Soporte
Concilio Vaticano II, Documentos del Concilio Vaticano II
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

Ad gentes

Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia.

Roma, 7 de diciembre de 1965

A las gentes ha sido enviada, por Dios, la Iglesia como "sacramento universal de salvación" 748 : por íntima exigencia de su propia catolicidad, obedeciendo al mandato de su Fundador (cf. Marc. 16, 15) se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres. Porque los Apóstoles mismos, en quienes está fundada la Iglesia, siguiendo las huellas de Cristo, predicaron la palabra de la verdad y engendraron las Iglesias 749 . Obligación de sus sucesores es perpetuar esta obra, para que la palabra de Dios sea difundida y glorificada (2 Thes. 3, 1), y el Reino de Dios sea anunciado e instaurado en todo el mundo.

Mas en el presente orden de cosas, del que surgen nuevas condiciones para la humanidad, la Iglesia, sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mat. 5, 13-14), se siente llamada en forma más apremiante a salvar y a renovar a toda criatura, para que todo sea restaurado en Cristo y para que todos los hombres constituyan en El una sola familia y un solo pueblo de Dios.

Por lo cual este Sacrosanto Concilio, mientras da gracias a Dios por las obras realizadas con el generoso celo de toda la Iglesia, desea delinear los principios de la actividad misional y reunir las fuerzas de todos los fieles para que el pueblo de Dios, caminando por la estrecha senda de la cruz, difunda por todas partes el Reino de Cristo, Señor que preside en todos los tiempos (cf. Eccli. 36, 19), y le prepare los caminos para su venida.

CAPITULO I
PRINCIPIOS DOCTRINALES

2. La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que procede de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre 750 . Este designio se deriva del "amor fontal", esto es, de la caridad de Dios Padre, que, siendo Principio sin Principio, engendra al Hijo, y del que procede el Espíritu Santo por el Hijo, por su inmensa y misericordiosa benignidad, creándonos libremente y llamándonos espontáneamente a participar con El en su vida y en su gloria, difundió liberalmente la bondad divina y no cesa de difundirla, de forma que el que es Creador del universo se haga por fin todo en todas las cosas (1 Cor. 15, 28), procurando a un tiempo su gloria y nuestra felicidad. Pero plugo a Dios llamar a los hombres a la participación de Su vida no sólo en particular, excluido cualquier género de conexión mutua, sino constituirlos en un pueblo, en el que se congreguen formando orgánica unidad sus hijos, que estaban dispersos (cf. Io. 11, 52).

3. Este universal designio de Dios en pro de la salvación del género humano no se realiza solamente en una forma, en cierto modo secreta, en el alma de los hombres, o también por esfuerzos, incluso religiosos, con los que ellos buscan de muchas maneras a Dios, por ver si a tientas lo tocan o lo encuentran, ya que no está lejos de cada uno de nosotros (Act. 17, 27); porque estos esfuerzos necesitan estar iluminados y sanados, aunque, por benigna determinación de la providencia de Dios, pueden considerarse casi como una pedagogía hacia el Dios verdadero, o como una preparación del Evangelio 751 . Dios, para establecer la paz o comunión con El y armonizar la sociedad fraterna entre los hombres, pecadores, decretó entrar en la historia humana de un modo nuevo y definitivo enviando a su Hijo en nuestra carne, para arrancar por su medio a los hombres del poder de las tinieblas y de Satanás (cf. Col. 1, 13; Act. 10, 38) y reconciliar al mundo consigo en El (cf. 2 Cor. 5, 19). A El, pues, por quien también fue hecho el mundo 752 , lo constituyó heredero de todo a fin de instaurarlo todo en El (cf. Eph. 1, 10).

Cristo Jesús, pues, fue enviado al mundo como verdadero mediador entre Dios y los hombres. Por ser Dios, habita en El corporalmente toda la plenitud de la divinidad (cf. Col. 2, 9); según la naturaleza humana, nuevo Adán, lleno de gracia y de verdad (cf. Io. 1, 14), es constituido cabeza de la humanidad renovada. Así, pues, el Hijo de Dios siguió los caminos de la Encarnación verdadera para hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina; se hizo pobre por nosotros, aun siendo rico, para que fuésemos ricos por su pobreza (cf. 2 Cor. 8, 9). El Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención por muchos, es decir, por todos (cf. Marc. 10, 45). Los Santos Padres proclaman constantemente que no está sanado lo que no ha sido asumido por Cristo 753 . Pero tomó la naturaleza humana íntegra cual se encuentra en nosotros, miserables y pobres, pero sin el pecado (cf. Hebr. 4, 15; 9, 28). Por ello, de sí mismo dijo Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Io. 10, 36): El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió, y me envió a evangelizar a los pobres, a sanar a los contritos de corazón, a predicar a los cautivos la libertad y a los ciegos la recuperación de la vista (Luc. 4, 18), y de nuevo: El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido (Luc. 19, 10).

Mas lo que el Señor ha predicado una vez o lo que en El se ha realizado para la salvación del género humano debe ser proclamado y difundido hasta los últimos rincones de la tierra (cf. Act. 1, 8), comenzando por Jerusalén (cf. Luc. 24, 47), de suerte que lo efectuado una vez para la salvación de todos se realice por completo en todos, en el correr de los tiempos.

4. Para conseguir esto, Cristo envió al Espíritu Santo de parte del Padre, para que realizara interiormente su obra salutífera e impulsara a la Iglesia hacia su propia dilatación. Es indudable que el Espíritu Santo obraba ya en el mundo antes de la glorificación de Cristo 754 . Sin embargo, descendió sobre los discípulos en el día de Pentecostés, a fin de permanecer con ellos para siempre (cf. Io. 14, 16) la Iglesia se manifestó públicamente delante de la multitud, empezó la difusión del Evangelio entre las gentes por la predicación, y, por fin, quedó presignificada la unión de los pueblos en la catolicidad de la fe por la Iglesia de la Nueva Alianza, que habla en todas las lenguas, con la caridad entiende y abarca todas las lenguas, triunfando así sobre la dispersión de Babel 755 . En Pentecostés empezaron los "hechos de los Apóstoles", de la misma manera que había sido concebido Cristo al venir el Espíritu Santo sobre la Virgen María, y como Cristo mismo fue impulsado a comenzar su ministerio 756 , cuando descendió el mismo Espíritu Santo sobre El, mientras oraba. Pero el mismo Señor Jesús, antes de entregar libremente su vida por el mundo, de tal suerte ordenó el ministerio apostólico y prometió el Espíritu Santo que había de enviar, que ambos colaborarían siempre y doquier en la realización de la obra de la salvación 757 . A lo largo de todos los tiempos, el Espíritu Santo "unifica a la Iglesia entera en la comunión y en los ministerios, dotándola de diversos dones jerárquicos y carismáticos" 758 , vivificando, a manera de alma 759 , sus instituciones e infundiendo en los corazones de los fieles el mismo espíritu de misión que a Cristo había movido. A veces se adelanta visiblemente aun a la misma acción apostólica 760 , a la manera que no cesa de acompañarla y dirigirla de diversos modos 761 .

5. El Señor Jesús, ya desde el principio llamó a sí a los que El quiso, y designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar (Marc. 3, 13; cf. Mat. 10, 1-42) Así es como los Apóstoles fueron la semilla del nuevo Israel, al mismo tiempo que origen de la sagrada jerarquía. Después, luego de haber completado en sí mismo -mediante su muerte y resurrección- los misterios de nuestra salvación y de la renovación de todas las cosas, el Señor, que ya había conseguido todo el poder en el cielo y en la tierra (cf. Mat. 28, 18), antes de subir al cielo (cf. Act. 1, 4-8), fundó su Iglesia como sacramento de salvación, y envió a los Apóstoles a todo el mundo, como El había sido enviado por el Padre (cf. Io. 20, 21), ordenándoles: Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar cuanto yo os he mandado (Mat. 28, 19-20); Id a todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará; mas el que no creyere se condenará (Marc. 16, 15). Por esto le incumbe a la Iglesia el deber de propagar la fe y la salvación de Cristo, así en virtud del expreso mandato que heredó de los Apóstoles el Orden de los Obispos, con la cooperación de los Presbíteros, juntamente con el Sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia, como en virtud de la vida que Cristo comunica a sus miembros, puesto que por El todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo unen y nutren para la operación propia de cada miembro, crece y se fortalece en la caridad (Eph. 4, 16). La misión, pues, de la Iglesia se realiza mediante la actividad por la cual, obedeciendo al mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, plena y realmente, se hace presente a todos los hombres y pueblos para conducirlos a la fe, a la libertad y a la paz de Cristo con el ejemplo de su vida, con la predicación, con los sacramentos y demás medios de la gracia, de forma que les descubre el camino libre y seguro para que participen plenamente en el misterio de Cristo.

Mas, puesto que esta misión continúa y desarrolla, a lo largo de la historia, la misión del mismo Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres, la Iglesia debe recorrer, movida por el Espíritu Santo, el mismo camino que Cristo llevó, es decir, el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio y de la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que por su resurrección salió victorioso. Porque así caminaron en esperanza todos los Apóstoles, que con muchas tribulaciones y sufrimientos suplieron lo que falta a las tribulaciones de Cristo en pro de su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col. 1, 24). Semilla fue también, muchas veces, la sangre de los cristianos 762 .

6. Este oficio que debe cumplir el Orden de los Obispos -presidido por el Sucesor de Pedro- con la oración y cooperación de toda la Iglesia, es único e idéntico en todas las partes y en todas las situaciones, aunque no se realice del mismo modo según las circunstancias. Por consiguiente, las diferencias que se han de reconocer en esta actividad de la Iglesia no proceden de la naturaleza misma de la misión, sino de las circunstancias en que ésta se desarrolla.

Estas condiciones dependen, o de la Iglesia, o de los pueblos, grupos y hombres, a los que se dirige la misión. Aunque la Iglesia contenga de por sí la totalidad o plenitud de los medios de salvación, ni siempre ni en un momento actúa ni puede actuar con todos sus recursos, sino que, partiendo de modestos comienzos, avanza gradualmente en su esforzada actividad para realizar el designio de Dios; más aún, en ocasiones, luego de haber iniciado felizmente el avance, se ve obligada a deplorar de nuevo un retroceso o, a lo menos, se detiene en un estado de semiplenitud y de insuficiencia. Pero en cuanto se refiere a los hombres, a los grupos y a los pueblos, tan sólo gradualmente establece contacto y se adentra en ellos, y así los atrae hasta la plenitud católica. A cada condición o situación deben corresponder actuaciones singulares y medios adecuados.

Las iniciativas peculiares, con que los heraldos del Evangelio, enviados por la Iglesia, al ir a todo el mundo, realizan el encargo de predicar el Evangelio y de implantar la Iglesia misma entre los pueblos o grupos que todavía no creen en Cristo, comúnmente se llaman "misiones"; se llevan a cabo por la actividad misionera y se desarrollan, de ordinario, en determinados territorios reconocidos por la Santa Sede. El fin propio de esta actividad misionera es la evangelización e implantación de la Iglesia en aquellos pueblos o grupos, en que todavía no está enraizada 763 . Así es como de la semilla de la palabra de Dios crecen las Iglesias autóctonas particulares en todo el mundo, suficientemente fundadas, organizadas y dotadas de energías propias y de madurez; las cuales, provistas adecuadamente de su propia Jerarquía unida al pueblo fiel y de medios apropiados para el desarrollo de la vida cristiana, aportan su cooperación al bien de toda la Iglesia. El medio principal para esta implantación es la predicación del Evangelio de Jesucristo, para cuyo anuncio envió el Señor a sus discípulos, a todo el mundo, de modo que los hombres regenerados por la palabra de Dios (cf. 1 Pet. 1, 23) se agreguen por el Bautismo a la Iglesia que, como cuerpo del Verbo Encarnado, se alimenta y vive de la palabra de Dios y del pan eucarístico (cf. Act. 2, 42).

En esta actividad misionera de la Iglesia se entrecruzan, a veces, diversas condiciones: en primer lugar de comienzo y plantación, y luego de novedad o juventud. La acción misionera de la Iglesia no cesa, después de llenar esas etapas: constituidas ya las Iglesias particulares, sobre éstas pesa el deber de continuarla y predicar el Evangelio a cuantos aún permanecen fuera.

Además, sociedades en que vive la Iglesia se cambian completamente con frecuencia por varias causas, y así pueden originarse condiciones enteramente nuevas. Entonces la Iglesia ha de pensar detenidamente si estas condiciones exigen de nuevo su actividad misionera. Además, en ocasiones, se dan tales circunstancias que no permiten, por algún tiempo, proponer directa e inmediatamente el mensaje del Evangelio: entonces los misioneros pueden y deben dar testimonio, por lo menos, de la caridad y de la bondad de Cristo con paciencia, prudencia y mucha confianza, preparando así los caminos del Señor y haciéndolo presente de algún modo.

