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S.S. Juan Pablo II, Santa Misa para los jóvenes en el Monte de las Bienaventuranzas
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Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa para los jóvenes en el Monte de las Bienaventuranzas

"¡Mirad, hermanos, vuestra vocación!" (1 Co 1, 26).

1. Hoy estas palabras de san Pablo se dirigen a todos los que hemos venido aqu√≠, al monte de las Bienaventuranzas. Estamos sentados en esta colina como los primeros disc√≠pulos, y escuchamos a Jes√ļs. En silencio escuchamos su voz amable y apremiante, tan amable como esta tierra y tan apremiante como una invitaci√≥n a elegir entre la vida y la muerte.

¬°Cu√°ntas generaciones antes que nosotros se han sentido conmovidas profundamente por el serm√≥n de la Monta√Īa! ¬°Cu√°ntos j√≥venes a lo largo de los siglos se han reunido en torno a Jes√ļs para aprender las palabras de vida eterna, como vosotros est√°is reunidos hoy aqu√≠! ¬°Cu√°ntos j√≥venes corazones se han sentido impulsados por la fuerza de su personalidad y la verdad apremiante de su mensaje! ¬°Es maravilloso que est√©is aqu√≠!

Gracias, arzobispo Butros Mouallem, por su amable acogida. Le ruego que transmita mis saludos cordiales a toda la comunidad greco-melquita que usted preside. Extiendo mi saludo fraterno a los numerosos cardenales, al patriarca Sabbah, así como a los obispos y sacerdotes presentes aquí. Saludo a los miembros de las comunidades latina, incluidos los fieles de lengua hebrea, maronita, siria, armenia, caldea y a todos nuestros hermanos y hermanas de las demás Iglesias cristianas y comunidades eclesiales. En particular, doy las gracias a nuestros amigos musulmanes, a los miembros de fe judía, así como a la comunidad drusa.

Este gran encuentro es como un ensayo general de la Jornada mundial de la juventud que se celebrar√° en Roma en el mes de agosto. El joven que ha hablado ha prometido que tendr√©is otra monta√Īa, el monte Sina√≠.

2. Hace precisamente un mes, tuve la gracia de ir all√≠, donde Dios habl√≥ a Mois√©s y le entreg√≥ la Ley, "escrita por el dedo de Dios" (Ex 31, 18) en tablas de piedra. Estos dos montes, el Sina√≠ y el de las Bienaventuranzas, nos ofrecen el mapa de nuestra vida cristiana y una s√≠ntesis de nuestras responsabilidades ante Dios y ante nuestro pr√≥jimo. La Ley y las bienaventuranzas se√Īalan juntas la senda del seguimiento de Cristo y el camino real hacia la madurez y la libertad espiritual.

Los diez mandamientos del Sina√≠ pueden parecer negativos: "No habr√° para ti otros dioses delante de m√≠. (...) No matar√°s. No cometer√°s adulterio. No robar√°s. No dar√°s testimonio falso..." (Ex 20, 3. 13-16). Pero, de hecho, son sumamente positivos. Yendo m√°s all√° del mal que mencionan, se√Īalan el camino hacia la ley del amor, que es el primero y el mayor de los mandamientos: "Amar√°s al Se√Īor, tu Dios, con todo tu coraz√≥n, con toda tu alma y con toda tu mente. (...) Amar√°s a tu pr√≥jimo como a ti mismo" (Mt 22, 37. 39). Jes√ļs mismo dice que no vino a abolir la Ley, sino a cumplirla (cf. Mt 5, 17). Su mensaje es nuevo, pero no cancela lo que hab√≠a antes, sino que desarrolla al m√°ximo sus potencialidades. Jes√ļs ense√Īa que el camino del amor hace que la Ley alcance su plenitud (cf. Ga 5, 14). Y ense√Ī√≥ esta verdad tan importante aqu√≠, en este monte de Galilea.

3. "Bienaventurados -dice- los pobres de esp√≠ritu, los mansos, los misericordiosos, los que llor√°is, los que ten√©is hambre y sed de justicia, los limpios de coraz√≥n, los que trabaj√°is por la paz y los perseguidos". ¬°Bienaventurados! Pero las palabras de Jes√ļs pueden resultar extra√Īas. Es raro que Jes√ļs exalte a quienes el mundo por lo general considera d√©biles. Les dice: "Bienaventurados los que parec√©is perdedores, porque sois los verdaderos vencedores: es vuestro el reino de los cielos". Estas palabras, pronunciadas por √©l, que es "manso y humilde de coraz√≥n" (Mt 11, 29), plantean un desaf√≠o que exige una profunda y constante met√°noia del esp√≠ritu, un gran cambio del coraz√≥n.

Vosotros, los j√≥venes, comprend√©is por qu√© es necesario este cambio del coraz√≥n. En efecto, conoc√©is otra voz dentro de vosotros y en torno a vosotros, una voz contradictoria. Es una voz que os dice: "Bienaventurados los orgullosos y los violentos, los que prosperan a toda costa, los que no tienen escr√ļpulos, los crueles, los inmorales, los que hacen la guerra en lugar de la paz y persiguen a quienes constituyen un estorbo en su camino". Y esta voz parece tener sentido en un mundo donde a menudo los violentos triunfan y los inmorales tienen √©xito. "S√≠", dice la voz del mal, "ellos son los que vencen. ¬°Dichosos ellos!".

4. Jes√ļs presenta un mensaje muy diferente. No lejos de aqu√≠, Jes√ļs llam√≥ a sus primeros disc√≠pulos, como os llama ahora a vosotros. Su llamada ha exigido siempre una elecci√≥n entre las dos voces que compiten por conquistar vuestro coraz√≥n, incluso ahora, en este monte: la elecci√≥n entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte. ¬ŅQu√© voz elegir√°n seguir los j√≥venes del siglo XXI? Confiar en Jes√ļs significa elegir creer en lo que os dice, aunque pueda parecer raro, y rechazar las seducciones del mal, aunque resulten deseables o atractivas.

Adem√°s, Jes√ļs no s√≥lo proclama las bienaventuranzas; tambi√©n las vive. √Čl encarna las bienaventuranzas. Al contemplarlo, ver√©is lo que significa ser pobres de esp√≠ritu, ser mansos y misericordiosos, llorar, tener hambre y sed de justicia, ser limpios de coraz√≥n, trabajar por la paz y ser perseguidos. Por eso tiene derecho a afirmar: "¬°Venid, seguidme!". No dice simplemente: "Haced lo que os digo". Dice: "¬°Venid, seguidme!".

Escuch√°is su voz en este monte, y cre√©is en lo que os dice. Pero, como los primeros disc√≠pulos en el mar de Galilea, deb√©is dejar vuestras barcas y vuestras redes, y esto nunca es f√°cil, especialmente cuando afront√°is un futuro incierto y sent√≠s la tentaci√≥n de perder la fe en vuestra herencia cristiana. Ser buenos cristianos puede pareceros algo superior a vuestras fuerzas en el mundo actual. Pero Jes√ļs no est√° de brazos cruzados; no os deja solos al afrontar este desaf√≠o. Est√° siempre con vosotros para transformar vuestra debilidad en fuerza. Confiad en √©l cuando os dice: "Mi gracia te basta, pues mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2 Co 12, 9).

5. Los disc√≠pulos pasaron alg√ļn tiempo con el Se√Īor. Llegaron a conocerlo y amarlo profundamente. Descubrieron el significado de lo que el ap√≥stol san Pedro dijo una vez a Jes√ļs: "Se√Īor, ¬Ņa qui√©n vamos a ir? T√ļ tienes palabras de vida eterna" (Jn 6, 68). Descubrieron que las palabras de vida eterna son las palabras del Sina√≠ y las palabras de las bienaventuranzas. Este es el mensaje que difundieron por todo el mundo.

En el momento de su Ascensi√≥n, Jes√ļs encomend√≥ a sus disc√≠pulos una misi√≥n y les dio una garant√≠a: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced disc√≠pulos a todas las gentes. (...) Y he aqu√≠ que yo estoy con vosotros todos los d√≠as hasta el fin del mundo" (Mt 28, 18-20). Desde hace dos mil a√Īos los seguidores de Cristo han cumplido esta misi√≥n.

Ahora, en el alba del tercer milenio, os toca a vosotros. Toca a vosotros ir al mundo a predicar el mensaje de los diez mandamientos y de las bienaventuranzas. Cuando Dios habla, habla de cosas que son muy importantes para cada persona, para todas las personas del siglo XXI, del mismo modo que lo fueron para las del siglo I. Los diez mandamientos y las bienaventuranzas hablan de verdad y bondad, de gracia y libertad: de todo lo que es necesario para entrar en el reino de Cristo. ¡Ahora os corresponde a vosotros ser apóstoles valientes de este reino!

J√≥venes de Tierra Santa, j√≥venes del mundo, responded al Se√Īor con un coraz√≥n dispuesto y abierto. Dispuesto y abierto, como el coraz√≥n de la m√°s grande de las hijas de Galilea, Mar√≠a, la madre de Jes√ļs. ¬ŅC√≥mo respondi√≥ ella? Dijo: "He aqu√≠ la esclava del Se√Īor; h√°gase en m√≠ seg√ļn tu palabra" (Lc 1, 38).

Oh, Se√Īor Jesucristo, en este lugar que conociste y amaste tanto, escucha a estos corazones j√≥venes y generosos. Sigue ense√Īando a estos j√≥venes la verdad de los mandamientos y de las bienaventuranzas. Haz que sean testigos gozosos de tu verdad y ap√≥stoles convencidos de tu reino. Permanece siempre junto a ellos, especialmente cuando seguirte a ti y tu Evangelio sea dif√≠cil y exigente. T√ļ ser√°s su fuerza, t√ļ ser√°s su victoria.

Oh, Se√Īor Jes√ļs, t√ļ has hecho de estos j√≥venes tus amigos: mantenlos siempre junto a ti.

Amén.

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