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Christus Dominus

Decreto sobre los deberes pastorales de los obispos.

Roma, 28 de octubre de 1965

Cristo Señor, Hijo de Dios vivo, que vino a salvar del pecado a su pueblo 449 , y a santificar a todos los hombres, como El fue enviado por el Padre, así también envió a sus Apóstoles 450 , a quienes santificó, comunicándoles el Espíritu Santo para que ellos, a su vez, glorificaran al Padre sobre la tierra y salvaran a los hombres, para la edificación del Cuerpo de Cristo (Eph. 4, 12), que es la Iglesia.

2. En esta Iglesia de Cristo, el Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, a quien Cristo confió el apacentar sus ovejas y sus corderos, por institución divina goza de potestad suprema, plena, inmediata y universal para el cuidado de las almas. El, por lo tanto, al ser enviado como pastor de todos los fieles para procurar el bien común de la Iglesia universal, y el de todas las Iglesias particulares, tiene la suprema potestad ordinaria sobre todas las Iglesias.

También los Obispos puestos por el Espíritu Santo, ocupan el lugar de los Apóstoles como pastores de las almas 451 , y juntamente con el Sumo Pontífice, y bajo su autoridad, son enviados a perpetuar la obra de Cristo, Pastor eterno 452 . Ahora bien, Cristo dio a los Apóstoles y a sus sucesores el mandato y el poder de enseñar a todas las gentes, santificar a los hombres en la verdad y apacentarlos. Los Obispos, pues, han sido constituidos por el Espíritu Santo, que se les ha dado, como verdaderos y auténticos Maestros de la fe, Pontífices y Pastores 453 .

3. Los Obispos, participantes en la preocupación de todas las Iglesias, desarrollan, en unión y bajo la autoridad del Sumo Pontífice, su oficio episcopal, recibido por la consagración episcopal 454 , en lo que se refiere al magisterio y régimen pastoral, unidos todos en un Colegio o cuerpo con respecto a la Iglesia universal de Dios.

Individualmente lo ejercen en la parte de la grey del Señor, que se les ha confiado, teniendo cada uno el cuidado de la Iglesia particular que presiden. En algunas ocasiones proveen, reunidos, a ciertas necesidades comunes a algunas Iglesias.

Por ello el Sacrosanto Concilio, considerando las condiciones de la sociedad humana, que en nuestros tiempos se encamina hacia un orden nuevo 455 , intentando determinar más concretamente el ministerio pastoral de los Obispos, da las siguientes disposiciones.

CAPITULO I
LOS OBISPOS Y LA IGLESIA UNIVERSAL

I. Los Obispos, en relación con la Iglesia universal

4. Los Obispos, por su consagración sacramental y por la comunión jerárquica con la Cabeza y miembros del Colegio, quedan constituidos miembros del Cuerpo episcopal 456 . "Mas el Orden de los Obispos -que en el magisterio y en el régimen pastoral sucede al Colegio apostólico, del que no es sino continuación-, junto con su Cabeza, el Pontífice Romano, y nunca sin esta Cabeza, es también sujeto de la suprema y plena potestad sobre toda la Iglesia, aunque no puede ejercitarse tal potestad sino con el consentimiento del Romano Pontífice" 457 . Este poder "se ejerce de un modo solemne en el Concilio Ecuménico" 458 . Por lo tanto, determina el Sacrosanto Concilio que todos los Obispos, que sean miembros del Colegio episcopal, tienen derecho a asistir al Concilio "Ecuménico".

"La misma potestad colegial pueden juntamente con el Papa ejercerla los Obispos dispersos por el mundo, si la Cabeza del Colegio los llama a una acción colegial, o por lo menos aprueba o acepta libremente la acción unida de los Obispos dispersos, de modo que resulte un verdadero acto colegial" 459 .

5. Los Obispos elegidos de entre las diversas regiones del mundo, en la forma y disposición que el Romano Pontífice ha establecido o tenga a bien establecer en lo sucesivo, prestan al Supremo Pastor de la Iglesia una ayuda más eficaz en el Consejo, que se designa con el nombre de Sínodo de los Obispos, 460 , el cual, al representar a todo el Episcopado católico, manifiesta al mismo tiempo que todos los Obispos, en la comunión jerárquica, son participantes de la solicitud de toda la Iglesia 461 .

6. Los Obispos, como legítimos sucesores de los Apóstoles y miembros del Colegio Episcopal, reconózcanse siempre unidos entre sí, y muestren su Solicitud por todas las Iglesias, puesto que por institución de Dios y en virtud del ministerio apostólico cada uno es, junto con los demás Obispos, responsable de la Iglesia 462 . En particular, se muestren solícitos por aquellas regiones del mundo donde todavía no se ha anunciado la palabra de Dios, y donde, por la escasez de sacerdotes, se hallan en peligro los fieles de alejarse de la práctica de la vida cristiana e incluso de perder la fe.

