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S.S. Juan Pablo II, La gloria de la Trinidad en la Creación
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La gloria de la Trinidad en la Creación

1. "¬°Qu√© amables son todas sus obras! y eso que es s√≥lo una chispa lo que de ellas podemos conocer. (...) Nada ha hecho incompleto. (...) ¬ŅQui√©n se saciar√° de contemplar su gloria? Mucho m√°s podr√≠amos decir y nunca acabar√≠amos; broche de mis palabras: "√Čl lo es todo". ¬ŅD√≥nde hallar fuerza para glorificarle? ¬°√Čl es mucho m√°s grande que todas sus obras!" (Si 42, 22. 24-25; 43, 27-28).

Con estas palabras, llenas de estupor, un sabio b√≠blico, el Sir√°cida, expresaba su admiraci√≥n ante el esplendor de la creaci√≥n, alabando a Dios. Es un peque√Īo retazo del hilo de contemplaci√≥n y meditaci√≥n que recorre todas las sagradas Escrituras, desde las primeras l√≠neas del G√©nesis, cuando en el silencio de la nada surgen las criaturas, convocadas por la Palabra eficaz del Creador.

"Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz" (Gn 1, 3). Ya en esta parte del primer relato de la creación se ve en acción la Palabra de Dios, de la que san Juan dirá: "En el principio existía la Palabra (...) y la Palabra era Dios. (...) Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe" (Jn 1, 1. 3). San Pablo reafirmará en el himno de la carta a los Colosenses que "en él (Cristo) fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles: los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades. Todo fue creado por él y para él; él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia" (Col 1, 16-17). Pero en el instante inicial de la creación se vislumbra también al Espíritu: "el Espíritu de Dios aleteaba por encima de las aguas" (Gn 1, 2). Podemos decir, con la tradición cristiana, que la gloria de la Trinidad resplandece en la creación.

2. En efecto, a la luz de la Revelaci√≥n, es posible ver c√≥mo el acto creativo es apropiado ante todo al "Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de rotaci√≥n" (St 1, 17). √Čl resplandece sobre todo el horizonte, como canta el Salmista: "¬°Oh Se√Īor, Dios nuestro, ¬°qu√© admirable es tu nombre en toda la tierra! T√ļ ensalzaste tu majestad sobre los cielos" (Sal 8, 2). Dios "afianz√≥ el orbe, y no se mover√°" (Sal 96, 10) y frente a la nada, representada simb√≥licamente por las aguas ca√≥ticas que elevan su voz, el Creador se yergue dando consistencia y seguridad: "Levantan los r√≠os, Se√Īor, levantan los r√≠os su voz, levantan los r√≠os su fragor; pero m√°s que la voz de las aguas caudalosas, m√°s potente que el oleaje del mar, m√°s potente en el cielo es el Se√Īor" (Sal 93, 3-4).

3. En la sagrada Escritura la creaci√≥n a menudo est√° vinculada tambi√©n a la Palabra divina que irrumpe y act√ļa: "La palabra del Se√Īor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ej√©rcitos (...). √Čl lo dijo, y existi√≥; √©l lo mand√≥, y surgi√≥" (Sal 33, 6. 9); "√Čl env√≠a su mensaje a la tierra; su palabra corre veloz" (Sal 147, 15). En la literatura sapiencial veterotestamentaria la Sabidur√≠a divina, personificada, es la que da origen al cosmos, actuando el proyecto de la mente de Dios (cf. Pr 8, 22-31). Ya hemos dicho que san Juan y san Pablo ver√°n en la Palabra y en la Sabidur√≠a de Dios el anuncio de la acci√≥n de Cristo: "del cual proceden todas las cosas y para el cual somos" (1 Co 8, 6), porque "por √©l hizo (Dios) tambi√©n el mundo" (Hb 1, 2).

4. Por √ļltimo, otras veces, la Escritura subraya el papel del Esp√≠ritu de Dios en el acto creador: "Env√≠as tu Esp√≠ritu y son creados, y renuevas la faz de la tierra" (Sal 104, 30). El mismo Esp√≠ritu es representado simb√≥licamente por el soplo de la boca de Dios, que da vida y conciencia al hombre (cf. Gn 2, 7) y le devuelve la vida en la resurrecci√≥n, como anuncia el profeta Ezequiel en una p√°gina sugestiva, donde el Esp√≠ritu act√ļa para hacer revivir huesos ya secos (cf. Ez 37, 1-14). Ese mismo soplo domina las aguas del mar en el √©xodo de Israel de Egipto (cf. Ex 15, 8. 10). Tambi√©n el Esp√≠ritu regenera a la criatura humana, como dir√° Jes√ļs en el di√°logo nocturno con Nicodemo: "En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Esp√≠ritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Esp√≠ritu, es esp√≠ritu" (Jn 3, 5-6).

5. Pues bien, frente a la gloria de la Trinidad en la creación el hombre debe contemplar, cantar, volver a sentir asombro. En la sociedad contemporánea la gente se hace árida "no por falta de maravillas, sino por falta de maravilla" (G.K. Chesterton). Para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa, como nos sugiere el "Salmo del sol": "El cielo proclama la gloria de Dios; el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra. Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje" (Sal 19, 2-5).

Por consiguiente, la naturaleza se transforma en un evangelio que nos habla de Dios: "de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analog√≠a, a contemplar a su Autor" (Sb 13, 5). San Pablo nos ense√Īa que "lo invisible de Dios, desde la creaci√≥n del mundo, se deja ver a la inteligencia a trav√©s de sus obras: su poder eterno y su divinidad" (Rm 1, 20). Pero esta capacidad de contemplaci√≥n y conocimiento, este descubrimiento de una presencia trascendente en lo creado, nos debe llevar tambi√©n a redescubrir nuestra fraternidad con la tierra, a la que estamos vinculados desde nuestra misma creaci√≥n (cf. Gn 2, 7). Esta era precisamente la meta que el Antiguo Testamento recomendaba para el jubileo jud√≠o, cuando la tierra descansaba y el hombre cog√≠a lo que de forma espont√°nea le ofrec√≠a el campo (cf. Lv 25, 11-12). Si la naturaleza no es violentada y humillada, vuelve a ser hermana del hombre.


Saludos

Doy mi cordial bienvenida a todos los peregrinos de lengua espa√Īola. De modo especial saludo a las Hermanas de la Inmaculada Concepci√≥n de Buenos Aires y a los grupos procedentes de Espa√Īa, Per√ļ, Chile, Bolivia y de otros pa√≠ses de Latinoam√©rica. En este A√Īo jubilar, invocando a Dios Padre, Hijo y Esp√≠ritu Santo, os bendigo a todos. Muchas gracias.

Mi pensamiento va también a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Hoy la liturgia hace memoria de los santos Timoteo y Tito que, formados en la escuela del apóstol san Pablo, anunciaron el Evangelio con celo incansable.

Que su ejemplo os anime, queridos jóvenes, a vivir de modo auténtico y coherente la vocación cristiana; y a vosotros, queridos enfermos presentes hoy en representación de los enfermos de toda Italia, acogiendo la iniciativa jubilar del Consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios, por la que os habéis reunido ayer en la basílica de Santa María la Mayor, os deseo que halléis en el ejemplo de estos santos la ayuda para ofrecer vuestros sufrimientos en unión con los de Cristo, a fin de que el anuncio de la salvación llegue a todos los hombres; a vosotros, queridos recién casados, que el ejemplo de los santos os mantenga en el compromiso de evangelización en vuestras familias y de dar testimonio del evangelio de la vida.

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