Soporte
Concilio Vaticano II, Documentos del Concilio Vaticano II
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

Presbyterorum ordinis

Decreto sobre el ministerio y vida de los sacerdotes.

El orden de los Presbíteros, cuanto a su excelencia, ha sido recordado a todos, más de una vez, por este Sacrosanto Concilio 487 . Mas, como en la renovación de la Iglesia, corresponde a dicho Orden un papel importante, y cada vez más difícil, parece a propósito tratar, con mayor detalle y más a fondo, de los Presbíteros. Cuanto aquí se dice atañe a todos los Presbíteros, especialmente a los que tienen cura de almas; para los Presbíteros religiosos se harán las convenientes adaptaciones. Porque, por la sagrada Ordenación y por la misión que han recibido de los Obispos, los Presbíteros son promovidos para servir a Cristo Maestro, Sacerdote y Rey; participan de su ministerio, por el que la Iglesia se edifica, incesantemente, en Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Ante una situación pastoral y humana, que cambia sin cesar, este Sacrosanto Concilio, deseando ayudarles con eficacia en su ministerio y en su vida, declara y decide todo lo que a continuación sigue.

CAPITULO I
EL PRESBITERADO EN LA MISION DE LA IGLESIA

2. El Señor Jesús, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Io. 10, 36) hace que todo su Cuerpo místico participe de la unción del Espíritu con que El fue ungido 488 : en El, pues, todos los cristianos se transforman en sacerdocio santo y real, ofrecen sacrificios espirituales a Dios por medio de Jesucristo y pregonan el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable 489 . Luego no hay miembro alguno que no participe en la misión de todo el Cuerpo; cada uno, pues, debe santificar a Jesús en su corazón 490 y con espíritu de profecía dar testimonio de Jesús 491 .

Pero el mismo Señor, queriendo hacer de los fieles un solo cuerpo, en el que no todos los miembros cumplen la misma función (Rom. 12, 4), de entre ellos escogió a algunos para ministros que, en la comunidad de los cristianos, estuvieran investidos con la sagrada potestad del Orden para ofrecer el Sacrificio y perdonar los pecados 492 , ejerciendo públicamente, para los hombres, el oficio sacerdotal en nombre de Cristo. Así, Cristo envió a los Apóstoles, como él había sido enviado por el Padre 493 ; y, por medio de los Apóstoles, hizo luego participantes de su consagración y de su misión a los Obispos, sucesores de aquellos 494 , cuya función ministerial, en grado subordinado, ha sido transmitida a los Presbíteros 495 , de modo que, constituidos en el Orden del presbiterado, sean cooperadores del Orden episcopal 496 en el cumplimiento de la misión apostólica confiada por Cristo.

El oficio, pues, de los Presbíteros, en cuanto está unido al Orden episcopal, participa de la autoridad con la que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna su Cuerpo. Por esto el sacerdocio de los Presbíteros, aun suponiendo los Sacramentos de la iniciación cristiana, se confiere, sin embargo, en virtud de un Sacramento particular que, mediante la unción del Espíritu Santo, los sella con un carácter especial, configurándoles así a Cristo Sacerdote, para que puedan actuar como en persona de Cristo-Cabeza 497 .

Puesto que los Presbíteros participan, por su parte, en la función de los Apóstoles, reciben de Dios la gracia que les hace ministros de Cristo Jesús en medio de las naciones para que, cumpliendo el sagrado ministerio del Evangelio, sea acepta la oblación de las naciones santificada por el Espíritu Santo 498 . En efecto, por el mensaje apostólico del Evangelio se convoca y se reúne al Pueblo de Dios para que todos los que pertenecen a este Pueblo, al estar santificados por el Espíritu Santo, se ofrezcan a sí mismos como hostia viva, santa, agradable a Dios (Rom. 12, 1). Mas por el ministerio de los Presbíteros se consuma el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Crisot, único Mediador, que, por manos de ellos, en nombre de toda la Iglesia, es ofrecido en la Eucaristía, incruenta y sacramentalmente, hasta que venga el Señor mismo 499 . Esta es la finalidad del ministerio de los Presbíteros, que en ella encuentra su cumplimiento. Porque su ministerio, que comienza con el anuncio del Evangelio, recibe toda su fuerza y todo su poder del Sacrificio de Cristo y tiende a que toda la Ciudad redimida, esto es la comunidad y asamblea de los santos, sea ofrecida a Dios como un sacrificio universal por manos del Sumo Sacerdote, que ya se ofreció a sí mismo en su Pasión por nosotros, para que fueramos el cuerpo de una tan grande Cabeza 500 .

El fin, pues, de los Presbíteros, en todo su ministerio y en su vida toda, es dar gloria a Dios Padre por medio de Cristo. Gloria, que consiste en que los hombres, a conciencia, con libertad y gratitud acogen la obra de Dios realizada perfectamente en Cristo, y en que la manifiestan en toda su vida. Por lo tanto, cuando los Presbíteros rezan y adoran, cuando anuncian la palabra, cuando ofrecen el Sacrificio Eucarístico y administran los otros Sacramentos o cuando cumplen diversos ministerios en servicio de los hombres, contribuyen por igual a la gloria de Dios y al progreso de los hombres en la vida divina. Y todo esto, que se deriva de la Pascua de Cristo, tendrá su consumación con la vuelta gloriosa del Señor mismo, cuando El haya entregado el Reino a Dios y al Padre 501 .

3. Tomados de entre los hombres y constituidos en favor de los hombres en sus relaciones con Dios, ofreciendo dones y sacrificios por los pecados 502 , los Presbíteros viven con los demás hombres como hermanos suyos. Es lo mismo que hizo el Señor Jesús: Hijo de Dios, hombre enviado a los hombres por el Padre, habitó entre nosotros y quiso asimilarse en todo a sus hermanos, exceptuado, sin embargo, el pecado 503 . Ya le imitaron los santos Apóstoles, puesto que San Pablo, el Doctor de las Gentes, segregado para el Evangelio de Dios (Rom. 1, 1) declara que se ha hecho todo para todos a fin de salvarlos a todos 504 . Por su vocación y por su ordenación, los Presbíteros del Nuevo Testamento en cierto modo son segregados del seno del Pueblo de Dios; mas no para estar separados del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino más bien para consagrarse por completo a la obra a que el Señor les ha llamado 505 . Y en modo alguno podrían ser ministros de Cristo, si no fueran testigos y dispensadores de otra vida que la terrenal; como tampoco podrían servir a los hombres si se mantuvieran ajenos a su vida y a las circunstancias que les rodean 506 . Su propio ministerio les exige especialmente no vivir según el mundo 507 , pero vivir en él, en medio de los hombres: como buenos pastores, conozcan a sus ovejas y busquen las que aún no son de este redil, para que, también ellas, escuchen la voz de Cristo, y haya un solo rebaño y un solo pastor 508 . Para lograr esto, en sumo grado contribuyen las virtudes tan justamente apreciadas en la sociedad humana, como la bondad de corazón, la sinceridad, la fuerza moral, la perseverancia, el incesante afán de la justicia, la delicadeza y otras cualidades más, recomendadas por el Apóstol Pablo, al decir: Poned vuestro pensamiento en todo cuanto hay de verdadero de puro, de justo, de santo, de amable, de laudable, de virtuoso y digno de alabanza (Phil. 4, 8) 509 .

CAPITULO II
MINISTERIO DE LOS PRESBITEROS

I. Funciones de los Presbíteros

4. La primera reunión del Pueblo de Dios se debe a la Palabra de Dios vivo 510 , que todos tienen derecho a escuchar de los labios de los sacerdotes 511 . Y, puesto que nadie puede salvarse sin haber antes creído 512 , los Presbíteros, al ser cooperadores de los Obispos, tienen como primer deber el de anunciar el Evangelio de Dios a todos los hombres 513 de modo que, al cumplir el mandato del Señor: Id por el mundo entero, y predicad el Evangelio a toda criatura (Marc. 16, 15) 514 , hagan que nazca y crezca el Pueblo de Dios. Porque la palabra de salvación es la que despierta la fe en el corazón de los no cristianos, mientras la alimenta en el corazón de los cristianos, y así da origen y crecimiento a la congregación de los fieles, conforme a lo dicho por el Apóstol: La fe viene por lo que se escucha; mas lo que se escucha viene por la palabra de Cristo (Rom. 10, 17). Así que los Presbíteros se deben a todos los hombres para comunicarles la verdad del Evangelio 515 con que les ha regalado el Señor. Luego, ya que con su buena conducta entre los paganos los muevan a glorificar a Dios 516 , ya prediquen públicamente anunciando el misterio de Cristo a los incrédulos, ya enseñen la catequesis cristiana o expongan la doctrina de la Iglesia, o estudien los problema de su tiempo bajo la luz de Cristo, su deber es enseñar siempre no su propia sabiduría sino la Palabra de Dios y con insistencia invitar a todos a convertirse y santificarse 517 . Esta predicación sacerdotal, dado el estado actual del mundo, con frecuencia es muy difícil; y, si quiere verdaderamente penetrar en el espíritu de los oyentes, no sólo debe exponer la palabra de Dios en forma general y abstracta, antes bien debe aplicar la perenne verdad del Evangelio a las circunstancias concretas de la vida.

Son, pues, muy diversas las maneras de ejercer el ministerio de la palabra, según las diferentes necesidades de los oyentes y conforme a los carismas de los predicadores. En los países o grupos no cristianos, el mensaje del Evangelio es el que atrae a los hombres a la fe y a los Sacramentos de la salvación 518 ; mientras que, ya dentro de la comunidad cristiana, sobre todo para los que parecen entender o creer poco lo que practican, es muy necesaria la predicación para el ministerio mismo sacramental, puesto que se trata de Sacramentos de la fe, y ésta nace de la palabra y con ella se alimenta 519 . Y esto vale especialmente para la Liturgia de la palabra en la celebración de las Misas, en la que se unen inseparablemente la anunciación de la muerte y de la resurrección del Señor, la respuesta del pueblo que la escucha, la oblación misma de Cristo que con su Sangre selló la Nueva Alianza, y la comunicación de los cristianos en esta oblación mediante las oraciones y la recepción del Sacramento 520 .

5. Dios, único Santo y único Santificador, quiso asociarse los hombres como colaboradores y humildes servidores en la obra de la santificación. Así es como por el ministerio del Obispo consagra Dios a los Presbíteros, a fin de que, hechos de forma especial participantes en el sacerdocio de Cristo, en las celebraciones sagradas obren como ministros de Aquel que ejerce incesantemente para nosotros, en la Liturgia, su función sacerdotal, por medio de su Espíritu 521 . Si por el Bautismo introducen a los hombres en el Pueblo de Dios, por el sacramento de la Penitencia reconcilian a los pecadores con Dios y su Iglesia y, por la unción de los enfermos, consuelan a los que sufren; pero, sobre todo, al celebrar la Misa, ofrecen sacramentalmente el Sacrificio de Cristo. Y cada vez que celebran uno de estos sacramentos, como lo atestiguaba, ya en la aurora de la Iglesia, San Ignacio Mártir 522 , los Presbíteros se unen jerárquicamente, en diversas maneras, con el Obispo, haciéndole así en cierto modo presente en cada una de las asambleas de los fieles 523 .