Por lo cual pongan todos su empeño en que los fieles sostengan y promuevan las obras de evangelización y apostolado. Procuren, además, preparar dignos ministros sagrados e incluso auxiliares, tanto religiosos como seglares, para las misiones y los territorios que sufren escasez de clero. Tengan también interés en que, según fuere posible, vayan algunos de sus sacerdotes a dichas misiones o diócesis, para que desarrollen allí su ministerio sagrado para siempre o, por lo menos, durante algún tiempo determinado.

No pierdan de vista, por otra parte, los Obispos que, en el uso de los bienes eclesiásticos, han de tener también en consideración las necesidades no sólo de su diócesis, sino de las demás Iglesias particulares, puesto que son partes de la única Iglesia de Cristo. Atiendan, por fin, según pudieren, al remedio de las calamidades que sufren otras diócesis o regiones.

7. Abracen con un fraternal amor y ayuden sincera y eficazmente sobre todo, a los Obispos que sufren calumnias y persecuciones por el Nombre de Cristo, encerrados en cárceles, o impedidos de desarrollar su ministerio, a fin de que sus penas se alivien y suavicen con las oraciones y la ayuda de sus hermanos.

II. Los Obispos y la Sede apostólica

8. a) Los Obispos, como sucesores de los Apóstoles, tienen por sí en las diócesis a ellos confiadas toda la potestad ordinaria, propia e inmediata, que se requiere para el desarrollo de su oficio pastoral, salva siempre en todo la potestad que, en virtud de su cargo, tiene el Romano Pontífice de reservarse a sí o a otra Autoridad determinadas causas.

b) Todos los Obispos diocesanos tienen la facultad de dispensar, en caso particular, de una ley general de la Iglesia a los fieles, sobre los que ejercen la autoridad según derecho, siempre que lo juzguen de interés espiritual para ellos, con tal que no se trate de algo reservado especialmente a la Autoridad Suprema de la Iglesia.

9. En el ejercicio de su supremo, pleno e inmediato poder sobre toda la Iglesia, el Romano Pontífice se sirve de los Dicasterios de la Curia Romana, que, en consecuencia, realizan su labor en su nombre y autoridad, para bien de las Iglesias y para servicio de los Sagrados Pastores.

Desean, sin embargo, los Padres del Sacrosanto Concilio, que estos Dicasterios, que han prestado por cierto al Romano Pontífice y a los Pastores de la Iglesia un servicio excelente, sean reorganizados, según las necesidades de los tiempos, de las regiones y de los Ritos, sobre todo en cuanto al número, nombre, competencia, modo de proceder y coordinación de trabajos 463 . Desean igualmente que, en consideración al ministerio pastoral propio de los Obispos, se delimite más exactamente el cargo de los Legados del Romano Pontífice.

10. Y como estos Dicasterios han sido creados para bien de la Iglesia universal, se desea que sus Miembros, Oficiales y Consultores, e igualmente los Legados del Romano Pontífice, en cuanto sea posible, sean escogidos en las diversas regiones de la Iglesia, de manera que las oficinas u órganos centrales de la Iglesia católica presenten un carácter verdaderamente universal.

Es también de desear que entre los Miembros de los Dicasterios se encuentren asimismo algunos Obispos, sobre todo diocesanos, que puedan comunicar con toda exactitud al Sumo Pontífice el pensamiento, los deseos y las necesidades de todas las Iglesias.

Juzgan, por fin, de suma utilidad los Padres del Concilio que estos Dicasterios escuchen a los seglares distinguidos por su piedad, su ciencia y experiencia, de forma que también ellos tengan el lugar que les corresponde en las cosas de la Iglesia.

CAPITULO II
LOS OBISPOS, Y LAS IGLESIAS PARTICULARES (DIOCESIS)

I. Los Obispos diocesanos

11. La diócesis es una parte del Pueblo de Dios confiada a un Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en que verdaderamente está y actúa la Iglesia de Cristo, Una, Santa, Católica y Apostólica.

Todos y cada uno de los Obispos, a los que se ha confiado el cuidado de una Iglesia particular, bajo la autoridad del Sumo Pontífice como pastores propios, ordinarios e inmediatos, apacientan sus ovejas en el Nombre del Señor, ejercen en ellas su oficio de enseñar, santificar y regir. Ellos, sin embargo, deben reconocer los derechos, que competen legítimamente a los Patriarcas, o a otras Autoridades jerárquicas 464 .

Los Obispos deben consagrarse a su labor apostólica como testigos de Cristo ante los hombres, interesándose no sólo por los que ya siguen al Príncipe de los Pastores, sino dedicándose con toda el alma a quienes de alguna manera se desviaron del camino de la verdad, o desconocen el Evangelio y la misericordia salvadora de Cristo, hasta que todos caminen en toda bondad, justicia y verdad (Eph. 5, 9).

12. En el ejercicio de su ministerio de enseñar, anuncien a los hombres el Evangelio de Cristo, que es uno de los principales deberes de los Obispos 465 , llamándolos a la fe con la fortaleza del Espíritu, o confirmándolos en la fe viva. Propónganles el misterio íntegro de Cristo, es decir, aquellas verdades cuyo desconocimiento es ignorancia de Cristo, e igualmente el camino que se ha revelado para la glorificación de Dios y, por ello mismo, para la consecución de la felicidad eterna 466 .

