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S.S. Juan Pablo II, Mensaje para la celebraci贸n de la Jornada Mundial de la Paz del 2002
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Mensaje del Santo Padre para la celebraci贸n de la Jornada Mundial de la Paz

No hay paz sin justicia
no hay justicia sin perd贸n

1. Este a帽o, la Jornada Mundial de la Paz se ce lebra con el trasfondo de los dram谩ticos acontecimientos del pasado 11 de septiembre. Aquel d铆a se cometi贸 un crimen de terrible gravedad: en pocos minutos, millares de personas inocentes, de diverso origen 茅tnico, fueron horrendamente asesinados. Desde entonces, todo el mundo ha tomado conciencia con nueva intensidad de la vulnerabilidad personal y ha comenzado a mirar el futuro con un sentimiento profundo de miedo, hasta ahora desconocido. Ante estos estados de 谩nimo, la Iglesia desea dar testimonio de su esperanza, fundada en la convicci贸n de que el mal, el mysterium iniquitatis, no tiene la 煤ltima palabra en los avatares humanos. La historia de la salvaci贸n descrita en la Sagrada Escritura proyecta una gran luz sobre toda la historia del mundo, mostrando que est谩 siempre acompa帽ada por la solicitud diligente y misericordiosa de Dios, que conoce el modo de llegar a los corazones m谩s endurecidos y sacar tambi茅n buenos frutos de un terreno 谩rido y est茅ril.

La esperanza que sostiene a la Iglesia al comenzar el a帽o 2002 es que el mundo, donde el poder del mal parece predominar todav铆a, se transforme realmente, con la gracia de Dios, en un mundo en el que puedan colmarse las aspiraciones m谩s nobles del coraz贸n humano; un mundo en el que prevalezca la verdadera paz.

La paz: obra de justicia y amor

2.Lo que ha ocurrido recientemente, con los hechos sangrientos que acabamos de recordar, me ha impulsado a continuar una reflexi贸n que brota a menudo de lo m谩s hondo de mi coraz贸n, al rememorar acontecimientos hist贸ricos que han marcado mi vida, especialmente en los a帽os de mi juventud. Los indecibles sufrimientos de los pueblos y de las personas, entre ellas no pocos amigos y conocidos m铆os, causados por los totalitarismos nazi y comunista, siempre me han interpelado 铆ntimamente y animado mi oraci贸n. Muchas veces me he detenido a pensar sobre esta pregunta: 驴cu谩l es el camino que conduce al pleno restablecimiento del orden moral y social, violado tan b谩rbaramente? La convicci贸n a la que he llegado, razonando y confront谩ndome con la Revelaci贸n b铆blica, es que no se restablece completamente el orden quebrantado, si no es conjugando entre s铆 la justicia el perd贸n. Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perd贸n.

3. Pero 驴c贸mo se puede hablar, en las circunstancias actuales, de justicia y, al mismo tiempo, de perd贸n como fuentes y condiciones de la paz? Mi respuesta es que se puede y se debe hablar de ello a pesar de la dificultad que comporta, entre otros motivos, porque se tiende a pensar en la justicia y en el perd贸n en t茅rminos alternativos. Pero el perd贸n se opone al rencor y a la venganza, no a la justicia. En realidad, la verdadera paz es 芦 obra de la justicia 禄 (Is 32, 17). Como ha afirmado el Concilio Vaticano II, la paz es 芦 el fruto del orden asignado a la sociedad humana por su divino Fundador y que los hombres, siempre sedientos de una justicia m谩s perfecta, han de llevar a cabo 禄 (Constituci贸n pastoral Gaudium et spes, 78). Desde hace m谩s de quince siglos, resuena en la Iglesia cat贸lica la ense帽anza de Agust铆n de Hipona, quien ha recordado que la paz, a la cual se debe tender con la aportaci贸n de todos, consiste en la tranquillitas ordinis, en la tranquilidad del orden (cf. De civitate Dei, 19, 13).

