y a entablar di谩logo fruct铆fero con los hombres y las culturas no cristianas dentro de 1-a libertad religiosa bien entendida (DH; AG. 22).
29. El hombre maduro en la fe dirige sus pensamientos y deseos a la plena consumaci贸n del Reino en la vida eterna.
De aqu铆 que la catequesis deba dirigir la esperanza de los hombres hacia los bienes futuros que nos reserva la Jerusal茅n Celestial, pero invit谩ndolos a la vez a colaborar con el pr贸jimo en las tareas que tienen- al mejoramiento de la sociedad (GS.
39, 40-43).
30. En los fieles la fe se presenta m谩s o menos desarrollada seg煤n- la gracia que el Esp铆ritu Santo da a cada uno y que hay que obtener mediante la oraci贸n constante, y seg煤n la respuesta que cada quien da a esa gracia (Mr. 9,23).
Adem谩s la vida de la fe reviste diversas formas seg煤n evoluciona la existencia del individuo, a medida que alcanza la madurez y va asumiendo responsabilidades. Por tanto la vida de fe admite varios grados sea que se considere la aceptaci贸n global de toda la palabra de Dios, sea que se considere su explicaci贸n y aplicaci贸n a los diferentes compromisos correspondientes a la edad y a la 铆ndole propia de cada hombre (n. 38).
Lo que significa que esas formas cambiar谩n seg煤n se trate de p谩rvulos, de ni帽os, de adolescentes, de j贸venes o de adultos.
La catequesis debe ayudar al nacimiento y al progreso de esa vida de fe a lo largo de toda la existencia hasta la plena explicaci贸n de la verdad revelada y su aplicaci贸n a la vida.
31. La catequesis se dirige a la comunidad sin olvidar a los fieles en particular. Ella se une a las otras actividades pastorales de la Iglesia pero conserva su 铆ndole espec铆fica, y cumple a un mismo tiempo su deber de iniciaci贸n, de educaci贸n y ense帽anza.
Mucho interesa que la catequesis conserve esta riqueza de aspectos sin que uno se desarrolle m谩s con detrimento de otros.
32. Recuerde la catequesis aquella expresi贸n de la Sagrada Escritura: "Viva y eficaz es la palabra de Dios" (Heb. 4,12).
Esta palabra divina se hace presente en la catequesis por medio de la palabra humana. Mas para que sea fruct铆fera y produzca en el hombre sentimientos capaces de descartar en 茅l la incertidumbre y la indiferencia, movi茅ndole -a abrazar la fe, la catequesis debe expresar fiel y adecuadamente la palabra de Dios. Pero t茅ngase siempre presente que a la eficacia de 1-a catequesis contribuye enormemente el testimonio de vida del catequista y el de la comunidad eclesial (n. 35).
La catequesis, por tanto, debe trasmitir la palabra de Dios como la Iglesia la propone y en el lenguaje de los hombres a quienes se dirige (DV. 13; OT. 16). Cuando Dios se revel贸 a la humanidad se expres贸 en palabras humanas y en el lenguaje propio de la cultura del tiempo. (Cfr. DV. 12).
La Iglesia a la cual Cristo confi贸 el dep贸sito de su revelaci贸n, se esfuerza por trasmitirlo hasta el fin de los siglos, explic谩ndolo e interpret谩ndolo de una manera viva y adaptada a los pueblos de cualquier cultura y a los hombres de toda condici贸n.
33. Dios en la Historia de la Revelaci贸n us贸 de una pedagog铆a para anunciar en el A.T. sus designios de salvaci贸n por medio de profec铆as y figuras que preparan la venida de su . Hijo, autor y consumador de la Fe en el N. T. (Hebr. 12,2).
Pero ahora, despu茅s de la consumaci贸n de la revelaci贸n, la Iglesia debe predicar todo el misterio de nuestra salvaci贸n en Cristo. Y, sin olvidar la pedagog铆a usada por Dios, debe acomodar la suya a las nuevas exigencias que hoy confronta el mensaje, para que 茅ste, propuesto sin adulteraci贸n ni mutilaci贸n, se adapte a la 铆ndole de los catequizados.
Por tanto, mientras por una parte se adapta a las mentalidades menos cultas y les expone las esas de manera simple y breve, mediante f贸rmulas sumarias que puedan explicarse m谩s tarde, por la otra procura acomodarse a las inteligencias m谩s desarrolladas que exigen explicaciones m谩s profundas.
34. La catequesis guarda fidelidad a la palabra de Dios y a su expresi贸n (DV. 24). Sacando la verdad de la palabra de Dios, con plena adhesi贸n a la expresi贸n segura de esta palabra, la catequesis intenta ense帽ar la palabra de Dios con toda fidelidad.
De todos modos su tarea no se limita a repetir las f贸rmulas tradicionales, sino que exige que estas sean adecuadamente comprendidas y que, seg煤n las necesidades se reexpresen fielmente en un lenguaje adaptado a los oyentes.
El lenguaje, por tanto, ser谩 diferente seg煤n las edades, las condiciones sociales, la cultura y la civilizaci贸n (DV. 8; CD, 14).
35. La Catequesis por 煤ltimo pide, tanto鈥 a los catequistas como a la comunidad eclesial, el testimonio de la fe acompa帽ado del ejemplo de una aut茅ntica vida cristiana y de capacidad para el sacrificio (16. 12,17; NA. 2).
El encuentro del hombre con Cristo se efect煤a no solo por medio del sagrado ministerio, sino por medio de los fieles y sus comunidades (LG. 35), que est谩n, por tanto, obligadas a dar testimonio. Si falta este testimonio se pone a los oyentes un obst谩culo para que acepten la palabra de Dios, ya que la catequesis puede hablar con m谩s eficacia de las cosas que hace visible la comunidad. El catequista es como- un int茅rprete de la Iglesia ante los catequizados. El lee y ense帽a a leer los signos de la fe de los cuales el principal es la misma Iglesia (Concil. Vat. 1, Const. Dei Filius, Dz. Sch. 3014).
- De todo esto se desprende cuan necesario es que la comunidad eclesial seg煤n las ense帽anzas de la Iglesia y guiada por sus Pastores evite o corrija todo aquello que pueda deformar la imagen de la Iglesia, convirti茅ndola en obst谩culo para que los hombres abracen la fe (GS. 19).
Los catequistas, por tanto, 鈥榯ienen obligaci贸n de trasmitir la fe, pero la tienen tambi茅n de dar su aporte a la comunidad eclesial de modo que 茅sta d茅 un genuino testimonio cristiano.
La acci贸n catequ铆stica por tanto se encuadra en la acci贸n pastoral general que ordena y coordina todos los elementos de vida eclesial (GS. 4, 7, 43).
36. La fe cuya maduraci贸n busca la catequesis (n. 21), se puede considerar de dos maneras: como la adhesi贸n plena del hombre a Dios que se revela, bajo el influjo de la gracia (fides qua), o como la materia de la revelaci贸n y del mensaje cristiano (fides quae).
Estos dos aspectos no pueden separarse por raz贸n de su misma naturaleza, y la maduraci贸n normal de la fe supone un progreso coherente de ambos, pero estos dos aspectos se distinguen por razones metodol贸gicas.
En esta tercera parte se trata de la materia de la fe: en el primer cap铆tulo se dan las normas o criterios en que la catequesis deber谩 inspirarse para la b煤squeda y la formulaci贸n de sus contenidos. En el cap铆tulo segundo se tratar谩 del contenido en s铆 mismo.
Sin embargo no se van a exponer todas y cada una de las verdades cristianas que constituyen el objeto de la fe y la catequesis, ni se van a enumerar los errores m谩s salientes de nuestro tiempo ni las verdades de la fe que hoy se niegan con m谩s insistencia o por lo menos se ven con indiferencia.