Muéstrenles, asimismo, que las mismas cosas terrenales y las instituciones humanas, por determinación de Dios Creador, se ordenan también a la salvación de los hombres y, por consiguiente, pueden contribuir mucho a la edificación del Cuerpo de Cristo.

Enséñenles, por consiguiente, cuán grande es el valor de la persona humana, con su libertad y la misma vida del cuerpo, según la doctrina de la Iglesia; el valor de la familia y su unidad y estabilidad, la procreación y educación de los hijos; el valor de la sociedad civil con sus leyes y profesiones; el valor del trabajo y del descanso, de las artes y de la técnica; el valor de la pobreza y de la abundancia y expónganles, finalmente, cómo se han de resolver los gravísimos problemas suscitados por la posesión de los bienes materiales, por su incremento y por su recta distribución, por la paz y por la guerra, y por la fraternal convivencia de todos los pueblos 467 .

13. Propongan la doctrina cristiana con método acomodado a las necesidades de los tiempos, es decir, que responda a las dificultades y problemas que más preocupan y angustian a los hombres; defiendan también esta doctrina, enseñando a los fieles a defenderla y propagarla. Demuestren en su enseñanza la materna solicitud de la Iglesia para con todos los hombres, sean fieles o infieles; y tengan un cuidado especial de los pobres y de los más débiles, a los que el Señor les envió a evangelizar.

Siendo propio de la Iglesia el establecer diálogo 468 con la sociedad humana dentro de la que vive, los Obispos tienen, ante todo, el deber de llegar a los hombres y buscar y promover el diálogo con ellos. Estos diálogos de salvación, en que siempre la verdad ha de ir unida con la caridad, y la comprensión con el amor, deben distinguirse por la claridad del lenguaje, al mismo tiempo que por la humildad y la delicadeza, llenos siempre de prudencia y de confianza que, al favorecer la amistad, pueden acercar las almas 469 .

Esfuércense en aprovechar la variedad de medios que hay en estos tiempos, para anunciar la doctrina cristiana, sobre todo con la predicación y la formación catequística que ocupan siempre el primer lugar, la exposición de la doctrina en las escuelas, universidades, conferencias y reuniones de todo género, y su difusión con declaraciones públicas hechas en ocasión de algunos sucesos, con la prensa y demás medios de comunicación social, que conviene usar absolutamente para anunciar el Evangelio de Cristo 470 .

14. Vigilen atentamente que se de con todo cuidado a los niños, adolescentes, jóvenes e incluso a los adultos la instrucción catequística, que tiende a que la fe, ilustrada por la doctrina, se haga viva, explícita y activa en los hombres; cuiden de que se enseñe con el orden debido y método conveniente, no sólo respecto a la materia que se explica, sino también a la índole, facultades, edad y condiciones de vida de los oyentes; y que tal enseñanza se apoye en la Sagrada Escritura, Tradición, Liturgia, Magisterio y vida de la Iglesia.

Procuren, además que los catequistas se preparen debidamente para tal oficio, de suerte que conozcan claramente la doctrina de la Iglesia, y aprendan teórica y prácticamente las leyes psicológicas y las materias pedagógicas.

Cuiden también de restablecer o adaptar mejor la instrucción de los catecúmenos adultos.

15. En el ejercicio de su oficio de santificar, recuerden los Obispos que han sido tomados de entre los hombres y constituidos para los hombres, en las cosas que se refieren a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Porque los Obispos gozan de la plenitud del Sacramento del Orden; y de ellos dependen en el ejercicio de su potestad los presbíteros, que a su vez han sido consagrados sacerdotes del Nuevo Testamento, para ser próvidos cooperadores del Orden episcopal, y los diáconos, que, ordenados para el ministerio, sirven al Pueblo de Dios en unión con el Obispo y su presbiterio. Los Obispos, por consiguiente, son los principales dispensadores de los misterios de Dios, los moderadores, promotores y custodios de toda la vida litúrgica en la Iglesia que se les ha confiado 471 .

Trabajen, pues, sin cesar para que los fieles conozcan y vivan más a fondo el misterio pascual por la Eucaristía, de forma que constituyan un cuerpo muy compacto en la unidad de la caridad de Cristo 472 ; atendiendo a la oración y al ministerio de la palabra (Act. 6, 4), procuren que todos los que están bajo su cuidado vivan unánimes en la oración 473 , y por la recepción de los Sacramentos crezcan en la gracia y sean fieles testigos para el Señor.

Como maestros de la perfección, procuren los Obispos promover la santidad de sus clérigos, religiosos y seglares según la vocación peculiar de cada uno 474 , recordando que están obligados a dar ejemplo de santidad con la caridad, humildad y sencillez de vida. Santifiquen sus Iglesias de forma que en ellas se advierta el sentir de toda la Iglesia de Cristo. Por consiguiente, ayuden cuanto puedan a las vocaciones sacerdotales y religiosas, poniendo especial cuidado en las vocaciones misioneras.