La verdadera paz, pues, es fruto de la justicia, virtud moral y garant铆a legal que vela sobre el pleno respeto de derechos y deberes, y sobre la distribuci贸n ecu谩nime de beneficios y cargas. Pero, puesto que la justicia humana es siempre fr谩gil e imperfecta, expuesta a las limitaciones y a los ego铆smos personales y de grupo, debe ejercerse y en cierto modo completarse con el perd贸n, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas. Esto vale tanto para las tensiones que afectan a los individuos, como para las de alcance m谩s general, e incluso internacional. El perd贸n en modo alguno se contrapone a la justicia, porque no consiste en inhibirse ante las leg铆timas exigencias de reparaci贸n del orden violado. El perd贸n tiende m谩s bien a esa plenitud de la justicia que conduce a la tranquilidad del orden y que, siendo mucho m谩s que un fr谩gil y temporal cese de las hostilidades, pretende una profunda recuperaci贸n de las heridas abiertas. Para esta recuperaci贸n, son esenciales ambos, la justicia y el perd贸n.

脡stas son las dos dimensiones de la paz que deseo analizar en este mensaje. Este a帽o, la Jornada Mundial ofrece a toda la humanidad, y especialmente a los Jefes de las Naciones, la oportunidad de reflexionar sobre las exigencias de la justicia y sobre el llamamiento al perd贸n ante los graves problemas que siguen afligiendo el mundo, entre los cuales se encuentra, y no en 煤ltimo lugar, el nuevo nivel de violencia introducido por el terrorismo organizado.

El fen贸meno del terrorismo

4. Es precisamente la paz fundada sobre la justicia y sobre el perd贸n la que es atacada actualmente por el terrorismo internacional. En estos 煤ltimos a帽os, especialmente despu茅s de la guerra fr铆a, el terrorismo se ha transformado en una sofisticada red de connivencias pol铆ticas, t茅cnicas y econ贸micas, que supera los confines nacionales y se expande hasta abarcar todo el mundo. Se trata de verdaderas organizaciones, dotadas a menudo de ingentes recursos financieros, que planifican estrategias a gran escala, agrediendo a personas inocentes y sin implicaci贸n alguna en las perspectivas pretendidas por los terroristas.

Empleando sus mismos secuaces como arma arrojadiza contra personas inermes y desprevenidas, estas organizaciones terroristas muestran de modo sobrecogedor el instinto de muerte que las mueve. El terrorismo nace del odio y engendra aislamiento, desconfianza y exclusi贸n. La violencia se suma a la violencia, en una tr谩gica espiral que contagia tambi茅n a las nuevas generaciones, las cuales heredan as铆 el odio que ha dividido a las anteriores. El terrorismo se basa en el desprecio de la vida del hombre. Precisamente por eso, no s贸lo comete cr铆menes intolerables, sino que en s铆 mismo, en cuanto recurso al terror como estrategia pol铆tica y econ贸mica, es un aut茅ntico crimen contra la humanidad.

5. Existe, por tanto, un derecho a defenderse del terrorismo. Es un derecho que, como cualquier otro, debe atenerse a reglas morales y jur铆dicas, tanto en la elecci贸n de los objetivos como de los medios. La identificaci贸n de los culpables ha de ser probada debidamente, porque la responsabilidad penal es siempre personal y, por tanto, no puede extenderse a las naciones, a las etnias o a las religiones a las que pertenecen los terroristas. La colaboraci贸n internacional en la lucha contra la actividad terrorista debe comportar tambi茅n un compromiso especial en el 谩mbito pol铆tico, diplom谩tico y econ贸mico, con el fin de solucionar con valent铆a y determinaci贸n las eventuales situaciones de opresi贸n y marginaci贸n que pudieran estar en el origen de los planes terroristas. En efecto, el reclutamiento de los terroristas resulta m谩s f谩cil en los contextos sociales donde los derechos son conculcados y las injusticias se toleran durante demasiado tiempo.

No obstante, es preciso afirmar con claridad que las injusticias existentes en el mundo nunca pueden usarse como pretexto para justificar los atentados terroristas. Se ha de subrayar, adem谩s, que entre las v铆ctimas de la destrucci贸n radical del orden, como pretenden los terroristas, han de incluirse en primer lugar a los millones de hombres y mujeres menos preparados para resistir el colapso de la solidaridad internacional. Me refiero concretamente a los pueblos del mundo en v铆as de desarrollo, que viven ya con estrechos m谩rgenes de supervivencia, y que ser铆an los m谩s dolorosamente perjudicados por el caos global, econ贸mico y pol铆tico. La pretensi贸n del terrorismo de actuar en nombre de los pobres es una falsedad patente.

隆No se mata en nombre de Dios!

6. Quien mata con atentados terroristas cultiva sentimientos de desprecio hacia la humanidad, manifestando desesperaci贸n ante la vida y el futuro; desde esta perspectiva, se puede odiar y destruir todo. El terrorista piensa que la verdad en la que cree o el sufrimiento padecido son tan absolutos que lo legitiman a reaccionar destruyendo incluso vidas humanas inocentes. A veces, el terrorismo es hijo de un fundamentalismo fan谩tico, que nace de la convicci贸n de poder imponer a todos su propia visi贸n de la verdad. La verdad, en cambio, a煤n cuando se la haya alcanzado 鈥攜 eso ocurre siempre de manera limitada y perfectible鈥�, jam谩s puede ser impuesta. El respeto de la conciencia de los dem谩s, en la cual se refleja la imagen misma de Dios (cf. Gn 1, 26-27), permite s贸lo proponer la verdad al otro, al cual corresponde acogerla responsablemente. Pretender imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad, significa violar la dignidad del ser humano y, en definitiva, ultrajar a Dios, del cual es imagen. Por eso, el fanatismo fundamentalista es una actitud radicalmente contraria a la fe en Dios. Si nos fijamos bien, el terrorismo no s贸lo instrumentaliza al hombre, sino tambi茅n a Dios, haciendo de 茅l un 铆dolo, del cual se sirve para sus propios objetivos.

7. Por tanto, ning煤n responsable de las religiones puede ser indulgente con el terrorismo y, menos a煤n, predicarlo. Es una profanaci贸n de la religi贸n proclamarse terroristas en nombre de Dios, hacer en su nombre violencia al hombre. La violencia terrorista es contraria a la fe en Dios Creador del hombre; en Dios que lo cuida y lo ama. En particular, es totalmente contraria a la fe en Cristo, el Se帽or, que ense帽贸 a sus disc铆pulos a rezar as铆: 芦 Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden 禄 (Mt 6, 12).

Siguiendo la ense帽anza y el ejemplo de Jes煤s, los cristianos est谩n convencidos de que mostrar misericordia significa vivir plenamente la verdad de nuestra vida: podemos y tenemos que ser misericordiosos, porque nos ha sido manifestada la misericordia por un Dios que es Amor misericordioso (cf. 1 Jn 4, 7-12). El Dios que nos redime mediante su entrada en la historia, y que mediante el drama del Viernes Santo prepara la victoria del d铆a de Pascua, es un Dios de misericordia y de perd贸n (cf. Sal 103 [102], 3-4. 10-13). A cuantos le objetaban que com铆a con los pecadores, Jes煤s les ha contestado: 芦 Id, pues, a aprender qu茅 significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores 禄 (Mt 9, 13). Los seguidores de Cristo, bautizados en su muerte y en su resurrecci贸n, deben ser siempre hombres y mujeres de misericordia y perd贸n.

Necesidad del perd贸n

8. Pero, 驴qu茅 significa concretamente perdonar? Y 驴por qu茅 perdonar? Una reflexi贸n sobre el perd贸n no puede eludir estas preguntas. Volviendo a una reflexi贸n que tuve oportunidad de ofrecer para la Jornada de la Paz 1997 (芦 Ofrece el perd贸n, recibe la paz 禄), deseo recordar que el perd贸n, antes de ser un hecho social, nace en el coraz贸n de cada uno. S贸lo en la medida en que se afirma una 茅tica y una cultura del perd贸n se puede esperar tambi茅n en una 芦 pol铆tica del perd贸n 禄, expresada con actitudes sociales e instrumentos jur铆dicos, en los cuales la justicia misma asuma un rostro m谩s humano.

En realidad, el perd贸n es ante todo una decisi贸n personal, una opci贸n del coraz贸n que va contra el instinto espont谩neo de devolver mal por mal. Dicha opci贸n tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perd贸n de Cristo, el cual invoc贸 desde la cruz: 芦 Padre, perd贸nales, porque no saben lo que hacen 禄 (Lc 23, 34).

As铆 pues, el perd贸n tiene una ra铆z y una dimensi贸n divinas. No obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse tambi茅n a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con 茅l. Por tanto, 驴por qu茅 no tratar a los dem谩s como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en s铆 la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sue帽a con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir a煤n una perspectiva de confianza y compromiso.

9. En cuanto acto humano, el perd贸n es ante todo una iniciativa de cada individuo respecto a sus semejantes. La persona, sin embargo, tiene una dimensi贸n esencialmente social, por la cual establece una red de relaciones sociales en las que se manifiesta a s铆 misma: no s贸lo en el bien sino, por desgracia, incluso en el mal. Consecuencia de ello es que el perd贸n es necesario tambi茅n en el 谩mbito social. Las familias, los grupos, los Estados, la misma Comunidad internacional, necesitan abrirse al perd贸n para remediar las relaciones interrumpidas, para superar situaciones de est茅ril condena mutua, para vencer la tentaci贸n de excluir a los otros, sin concederles posibilidad alguna de apelaci贸n. La capacidad de perd贸n es b谩sica en cualquier proyecto de una sociedad futura m谩s justa y solidaria.

Por el contrario, la falta de perd贸n, especialmente cuando favorece la prosecuci贸n de conflictos, tiene enormes costes para el desarrollo de los pueblos. Los recursos se emplean para mantener la carrera de armamentos, los gastos de las guerras, las consecuencias de las extorsiones econ贸micas. De este modo, llegan a faltar las disponibilidades financieras necesarias para promover desarrollo, paz, justicia. 隆Cu谩nto sufre la humanidad por no saberse reconciliar, cu谩ntos retrasos padece por no saber perdonar! La paz es la condici贸n para el desarrollo, pero una verdadera paz es posible solamente por el perd贸n.

El perd贸n, v铆a maestra

10. La propuesta del perd贸n no se comprende de inmediato ni se acepta f谩cilmente; es un mensaje en cierto modo parad贸jico. En efecto, el perd贸n comporta siempre a corto plazo una aparente p茅rdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho real. La violencia es exactamente lo opuesto: opta por un beneficio sin demora, pero, a largo plazo, produce perjuicios reales y permanentes. El perd贸n podr铆a parecer una debilidad; en realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valent铆a moral a toda prueba. Lejos de ser menoscabo para la persona, el perd贸n la lleva hacia una humanidad m谩s plena y m谩s rica, capaz de reflejar en s铆 misma un rayo del esplendor del Creador.

El ministerio que llevo a cabo al servicio del Evangelio me hace sentir profundamente el deber, y a la vez me da la fuerza, de insistir sobre la necesidad del perd贸n. Lo hago tambi茅n hoy, sostenido por la esperanza de poder suscitar una reflexi贸n serena y madura, de cara a una renovaci贸n general, tanto en los corazones de las personas como en las relaciones entre los pueblos de la tierra.

11. Meditando sobre el tema del perd贸n, habr铆a que recordar algunas situaciones tr谩gicas de conflicto, que desde hace demasiado tiempo fomentan odios profundos y lacerantes, con la consiguiente espiral incontenible de tragedias personales y colectivas. Me refiero, en particular, a cuanto ocurre en Tierra Santa, lugar bendito y sagrado del encuentro de Dios con los hombres, lugar de la vida, muerte y resurrecci贸n de Jes煤s, el Pr铆ncipe de la paz.

La delicada situaci贸n internacional invita a subrayar con renovada fuerza la urgencia de una soluci贸n del conflicto 谩rabe-israel铆, que dura ya m谩s de cincuenta a帽os, con una alternancia de fases m谩s o menos agudas. El continuo recurso a actos terroristas o de guerra, que agravan para todos la situaci贸n y obscurecen las perspectivas, tiene que dar paso finalmente a una negociaci贸n decisiva. Los derechos y exigencias de cada parte ser谩n tenidos debidamente en cuenta, y regulados de manera ecu谩nime, si y cuando prevalezca en todos la voluntad de justicia y de reconciliaci贸n. A estos queridos pueblos dirijo de nuevo una invitaci贸n apremiante a esforzarse por llegar a una nueva era de respeto mutuo y de acuerdo constructivo.

Comprensi贸n y cooperaci贸n interreligiosa

12. En este gran esfuerzo, los l铆deres religiosos tienen una responsabilidad espec铆fica. Las confesiones cristianas y las grandes religiones de la humanidad han de colaborar entre s铆 para eliminar las causas sociales y culturales del terrorismo, ense帽ando la grandeza y la dignidad de la persona y difundiendo una mayor conciencia de la unidad del g茅nero humano. Se trata de un campo concreto del di谩logo y de la colaboraci贸n ecum茅nica e interreligiosa, para prestar un servicio urgente de las religiones a la paz entre los pueblos.

En particular, estoy convencido de que los l铆deres religiosos jud铆os, cristianos y musulmanes, deben tomar la iniciativa, mediante la condena p煤blica del terrorismo, negando a cuantos participan en 茅l cualquier forma de legitimaci贸n religiosa o moral.