Y así es claro que la actividad misionera se deriva íntimamente de la esencia misma de la Iglesia, cuya fe salvadora propaga, cuya unidad católica realiza al dilatarla, con cuya apostolicidad se sostiene, cuyo sentido colegial de Jerarquía ejercita, cuya santidad testifica, difunde y promueve. Por ello, la actividad misionera entre gentiles se diferencia así de la actividad pastoral que se debe desarrollar entre los fieles como de las iniciativas que se deben emprender para restaurar la unidad entre los cristianos. Pero ambas actividades se hallan en estrecha conexión con la actividad misionera de la Iglesia 764 . La división de los cristianos, en efecto, perjudica a la santísima causa de la predicación del Evangelio a toda criatura 765 ; y a muchos les impide abrazar la fe. Luego, ante la necesidad misionera, todos los cristianos están llamados a reunirse en una sola grey para, con su unión, dar testimonio de Cristo, su Señor, ante todas las gentes. Y, si no pueden dar aún plenamente testimonio de una sola fe, necesario es que, por lo menos, estén animados por una estima y amor recíprocos.

7. La razón de esta actividad misionera se funda en la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos (1 Tim. 2, 4-6), y en ningún otro hay salvación (Act. 4, 12). Luego es necesario que todos se conviertan a El, una vez conocido por la predicación de la Iglesia, y se incorporen por el Bautismo a El y a la Iglesia, que es su Cuerpo. Porque Cristo mismo, "al inculcar expresamente la necesidad de la fe y del bautismo (cf. Marc. 16, 16; Io. 3, 5), confirmó a un mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una única puerta obligada. Por ello no podrían salvarse quienes, sabiendo que la Iglesia católica fue instituida por Jesucristo como necesaria, desdeñaren entrar o no quisieren permanecer en ella" 766 . Y porque si bien Dios puede conducir por los caminos que sólo El sabe a los hombres, que ignoran el Evangelio inculpablemente, hacia la fe, sin la cual es imposible agradarle (cf. Hebr. 11, 6), la Iglesia tiene el deber (cf. 1 Cor. 9, 16), a la par que el derecho sagrado, de evangelizar; y, por lo tanto, la actividad misionera conserva íntegra, hoy como siempre, su eficacia y su necesidad.

Gracias a ella, el Cuerpo Místico de Cristo reúne y ordena indefectiblemente sus energías, para su propio crecimiento (cf. Eph. 4, 11-16). Los miembros de la Iglesia son impulsados a su consecución por la caridad con que aman a Dios, y por la cual desean comunicar con todos los hombres en los bienes espirituales, tanto de la vida presente como de la futura.

Y, por fin, mediante esta actividad misionera se glorifica a Dios plenamente, al recibir los hombres, deliberada y plenamente, su obra salvadora, que ha completado en Cristo. Así se realiza, por medio de ella, el plan de Dios, al que sirvió Cristo con obediencia y amor para gloria del Padre que lo envió 767 , para que todo el género humano forme un solo Pueblo de Dios, se constituya en único Cuerpo de Cristo, se estructure en único templo del Espíritu Santo. Y todo esto no sólo es una expresión de la concordia fraterna, sino que responde el anhelo íntimo de todos los hombres. Por fin, así se lleva a cabo, total y verdaderamente, el plan del Creador, que creó al hombre a su imagen y semejanza, cuando todos los que participan de la naturaleza humana, regenerados en Cristo por el Espíritu Santo, contemplando unánimes la gloria de Dios, puedan decir: "Padre nuestro" 768 .

8. La actividad misionera tiene también una conexión íntima con la misma naturaleza humana y con sus aspiraciones. Porque, manifestando a Cristo, la Iglesia descubre a los hombres la verdad genuina de su condición y de su vocación total; porque Cristo es el principio y el modelo de esta humanidad renovada, llena de fraternal amor, de sinceridad y de espíritu pacífico, a la que todos aspiran. Cristo y la Iglesia, que da testimonio de El por la predicación evangélica, trascienden toda particularidad de raza o de nación; y, por lo tanto, ante nadie ni en ninguna parte pueden ser tenidos como extraños 769 . El mismo Cristo es la verdad y el camino, manifestados a todos por la predicación evangélica, cuando a todos los oídos hace llegar estas palabras del mismo Cristo: Haced penitencia y creed en el Evangelio (Marc. 1, 15). Y como el que no cree, ya está juzgado (cf. Io. 3, 18), las palabras de Cristo son, a un tiempo, palabras de condenación y de gracia, de muerte y de vida. Porque sólo podemos acercarnos a la nueva vida dando muerte a todo lo antiguo. Y esto, en primer lugar, se aplica a las personas; mas también puede decirse de los diversos bienes de este mundo, que llevan en sí, a un tiempo, la impronta del pecado del hombre y de la bendición de Dios: Porque todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios (Rom. 3, 23). Nadie se libra por sí mismo y con sus propias fuerzas del pecado, ni se eleva sobre sí mismo; nadie se ve enteramente libre de su debilidad, de su soledad y de su servidumbre 770 , porque todos tienen necesidad de Cristo modelo, maestro, libertador, salvador y vivificador. En realidad, el Evangelio fue el fermento de la libertad y del progreso en la historia humana, incluso temporal; y se presenta constantemente como fermento de fraternidad, de unidad y de paz. No carece, pues, de motivo el que los fieles celebren a Cristo como "la Esperanza de las Gentes y Salvador de ellas" 771 .

9. Por lo tanto, el tiempo de la actividad misionera discurre entre la primera y la segunda venida del Señor, en que la Iglesia, como la mies, será recogida de los cuatro vientos para el Reino de Dios 772 . Luego es necesario predicar el Evangelio a todas las gentes, antes de que venga el Señor (cf. Marc. 13, 10).

La actividad misionera es nada más y nada menos que la manifestación o Epifanía del plan de Dios, y su cumplimiento en el mundo y en su historia, en la que Dios realiza abiertamente, por la misión, la historia de la salvación. Por la palabra de la predicación y por la celebración de los Sacramentos, cuyo centro y cima es la Sagrada Eucaristía, hace presente a Cristo autor de la salvación. Libera de contactos malignos a todo cuanto de verdad y de gracia se encontraba en las naciones como presencia velada de Dios, y lo devuelve a su Autor, Cristo, que destruye el imperio del diablo y anula la múltiple malicia de los pecados. Así, pues, todo lo bueno que se halla sembrado en el corazón y en la mente de los hombres, en los propios ritos y en las culturas de los pueblos, no solamente no perece, sino que se sana, se eleva y se completa para gloria de Dios, confusión del demonio y felicidad del hombre 773 . Así es como la actividad misionera se encamina hacia la plenitud escatológica 774 : ya que por ella se dilata el pueblo de Dios hasta la medida y el tiempo que el Padre con su poder ha señalado (cf. Act. 1, 7); -pueblo al que se dijo proféticamente: Ensancha el espacio de tu tienda y extiende, sin límite, las pieles de tus pabellones (Is. 54, 2) 775 -, se aumenta el Cuerpo místico hasta la medida de la edad de la plenitud de Cristo (cf. Eph. 4, 13); y el templo espiritual, en el que se adora a Dios en espíritu y verdad (cf. Io. 4. 23), se amplía y se edifica sobre el fundamento de los Apóstoles y de los Profetas, siendo el mismo Cristo Jesús la piedra maestra angular (Eph. 2, 20).

CAPITULO II
LA OBRA MISIONERA

10. La Iglesia, enviada por Cristo para manifestar y comunicar la caridad de Dios a todos los hombres y pueblos, sabe cómo aún le queda por realizar una ingente obra misionera. Porque los dos mil millones de hombres, cuyo número aumenta sin cesar, que se reúnen en grandes y determinados grupos -unidos por los estables lazos de vida cultural, por antiguas tradiciones religiosas, por una firme sociabilidad- todavía nada o muy poco han oído del mensaje evangélico. Algunos de ellos siguen una de las grandes religiones; otros permanecen alejados del conocimiento del mismo Dios; otros niegan expresamente su existencia y aun a veces la atacan. La Iglesia, para poder ofrecer a todos el misterio de la salvación y la vida traída por Dios, debe introducirse en todos estos grupos con el mismo impulso con que Cristo, por su encarnación, se unió a aquél ambiente social y cultural de los hombres con quienes convivió.

ARTICULO I
EL TESTIMONIO CRISTIANO

11. Es necesario que la Iglesia esté presente en estas agrupaciones humanas por medio de sus hijos, que viven entre ellas o que a ellas son enviados. Porque todos los fieles cristianos, doquier que vivan, están obligados a manifestar, con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra, el hombre nuevo de que por el Bautismo se revistieron, y la virtud del Espíritu Santo, por quien han sido fortalecidos mediante la Confirmación; de tal modo que, todos los demás, al contemplar sus buenas obras, glorifiquen al Padre (cf. Mat. 5, 16) y perciban en su plenitud el sentido auténtico de la vida y el vínculo universal de la unión de los hombres.

Para que los mismos fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, reúnanse con aquellos hombres por el aprecio y la caridad, reconózcanse como miembros del grupo de hombre entre los que viven, y tomen parte en la vida cultural y social mediante las diversas relaciones y negocios de la vida humana: procuren familiarizarse con sus tradiciones nacionales y religiosas; descubran con gozo y respeto las semillas de la Palabra que en aquéllas están latentes; pero sigan atentamente la profunda transformación que se realiza en medio de los pueblos y trabajen para que los hombres de nuestro tiempo, al entregarse, en demasía, a la ciencia y a la tecnología del mundo moderno, no se alejen de las cosas divinas, sino que más bien se despierten a un deseo más intenso de la verdad y de la caridad revelada por Dios. Así como el mismo Cristo penetró en el corazón de los hombres, con un diálogo verdaderamente humano los llevó a la luz divina, así sus discípulos, inundados profundamente por el Espíritu de Cristo, deben conocer a los hombres entre los que viven, y tratar con ellos, para advertir en su diálogo sincero y paciente las riquezas que Dios generoso ha distribuido a las gentes; y, al mismo tiempo, procuren iluminar estas riquezas con la luz del Evangelio, liberarlas y reducirlas al dominio de Dios Salvador.

12. La presencia de los fieles cristianos, en los grupos humanos, ha de estar animada por la caridad con que Dios nos ama, que quiere que también nosotros nos amemos unos a otros con la misma caridad (cf. 1 Io. 4, 11). En efecto; la caridad cristiana se extiende a todos sin distinción de raza, de condición social o de religión; no espera lucro o agradecimiento alguno. Porque como Dios nos amó con amor gratuito, así los fieles han de vivir preocupados por el hombre mismo, amándole con el mismo impulso con que Dios buscó al hombre. Porque así como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando todos los males y enfermedades en prueba de la llegada del Reino de Dios (cf. Mat. 9, 35 ss.; Act. 10, 38), así la Iglesia se une, por medio de sus hijos, a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres, y los afligidos, y a ellos se consagra gozosa (cf. 2 Cor. 12, 15). Participa en sus alegrías y en sus dolores, conoce los anhelos y los enigmas de su vida, y sufre con ellos en las angustias de la muerte. A los que buscan la paz desea responderles con fraternal diálogo, ofreciéndoles la paz y la luz del Evangelio.

Trabajen los fieles cristianos y colaboren con los demás hombres en el recto ordenamiento de los asuntos económicos y sociales. Se dediquen con especial cuidado a la educación de los niños y de los adolescentes por medio de las escuelas de todo género, que deben considerarse no sólo como medio extraordinario para formar y atender a la juventud cristiana, sino como un servicio de gran valor a los hombres, sobre todo entre las Naciones en vías de desarrollo, para elevar la dignidad humana y preparar unas condiciones de vida más favorables. Tomen parte, además, los fieles cristianos en los esfuerzos de los pueblos que, luchando con el hambre, la ignorancia y las enfermedades, se esfuerzan por conseguir mejores condiciones de vida y por asegurar la paz en el mundo. Gusten los fieles de cooperar prudentemente a este respecto con los trabajos emprendidos por Instituciones privadas y públicas, por los gobiernos, por los organismos internacionales, por diversas comunidades cristianas y por las religiones no cristianas.

Y no es que la Iglesia pretenda mezclarse de ninguna forma en el régimen de la comunidad terrena. No vindica para sí otra autoridad que la de servir, con el favor de Dios, a los hombres con amor y fidelidad (cf. Mat. 20, 26; 23, 11) 776 .