16. En el ejercicio de su ministerio de padre y de pastor compórtense los Obispos en medio de los suyos como los que sirven 475 ; como pastores buenos que conocen a sus ovejas y son conocidos por ellas; como verdaderos padres, que se distinguen por el espíritu de amor y de preocupación para con todos, y a cuya autoridad, conferida por Dios, todos se someten con gratitud. Congreguen y formen a toda la familia de su grey de modo que todos, conscientes de sus deberes, vivan y obren en la comunión de caridad.

Para lograr eficazmente su intento los Obispos dispuestos para toda buena obra (2 Tim. 2, 21) y soportándolo todo por amor de los elegidos (ibid., 2, 10) ordenen su vida de tal modo que responda a las exigencias de nuestros tiempos.

Abracen siempre con caridad especial a los sacerdotes, puesto que reciben parte de sus obligaciones y cuidados, y los realizan celosamente con el trabajo diario, considerándolos siempre como hijos y amigos 476 y, por lo tanto, estén siempre dispuestos a escucharles y, tratando confidencialmente con ellos, se afanen por promover íntegramente la labor pastoral de toda la diócesis.

Vivan preocupados por su condición espiritual, intelectual y material, para que puedan vivir santa y piadosamente, y cumplir su ministerio con fidelidad y fructuosamente. Por ello favorezcan las iniciativas y aun organicen reuniones especiales, en que los sacerdotes se congreguen algunas veces, así para practicar algunos ejercicios espirituales más prolongados para la renovación de la vida, como para adquirir un conocimiento más profundo de las disciplinas eclesiásticas, ya, sobre todo, de la Sagrada Escritura y de la Teología, ya de las cuestiones sociales de mayor importancia y de los nuevos métodos de acción pastoral. Ayuden con misericordia eficaz a los sacerdotes que estén en cualquier peligro o que en algo hubieran faltado.

Para mejor procurar el bien de los fieles, según la condición de cada uno, esfuércense en conocer bien sus necesidades, las condiciones sociales en que viven, usando de medios oportunos, sobre todo de investigación social. Muéstrense interesados por todos, cualquiera que sea su edad, condición, nacionalidad, ya sean naturales de allí, ya forasteros o bien peregrinos: En el ejercicio de este cuidado pastoral cuiden el papel reservado a los fieles en las cosas de la Iglesia, reconociendo también la obligación y el derecho que ellos tienen de colaborar en la edificación del Cuerpo místico de Cristo.

Extiendan su amor a los hermanos separados, recomienden también a los fieles que se comporten con ellos con gran delicadeza y caridad, y que fomenten igualmente el ecumenismo, tal como la Iglesia lo entiende 477 . Se preocupen también de los no bautizados, para que les brille también la caridad de Jesucristo, de quien son los Obispos testigos delante de todos.

17. Estimulen las varias formas de apostolado, y, en toda la diócesis, o en algunas regiones especiales de ella, la coordinación y la íntima unión del apostolado en toda su amplitud, bajo la dirección del Obispo, para que todos los proyectos e instituciones catequísticas, misionales, caritativas, sociales, familiares, escolares y cualesquiera otras ordenadas a un fin pastoral, vayan de consuno, de suerte que así aparezcan más clara la unidad de la diócesis.

Con insistencia se inculque el deber que tienen los fieles de ejercer el apostolado, cada uno según su condición y aptitud, y recomiéndeseles que tomen parte y ayuden en los diversos campos del apostolado seglar, sobre todo en la Acción Católica. Promuévanse y favorézcanse también las asociaciones que directa o indirectamente buscan un fin sobrenatural, esto es, conseguir una vida más perfecta, para anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para promover la doctrina cristiana y el incremento del culto público, para lograr los fines sociales, o para realizar obras de piedad y de caridad.

Las formas del apostolado deben acomodarse convenientemente a las necesidades actuales, atendiendo a las condiciones humanas, no sólo espirituales y morales, sino también sociales, demográficas y económicas. A fin de lograrlo eficaz y fructuosamente, son muy útiles las investigaciones sociales y religiosas por medio de organismos de sociología pastoral, que se recomiendan encarecidamente.

18. Téngase una preocupación especial por los fieles que, por su condición de vida, no pueden disfrutar convenientemente del cuidado pastoral ordinario de los párrocos, o carecen totalmente de él, como son muchísimos emigrantes, desterrados y prófugos, marineros y aviadores, nómadas, y otros semejantes. Promuévanse los convenientes métodos pastorales que favorezcan la vida espiritual de los que temporalmente se trasladan a otras regiones por razón de descanso.

Las Conferencias Episcopales, sobre todo las Nacionales, preocúpense celosamente de los problemas más urgentes entre los que acabamos de decir, y procuren en unión concorde y con los medios e instituciones oportunas su bien espiritual, teniendo, ante todo, en cuenta las normas que la Sede Apostólica ha establecido 478 o establecerá, acomodadas oportunamente a las condiciones de los tiempos, de los lugares y de las personas.

19. En el ejercicio de su ministerio, ordenado a la salvación de las almas, los Obispos, de por sí, gozan de plena y perfecta libertad e independencia de cualquier autoridad civil. Por lo cual no es lícito impedir directa o indirectamente el ejercicio de su cargo eclesiástico, ni prohibirles que se comuniquen libremente con la Sede Apostólica, con las otras autoridades eclesiásticas y con sus súbditos.