13. Al dar testimonio com煤n de la verdad moral, seg煤n la cual el asesinato deliberado del inocente es siempre un pecado grave, en cualquier sitio y sin excepciones, los l铆deres religiosos del mundo favorecer谩n la formaci贸n de una opini贸n p煤blica moralmente correcta. 脡sta es la condici贸n necesaria para la edificaci贸n de una sociedad internacional capaz de alcanzar la tranquilidad del orden en la justicia y en la libertad.

Un compromiso de este tipo por parte de las religiones no puede dejar de adentrarse en la v铆a del perd贸n, que lleva a la comprensi贸n rec铆proca, al respeto y a la confianza. El servicio que las religiones pueden ofrecer en favor de la paz y contra el terrorismo consiste precisamente en la pedagog铆a del perd贸n, porque el hombre que perdona o pide perd贸n comprende que hay una Verdad m谩s grande que 茅l y que, acogi茅ndola, puede transcenderse a s铆 mismo.

Oraci贸n por la paz

14. Justamente por esta raz贸n, la oraci贸n por la paz no es un elemento que 芦 viene despu茅s 禄 del compromiso por la paz. Al contrario, est谩 en el coraz贸n mismo del esfuerzo por la edificaci贸n de una paz en el orden, en la justicia y en la libertad. Orar por la paz significa abrir el coraz贸n humano a la irrupci贸n del poder renovador de Dios. Con la fuerza vivificante de su gracia, Dios puede abrir caminos a la paz all铆 donde parece que s贸lo hay obst谩culos y obstrucciones; puede reforzar y ampliar la solidaridad de la familia humana, a pesar de prolongadas historias de divisiones y de luchas. Orar por la paz significa orar por la justicia, por un adecuado ordenamiento de las Naciones y en las relaciones entre ellas. Quiere decir tambi茅n rogar por la libertad, especialmente por la libertad religiosa, que es un derecho fundamental humano y civil de todo individuo. Orar por la paz significa rogar para alcanzar el perd贸n de Dios y para crecer, al mismo tiempo, en la valent铆a que es necesaria en quien quiere, a su vez, perdonar las ofensas recibidas.

Por todos estos motivos, he invitado a los representantes de las religiones del mundo a acudir a As铆s, la ciudad de san Francisco, el pr贸ximo 24 de enero, para orar por la paz. Queremos manifestar con ello que el genuino sentimiento religioso es una fuente inagotable de respeto mutuo y de armon铆a entre los pueblos; m谩s a煤n, en 茅l se encuentra el principal ant铆doto contra la violencia y los conflictos. En estos momentos de honda preocupaci贸n, la familia humana necesita que se le recuerden las razones seguras de nuestra esperanza. Justamente esto es lo que queremos proclamar en As铆s, pidiendo a Dios Omnipotente 鈥� seg煤n la expresi贸n atribuida al mismo san Francisco 鈥� que haga de nosotros instrumentos de su paz.

15. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perd贸n: esto es lo que quiero anunciar en este Mensaje a creyentes y no creyentes, a los hombres y mujeres de buena voluntad, que se preocupan por el bien de la familia humana y por su futuro.

No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perd贸n: esto es lo que quiero recordar a cuantos tienen en sus manos el destino de las comunidades humanas, para que se dejen guiar siempre en sus graves y dif铆ciles decisiones por la luz del verdadero bien del hombre, en la perspectiva del bien com煤n.

No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perd贸n: no me cansar茅 de repetir esta exhortaci贸n a cuantos, por una raz贸n o por otra, alimentan en su interior odio, deseo de venganza o ansia de destrucci贸n.

Que en esta Jornada de la Paz se eleve desde el coraz贸n de cada creyente, de manera m谩s intensa, la oraci贸n por todas las v铆ctimas del terrorismo, por sus familias afectadas tr谩gicamente y por todos los pueblos a los que el terrorismo y la guerra contin煤an agraviando e inquietando. Que no queden fuera de nuestra oraci贸n aquellos mismos que ofenden gravemente a Dios y al hombre con estos actos sin piedad: que se les conceda recapacitar sobre sus actos y darse cuenta del mal que ocasionan, de modo que se sientan impulsados a abandonar todo prop贸sito de violencia y buscar el perd贸n. Que la humanidad, en estos tiempos azarosos, pueda encontrar paz verdadera y duradera, aquella paz que s贸lo puede nacer del encuentro de la justicia con la misericordia.

Vaticano, 8 de diciembre de 2001

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