A estos renglones provee el magisterio ordinario de la Iglesia por sus medios de comunicaci贸n.
Tampoco se quiere mostrar en este cap铆tulo una manera org谩nica de ordenar las verdades de la fe en una como s铆ntesis que responda, a la vez, a una jerarqu铆a objetiva y a las aspiraciones existenciales de los hombres de nuestro tiempo. Esta es tarea de la teolog铆a y de otras disciplinas que se ocupan de ex--poner la doctrina cristiana.
Por el contrario en este segundo cap铆tulo 鈥攅n formulaciones globales que suponen una explicaci贸n ulterior鈥 se expondr谩 lo m谩s saliente del mensaje de salvaci贸n, de manera org谩nica en cuanto a los lineamientos espec铆ficos que deber谩n presentarse de manera m谩s clara en una catequesis nueva que persiga con fidelidad su fin.
37. La Revelaci贸n es la manifestaci贸n del misterio de Dios y de su acci贸n salv铆fica en la historia, hecha por Dios mismo al hombre por una comunicaci贸n personal, cuyo contenido quiere El que se predique a todos los hombres como mensaje de salvaci贸n.
De aqu铆 que la primera y principal obligaci贸n del ministerio prof茅tico de la Iglesia es hacer inteligible este mensaje a los hombres de todos los tiempos, para que se conviertan a Dios por Cristo, interpreten su vida a la luz de la fe, teniendo en cuenta la situaci贸n hist贸rica concreta de esa vida, y puedan vivir de acuerdo con la dignidad que les ha tra铆do el mensaje de salvaci贸n y que la fe les ha revelado,
Para lograr todo esto la catequesis, tiempo important铆simo del ministerio prof茅tico de la Iglesia, no solo debe tomar contacto continuo con las diferentes maneras de vida de la comunidad eclesial, sino que debe procurar la m谩s estrecha relaci贸n entre las posibles formulaciones del divino mensaje y las diferentes culturas y maneras de hablar de los pueblos.
38. La materia del mensaje de salvaci贸n consta de partes estrechamente unidas entre s铆, a煤n cuando su revelaci贸n fue hecha progresivamente por Dios, primero por los profetas y 煤ltimamente por medio de su Hijo (H-ebr, 1.1).
Puesto que el fin de la catequesis 鈥攃omo se ha dicho鈥 consiste en llevar a la madurez de la fe a los cristianos como individuos y como comunidades, 茅sta debe tener el cuidado de proponer integro el tesoro del mensaje cristiano. Y debe hacerse de acuerdo con el ejemplo de la pedagog铆a divina (n. 33), sin perder de vista la totalidad de la revelaci贸n para que el pueblo se alimente de ella y de ella viva,
La catequesis por tanto empieza por la proposici贸n simple de la estructura 铆ntegra del mensaje cristiano 鈥攙ali茅ndose de f贸rmulas sumarias y globales鈥 y de manera adecuada a las distintas condiciones culturales y espirituales de los catequizados. Pero de ninguna manera debe limitarse a esa presentaci贸n inicial sino que debe proponer el mensaje de una manera cada vez m谩s amplia y expl铆cita, de modo que los fieles individualmente y la comunidad, adquieran de 茅l un conocimiento m谩s profundo y enfoquen los problemas humanos bajo la luz de la revelaci贸n.
Esta tarea de la catequesis 鈥攓ue no es tan f谩cil鈥 debe cumplirse bajo la direcci贸n del magisterio de la Iglesia a quien toca custodiar la verdad de la revelaci贸n y vigilar que el ministerio de la palabra use expresiones correctas y tome en cuenta con prudencia las investigaciones de la teolog铆a y de la ciencia.
39. - El objeto de la fe es - por su naturaleza complejo, es decir: Dios en su misterio y su intervenci贸n salv铆fica en la historia, y esto lo sabemos por lo que el mismo Dios ha revelado de s铆 y de sus obras. -
Cristo es el centro principal tanto en lo relativo a la intervenci贸n de Dios en la historia como en la manifestaci贸n de s铆 mismo a los hombres.
Por lo dicho, el objeto de la catequesis son el misterio de Dios y sus obras, es decir las obras que Dios hizo, hace y har谩 por nosotros los hombres y por nuestra salvaci贸n. Todas estas cosas guardan entre s铆 una vital coherencia y constituyen la econom铆a de la salvaci贸n.
Una catequesis que descuide esta organicidad y armon铆a del contenido se har铆a incapaz de lograr la finalidad que persigue.
40. Cristo Jes煤s, el Verbo de Dios encarnado, siendo la suprema manera como Dios interviene en el mundo y se manifiesta a los hombres, es el centro del mensaje evang茅lico en la Historia de la salvaci贸n.
El es "la imagen de Dios invisible, primog茅nito de la creaci贸n" (Col. 1,15). El es en verdad el 煤nico mediador por el cual Dios se acerca a los hombres y el hombre es llevado a Dios. (Cfr
1. Tim. 2,5). En El tiene la Iglesia su fundamento. En El se instauran todas las cosas (Ef. 1,10).
- Por eso las cosas creadas, la conciencia de los hombres, los valores genuinos que se encuentran en otras religiones, los signos de los 鈥歵iempos deben tenerse como caminos y escalones aunque no de manera un铆voca, por los cuales uno puede acercar se a Dios bajo el influjo de 1-a gracia y no sin cierta referencia a la Iglesia (Cfr. LG. 16).
Por todo esto la catequesis debe ser necesariamente Cristoc茅ntrica. -
41. As铆 como Cristo es el centro de la historia de la salvaci贸n, as铆 el misterio de Dios es el centro del cual parte esta historia y hacia el cual se ordena como 煤ltimo fin. Cristo muerto y resucitado lleva a los hombres al Padre enviando al Esp铆ritu Santo al Pueblo de Dios. Por esta raz贸n la estructura de toda la catequesis debe ser teoc茅ntrica 鈥 trinitaria: por Cristo al Padre en el Esp铆ritu.
Por Cristo: Toda la econom铆a de la salvaci贸n toma sentido del Verbo Encarnado, cuya venida prepar贸, cuyo reino en la tierra despu茅s de su muerte y resurrecci贸n manifiesta y extiende hasta su segunda venida gloriosa, que consumar谩 la obra de Dios. De aqu铆 que el misterio de Cristo ilumine toda la materia de la catequesis. Todos los elementos 鈥攂铆blicos, evang茅licos, eclesiales, humanos y a煤n c贸smicos鈥 que la ense帽anza catequ铆stica debe disponer y explicar, hay que referirlos al Hijo de Dios Encarnado.
Al Padre: El fin supremo de la Encarnaci贸n del Verbo y de toda la econom铆a 鈥榙e la salvaci贸n consiste en llevar a todos los hombres al Padre. Por tanto la catequesis, que debe ayudar a entender .cada vez mejor este designio amoroso del Padre Celestial, tiene la misi贸n de ense帽ar que el 煤ltimo sentido de la vida es este: conocer y glorificar a Dios haciendo su voluntad, como Cristo nos ense帽贸 con su palabra y su ejemplo, y as铆 llegar a la vida eterna.
En el Esp铆ritu Santo: El conocimiento del misterio de Cristo y nuestra ida hacia el Padre se hacen realidad en el Esp铆ritu Santo. La catequesis, por tanto, al trasmitir el mensaje cristiano, debe explicar esta presencia del Esp铆ritu Santo por la cual somos promovidos a la comuni贸n con Dios y con los hombres y al cumplimiento de nuestras responsabilidades.