En realidad, los Sagrados Pastores, en cuanto se dedican al cuidado espiritual de su grey, de hecho atienden al bien y a la prosperidad civil, uniendo su obra eficaz para ello con las autoridades públicas, -en razón de su ministerio, y como conviene a los Obispos- y aconsejando la obediencia a las leyes justas y el respeto a las autoridades legítimamente constituidas.

20. Puesto que el ministerio apostólico de los Obispos fue instituido por Cristo Señor y se ordena a un fin espiritual y sobrenatural, este Sacrosanto Concilio Ecuménico declara que el derecho de nombrar y crear a los Obispos es propio, peculiar y de por sí exclusivo de la competente Autoridad eclesiástica.

Por lo cual, para defender como conviene la libertad de la Iglesia y para promover mejor y más libremente el bien de los fieles, desea el Sacrosanto Concilio que en lo sucesivo no se concedan más a las autoridades civiles ni derechos, ni privilegios de elección, nombramiento, presentación o designación para el ministerio episcopal; y a las autoridades civiles, cuya dócil voluntad para con la Iglesia reconoce agradecido y aprecia en lo que vale el S. Concilio, les ruega delicadamente que se dignen renunciar por su propia voluntad, mediante los convenientes tratados con la Sede Apostólica, a los derechos o privilegios referidos, de que disfrutan actualmente por convenio o por costumbre.

21. Siendo de tanta trascendencia y responsabilidad el ministerio pastoral de los Obispos, los Obispos diocesanos y a los que en derecho se les equiparan, si por la edad avanzada o por otra causa grave se hacen menos aptos para el cumplimiento de su cargo, se les ruega encarecidamente que, o bien ellos espontáneamente o invitados por la Autoridad competente, presenten la renuncia de su cargo. Si la aceptare la Autoridad competente, ella misma proveerá a la congrua sustentación de los que renunciaren y al reconocimiento de sus especiales derechos.

II. Delimitación de diócesis

22. Para conseguir el fin propio de la diócesis, conviene que se manifieste claramente la naturaleza de la Iglesia en el pueblo de Dios perteneciente a la misma diócesis; que los Obispos puedan cumplir en ellas con eficacia sus deberes pastorales; que se provea, por fin, todo lo más perfectamente que se pueda a la salvación del pueblo de Dios.

Esto exige, por una parte, la conveniente circunscripción de los límites territoriales de la diócesis, y, por otra, la distribución racional, acomodada a las exigencias del apostolado, de los clérigos y de los recursos. Todo ello redunda en bien no sólo de los clérigos y de los fieles, a los que directamente atañe, sino también de toda la Iglesia católica.

Así, pues, en lo que se refiere a las delimitaciones de las diócesis, dispone el Sacrosanto Concilio que, según las exigencias del bien de las almas, se revisen prudentemente cuanto antes: dividiéndolas o desmembrándolas o uniéndolas, o cambiando sus límites, o eligiendo un lugar más conveniente para las sedes episcopales, o, por fin, dándoles una nueva ordenación, interior sobre todo tratándose de diócesis constituidas por ciudades grandes.

23. En la revisión de las demarcaciones de las diócesis se ha de asegurar, sobre todo, la unidad orgánica de cada diócesis, en cuanto a las personas, ministerios e instituciones, a la manera de un cuerpo viviente. En cada caso, examinadas bien todas las circunstancias, ténganse presentes estos criterios generales:

1) En la demarcación de la diócesis, en cuanto sea posible, téngase en cuenta la variedad de la composición del pueblo de Dios, que puede ayudar mucho para desarrollar mejor el deber pastoral; y al mismo tiempo procúrese que las agrupaciones demográficas de este pueblo coincidan en lo posible con los servicios e instituciones sociales que constituyen su misma estructura orgánica. Por lo cual el territorio de cada diócesis ha de ser ininterrumpido.

Atiéndase también, si es conveniente, a los límites de las circunscripciones civiles, y a las peculiares condiciones, por ejemplo, psicológicas, económicas, geográficas, históricas de las personas y de los lugares.

2) La extensión del territorio diocesano y el número de sus habitantes, comúnmente hablando, ha de ser tal que, por una parte, el mismo Obispo, aunque ayudado por otros, pueda cumplir sus deberes pontificales, hacer convenientemente las visitas pastorales, dirigir adecuadamente y coordinar todas las obras de apostolado en la diócesis; sobre todo, conocer a sus sacerdotes y a los religiosos y seglares que actúan en las obras diocesanas; y, por otra parte, se ofrezca un campo suficiente e idóneo, en el que tanto el Obispo como los clérigos puedan desarrollar útilmente toda su actividad en el ministerio, teniendo en cuenta las necesidades de la Iglesia universal.

3) Y, por fin, para cumplir mejor con el ministerio de la salvación en la diócesis, téngase por norma que en cada diócesis haya clérigos suficientes en número y preparación, para apacentar debidamente el pueblo de Dios; que no falten las oficinas, instituciones y obras propias de la Iglesia particular y que son necesarias prácticamente para su apto gobierno y apostolado; que, por fin, se tengan ya -o se prevea prudentemente que no han de faltar, de otra parte- los medios necesarios para sustentar las personas y las instituciones diocesanas.

