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S.S. Juan Pablo II, Discurso de Juan Pablo II, pronunciado en el Palacio Presidencial "Mariyinskyi", Kiev
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DISCURSO DE JUAN PABLO II

Encuentro con los políticos, intelectuales y empresarios de Ucrania

Palacio Presidencial ‚ÄúMariyinskyi‚ÄĚ, Kiev

Se√Īor presidente;
honorables representantes del Gobierno y del Parlamento;
distinguidas autoridades;
amables se√Īoras;
ilustres se√Īores:

1. A todos y cada uno dirijo mi saludo deferente y cordial. He aceptado con gran alegr√≠a su invitaci√≥n, se√Īor presidente, a visitar este noble pa√≠s, cuna de civilizaci√≥n cristiana y patria de convivencia pac√≠fica entre diversas nacionalidades y religiones. Me alegra hallarme ahora en tierra ucraniana. Considero un gran honor poder encontrarme finalmente con los habitantes de una naci√≥n que, en estos dif√≠ciles a√Īos de transici√≥n, ha sabido asegurar de modo eficaz condiciones de paz y tranquilidad a sus habitantes. Le agradezco de coraz√≥n la acogida y las cordiales palabras de bienvenida.

Saludo, asimismo, con profunda estima a los diputados y a los miembros del Gobierno, a las autoridades de cualquier orden y grado, a los representantes del pueblo, al Cuerpo diplomático, a los exponentes de la cultura, de la ciencia y de todas las fuerzas vivas que contribuyen al bienestar de la nación. Abrazo con sentimientos de sincera amistad al pueblo ucraniano, en su gran mayoría cristiano, como lo demuestran la cultura, las costumbres populares, las numerosas iglesias que adornan su paisaje, así como las innumerables obras de arte distribuidas a lo largo de todo el territorio. Saludo a un pueblo que ha experimentado el sufrimiento y la opresión, manteniendo un amor a la libertad que nadie ha logrado doblegar jamás.

2. He venido a vosotros como peregrino de paz, impulsado √ļnicamente por el deseo de testimoniar que Cristo es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). He venido para rendir homenaje a los sagrarios de vuestra historia y para invocar juntamente con vosotros la protecci√≥n divina sobre vuestro futuro.

Te saludo con alegr√≠a, maravillosa ciudad de Kiev, que te extiendes por los m√°rgenes del r√≠o Dni√©per, cuna de los antiguos eslavos y de la cultura ucraniana, profundamente impregnada de fermentos cristianos. En el suelo de tu tierra, encrucijada entre el Occidente y el Oriente de Europa, se han encontrado las dos grandes tradiciones cristianas, la bizantina y la latina, hallando ambas una acogida favorable. No han faltado entre ellas, a lo largo de los siglos, tensiones que han llevado a enfrentamientos perjudiciales para ambas. Sin embargo, hoy se abre camino la disponibilidad al perd√≥n mutuo. Es preciso superar barreras y desconfianzas para construir juntos un pa√≠s armonioso y pac√≠fico, acudiendo, como en el pasado, a las fuentes l√≠mpidas de la fe cristiana com√ļn.

3. Sí, amadísimos ucranios, ha sido el cristianismo el que ha inspirado a vuestros más grandes hombres de cultura y de arte, y ha regado abundantemente las raíces morales, espirituales y sociales de vuestro país. Me complace recordar aquí lo que escribió un compatriota vuestro, el filósofo Hryhorij Skovoroda: "Todo pasa, pero el amor es lo que permanece al final de todo. Todo pasa, excepto Dios y el amor". Solamente una persona profundamente impregnada de espíritu cristiano pudo tener esa intuición. En sus palabras se reconoce el eco de la primera carta de san Juan: "Dios es amor. Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él" (1 Jn 4, 16).

En toda Europa la palabra del Evangelio ha echado profundas raíces, produciendo, a lo largo de los siglos, frutos maravillosos de civilización, cultura y santidad. Por desgracia, las opciones de los pueblos del continente no siempre han sido coherentes con los valores de las respectivas tradiciones cristianas, y así la historia ha debido registrar acontecimientos tristísimos de atropellos, devastaciones y lutos.

Los ancianos de vuestro pueblo recuerdan con nostalgia el tiempo en que Ucrania era independiente. A aquel per√≠odo, m√°s bien breve, siguieron los a√Īos terribles de la dictadura sovi√©tica y la dur√≠sima carest√≠a de los primeros a√Īos de la d√©cada de 1930, cuando vuestro pa√≠s, "granero de Europa", ya no lograba alimentar a sus propios hijos, que mor√≠an a millones. Y no podemos olvidar a los innumerables compatriotas vuestros que murieron durante la guerra de 1941-1945 contra la invasi√≥n nazi. Lamentablemente, la liberaci√≥n del nazismo no constituy√≥ tambi√©n la liberaci√≥n del r√©gimen comunista, que sigui√≥ pisoteando los derechos humanos m√°s elementales, deportando a ciudadanos inermes, encarcelando a los disidentes, persiguiendo a los creyentes, e incluso tratando de borrar de la conciencia del pueblo la idea misma de libertad e independencia. Por suerte, el gran cambio hist√≥rico de 1989 permiti√≥ a Ucrania reconquistar finalmente su libertad y plena soberan√≠a.