Y todos los demás Sacramentos, como también todos los ministerios eclesiásticos y obras de apostolado, están todos ligados a la Sagrada Eucaristía y a ella se ordenan 524 . Porque la Santísima Eucaristía encierra todo el tesoro espiritual de la Iglesia 525 es decir, a Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo, que, con su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, así invitados y atraídos para, junto con El, ofrecer su persona su propio trabajo y las cosas creadas todas. Por ello la Eucaristía se presenta como fuente y coronamiento de toda evangelización y cuando los catecúmenos son llevados poco a poco hasta participar de la Eucaristía, y los cristianos, sellados ya por el sacro bautismo y por la confirmación, se insertan plenamente en el Cuerpo de Cristo por la recepción de la Eucaristía.

Es, por lo tanto, la Sínaxis Eucarística el centro de la comunidad cristiana que preside el Presbítero. Por ello, los Presbíteros enseñan a los fieles a ofrecer a Dios Padre, en el sacrificio de la Misa, la víctima divina y a hacer oblación, juntamente con ésta, de su propia vida; los instruyen, en el espíritu de Cristo Pastor, para que, con corazón contrito, sometan sus pecados a la Iglesia en el Sacramento de la Penitencia, y así se conviertan cada día más hacia el Señor, acordándose de sus palabras: Arrepentíos, porque se acercó el Reino de los cielos (Mat. 4, 17). Les enseñan, asimismo, a participar íntimamente en las celebraciones de la Sagrada Liturgia, de forma que en ellas lleguen a una sincera oración; los guían hacia un espíritu de oración, cada vez más perfecto y activo durante toda su vida, según las gracias y necesidades de cada uno; suscitan en todos el fiel cumplimiento de los deberes del propio estado, estimulando a los más adelantados a practicar los consejos evangélicos, según la forma a cada uno adecuada. Enseñan, por lo tanto, a los fieles de tal modo que canten al Señor en sus corazones himnos y cánticos espirituales, y den siempre gracias por todo a Dios y al Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo 526 .

Las alabanzas y acciones de gracias que elevan en la celebración de la Eucaristía, los Presbíteros las continúan también en las distintas horas del día con el rezo del Oficio Divino, con el cual, en nombre de la Iglesia, piden a Dios por todo el pueblo a ellos confiado, más aún, por todo el mundo.

La casa de oración -donde se celebra y se guarda la Sagrada Eucaristía, y se reúnen los fieles, y donde recibe culto para auxilio y consuelo de los fieles la presencia del Hijo de Dios, nuestro Salvador, ofrecido por nosotros en el ara sacrifical- debe ser limpia y adaptada para la oración y para las funciones sagradas 527 . En ella se invita a los Pastores y a los fieles para que respondan con gratitud a la dádiva de quien, por su Humanidad, infunde continuamente la vida divina en los miembros de su Cuerpo 528 . Procuren los Presbíteros cultivar debidamente la ciencia y, sobre todo, las prácticas litúrgicas, de suerte que por su ministerio litúrgico las comunidades cristianas, a ellos encomendadas, alaben cada día con más perfección a Dios Padre, e Hijo y Espíritu Santo.

6. Los Presbíteros, que ejercen, según su parte de autoridad, el oficio de Cristo Cabeza y Pastor, reúnen, en nombre del Obispo, a la familia de Dios, como una fraternidad animada en la unidad, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu Santo 529 . Mas para el ejercicio de este ministerio, como para las demás funciones del Presbítero, se confiere una potestad espiritual, que, ciertamente, se da para la edificación 530 . En el edificar la Iglesia, los Presbíteros han de convivir con todos en relaciones de eximia bondad, siguiendo el ejemplo del Señor. En su trato con los hombres no han de proceder según lo que a ellos les agrade 531 , sino según las exigencias de la doctrina y de la vida cristiana, enseñándoles y amonestándoles como a hijos muy amados 532 , según las palabras del Apóstol: Insiste a tiempo y destiempor, arguye, enseña, exhorta con toda longanimidad y doctrina (2 Tim. 4, 2) 533 .

Por todo ello, atañe a los sacerdotes, como educadores en la fe, procurar personalmente, o por medio de otros, que cada uno de los fieles llegue, en el Espíritu Santo, al pleno desarrollo de su propia vocación según el Evangelio, así como a la caridad sincera y diligente y a la libertad con que Cristo nos liberó 534 . De poco servirán las ceremonias, aun las más hermosas, o las asociaciones, aun las más florecientes, si no se ordenan a educar a los hombres para que consigan la madurez cristiana 535 . Y en ello les ayudarán los Presbíteros, puesto que en los acontecimientos, grandes y pequeños, podrán entender lo que debe hacerse y lo que Dios quiere. Enséñese también a los cristinos a que no vivan sólo para sí, sino que, según las exigencias de la nueva ley de la caridad, ponga cada uno al servicio del otro el don que recibió 536 ; y así todos cumplirán cristianamente sus deberes en la comunidad humana.

Aunque se deban a todos, los Presbíteros deben tener como encomendados a sí de una manera especial a los pobres y a los más débiles, con quienes el Señor se presenta asociado 537 , y cuya evangelización se da como una señal de la obra mesiánica 538 . También atenderán con especial diligencia a los jóvenes y, además, a los cónyuges y padres de familia. Deseable es que éstos se reúnan en grupos amistosos donde se ayuden mutuamente a vivir con más facilidad y plenitud su vida cristiana, en circunstancias a veces no fáciles. No olviden los Presbíteros que todos los religiosos y las religiosas, porción selecta en la casa del Señor, merecen especial cuidado en su adelantamiento espiritual para bien de toda la Iglesia. Y reserven su máxima solicitud para los enfermos y moribundos, a los que visitarán y confortarán en el Señor 539 .

Mas el oficio de Pastor no se limita al cuidado individual de los fieles, porque se extiende propiamente a la formación de una auténtica comunidad cristiana. Ahora bien, el espíritu comunitario no logra su verdadero desarrollo sino cuando, saliendo de los límites de la Iglesia local, comprende a la Iglesia universal. Aun la misma comunidad local no debe ocuparse tan sólo de sus propios fieles; ha de estar imbuida por el espíritu misionero, a fin de preparar a todos los hombres su camino hacia Cristo. Cuide, sin embargo, en forma muy especial, a los catecúmenos y a los neófitos, a quienes ha de ir educando poco a poco en el conocimiento y práctica de la vida cristiana.

Ninguna comunidad cristiana puede, sin embargo, edificarse si no tiene su raíz y su centro en la celebración de la Santísima Eucaristía, donde debe cimentarse toda educación para el espíritu de comunidad 540 . Celebración que, para ser auténtica y plena, ha de conducir así a las varias obras de mutua caridad y ayuda, como a la actividad misionera y a las diversas formas del testimonio cristiano.

Además de que, con la caridad, con el ejemplo y mediante los actos de penitencia, la comunidad eclesial ejerce una verdadera maternidad para llevar las almas a Cristo. Ella, en efecto, es eficaz instrumento que abre o allana, a los aún no creyentes, el camino hacia Cristo y su Iglesia, mientras anima a los fieles, los nutre y fortalece para la batalla espiritual.

En la edificación de la comunidad cristiana, los Presbíteros nunca están al servicio de una ideología o partido humanos: como mensajeros del Evangelio y pastores de la Iglesia, consagran todo su trabajo al crecimiento espiritual del Cuerpo de Cristo.

II. Relaciones de los Presbíteros con los demás

7. Todos los Presbíteros, unidos a los Obispos, participan de tal modo en el mismo y único sacerdocio y ministerio de Cristo, que la misma unidad de consagración y de misión exige una comunión jerárquica de aquéllos con el Orden de los Obispos 541 , que queda expresada perfectamente, a veces, en la concelebración litúrgica, puesto que en unión con éstos profesan celebrar la Sínaxis Eucarística 542 . Luego los Obispos, por el don del Espíritu Santo que se ha dado a los Presbíteros en la Sagrada Ordenación, los tienen como necesarios colaboradores y consejeros en el ministerio y función de enseñar, santificar y apacentar al Pueblo de Dios 543 . Cosa que proclaman cuidadosamente los documentos litúrgicos ya desde los antiguos tiempos de la Iglesia, cuando piden solemnemente a Dios sobre el Presbítero, que se ordena, la infusión del espíritu de gracia y de consejo, para que ayude y gobierne al pueblo con corazón puro 544 , como, en el desierto, fue comunicado el espíritu de Moisés a los setenta varones prudentes 545 , con cuya colaboración en el pueblo gobernó fácilmente multitudes innumerables 546 . Esta comunión, pues, en el mismo sacerdocio y ministerio, lleve a los Obispos a considerar a sus Presbíteros como hermanos y amigos 547 , y a preocuparse cordialmente, en cuanto pudieren, de su bien material y, sobre todo, espiritual. Porque sobre ellos recae principalmente la grave responsabilidad de la santidad de sus sacerdotes 548 . Tengan, por consiguiente, un cuidado exquisito en la continua formación de su Presbiterio 549 . Les escuchen con gusto, incluso les consulten y dialoguen con ellos sobre todo cuanto toca a las necesidades de la labor pastoral y al bien de la diócesis. Para que esto sea una realidad, se constituya de una manera apropiada a las circunstancias y necesidades actuales 550 , con estructura y normas que el derecho habrá de determinar, una comisión o senado 551 de sacerdotes, representantes del Presbiterio, que pueda ayudar con sus consejos, eficazmente, al Obispo en el gobierno de la diócesis.

Los Presbíteros, por su parte, al considerar la plenitud del Sacramento del Orden de que están investidos los Obispos, respeten en éstos la autoridad de Cristo, el Pastor supremo. Estén unidos sinceramente con su Obispo, mediante la caridad y la obediencia 552 . Esta obediencia sacerdotal, imbuida con espíritu de cooperación, se funda en la participación misma del ministerio episcopal que los Presbíteros reciben por el Sacramento del Orden y por la misión canónica 553 .

La unión de los Presbíteros con los Obispos es una exigencia mayor aún en nuestros tiempos porque, a causa de muchas razones, las iniciativas de apostolado no sólo revisten formas muy variadas sino que, además, necesariamente sobrepasan los límites de una parroquia o de una diócesis. Luego ningún Presbíter puede cumplir su misión aisladamente y como por sí solo: ha de unir sus fuerzas a las de los demás Presbíteros bajo la dirección de los que se hallan al frente de la Iglesia.

8. Los Presbíteros, constituidos por la Ordenación en el Orden del presbiterado, están todos unidos entre sí por una íntima fraternidad sacramental; pero de modo especial, en la diócesis a la que están adscritos, bajo el Obispo forman un solo Presbiterio. Aunque destinados a servicios distintos, sin embargo, cumplen tan sólo un único ministerio sacerdotal en beneficio de los hombres. Porque todos los Presbíteros son enviados a una misma obra, tanto los que ejercen un ministerio parroquial o supraparroquial como los dedicados a la investigación o enseñanza científicas o los que, con aprobación de la Autoridad competente, cumplen un trabajo manual conviviendo con los obreros mismos, o los que, por fin, llevan a cabo otras obras de apostolado o a éste destinadas. En realidad todos se dirigen al mismo fin, esto es, a la edificación del Cuerpo de Cristo, que, sobre todo en nuestros tiempos, exige múltiples oficios y nuevas adaptaciones. De ahí la suma necesidad de que todos los Presbíteros, así los diocesanos como los religiosos, se ayuden mutuamente para ser siempre cooperadores de la verdad 554 . Porque cada uno está unido a los demás miembros de este Presbiterio mediante los especiales lazos de la caridad apostólica, del ministerio y de la fraternidad; lo cual ya desde los más antiguos tiempos se expresa en la liturgia cuando, en la ordenación, junto con el Obispo que ordena, son invitados los Presbíteros asistentes a que impongan sus manos sobre el nuevo elegido, y cuando concelebran la Sagrada Eucaristía unidos cordialmente. Cada uno de los Presbíteros está ligado, pues, con sus hermanos por el vínculo de la caridad, de la oración y de la total cooperación; y así se manifiesta la unidad con que Cristo quiso que los suyos fueran una sola cosa, para que conozca el mundo que el Hijo ha sido enviado por el Padre 555 .