Para este fin, también, donde haya fieles de diverso Rito, provea el Obispo diocesano a sus necesidades espirituales por sacerdotes o parroquias del mismo Rito, o por un Vicario episcopal, dotado de convenientes facultades, y, si es necesario, dotado incluso del carácter episcopal, o también por sí mismo, cumpliendo el oficio de Ordinario de diversos Ritos. Pero si todo esto no pudiera hacerse, según parecer de la Sede Apostólica, establézcase una jerarquía propia según los diversos Ritos 479 .

Así, pues, en circunstancias semejantes, se atienda a los grupos de fieles de diversa lengua, ya por medio de sacerdotes o parroquias de la misma lengua, o por un Vicario episcopal, bien perito en la lengua, y, si es preciso, dotado del carácter episcopal, ya, finalmente, de otro modo más oportuno.

24. En cuanto se refiere a los cambios o innovaciones de las diócesis, según los números 22-23, salva siempre la disciplina de las Iglesias Orientales, es conveniente que las Conferencias Episcopales competentes examinen estos asuntos para su propio territorio -incluso con la ayuda de una Comisión Episcopal especial, si parece oportuno, pero habiendo escuchado siempre, sobre todo, a los Obispos de las provincias o de las regiones interesadas- y propongan luego su parecer y sus deseos a la Sede Apostólica.

III. Cooperadores del Obispo diocesano en su ministerio pastoral

1) Obispos Coadjutores y Auxiliares

25. En el gobierno de las diócesis provéase al oficio pastoral de los Obispos de forma que se busque siempre el bien de la grey del Señor. Este bien, debidamente procurado, exigirá a veces el nombramiento de Obispos Auxiliares, porque el Obispo diocesano, o por la excesiva amplitud de la diócesis, o por el creciente número de habitantes, o por circunstancias especiales del apostolado, o por otras causas diversas, no puede cumplir por sí mismo todos los deberes episcopales, como el bien de las almas lo exige. Y más aún, alguna vez, una necesidad especial exige que se constituya un Obispo Coadjutor para ayuda del propio Obispo diocesano. Estos Obispos Coadjutores y Auxiliares han de estar provistos de facultades convenientes, de forma que, salva siempre la unidad del régimen diocesano y la autoridad del Obispo propio, su labor resulte totalmente eficaz, y se salvaguarde mejor la dignidad debida a los Obispos.

Ahora bien, los Obispos Coadjutores y Auxiliares, por lo mismo que son llamados a participar en la solicitud del Obispo diocesano, desarrollen su labor, siempre y en todo, de acuerdo con él. Además, manifiesten siempre sumisión y respeto al Obispo diocesano: éste, a su vez, ame y aprecie fraternalmente a los Obispos Coadjutores o Auxiliares.

26. Cuando el bien de las almas así lo exija, no dude el Obispo diocesano en pedir a la Autoridad competente uno o más Auxiliares, que son nombrados para la diócesis sin derecho a sucesión.

Si en las Letras de nombramiento no se dijera nada, nombre el Obispo diocesano el Auxiliar o Auxiliares como Vicarios generales o, a lo menos, Vicarios episcopales, dependientes tan sólo de su autoridad, a los que hará bien en consultar para la solución de los asuntos de mayor trascendencia, sobre todo de índole pastoral.

Si la Autoridad competente no estableciere otra cosa, el poder y las facultades que tienen por derecho los Obispos auxiliares no expiran al cesar en su cargo el Obispo diocesano. Es también de desear que, al vacar la sede, se confiera al Obispo auxiliar, o, si son varios, a uno de ellos, el cargo de regir la diócesis, si no aconsejaran lo contrario razones graves.

El Obispo coadjutor, es decir, el que se nombra con derecho a sucesión, siempre ha de ser nombrado por el Obispo diocesano Vicario General. En casos particulares, la Autoridad competente le podrá confiar mayores facultades.

Para procurar en lo presente y en lo futuro el mayor bien de la diócesis, el Obispo Diocesano y el Obispo Coadjutor no dejen de consultarse mutuamente en los asuntos de mayor importancia.

2) Curia y Consejos diocesanos

27. El cargo principal de la Curia diocesana es el de Vicario General. Pero siempre que lo requiera el régimen de la diócesis el Obispo puede nombrar uno o más Vicarios Episcopales, que, en una parte determinada de la diócesis, o en cierta clase de asuntos, o con relación a los fieles de diverso Rito, tienen por derecho la misma facultad que el derecho común confiere al Vicario General.

Entre los cooperadores del Obispo en el régimen de la diócesis se cuentan asimismo los presbíteros que constituyen su senado o consejo, como el cabildo catedral, el grupo de consultores y otros consejos, según las circunstancias y condiciones de los diversos lugares. Estas instituciones, sobre todo los cabildos catedrales, deberán ser reformadas, en cuanto sea necesario, para acomodarlas a las necesidades actuales.

Los sacerdotes y seglares que pertenecen a la Curia diocesana sepan que prestan su ayuda al ministerio pastoral del Obispo.

Se ha de ordenar la Curia diocesana de forma que resulte un instrumento apto para el Obispo, no sólo en la administración de la diócesis, sino también en el ejercicio de las obras de apostolado.

Es muy de desear que se establezca en cada diócesis un peculiar Consejo de pastoral, presidido por el Obispo diocesano, formado por clérigos, religiosos y seglares especialmente elegidos. El cometido de este Consejo será investigar y examinar cuidadosamente todo lo relativo a las obras pastorales y sacar conclusiones prácticas sobre ellas.

3) Clero diocesano

28. Todos los presbíteros, sean diocesanos, sean religiosos, participan y ejercen con el Obispo el único sacerdocio de Cristo; por consiguiente, quedan constituidos en diligentes cooperadores del Orden episcopal. Pero en la cura de almas son los sacerdotes diocesanos los primeros, puesto que, al estar incardinados o dedicados a una Iglesia particular, se consagran totalmente al servicio de la misma, para apacentar una porción del rebaño del Señor; por lo cual constituyen un presbiterio y una familia, cuyo padre es el Obispo. Para que éste pueda distribuir más apta y justamente los ministerios sagrados entre sus sacerdotes, debe tener la libertad necesaria en la colación de oficios y beneficios, quedando suprimidos, por lo tanto, los derechos y privilegios que de alguna manera coarten esta libertad.

Las relaciones entre el Obispo y los sacerdotes diocesanos deben fundarse, sobre todo, en la caridad, de manera que la unión de la voluntad de los sacerdotes con la del Obispo haga más fecunda la acción pastoral de todos. Por lo cual, para promover más y más el servicio de las almas, cuide el Obispo establecer diálogo con los sacerdotes, aun en común, no sólo cuando se presente la ocasión, sino también en determinados tiempos, en cuanto sea posible.

Estén, por lo demás, unidos entre sí todos los sacerdotes diocesanos y estimúlense por el celo del bien espiritual de toda la diócesis; pensando, por otra parte, que los bienes adquiridos con ocasión del oficio eclesiástico están relacionados con el ministerio sagrado, ayuden generosamente, según sus medios, en las necesidades incluso materiales de la diócesis, conforme a la ordenación del Obispo.

29. Cooperadores muy próximos del Obispo son también aquellos sacerdotes a quienes él les confía un cargo pastoral u obras de apostolado de carácter supraparroquial, ya para un territorio determinado de la diócesis, ya para grupos especiales de fieles, ya para un determinado género de acción.

También prestan una obra extraordinaria los sacerdotes que reciben del Obispo diversas tareas de apostolado en las escuelas o en otras instituciones o asociaciones. De igual modo los sacerdotes dedicados a obras supradiocesanas, puesto que realizan excelentes obras de apostolado, han de ser objeto de una particular atención del Obispo en cuya diócesis moran.

30. Cooperadores muy especialmente del Obispo son los párrocos, a quienes se confía como pastores propios el cuidado de las almas en una parte determinada de la diócesis, bajo la autoridad de aquél.

1) En el desempeño de este cuidado los párrocos con sus auxiliares cumplan su deber de enseñar, de santificar y de regir de tal forma que los fieles y las comunidades parroquiales se sientan en realidad miembros tanto de la diócesis como de toda la Iglesia universal. Por ello, colaboren con los demás párrocos y sacerdotes, que ejercen en el territorio el oficio pastoral (como son, por ejemplo, los Vicarios foráneos, los Decanos) o dedicados a obras de índole supraparroquial, de suerte que no falte unidad, en la diócesis, en la cura pastoral, e incluso sea ésta más eficaz.

El cuidado de las almas ha de estar, además, informado por el espíritu misionero, de forma que llegue a todos los que viven en la parroquia. Pero si los párrocos no pueden llegar a algunos grupos de personas, reclamen la ayuda de otros, incluso seglares, para que les ayuden en todo cuanto al apostolado se refiere.

Para dar más eficacia al cuidado de las almas se recomienda vivamente la vida común de los sacerdotes, sobre todo de los adscritos a la misma parroquia, lo cual, al mismo tiempo que favorece la acción apostólica, da a los fieles ejemplo de caridad y de unidad.

2) En el desempeño del deber del magisterio, es propio de los párrocos: predicar la palabra de Dios a todos los fieles, para que éstos, fundados en la fe, en la esperanza y en la caridad, crezcan en Cristo, y la comunidad cristiana pueda dar el testimonio de caridad, que recomendó el Señor 480 ; igualmente, comunicar a los fieles por la instrucción catequística el conocimiento pleno del misterio de la salvación, conforme a la edad de cada uno. Para dar esta instrucción, se solicite no sólo la cooperación de los religiosos, sino también la cooperación de los seglares, erigiendo también la Cofradía de la Doctrina Cristiana.

Para llevar a cabo la obra de la santificación, procuren los párrocos que la celebración del Sacrificio Eucarístico sea el centro y la cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana; y procuren, además, que los fieles se nutran del alimento espiritual por la recepción devota y frecuente de los Sacramentos y por la participación consciente y activa en la Liturgia. No se olviden tampoco los párrocos de que el sacramento de la Penitencia ayuda muchísimo para robustecer la vida cristiana; y así, siempre han de estar dispuestos a oír las confesiones de los fieles, llamando también, si es preciso, a otros sacerdotes que conozcan varias lenguas.