Los discípulos de Cristo, al mantenerse en estrecha relación de vida y actividad con los hombres, esperan ofrecerles el verdadero testimonio de Cristo, y trabajar por su salvación, aun allí donde no pueden anunciar a Cristo en toda plenitud. Porque no buscan el progreso y la prosperidad meramente material de los hombres, sino que promueven su dignidad y fraterna unión, enseñando las verdades religiosas y morales, que Cristo ha iluminado con su luz; y así preparan gradualmente un camino más amplio hacia Dios. Con esto se ayuda a los hombres a que consigan la salvación por el amor de Dios y del prójimo y empieza a resplandecer el misterio de Cristo, en quien apareció el hombre nuevo, creado según Dios (cf. Eph. 4, 24), y en quien se revela la caridad de Dios.

ARTICULO II
PREDICACION DEL EVANGELIO Y REUNION DEL PUEBLO DE DIOS

13. Dondequiera que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo (cf. Col. 4, 3) a todos los hombres (cf. Marc. 16, 15), leal y firmemente (cf. Act. 4, 13. 29. 31; 9, 27-28; 13, 46; 14, 3; 19, 8; 26, 26; 28, 31; I Thes. 2, 2; 2 Cor. 3, 12; 7, 4; Phil. 1, 20; Eph. 3, 12; 6, 19-20) hay que anunciar (cf. 1 Cor. 9, 15; Rom. 10, 14) al Dios vivo y a Jesucristo enviado por El para salvar a todos (cf. 1 Thes. 1, 9-10; 1 Cor. 1, 18-21; Gal. 1, 31; Act. 14, 15-17; 17, 22-31), a fin de que los no cristianos, abriéndoles su corazón el Espíritu Santo (cf. Act. 16, 14), creyendo se conviertan libremente al Señor y con sinceridad se unan a El, que por ser camino verdad y vida (Io. 14, 6) satisface todas sus exigencias espirituales, más aún, las sobrepasa infinitamente.

Esta conversión debe ciertamente considerarse como inicial pero suficiente para que el hombre sienta que, arrancado del pecado, entra en el misterio del amor de Dios, que lo llama a iniciar una relación personal consigo mismo, pero en Cristo. Puesto que, por la acción de la gracia de Dios, el nuevo convertido emprende un camino espiritual por el que, al participar ya por la fe en el misterio de la Muerte y de la Resurrección, pasa del hombre viejo al nuevo hombre perfecto según Cristo (cf. Col. 3, 5-10; Eph. 4, 20-24). Y puesto que este tránsito lleva consigo un cambio progresivo de sentimientos y de costumbres, debe manifestarse con sus consecuencias sociales y desarrollarse, poco a poco, durante el catecumenado. Mas como el Señor, en quien se cree, es un blanco de contradicción (cf. Luc. 2, 34; Mat. 10, 34-39), el nuevo convertido sentirá con frecuencia rupturas y separaciones, pero también alegrías que Dios concede sin medida (cf. 1 Thes. 1, 6). La Iglesia prohibe severamente obligar, inducir o atraer a nadie, por medios inoportunos, a abrazar la fe, como a su vez exige con energía el derecho a que nadie sea apartado de la fe con injustas presiones 777 .

Conforme a la muy antigua tradición de la Iglesia, investíguense los motivos de la conversión y, si es necesario, purifíquense.

14. Los que han recibido de Dios, por medio de la Iglesia, la fe en Cristo 778 , sean admitidos con ceremonias litúrgicas al catecumenado. No es una mera exposición de dogmas y preceptos, sino una formación -y aprendizaje, debidamente prolongado- de toda la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro. Sean, pues, iniciados los catecúmenos convenientemente en el misterio de la salvación y en la práctica de las costumbres evangélicas, y, por los ritos sagrados que se celebrarán en los tiempos sucesivos 779 , sean introducidos en la vida de la fe, de la liturgia y de la caridad del Pueblo de Dios.

Libres luego, por los Sacramentos de la iniciación cristiana, del poder de las tinieblas (cf. Col. 1, 13) 780 , muertos, sepultados y resucitados con Cristo (cf. Rom. 6, 4-11; Col. 2, 12-13; 1 Pet. 3, 21-22; Marc. 16, 16), reciben el Espíritu (cf. 1 Thes. 3, 5-7; Act. 8, 14-17) de adopción de hijos y celebran con todo el Pueblo de Dios el memorial de la muerte y de la resurrección del Señor.

Es de desear que la liturgia del tiempo cuaresmal y pascual se restaure de tal forma que prepare las almas de los catecúmenos para la celebración del misterio pascual, dentro de cuya solemnidad son regenerados en Cristo por el Bautismo.

Pero esta iniciación cristiana durante el catecumenado no debe ser obra exclusiva de catequistas y sacerdotes, sino de toda la comunidad de los fieles, y especialmente de los padrinos, de suerte que ya desde el principio sientan los catecúmenos que pertenecen al Pueblo de Dios. Y como la vida de la Iglesia es apostólica, los catecúmenos han de aprender también a cooperar activamente en la evangelización y edificación de la Iglesia con el testimonio de su vida y con la profesión de su fe.

Se exponga, por fin, claramente, en el nuevo Código el estado jurídico de los catecúmenos. Porque ya están vinculados a la Iglesia 781 , ya son de la casa de Cristo 782 y, con frecuencia, viven ya una vida de fe, de esperanza y de caridad.

ARTICULO III
FORMACION DE LA COMUNIDAD CRISTIANA

15. El Espíritu Santo, que llama a todos los hombres a Cristo, por las semillas de la Palabra y la predicación del Evangelio, y suscita el homenaje de la fe en los corazones, cuando engendra para una nueva vida en el seno de la fuente bautismal a los que creen en Cristo, los congrega en el único Pueblo de Dios que es linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición (1 Pet. 2, 9) 783 .

Los misioneros, por consiguiente, cooperadores de Dios (cf. 1 Cor. 3, 9), han de suscitar tales comunidades de fieles que, al vivir según la vocación con que han sido llamadas (cf. Eph. 4, 1), ejerciten las funciones que Dios les ha confiado: sacerdotal, profética y real. Así es como la comunidad cristiana se convierte en señal de la presencia de Dios en el mundo: por el Sacrificio eucarístico, ella pasa incesantemente con Cristo al Padre 784 ; nutrida cuidadosamente con la palabra de Dios 785 , da testimonio de Cristo 786 y, por fin, sigue el camino de la caridad, encendida con espíritu apostólico 787 .

La comunidad cristiana debe constituirse, ya desde el principio, de tal forma que, en lo posible, pueda por sí sola proveer a sus propias necesidades.

Esta comunidad de fieles, dotada con el patrimonio cultural de su propia nación, ha de arraigar profundamente en el pueblo; florezcan las familias imbuidas en espíritu evangélico 788 siendo ayudadas con escuelas convenientes; se erijan asociaciones y organismos, gracias a los cuales el apostolado seglar llene toda la sociedad con un espíritu evangélico. Resplandezca, por fin, la caridad entre los católicos de los diversos ritos 789 .

Cultívese también el espíritu ecuménico entre los neófitos para que tengan clara convicción de que los hermanos, por la fe en Cristo, son discípulos de Cristo, regenerados en el bautismo y participantes, con ellos, de los innumerables bienes del Pueblo de Dios. Mientras las condiciones religiosas lo permitan, la acción ecuménica se ha de orientar de tal forma que, excluida toda apariencia, tanto de indiferentismo y confusionismo como de odiosa rivalidad, los católicos colaboren fraternalmente con los hermanos separados, conforme a las normas del Decreto sobre el Ecumenismo, mediante la común profesión de la fe en Dios y en Jesucristo delante de las naciones, en cuanto fuere posible, y por la cooperación en asuntos sociales y técnicos, culturales y religiosos. Colaboren, sobre todo, en la causa de Cristo, su común Señor: ¡que su Nombre sea el vínculo que los una! Mas que esta colaboración no sea sólo entre las personas privadas, sino también, a juicio del Ordinario del lugar, entre las Iglesias o comunidades eclesiales y sus obras.

Los fieles cristianos, congregados de entre todos los pueblos en la Iglesia, no se distinguen de los demás hombres ni por el territorio, ni por la lengua, ni por las instituciones políticas de la vida 790 ; por lo tanto, vivan para Dios y para Cristo, manteniendo toda decorosa relación con la vida de su pueblo; cultiven como buenos ciudadanos verdadera y eficazmente el amor a la Patria, pero evitando, en forma absoluta, así el "racismo" como un nacionalismo exagerado, y promoviendo el amor universal de los hombres.

Para lograr estos objetivos tienen suma importancia y son dignos de especial atención los seglares, es decir, los fieles cristianos que, incorporados a Cristo por el bautismo, viven en medio del mundo. A ellos, repletos del Espíritu de Cristo, les corresponde obrar como un fermento para, desde dentro, animar y ordenar los asuntos temporales, a fin de que éstos sean siempre según el Evangelio de Cristo 791 .

Sin embargo, no basta que el pueblo cristiano esté presente y establecido en un país, ni basta tampoco que ejercite el apostolado del ejemplo; se establece y está presente para anunciar con su palabra y con su actuación a Cristo a sus conciudadanos no cristianos, y ayudarles a recibir plenamente a Cristo.

Ahora bien; para la implantación de la Iglesia y el desarrollo de la comunidad cristiana son necesarios ministerios muy distintos que, suscitados por vocación divina de entre los mismos fieles, todos deben favorecer y cultivar diligentemente: entre aquéllos se cuentan las funciones de los sacerdotes, de los diáconos y de los catequistas, así como la acción católica. Asimismo es indispensable la colaboración -por la oración y por su actividad- de los Religiosos y Religiosas, para lograr que arraigue en las almas el Reino de Cristo, y luego para fortificarlo y ampliarlo cuanto sea posible.

16. Con mucha alegría, la Iglesia da gracias por la merced inestimable de la vocación sacerdotal que el Señor ha concedido a tan gran número de jóvenes, entre los pueblos convertidos recientemente a Cristo. Porque la Iglesia profundiza sus más firmes raíces en cada grupo humano, cuando las diversas comunidades de fieles tienen, sacados de entre sus miembros, los propios ministros de la salvación en el Orden de los Obispos, de los Presbíteros y de los Diáconos, que se hallan al servicio de sus hermanos, de modo que las nuevas Iglesias poco a poco consigan una estructura diocesana con su propio clero.

Todo lo que este Concilio ha establecido sobre la vocación y formación sacerdotal se ha de observar con cuidado, cuando la Iglesia se establece por primera vez, y también en las jóvenes Iglesias. Con singular cuidado se debe atender a lo que se dice sobre la necesidad de armonizar íntimamente la formación espiritual con la doctrina y la pastoral; sobre la vida que se debe llevar según el modelo del Evangelio, sin consideración al provecho propio o familiar, sobre el cultivo del sentido íntimo del misterio de la Iglesia. Con ello aprenderán maravillosamente a dedicarse por entero al servicio del Cuerpo de Cristo y a la obra del Evangelio, a unirse con su propio Obispo como fieles cooperadores y a colaborar con sus hermanos 792 .

A la consecución de este fin general se debe ordenar toda la formación de los alumnos bajo la luz del misterio de la salvación, tal como se presenta en la Escritura. Descubran y vivan este misterio de Cristo y de la salvación humana, presente en la Liturgia 793 .

Y, según las normas del Concilio 794 , estas exigencias comunes de la formación sacerdotal, incluso pastoral y práctica, han de armonizarse con el deseo de acomodarse al modo peculiar de pensar y aun de proceder de su propio pueblo. Abranse, pues, y avívense las mentes de los alumnos para conocer y poder juzgar la cultura de su pueblo; por las disciplinas filosóficas y teológicas, conozcan claramente las relaciones existentes entre las tradiciones y la religión nacionales y la religión cristiana 795 . La formación sacerdotal atienda también a las necesidades pastorales de la región: aprendan los alumnos la historia, la finalidad y el método de la acción misional de la Iglesia, y las especiales condiciones sociales, económicas y culturales de su propio pueblo. Edúquense en el espíritu del ecumenismo y prepárense en la mejor forma para el diálogo fraterno con los no cristianos 796 . Todo esto exige que los estudios para el sacerdocio se hagan, en cuanto posible, en continuada comunicación y convivencia con su propio pueblo 797 . Cuidese también la formación en la buena administración eclesiástica, e incluso económica.

Elíjanse, además, sacerdotes idóneos que, después de alguna experiencia pastoral, realicen estudios superiores en las Universidades incluso extranjeras, sobre todo en Roma, y en otros Institutos científicos, para que las Iglesias jóvenes puedan contar con sacerdotes procedentes del clero local, dotados de una ciencia y de una experiencia convenientes para desempeñar los cargos eclesiásticos, aun los de mayor responsabilidad.

