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S.S. Juan Pablo II, Homil√≠a del Santo Padre durante la inauguraci√≥n del a√Īo acad√©mico en las universidades eclesi√°sticas romanas
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Inauguraci√≥n del a√Īo acad√©mico en las universidades eclesi√°sticas romanas

1. "Para alabanza de su gloria" (Ef 1, 11. 14).

Esta expresi√≥n de san Pablo, que acaba de resonar, nos brinda la perspectiva y el sentido de esta celebraci√≥n, con la que inauguramos el a√Īo acad√©mico de las universidades eclesi√°sticas romanas. Desde el comienzo, queremos ofrecer todo a Dios y orientarlo para su gloria: la ense√Īanza, el estudio, la vida colegial, el tiempo de trabajo y de distracci√≥n, y, principalmente, la vida personal, la oraci√≥n, la ascesis y la amistad. Esta tarde queremos poner todo nuestro ser y nuestra actividad en el altar del Se√Īor, a fin de ofrecerlo como sacrificio espiritual "para alabanza de su gloria".

Amad√≠simos hermanos y hermanas, a todos vosotros que os hab√©is reunido para esta tradicional cita, os dirijo mi cordial saludo, comenzando por monse√Īor Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregaci√≥n para la educaci√≥n cat√≥lica, que preside esta eucarist√≠a. Saludo, asimismo, a los rectores de las universidades, a los miembros del claustro de profesores y a los responsables de los seminarios y de los colegios, en los que vosotros, estudiantes, encontr√°is hospitalidad y ayuda en vuestro itinerario de formaci√≥n.

Doy una bienvenida especial a los alumnos que inician este a√Īo sus estudios en las universidades y en los institutos pontificios de Roma. Quisiera que cada uno de vosotros tomara conciencia del don que representa la posibilidad de perfeccionar los estudios en Roma y, al mismo tiempo, se diera cuenta de la responsabilidad que implica este privilegio. En efecto, est√°is llamados a profundizar la formaci√≥n con vistas a un servicio eclesial cualificado. Por esta raz√≥n, la Roma cristiana os acoge con sus instituciones culturales, muy consciente de su vocaci√≥n universal fundada en el testimonio de los Ap√≥stoles y los m√°rtires.

2. "Dichosa la naci√≥n cuyo Dios es el Se√Īor, el pueblo que √©l se escogi√≥ como heredad" (Sal 32, 12). ¬°C√≥mo no ver a la Iglesia en esta "naci√≥n" singular, cuyo Dios es el Se√Īor! Ella es el pueblo "congregado por la unidad del Padre y del Hijo y del Esp√≠ritu Santo", seg√ļn la c√©lebre expresi√≥n de san Cipriano (cf. De Orat. Dom. 23: PL 4, 553).

Vosotros, queridos hermanos, proced√©is de diversas naciones de la tierra. Vuestros rostros forman en esta bas√≠lica un "mosaico" estupendo, en el que las diferencias est√°n llamadas a armonizarse para delinear una comunidad, que recibe su forma del √ļnico Esp√≠ritu de Cristo. "En √©l tambi√©n vosotros -nos ha dicho san Pablo-, que hab√©is escuchado la verdad, la extraordinaria noticia de que hab√©is sido salvados y hab√©is cre√≠do, hab√©is sido marcados con el Esp√≠ritu Santo" (Ef 1, 13).

Al comienzo de un nuevo a√Īo de estudios, es importante que cada uno de vosotros vuelva a sus ra√≠ces y, a trav√©s de ellas, se remonte a Cristo, en quien estas diferencias se funden para que lleguemos a formar una sola comunidad. Es hermoso reconocer y profesar que somos Iglesia, "naci√≥n cuyo Dios es el Se√Īor", pueblo que √©l se escogi√≥ de entre todas las naciones, para que sea en el mundo como un "sacramento" de la unidad del g√©nero humano. No perd√°is jam√°s este profundo sentido del misterio de la Iglesia a la que pertenec√©is. En efecto, ella constituye el ambiente vital de la aut√©ntica formaci√≥n cristiana; en comuni√≥n con ella quer√©is cumplir vuestro compromiso de estudio.