Por lo cual los de edad avanzada reciban a los jóvenes como verdaderos hermanos, ayúdenles en sus primeros esfuerzos y en las cargas de su ministerio, esfuércense en comprender su mentalidad, aunque difiera de la propia, y miren con benevolencia sus iniciativas. Los jóvenes, a su vez, respeten la edad y la experiencia de los mayores, les pidan consejo sobre los problemas pastorales y colaboren con alegría en el trabajo.

Guiados por este espíritu fraterno, los Presbíteros no olviden la hospitalidad 556 , practiquen la beneficencia y la comunicación de los bienes 557 y, sobre todo, se preocupen de los que están enfermos, desalentados, demasiado recargados de trabajos, solitarios, desterrados de la patria y de los que padecen persecución 558 . Se reúnan también, con la alegría de descansar, pensando en las palabras del Señor, cuando invitaba, a los Apóstoles cansados: Venid, retirémonos a un lugar desierto y descansad un poco (Marc. 6, 31). Además, para el mejor desarrollo de su vida espiritual e intelectual, mediante la mutua ayuda, y para cooperar mejor en el ministerio y librarse de los peligros que la soledad lleva consigo frecuentemente, los Presbíteros vivan en una especie de vida común o alguna singular convivencia, que puede revestir formas las más variadas, conforme a las diversas necesidades personales o pastorales; por ejemplo, vida en común donde sea posible, o la mesa común, o, por lo menos, reuniones frecuentes y periódicas. También son muy de estimar y favorecer diligentemente las asociaciones que, con estatutos reconocidos por la competente autoridad eclesiástica, mediante un ordenamiento apto y convenientemente aprobado de la vida y por la ayuda fraterna, fomentan la santidad de los sacerdotes en el ejercicio del ministerio, y así tienen como objetivo servir a todo el Orden de los Presbíteros.

Finalmente, por razón de la misma comunión en el sacerdocio, que los Presbíteros se sientan especialmente obligados hacia quienes se encuentran en alguna dificultad; que, en cada momento, sepan ayudarles como hermanos y aconsejarles discretamente, si es necesario. Distingan siempre con caridad fraterna y magnanimidad a los que fallaron en algo; supliquen por ellos con insistencia a Dios, y cuiden de ser siempre con ellos verdaderos hermanos y amigos.

9. Los Sacerdotes del Nuevo Testamento, aunque por razón del Sacramento del Orden ejercen la función de padre y maestro, importantísima y necesaria en el Pueblo y para el Pueblo de Dios, sin embargo son, juntamente con todos los fieles cristianos, discípulos del Señor, hechos participantes de su Reino por la gracia de Dios que les ha llamado 559 . Con todos los regenerados en las aguas del bautismo los Presbíteros son hermanos entre sus hermanos 560 , puesto que son miembros de un solo y mismo Cuerpo de Cristo, cuya edificación a todos se ha confiado 561 .

Los Presbíteros, pues, deben presidir, no buscando sus intereses, sino los de Jesucristo 562 : trabajen junto con los fieles seglares y se porten entre ellos según el ejemplo del Maestro, que entre los hombres no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos (Mat. 20, 28). Los Presbíteros reconozcan y promuevan sinceramente la dignidad de los seglares y la función propia, que les corresponde en la misión de la Iglesia. Respeten asimismo con cuidado la justa libertad que a todos corresponde en la ciudad terrenal. Escuchen, de buen grado, a los seglares: consideren fraternalmente sus deseos y acepten su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para así poder comprender, juntamente con ellos, las señales de los tiempos. Examinando los espíritus para ver si son de Dios 563 , descubran con el sentido de la fe los multiformes carismas de los seglares, desde los más humildes a los más elevados; reconociéndolos con alegría y fomentándolos con diligencia. Entre estos dones de Dios, que se hallan abundantes en los fieles, merecen especial cuidado aquellos que a no pocos atraen a una vida espiritual más elevada. Tengan también bastante confianza en los seglares, para encomendarles trabajos en servicio de la Iglesia; les dejen libertad y posibilidad de acción e incluso les inviten oportunamente a que emprendan obras por su propia iniciativa 564 .

Finalmente, los Presbíteros están colocados en medio de los seglares para conducirlos a todos a la unidad de la caridad: amándose unos a otros con amor fraternal, honrándose a porfía mutuamente (Rom. 12, 10). A ellos, por lo tanto, les toca el aunar las diversas mentalidades de modo que nadie, en la comunidad de los fieles, se sienta extraño. Defiendan el bien común, en nombre del Obispo, y al propio tiempo sean valientes defensores de la verdad, no sea que los fieles se vean arrastrados por cualquier viento de doctrina 565 . Muy especial debe ser su cuidado con los que se han alejado de los Sacramentos y hasta tal vez de la fe: como buenos pastores, nunca dejen de ir en su busca.

Atendiendo a las normas del ecumenismo 566 , no se olviden de los hermanos que no disfrutan de una plena comunión eclesiástica con nosotros.

Tengan, por fin, por encomendados a sus cuidados a todos los que no conocen a Cristo como Salvador suyo.

Los cristianos, por su parte, sean conscientes de sus deberes hacia sus Presbíteros: por ello han de profesarles un amor filial, como a padres y pastores suyos; y al mismo tiempo, compartiendo sus desvelos, ayuden a sus Presbíteros todo cuanto puedan con su oración y su trabajo, para que puedan superar mejor sus dificultades y cumplir con más provecho sus funciones 567 .

III. Distribución de los Presbíteros. Vocaciones sacerdotales

10. El don espiritual que recibieron los Presbíteros en la Ordenación no les dispone para una misión limitada y restringida, sino para una misión amplísima y universal de salvación hasta los extremos de la tierra (Act. 1, 8), porque todo ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles. Porque el Sacerdocio de Cristo, de cuya plenitud participan verdaderamente los Presbíteros, se dirige por necesidad a todos los pueblos y a todos los tiempos, y no se reduce por límites de sangre, de nación o de edad, como ya se significa de una manera misteriosa en la figura de Melquisedec 568 . Piensen, por lo tanto, los Presbíteros que les debe preocupar la solicitud por todas las Iglesias. Y así los Presbíteros de las diócesis más ricas en vocaciones han de mostrarse gustosamente dispuestos a ejercer su ministerio, con beneplácito o ruego del propio Ordinario, en las regiones, misiones u obras que sufren por la escasez de clero.

Se revisen, además, las normas sobre la incardinación y excardinación de modo que, subsistiendo firme esta antigua disposición, ella responda mejor a las necesidades pastorales de hoy. Y donde lo exijan las condiciones del apostolado, se faciliten no sólo una mejor distribución de los Presbíteros, sino también las obras pastorales peculiares, según los diversos grupos sociales, que se han de llevar a cabo en alguna región o nación, o en cualquier lugar de la tierra. Para ello, pues, pueden constituirse útilmente algunos Seminarios internacionales, diócesis peculiares o prelaturas personales y otras instituciones por el estilo, a las que puedan destinarse o incardinarse los Presbíteros para el bien común de toda la Iglesia, según modalidades que se habrán de determinar en cada caso, quedando siempre a salvo los derechos de los Ordinarios del lugar.

Mas, en cuanto sea posible, cuidese de no enviar aislados los Presbíteros a una región nueva, sobre todo si aún no conocen bien la lengua y las costumbres; sean enviados de dos en dos, o de tres en tres, conforme al ejemplo de los discípulos de Cristo 569 , para que puedan ayudarse mutuamente. Necesario es también atender con solicitud a su vida espiritual, como también a su salud mental y corporal; y en cuanto sea posible, se les preparen lugares y condiciones de trabajo que estén de acuerdo con las condiciones peculiares de cada uno. También es muy conveniente que, cuando algunos se dirigen a una nueva nación, procuren conocer bien no sólo la lengua del país, sino también todos los caracteres psicológicos y sociales propios de aquel pueblo al que desean servir humildemente, identificándose con él cuanto mejor puedan, de forma que imiten el ejemplo de Pablo, el Apóstol que pudo decir de sí mismo: Pues, siendo del todo libre, me hice siervo de todos, para ganarlos a todos. Y me hago Judío con los Judíos, para ganar a los Judíos (1 Cor. 9, 19-20).

11. El Pastor y Obispo de nuestras almas 570 constituyó su Iglesia de forma que el Pueblo que eligió y adquirió con su sangre 571 debía tener sus sacerdotes siempre, y hasta el fin del mundo, para que los cristianos nunca fueran como ovejas sin pastor 572 . Conociendo los Apóstoles este deseo de Cristo pensaron que era obligación suya, según les sugería el Espíritu Santo, elegir ministros capaces de enseñar también a otros (2 Tim. 2, 2). Oficio que entra, ciertamente, en la misión sacerdotal misma, por la cual el Presbítero participa en verdad de la solicitud de toda la Iglesia, para que nunca falten operarios en el Pueblo de Dios, aquí en la tierra. Pero puesto que el piloto de la nave y los pasajeros del navío tienen una misma causa 573 , enséñese a todo el Pueblo cristiano la obligación que tiene de cooperar en diversas maneras, por la oración perseverante y por otros medios a su alcance 574 , a que la Iglesia siempre tenga los sacerdotes necesarios para cumplir su misión divina. Ante todo, los Presbíteros cuiden bien de hacer que los fieles, por la predicación y por el propio testimonio de su vida, manifestación clara del espíritu de servicio y del verdadero gozo pascual, comprendan la importancia y la necesidad del sacerdocio; y, a los que prudentemente juzgaren idóneos para tan gran ministerio, sean jóvenes o adultos, les deben ayudar, sin temer preocupaciones ni molestias, para que, preparados convenientemente, puedan ser llamados algún día por el Obispo, salva su libertad interna y externa. Para lograr este fin, sera de la máxima utilidad una diligente y prudente dirección espiritual. Así los padres y los maestros, como todos a quienes atañe de cualquier manera la formación de los niños y de los jóvenes, los eduquen de forma que, conociendo la solicitud del Señor por su rebaño y considerando las necesidades de la Iglesia, se hallen preparados para responder generosamente con el profeta al Señor, si los llama: Heme aquí, envíame (Is. 6, 8). Mas nunca se espere que esta voz del Señor, que llama, haya de llegar a los oídos del futuro presbítero en una forma extraordinaria. Más bien ha de ser percibida y juzgada por las señales con que a diario conocen la voluntad de Dios los cristianos prudentes; señales, que los Presbíteros deben considerar con mucha atención 575 .

A ellos, pues, se encomienda encarecidamente las Obras de las Vocaciones, tantos las diocesanas como las nacionales 576 . Necesario es que en la predicación, en la catequesis, en las revistas, sean dadas a conocer con toda claridad las necesidades de la Iglesia, tanto local como universal; se pongan en claro relieve el sentido y la excelencia del ministerio sacerdotal, puesto que en él con los deberes tan grandes se juntan también tan grandes goces; y en el que, sobre todo, como enseñan los Padres, puede darse a Cristo el máximo testimonio de amor 577 .

CAPITULO III
VIDA DE LOS PRESBITEROS

I. Vocación de los Presbíteros a la perfección

12. Por el Sacramento del Orden los Presbíteros se configuran a Cristo Sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del Orden episcopal. Cierto que ya en la consagración del bautismo, como todos los fieles cristianos, recibieron la señal y el don de tan gran vocación y gracia que les capacita y obliga, aun dentro de la debilidad humana 578 , a seguir la perfección, según la palabra del Señor: Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial (Mat. 5, 48). Pero los sacerdotes están obligados especialmente a adquirir esta perfección, porque, consagrados de una forma totalmente nueva a Dios por la recepción del Orden, quedan constituidos en instrumentos vivos de Cristo, Sacerdote Eterno, para poder proseguir, a lo largo de los tiempos, su obra admirable, que ha restaurado, con divina eficacia, a todo el género humano 579 . Y puesto que todo sacerdote representa, a su modo, la persona del mismo Cristo, se enriquece también con la gracia singular de que, sirviendo al mismo tiempo a la plebe a él encomendada y a todo el Pueblo de Dios, pueda conseguir más aptamente la perfección de Aquel, cuya función representa, y de que la debilidad del hombre carnal quede sanada por la santidad de Aquel que se hizo para nosotros Pontífice santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores (Hebr. 7, 26).

Cristo, a quien el Padre santificó o consagró y envió al mundo 580 , se entregó por nosotros para rescatarnos de toda iniquidad y adquirirse un pueblo propio y aceptable, seguidor de obras buenas ( Tit. 2, 14), y así, por su pasión entró en su gloria 581 . Así, también los Presbíteros, consagrados por la unción del Espíritu Santo y enviados por Cristo, mortifican en sí mismos las tendencias de la carne y se entregan totalmente al servicio de los hombres; en esta santidad, con que han sido enriquecidos en Cristo, pueden caminar al Hombre perfecto 582 .

Y así es como, al ejercitarse en el ministerio del Espíritu y de la justicia 583 , se fortalecen en la vida espiritual, se mantienen dócies al Espíritu de Cristo, que los vivifica y conduce. Lo que les encamina hacia la perfección de la vida son las mismas acciones sagradas que cada día realizan, y todo su ministerio, que ejercen en comunión con el Obispo y con los Presbíteros. Además de que la santidad misma de los Presbíteros contribuye en gran parte al cumplimiento fructuoso del propio ministerio: porque, si bien la gracia de Dios puede realizar la obra de la salvación aun a través de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere, ordinariamente, manifestar sus maravillas por medio de quienes, haciéndose más dóciles al impulso y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y por su santidad de vida, pueden decir con el Apóstol: Mas ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal. 2, 20).

Por todo ello este Sacrosanto Concilio, para conseguir sus propósitos pastorales de renovación interna de la Iglesia, de difusión del Evangelio en todo el mundo y de diálogo con el mundo actual, vivamente exhorta a todos los sacerdotes a que, empleando los medios oportunos recomendados por la Iglesia 584 , pongan su empeño en dirigirse siempre hacia una mayor santidad, mediante la cual de día en día se conviertan en instrumentos más aptos para el servicio de todo el Pueblo de Dios.

13. Los Presbíteros conseguirán la santidad propia de su dignidad ejerciendo con recta intención y sin descanso, en el Espíritu de Cristo, sus funciones.

Por ser ministros de la Palabra de Dios, leen y escuchan diariamente la palabra divina que deben enseñar a otros; y, si al mismo tiempo se cuidan de recibirla en sí mismos, se harán discípulos del Señor cada vez más perfectos, según las palabras de Pablo, el Apóstol, a Timoteo: Esta sea tu ocupación, éste tu estudio; de manera que tu aprovechamiento sea a todos manifiesto. Vela sobre ti, atiende a la enseñanza; insiste en ella. Haciéndolo así, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan (1 Tim. 4, 15-16). Porque, al pensar cómo explicar mejor lo que ellos han meditado 585 , gustarán más profundamente las insondables riquezas de Cristo (Eph. 3, 8) y la multiforme sabiduría de Dios 586 . Al tener presente que el Señor es el que abre los corazones 587 y que la excelencia no procede de ellos mismos, sino del poder de Dios 588 , en la acción misma de predicar la palabra se unirán más íntimamente con Cristo Maestro y serán guiados por su Espíritu. Y así, comunicando con Cristo, participan de la caridad de Dios, cuyo misterio, oculto desde siglos 589 , ha sido revelado en Cristo.

Ministros de las cosas sagradas, sobre todo en el Sacrificio de la Misa, los Presbíteros representan de modo especial la persona de Cristo, que se entregó a sí mismo como víctima para santificar a los hombres; y por ello son invitados a imitar lo que tratan; y, puesto que celebran el misterio de la muerte del Señor, procuren mortificar sus miembros de vicios y concupiscencias 590 . En el misterio del Sacrificio Eucarístico, en el que los Sacerdotes ejercen su función principal, se realiza continuamente la obra de nuestra redención y, por lo tanto, vivamente se les recomienda su celebración diaria, la cual, aunque no haya asistencia de los fieles, es un acto de Cristo y de la Iglesia 591 . Así, mientras los Presbíteros se unen con el acto de Cristo Sacerdote, todos los días se ofrecen enteramente a Dios, y, al nutrirse con el Cuerpo de Cristo, participan cordialmente de la caridad de Quien se da como alimento a los fieles 592 . De igual forma se unen con la intención y con la caridad de Cristo en la administración de los Sacramentos; lo cual realizan de modo especial cuando se muestran, plenamente y siempre, dispuestos, a ejercer el ministerio del Sacramento de la Penitencia, cada vez que los fieles razonablemente los solicitan. En el rezo del Oficio Divino prestan su voz a la Iglesia, que persevera en la oración, en nombre de todo el género humano, juntamente con Cristo, que vive siempre para interceder por nosotros (Hebr. 7, 25).

Como guías y pastores del Pueblo de Dios son incitados por la caridad del Buen Pastor a entregar su vida por sus ovejas 593 , preparados aun para el sacrificio supremo, siguiendo el ejemplo de los sacerdotes que, incluso en nuestros días, no rehusaron entregar su vida; siendo educadores en la fe, y teniendo ellos mismos firme confianza de entrar en el santuario en virtud de la sangre de Cristo (Hebr. 10, 19), se acercan a Dios con sincero corazón en la plenitud de la fe (Hebr. 10, 22); robustecen la esperanza firme para sus fieles 594 , para poder consolar a los que se hallan atribulados, con el mismo consuelo con que Dios les consuela a ellos mismos 595 ; como rectores de la comunidad, cultivan la ascesis propia del pastor de almas, renunciando a toda comodidad propia, no buscando su conveniencia, sino la de muchos, para que se salven 596 , progresando cada vez más hacia el cumplimiento más perfecto de la labor pastoral; y, cuando es necesario, estén dispuestos a emprender nuevos caminos pastorales, guiados por el Espíritu del amor, que sopla donde quiere 597 .

14. Siendo en el mundo moderno tantas las ocupaciones a que se han de dedicar los hombres y tanta la diversidad de los problemas que los angustian y que muchas veces tienen que resolver precipitadamente, no es raro que se vean en peligro de disiparse entre cosas tan variadas. Y los Presbíteros, implicados y distraídos en las muchas ocupaciones de su ministerio, no pueden pensar sin angustia cómo ajustar la unidad entre su vida interior y el carácter de la acción exterior. Unidad de la vida, que no pueden conseguir ni la mera ordenación externa de las obras del ministerio ni la sola práctica de los ejercicios de piedad, aunque ayuden mucho a lograrla. Mas ciertamente la pueden alcanzar los Presbíteros en el cumplimiento de su ministerio, si imitan el ejemplo de Cristo Señor, cuyo alimento era hacer la voluntad de Aquel que Le envió para realizar totalmente su obra 598 .

En realidad, Cristo, para cumplir incesantemente la misma voluntad del Padre en el mundo por medio de la Iglesia, opera por medio de sus ministros, y por ello continúa siendo siempre principio y fuente de la unidad de su vida. Y, por consiguiente, los Presbíteros alcanzarán la unidad de su propia vida uniéndose a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre y en la entrega de sí mismos por la grey que se les ha confiado 599 . Así, desempeñando ellos el oficio del Buen Pastor, en el ejercicio de la caridad pastoral encontrarán el lazo de la perfección sacerdotal que unifica su vida y actividad. Pero como esta caridad pastoral 600 mana, ante todo, del Sacrificio Eucarístico, puesto que éste es el centro y la raíz de toda la vida del Presbítero, de modo que el alma sacerdotal se esfuerce por reproducir en sí misma lo que en el altar del sacrificio se realiza. Posible es todo esto tan sólo cuando los sacerdotes, por la oración, penetran cada vez con mayor profundidad en el misterio de Cristo.

Para que también puedan realizar concretamente la unidad de su vida, consideren seriamente todas sus iniciativas para discernir la voluntad de Dios 601 , es decir, hasta qué punto dichas actividades se identifican con las normas de la misión evangélica de la Iglesia. Porque la fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Y así la caridad pastoral exige que los Presbíteros, si no quieren correr en vano 602 , realicen su trabajo siempre en comunión con los Obispos y los demás hermanos en el sacerdocio. Y éste será, para los sacerdotes, el medio de encontrar en la unidad misma de la misión de la Iglesia la unidad de su propia vida. Así se unirán a su Señor y, por medio de El, al Padre en el Espíritu Santo, y así se encontrarán llenos de consuelo y superabundantes en gozo 603 .

II. Peculiares exigencias de la vida del Presbítero

15. Entre las virtudes más indispensables para el ministerio sacerdotal se halla aquella disposición interior que les hace buscar no su propia voluntad sino la voluntad de Aquel que los ha enviado 604 . Porque la obra divina, a la que los Presbíteros están llamados por el Espíritu Santo 605 , sobrepasa las fuerzas todas y la sabiduría del hombre: Dios ha elegido la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes (1 Cor. 1, 27). Siendo, pues, el ministro de Cristo consciente de su debilidad, trabaja con humildad, discerniendo lo que agrada al Señor 606 ; y, como encadenado por el Espíritu 607 , se deja conducir en todo por la voluntad de Aquel que quiere que todos los hombres se salven. Sabe descubrir esta voluntad y unirse a ella a lo largo de su vida cotidiana, porque con humildad está al servicio de todos los que por Dios le han sido confiados en razón del ministerio que ha recibido y de los múltiples acontecimientos de su existencia.

Mas, siendo el ministerio sacerdotal el ministerio de la Iglesia misma, no puede cumplirse sino en comunión jerárquica con todo el Cuerpo. La caridad pastoral, pues, incita a los Presbíteros, en nombre de esta comunión, a que consagren su voluntad propia por la obediencia al servicio de Dios y de sus hermanos, acogiendo con espíritu de fe y cumpliendo las órdenes y consejos del Papa, de su Obispo y demás superiores, gastándose y desgastándose 608 , de buen grado, en cualquier servicio, aun el más humilde y pobre, a ellos confiado. Así mantienen y refuerzan la indispensable unidad con sus hermanos en el ministerio y de modo especial con los que el Señor ha establecido como retores visibles de su Iglesia; y así trabajan en la edificación del Cuerpo de Cristo, que va creciendo por toda articulación de servicio 609 . Esta obediencia que conduce a una manera de libertad, más madura, de los hijos de Dios, por sí misma exige que los Presbíteros, al cumplir su misión a la par que la caridad les mueve a buscar prudentemente vías nuevas para mayor bien de la Iglesia, propongan con confianza las iniciativas y expongan claramente las necesidades de su propia grey, dispuestos siempre a someterse al juicio de los que, en la Iglesia de Dios, ocupan el lugar primero.

Con esta humildad y con esta voluntaria y responsable obediencia, los Presbíteros se conforman a la imagen de Cristo y tienen en sí mismos los sentimientos que había en Cristo Jesús que se despojó a sí mismo, tomando la forma de siervo..., haciéndose obediente hasta la muerte (Phil. 2, 7-8), y por medio de esta obediencia ha vencido y rescatado la desobediencia de Adán, como afirma el Apóstol: Como por la desobediencia de uno solo todos fueron hechos pecadores, así por la obediencia de uno solo también la multitud será justificada (Rom. 5, 19).

16. La práctica de la continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos ha sido recomendada por Cristo Señor 610 . A lo largo de los siglos, y aún en nuestros días, muchos cristianos la aceptan con alegría y la practican mereciendo alabanza. Y es singular la alta estima en que siempre la tiene la Iglesia en la vida sacerdotal. Porque, siendo a la vez señal y estímulo de la caridad pastoral, es fuente singular de fecundidad espiritual en el mundo 611 . Verdad es que no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como bien lo muestran la práctica de la Iglesia primitiva 612 y la tradición de las Iglesias Orientales. En éstas existen sacerdotes que, movidos por la gracia, escogen guardar el celibato -así lo hacen todos los Obispos-; pero se encuentran también Presbíteros casados, muy beneméritos. Por todo ello este Sacrosanto Concilio, si recomienda el celibato, en modo alguno intenta modificar la disciplina diferente que se halla en vigor en las Iglesias Orientales, exhorta a los que, ya casados, se ordenaron Presbíteros, a que perseveren en la santa vocación y a que continúen en entrega total y generosa de su vida a la grey que se les ha confiado 613 .

Mas el celibato está en múltiple armonía con el sacerdocio. Porque la misión del sacerdote es consagrarse por completo al servicio de la nueva humanidad que Cristo, vencedor de la muerte, ha hecho nacer por su Espíritu en el mundo, y que tiene su origen no en la sangre, ni en la voluntad de la carne, ni en la voluntad del hombre, sino en Dios (Io. 1, 13). Guardando la virginidad o el celibato por el Reino de los cielos 614 , los Presbíteros se consagran a Cristo de manera nueva y privilegiada, y les resulta más fácil unirse a él sin el corazón dividido 615 , siendo más libres para consagrarse, en El y por El, al servicio de Dios y de los hombres sin encontrar obstáculos para consagrarse a su Reino y a la obra de la regeneración sobrenatural y teniendo mayor facilidad para recibir, aún más extensa, la paternidad en Cristo. Con ello profesan, ante los hombres, que quieren consagrarse, sin limitación alguna, a la misión que se les ha confiado, de desposar a los fieles con el Esposo único, presentándolos como virgen casta a Cristo 616 ; así hacen presentes las misteriosas bodas queridas por Dios, que en lo futuro se manifestarán en toda su plenitud, las de la Iglesia con su Esposo único, Cristo 617 . Finalmente, se convierten en signo viviente del mundo futuro, ya presente por la fe y la caridad, donde los hijos de la resurrección no toman mujeres ni maridos 618 .

Fundado, pues, en el misterio de Cristo y en su misión, el celibato que, al principio, tan sólo estaba recomendado a los sacerdotes, fue más tarde impuesto por ley, en la Iglesia latina, a todos los que aspiran a las Ordenes sagradas. Este Sacrosanto Concilio aprueba y confirma de nuevo tal legislación en cuanto a los llamados al Presbiterado: confiado en el Espíritu, está convencido de que el don del celibato, tan conforme al sacerdocio del Nuevo Testamento, es otorgado generosamente por el Padre, si los que aspiran, por el Sacramento del Orden, a participar en el sacerdocio de Cristo, lo piden con humildad y constancia, como también lo hace la Iglesia entera. Este Sacrosanto Concilio exhorta así mismo una vez más a los Presbíteros, que han puesto su confianza en la gracia de Dios y que con libre voluntad han aceptado el celibato, imitando a Cristo, a que, entregados a él con decisión y todo corazón, perseveren fielmente en tal estado, reconozcan el excelso don que el Padre les ha otorgado y que el Señor ensalza tan claramente 619 , y tengan muy presentes los grandes misterios que por su celibato se significan y se realizan. Verdad es que, en el mundo actual, muchos hombres declaran imposible la perfecta continencia; ello es una nueva razón para que los Presbíteros, junto con la Iglesia, soliciten, con mayor humildad y perseverancia, la gracia de la fidelidad jamás denegada a los que la solicitan. Sírvanse para ello, también, de los auxilios naturales y sobrenaturales que se otorgan a todos. Cuiden de seguir las normas, singularmente las ascéticas que, probadas por la experiencia de la Iglesia, son más necesarias aún en el mundo actual. Por lo tanto, este Sacrosanto Concilio ruega no sólo a los sacerdotes sino también a todos los fieles, que tengan en gran estima el don precioso del celibato sacerdotal, y que todos pidan a Dios se digne concederlo siempre en abundancia a su Iglesia.

17. La amistosa y fraterna convivencia de los Presbíteros, entre sí y con los demás hombres, les enseña a estimar y honrar los valores humanos, considerando las cosas creadas como dones de Dios. Viven en el mundo; mas siempre sepan, sin embargo, que no son del mundo, como ya lo avisó el Señor, nuestro Maestro 620 . Por lo tanto, usen del mundo como si no lo usaran 621 ; y así llegarán a aquella libertad por la que se verán libres de toda preocupación desordenada, haciéndose muy dóciles para escuchar la voz de Dios, que por medio de la vida ordinaria les habla sin cesar. De esta libertad y docilidad surge creciente la discreción espiritual que da a conocer la verdadera actitud frente al mundo y a los bienes terrenales. Actitud, de gran importancia para los Presbíteros, porque la misión de la Iglesia se realiza en medio del mundo; y porque los bienes creados son del todo necesarios para el provecho personal del hombre. Agradezcan, pues, al Padre celestial todo lo que él les concede para vivir una vida recta. Pero es necesario que, guiados por la fe, examinen profundamente todo cuanto les ocurra, de modo que usen de los bienes rectamente, conforme a la voluntad de Dios, rechazando todo cuanto a su misión se opusiere.

Porque los sacerdotes, puesto que el Señor es su parte y su herencia (Num. 18, 20), han de usar los bienes terrenales tan sólo para los fines a que pueden destinarse, según la enseñanza de Cristo Señor y los ordenamientos de la Iglesia.

En lo que se refiere a los bienes eclesiásticos propiamente dichos, los sacerdotes han de administrarlos conforme a su naturaleza y a las leyes de la Iglesia, con ayuda, en lo que fuere posible, de seglares competentes. Que estos bienes sean siempre empleados para aquellos fines que justifican la posesión de bienes temporales en la Iglesia, que es decir, para organizar el culto divino, asegurar al clero un nivel de vida suficiente y realizar obras de apostolado o de carida, especialmente en favor de los menesterosos 622 . Cuanto a los recursos que adquieren en el ejercicio de algún cargo eclesiástico, salvo el derecho consignado en legislaciones particulares 623 , los Presbíteros, y también los Obispos, han de aplicarlos, ante todo, a asegurarse un nivel de vida suficiente y a cumplir los deberes de su estado. Lo que quedare, cuiden bien de emplearlo en servicio de la Iglesia o en obras de caridad. Por ello, que el oficio eclesiástico no se considere como una actividad lucrativa, y que no se empleen sus rentas para acrecentar el propio patrimonio familiar 624 . Así es como los sacerdotes, lejos de tener apegado su corazón a las riquezas 625 , evitarán toda clase de ambición y se apartarán con cuidado de todo lo que pudiera tener apariencia alguna comercial.

Más aún; siéntanse invitados a abrazar la pobreza voluntaria, que pondrá más manifiesta su semejanza a Cristo y les dispondrá mejor para su ministerio sagrado. Porque Cristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, de modo que fuéramos ricos con su pobreza 626 ; y también los Apóstoles, con su ejemplo, mostraron bien que los dones que Dios concede gratuitamente se han de distribuir también gratuitamente 627 , y supieron vivir tanto en la abundancia como en la pobreza 628 . Hasta una especie de comunidad de bienes, imitando la que tan celebrada es en la historia de la primitiva Iglesia 629 , es un excelente camino para la caridad pastoral; es una manera de vivir loable que permite a los Presbíteros llevar a la práctica el espíritu de pobreza aconsejado por Cristo.

Por lo tanto, así los Presbíteros como los Obispos, coaducidos por el Espíritu del Señor, que ungió al Salvador y lo envió a evangelizar los pobres 630 : eviten, todo lo que de algún modo pudiera mover a los pobres a alejarse, evitando -más aún que los demás discípulos de Cristo- toda apariencia de vanidad. Y su morada aparezca tal, que para nadie sea inaccesible, y que ni el más humilde se retraiga de acercarse a ella.

III. Auxilios para la vida de los Presbíteros

18. Para hacer más viva su unión con Cristo en todas las circunstancias de la vida, los Presbíteros, además del consciente ejercicio de su ministerio, cuentan con un determinado número de auxilios, generales o particulares, nuevos y antiguos, porque el Espíritu Santo nunca ha dejado de suscitarlos en el Pueblo de Dios; y la Iglesia, atendiendo a la santificación de sus miembros, los recomienda y a veces hasta los impone en la práctica 631 . Lugar preeminente, entre estos auxilios espirituales, ocupan aquellos actos por los que los cristianos se alimentan con la Palabra de Dios, en la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Eucaristía 632 : todos conocen bien la importancia de esta frecuencia asidua para la santificación propia de los Presbíteros.

Como ministros de la gracia sacramental, se unen íntimamente a Cristo, Pastor y Salvador mediante la fructuosa recepción de los Sacramentos, singularmente por la frecuente confesión sacramental: preparada con el examen de conciencia cotidiano, promueve en modo singular la indispensable conversión del corazón al amor del Padre de las misericordias. Bajo la luz de la fe, alimentada con la lectura divina, pueden investigar con cuidado los signos de la voluntad de Dios y las llamadas de su gracia en los diversos acontecimientos de la vida, y hacerse así cada día más dóciles a su misión que han recibido en el Espíritu Santo. Maravilloso modelo de esta docilidad encuentran siempre en la Santísima Virgen María, puesto que ella, conducida por el Espíritu Santo, se consagró toda entera al misterio de la Redención de los hombres 633 ; a Ella, Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles, defensora de su ministerio, los Presbíteros veneran y aman con devoción y culto filial.

Para poder cumplir con fidelidad su ministerio, cuiden sumamente de mantener su coloquio todos los días con Cristo Señor en la visita y en el culto personal a la Sagrada Eucaristía; también deben practicar con amor los tiempos de retiro espiritual y tengan en gran estima una conveniente dirección espiritual. Muchos otros medios, especialmente la recomendada oración mental y los varios ejercicios de oración que ellos elijan libremente, permiten a los Presbíteros ir buscando y pedir a Dios aquel espíritu de verdadera adoración por el que, junto con el pueblo que les está confiado, se unan ellos mismos íntimamente a Cristo, Mediador del Nuevo Testamento, de tal suerte que, como hijos de adopción, puedan exclamar: Abba, Padre! (Rom. 8, 15).

19. En el sagrado rito de la Ordenación, el Obispo avisa a los Presbíteros para que den pruebas de madurez en la ciencia, de modo que su enseñanza sea una medicina espiritual para el pueblo de Dios 634 . Mas esta ciencia del ministro sagrado debe ser también sagrada: se deriva de una sagrada fuente, y tiene una finalidad, que a su vez es sagrada. Ante todo hay que beberla en la lectura y meditación de la Sagrada Escritura 635 y luego encuentra fructuosa alimentación en el estudio de los Santos Padres y Doctores, y de los demás monumentos de la Tradición. Además, a fin de responder en la forma más ajustada a las cuestiones que plantean los hombres de nuestra época, necesario es que los Presbíteros tengan un conocimiento serio de los documentos del Magisterio y, sobre todo, de los Concilios y de los Romanos Pontífices, y que consulten, además, los mejores escritores de Teología, de ciencia reconocida.

Y puesto que, en nuestros tiempos, la cultura humana e igualmente las ciencias sagradas progresan y se renuevan, cuiden los Presbíteros de perfeccionar su ciencia divina y humana en la forma mejor adaptada, e incesantemente; así se preparan, en la mejor forma, para entrar en diálogo con sus contemporáneos.

Para que el estudio y el conocimiento de los métodos de la evangelización y de apostolado se faciliten, con la mayor eficacia, a los Presbíteros, cuidese de ofrecerles los medios más convenientes: según fueren las circunstancias de cada nación, se organizarán cursos o congresos, se fundarán centros de estudios pastorales, se crearán bibliotecas y se confiará a personas competentes la conveniente dirección de los estudios. Por su parte, los Obispos, cada uno de por sí o reunidos en conjunto, deberán encontrar los medios mejores para lograr que todos sus Presbíteros, singularmente en los años que siguieren a su ordenación 636 , tengan posibilidad de asistir a algún curso en el que puedan perfeccionar sus conocimientos pastorales y teológicos, así como robustecer su vida espiritual y comunicar mutuamente con sus hermanos las experiencias de apostolado 637 . Igualmente, con estos medios u otros semejantes, se ayudará de un modo especial a los nuevos párrocos, a los que son destinados a una nueva actividad pastoral y a los que deben partir para otra diócesis o para otra nación.

Los Obispos, por fin, procuren que algunos se dediquen a un estudio más profundo de las ciencias sagradas, de modo que jamás falten idóneos maestros para formar a los clérigos, para ayudar a que otros sacerdotes y fieles, adquieran la doctrina que necesitaren y también para fomentar el sano avance de las ciencias sagradas, absolutamente indispensable en la Iglesia.

20. Los Presbíteros se consagran, en toda su vida, al servicio de Dios, a fin de cumplir la misión a ellos confiada. Luego son dignos de recibir una justa remuneración, porque el obrero es digno de su salario (Luc. 10, 7) 638 , y el Señor ha mandado que los que anuncian el Evangelio vivan del Evangelio (1 Cor. 9, 14). Por todo lo cual, cuando no exista otro medio conveniente para la justa remuneración de los Presbíteros, mediante lo necesario para asegurarles un nivel de vida suficiente y digno, son los mismos fieles los que están obligados a ello, puesto que los Presbíteros han consagrado toda su actividad al servicio de los mismos. Los Obispos tienen el deber de recordar a los cristianos esta obligación y han de cuidar -cada uno para su diócesis o, mejor sería esto, varios conjuntamente en un mismo territorio- de que se establezcan normas para asegurar, como es debido, una vida decorosa a quienes ejercen o han ejercido alguna función en servicio del Pueblo de Dios. La remuneración destinada a cada uno deberá hacerse teniendo muy en cuenta la naturaleza de la función ejercida, así como las circunstancias de tiempo y de lugar; pero que fundamentalmente sea siempre la misma para todos los que se hallan en idéntica situación; ello les suministrará medios no para proveer debidamente a la remuneración de los consagrados al servicio de los Presbíteros, sino para que puedan venir en ayuda, personalmente, de los necesitados, porque este ministerio en favor de los pobres ha sido siempre el honor de la Iglesia, ya desde sus primeros momentos. Finalmente, que esta remuneración permita a los Presbíteros el que cada año, durante un tiempo conveniente, tengan las vacaciones que necesitaren: los Obispos han de cuidar de que tal tiempo de descanso quede asegurado a los Presbíteros.

Mas la principal importancia ha de atribuirse a la función que los ministros sagrados desempeñan. Por esta razón, se debe abandonar el sistema llamado "beneficial" o, por lo menos, sea reformado de tal suerte que la parte "beneficial", esto es, el derecho a las rentas de la dote aneja a la función se considere como secundaria, mientras que en el derecho se dé la máxima importancia a la función misma eclesiástica [el oficio], debiendo entenderse, en adelante, por tal el cargo ["munus"] conferido establemente para una finalidad espiritual.

21. Nunca se ha de olvidar el ejemplo de los cristianos de la Iglesia primitiva en Jerusalén: Entre ellos, todo era común (Act. 4, 32) y a cada uno se distribuía según su necesidad (Act. 4, 35). Por lo cual es muy de desear que, por lo menos allí donde la vida material del clero dependa íntegramente, o en gran parte siquiera, de los donativos de los fieles, todos dones sean recogidos por una institución diocesana que tenga tal finalidad: habrá de ser administrada por el Obispo con ayuda de presbíteros delegados y, cuando fuere conveniente, también de seglares competentes en materias financieras. Igualmente se desea que, siempre que fuere posible, haya en cada diócesis o en cada región un fondo común, con el que los Obispos puedan satisfacer otras obligaciones con las personas que se hallan al servicio de la Iglesia y acudir también a las diferentes necesidades de la diócesis; dicho fondo debe también permitir a las diócesis más ricas acudir en auxilio de las más pobres a fin de que la abundancia de las unas alivie la indigencia de las demás 639 . Este fondo habrá de alimentarse, ante todo, con las sumas que procedieren de los donativos de los fieles, pero también podrá aumentarse con otros recursos cuya determinación corresponde al derecho.

Además, en las naciones donde todavía no esté convenientemente organizada la previsión social en favor del clero, las Conferencias Episcopales, siempre en conformidad con las leyes eclesiásticas y civiles, cuidarán de que se establezcan organismos diocesanos -si posible, federados entre sí- u organismos interdiocesanos, o bien una asociación establecida para todo el territorio, a fin de organizar, bajo la vigilancia de la Jerarquía, por una parte una previsión y asistencia médica convenientes, y por otra el debido cuidado de los Presbíteros, en caso de enfermedad, invalidez o ancianidad. Los sacerdotes, por su parte, ayuden a este organismo, una vez establecido, con espíritu de solidaridad por sus hermanos, y así tomarán parte en sus tribulaciones 640 . De esta suerte, se encontrarán libres de la preocupación sobre lo futuro, y podrán practicar mejor la pobreza con un animado espíritu evangélico y consagrarse totalmente a la salvación de las almas. Finalmente, los obligados a ellos cuiden de que los mismos institutos, de las diversas naciones, se unan de suerte que así logren mayor firmeza y alcancen más extensa dilatación.

Conclusión y exhortación

22. Este Sacrosanto Concilio, consciente de las alegrías de la vida sacerdotal, no puede ignorar, sin embargo, las dificultades que han de soportar los Presbíteros en las circunstancias actuales. Conoce también cómo se transforman la situación económica y social, y hasta las costumbres mismas; y cómo, en el juicio de los hombres, se está cambiando, la jerarquía de los valores. Por todo ello, los ministros de la Iglesia, incluso muchas veces los fieles mismos, se sienten en este mundo como ajenos a él, y con angustia buscan los medios idóneos y las palabras que les permitan comunicar con él. Porque los nuevos impedimentos que acechan a la fe, la aparente esterilidad del apostolado y la dura soledad a que se ven sometidos, todo ello fácilmente puede desanimarles por completo.

Pero Dios amó de tal manera al mundo, tal como hoy se confía al amor y al ministerio de los Presbíteros de la Iglesia, que por él dio su Hijo Unigénito 641 . Este mundo, con el peso de sus muchos pecados, pero con la riqueza de sus buenas condiciones, ofrece a la Iglesia las piedas vivas 642 , que se complementan para edificar la morada de Dios en el Espíritu 643 . Y es también el mismo Espíritu Santo el que, mientras impulsa a la Iglesia a abrirse nuevos caminos por donde llegar al mundo de este tiempo, sugiere también y alienta las convenientes acomodaciones del ministerio sacerdotal.

Piensen los Presbíteros que nunca están solos en su trabajo, puesto que les sostiene la fuerza todopoderosa de Dios; y por su fe en Cristo, que los llamó a participar de su Sacerdocio, se entreguen con toda confianza a su ministerio, sabedores de que Dios es poderoso para aumentar en ellos la caridad 644 . Recuerden también que tienen como cooperadores a sus hermanos en el sacerdocio; más aún, a todos los fieles del mundo. Porque todos los Presbíteros cooperan en que se cumpla el plan salvador de Dios, es decir, en el misterio de Cristo o sacramento oculto desde los siglos en Dios 645 , que no se realiza sino poco a poco, por la cooperación de los diversos ministerios para la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta llegar a la medida de Su edad. Mas como todo se halla escondido con Cristo en Dios 646 , sobre todo por la fe puede percibirse. Los conductores del Pueblo de Dios deben caminar en la fe, siguiendo el ejemplo de Abraham el fiel, que por la fe obedeció y salió hacia la tierra que había de recibir en herencia, pero sin saber adónde iba (Hebr. 11, 8). Y es que el dispensador de los misterios de Dios puede compararse al sembrador, del que dijo el Señor: Y ya duerma, ya vele, de noche y de día, la semilla germina y crece, sin que él sepa cómo (Marc. 4, 27).

Por lo demás, el Señor Jesús, al decir: Confiad, yo he vencido al mundo (Io. 16, 33), no por ello prometió a su Iglesia una victoria completa en este mundo. Pero se goza el Sacrosanto Concilio porque la tierra, sembrada con la semilla del Evangelio, ya fructifica ahora en muchos lugares, bajo la guía del Espíritu del Señor, que llena el orbe de la tierra y que ha suscitado en los corazones de muchos sacerdotes y fieles un espíritu verdaderamente misionero. Por todo ello con sumo afecto este Sacrosanto Concilio da las gracias a todos los Presbíteros del mundo: Y a Aquel que es poderoso en todo, y aún más de lo que pedimos y pensamos, en virtud del poder que obra en nosotros, a El sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús (Eph. 3, 20-21).


487

Conc. Vat. II, c. SC l. c., 97 ss.; c. d. LG l. c., 5 ss.; decr. CD; decr. OT.

488

Cf. Mat. 3, 16; Luc. 4, 18; Act. 4, 27; 10, 38.

489

Cf. 1 Pet. 2, 5. 9.

490

Cf. 1 Pet. 3, 15.

491

Cf. Apoc. 19, 10; Conc. Vat. II, c. d. LG n. 35, l. c., 40-41.

492

Cf. Con. Trid., s. 23 c. 1 y cn. 1 D 957, 961 (1764, 1771).

493

Cf. Io. 20, 21; Conc. Vat. II, c. d. LG n. 18, l. c., 21-22.

494

Cf. Conc. Vat. II, c. d. LG núm. 28 l. c., 33-36.

495

Cf. ibidem.

496

Pont. Rom. "De ordinatione Presbyteri", Praefatio. Estas palabras se encuentran ya en el Sacramentarium Veronense: L. C. Mohlberg, Romae, 1956, 122; en el Missale Francorum: L. C. Mohlberg, R., 1957, 9; en el Liber Sacramentorum Romanae Ecclesiae: L. C. Mohlberg, Romae 1960, 25; en el Pontificale Romano-Germanicum: Vogel-Elze, Citta del Vaticano 1963, vol. I, 34.