Si la catequesis carece de estos tres elementos o no le da importancia a su estrecha relaci贸n, se corre el riesgo de que el mensaje cristiano pierda su propia 铆ndole.
42. El fin teoc茅ntrico-trinitario de la econom铆a de la salvaci贸n no se puede separar de su objeto que consiste en que los hombres liberados del pecado y sus consecuencias se configuren en lo posible a Cristo (Cfr. LG. 39). Como la Encarnaci贸n del Verbo, as铆, toda la verdad revelada es por nosotros los hombres y por nuestra salvaci贸n. La relaci贸n prospectiva de todas las verdades cristianas con el 煤ltimo fin del hombre es una de las condiciones para su provechosa inteligencia (Con. Vat. 1. Const. Dei Filius, Dz. Sch., 3016).
La catequesis, por tanto, debe mostrar con claridad la estrech铆sima relaci贸n del misterio de Dios y de Cristo con la existencia y el 煤ltimo fin del hombre. Con esta manera de proceder de ning煤n modo se quiere subestimar los fines terrenales a cuya consecuci贸n, por el esfuerzo individual y colectivo, llama Dios a los hombres; sino que se est谩 diciendo claramente que el fin 煤ltimo del hombre no se restringe a estos fines temporales, sino que m谩s bien los supera con una ventaja no sospechada, y de una manera que s贸lo el amor de Dios para los hombres pudo pensar.
43. En el mensaje de salvaci贸n hay una cierta jerarqu铆a de verdades (tJR. 11), que siempre reconoci贸 la Iglesia, al- elaborar los s铆mbolos o compendios de las verdades de la fe. Esta
jerarqu铆a no significa que unas verctactes pertenecen menos que otras a la fe, sino que unas verdades se apoyan en otras como m谩s principales y reciben de ellas luz.
La catequesis en todos sus grados habr谩 de tener - en cuenta esta jerarqu铆a de las verdades de la fe.
Estas verdades se pueden agrupar en cuatro cap铆tulos fundamentales:
El misterio de Dios, Padre, Hijo y Esp铆ritu Santo, creador de todas las cosas;
El misterio de Cristo, Verbo Encarnado, que naci贸 de Mar铆a la Virgen y por nuestra salvaci贸n padeci贸, muri贸 y resucit贸;
El misterio del Esp铆ritu Santo, presente en la Iglesia a la cual santifica y dirige hasta la gloriosa venida de Cristo, Salvador y juez nuestro;
El misterio de la Iglesia, que es el cuerpo m铆stico de Cristo, en la cual la Virgen Mar铆a ocupa un puesto eminente.
44. La econom铆a de la salvaci贸n se realiza en el tiempo:
pues empez贸 y progres贸 en el pasado, act煤a su fuerza en el presente y espera su consumaci贸n en el futuro. Por eso es necesario que en la catequesis aparezca la memoria del pasado, la conciencia del presente y la esperanza de la vida futura.
Por eso la catequesis recuerda el acontecimiento supremo de toda la historia de la salvaci贸n con el cual los cristianos se unen por la fe: la Encarnaci贸n, la Pasi贸n, la Muerte y Resurrecci贸n de Cristo.
Adem谩s la catequesis hace conocer a los cristianos c贸mo el misterio salv铆fico de Cristo act煤a hoy por el Esp铆ritu Santo y el magisterio de la Iglesia, as铆 como sus obligaciones para con Dios, para consigo mismos y para con el pr贸jimo.
La catequesis por 煤ltimo dispone el coraz贸n a la esperanza de la vida futura 鈥攃onsumaci贸n de toda la historia de la salvaci贸n鈥 y hacia la cual los cristianos deben tender con confianza filial, pero no sin un santo temor del juicio divino.
Por esta esperanza la comunidad de los fieles se llena de una 铆ntima expectaci贸n escatol贸gica que la capacita para juzgar rectamente los bienes terrenales estim谩ndolos en su justa proporci贸n sin que por ello los menosprecie.
Estos tres aspectos principales hay que tomarlos en cuenta asidua y eficientemente en toda catequesis.
45. El contenido de la catequesis se encuentra en la Palabra de Dios escrita o en la tradici贸n; el pueblo creyente lo entiende y lo explica m谩s profundamente bajo la direcci贸n del Magisterio que es el 煤nico que ense帽a aut茅nticamente; lo celebramos era la liturgia; resplandece en la Iglesia, principalmente en los justos y en los santos; y de alguna manera se hace patente en los mismos valores morales que, por providencia de Dios, existen en la sociedad humana.
Estas son las fuentes de la catequesis: unas principales, otras subsidiarias. Por tanto no deben tomarse en sentido un铆voco.
As铆 que al usar estas fuentes, el catequista mirar谩 siempre y sobretodo a la revelaci贸n escrita y a la tradici贸n y a la autoridad del magisterio eclesi谩stico en las cosas relacionadas con la fe.
Adem谩s e~ catequista, al exponer cualquier punto del contenido de la fe, debe destacar c贸mo el misterio de Cristo es su centro; c贸mo la Iglesia lo interpreta, lo define, lo celebra, lo actualiza y participa en la liturgia y lo reduce a la pr谩ctica en la vida.
Por 煤ltimo el catequista debe pensar c贸mo podr谩n con la ayuda del Esp铆ritu Santo, realizarse los planes de Dios en nuestra 茅poca.
46. Las normas arriba indicadas que se refieren a la exposici贸n de la materia de la catequesis, deben aplicarse en las varias formas de la catequesis: es decir en la catequesis b铆blica, lit煤rgica, en el compendio doctrinal, en la interpretaci贸n de las condiciones concretas de la existencia humana, etc.
De ellas, sin embargo, no puede deducirse el orden que ha de guardarse en la exposici贸n de la materia. Se puede partir de Dios para llegar a Cristo y al contrario; se puede partir del hombre para llegar a Dios y al contrario, etc. etc. El m茅todo pedag贸gico se escoger谩 de acuerdo con las circunstancias porque atraviesa la comunidad eclesial o los fieles a quienes se dirige. De aqu铆 la necesidad de investigar cuidadosamente para encontrar los caminos y las maneras que mejor respondan a las condiciones de la realidad.
Toca a las Conferencias Episcopales dar la normas m谩s precisas y aplicarlas mediante los directorios catequ铆sticos, catecismos seg煤n la edad, la cultura y los otros recursos que parezcan oportunos. (Cfr. parte VI).
47. La historia de la salvaci贸n es lo mismo que la historia de los medios y modos c贸mo Dios uno y verdadero: Padre, Hijo, Esp铆ritu Santo, se revela a los hombres, a quienes, apartados del pecado, reconcilia y une consigo.
El A.T. mientras afirma de una manera clara la unidad de Dios en un mundo polite铆sta, adelanta algunos indicios del misterio Trinirtario que tendr谩n plena explicaci贸n en la persona, en las obras y palabras de Jesucristo, quien al revelase como Hijo de Dios, revela al mismo tiempo al Padre y al Esp铆ritu Santo.
El conocimiento 铆ntimo de Dios verdadero que llena el alma del divino Maestro, 1-o comparte El con sus disc铆pulos llam谩ndolos a que se hagan hijos de Dios por el don que 茅l les hace de su Esp铆ritu filial (Jn. 1. 12; Rom. 8,15).
En la catequesis, por tanto, el encuentro con Dios Uno y Trino ocurre primero y principalmente cuando el Padre, el Hijo y el Esp铆ritu Santo son reconocidos como autores del plan de salvaci贸n, que llega a su culminaci贸n con 1-a muerte y resurrecci贸n de Jes煤s (Irenaeum, Demonet. praedic. apost., n-. 6, S. Chr., 62, p. 39 sq.).
