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S.S. Juan Pablo II, Santa Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos durante el a├▒o 1999
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Homil├şa del Santo Padre durante la Santa Misa en sufragio de los cardenales y obispos fallecidos durante el a├▒o 1999

1. ┬źViviremos en su presencia┬╗ (Os 6, 2).

Las celebraciones lit├║rgicas de la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoraci├│n de todos los fieles difuntos nos orientaron, en los d├şas pasados, hacia el gran misterio de la muerte y de la vida eterna. En este clima espiritual nos volvemos a reunir hoy en la bas├şlica de San Pedro para ofrecer el sacrificio eucar├şstico en sufragio por los cardenales y obispos que han llegado a la casa del Padre durante este ├║ltimo a├▒o.

Deseo recordar, en particular, a los venerados cardenales Carlos Oviedo Cavada, Ra├║l Silva Henr├şquez y George Basil Hume. A ellos, as├ş como a los arzobispos y obispos fallecidos a lo largo de este a├▒o, va nuestro pensamiento emocionado y agradecido. En su acci├│n apost├│lica, fundada en la fe, y en su atento servicio pastoral, dirigieron su mirada m├ís all├í de los confines terrenos, esperando en el Se├▒or, anunciando su nombre a sus hermanos y alab├índolo en medio de la asamblea de los creyentes. Ojal├í que ahora descansen en la casa del Padre celestial, morada de paz para los hijos de Dios.

2. ┬źEn efecto, todos los que son guiados por el Esp├şritu de Dios son hijos de Dios┬╗ (Rm 8, 14).

¡Cuántas veces estos hermanos, a quienes hoy recordamos, se refirieron, en su vida y en el ejercicio de su ministerio, a esa verdad fundamental enunciada por el Apóstol! ¡Cuántas veces invocaron al divino Paráclito e impetraron la efusión de su gracia sobre el pueblo cristiano!

Su ejemplo nos invita a confirmar nuestra fe en la persona de nuestro Salvador y en la fuerza vivificante de su Esp├şritu. La fe nos infunde la certeza consoladora de que la muerte es un paso hacia la vida eterna. Nos lo recuerda el prefacio de difuntos: ┬źLa vida de los que en ti creemos, Se├▒or, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansi├│n eterna en el cielo┬╗.

3. ┬źEl Hijo da la vida eterna a todos┬╗ (cf. Jn 17, 2).

En el evangelio hemos escuchado el inicio de la gran oraci├│n de Jes├║s al Padre, antes de su pasi├│n. Tiene como tel├│n de fondo la cruz, pero permite vislumbrar la alegr├şa de la resurrecci├│n.

Al fijar nuestra mirada en Cristo crucificado, comprendemos que precisamente en esa entrega suprema del Hijo el Padre derram├│ plenamente el Esp├şritu Santo en el mundo. El buen Pastor, que vino para que los hombres ┬źtengan vida y la tengan en abundancia┬╗ (Jn 10, 10), cumple as├ş su misi├│n y da el Esp├şritu Santo para la salvaci├│n de la humanidad entera.

4. A la luz de estas verdades tan consoladoras, nos dirigimos al Dios de la vida, para que acoja a estos hermanos nuestros difuntos, que durante muchos a├▒os fueron obreros generosos en su vi├▒a. Que, ahora que el Se├▒or los ha llamado a su presencia, experimenten la verdad consoladora de la promesa de Cristo: ┬źEl Hijo da la vida eterna a todos┬╗.

Pensando en ellos y orando por ellos, prosigamos con confianza el camino hacia la patria celestial. Que nos sostenga diariamente Mar├şa sant├şsima, que Jes├║s en la cruz nos dio como madre. Llenos de esperanza, dirigimos a ella nuestra mirada, buscando refugio bajo su protecci├│n. Ella, Virgen gloriosa y bendita, nos libre de todos los peligros y nos acompa├▒e al encuentro con Dios. Am├ęn

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