497

Cf. Conc. Vat. II, c. d. LG n. 10, l. c., 14-15.

498

Cf. Rom. 15, 16 gr.

499

Cf. 1 Cor. 11, 26.

500

S. Aug. De civ. Dei 10, 6 PL 41, 284.

501

Cf. 1 Cor. 15, 24.

502

Cf. Hebr. 5, 1.

503

Cf. Hebr. 2, 17; 4, 15.

504

Cf. 1 Cor. 9, 19-23 Vg.

505

Cf. Act. 13, 2.

506

"Este estudio de perfeccionamiento espiritual y moral se halla estimulado aun exteriormente por las condiciones en que la Iglesia desarrolla su vida. Ella no puede permanecer inmóvil e indiferente ante los cambios del mundo que la rodea. De mil maneras influye éste y condiciona la conducta práctica de la Iglesia. Ella, como todos saben, no está separada del mundo, sino que vive en él. Por eso los miembros de la Iglesia reciben su influjo, respiran su cultura, aceptan sus leyes, asimilan sus costumbres. Este inmanente contacto de la Iglesia con la sociedad temporal le crea una continua situación problemática, hoy laboriosísima... (...). He aquí cómo el Apóstol de las gentes educaba a los cristianos de su tiempo: No os juntéis bajo un mismo yugo con los infieles. Porque ¿qué participación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué comunión entre la luz y las tinieblas?... O ¿qué asociación del creyente con el infiel? (2 Cor. 6, 14-15). La pedagogía cristiana habrá de recordar siempre al discípulo de nuestros tiempos esta su privilegiada condición y este consiguiente deber de vivir en el mundo, pero no del mundo, según el deseo mismo de Jesús, que antes citamos, con respecto de sus discípulos: No pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal. Ellos no son del mundo, como no soy del mundo Yo (Io. 17, 15-16). Y la Iglesia hace propio este deseo. Pero esta diferencia no es apartamiento. Mejor aún, no es indiferencia, no es desprecio. Cuando la Iglesia se distingue de la humanidad, no se opone a ella, antes bien se le une". Paulus VI, e. ES l. c., 627 et 638.

507

Cf. Rom. 12, 2.

508

Cf. Io. 10, 14-16.

509

Cf. S. Polycarpus Ep. ad Philip. 6, 1: "Los presbíteros se inclinen también a la compasión, siendo misericordiosos con todos: traigan a buen camino a los que yerran, visiten a todos los enfermos, ni desprecien a la viuda, al huérfano o al pobre; sino que pensando siempre en hacer el bien ante Dios y los hombres se abstengan de toda cólera, acepción de personas, juicio injusto; manténganse alejados del amor al dinero, no crean fácilmente en la malicia de los demás, ni sean severos en sus juicios; sabiendo que todos nosotros somos deudores del pecado": F. X. Funk, Patres Apostolici 1, 273.

510

Cf. 1 Pet. 1, 23; Act. 6, 7; 12, 24; "Predicaron (los apóstoles) el Verbo de la verdad y engendraron las iglesias": S. Aug. In Ps. 44, 23 PL 36, 508.

511

Cf. Mal. 2, 7; 1 Tim. 4, 11-13; 2 Tim. 4, 5; Tit. 1, 9.

512

Cf. Marc. 16, 16.

513

Cf. 2 Cor. 11, 7. A los presbíteros, como cooperadores de los Obispos, se les ha de aplicar todo lo que de los Obispos se dice. Cf. Statuta Ecclesiae Antiqua 3: Ch. Munier, Paris 1960, 79; Decretum Gratiani C. 6, D. 88: Friedberg, 1, 307; Conc. Trid. Decr. de reform. s. 5, d. 2, n. 9: Conc. Oec. Decreta ed. Herder, Romae, 1962, 645; s. 24, Decr. de reform. c. 4, p. 739; Conc. Vat. II c. d. LG n. 25, l. c., 29-31.

514

Cf. Constitutiones Apostolorum 2, 26, 7: "(Los presbíteros) sean doctores de la ciencia divina, como nos lo mandó el Señor, al decir: Id, enseñad, etc.": F. X. Funk, Didascalia et Constitutiones Apostolorum 1, Paderborn 1905, 105. Sacramentarium Leonianum y los demás "Sacramentarios" hasta el Pontificale Romanum, Praefatio en la Ordenación del Presbítero: "Con esta tu providencia, Señor, has asociado a los Apóstoles de tu Hijo como compañeros, doctores de la fe por medio de los cuales aquellos llenaron el mundo con predicadores (o predicaciones) de una secundaria dignidad". Liber Ordinum Liturgiae Mozarabicae, Praefatio, en la Ordenación del Presbítero: "Maestro de los pueblos y rector de los súbditos, mantenga en orden la fe católica, y anuncie a todos la verdadera salvación": M. Férotin, París 1904, 55. lín. 4-6.

515

Cf. Gal. 2, 5.

516

Cf. 1 Pet. 2, 12.

517

Cr. Ritum Ordinationis Presbyteri in Ecclesia Alexandrina Iacobitarum: "... Reúne a tu pueblo en torno a la palabra que enseñas, como una madre acaricia a sus pequeñuelos": H. Denziger, Ritus Orientalium, t. 2o., Wurzburg 1863, 14.

518

Cf. Mat. 28, 19; Marc. 16, 16; Tertullianus De baptismo 14, 2: CSCH. s. lat., 1, 289, 11-13; S. Athanasius, Adv. Arianos 2, 42 PG 26, 237; AB; S. Hier. In Mat. 28, 19: PL, 226 D; "Primero enseñan a todas las gentes y, enseñadas ya las bautizan con agua. Porque no puede el cuerpo recibir el sacramento del bautismo, si antes el alma no ha recibido la verdad de la fe"; S. Th. Expos. primae Decretalis § 1: "Nuestro Salvador, al enviar a sus discípulos a predicar, les dio tres mandatos. Primero, enseñar la fe; segundo, dar los sacramentos a los que creyeran": ed. Marietti Opuscula Theologica, Taurini-Romae 1954, 1138.

519

Cf. Conc. Vat. II, c. SC n. 35, 2 l. c., 109.

520

Cf. ibid. nn. 33, 35. 48. 52, l. c., 108-109, 113, 114.

521

Cf. ibid. n. 7 p. 100-101; Pius XII, e. MC l. c., 230.

522

S. Ignatius M. Smyrn. 8, 1-2; F. X. Funk, 240; Constitutiones Apostolorum VIII, 12, 3: F. X. Funk, p. 496, VIII, 29, 2, 532.

523

Cf. Conc. Vat. II, c. d. LG n. 28, l. c., 33-36.

524

"La Eucaristía como la consumación de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos": S. Th. Sum. th. 3, 73, 3 c.; c. Sum. th. 3, 65, 3.

525

Cf. S. Thom. Sum. th. 3, 65, 3 ad 1; 79, l. c. et ad 1.

526

Cf. Eph. 5, 19-20.

527

Cf. S. Hier. Ep. 114, 2: "... Los cálices sagrados, los velos santos y todo lo demás que se relaciona con la Pasión del Señor..., por estar asociados al Cuerpo y a la Sangre del Señor, han de ser venerados con la misma reverencia que su Cuerpo y su Sangre" PL 22, 934. Cf. Conc. Vat. II, c. SC cit., nn. 122-127, l. c., 130-132.

528

"Además, durante el día, que no omitan el hacer la visita al Santísimo Sacramento, que ha de estar reservado con el máximo honor en el sitio más noble de las iglesias, conforme a las leyes litúrgicas, pues la visita es señal de gratitud, signo de amor y deber de adoración a Cristo nuestro Señor, allí presente": Paulus VI, ES l. c., 771.

529

Conc. Vat. II, c. d. LG n. 28, l. c., 771.

530

Cf. 2 Cor. 10, 8; 13, 10.

531

Cf. Gal. 1, 10.

532

Cf. 1 Cor. 4, 14.

533

Cf. Didascalia 2, 34; 2, 46, 6; 2, 47, 1; Constitutiones Apostolorum 2, 47, 1: F. X. Funk Didascalia et Constitutiones I, 116, 142, 143.

534

Cf. Gal. 4, 3; 5, 1 y 13.

535

Cf. S. Hieron., Epist. 58, 7; "¿De qué sirve adornar las paredes con piedras preciosas, mientras Cristo muere en el pobre?" PL 22, 584.

536

Cf. 1 Pet. 4, 10 ss.

537

Cf. Mat. 25, 34-35.

538

Cf. Luc. 4, 18.

539

Otras categorías pueden mencionarse: emigrantes nómadas, etc. De ellos se trata en el Decr. sobre el ministerio past. de los Obispos, 28 oct. 1965.

540

Cf. Didascalia II, 59, 1-3. "Al enseñar, manda y exhorta al pueblo que frecuente la Iglesia y que no esté nunca ausente de ella, sino que se reúna en ella, y que no angosten la iglesia, cuando se alejan de ella, y que el menor miembro hace también el cuerpo de Cristo... Siendo como sois miembros de Cristo, no os disperséis de ella, al no reuniros; porque teniendo como cabeza a Cristo presente, según su promesa y que se comunica con vosotros, no os despreciéis a vosotros mismos ni apartéis al Salvador de los miembros, ni rasguéis o disperséis su cuerpo...": F. X. Funk I, 170; Paulus VI, Alloc. iis qui ex italico clero interfuerunt Coetui XIII per hebdomadam habito Urbiveti v. "di aggionarmento" 6 sept. 1963 A. A. S. 55 (1963) 750 ss.

541

Cf. Conc. Vat. II, c. d. LG n. 28, l. c., 35.

542

Cf. la Constitutio Ecclesiastica Apostolorum XVIII: "Los presbíteros son "symmystai" y "synepímachoi" [participantes] con los Obispos [en sus misterios y en sus luchas]": Th. Schermann, Die allgemeine Kirchenordnung I, Paderborn 1914, 26; A. Harnack, T. y U., II 5, 13, n. 18.19; Pseudo-Hieron. De septem Ordinibus Ecclesiae: "en la bendición son, con los obispos, participantes de los misterios": ed. A. W. Kalff, Wurzburg 1937, 45; S. Isidorus Hispal. De ecclesiasticis officiis 2, 7: "Presiden, pues, la Iglesia de Cristo, y en la consagración del Cuerpo y de la Sangre (de Cristo) son cooperadores de los obispos, y lo mismo también en su misión de enseñar a los pueblos y en el ministerio de la predicación": PL 83, 787.

543

Cf. Didascalia 2, 28, 4: F. X. Funk, 108; Constitutiones Apostolorum 2, 28, 4; 2, 34, 3: ibid., 109. 117.

544

Const. apost. VIII, 16, 4: F. X. Funk I, 523, 1; cf. Epitome Const. Apost. VI: ibid. II, 80, 3-4; Testamentum Domini: "dale el Espíritu de gracia, de consejo y de magnanimidad, el espíritu del presbiterado... para ayudar y gobernar a tu pueblo con las obras, con miedo y corazón puro": trad. I. E. Rahmani, Moguntiae 1899, 69. Cf. también en Trad. Apost.: B. Botte, La Tradition Apostolique, Munster i. W. 1963, 20.

545

Cf. Num. 11, 16-25.