Allí donde las Conferencias Episcopales lo crean oportuno, se restaure el orden del diaconado -como estado permanente de vida, según la norma de la Constitución De Ecclesia 798 . Porque parece bien que aquellos hombres, que desempeñan un ministerio verdaderamente diaconal, o que predican la palabra divina como catequistas, o que dirigen en nombre del párroco o del Obispo comunidades cristianas aisladas, o que practican la caridad en obras sociales y caritativas, sean confirmados y unidos más estrechamente al altar por la imposición de las manos, transmitida por tradición ya desde los Apóstoles, de suerte que cumplan con mayor eficacia su ministerio por la ayuda de la gracia sacramental del diaconado.

17. Digna de alabanza es también aquella legión tan benemérita de la labor misionera entre los Gentiles, es decir, los catequistas, hombres y mujeres, que, llenos de espíritu apostólico, realizan con grandes sacrificios una ayuda singular y enteramente necesaria para la propagación de la fe y de la Iglesia.

En nuestros días, porque resulta insuficiente el número de los clérigos para evangelizar tantas multitudes y para ejercer el ministerio pastoral, el oficio de los catequistas tiene una extraordinaria importancia. Su formación, por consiguiente, de tal modo debe llevarse a cabo y acomodarse al progreso cultural que puedan desarrollar en la mejor forma su función, como cooperadores eficaces del orden sacerdotal; función, que crece cada día con nuevas y más graves cargas.

Se multipliquen, por lo tanto, las escuelas diocesanas y regionales en las que los futuros catequistas estudien la doctrina católica, sobre todo, la que se refiere a la Biblia y a la Liturgia, y el método catequístico, con la práctica pastoral; fórmense bien en las costumbres de los cristianos 799 , con continuo esfuerzo para practicar la piedad y la santidad de vida. También se organicen, en determinados tiempos, reuniones o cursos en los que los catequistas se renueven en la ciencia y en las artes convenientes a su ministerio, y en los que se nutra y se robustezca su vida espiritual. Además, a quienes se entregan por entero a esta obra se debe procurar una condición de vida decorosa y la seguridad social, mediante una justa remuneración 800 .

Se desea que se procure el proveer, de un modo congruo, a la formación y sustento de los catequistas con subsidios especiales de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide. Si pareciere necesario y oportuno, fúndese la Obra para los Catequistas.

Además, las Iglesias reconocerán, agradecidas, la obra generosa de los catequistas auxiliares, cuya ayuda necesitarán. Ellos presiden la oración en sus comunidades y enseñan la doctrina. Se debe atender convenientemente a su formación doctrinal y espiritual. E incluso es deseable que, allí donde parezca oportuno, se confiera a los catequistas debidamente formados una misión canónica en la celebración pública de la acción litúrgica, para que sirvan a la fe ante el pueblo con más autoridad.

18. Ya desde el momento de la implantación de la Iglesia, se promueva en ella la vida religiosa: no sólo proporciona a la actividad misionera ayudas preciosas y enteramente necesarias, sino que por una más íntima consagración a Dios, hecha en la Iglesia, revela y significa claramente también la naturaleza íntima de la vocación cristiana 801 .

Los Institutos religiosos que trabajan en la implantación de la Iglesia cuiden bien de exponer y comunicar, según el carácter y la idiosincrasia de cada pueblo, las riquezas místicas de que están totalmente llenos, y que son la gloria de la tradición religiosa de la Iglesia. Consideren atentamente el modo de asumir a la vida religiosa cristiana las tradiciones ascéticas y contemplativas, cuyas semillas había Dios esparcido, no pocas veces, en las antiguas culturas, antes de la predicación del Evangelio.

En las Iglesias jóvenes se han de cultivar las diversas formas de vida religiosa, para que presenten los diversos aspectos de la misión de Cristo y de la vida de la Iglesia, se entreguen a variadas obras pastorales y preparen convenientemente a sus miembros para cumplirlas. Con todo, procuren los Obispos en la Conferencia que las Congregaciones, que persiguen los mismos fines apostólicos, no se multipliquen, con detrimento de la vida religiosa y del apostolado.

Dignos de especial mención son los diversos esfuerzos realizados para establecer la vida contemplativa, por los que unos, reteniendo los elementos esenciales de la Institución monástica, se esfuerzan en implantar la riquísima tradición de su Orden, y otros vuelven a las formas más sencillas del antiguo monacato. Procuren todos, sin embargo, buscar una genuina adaptación a las condiciones locales. Conviene establecer por todas partes en las Iglesias nuevas la vida contemplativa, puesto que pertenece a la plenitud de la presencia de la Iglesia.

CAPITULO III
LAS IGLESIAS PARTICULARES

19. La obra de implantación de la Iglesia en un determinado grupo de hombres consigue su objetivo determinado cuando la congregación de los fieles, arraigada ya en la vida social y adaptada cuanto posible a la cultura del ambiente, disfruta de cierta estabilidad y firmeza; es decir, cuanto está provista de un cierto número, aunque insuficiente, de sacerdotes nativos, de religiosos y seglares, y se enriquece con los ministerios e instituciones necesarias para que el Pueblo de Dios pueda vivir su vida cristiana, y aun dilatarla, bajo la guía del Obispo propio.

En estas Iglesias jóvenes la vida del Pueblo de Dios debe adquirir su madurez en todos los campos de la vida cristiana, renovada a tenor de las disposiciones de este Concilio: las congregaciones de fieles adquieren cada día mayor conciencia de comunidades vivas de fe, de liturgia y de caridad; los seglares, con su actuación civil y apostólica, se esfuerzan por establecer en la sociedad el orden de la caridad y de la justicia; se utilizan oportuna y prudentemente los medios de comunicación social; las familias, con su vida verdaderamente cristiana, se convierten en semilleros del apostolado seglar y también de vocaciones sacerdotales y religiosas. Finalmente, la fe es enseñada mediante una catequesis apropiada, se manifiesta en una Liturgia desarrollada conforme al carácter del pueblo y, por medio de una legislación canónica oportuna, se introduce en las sanas instituciones y en las costumbres locales.

Pero los Obispos, juntamente con su presbiterio, imbuidos más y más por el sentir de Cristo y de la Iglesia, deben sentir y vivir con toda la Iglesia. Permanezca la íntima comunión de las Iglesias jóvenes con toda la Iglesia, cuyos elementos tradicionales deben asociar a su propia cultura, para aumentar, mediante mutuos cambios, la vida del Cuerpo Místico 802 . Por ello, cultívense los elementos teológicos, psicológicos y humanos que puedan conducir al fomento de este sentido de comunión con la Iglesia universal.

Pero estas Iglesias, situadas con frecuencia en las regiones más pobres del orbe, sufren todavía muchas veces una gravísima penuria de sacerdotes y una gran pobreza en recursos materiales. Por ello tienen suma necesidad de que la continua acción misional de toda la Iglesia les suministre los socorros que sirvan, principalmente, para el desarrollo de la Iglesia local y para la madurez de la vida cristiana. Y esta acción misionera ayude también a las Iglesias, fundadas hace tiempo, que se encuentran en cierto estado de retroceso o de debilidad.

Estas Iglesias, sin embargo, en común acuerdo deben renovar su celo pastoral y las obras convenientes, con que se aumenten en número, se seleccionen con más seguridad y se cultiven con más eficacia 803 las vocaciones para el clero diocesano e Institutos religiosos, de tal modo que puedan, poco a poco, proveerse a sí mismas y ayudar a otras.

20. Como cada Iglesia particular debe representar, en la mejor forma posible, a la Iglesia universal, entienda bien que ha sido enviada también a aquellos que no creen en Cristo y que con ella viven en el mismo territorio, siéndoles señal que les conduzca hacia Cristo con el testimonio de la vida de cada uno de los fieles y de toda la comunidad.

Se requiere, además, el ministerio de la palabra, para que a todos llegue el Evangelio. El Obispo, en primer lugar, debe ser el heraldo de la fe, que lleve nuevos discípulos a Cristo 804 . Para cumplir debidamente este sublime cargo, conozca íntegramente ya las condiciones de su grey ya las íntimas opiniones de sus conciudadanos acerca de Dios, teniendo muy bien presentes los cambios introducidos por las llamadas "urbanizaciones", las emigraciones y el indiferentismo religioso.

Los sacerdotes nativos emprendan con entusiasmo la obra de la evangelización en las Iglesias jóvenes, trabajando a una con los misioneros extranjeros, con los que formen un solo presbiterio perfectamente unido bajo la autoridad del Obispo, no sólo para apacentar a los fieles y celebrar el cultodivino, sino también para predicar el Evangelio a los que se hallan fuera [de la Iglesia]. Estén dispuestos y, cuando se presente la ocasión, ofrézcanse generosamente a su Obispo para emprender la obra misionera en las regiones apartadas o no atendidas de la propia diócesis, o en otras diócesis.

Que el mismo celo anime a los religiosos y religiosas, e incluso a los seglares para con sus conciudadanos, sobre todo con los más pobres.

Las Conferencias Episcopales deben cuidar de que en determinados tiempos se establezcan cursos de renovación bíblica, teológica, espiritual y pastoral, para que -en medio de las variaciones y cambios de las cosas- el clero adquiera un conocimiento cada vez más completo de la teología y de los métodos pastorales.

Por lo demás, obsérvese reverentemente todo lo que ha establecido este Concilio, especialmente en el Decreto sobre el ministerio y vida de los Sacerdotes.

Para llevar a cabo esta obra misionera de una Iglesia particular se requieren ministros idóneos, que se deben preparar a su tiempo del modo más apropiado a las circunstancias de cada Iglesia. Pero como los hombres tienden, cada vez más, a reunirse en grupos, es muy conveniente que las Conferencias Episcopales vayan estudiando, de común acuerdo, las normas para entablar diálogo con estos grupos. Y si en algunas regiones existen grupos de hombres que se resisten a abrazar la fe católica porque no pueden acomodarse a la forma especial que allí presenta la Iglesia, cuidese atender especialmente a aquella situación 805 , hasta que todos los cristianos puedan juntarse en una comunidad única. Cada Obispo llame a su diócesis a los misioneros que la Sede Apostólica pueda tener preparados para este fin, o recíbalos de buen grado y promueva eficazmente sus iniciativas.

Para que este celo misionero florezca entre los "hermanos de la propia patria" es muy conveniente que las Iglesias jóvenes participen cuanto antes activamente en la Misión universal de la Iglesia, enviando también ellas misioneros que anuncien el Evangelio por toda la tierra, aunque sufran escasez de clero. Porque la comunión con la Iglesia universal se logrará con cierta perfección, cuando también ellas participen activamente en la labor misionera junto a otras Gentes.

21. La Iglesia no está verdaderamente fundada, ni vive plenamente, ni es perfecta señal de Cristo entre los hombres, mientras no exista y trabaje con la Jerarquía un laicado propiamente dicho. Porque el Evangelio no puede penetrar profundamente en la mentalidad, en la vida y en el trabajo de un pueblo sin la activa presencia de los seglares. Por lo tanto, ya desde la fundación de la Iglesia, se debe procurar con el máximo cuidado la constitución de un laicado cristiano que alcance su plena madurez.

Porque los fieles seglares pertenecen plenamente, al mismo tiempo, al Pueblo de Dios y a la sociedad civil: pertenecen a su nación, en la que han nacido, de cuyo patrimonio cultural empezaron a participar por la educación, a cuya vida están unidos por variados vínculos sociales, a cuyo progreso cooperan con su esfuerzo propio en sus profesiones, cuyos problemas sienten ellos como propios y trabajan por solucionar; mas pertenecen también a Cristo, porque han sido regenerados en la Iglesia por la fe y por el bautismo, para ser de Cristo por la renovación en su vida y en sus obras (cf. 1 Cor. 15, 23), para que todo se someta a Dios en Cristo, y por fin, para que también sea Dios todo en todas las cosas (cf. 1 Cor. 15, 28).

La obligación principal de éstos, hombres y mujeres, es el testimonio de Cristo, que han de dar con la vida y con la palabra en la familia, en su grupo social y en el círculo de su profesión. Debe manifestarse en ellos el hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad de la verdad (cf. Eph. 4, 24). Reflejarán esta renovación de la vida en el ambiente de la sociedad y de la cultura patria, según las tradiciones de su nación. Ellos tienen que conocer esta cultura, purificarla y conservarla, desarrollarla según las nuevas circunstancias y, por fin, perfeccionarla en Cristo, para que la fe de Cristo y la vida de la Iglesia ya no sea extraña a la sociedad en que viven, y aun empiece a penetrarla y transformarla. Unanse a sus conciudadanos con verdadera caridad, a fin de que en su conducta aparezca el nuevo vínculo de unidad y de solidaridad universal que brota del misterio de Cristo. Siembren también la fe de Cristo entre sus compañeros de vida y trabajo; obligación, que apremia más porque la mayoría de los hombres no pueden oír el Evangelio ni conocer a Cristo sino por medio de seglares cercanos a ellos. Más aún, si es posible, estén dispuestos los seglares, en la cooperación más inmediata con la Jerarquía, a cumplir su misión especial de predicar el Evangelio y de comunicar al doctrina cristiana, a fin de hacer así más vigorosa a la Iglesia naciente.

Los ministros de la Iglesia, por su parte, estimen mucho el laborioso apostolado de los seglares. Los deben formar para que, como miembros de Cristo, sean conscientes de su responsabilidad en favor de todos los hombres: los instruyan profundamente en el misterio de Cristo; los inicien en los métodos prácticos y les asistan en las dificultades, conforme al espíritu de la Constitución dogmática sobre la Iglesia y del Decreto sobre el Apostolado de los seglares.

Respetadas, pues, las funciones y responsabilidades propias de los Pastores y de los seglares, toda Iglesia joven de un testimonio vivo y firme de Cristo, para convertirse en una brillante señal de la salvación que nos llega en Cristo.

22. La semilla, que es la palabra de Dios, al germinar absorbe el jugo de la tierra buena, regada con el rocío celestial, lo transforma y se lo asimila para dar, al fin, fruto abundante. Ciero es que, como en la economía de la Encarnación, las Iglesias jóvenes, arraigadas en Cristo y edificadas sobre el fundamento de los Apóstoles toman, en intercambio admirable, todas las riquezas de las naciones dadas a Cristo como herencia (cf. Ps. 2, 8). Ellas [las Iglesias jóvenes] reciben de las costumbres y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las artes e instituciones de sus pueblos todo lo que puede servir para confesar la gloria del Creador, para ilustrar la gracia del Salvador y para ordenar debidamente la vida cristiana 806 .

Para conseguir este propósito es necesario que en cada gran territorio socio-cultural, como ahora se dice, se promueva una reflexión teológica por la que se asometan a nueva investigación, bajo la luz de la Tradición de la Iglesia universal, los hechos y las palabras revelados por Dios, que se consignan en las Sagradas Escrituras, y que los Padres y el Magisterio de la Iglesia han explicado. Así aparecerá más claro por qué caminos puede llegar la fe a la inteligencia, teniendo en cuenta la filosofía y la sabiduría de los pueblos, y en qué forma pueden compaginarse las costumbres, el sentido de la vida y el orden social con las costumbres manifestadas por la divina Revelación. Así es como surgirán nuevos caminos para una acomodación más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana. Y de esta suerte se excluirá toda especie de sincretismo y de falso particularismo, se adaptará la vida cristiana a la índole y al carácter de cualquier cultura 807 , y serán asumidas a la unidad católica las tradiciones particulares, con las cualidades propias de cada comunidad nacional, ilustradas bajo la luz del Evangelio. Por fin, las jóvenes Iglesias particulares, adornadas con sus tradiciones, tendrán su lugar en la comunión eclesiástica, permaneciendo íntegro el Primado de la Cátedra de Pedro, que preside a la universal asamblea de la caridad 808 .

Es, por lo tanto, de desear -más todavía, es absolutamente conveniente- que las Conferencias Episcopales se unan entre sí, dentro de los límites de cada uno de los grandes territorios socioculturales, de suerte que puedan conseguir, mediante la concordia y con comunes decisiones, este objetivo de la adaptación.

CAPITULO IV
LOS MISIONEROS

23. Aunque "todos los discípulos de Cristo tienen la obligación de propagar la fe, en cuanto les sea posible" 809 , Cristo Señor de entre los discípulos llama siempre a los que quiere para que estén con El y enviarlos a predicar a las gentes (cf. Marc. 3, 13 s.). Y así, por medio del Espíritu Santo, que distribuye los carismas según quiere para común utilidad (1 Cor. 12, 11), inspira la vocación misionera en el corazón de muchos a la par que suscita, en la Iglesia, Institutos 810 que tomen como misión propia el deber de la evangelización, que pertenece a toda la Iglesia.

Son sellados, pues, con vocación especial los que, dotados de un carácter natural conveniente, idóneos por sus buenas dotes e ingenio, están dispuestos a emprender la obra misionera 811 , sean nativos del lugar o extranjeros: sacerdotes, religiosos o seglares. Enviados por la autoridad legítima, con la fe y la obediencia se dirigen hacia los que están lejos de Cristo, segregados [ellos mismos] para la obra a que han sido llamados (cf. Act. 13, 2) como ministros del Evangelio, para que la oblación de los gentiles sea aceptada y santificada por el Espíritu Santo (Rom. 15, 16).

24. Pero el hombre debe responder al llamamiento de Dios, de suerte que, sin atender a la carne ni a la sangre (cf. Gal. 1, 16), se entregue totalmente a la obra del Evangelio. Pero no puede dar esta respuesta, si no le inspira y fortifica el Espíritu Santo. El enviado entra en la vida y en la misión de Aquel que se anonadó tomando la forma de siervo (Phil. 2, 7). Por eso debe estar dispuesto a permanecer toda su vida fiel a su vocación, a renunciarse a sí mismo y a todo lo que tuvo hasta entonces y a hacerse todo para todos (1 Cor. 9, 22).

El que anuncia el Evangelio entre los gentiles dé a conocer con valentía el misterio de Cristo, cuyo legado es, de suerte que se atreva a hablar de El como conviene (cf. Eph. 6, 19 s.; Act. 4, 31), no avergonzándose del escándalo de la cruz. Siguiendo las huellas de su Maestro, que es manso y humilde de corazón, debe dar a entender que su yugo es suave y su carga ligera (cf. Mat. 11, 29 s.). Dé testimonio de su Señor con su vida verdaderamente evangélica 812 , con mucha paciencia, con longanimidad, con dulzura, con sincera caridad (cf. 2 Cor. 6, 4 ss.) y, si es necesario, hasta con la propia sangre. Dios le concederá valor y fortaleza para conocer la abundancia de gozo que encierran las muchas tribulaciones y la más profunda pobreza (cf. 2 Cor. 8, 2). Esté convencido de que la obediencia es la virtud característica del ministro de Cristo, que redimió al mundo con su obediencia.

A fin de no descuidar la gracia que poseen los mensajeros del Evangelio, deben renovar constantemente su espíritu (cf. 1 Tim. 4, 14; Eph. 4, 23; 2 Cor. 4, 16). Los Ordinarios y Superiores reúnan en tiempos determinados a los misioneros, para que se confirmen en la esperanza de la vocación y se renueven en el ministerio apostólico; se establezcan incluso algunas casas especiales dedicadas a ello.

25. El futuro misionero debe prepararse con una característica formación, espiritual y moral, para tarea tan noble 813 . Debe ser capaz de iniciativas, constante para continuar hasta el fin, perseverante en las dificultades, paciente y fuerte en sobrellevar la soledad, el cansancio y el trabajo infructuoso. Se presentará a los hombres con el alma abierta y con un gran corazón, recibirá con gusto los cargos que se le confíen; se acomodará generosamente a las costumbres y a las variables situaciones de los pueblos, ayudará a sus hermanos y a todos los que se dedican a la misma obra con espíritu de concordia y de mutua caridad, de suerte que, imitando, juntamente con los fieles, a la comunidad apostólica, no constituyan sino un solo corazón y un alma sola (cf. Act. 2, 42; 4, 32).

Ejercítense, cultívense, elévense y nútranse cuidadosamente con vida espiritual estas disposiciones de alma, ya desde el tiempo de la formación. Lleno de fe viva y de esperanza firme, el misionero sea hombre de oración; sea ardiente con espíritu de fortaleza, de amor y de sobriedad (cf. 2 Tim. 1, 7); aprenda a contentarse con las circunstancias en que vive (cf. Phil. 4, 11); lleve en sí mismo, con espíritu de sacrificio, la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús obre en aquéllos a los que es enviado (cf. 2 Cor. 4, 10 s.); consuma gozoso todo por el celo de las almas y sacrifíquese él mismo por ellas (cf. 2 Cor. 12, 15 s.), de forma que "por el ejercicio cotidiano de su deber, crezca en el amor de Dios y del prójimo" 814 . Cumpliendo así con Cristo la voluntad del Padre, continuará su misión bajo la autoridad jerárquica de la Iglesia y cooperará al misterio de la salvación.

26. Los que hayan de ser enviados a los diversos pueblos, como buenos ministros de Jesucristo deben alimentarse con las palabras de la fe y de la buena doctrina (1 Tim. 4, 6), que beberán, ante todo, de la Sagrada Escritura, estudiando a fondo el Misterio de Cristo, cuyos mensajeros y testigos han de ser.

Por lo cual, han de prepararse y formarse todos los misioneros -sacerdotes, hermanos, hermanas, seglares-, cada uno según su condición, para no resultar incapaces ante las exigencias de su labor futura 815 . Ya desde el principio, su formación doctrinal se ha de organizar de tal modo que abarque la universalidad de la Iglesia y la diversidad de los pueblos. Esto se refiere a todas las disciplinas, con las que se preparan para el cumplimiento de su ministerio, y a las otras ciencias, que aprenden útilmente, para alcanzar los conocimientos ordinarios sobre pueblos, culturas y religiones, atendiendo no tanto a lo pasado, sino, sobre todo, a los presentes tiempos. Y así el que haya de ir a un pueblo extranjero ha de estimar en mucho su patrimonio, sus lenguas y sus costumbres. El futuro misionero necesita dedicarse a los estudios misionológicos; es decir, conocer la doctrina y las disposiciones de la Iglesia sobre la actividad misionera, saber qué caminos han recorrido los mensajeros del Evangelio a través de los siglos, la situación actual de las misiones y también los métodos considerados hoy como más eficaces 816 .

Pero, aunque todo este ciclo educativo ha de estar penetrado por la solicitud pastoral, debe darse, sin embargo, una especial y ordenada formación apostólica, mediante cursos teóricos y ejercicios prácticos 817 .

Aprendan bien y prepárense en pedagogía catequística el mayor número posible de hermanos y de hermanas, a fin de que puedan colaborar aún más en el apostolado.

Necesario es también que quienes se dedican sólo temporalmente a la actividad misionera adquieran una formación apropiada a su condición.

Pero todos estos tipos de formación se completen en los países a donde sean enviados, de suerte que los misioneros conozcan, lo más ampliamente posible, la historia, las estructuras sociales y las costumbres de los pueblos: procuren conocer muy bien el orden moral, los preceptos religiosos y sus íntimas ideas acerca de Dios, del mundo y del hombre, conforme a sus sagradas tradiciones 818 . Aprendan las lenguas hasta poder utilizarlas con soltura y elegancia, encontrando con ello una más fácil penetración en los espíritus y corazones de los hombres 819 . Han de ser iniciados, además, como es debido, en las peculiares necesidades pastorales.

Algunos deben prepararse de un modo más profundo en los Institutos misionológicos o en otras Facultades o Universidades a fin de que puedan cumplir más eficazmente ciertos cargos especiales 820 y ayudar con sus conocimientos a los demás misioneros en la realización de su tarea misional, que presenta tantas dificultades y tantas ocasiones favorables, sobre todo en nuestro tiempo. Es muy de desear, además, que las Conferencias Regionales de los Obispos tengan a su disposición un buen número de estos peritos, y que fructuosamente usen su saber y experiencia para las necesidades de su cargo. Y no falten tampoco quienes sepan usar perfectamente los instrumentos técnicos y los medios de comunicación social, cuya importancia tanto deben apreciar todos.

27. Todo esto es enteramente necesario para cada uno de los misioneros; pero es difícil que pueda conseguirlo aisladamente. No pudiendo realizarse la obra misional individualmente, según lo demuestra la experiencia, la vocación común congregó a los individuos en Institutos, en los que, aunadas las fuerzas, se formen convenientemente y cumplan esa obra en nombre de la Iglesia y en obediencia a la autoridad jerárquica. Estos Institutos sobrellevaron, desde hace muchos siglos, el peso del día y del calor, consagrados a la obra misionera, ya, exclusivamente, ya sólo en parte. Muchas veces la Santa Sede les ha confiado evangelizar vastos territorios, donde reunieron para Dios un pueblo nuevo, una Iglesia local unida a sus propios pastores. Fundadas las iglesias con su sudor y, aún más, con su sangre, las servirán con celo y experiencia, en fraternal cooperación, ejerciendo la cura de almas o cumpliendo otros cargos especiales para el bien común.

A veces asumirán algunos trabajos más apremiantes en todo el ámbito de alguna región; por ejemplo, la evangelización de grupos o de pueblos que por especiales razones quizá no recibieron aún el mensaje del Evangelio o lo rechazaron hasta ahora 821 .

Si es necesario, estén dispuestos a formar y a ayudar con su experiencia a los que se ofrecen por un tiempo limitado a la labor misionera.

Por estas causas y porque aún existen muchos pueblos que es necesario conducir a Cristo, continúan siendo muy necesarios los Institutos.

CAPITULO V
ORGANIZACION DE LA ACTIVIDAD MISIONERA

28. Puesto que los fieles cristianos tienen dones diferentes (cf. Rom. 12, 6), han de colaborar en el Evangelio cada uno según su oportunidad, facultad, carisma y ministerio (cf. 1 Cor. 3, 10); todos, por consiguiente, los que siembran y los que siegan (cf. Io. 4, 37), los que plantan y los que riegan, es necesario que sean una sola cosa (cf. 1 Cor. 3, 8) a fin de que, "buscando todos libre y ordenadamente el mismo fin" 822 , dediquen sus esfuerzos, unánimes, a la edificación de la Iglesia.

Por ello, los trabajos de los pregoneros del Evangelio y los auxilios de los demás cristianos han de ser dirigidos y aunados de tal suerte que todo se haga con orden (1 Cor. 14, 40), en todos los campos de la actividad y de la cooperación misionera.

29. Perteneciendo, ante todo, al Cuerpo de los Obispos la preocupación de anunciar el Evangelio en todo el mundo 823 , el Sínodo de los Obispos, o sea el "Consejo permanente de Obispos para la Iglesia universal" 824 , entre los negocios de importancia general 825 considere especialmente la actividad misionera como un deber supremo y santísimo de la Iglesia 826 .

Necesario es que haya un solo Dicasterio competente, a saber, De Propaganda Fide, para todas las Misiones y para toda la actividad misionera: le corresponda dirigir y coordinar, en todo el mundo, la obra misionera y la cooperación misional, salvo, sin embargo, el derecho de las Iglesias Orientales 827 .

Aunque el Espíritu Santo suscita de muchas maneras el espíritu misionero en la Iglesia de Dios, y no pocas veces se anticipa a la acción de quienes gobiernan la vida de la Iglesia, sin embargo, este Dicasterio, en cuanto le corresponde, promueva también la vocación y la espiritualidad misionera, la preocupación y las oraciones por las misiones y difunda las noticias auténticas y convenientes sobre ellas. Le corresponde suscitar y distribuir los misioneros según las necesidades más urgentes de los países. Haga un plan ordenado de acción, dicte normas directivas y principios acomodados a la evangelización, dé impulsos. Promueva y coordine la colecta eficaz de ayudas, que se deben distribuir en razón de la necesidad o de la utilidad, de la extensión del territorio, del número de fieles y de infieles, de las obras y de los Institutos, de los auxiliares y de los misioneros.

Juntamente con el Secretariado para promover la unión de los cristianos, busque formas y medios de procurar y orientar la fraterna colaboración y convivencia con las empresas misioneras de otras comunidades cristianas, a fin de evitar en lo posible el escándalo de la división.

Y así, es necesario que este Dicasterio sea un instrumento de administración y un órgano de dirección dinámica, que emplee métodos científicos y medios acomodados a las condiciones de este tiempo, teniendo en cuenta las investigaciones actuales de la teología, de la metodología y de la pastoral misionera.

Tengan parte activa y voto deliberativo en la dirección de este Dicasterio representantes elegidos de todos los que colaboran en la Obra misionera: Obispos de todo el orbe, una vez oídas las Conferencias Episcopales y Superiores de los Institutos y Directores de las Obras Pontificias, según normas y criterios que el Romano Pontífice estableciere. Todos ellos han de ser convocados periódicamente; y, bajo la autoridad del Sumo Pontífice, llevarán la dirección suprema de toda la obra misionera.

Tenga a su disposición este Dicasterio un Cuerpo permanente de Consultores peritos, de ciencia o experiencia comprobada, a los que corresponde, entre otras cosas, recoger la necesaria información, tanto sobre la situación local de los diversos países y sobre el modo de pensar de los diferentes grupos humanos, como sobre los métodos de evangelización que se deben emplear, y proponer conclusiones científicamente documentadas para la obra y la cooperación misioneras.

Los Institutos de religiosas, los organismos regionales en favor de las Misiones y las organizaciones de seglares, sobre todo las internacionales, deben estar representadas en la forma más conveniente.

30. Para que en el ejercicio de la obra misional se consigan sus fines y sus efectos, tengan todos los misioneros un solo corazón y una sola alma (Act. 4, 32).

Deber del Obispo, como rector y centro de unidad en el apostolado diocesano, es promover, dirigir y coordinar la actividad misionera, pero de modo que se respete y favorezca la actividad espontánea de los que a ella se dedican. Todos los misioneros, aun los religiosos exentos, están sometidos al Obispo en las diversas obras que se refieren al ejercicio del sagrado apostolado 828 . Para lograr una coordinación mejor, establezca el Obispo, en cuanto sea posible, un Consejo pastoral en el que participen los clérigos, religiosos y seglares por medio de delegados escogidos. Procure, además, que la actividad apostólica no se limite tan sólo a los convertidos, destinando una parte conveniente de operarios y de recursos a la evangelización de los no cristianos.

31. Traten las Conferencias Episcopales, de común acuerdo, los puntos y los problemas más apremiantes, sin dejar de tener en cuenta las diferencias locales 829 . Para que no se malogre la cantidad ya insuficiente en personas y en medios materiales, ni se multipliquen los trabajos sin necesidad, se recomienda que, uniendo las fuerzas, establezcan Obras que sirvan para el bien de todos, como, por ejemplo, seminarios, escuelas superiores y técnicas, centros pastorales, catequísticos, litúrgicos y de medios de comunicación social.

Establézcase también una cooperación semejante, si es oportuno, entre las diversas Conferencias Episcopales.

32. Es también conveniente coordinar las actividades que desarrollan los Institutos o Asociaciones eclesiásticas. Todos ellos, de cualquier carácter que sean, secunden al Ordinario del lugar en todo lo que se refiere a la actividad misionera. Por lo cual será muy provechoso establecer acuerdos particulares que regulen las relaciones entre los Ordinarios del lugar y el Superior del Instituto.

Cuando a un Instituto se le ha encomendado un territorio, el Superior eclesiástico y el Instituto procuren, de todo corazón, dirigirlo todo a que la comunidad cristiana se convierta en una Iglesia local, que a su debido tiempo esté regida por el propio Pastor con su clero propio.

Al cesar la encomienda de un territorio, surge una nueva situación. Establezcan entonces, de común acuerdo, las Conferencias Episcopales y los Institutos, normas que regulen las relaciones entre los Ordinarios del lugar y los Institutos 830 . La Santa Sede establecerá los principios generales con que se deben regular los acuerdos regionales y aun los particulares.

Aunque los Institutos estarán preparados para continuar la obra empezada, colaborando en el ministerio ordinario de la cura de las almas sin embargo, al aumentar el clero nativo, se habrá de procurar que los Institutos, de acuerdo con su propio fin, permanezcan fieles a la misma diócesis, encargándose generosamente en ella de obras especiales o de alguna región.

33. Los Institutos dedicados a la actividad misionera en el mismo territorio procuren encontrar un perfecto sistema de coordinar sus trabajos. Para ello son muy útiles las Conferencias de Religiosos y las Uniones de Religiosas, en las que tomen parte todos los Institutos de la misma nación o región. Examinen estas Conferencias qué puede lograrse con un esfuerzo común y mantengan estrechas relaciones con las Conferencias Episcopales.

Todo lo cual, y por idéntico motivo, conviene extenderlo a la colaboración de los Institutos misioneros en sus propias naciones, de suerte que puedan resolverse los problemas y empresas comunes con mayor facilidad y menores gastos, como, por ejemplo, la formación doctrinal de los futuros misioneros, los cursos para los mismos, las relaciones ya con las autoridades públicas, ya con los órganos internacionales o supranacionales.

34. Requiriendo el recto y ordenado ejercicio de la actividad misionera que los operarios evangélicos se preparen científicamente para sus trabajos, sobre todo para el diálogo con las religiones y culturas no cristianas, y para que reciban ayuda eficaz en su ejecución, se desea que colaboren entre sí fraternal y generosamente en favor de las misiones todos los Institutos científicos que cultivan la misionología y otras ciencias o artes útiles a las misiones, como la etnología y la lingüística, la historia y la ciencia de las religiones, la sociología, las ciencias pastorales y otras semejantes.

CAPITULO VI
LA COOPERACION

35. Puesto que toda la Iglesia es misionera y la obra de la evangelización es un deber fundamental del Pueblo de Dios, el Santo Concilio invita a todos a una profunda renovación interior para que, al tener viva conciencia de su propia responsabilidad en la difusión del Evangelio, asuman su propio cometido en la obra misional entre las Gentes.

36. Todos los fieles, como miembros de Cristo viviente, al cual se han incorporado y configurado por el Bautismo, por la Confirmación y por la Eucaristía, tienen el deber de cooperar a la expansión y dilatación de su Cuerpo, para llevarlo cuanto antes a la plenitud (cf. Eph. 4, 13).

Por lo cual, todos los hijos de la Iglesia tengan viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo: fomenten en sí mismos un espíritu verdaderamente católico y consagren sus esfuerzos a la obra de la evangelización. Sepan todos, sin embargo, que su primera y principal obligación en la difusión de la fe es vivir profundamente la vida cristiana. Porque su fervor en el servicio de Dios y su caridad para con los demás aportarán nuevo aliento espiritual a toda la Iglesia, que aparecerá como estandarte levantado sobre las naciones (cf. Is. 11, 12), luz del mundo (Mat. 5, 14) y sal de la tierra (Mat. 5, 13). Este testimonio de la vida producirá más fácilmente su efecto, si es dado en unión con otros grupos cristianos, según las normas del Decreto sobre el Ecumenismo 831 .

Con esta renovación de espíritu se ofrecerán espontáneamente a Dios oraciones y obras de penitencia para que fecunde con su gracia la obra de los misioneros; y así surgirán vocaciones misioneras y brotarán los recursos necesarios para las misiones.

Mas para que todos y cada uno de los fieles cristianos conozcan exactamente el estado actual de la Iglesia en el mundo y escuchen la voz de los que claman: "Ayúdanos" (cf. Act. 16, 9), facilítense tales noticias misionales, sirviéndose también de los medios modernos de comunicación social, que los cristianos, al sentir la responsabilidad de su actividad misionera, abran su corazón hacia tan inmensas y profundas necesidades de los hombres y puedan socorrerlas.

Se impone también la coordinación de noticias y la cooperación con los órganos nacionales e internacionales.

37. Al vivir el Pueblo de Dios en comunidades, sobre todo diocesanas y parroquiales, por las que de algún modo se hace visible, también a ellas les pertenece dar testimonio de Cristo delante de las Gentes.

La gracia de la renovación en las comunidades no puede crecer si no extiende cada una los campos de la caridad hasta los confines de la tierra, y si no tiene, para los que están lejos, una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros.

Y así es como toda la comunidad ora, coopera y actúa entre las gentes, por medio de sus hijos que Dios escoge para esta altísima empresa.

Muy útil será, cuidando de no olvidar la obra misionera universal, mantener contacto con los misioneros salidos de la misma comunidad, o con alguna parroquia o alguna diócesis de las misiones, para que se haga visible la comunión entre las comunidades, y redunde en edificación mutua.

38. Todos los Obispos, como miembros del Cuerpo Episcopal, sucesor del Colegio de los Apóstoles, han sido consagrados no sólo para una diócesis, sino para la salvación de todo el mundo. A ellos se refiere primaria e inmediatamente, junto con Pedro peo bajo Pedro, el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura (cf. Marc. 16, 15). De ahí procede aquella comunión y cooperación de las Iglesias, que es tan necesaria hoy para proseguir la obra de la evangelización. En virtud de esta comunión, cada una de las Iglesias siente la solicitud de todas las otras, se manifiestan mutuamente sus propias necesidades, se comunican entre sí sus bienes, puesto que la dilatación del Cuerpo de Cristo es deber de todo el Colegio Episcopal 832 .

Cuando el Obispo suscita, promueve y dirige la obra misional en su diócesis, con la que forma una sola cosa, hace presente y como visible el espíritu y el celo misionero del Pueblo de Dios, de suerte que toda la diócesis se hace misionera.

El Obispo deberá suscitar en su pueblo, sobre todo entre los enfermos y afligidos por las desgracias, almas que ofrezcan a Dios oraciones y penitencias, con generosidad de corazón, por la evangelización del mundo; fomentar gustoso las vocaciones de los jóvenes y de los clérigos a los Institutos misioneros, complaciéndose de que Dios elija algunos para que se consagren a la actividad misionera de la Iglesia; exhortar y ayudar a las Congregaciones diocesanas, para que participen en las misiones; promover entre sus fieles las obras de Institutos misioneros, de una manera especial las Obras Pontificias Misionales. Porque estas Obras han de ocupar el primer lugar, ya para infundir en los católicos, desde la infancia, el sentido verdaderamente universal y misionero, ya para favorecer la eficaz recogida de subsidios para bien de todas las Misiones, según las necesidades de cada una 833 .

Pero, creciendo cada día la necesidad de operarios en la viña del Señor y deseando los sacerdotes participar cada vez más en la evangelización del mundo, el Sacrosanto Concilio desea que los Obispos, al considerar la gravísima escasez de sacerdotes que impide la evangelización de muchas regiones, envíen algunos de sus mejores sacerdotes que se ofrezcan a la obra misionera, debidamente preparados, a las diócesis faltas de clero, donde desarrollen, al menos temporalmente, el ministerio misional con espíritu de servicio 834 .

Y para que la actividad misionera de los Obispos en bien de toda la Iglesia pueda ejercerse con mayor eficacia, conviene que las Conferencias Episcopales dirijan los asuntos referentes a la cooperación organizada del propio país. Traten los Obispos en sus Conferencias del clero diocesano que se ha de consagrar a la evangelización de los pueblos; de la tasa determinada que cada diócesis debe entregar todos los años, según sus ingresos, para la obra de las misiones 835 ; de dirigir y ordenar las formas y medios con que se ayude directamente a las mismas; de ayudar y, si es necesario, fundar Institutos misioneros y Seminarios del clero diocesano para las misiones; de la manera de fomentar estrechas relaciones entre estos Institutos y las diócesis.

Es propio, asimismo, de las Conferencias Episcopales establecer y promover Obras en las que sean fraternalmente recibidos y ayudados con conveniente cuidado pastoral los que vienen de tierras de misiones para trabajar y estudiar. Porque por ellos se acercan de alguna manera los pueblos lejanos y se ofrece a las comunidades, cristianas desde tiempos remotos, una ocasión magnífica de dialogar con naciones que no oyeron todavía el Evangelio y de mostrarles, mediante el propio servicio de amor y de asistencia, la auténtica faz de Cristo 836 .

39. Los presbíteros representan la persona de Cristo y son cooperadores del orden episcopal, en la triple función sagrada que por su naturaleza se ordena a la misión de la Iglesia 837 . Entiendan, pues, muy bien que su vida está consagrada también al servicio de las Misiones. Porque, comunicando con Cristo Cabeza por su propio ministerio -que consiste sobre todo en la Eucaristía, que perfecciona a la Iglesia- y conduciendo a los demás a la misma comunión, no pueden dejar de sentir cuánto falta para la plenitud del Cuerpo, y cuánto, por ende, se ha de trabajar para que cada día vaya creciendo. Ordenarán, pues, la atención pastoral de forma que sea útil a la dilatación del Evangelio entre los no cristianos.

Los presbíteros, en el cuidado pastoral, suscitarán y mantendrán entre los fieles el celo por la evangelización del mundo, instruyéndolos con la catequesis y la predicación sobre el deber de la Iglesia de anunciar a Cristo a los Gentiles; enseñando a las familias cristianas la necesidad y el honor de cultivar las vocaciones misioneras, entre los propios hijos e hijas; fomentando el fervor misionero en los jóvenes de las escuelas y de las asociaciones católicas, de forma que de entre ellos salgan los futuros Pregoneros del Evangelio. Enseñen a los fieles a orar por las misiones; y no se avergüencen de pedirles limosnas, haciéndose como mendigos por Cristo y por la salvación de las almas 838 .

Los profesores de los Seminarios y de las Universidades expondrán a los jóvenes la verdadera situación del mundo y de la Iglesia, para que ante ellos aparezca, y aliente su celo, la necesidad de una más intensa evangelización de los no cristianos. En la enseñanza de las disciplinas dogmáticas, bíblicas, morales e históricas pongan de relieve los motivos misionales que en ellas se contienen, para que así se vaya formando la conciencia misionera en los futuros sacerdotes.

40. Los Institutos religiosos de vida contemplativa y activa tuvieron hasta ahora y aún siguen teniendo, la mayor parte en la evangelización del mundo. El Sacrosanto Concilio reconoce, de muy buen grado, sus méritos y da gracias a Dios por tantos sacrificios aceptados para la gloria de Dios y para el bien de las almas, y les exhorta a que prosigan sin desmayo en la obra comenzada, puesto que saben cómo la virtud de la caridad, que deben cultivar perfectamente por exigencias de su vocación, les impulsa y les obliga a un espíritu y a un trabajo verdaderamente católicos 839 .

Los Institutos de vida contemplativa tienen una importancia singular con sus oraciones, obras de penitencia y tribulaciones en la conversión de las almas; porque es Dios quien, por nuestra oración, envía obreros a su mies (cf. Mat. 9, 38), abre las almas de los no cristianos para escuchar el Evangelio (cf. Act. 16, 14), y fecunda la palabra de salvación en sus corazones (cf. 1 Cor. 3, 7). Más aún: estos Institutos quedan invitados a fundar casas en los países de misiones, como ya lo han hecho no pocos, para que, llevando allí una vida adaptada a las tradiciones genuinamente religiosas de los pueblos, den un magnífico testimonio -entre los no cristianos- de la majestad y de la caridad de Dios, así como de la unión en Cristo.

Los Institutos de vida activa, por su parte, persigan o no un fin estrictamente misionero, pregúntense sinceramente ante Dios si pueden extender su actividad para la expansión del Reino de Dios entre los gentiles; si pueden dejar a otros algunos ministerios, para dedicar también sus fuerzas a las misiones; si pueden emprender una actividad en las misiones, adaptando, si es preciso, sus Constituciones, aunque siempre según la mente del Fundador; si sus miembros participan, según su posibilidad, en la acción misionera; si su manera habitual de vivir es un testimonio del Evangelio, adaptado al espíritu y a la condición del pueblo.

Puesto que en la Iglesia, por inspiración del Espíritu Santo, aumentan cada día los Institutos seculares, su trabajo, bajo la autoridad del Obispo, puede ser fructuoso en las misiones de muchas maneras, como señal de plena entrega a la evangelización del mundo.

41. Los seglares cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan en su misión salvadora, a la vez como testigos y como instrumentos vivos 840 , sobre todo si, llamados por Dios, son recibidos por los Obispos para esta obra.

En las tierras ya cristianas, los seglares cooperan a la obra de evangelización, cuando fomentan en sí mismos y en los otros el conocimiento y el amor de las misiones, avivan las vocaciones en la propia familia, en las asociaciones católicas y en las escuelas, ofrecen ayudas de cualquier género, para poder dar también a otros el don de la fe que ellos recibieron gratuitamente.

En las tierras de misiones, los seglares -sean extranjeros o nativos- enseñen en las escuelas, administren los bienes temporales, colaboren en la actividad parroquial y diocesana, establezcan y promuevan diversas formas de apostolado seglar, para que los fieles de las Iglesias jóvenes puedan, cuanto antes, asumir su propio papel en la vida de la Iglesia 841 .

Los seglares, por fin, presten de buen grado su cooperación económico-social a los pueblos en vías de desarrollo. Esta cooperación es tanto más de alabar cuanto más se relacione con la creación de aquellas instituciones que atañen a las estructuras fundamentales de la vida social o se ordenan a la formación de quienes tienen la responsabilidad de la cosa pública.

Son dignos de elogio especial los seglares que, con sus investigaciones históricas o científico-religiosas, promueven el conocimiento de los pueblos y de las religiones en las Universidades o Institutos científicos, ayudando así a los pregoneros del Evangelio y preparando el diálogo con los no cristianos.

Colaboren fraternalmente con otros cristianos y con los no cristianos: sobre todo, con los miembros de las asociaciones internacionales, teniendo siempre muy presente que "la edificación de la ciudad terrena se funde en el Señor y se dirija a El" 842 .

Para cumplir todos estos deberes, los seglares necesitan una preparación técnica y espiritual, que debe darse en Institutos destinados a este fin, para que su vida sea un testimonio por Cristo entre los no cristianos, según la frase del Apóstol: No seáis objeto de escándalo ni para Judíos, ni para Gentiles, ni para la Iglesia de Dios, como yo mismo procuro agradar a todos en todo, no buscando mi conveniencia, sino la de todos, para que se salven (1 Cor. 10, 32-33).

Conclusión

42. Los Padres del Concilio, juntamente con el Romano Pontífice, sintiendo muy profundamente la obligación de difundir en todas partes el Reino de Dios, saludan con gran amor a todos los mensajeros del Evangelio, sobre todo a los que padecen persecución por el nombre de Cristo, haciéndose participantes de sus sufrimientos 843 .

Ellos se sienten inflamados por el mismo amor en que ardía Cristo por los hombres. Pero, sabedores también de que es Dios quien hace que su Reino venga a la tierra, ruegan juntamente con todos los fieles cristianos que, por intercesión de la Virgen María, Reina de los Apóstoles, sean atraídas las naciones al conocimiento de la verdad (cf. 1 Tim. 2, 4); y que la claridad de Dios, que resplandece en el rostro de Cristo Jesús, comience a resplandecer para todos por la acción del Espíritu Santo (cf. 2 Cor. 4, 6).


748

C. d. LG 48.

749

S. Aug. Enarr. in Ps. 44, 23 PL 36, 508; CChr. 38, 150.

750

Cf. c. d. LG 2.

751

Cf. S. Iren. Adv. haer. 3, 18, 1: "El Verbo que existía junto a Dios, y por medio del cual todas las cosas fueron hechas, y que siempre estaba presente al género humano..." PG 7, 932; id., 4, 6, 7: "Ya desde el comienzo, ciertamente, el Hijo estando cerca de la criatura, revela al Padre a todos a los que el Padre quiere, y según el tiempo y modo que quiere el Padre" (ibid., 990); cf. 4, 20, 6.7 (ibid. 1037); Demonstratio n. 34: PO 12, 773: Sources Chret. 62, Paris, 1958, p. 87; Clem. Alex. Protrept. 112, 1: GCS, Clemens I, 79; Strom. 6, 6, 44, 1: GCS, Clemens II, 453; 13, 106, 3.4: ibid. 485. Para la doctrina en sí, cf. Pius XII Nunt. radiophon. 31 dec. 1952; C. d. LG, 16.

752

Cf. Hebr. 1, 2; Io. 1, 3.10; 1 Cor. 8, 6; Col. 1, 16.

753

Cf. S. Athan. Ep. ad Epictetum 7 PG 26, 1060; S. Cyr. Hieros. Catech. 4.9: PG 33, 465; Marius Victor. Adv. Arium 3, 3 PL 8, 1101; S. Basilius, Ep. 261, 2: PG 32, 969; S. Greg. Naz. Ep. 101: PG 37, 181; S. Greg. Nyss. Antirrheticus, Adv. Apollin. 17 PG 45, 1156; S. Ambr. Ep. 48, 5 PL 16, 1153; S. Aug. In Io. Ev. 23, 6 PL 35, 1585 CChr. 36, 236: además, demuestra que el Espíritu Santo no nos redimió, porque no se encarnó: De agone Christi 22, 24 PL 40, 302; S. Cyr. Alex. Adv. Nestor. 1, 1 PG 76, 20; S. Fulgentius Ep. 17, 3, 5 PL 65, 454; Ad Trasimundum 3.21 PL 65, 284: de la tristeza y del temor.

754

El Espíritu [S.] es el que habló por medio de los profetas: Symbol. Constantinopolit. D 150 (86); S. Leo M. Serm. 76 PL 54, 405-406: Cuando en el día de Pentecostés el Espíritu Santo llenó a los discípulos del Señor, no fue el principio del don, sino un aumento de generosidad; porque también los patriarcas, profetas, sacerdotes y santos, que hubo en los tiempos antiguos, fueron vivificados por el poder santificador del mismo Espíritu..., aunque la medida no fue la misma". También Serm. 77, 1 PL 54, 412; Leo XIII Di l. c., 650-651. También San Juan Cris., aunque insiste en la "novedad" de la misión del Espíritu Santo en el día de Pentecostés: In Eph. 4 hom. 10, 1 PG 62, 75.

755

De Babel y Pentecostés hablan muchas veces los SS. PP.: Orig. In Gen. 1 PG 12, 112. S. Greg. Naz. Or. 41, 16 PG 36, 449; S. Io. Chrys. Hom. 2 in Pentec. 2 PG 50, 467; In Act. Ap.: PG 60, 44; S. Aug. Enarr. in Ps. 54, 11 PL 36, 636: CChr. 39, 664 ss.; Serm. 271 PL 38, 1245; S. Cyr. Alex. Glaphyra in Gen. 2 PG 69, 79; S. Greg. M. Hom. in Ev. 2, hom. 30, 4 PL 76, 1222; S. Beda In Hexaem. 3 PL 91, 125. Véase también la imagen en el atrio de la basílica de San Marcos en Venecia.La Iglesia habla en todas las lenguas, y así reúne a todos en la catolicidad de la fe: S. Aug. Serm. 266.267.268.269 PL 38, 1225-1237 Serm. 175, 3 PL 38, 946; S. Io. Cyrys. In Ep. 1 ad Cor. hom. 35 PG 61, 296; S. Cyr. Alex. Fragm. in Act.: PG 74, 758; S. Fulgentius Serm. 8, 2-3 PL 65, 743-744. Sobre Pentecostés como consagración de los Apóstoles para su misión, cf. J. A. Cramer Catena in Acta SS. Apost. Oxford, 1838, 24.

756

Cf. Luc. 3, 22; 4, 1; Act. 10, 38.

757

Cf. Io. cap. 14-17; Paulus VI Allocutio in Concilio habita d. 14 sept. 1964 A. A. S. 56 (1964) 807.

758

Cf. c. d. LG 4.

759

S. Aug. Serm. 267, 4 PL 38, 1231: "El Espíritu Santo realiza en la Iglesia lo que el alma en todos los miembros de un cuerpo". Cf. c. d. LG 7 (con la nota 8).

760

Cf. Act. 10, 44-47; 11, 15; 15, 8.

761

Cf. Act. 4, 8; 5, 32; 8, 26.29.39: 9, 31; 10; 11, 24-28; 13, 2.4.9; 16, 6-7; 20, 22-23; 21, 11 etc.

762

Tertull. Apolog. 50, 13 PL 1, 534 CChr. 1, 171.

763

Ya Santo Tomás de Aquino habla del oficio apostólico de plantar la Iglesia: cf. Sent. 1, 16, 1, 2 ad 2 et ad 4; a. 3; Sum. th. 1, 43, 7 ad 6; 1.2, 106.4 ad 4. Cf. Benedictus XV e. Maximum i. 30 nov. 1919 A. A. S. II (1919) 445 et 453; Pius XI e. Rerum Ecclesiae 28 febr. 1926 A. A. S. 18 (1926) 74; Pius XII 30 apr. 1939 ad Directores OO. PP. MM.; Id., 24 iun. 1944 ad Directores OO. PP. MM. A. A. S. 36 (1944) 210; A. A. S., 1950, 727 et 1951, 508; Id., 29 iun. 1948 ad Clerum indigenum A. A. S., 1948, 374; Id., EP l. c., 507; Id., e. FD l. c., 236; Ioannes XXIII PP l. c., 835; Paulus VI, hom. 18 oct. 1964 A. A. S. 1964, 911. Los SS. Pontífices y también los PP. y Escolásticos, hablan muchas veces de la "dilatación de la Iglesia": S. Th. Aq. Com. in Mat. 16, 28; Leo XIII, e. Sancta D. Civitas: A. S. S. 13 (1880) 241; Benedictus XV e. Mi.: A. A. S. II (1919) 442; Pius XI, e. Rerum Ecclesiae: A. A. S. 18 (1926) 65.

764

En este concepto de actividad misional se consideran incluidas también, de algún modo, las partes de América Latina, donde no existe propia Jerarquía y donde tampoco o no se da madurez de vida cristiana, o no existe suficiente predicación del Evangelio. Al Concilio no le toca resolver si estos territorios son reconocidos de hecho por la Iglesia como "misionales". Por lo cual, en lo que se refiere a la conexión entre la noción de actividad misional y ciertos territorios, expresamente se dice que esta actividad se ejerce "ordinariamente" en determinados territorios reconocidos por la Santa Sede.

765

Decr. UR 1.

766

C. d. LG 14.

767

Cf. Io. 7, 18; 8, 30. 44; 8, 50; 17, 1.

768

Sobre esta idea sintética, cf. la doctrina de S. Ireneo acerca de la "Recapitulación". Cf. también Hippolytus De Antichristo 3: "Queriendo salvar a todos, deseando salvarlos a todos, queriendo ayudar a todos los hijos de Dios y llamando a todos los santos hacia un único hombre perfecto..." PG 10, 732 G. C. S. Hippolyt. 1, 2, 6; Benedictiones Iacob 7: T. U. 38-1, 18, lin. 4 ss.; Orig. In. Io. tom. 1, n. 16: "Porque entonces una sola será la acción de conocer a Dios de todos aquellos que a El hubieren llegado, bajo la guía de aquel Verbo que está junto a Dios, de modo que los hijos tengan un tan cuidado conocimiento del Padre como ahora sólo el Hijo conoce al Padre PG 14, 49; G. C. S. Orig. 4, 20. S. Aug. De serm. Domini in monte 1, 41: "Amemos, pues, tan sólo lo que podemos llevar con nosotros hasta aquel reino, donde nadie dice "Padre mío", sino que todos llaman a un solo Dios "Padre nuestro..." PL 34, 1250; S. Cyr. Alex. In Io. 1: "Porque todos nosotros estamos en Cristo y la común persona de la humanidad revive en El. Y por eso es llamado el novísimo Adán... Porque habitó entre nosotros, el que por su naturaleza es Hijo y es Dios: y por eso clamamos en su Espíritu: Abba, Padre! Pero el Verbo habita en todos como en un solo templo, a saber, el que tomó por nosotros y de nosotros, para que teniendo a todos en sí mismo, a todos, como dice San Pablo, los reconciliara con el Padre en un solo cuerpo" PG 73, 161-164.

769

Benedictus XV e. Mi.: A. A. S. II (1919) 445: "Pues, como la Iglesia de Dios es católica y no es extraña a ningún pueblo ni nación...". Cf. Ioannes XXIII, e. MM l. c., 444: "Por derecho divino pertenece a todos los pueblos... La Iglesia, al penetrar en la vida de los pueblos, no es ni se siente jamás como una institución impuesta desde fuera... Y por ello todo lo que les parece bueno y honesto, lo consideran y ennoblecen (esto es, los que han renacido en Cristo)".

770

Cf. Iren. Adv. haer. 3, 15, 3 PG 7, 919: "Fueron predicadores de la verdad y apóstoles de la libertad".

771

Ant. O ad vesp. diei 23 dec.

772

Cf. Mat. 24, 31; Didaché 10, 5: Funk, 1, 32.

773

C. d. LG 17. S. Aug. De civ. Dei 19, 17 PL 41. 646; Instr. S. C. P. F. Collectanea 1, 135, 42.

774

Según Orígenes, el Evangelio ha de predicarse antes de la consumación de este mundo Hom. in Luc. 21 G. C. S. Orig. 9, 136, 21 ss.; In Mat. com. serm. 39, ibid., 11, 75, 25 ss.; 76, 4 ss.; Hom. in Ier. 3, 2, ibid., 8, 308, 29 ss.; S. Th. Sum. th. 1. 2, 106, 4, 4.

775

Hilar. Pict. In Ps. 14 PL 9, 301; Eus. Caesar. In Is. 54, 2-3 PG 24, 462-463; Cyr. Alex. In Is. 5, 54, 1-3 PG 70, 1193.

776

Cf. Alloc. Pauli VI d. 21 nov. 1964 in Concilio habita A. A. S. 26 (1964) 1013.

777

Cf. decl. DH 2. 4. 10; c. GS. n. 21.

778

Cf. c. d. LG 17.

779

Cf. c. SC 64-65.

780

Sobre esta liberación de la esclavitud del demonio y de las tinieblas, en el Evangelio cf. Mat. 12, 28; Io. 8, 44; 12, 31 (cf. 1 Io. 3, 8; Eph. 2, 1-2); en la Liturgia del Bautismo, cf. Rit. Rom.

781

Cf. c. d. LG 14.

782

Cf. S. Aug. Tract. in Io. 11, 4 PL 35, 1476.

783

Cf. c. d. LG 9.

784

Cf. c. d. LG 10. 11. 34.

785

Cf. c. d. DV 21.

786

Cf. c. d. LG 12. 35.

787

Cf. ibid. 23. 36.

788

Cf. ibid. 11. 35. 41.

789

Cf. decr. OE 4.

790

Ep. ad Diognetum 5 PG 2, 1173; cf. c. d. LG 38.

791

Cf. c. d. LG 32; decr. AA 5-7.

792

Cf. decr. OT 4. 8. 9.

793

Cf. c. SC 17.

794

Cf. decr. cit. OT 1.

795

Cf. Ioannes XXIII, e. PP l. c., 843-844.

796

Cf. decr. UR 4.

797

Cf. Ioannes XXIII, e. PP l. c., 842.

798

Cf. c. d. LG 29.

799

Cf. Ioannes XXIII, e. PP l. c., 855.

800

Se trata de los llamados "catequistas de plena dedicación" (full-time catechists).

801

Cf. c. d. LG 31. 44.

802

Cf. Ioannes XXIII, e. PP l. c., 838.

803

Cf. decr. PO 11; OT 2.

804

Cf. c. d. LG 25.

805

Cf. decr. PO 10, donde, para facilitar más las peculiares obras pastorales, en los diversos grupos, se prevé la constitución de "prelaturas" personales, según lo pidiere la buena organización del apostolado.

806

Cf. c. d. LG 13.

807

Cf. Alloc. Pauli VI in Can. SS. Mart. Ugandens. A.A.S. 56 (1964), 908.

808

Cf. c. d. LG 13.

809

Cf. c. d. LG 17.

810

Con el nombre de "Institutos" se entienden las Ordenes, Congregaciones, Institutos, Asociaciones que trabajan en las Misiones.

811

Cf. Pius XI Rerum Ecclesiae: A. A. S. 18 (1926), 69-71; Pius XII Saeculo exeunte: A. A. S. 32 (1940), 256, e. EP l. c., 506.

812

Cf. Benedictus XV, e. M. i.: A. A. S. 11 (1919) 449-450.

813

Cf. Benedictus XV, e. M. i. l. c., 448-449; Pius XII, e. EP l. c., 507. Cuanto a la formación de los sacerdotes misioneros cf. lo establecido en el Decr. OT del Conc. Vat. II.

814

Cf. c. d. LG 41.

815

Cf. Benedictus XV, e. M. i. l. c. 440; Pius XII, e. EP l. c., 507.

816

Cf. Benedictus XV, e. M. i. l. c. 448; Decr. S.C.P.F. 20 mai. 1923 A. A. S. 15 (1923) 369-370; Pius XII Saec. ex. l. c., 256; EP l. c., 507; Ioannes XXIII, e. PP l. c., 843-844.

817

Decr. OT 19-21; Const. Apost. Sedes Sapientiae cum Statutis generalibus. 31 mai. 1956 A. A. S. 48 (1956) 354-365.

818

Pius XII, e. EP l. c., 523-524.

819

Benedictus XV, e. M. i. l. c., 448; Pius XII, e. EP l. c., 507.

820

Cf. Pius XII, e. FD l. c., 234.

821

Cf. decr. PO 10, donde se habla de las "Prelaturas" personales y de otras cuestiones parecidas.

822

Cf. c. d. LG 18.

823

Cf. ibid. 23.

824

Cf. Motu pro. Apostolica Sollicitudo 15 sept. 1965. A. A. S. 57 (1965) 776.

825

Cf. Paulus VI Alloc. die 21 nov. 1964 in Conc. habita A. A. S. 56 (1964) 10-11.

826

Cf. Benedictus XV, e. Mi.: A. A. S. 11 (1919) 39-40.

827

Cuando algunas misiones -por razones especiales- dependen de otros Dicasterios, conviene que éstos tengan relación con la S. C. de P. F. para que, al organizar y dirigir todas las Misiones se pueda tener un plan y una norma constante y uniforme.

828

Cf. decr. CD 35, 4.

829

Cf. ibid. 36-38.

830

Cf. ibid. 35, 5-6.

831

Cf. decr. UR 12.

832

Cf. c. d. LG 23-24.

833

Cf. Benedictus XV, e. M. i. l. c., 453-454; Pius XI, e. Rer. Eccl. l. c. 71-73; Pius XII, e. EP l. c., 525-526; id. e. FD l. c., 241.

834

Cf. Pius XII, e. FD l. c., 245-246.

835

Decr. CD 6.

836

Cf. Pius XII, e. FD l. c., 245.

837

Cf. c. d. LG 28.

838

Cf. Pius XI c. Rer. Eccl. l. c., 72.

839

Cf. c. d. LG 44.

840

Cf. ibid. 33. 35.

841

Cf. Pius XII, e. EP l. c., 510-514; Ioannes XXIII, e. PP l. c., 851-852.

842

Cf. c. d. LG 46.

843

Cf. Pius XII, e. EP l. c., 527; Ioannes XXIII,. Princeps Pastorum, AAS (1959), p. 864.
Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico