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S.S. Juan Pablo II, Discurso del Santo Padre Juan Pablo II durante la Ceremonia de Bienvenida en el Aeropuerto Internacional de Damasco
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Ceremonia de Bienvenida - Aeropuerto Internacional de Damasco

Discurso del Santo Padre Juan Pablo II

S谩bado 5 de mayo de 2001

Se帽or presidente;
miembros del Gobierno;
hermanos patriarcas y obispos;
ilustres se帽oras y se帽ores:

1. A mi llegada a Damasco, esta "perla de Oriente", soy consciente de que visito una tierra muy antigua, que ha desempe帽ado un papel vital en la historia de esta parte del mundo. Su contribuci贸n literaria, art铆stica y social al florecimiento de la cultura y de la civilizaci贸n es muy conocida. Le expreso mi gratitud a usted, se帽or presidente, y a los miembros del Gobierno, por haber hecho posible mi visita a Siria y le agradezco las cordiales palabras de bienvenida que me ha dirigido.

Saludo a las autoridades civiles, pol铆ticas y militares que han tenido la amabilidad de estar aqu铆 presentes, as铆 como a los ilustres miembros del Cuerpo diplom谩tico.

Vengo como peregrino de fe, prosiguiendo mi peregrinaci贸n jubilar a algunos de los lugares vinculados de modo especial a la autorrevelaci贸n de Dios y a sus acciones salv铆ficas (cf. Carta sobre la peregrinaci贸n a los lugares vinculados a la historia de la salvaci贸n, 1). Hoy Dios me permite continuar esta peregrinaci贸n aqu铆, en Siria, en Damasco, y saludaros a todos vosotros con amistad y fraternidad. Saludo a los patriarcas y obispos que se encuentran aqu铆, en representaci贸n de la comunidad cristiana siria. Dirijo un saludo afectuoso a todos los seguidores del islam que viven en esta noble tierra. 隆La paz est茅 con todos vosotros!

2. En realidad, mi peregrinaci贸n jubilar con motivo del bimilenario del nacimiento de Jesucristo comenz贸 el a帽o pasado con la conmemoraci贸n de Abraham, al que la llamada de Dios lleg贸 cerca de aqu铆, en la regi贸n de Har谩n. Seguidamente, viaj茅 al monte Sina铆, donde Dios dio a Mois茅s los diez Mandamientos. Y luego realic茅 mi inolvidable visita a Tierra Santa, donde Jes煤s llev贸 a cabo su misi贸n salv铆fica y fund贸 su Iglesia. Ahora mi pensamiento y mi coraz贸n se vuelven hacia la figura de Saulo de Tarso, el gran ap贸stol Pablo, cuya vida qued贸 transformada para siempre en el camino de Damasco. Mi ministerio de Obispo de Roma est谩 vinculado de forma especial al testimonio de san Pablo, coronado por el martirio en Roma.

3. No puedo olvidar la magn铆fica contribuci贸n que Siria y la regi贸n lim铆trofe han dado a la historia del cristianismo. Desde el inicio del cristianismo se fundaron aqu铆 comunidades florecientes. En el desierto sirio floreci贸 el monacato cristiano, y nombres de sirios como san Efr茅n y san Juan Damasceno est谩n grabados para siempre en la memoria cristiana. Algunos de mis predecesores nacieron en esta regi贸n.

Pienso tambi茅n en el gran influjo cultural del islam sirio, que bajo la gu铆a de los califas omeyas lleg贸 hasta las costas m谩s lejanas del Mediterr谩neo. Hoy, en un mundo cada vez m谩s complejo e interdependiente, es necesario un nuevo esp铆ritu de di谩logo y cooperaci贸n entre cristianos y musulmanes. Juntos adoramos al Dios 煤nico e indivisible, al Creador de todo lo que existe. Juntos debemos proclamar al mundo que el nombre del 煤nico Dios es "un nombre de paz y un imperativo de paz" (Novo millennio ineunte, 55).

4. Mientras la palabra "paz" resuena en nuestro coraz贸n, no podemos menos de pensar en las tensiones y conflictos que desde hace tiempo afligen a la regi贸n de Oriente Pr贸ximo. A menudo se han suscitado esperanzas, que luego han acabado ahogadas por nuevas olas de violencia. Usted, se帽or presidente, ha dicho con acierto que una paz justa y global es lo que m谩s interesa a Siria.

Conf铆o en que, bajo su gu铆a, Siria no escatime esfuerzos para fomentar una armon铆a y una cooperaci贸n cada vez mayores entre los pueblos de la regi贸n, que no s贸lo producir铆an beneficios duraderos a su tierra, sino tambi茅n a los dem谩s pa铆ses 谩rabes y a toda la comunidad internacional.

Como dije p煤blicamente en otras ocasiones, ya es tiempo de "volver a los principios de la legalidad internacional: prohibici贸n de la apropiaci贸n de territorios por la fuerza, derecho de los pueblos a disponer de s铆 mismos, respeto de las resoluciones de la Organizaci贸n de las Naciones Unidas y de las convenciones de Ginebra, por citar s贸lo los m谩s importantes" (Discurso al Cuerpo diplom谩tico acreditado ante la Santa Sede, 13 de enero de 2001, n. 3: L'Osservatore Romano, edici贸n en lengua espa帽ola, 19 de enero de 2001, p. 3).

Todos sabemos que la paz en realidad s贸lo se puede conseguir si se da una nueva actitud de entendimiento y respeto entre los pueblos de la regi贸n, entre los seguidores de las tres religiones que veneran a Abraham. Paso a paso, con perspicacia y valent铆a, los l铆deres pol铆ticos y religiosos de la regi贸n deben crear las condiciones para el desarrollo al que sus pueblos tienen derecho, despu茅s de tanto conflicto y sufrimiento. Entre estas condiciones, es importante que mejore el modo como se ven mutuamente los pueblos de la regi贸n y que en todos los niveles de la sociedad se ense帽en y promuevan los principios de una coexistencia pac铆fica. En este sentido, mi peregrinaci贸n es tambi茅n una ardiente oraci贸n de esperanza: una esperanza de que entre los pueblos de la regi贸n el miedo se transforme en confianza, y el desprecio, en estima mutua; de que la fuerza ceda el lugar al di谩logo; y de que prevalezca el deseo aut茅ntico de contribuir al bien com煤n.

5. Se帽or presidente, la amable invitaci贸n que usted, el Gobierno y el pueblo de Siria me han dirigido, y la cordial acogida que me han dispensado aqu铆 hoy, son signos de que compartimos la convicci贸n de que la paz y la cooperaci贸n son efectivamente nuestra aspiraci贸n com煤n. Aprecio sinceramente vuestra hospitalidad, tan caracter铆stica de esta tierra antigua y bendita. Dios todopoderoso os conceda felicidad y larga vida, y bendiga a Siria con prosperidad y paz. 隆La paz est茅 con vosotros!

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