546

Pont. Rom. "De Ordin. Presbyt." Praefatio. Estas palabras ya se encuentran en el Sacramentario Leoniano, el Sacramentario Gelasiano y el Sacramentario Gregoriano. Términos semejantes se hallan en las Liturgias orientales. Cf. Trad. Apost.: "... mira a este tu siervo y concédele el espíritu de gracia y de consejo, para que ayude a los presbíteros y para que gobierne a tu plebe con corazón limpio, como miraste al pueblo de elección tuya y mandaste a Moisés que eligiera a los ancianos, a los que llenaste de espíritu que diste a tu siervo": de una antigua versión, de Verona; ed. B. Botte La Tradition Apostolique de S. Hippolyte. Essai de reconstruction, Münster i. W. 1963, 20; Const. Apost. 6: F. X. Funk, II, 20, 5-7; Testamentum Domini: trad. I. E. Rahmani, Moguntiae 1899, 69; Euchologium Serapionis XXVII: F. X. Funk Didascalia et Constitutiones II, 190, 1-7; Ritus Ordinationis in ritu Maronitarum: trad. H. Denziger, Ritus Orientalium II, Würzburg 1863, 161. Entre los padres, Theodorus Mopsuest. In 1 Tim. 3, 8: ed. Swete, II p. 119-121; Theodoretus Quaestiones in Numeros XVIII, PG 80, 369C-372 B.

547

Cf. Conc. Vat. II, c. d. LG n. 28, l. c., 35.

548

Cf. Ioannes XXIII, e. SNP l. c., 576; S. Pius X e. HA l. c., 237 ss.

549

Conc. Vat. II, decr. CD nn. 15, 16.

550

En el derecho vigente ya existe el Cabildo Catedral como "senado y consejo del obispo (C. I. C. c. 391) o, si faltare, un Cuerpo de consultores diocesanos (cf. C. I. C. c. 423-428). Sin embargo, deseable es la revisión de tales instituciones, adaptándolas mejor a las circunstancias y necesidades del tiempo presente. Como se ve, este Cuerpo de presbíteros es distinto del Consejo pastoral, del que se habla en el decr. Christus Dominus, de pastorali Episcoporum munere in Ecclesia 28 oct. 1965, n. 27, integrado también por seglares, al que le atañe tan sólo el ocuparse de todo lo que corresponde a las obras pastorales. Sobre los presbíteros como consejeros de los Obispos pueden consultarse Didascalia II, 28, 4: F. X. Funk I, 108; también Const. Apost. II, 28, 4: F. X. Funk, p. 109. S. Ignatius M., Magn. 6, 1: F. X. Funk, 194; Trall. 3, 1: F. X. Funk, 204; Orígenes Adv. Celsum 3, 30: "Los presbíteros son consejeros o boúleytai" PG 11, 957 D-960 A.

551

S. Ignatius M. Magn. 6, 1: "Os exhorto a que procuréis hacerlo todo en concordia de Dios, puesto que al Obispo que está en lugar de Dios y los presbíteros en lugar del Colegio apostólico, y junto con los diáconos, por mí tan amados, está confiado el ministerio de Jesucristo, que, antes de los siglos, estaba junto al Padre y apareció en el último tiempo": F. X. Funk, 195; Ignatius M. Trall. 3, 1: "E igualmente que todos respeten a los diáconos como a Jesucristo, e igualmente al Obispo, que es figura del Padre, mas a los presbíteros como a senado de Dios y colegio de los apóstoles; sin ellos no existe la iglesia": ibid., S. Hier. In Is. 2, 3 PL 24, 61 D: "También nosotros tenemos en la Iglesia nuestro senado, el colegio de los presbíteros".

552

Cf. Paulus VI Alloc. ad Urbis curiones et quadragenarii temporis oratores 1 mart. 1965 A. A. S. 57 (1965) 326.

553

Cf. Const. Apost. VIII 47, 39: "Los presbíteros... nada hagan sin asentimiento del Obispo: porque a él se ha confiado el pueblo de Dios, y se le pedirá cuenta de las almas de todos": F. X. Funk, 577.

554

Cf. 3 Io. 8.

555

Cf. Io. 17, 23.

556

Cf. Hebr. 13, 1-2.

557

Cf. Hebr. 13, 16.

558

Cf. Mat. 5, 10.

559

1 Thes. 2, 12; Col. 1, 13.

560

Cf. Mat. 23, 8: "Hace falta hacernos hermanos de los hombres en el mismo hecho con el que queremos ser sus pastores, padres y maestros": Paulus VI, e. ES cit., l. c., 647.

561

Cf. Eph. 4, 7 y 16; Const. Apost. 8, 1, 20: "Que ni el Obispo se crea por encima de los diáconos y presbíteros, ni los presbíteros por encima del pueblo; porque el conjunto del pueblo resulta de la unión de unos y otros": F. X. Funk, 1, 467.

562

Cf. Phil. 2, 21.

563

Cf. 1 Io. 4, 1.

564

Cf. Conc. Vat. II, c. d. LG n. 37, l. c., 42-43.

565

Cf. Eph. 4, 14.

566

Cf. Conc. Vat. II, decr. UR l. c., 90 ss.

567

Cf. Conc. Vat. II, c. d. LG n. 37, l. c., 42-43.

568

Cf. Hebr. 7, 3.

569

Cf. Luc. 10, 1.

570

Cf. 1 Pet. 2, 25.

571

Cf. Act. 20, 28.

572

Cf. Mat. 9, 36.

573

Cf. Pont. Rom. "De ordinatione Presbyteri".

574

Cf. Conc. Vat. II, decr. OT n. 2.

575

"La voz de Dios, en su llamamiento, se expresa en dos modos distintos, maravillosos y convergentes: uno interior, el de la gracia, el del Espíritu Santo, el de la atracción interior que la "silenciosa voz" potente del Señor ejerce en la insondable profundidad del alma humana; y otro exterior, humano, sensible, social, jurídico, concreto, que es el del ministro cualificado de la Palabra de Dios, el del Apóstol, el de la Jerarquía, instrumento indispensable, instituido por Cristo y por El querido como vehículo encargado de traducir en lenguaje sensible el mensaje del Verbo y del mandato divino. Así lo enseña, con San Pablo, la doctrina católica: ¿Cómo oirán sin nadie que les predique?... La fe viene de lo escuchado (Rom. 10, 14. 17)". Paulus VI Allocutio hab. d. 5 mai. 1965: Oss. Rom. 6 maggio 1965. p. 1 [Insegnamenti... 3 (1965) 928.

576

Cf. Conc. Vat. II, decr. OT n. 2.

577

Así lo enseñan los Padres cuando explican las palabras de Cristo: "Amas me?... Pasce oves meas" (Io. 21, 17): así S. Ioannes Chrysost. De sacerdotio 2, 1, 2 PG 47-48, 633; S. Gregorius M. Reg. Past. Liber, 1a., 5 PL 77, 19 A.

578

Cf. 2 Cor. 12, 9.

579

Cf. Pius XI, e. CS l. c., 10.

580

Cf. Io. 10, 36.

581

Cf. Luc. 24, 26.

582

Cf. Eph. 4, 13.

583

Cf. 2 Cor. 3, 8-9.

584

Cf. entre otros: S. Pius X, exh. HA l. c., 237 ss.; Pius XI, e. CS l. c., 5 ss.; Pius XII, exh. MN l. c., 657 ss.; Ioannes XXIII, e. SN l. c., 545 ss.

585

Cf. S. Th. Sum. th. 2. 2, 188, 7.

586

Cf. Eph. 3, 9-10.

587

Cf. Act. 16, 14.

588

Cf. 2 Cor. 4, 7.

589

Cf. Eph. 3, 9.

590

Cf. Pont. Rom. "De ordinatione Presbyteri".

591

Missale Rom. Oratio supra oblata domin. IX p. Pentec.

592

"Porque toda Misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia; la cual, en el sacrificio que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz. Pues cada Misa que se celebra se ofrece no sólo por la salvación de algunos, sino por la salvación de todo el mundo (...). Por lo tanto, con paternal insistencia, recomendamos a los sacerdotes -que de modo particular constituyen nuestro gozo y nuestra corona en el Señor- que... celebren cada día la misa digna y devotamente": Paulus VI, e. M F cit., l. c., 761-762. Cf. Conc. Vat. II, c. SC cit., nn. 26. 27, l. c., 107.

593

Cf. Io. 10, 11.

594

Cf. 2 Cor. 1, 7.

595

Cf. 2 Cor. 1, 4.

596

Cf. 1 Cor. 10, 33.

597

Cf. Io. 3, 8.

598

Cf. Io. 4, 34.

599

Cf. 1 Io. 3, 16.

600

"Apacentar la grey del Señor es una función de amor". S. Aug. Tract. in Io. 123, 5 PL 35, 1967.

601

Cf. Rom. 12, 2.

602

Cf. Gal. 2, 2.

603

Cf. 2 Cor. 7, 4.

604

Cf. Io. 4, 34; 5, 30; 6, 38.

605

Cf. Act. 13, 2.

606

Cf. Eph. 5, 10.

607

Cf. Act. 20, 22.

608

Cf. 2 Cor. 12, 15.

609

Cf. Eph. 4, 11-16.

610

Cf. Mat. 19, 12.

611

Cf. Conc. Vat. II c. d. LG n. 42, l. c., 47-49.

612

Cf. 1 Tim. 3, 2-5; Tit. 1, 6.

613

Cf. Pio XI, e. CS l. c., 28.

614

Cf. Mat. 19, 12.

615

Cf. 1 Cor. 7, 32-34.

616

Cf. 2 Cor. 11, 2.

617

Conc. Vat. II c. d. LG nn. 42 y 44, l. c., 47-49 y 50-51; decr. PC n. 12.

618

Cf. Luc. 20, 35-36; Pius XI, e. cit. CS l. c., 24-28; Pius XII, e. SV l. c., 169-172.

619

Cf. Mat. 19, 11.

620

Cf. Io. 17, 14-16.

621

Cf. 1 Cor. 7, 31.

622

Cf. Conc. Antioch. cn. 25: Mansi 2, 1327-1328 Decr. Gratiani c. 23, C12, q. 1: Friedberg 1, 684-685.

623

Aplícase esto, sobre todo, a los derechos y costumbres vigentes en las Iglesias Orientales.

624

Conc. Paris. (a. 829) c. 15: M. G. H. sec. 3 Concilia 2, 622; Conc. Trid. s. 25 de ref. c. 1: Conc. Oec. Decreta, Herder, Romae 1962, 760-761.

625

Cf. Ps. 62, 11 Vg. 61.

626

Cf. 2 Cor. 8, 9.

627

Cf. Act. 8, 18-25.

628

Cf. Phil. 4, 12.

629

Cf. Act. 2, 42-47.

630

Cf. Luc. 4, 18.

631

Cf. C. I. C. cn. 125 ss.

632

Cf. Conc. Vat. II, decr. PC n. 7; c. dogm. DV n. 21.

633

Conc. Vat. II, c. d. LG n. 65 l. c., 64-65.

634

Pont. Rom. "De Ordinatione Presbyteri".

635

Cf. Conc. Vat. II, c. d. DV n. 25.

636

Este curso no es el curso pastoral, que debe celebrarse inmediatamente después de la ordenación, según el decr. OT n. 22.

637

Cf. Conc. Vat. II, decr. CD n. 17.

638

Cf. Mat. 10, 10; 1 Cor. 9, 7; 1 Tim. 5, 18.

639

Cf. 2 Cor. 8, 14.

640

Cf. Phil. 4, 14.

641

Cf. Io. 3, 16.

642

Cf. 1 Pet. 2, 5.

643

Cf. Eph. 2, 22.

644

Cf. Pont. Rom. "De Ordinatione Presbyteri".

645

Cf. Eph. 3, 9.

646

Cf. Col. 3, 3.
Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico