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S.S. Juan Pablo II, Visita a su Beatitud Crist贸dulos, Arzobispo de Atenas y de toda Grecia
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Discurso del Santo Padre a Su Beatitud Crist贸dulos Arzobispo de Atenas y de toda Grecia

Beatitud;
venerables miembros del Santo S铆nodo;
reverend铆simos obispos de la Iglesia ortodoxa de Grecia:

Christ贸s an茅sti!

1. En la alegr铆a de la Pascua, os saludo con las palabras del ap贸stol san Pablo a la Iglesia de Tesal贸nica: "el Se帽or de la paz os conceda la paz siempre y en todos los 贸rdenes" (2 Ts 3, 16).

Me complace mucho encontrarme con usted, Beatitud, en esta sede primada de la Iglesia ortodoxa de Grecia. Saludo con afecto a los miembros del Santo S铆nodo y a toda la jerarqu铆a. Saludo al clero, a las comunidades mon谩sticas y a los fieles laicos de esta noble tierra. 隆La paz est茅 con todos vosotros!

2. Ante todo deseo expresaros el afecto y la estima de la Iglesia de Roma. Compartimos la fe apost贸lica en Jesucristo, Se帽or y Salvador. Tenemos en com煤n la herencia apost贸lica y el v铆nculo sacramental del bautismo y, por consiguiente, todos somos miembros de la familia de Dios, llamados a servir al 煤nico Se帽or y a anunciar su Evangelio al mundo. El concilio Vaticano II exhort贸 a los cat贸licos a considerar a los miembros de las dem谩s Iglesias "como hermanos en el Se帽or" (Unitatis redintegratio, 3), y este v铆nculo sobrenatural de fraternidad entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Grecia es fuerte y permanente.

Ciertamente, llevamos el peso de controversias pasadas y actuales, y de incomprensiones persistentes. Sin embargo, con esp铆ritu de caridad rec铆proca, podemos y debemos superarlas porque eso es lo que el Se帽or nos pide. Obviamente hace falta un proceso liberador de purificaci贸n de la memoria. Por las ocasiones pasadas y presentes, en las que los hijos e hijas de la Iglesia cat贸lica han pecado de obra u omisi贸n contra sus hermanos ortodoxos, 隆que el Se帽or nos conceda el perd贸n que le suplicamos!

Algunos recuerdos son particularmente dolorosos, y algunos acontecimientos del pasado lejano han dejado profundas heridas en la mente y en el coraz贸n de las personas hasta hoy. Pienso en el desastroso saqueo de la ciudad imperial de Constantinopla, que fue durante mucho tiempo basti贸n de la cristiandad en Oriente. Es tr谩gico que los asaltantes, que hab铆an prometido garantizar el libre acceso de los cristianos a Tierra Santa, luego se volvieran contra sus hermanos en la fe. El hecho de que fueran cristianos latinos llena a los cat贸licos de profundo pesar. No podemos por menos de ver all铆 el mysterium iniquitatis actuando en el coraz贸n humano. S贸lo a Dios toca juzgar y, por eso, encomendamos la pesada carga del pasado a su misericordia infinita, suplic谩ndole que cure las heridas que a煤n causan sufrimiento al esp铆ritu del pueblo griego. Debemos colaborar en esta curaci贸n si queremos que la Europa que est谩 surgiendo sea fiel a su identidad, que es inseparable del humanismo cristiano compartido por Oriente y Occidente.

3. En este encuentro, deseo garantizarle, Beatitud, que la Iglesia de Roma contempla con sincera admiraci贸n a la Iglesia ortodoxa de Grecia por el modo como ha conservado su patrimonio de fe y vida cristiana. El nombre de Grecia resuena dondequiera que se anuncia el Evangelio. Los nombres de sus ciudades son conocidos por los cristianos en todas partes, puesto que los leen en los Hechos de los Ap贸stoles y en las Cartas de san Pablo. Desde la 茅poca apost贸lica hasta hoy, la Iglesia ortodoxa de Grecia ha sido una fuente rica de la que tambi茅n la Iglesia de Occidente ha bebido para su liturgia, su espiritualidad y su jurisprudencia (cf. Unitatis redintegratio, 14). Los santos Padres, int茅rpretes privilegiados de la tradici贸n apost贸lica, y los concilios, cuyas ense帽anzas son un elemento vinculante de toda la fe cristiana, constituyen un patrimonio de la Iglesia entera. La Iglesia universal no podr谩 olvidar nunca lo que el cristianismo griego le ha dado, ni deja de dar gracias por la influencia duradera de la tradici贸n griega.

El concilio Vaticano II record贸 a los cat贸licos el amor que la Iglesia ortodoxa tiene por la liturgia, a trav茅s de la cual los fieles "entran en comuni贸n con la sant铆sima Trinidad, y se hacen "part铆cipes de la naturaleza divina"" (ib., 15). La Iglesia ortodoxa de Grecia, en el culto lit煤rgico tributado a Dios a lo largo de los siglos, en el anuncio del Evangelio incluso en tiempos oscuros y dif铆ciles, y en la presentaci贸n de una inquebrantable didascalia, inspirada en las Escrituras y en la gran Tradici贸n de la Iglesia, ha engendrado multitud de santos que interceden por todo el pueblo de Dios ante el trono de Gracia. En los santos vemos realizado el ecumenismo de la santidad que, con la ayuda de Dios, nos llevar谩 a la comuni贸n plena, que no es ni absorci贸n ni fusi贸n, sino encuentro en la verdad y en el amor (cf. Slavorum apostoli, 27).

4. Por 煤ltimo, Beatitud, deseo expresar la esperanza de que podamos avanzar juntos por las sendas del reino de Dios. En 1965, el patriarca ecum茅nico Aten谩goras y el Papa Pablo VI, con un acto conjunto, cancelaron y borraron de la memoria y de la vida de la Iglesia la sentencia de excomuni贸n entre Roma y Constantinopla. Ese gesto hist贸rico es una invitaci贸n a trabajar cada vez con mayor empe帽o con vistas a la unidad, que es la voluntad de Cristo. La divisi贸n entre los cristianos es un pecado ante Dios y un esc谩ndalo ante el mundo. Es un obst谩culo a la difusi贸n del Evangelio, puesto que hace menos cre铆ble nuestro anuncio. La Iglesia cat贸lica est谩 convencida de que debe hacer todo lo posible para "preparar el camino del Se帽or" y "enderezar sus sendas" (Mt 3, 3) y comprende que es preciso hacerlo juntamente con los dem谩s cristianos, en di谩logo fraterno, en cooperaci贸n y en oraci贸n. Si algunos modelos de reuni贸n del pasado no corresponden ya al impulso hacia la unidad que el Esp铆ritu Santo ha suscitado recientemente por doquier en los cristianos, todos debemos estar m谩s abiertos y atentos a lo que el Esp铆ritu dice ahora a las Iglesias (cf. Ap 2, 11).

En este tiempo pascual, pienso en el encuentro que se produjo en el camino a Ema煤s. Sin saberlo, los dos disc铆pulos estaban caminando con el Se帽or resucitado, el cual se convirti贸 en su maestro al interpretarles las Escrituras, "empezando por Mois茅s y continuando por todos los profetas" (Lc 24, 27). Sin embargo, al inicio no captaron su ense帽anza. S贸lo comprendieron cuando se abrieron sus ojos y lo reconocieron. Luego reconocieron la fuerza de sus palabras, dici茅ndose mutuamente: "驴No estaba ardiendo nuestro coraz贸n dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24, 32). La b煤squeda de reconciliaci贸n y comuni贸n plena significa que tambi茅n nosotros debemos escrutar las Escrituras para ser instruidos por Dios (cf. 1 Ts 4, 9).

Beatitud, con fe en Jesucristo, "el primog茅nito de entre los muertos" (Col 1, 18) y con esp铆ritu de caridad fraterna y viva esperanza, deseo asegurarle que la Iglesia cat贸lica est谩 irrevocablemente comprometida en el camino de unidad con todas las Iglesias. S贸lo as铆 el 煤nico pueblo de Dios resplandecer谩 en el mundo como signo e instrumento de la uni贸n 铆ntima con Dios y de la unidad de todo el g茅nero humano (cf. Lumen gentium, 1).

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