De 茅sta manera a la Revelaci贸n del Misterio trasmitida por la Iglesia responde una progresiva conciencia de los fieles que, en la fe, entienden que su vida, despu茅s del bautismo, consiste en alcanzar una m谩s 铆ntima familiaridad con las tres divinas Personas, por cuanto ellos han sido llamados a participar su divina naturaleza.
Por 煤ltimo, los cristianos con los ojos de la fe, por un don de Esp铆ritu Santo, pueden, desde ya contemplar con amor filial la Sant铆sima Trinidad de las Personas, como es ella en la vida 铆ntima de Dios desde la eternidad.
48. "El Dios y Padre de nuestro Se帽or Jesucristo" (Efe. 1,3) es "un Dios vivo" (Mt. 16, 16): santo, justo, misericordioso es un Dios autor de una alianza con los hombres, Dios que ve, libera, salva, Dios que ama como Padre, como esposo. La catequesis anuncia este Dios con alegr铆a, como fuente que es de toda esperanza (1 Petr. 1, 3-4),
La catequesis, por otra parte, no puede ignorar que muchos hombres de nuestro tiempo sienten la lejan铆a y la ausencia de Dios. Este hecho que es parte del proceso de secularizaci贸n, constituye sin duda un peligro para la fe, pero tambi茅n nos empuja a tener una fe m谩s pura y a ser m谩s humildes ante el misterio de Dios, como conviene: "Verdaderamente t煤 eres un Dios escondido, Dios salvador de Israel" (Is. 45,15).
Bajo esta luz podemos entender m谩s f谩cilmente la verdadera naturaleza del culto que Dios nos pide y que le glorifica:
es decir un culto que va unido al prop贸sito de hacer su voluntad en todos los campos de nuestra actividad y de multiplicar fielmente en el amor los talentos que 茅l nos ha dado (M:at. 25, 14 Sigs.).
En la sagrada Liturgia los fieles presentan los frutos de sus actos de amor, de justicia y de paz para ofrecerlo humildemente a Dios y as铆 recibir la palabra de vida y las gracias que necesitan para profesar en el mundo la verdad en la caridad (Efe. 4, 15), en comuni贸n con Cristo que ofrece por los hombres su Cuerpo y su sangre.
49. Los cristianos pueden ayudar al mundo ateo para que 拧e acerquen a Dios, por medio del testimonio de su vida conforme al mensaje de caridad de Cristo y de fe viva y madura que se manifieste en obras de justicia y amor (GS. 21).
Pero no hay que desestimar el recto uso de la raz贸n que, como ense帽a la Iglesia, (Conc. Vat. 1. Const. dogm. Dei Filius, Dz.鈥擲ch. 3004-3005, 3026), puede conocer a Dios principio y fin de todas las cosas. Este conocimiento de Dios lejos de menoscabar la dignidad humana la establece y la afirma.
A煤n cuando el fin de la Iglesia es la salvaci贸n eterna de los hombres, sin embargo la fe en Dios lleva consigo la urgente obligaci贸n de ayudar a resolver los problemas humanos (1 Jo.
4, 20-21): en este campo los cristianos deben dar testimonio del valor del mensaje del Se帽or con sus obras.
50. La coronaci贸n de todas las obras de Dios es la Encarnaci贸n de su Hijo Jesucristo. Primog茅nito de toda la creaci贸n, El tiene ser antes que todas las cosas y todas las cosas tienen en El su consistencia (Col. 1, 15-17). En El, por El, y para El fueron creadas todas las cosas (Col. 1, 15 ss). -
Hecho obediente hasta la muerte, exaltado como Se帽or de todos, se nos manifest贸 por la Resurrecci贸n el Hijo de Dios en poder铆o (Rom. 1, 4). Primog茅nito entre los muertos da vida a todos (1 -Cor. 15,22); en El somos creados como hombres nuevos (Ef. 2, 10); por El ser谩 liberada toda la creaci贸n de la esclavitud de la corrupci贸n (Rom. 8, 19-21). "No hay salvaci贸n en ninguno otro" (Act. 4, 12).
51. El mundo creado de la nada es el mundo en el cual, en realidad, se realiza la salvaci贸n y la redenci贸n por Jesucristo.
En el A.T. la verdad de la acci贸n creadora de Dios no se propone como principio filos贸fico abstracto; sino que entra en la mente de los Israelitas, mediante la noci贸n de la unidad de Dios, como mensaje de la omnipotencia y la victoria de Yav茅, como el argumento que demuestra que el Se帽or siempre permanece con su Pueblo (Is. 40, 27-28; 51, 9-13). La Omnipotencia de Dios creador se manifiesta tambi茅n en la Resurrecci贸n de Cristo, en la cual se revela "la supereminente grandeza de su poder" (Ef. 1, 19).
Por eso la verdad de la creaci贸n no hay que proponerla simplemente como una verdad que separada de las dem谩s tiene consistencia en s铆 misma, sino como algo que de hecho se ordena a la salvaci贸n realizada por Jesucristo. La creaci贸n de lo visible y lo invisible, del mundo y de los 谩ngeles, es el comienzo de la Historia de la salvaci贸n (Cfr. DV, 3); la creaci贸n del hombre (P铆o XII, Enc. Humani generis, ASS, 1950, p. 575; GS. 12, 14). Hay que tomarla como el primer don y la primera llamada que conduce a la glorificaci贸n de Cristo (Rom. 8, 29-30).
Mientras el cristiano oye la explicaci贸n de la doctrina de la creaci贸n, adem谩s de considerar el primer acto por el que Dios "cre贸 el cielo y la tierra" (Gen. 1,1), debe abrir su mente a todas las obras salv铆ficas de Dios. Estas est谩n siempre presentes en la historia del hombre y del mundo y brilla con luz especial en la historia de Israel, encaminan al supremo evento de la Resurrecci贸n de Cristo y alcanzan la consumaci贸n al fin del mundo cuando tendremos los cielos nuevos y la tierra nueva (Cfr. II Pet. 3, 13).
52. En Jesucristo el cristiano se sabe unido a toda la historia y en comuni贸n con todos los hombres. En la mitad de la historia del mundo tiene lugar la historia de la salvaci贸n en la cual Dios realiza su plan, para que el pueblo de Dios o sea el "Cristo total" se haga en el tiempo.
Reconozca el cristiano con sencillez y sinceridad que 茅l tiene parte en esta empresa cuya meta, por la virtud de Cristo, es lograr que la creaci贸n d茅 la m谩xima gloria a Dios (Cfr 1 Cor. 15, 28).
53. Este gran misterio, Cristo Cabeza y Se帽or de todas las cosas "se hizo visible a los hombres encarn谩ndose" (1 Tim. 3, 16). El hombre Cristo Jes煤s que habit贸 entre los hombres, trabaj贸 con manos de hombre, pens贸 con inteligencia de hombre, obr贸 con voluntad de hombre, am贸 con coraz贸n de hombre, es verdaderamente el Verbo y el Hijo de Dios que por la Encarnaci贸n se uni贸 en cierto modo con cada uno de los hombres
(GS. 22).
El catequista debe predicar a Jes煤s en su existencia concreta y en su mensaje; es decir, de tal manera debe franquear a los hombres el camino hacia la admirable perfecci贸n de su humanidad, que puedan reconocer el misterio de su divinidad.
En verdad, Cristo Jes煤s unido con el Padre por su asidua y peculiar oraci贸n, vivi贸 en una estrecha comuni贸n con los hombres. Con su bondad los abraz贸 a todos: justos y pecadores, pobres y ricos, compatriotas y extranjeros; y si por algunos lleg贸 a tener predilecci贸n fue por los enfermos, los pobres y los humildes. Y para con la persona humana se mostr贸 siempre tan respetuoso y tan sol铆cito como no lo hizo nadie antes de 茅l.
La catequesis debe defender y fortalecer todos los d铆as la fe en 1-a divinidad de Jesucristo, para que los hombres lo acepten no solo por su admirable vida humana, sino que por sus palabras y milagros le reconozcan como Hijo- de Dios unig茅nito, (Jn. 1, 18), "Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, consustancial al Padre" (Dz. Sch. 150).
La recta interpretaci贸n del misterio de la Encarnaci贸n ha ido progresando en la tradici贸n cristiana. Los Padres y los Concilios, en un continuo estudio de la fe, dirigieron sus esfuerzos a lograr nociones cada vez m谩s exactas, a exponer con m谩s profundidad la 铆ndole propia del misterio de Cristo y a investigar las misteriosas relaciones que hay entre El y el Padre celestial y entre El y los hombres,
A esto se a帽ade el testimonio- de vida cristiana que dio la Iglesia acerca de esta verdad en el correr de los siglos: la comuni贸n de Dios con los hombres que se logra en Cristo, ha sido fuente de gozo y de inexhausta esperanza. En Cristo est谩 toda la plenitud de la divinidad, y por El se hace visible el amor de Dios a los hombres.
San Ignacio escrib铆a a los Efesios: "Jesucristo nuestro Se帽or es m茅dico carnal y espiritual, engendrado e ing茅nito, Dios existiendo en carne, vida verdadera en la muerte, de Mar铆a y de Dios, primero impasible y entonces pasible" (RJ. 39).
54. El misterio de Cristo aparece en la historia de los hombres del mundo, sujeta al pecado, no solo como misterio de Encarnaci贸n, sino de Salvaci贸n y Redenci贸n.
De tal manera am贸 Dios a los hombres pecadores, que les dio a su Hijo para reconciliar consigo al mundo (II Cor. 5,19). Jes煤s, pues, como primog茅nito de muchos hermanos (Rom. 8,29), santo, inocente, inmaculado (Hebr. 7,26), obedeciendo libremente a su Padre por amor filial (Filip. 2,8), acept贸 como Mediador la muerte 鈥攅stipendio del pecado鈥 por sus hermanos pecadores (Rom. 6,23; GS. 18).
Jesucristo, con su muerte sant铆sima, redimi贸 a la humanidad de la servidumbre del pecado y del demonio y derram贸 sobre ella su Esp铆ritu de adopci贸n creando en s铆 mismo una nueva humanidad.
55. El misterio de Cristo se contin煤a en la Iglesia que goza siempre de su presencia y le sirve, mediante los signos instituidos por el mismo Cristo para significar y conferir la gracia, y se llaman propiamente sacramentos (Conc. Tridentinum, Decretum de sacramentis, Dz. - Sch., 1601).
Pero la misma Iglesia, por cuanto no es s贸lo el pueblo de Dios, sino que es tambi茅n en Cristo "como signo e instrumento de la uni贸n 铆ntima con Dios y de la unidad de todo el g茅nero humano" (LG. 1), debe considerarse en cierto modo como el sacramento primordial. -
Los sacramentos son las acciones principales y fundamentales por las cuales Jesucristo da continuamente a los fieles su Esp铆ritu, haciendo de ellos el pueblo santo, que en El y con El, se ofrece en oblaci贸n, acepta al Padre.
Los sacramentos, es claro, deben tenerse como los bienes inestimables de la Iglesia que tiene el poder de administrarlos, pero deben referirse siempre a Cristo de quien derivan su eficacia. En realidad Cristo es quien bautiza. No es tanto el hombre que celebra la Eucarist铆a como el mismo Cristo; es El quien por el ministerio de los sacerdotes se ofrece en el sacrificio de. la misa. (Conc. Trid., Doctrina de sacrificio Missae, - Dz., Sch., 1743).
La acci贸n sacramental es en primer lugar acci贸n de Cristo, de quien los ministros de la Iglesia son como instrumentos.
56. Cuidado de la catequesis es proponer los sacramentos seg煤n su naturaleza integral.
Lo primero, hay que proponerlo como sacramentos de la fe. Ellos de por s铆 expresan la voluntad eficaz de Cristo Salvador, y los hombres por su parte deben manifestar su sincera voluntad de responder al amor y misericordia de Dios. Por eso la catequesis debe procurar, como disposici贸n, excitar la sinceridad y la generosidad para la m谩s digna recepci贸n de los sacramentos.
En segundo lugar los sacramentos hay que presentarlos seg煤n la naturaleza y fin de cada uno, no s贸lo como remedios del pecado y sus consecuencias, sino, y principalmente, como fuentes de gracia en los individuos y en las comunidades; de tal suerte que toda dispensaci贸n de la gracia en la vida de los fieles diga relaci贸n a la econom铆a sacramental.
57. El bautismo lava al hombre de la culpa original y de todo pecado personal, lo hace hijo de Dios, lo incorpora a la Iglesia y lo santifica con los dones del Esp铆ritu Santo, y, por un car谩cter indeleble impreso en su alma, lo hace part铆cipe de una manera inicial, de la misi贸n prof茅tica, real y sacerdotal del Se帽or Jesucristo (1 Petr. 29; LG. 31).
La Confirmaci贸n vincula al cristiano m谩s perfectamente a la Iglesia y lo enriquece con una fortaleza especial del Esp铆ritu Santo, para que viva en el mundo como testigo de Cristo.
Pero como la vida del cristiano, que es milicia sobre la tierra, est谩 expuesta a tentaciones y pecados, se 1-e abre el camino del sacramento de la penitencia para que alcance el perd贸n de Dios misericordioso y se reconcilie con la Iglesia.
El Orden configura de una manera especial a Cristo mediador, a algunos de los miembros del pueblo de Dios confiri茅ndoles la potestad sagrada para que apacienten la Iglesia, alimenten y santifiquen a los fieles con la palabra de Dios, y para que en representaci贸n de Cristo ofrezca el sacrificio de la Misa y presidan el banquete Eucar铆stico.
"Con la Unci贸n de los Enfermos y la oraci贸n de los presb铆teros, toda la Iglesia encomienda a los enfermos al Se帽or paciente y glorificado para que los alivie y los salve" (GL. 11. Sant. 5,14-16).
En la catequesis de los sacramentos d茅se importancia a la explicaci贸n de los signos; porque la catequesis por signos visibles debe llevar a los fieles a escrutar los misterios invisibles de Dios.
58. Sin duda la Eucarist铆a tiene el primado sobre todos los sacramentos, y la mayor eficacia en la edificaci贸n de la Iglesia (LG. 11, 17; Instr. Eucharisticum mysterium, nn 5-15).
Porque en la Eucarist铆a, una vez pronunciadas las palabras de la consagraci贸n, se convierte la realidad profunda (no fenom茅nica) del pan y del vino, en cuerpo y sangre de Cristo; conversi贸n que en la Iglesia recibi贸 el nombre de "transubstanciaci贸n". Por eso, bajo las apariencias (la realidad fenom茅nica) del pan y del vino, se oculta de manera misteriosa la misma humanidad de Cristo, no solo por su virtud, sino por s铆 misma (es decir sustancialmente) y unida a su divina Persona (Paulum VI Enc. Mysterium Fidel, AAS, 1965, p. 766),
Pero este sacrificio no es s贸lo el rito conmemorativo de un sacrificio pasado. Porque en 茅l Cristo a trav茅s de los siglos perpet煤a de una manera incruenta, por el ministerio de los sacerdotes, el sacrificio de la cruz, (SC, 47) a la vez que alimenta a los fieles por s铆 mismo como pan de vida, para que imbuidos del amor de Dios y del pr贸jimo se hagan el pueblo cada vez m谩s aceptable a Dios.
Los fieles alimentados con la V铆ctima del Sacrificio de la cruz superan con amor aut茅ntico y- activo los prejuicios que llevan a tildar de est茅ril un culto que los aisla de la fraternidad y de la colaboraci贸n humana.
El banquete Eucar铆stico fue instituido para hacer que los fieles por la oraci贸n frecuente unan cada d铆a m谩s su coraz贸n con Dios y por lo mismo reconozcan y amen a los hombres corno hermanos de Cristo y como hijos de Dios,
59. Hoy 鈥攃on el debido respeto que el mensaje cristiano tiene por la virginidad consagrada鈥 (1. Cor. 7,38; Concilium Tridentinum, Canones de sacramento matrimonii, Dz. - Sch., 1810), debemos dar una peculiar importancia a la catequesis sobre el matrimonio instituido por el mismo Creador y enriquecido con varios bienes, fines y leyes (Gs. 48).
La catequesis apoyada en las palabras de la fe y en la ley natural, bajo el magisterio de la Iglesia que tiene como misi贸n su interpretaci贸n aut茅ntica (Enc. Hu.manae Vitae, n. 4, ASS, 1968, p. 483), y tomando en cuenta el progreso de las ciencias antropol贸gicas, debe poner en el matrimonio la base de la vida familiar por cuanto se refiere a sus valores -a la ley divina de la indisolubilidad y unidad y a los deberes del amor ordenado naturalmente a la procreaci贸n y educaci贸n de la prole.
En cuanto al control de la natalidad hay que observar lo que la doctrina de la Iglesia dice respecto a la castidad conyugal. (Humanae Vitae, n. 14, AAS, 1968, p, 490).
Dado que N.S. Jesucristo 鈥攑ara los bautizados鈥 elev贸 el matrimonio a la dignidad de sacramento, los c贸nyuges, ministros del sacramento al dar el consentimiento personal e irrevocable, viviendo en gracia imitan y de cierta manera representan el amor del mismo Cristo para con su Iglesia (Efe. 5,25).
Los esposos cristianos son robustecidos y como consagrados por este! sacramento para cumplir los deberes de su estado y conservar su dignidad (GS, 48).
Por 煤ltimo a la vocaci贸n de la familia toca el abrirse como comunidad a la Iglesia y al mundo.
60. El hombre al recibir el Esp铆ritu de Cristo empieza una manera completamente nueva y gratuita de vida con Dios.
El Esp铆ritu Santo presente en el alma del cristiano, lo hace part铆cipe de la naturaleza divina y lo une en comuni贸n 铆ntima de vida con el Padre y con el Hijo, que no puede romper ni la muerte (Cfr. Jn. 14,23),
El Esp铆ritu Santo sana al hombre de sus debilidades y enfermedades espirituales; 1-o libra de la servidumbre de las pasiones- y del inmoderado amor de s铆 mismo, d谩ndole fuerza para guardar la ley divina; lo robustece con la esperanza y la fortaleza; lo ilumina en la prosecuci贸n del bien; y le da frutos de calidad, de alegr铆a, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad (Gal. 5,22-23). -
De aqu铆 que el Esp铆ritu Santo sea invocado como hu茅sped del alma.
La liberaci贸n del pecado y la inhabitaci贸n de Dios en el alma es la gracia. Cuando se dice que el pecador es justificado por Dios, que es vivificado por el Esp铆ritu de Dios, que posee en s铆 la vida de Cristo O: que tiene la gracia, estamos utilizando un lenguaje que, con distintas palabras, significa la misma cosa, es - decir: morir al pecado, hacerse part铆cipe de la divinidad del Hijo por el Esp铆ritu de adopci贸n y entrar en 铆ntima comuni贸n d茅 vida con la Sant铆sima Trinidad.
El hombre de la historia de la Salvaci贸n es el hombre ordenado a la gracia de la adopci贸n filial y a la vida eterna. La Antropolog铆a cristiana encuentra su 铆ndole verdadera y propia en la gracia de Cristo Salvador.
61. La vocaci贸n divina del hombre pide de 茅l una respuesta libre en Jesucristo.
El hombre no puede menos de ser libre. Es propio de su dignidad y responsabilidad que, siendo due帽o de sus acciones, guarde la ley. natural y la ley de la gracia y adherirse a Dios que se revel贸 en Cristo. La libertad del hombre ca铆do qued贸 de tal manera herida, que no puede cumplir las obligaciones de la ley natural por mucho tiempo, sin el auxilio de la gracia divina; pero la gracia eleva y fortalece de tal manera su libertad que viviendo en la carne, est谩 en capacidad de vivir santamente en la fe de Jesucristo (Cfr. Gal. 2,20).
Misi贸n de la Iglesia es promover y defender el verdadero sentido de la libertad y su recto uso contra cualquier coacci贸n injusta. Ella, adem谩s, la defiende de sus negadores que sostienen que la actividad del hombre depende totalmente de determinismos psicol贸gicos y de acondicionamientos econ贸micos, sociales, culturales y otros por el estilo.
No niega, sin embargo, la Iglesia que la libertad a煤n ayudada por la divina gracia, est谩 expuesta a graves dificultades psicol贸gicas y al influjo de las condiciones externas en que cada uno vive; de manera que la responsabilidad humana no pocas veces se disminuye y, a煤n m谩s, casos hay en que casi desaparece, o desaparece totalmente.
Tambi茅n tiene en cuenta la Iglesia las investigaciones y el progreso moderno de las ciencias antropol贸gicas acerca del uso y de los l铆mites de la libertad humana. Por todo esto, se preocupa en educar y cultivar la genuina libertad, 1-o mismo que procurar en el campo psicol贸gico, social, econ贸mico, pol铆tico y religioso las condiciones convenientes para el verdadero y justo u拧o de la libertad.
Los cristianos, por tanto, deben trabajar con dedicaci贸n y sinceridad en el orden temporal de las cosas para que en lo posible se den las mejores condiciones para el ejercicio de la libertad. -
Es este un compromiso que ellos comparten con todos los hombres de buena voluntad, aunque deben tambi茅n saber que esta obligaci贸n les urge a ellos por razones m谩s v谩lidas y apremiantes; pues no se trata de promover solo un bien terrenal, sino el bien inestimable de la gracia y la salvaci贸n eterna.
62. Las condiciones hist贸ricas y ambientales no son, sin embargo, el principal obst谩culo a la libertad del hombre: el m谩s grande obst谩culo que 鈥榯iene el hombre para adherir libremente a la obra de la salvaci贸n es el pecado.
"Creado por Dios en la justicia, el hombre sin embargo, por instigaci贸n del demonio, en el propio exordio de la historia, abus贸 de su libertad, levant谩ndose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al margen de Dios" (GS. 13). "Por un hombre entr贸 el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y as铆 la muerte alcanz贸 a todos los hombres, por cuanto todos pecaron" (Rom. 5,12). "La naturaleza humana ca铆da, destituida de la gracia que antes la enriquec铆a, herida en sus fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte es trasmitida a todos los hombres, por lo cual todo hombre nace en pecado" (Paulo VI, Profeso fidei ri. 16. AAS. 1968, p. 439).
El pecado se ha hecho una dolorosa experiencia de los hombres y es causa de muchos sufrimientos y ruina. Ni hay que olvidar la doctrina acerca de la naturaleza y los efectos del pecado personal con el que el hombre viola, consciente y libremente, la ley moral y ofende gravemente en cosas graves a Dios.