3. "¬°Cuidado con la levadura de los fariseos!" (Lc 12, 1). En la p√°gina del evangelio que acabamos de proclamar Jes√ļs alerta a sus disc√≠pulos contra la actitud hip√≥crita de quien se enga√Īa creyendo que puede presentar cosas malas con una apariencia honrada. El Se√Īor nos recuerda que todo est√° destinado a salir a la luz, incluso las cosas escondidas y secretas. Adem√°s, exhorta a los suyos, a quienes llama "amigos", a no temer nada ni a nadie, sino s√≥lo a Dios, en cuyas manos est√° nuestra vida. Aunque la invitaci√≥n a temer "al que tiene poder para matar y despu√©s echar en el fuego" (Lc 12, 4) infunde un saludable temor, inmediatamente despu√©s conforta la descripci√≥n de Dios que cuida de todas las criaturas y, con mayor raz√≥n, de los hombres, que son valios√≠simos a sus ojos.

El tema de la absoluta transparencia de todo y de todos en presencia de Dios unifica las dos partes de la perícopa evangélica de hoy. Se trata de un elemento esencial de la relación filial con Dios que predicó Cristo, perfeccionando la revelación de la antigua Alianza.

Queridos profesores y estudiantes de las universidades eclesi√°sticas, si se considera atentamente, vuestra tarea prioritaria es la misma que la de Jes√ļs: conocer y dar a conocer la aut√©ntica imagen de Dios. "Que te conozcan a ti, √ļnico Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3): en esto consiste para los hombres la vida eterna, y por esto el Hijo de Dios vino al mundo, para que "tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10, 10).

Al comienzo de un nuevo a√Īo de estudios teol√≥gicos o, en cualquier caso, eclesi√°sticos, esta p√°gina del evangelio de san Lucas nos ayuda a explicitar la referencia fundamental a la misi√≥n de Cristo y al sentido de su encarnaci√≥n: de ella recibe luz y fuerza tambi√©n la misi√≥n de cada uno de vosotros, en la diversidad de los carismas y de los ministerios.

4. Amadísimos hermanos y hermanas, hoy quisiera repetir las palabras del concilio ecuménico Vaticano II en la declaración Gravissimum educationis: "La Iglesia espera mucho del trabajo intenso de las facultades de ciencias sagradas" (n. 11). En verdad, cuenta mucho con la obra que se realiza diariamente en cada una de las universidades pontificias. En particular, como Obispo de Roma, deseo expresar mi aprecio y mi gratitud por el trabajo de los superiores, de los profesores y de los responsables de las instituciones eclesiásticas de Roma. Vuestra iniciativa, queridos hermanos, unida al elevado nivel científico y a la segura fidelidad al Magisterio, manifiesta vuestro amor a Cristo y a la Iglesia y, diría, el auténtico espíritu misionero con el que servís a la verdad.

En v√≠speras de la Jornada mundial de las misiones, me complace subrayar que el trabajo de cuantos ense√Īan y estudian en las facultades eclesi√°sticas no est√° separado ni mucho menos en contraste con el de quien trabaja, por decirlo as√≠, "en la vanguardia". Todos estamos al servicio de la verdad, que es el Evangelio de Cristo Se√Īor. El Evangelio, por su misma naturaleza, exige ser anunciado, pero el anuncio supone un s√≥lido y profundo conocimiento del mensaje, para que la evangelizaci√≥n sea servicio eficaz a Dios, a la verdad y al hombre.

Queridos hermanos, que la Madre del Redentor, Sede de la sabidur√≠a, vele por vosotros y por los compromisos de este a√Īo acad√©mico que comienza. Mar√≠a es imagen y modelo de la Iglesia que acoge la Palabra divina, la custodia con amor, la pone en pr√°ctica y la lleva al mundo. Que su asistencia materna sea para cada uno de vosotros fuente de renovada motivaci√≥n y de continuo apoyo en el empe√Īo, para que todas vuestras actividades tengan siempre en Dios su origen y su coronaci√≥n, "para alabanza de su gloria". Am√©n.

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