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S.S. Juan Pablo II, Homilía de S.S. Juan Pablo II durante la Santa Misa en la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén
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Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa en la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén

"Creo en (...) Jesucristo (...), que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado (...), al tercer día resucitó de entre los muertos".

1. Siguiendo el camino de la historia de la salvaci√≥n, tal como se narra en el S√≠mbolo de los Ap√≥stoles, mi peregrinaci√≥n jubilar me ha tra√≠do a Tierra Santa. De Nazaret, donde Jes√ļs fue concebido en el seno de la Virgen Mar√≠a por obra del Esp√≠ritu Santo, he llegado a Jerusal√©n, donde "padeci√≥ bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado". Aqu√≠, en la bas√≠lica del Santo Sepulcro, me arrodillo ante el lugar de su sepultura: "He aqu√≠ el lugar donde lo pusieron" (Mc 16, 6).

La tumba est√° vac√≠a. Es un testigo silencioso del acontecimiento central de la historia humana: la resurrecci√≥n de nuestro Se√Īor Jesucristo. Durante casi dos mil a√Īos la tumba vac√≠a ha dado testimonio de la victoria de la Vida sobre la muerte. Con los Ap√≥stoles y los evangelistas, con la Iglesia de todos los tiempos y lugares, tambi√©n nosotros damos testimonio y proclamamos: "¬°Cristo resucit√≥! Una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere m√°s; la muerte no tiene ya se√Īor√≠o sobre √©l" (cf. Rm 6, 9).

"Mors et vita duello conflixere mirando; dux vitae mortuus, regnat vivus" (Secuencia pascual latina Victimae paschali). El Se√Īor de la vida estaba muerto; ahora reina, victorioso sobre la muerte, fuente de vida eterna para todos los creyentes.

2. En esta basílica, "la madre de todas las Iglesias" (san Juan Damasceno), dirijo mi afectuoso saludo a Su Beatitud el patriarca Michel Sabbah, a los Ordinarios de las demás comunidades católicas, al padre Giovanni Battistelli y a los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa, así como a los sacerdotes, los religiosos y los laicos.

Con estima y afecto fraternos saludo al patriarca Diodoros de la Iglesia greco-ortodoxa y al patriarca Torkom de la Iglesia armenia ortodoxa, a los representantes de las Iglesias copta, siria y etiópica, así como a los de las comunidades anglicana y luterana.

Aqu√≠, donde nuestro Se√Īor Jesucristo muri√≥ para reunir a los hijos de Dios que estaban dispersos (cf. Jn 11, 52), el Padre de las misericordias fortalezca nuestro deseo de unidad y paz entre todos los que han recibido el don de la vida nueva en las aguas salv√≠ficas del bautismo.

3. "Destruid este templo y en tres días lo levantaré" (Jn 2, 19).

El evangelista san Juan nos narra que, despu√©s de la resurrecci√≥n de Jes√ļs de entre los muertos, los disc√≠pulos recordaron estas palabras y creyeron (cf. Jn 2, 22). Jes√ļs las pronunci√≥ a fin de que fueran un signo para sus disc√≠pulos. Cuando fue al templo con sus disc√≠pulos, expuls√≥ a los cambistas y a los vendedores del lugar santo (cf. Jn 2, 15). En el momento en que los presentes protestaron, pregunt√°ndole: "¬ŅQu√© se√Īal nos muestras para obrar as√≠?", Jes√ļs les replic√≥: "Destruid este templo y en tres d√≠as lo levantar√©". El evangelista anota que "√©l hablaba del templo de su cuerpo" (Jn 2, 18-21).

La profec√≠a encerrada en las palabras de Jes√ļs se cumpli√≥ en la Pascua, cuando "al tercer d√≠a resucit√≥ de entre los muertos". La resurrecci√≥n de nuestro Se√Īor Jesucristo es el signo de que el Padre eterno es fiel a su promesa y hace nacer nueva vida de la muerte: "la resurrecci√≥n del cuerpo y la vida eterna". El misterio se refleja claramente en esta antigua iglesia de la An√°stasis, que contiene tanto el sepulcro vac√≠o, signo de la Resurrecci√≥n, como el G√≥lgota, lugar de la crucifixi√≥n. La buena nueva de la Resurrecci√≥n no puede separarse nunca del misterio de la cruz. San Pablo nos lo dice en la segunda lectura de hoy: "Nosotros predicamos a Cristo crucificado" (1 Co 1, 23). Cristo, que se ofreci√≥ a s√≠ mismo como sacrificio vespertino en el altar de la cruz (cf. Sal 141, 2), se revela ahora como "fuerza de Dios y sabidur√≠a de Dios" (1 Co 1, 24). Y en su resurrecci√≥n, los hijos y las hijas de Ad√°n han sido hechos part√≠cipes de su vida divina, que ten√≠a desde toda la eternidad, con el Padre, en el Esp√≠ritu Santo.