La historia de la salvaci贸n es tambi茅n historia de liberaci贸n del pecado. Todas las intervenciones de Dios desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento tienen tambi茅n la finalidad de dirigir al hombre en la lucha contra las fuerzas del mal; la misi贸n hist贸rica de Cristo se endereza a la destrucci贸n del pecado y se realiza en el misterio de la cruz.
La penetrante reflexi贸n de S. Pablo (Rom. 5) sobre la realidad del pecado y sobre la consiguiente "obra de justicia" de Cristo, constituye un aspecto fundamental de la fe cristiana, que no puede ser callado en la catequesis.
Sin embargo la salvaci贸n tra铆da por Cristo va mucho m谩s all谩 de la redenci贸n del pecado. Ella es de hecho la realizaci贸n del designio de Dios de comunicarse en Jesucristo con una riqueza que trasciende toda comprensi贸n; es un designio que no se detiene ante la culpa de los hombres, sino que les confiere una gracia sobreabundante con respecto a la muerte causada por el pecado (Rom. 5, 15-17).
Esta iniciativa de amor, por la cual los hombres son llamados a participar, por medio- del esp铆ritu de Cristo, a la misma vida de Dios, es siempre eficaz y actual en todos los tiempos. El hombre, a煤n pecador, queda siempre incluido en el 煤nico orden querido por Dios es decir el de comunicare ben茅volamente a nosotros en Cristo Jes煤s y por eso, movido de la gracia puede obtener la salvaci贸n por la conversi贸n.
63. Cristo confi贸 a sus ap贸stoles la tarea de ense帽ar a observar todas las cosas que 茅l hab铆a ense帽ado (Mt. 28,20). Por eso la catequesis no comprende solamente las verdades que hay que creer sino tambi茅n las cosas que hay que hacer.
La vida moral del cristiano, es decir el modo de vivir conforme a su dignidad de hombre y de hijo adoptivo de Dios, es el compromiso de vivir y crecer, bajo la gula del Esp铆ritu Santo en la vida nueva comunicada por Jesucristo.
La vida moral del cristiano es guiada por la gracia y los dones del Esp铆ritu Santo: "El amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones con el Esp铆ritu Santo que nos fue dado" (Rom. 5,5).
La docilidad al Esp铆ritu Santo conlleva la fidelidad a los mandamientos de Dios, como tambi茅n a las leyes de la Iglesia y a las leyes civiles justas.
- La libertad cristiana tiene 鈥榯ambi茅n necesidad de ser orientada y guiada en sus realizaciones concretas. Por eso la conciencia de los fieles, aunque guiada por la virtud de la prudencia, debe someterse al magisterio de la Iglesia, al cual le toca exponer aut茅nticamente el orden moral objetivo.
Es necesario tambi茅n que el cristiano conozca la existencia de normas morales absolutas que obligan siempre y a todos. Por este motivo los santos han dado testimonio de Cristo a煤n con actos heroicos de virtud, y los m谩rtires han afrontado los tormentos y la muerte para no negarlo.
64. La acci贸n del Esp铆ritu de Cristo se expresa bien cuando se pone a la luz la originalidad propia de la moral cristiana, que consiste en resumir y centrar todo compromiso 茅tico, preceptos y consejos, en aquel elemento que es como su alma, os decir en una fe que obra en la caridad (Gal. 5,6).
El hombre es llamado a aceptar libremente en toda circunstancia el designio de Dios Esta es "la obediencia de la fe por la que el hombre se entrega entera y libremente a Dios" (DV. 5). Y puesto que Dios es amor y su designio es comunicar en Jesucristo su amor y hacer de la humanidad una comuni贸n en el amor rec铆proco, aceptar libre y perfectamente a Dios y a su designio significa decidirse por una vida inspirada por el amor en la observancia de los mandamientos, es decir aceptar y vivir como mandamiento nuevo el compromiso de la caridad,
El hombre es llamado por tanto a decidirse en la fe por una vida de caridad hacia Dios y los otros hombres: aqu铆 est谩 su m谩xima responsabilidad y su alt铆sima dignidad moral. La santidad del hombre, cualquiera sea Su estado de vida a que ha sido llamado, consiste en la perfecci贸n de la caridad (LOE 29-42).
65. La Iglesia instituida por Cristo, naci贸 de su muerte y Resurrecci贸n. Ella es el nuevo Pueblo de Dios, preparado en la Historia de Israel, pueblo que Cristo vivifica y hace crecer con la efusi贸n de su esp铆ritu y que continuamente renueva y dirige con sus dones jer谩rquicos y carism谩ticos; "pueblo reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Esp铆ritu Santo" (LG. 4).
Por eso la Iglesia en cuanto Pueblo de Dios, sociedad de los Pueblos, comuni贸n de los hombres en Cristo, es obra del amor salv铆fico de Dios en Cristo.
Los principios que generan y forman los fieles, constituy茅ndolos en comunidad es decir el dep贸sito de la fe, los sacramentos, los ministerios apost贸licos, pertenecen a la Iglesia Cat贸lica. A ella le han sido encomendados y dan origen a las actividades eclesiales. En otras palabras, la Iglesia posee todos los medios necesarios para reunirse y llevar a plena madurez 1a comuni贸n de los hombres en Cristo.
Esta obra no es fruto solamente de la acci贸n trascendente de Dios, del trabajo invisible de Cristo y de su Esp铆ritu, sino tambi茅n de instituciones, de poderes y de acciones salv铆ficas propias de la Iglesia. Por eso ella adem谩s de sociedad de los fieles es tambi茅n su madre, en virtud de su acci贸n ministerial y salv铆fica.
La Iglesia es el pueblo santo de Dios que participa de la misi贸n prof茅tica de Cristo (Cfr. LG 12) y congregado por la palabra de Dios, la acoge y la proclama a todo el mundo. Es un pueblo sacerdotal: "Cristo Se帽or, Pont铆fice, tomado de entre los hombres, hizo un pueblo nuevo un reino y sacerdotes para Dios su Padre. (Ap 1,6). Los bautizados en efecto, son consagrados por la regeneraci贸n y la unci贸n del Esp铆ritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo para que, por toda obra del hombre cristiano ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aqu茅l que los llam贸 de las tinieblas a su admirable luz" (LG. 10).
Pero la Iglesia es una sociedad especialmente jer谩rquica; es un pueblo conducido por sus pastores unidos al sumo Pont铆fice, Vicario de Cristo y sujetos a El (Cfr. LG. 22). A estos pastores miran los fieles con amor y obsequiosa obediencia. Es un pueblo que peregrina hacia la plenitud del misterio de Cristo.
La presencia del Esp铆ritu Santo en la Iglesia, mientras por una parte asegura indefectiblemente las condiciones objetivas necesarias a su encuentro santificante con Cristo, por la otra hace que ella en sus miembros y a causa de sus miembros y en sus estructuras contingentes tienda continuamente a la purificaci贸n y renovaci贸n. -
66. La Iglesia es una comuni贸n; de esta verdad ha adquirido ella una renovada conciencia en el Concilio Vaticano II.
La Iglesia es un pueblo congregado por Dios y estrechamente unido por v铆nculos espirituales. Su estructura pide diversidad de dones y de funciones, pero esta diversidad, aunque no sea simplemente de grado sino de esencia 鈥攃omo en el caso del sacerdote ministerial y el sacerdocio com煤n de los fieles鈥 no quita la radical y constitutiva igualdad de las personas. "Uno es pues el Pueblo de Dios escogido: 鈥榰n Se帽or, una sola fe un solo bautismo鈥, (Ef. 4,5); com煤n es la dignidad de los miembros por su regeneraci贸n en Cristo, com煤n la gracia de los hijos, com煤n la vocaci贸n a la perfecci贸n, una sola salvaci贸n, una sola esperanza e indivisible caridad... A煤n cuando algunos por voluntad de Cristo han sido constituidos doctores, dispensadores de los misterios y pastores para los dem谩s, existe una aut茅ntica igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y a la acci贸n com煤n de todos los fieles en orden a la edificaci贸n del Cuerpo de Cristo" (LG. 32).