4. Vuestro pueblo logró esa ansiada meta de modo pacífico e incruento y ahora está comprometido con tenacidad en una obra de valiente reconstrucción social y espiritual. La comunidad internacional no puede por menos de apreciar los éxitos obtenidos al consolidar la paz y resolver las tensiones regionales teniendo en cuenta las características locales.

Yo mismo os exhorto a perseverar en el esfuerzo necesario para superar las dificultades que quedan, asegurando el pleno respeto de los derechos de las minorías nacionales y religiosas. Con una política de sabia tolerancia el pueblo ucraniano se granjeará consideración y simpatía, y así se asegurará un lugar particular en la familia de los pueblos europeos.

Como Pastor de la Iglesia católica, quiero subrayar con sincero aprecio el hecho de que en el preámbulo de la Constitución de Ucrania se recuerda a los ciudadanos "la responsabilidad ante Dios". En esta perspectiva se situaba seguramente vuestro compatriota Hryhorij Skovoroda, cuando invitaba a sus contemporáneos a proponerse siempre como compromiso prioritario "comprender al hombre", buscando para él los caminos que pudieran permitirle salir definitivamente de los callejones de la intransigencia y el odio.

Los valores del Evangelio, que forman parte de vuestra identidad nacional, os ayudar√°n a construir una sociedad abierta y solidaria, en la que cada uno pueda dar su aportaci√≥n espec√≠fica al bien com√ļn, encontrando al mismo tiempo un apoyo conveniente para desarrollar lo mejor posible sus propias cualidades.

Es un llamamiento que dirijo sobre todo a los jóvenes para que, siguiendo las huellas de quienes han dado la vida por elevados ideales humanos, civiles y religiosos, conserven inalterado este patrimonio de civilización.

5. "No permit√°is que los poderosos arruinen al hombre", escrib√≠a Volodymyr Monomach (+ 1125) en su libro "Ense√Īanza a los hijos". Son palabras que a√ļn hoy conservan plenamente su validez.

En el siglo XX los regímenes totalitarios destruyeron enteras generaciones, porque minaron tres pilares de toda civilización auténticamente humana: el reconocimiento de la autoridad divina, de la que brotan las orientaciones morales irrenunciables de la vida (cf. Ex 20, 1. 18); el respeto a la dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1, 26-27); y el deber de ejercer el poder al servicio de todo miembro de la sociedad sin excepciones, comenzando por los más débiles e indefensos.

El haber negado a Dios no ha hecho al hombre más libre. Al contrario, lo ha expuesto a diversas formas de esclavitud, rebajando la vocación del poder político al nivel de una fuerza bruta y opresiva.

6. Políticos, no olvidéis esta dura lección de la historia. Vuestra tarea es servir al pueblo, asegurando a todos paz e igualdad de derechos. Resistid a la tentación de aprovecharos del poder para intereses personales o de grupo. Tened siempre solicitud por los pobres y esforzaos con todos los medios legítimos por garantizar a cada uno el acceso al justo bienestar.

Hombres de cultura, cont√°is con una gran historia. Pienso, en particular, en el arzobispo ortodoxo de Kiev, el metropolita Pedro Mohyla, que en 1632 fund√≥ la Academia de Kiev, la cual permanece en el recuerdo como faro de cultura human√≠stica y cristiana. A vosotros corresponde el ejercicio de una inteligencia cr√≠tica y creativa en todos los √°mbitos del saber, conjugando el patrimonio cultural del pasado con las exigencias de la modernidad, a fin de contribuir al aut√©ntico progreso humano, con vistas a la civilizaci√≥n del amor. En este contexto, deseo vivamente que la ense√Īanza de las ciencias eclesi√°sticas reciba el reconocimiento debido, tambi√©n por parte de la autoridad civil.

Y en particular para vosotros, hombres dedicados a la investigación científica, valga como advertencia perenne la tremenda catástrofe social, económica y ecológica de Chernobyl. Las potencialidades de la técnica deben conjugarse con los valores éticos inmutables, para que se garantice el respeto debido al hombre y a su dignidad inalienable.

Empresarios y economistas de la nueva Ucrania, el futuro de la naci√≥n depende tambi√©n de vosotros. Vuestra valiente aportaci√≥n, inspirada siempre en los valores de la competencia y la honradez, ayudar√° a impulsar la econom√≠a nacional, a fin de que recuperen la confianza todos aquellos que sienten la tentaci√≥n de abandonar el pa√≠s para buscar en otras partes un puesto de trabajo. En vuestra actividad tened siempre presente el bien com√ļn y los justos derechos de todos. Mirad a la persona y no al lucro, como fin de toda econom√≠a que respete la dignidad humana. Actuad siempre en la legalidad, que es garant√≠a de justicia.

7. Distinguidas autoridades, amables se√Īoras y se√Īores, la humanidad ha entrado en el tercer milenio, y se perfilan en el horizonte nuevos escenarios. Se est√° produciendo un proceso global de desarrollo, marcado por cambios r√°pidos y radicales. Cada uno est√° llamado a dar su contribuci√≥n con valent√≠a y confianza. La Iglesia cat√≥lica est√° al lado de toda persona de buena voluntad para sostener sus esfuerzos al servicio del bien.

Por lo que a m√≠ respecta, seguir√© acompa√Ī√°ndoos con la oraci√≥n, para que Dios os proteja a vosotros, a vuestras familias, vuestros proyectos y las expectativas de todo el pueblo ucraniano, sobre el que invoco la abundancia de las bendiciones del Todopoderoso.

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