4. "Yo soy el Se√Īor, tu Dios, que te he sacado del pa√≠s de Egipto, de la esclavitud" (Ex 20, 2).

La liturgia cuaresmal de hoy nos presenta la Alianza que Dios selló con su pueblo en el monte Sinaí, cuando entregó los diez mandamientos de la Ley a Moisés. El Sinaí representa la segunda etapa de la gran peregrinación de fe que comenzó cuando Dios dijo a Abraham: "Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré" (Gn 12, 1).

La Ley y la Alianza son el sello de la promesa hecha a Abraham. Mediante el Decálogo y la ley moral inscrita en el corazón del hombre (cf. Rm 2, 15), Dios desafía radicalmente la libertad de cada hombre y cada mujer. Responder a la voz de Dios que resuena en lo más profundo de nuestra conciencia y elegir el bien es la opción más sublime de la libertad humana. Equivale, realmente, a elegir entre la vida y la muerte (cf. Dt 30, 15). Caminando por la senda de la Alianza con Dios santísimo, el pueblo se convierte en heraldo y testigo de la promesa, la promesa de una auténtica liberación y de la plenitud de vida.

La resurrecci√≥n de Jes√ļs es el sello definitivo de todas las promesas de Dios, el lugar de nacimiento de una humanidad nueva y resucitada, la prenda de una historia caracterizada por los dones mesi√°nicos de paz y alegr√≠a espiritual. En el alba de un nuevo milenio, los cristianos pueden y deben mirar al futuro con firme confianza en el poder glorioso del Resucitado de renovar todas las cosas (cf. Ap 21, 5). √Čl es el √ļnico que libra a toda la creaci√≥n de la servidumbre de la corrupci√≥n (cf. Rm 8, 20). Con su resurrecci√≥n, abre el camino al gran descanso del sabbath, el octavo d√≠a, cuando la peregrinaci√≥n de la humanidad llegue a su fin y Dios sea todo en todos (cf. 1 Co 15, 28).

Aqu√≠, en el Santo Sepulcro y en el G√≥lgota, a la vez que renovamos nuestra profesi√≥n de fe en el Se√Īor resucitado, ¬Ņpodemos dudar de que con el poder del Esp√≠ritu de vida recibiremos la fuerza para superar nuestras divisiones y trabajar juntos a fin de construir un futuro de reconciliaci√≥n, unidad y paz? Aqu√≠, como en ning√ļn otro lugar de la tierra, o√≠mos una vez m√°s al Se√Īor que dice a sus disc√≠pulos: "¬°√Ānimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33).

6. "Mors et vita duello conflixere mirando; dux vitae mortuus, regnat vivus".

El Se√Īor resucitado, resplandeciente por la gloria del Esp√≠ritu, es la Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo m√≠stico. √Čl la sostiene en su misi√≥n de proclamar el Evangelio de la salvaci√≥n a los hombres y mujeres de cada generaci√≥n, hasta que vuelva en la gloria.

En este lugar, donde se dio a conocer la Resurrecci√≥n primero a las mujeres y luego a los Ap√≥stoles, invito a todos los miembros de la Iglesia a renovar su obediencia al mandato del Se√Īor de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. En el alba de un nuevo milenio es muy necesario proclamar desde los tejados la buena nueva de que "tanto am√≥ Dios al mundo, que dio a su Hijo √ļnico, para que todo el que crea en √©l no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). "Se√Īor, (...) t√ļ tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Hoy, como indigno Sucesor de Pedro, deseo repetir estas palabras mientras celebramos el sacrificio eucar√≠stico en este lugar, el m√°s santo de la tierra. Con toda la humanidad redimida, hago m√≠as las palabras que Pedro, el pescador, dirigi√≥ a Cristo, Hijo del Dios vivo: "Se√Īor, ¬Ņa qui√©n iremos? T√ļ tienes palabras de vida eterna".

Christós anésti.

¡Jesucristo ha resucitado! ¡En verdad, ha resucitado! Amén.

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