En la Iglesia por tanto toda vocaci贸n es digna de honor y un llamado a la plenitud del amor; toda persona tiene una consistencia sobrenatural que merece respeto; toda funci贸n y todo carisma, a煤n, cuando algunos son objetivamente m谩s excelentes que otros (Cfr. 1 Cor. 12, 31; 7,38), cooperan al bien de todos con una favorable multiformidad de expresiones que el ministerio apost贸lico debe coordinar y discernir (CIr. LG. 12).
Esto vale tambi茅n para toda la Iglesia particular, en cada una de ellas, por peque帽a, pobre y, dispersa que sea, "est谩 presente Cristo, en virtud del cual se congrega la Iglesia una, santa, cat贸lica y apost贸lica" (LG. 26). -
Los fieles cat贸licos deben ser sol铆citos por los cristianos separados, que no viven en comuni贸n plena con la Iglesia cat贸lica, orando por ellos, habl谩ndoles de las cosas de la Iglesia, pro moviendo con ellos los primeros contactos. Pero, ante todo, cada uno seg煤n su propia condici贸n, deben los cat贸licos considerar con sinceridad y diligencia lo que hay que renovar y hacer en la familia cat贸lica a fin de que su vida d茅 un testimonio m谩s fiel y m谩s claro de la doctrina y de las instituciones trasmitidas por Cristo a trav茅s de los ap贸stoles (Cfr. UR. 4,5).
67. La Iglesia se presenta no solo como comuni贸n de hermanos que tienen por cabeza a Cristo, sino tambi茅n como instituci贸n a la cual ha sido confiada una misi贸n salv铆fica universal. El Pueblo de Dios "instituido por Cristo para ser comuni贸n de vida, de caridad y de verdad, se sirve tambi茅n de 茅l como instrumento de la redenci贸n universal y lo env铆a a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra" (LG. 9), -
Por esta raz贸n el Vaticano II presenta a la Iglesia como realidad que abraza a toda la Historia, asume todas sus culturas y las ordena a Dios y est谩 constituida por la acci贸n del Esp铆ritu de Cristo "Sacramento Universal de Salvaci贸n". Pero la presenta tambi茅n como Iglesia que entabla di谩logo con el mundo, que d贸cil a los signos del tiempo descubre los puntos de inter茅s y de entendimiento entre los hombres, y que adem谩s se preocupa de hacerse inteligible y reconocible y de despojase de aquellas formas que resultan menos evang茅licas y demasiado marcadas con el sello de 茅pocas ya superadas.
La Iglesia no es ciertamente de este mundo, "no se mueve por intereses terrenos" (GS. 3) ser谩 perfecta s贸lo en el cielo hacia donde mira y marcha; y sin embargo es solidaria con el mundo y con su historia. "La gran solicitud de la Iglesia, Esposa de Cristo, sigue de cerca las necesidades de los hombres, es decir, sus alegr铆as y esperanzas, dolores y trabajos, no es otra cosa sino el deseo que la impele vehementemente a estar presente a ellos ciertamente con la voluntad de iluminar a los hombres con la luz de Cristo, y de congregar y unir a todos en aquel que es su 煤nico Salvador. Pero jam谩s debe interpretarse esta solicitud como si la Iglesia se acomodase a las cosas de este mundo, o que disminuya el ardor con que ella espera a su Se帽or y el Reino eterno" (Pablo VI, Professio Fidei n. 27, AAS, 1965, p. 444).
68. Unida inefablemente al Se帽or est谩 Mar铆a, siempre Virgen, su Madre que "ocupa en la Santa Iglesia, despu茅s de Cristo, el puesto m谩s alto y el m谩s cercano a nosotros" (LG. 54).
El don del Esp铆ritu de Cristo se manifiesta en ella de manera singularisima, porque Mar铆a es la "llena de gracia" (Lc, 1,28) y es el "modelo de la Iglesia" (LG. 63).
En ella, preservada de toda mancha de pecado original, libre y totalmente fiel al Se帽or, asumida a la gloria celeste en alma y cuerpo, el Esp铆ritu Santo ha manifestado ya plenamente su obra. -
Ella "se asemeja de la manera m谩s plena a su Hijo, Se帽or de los Se帽ores y vencedor del pecado y de la muerte" (LO 59). Madre de Dios y "madre nuestra en el orden de la gracia", (LG. 61), figura de la virginidad y maternidad de toda la Iglesia, (LG. 63-65), signo de esperanza cierta y de consolaci贸n para el pueblo de Dios peregrinante (LOE 69), "re煤ne en s铆 y en cierto modo refleja las supremas verdades de la fe" y "atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio, y al amor del Padre" (LG. 65).
Por eso la Iglesia que honra a los fieles y a los santos que est谩n ya cerca del Se帽or e interceden por nosotros (LG. 49,50), venera de modo especial铆simo a la Madre de Cristo y madre suya.
69. En Jesucristo y por su misterio, los creyentes esperan con esperanza ya desde esta vida terrena "al Se帽or nuestro Jesucristo, que transfigurar谩 nuestro cuerpo humilde para conformarlo a su cuerpo glorioso" (Fil. 3,21; 1 Cor. 15). -
Pero las 煤ltimas realidades de la Historia de la salvaci贸n se evidenciar谩n y perfeccionar谩n solamente cuando Cristo venga con poder, juez de vivos y muertos, a culminar la Historia y entregar su pueblo al Padre, de manera que "Dios sea todo en todos" (1 Cor. 15,24-28).
"Hasta que el Se帽or no venga revestido de majestad y acompa帽ado de sus 谩ngeles, y, destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas, de sus disc铆pulos unos peregrinan en la tierra, otros ya difuntos se purifican; otros finalmente, gozan de la gloria, contemplando claramente a Dios uno y trino, tal como es" (LG. 49).
Toda la Iglesia el d铆a de la venida del Se帽or llegar谩 a su perfecci贸n y entrar谩 en la plenitud de Dios: este es el objeto fundamental de la esperanza y de la oraci贸n cristiana ("venga tu reino").
La catequesis sobre los nov铆simos, mientras por una parte debe darse bajo el signo de la consolaci贸n, de la esperanza y de un saludable temor (1 Tes. 4,18), de todo 1-o cual sienten una gran necesidad los hombres de nuestro tiempo, por la otra debe ser completamente fiel a la verdad. Porque no es l铆cito disminuir la grave responsabilidad de cada uno con respecto a su suerte futura.
La catequesis no puede callar ni el juicio particular despu茅s de la muerte, ni las penas expiatorias del purgatorio, ni la triste y luctuosa realidad de- la muerte eterna, ni el juicio final. Ese d铆a todos los hombres alcanzar谩n plenamente su suerte, pues todos comparecer谩n "ante el tribunal de Cristo para recibir cada uno la retribuci贸n de sus obras buenas o malas" (2 Cor. 5,10) e "ir谩n los que hicieron el bien -a la resurrecci贸n de la vida y los que hicieron el mal a la resurrecci贸n de condena". (Jn. 5, 29 LO. 48).
© Copyright 2008. BIBLIOTECA ELECTR脫NICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS鈩. La versi贸n electr贸nica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- est谩 protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben par谩metros para su uso. Hecho el dep贸sito legal.