En el cumplimiento de su deber pastoral, procuren ante todo los párrocos conocer su propio rebaño. Mas, por ser servidores de todas las ovejas, incrementen la vida cristiana así en cada uno de los fieles, como en las familias y en las asociaciones, sobre todo en las dedicadas al apostolado, y en toda la comunidad parroquial. Visiten, pues, las casas y las escuelas, según lo exige su deber pastoral; atiendan cuidadosamente a los adolescentes y a los jóvenes; desplieguen la caridad paterna con los pobres y los enfermos; tengan, finalmente, un cuidado especial con los obreros y esfuércense en conseguir que todos los fieles ayuden en las obras de apostolado.

3) Los vicarios parroquiales, como cooperadores del párroco, prestan diariamente un trabajo importante y activo en el ministerio parroquial, bajo la autoridad del párroco. Por lo cual, entre el párroco y sus vicarios ha de haber siempre comunicación fraterna, caridad mutua y constante respeto; ayúdense mutuamente con consejos, auxilio y ejemplos, atendiendo a su deber parroquial con voluntad concorde y con un común trabajo.

31. Tenga en cuenta el Obispo, cuando trate de formarse el juicio sobre la idoneidad de un sacerdote para el régimen de alguna parroquia, no sólo su doctrina, sino también la piedad, el celo apostólico y demás dotes y cualidades que se requieren para ejercer, como se debe, la cura de almas.

Siendo, además, la razón del ministerio parroquial el bien de las almas, con el fin de que el Obispo pueda proveer las parroquias más fácil y más convenientemente, suprímase, salvo el derecho de los religiosos, cualquier derecho de presentación, de nombramiento o de reserva, y, donde exista, la ley del concurso, sea general o particular.

Pero cada párroco ha de tener en su parroquia la estabilidad que exija el bien de las almas. Por lo tanto, abrogada la distinción entre párrocos amovibles e inamovibles, se ha de revisar y simplificar el proceso en el traslado y separación de los párrocos, para que el Obispo, salva siempre la equidad natural y canónica, pueda proveer mejor a las exigencias del bien de las almas.

A los párrocos, por su parte, que por lo avanzado de la edad, o por otra causa grave se ven impedidos en el desempeño conveniente y fructuoso de su oficio, se les ruega encarecidamente que renuncien a su cargo por propia iniciativa, o si son invitados por el Obispo. El Obispo provea a la congrua sustentación de los que renunciaren.

32. Finalmente, la salvación misma de las almas ha de ser la causa que determine y corrija la erección o supresión de parroquias, o cualquier género de modificaciones que puede hacer el Obispo por su propia autoridad.

4) Religiosos

33. Todos los Religiosos, entre los que se cuentan, en lo que sigue, los miembros de los demás Institutos que profesan los consejos evangélicos, cada uno según su propia vocación, tienen el deber de cooperar incansable y diligentemente en la edificación e incremento de todo el Cuerpo Místico de Cristo y en bien de las Iglesias particulares.

Estos fines los han de procurar sobre todo con la oración, con obras de penitencia y con el ejemplo de vida. El Sacrosanto Concilio los exhorta encarecidamente a que aprecien estos ejercicios y crezcan en ellos sin cesar. Pero, según la índole propia de cada religión, dediquen también su mayor esfuerzo a las obras externas de apostolado.

34. Los Religiosos sacerdotes, que se consagran al oficio del presbiterado para ser también próvidos cooperadores del orden episcopal, hoy, más que nunca, pueden ser una ayuda eficacísima del Obispo, ante las aumentadas necesidades de las almas. Por lo tanto, puede decirse en cierto aspecto verdadero que pertenecen al clero de la diócesis, en cuanto toman parte en el cuidado de las almas y en la realización de las obras de apostolado bajo la autoridad de los Obispos.

También los otros miembros [de Institutos], sean hombres o mujeres, que pertenecen de una forma especial a la familia diocesana, prestan un gran auxilio a la sagrada Jerarquía y pueden y deben aumentarlo cada día, puesto que van creciendo las necesidades del apostolado.

35. Para que las obras de apostolado crezcan concordes en cada una de las diócesis y se conserve incólume la unidad de la disciplina diocesana, se establecen estos principios fundamentales:

1) Reverencien siempre con devota sumisión los Religiosos a los Obispos, como sucesores de los Apóstoles. Además, siempre que sean legítimamente llamados a las obras de apostolado, deben cumplir su tarea de forma que sean auxiliares dispuestos y subordinados de los Obispos 481 . Más aún, los Religiosos deben secundar pronta y fielmente los ruegos y los deseos de los Obispos, para recibir cometidos más amplios en relación al ministerio de la salvación humana, salvo el carácter del Instituto y conforme a las Constituciones, que, si es necesario, han de acomodarse a este fin, teniendo en cuenta los principios de este Decreto del Concilio.

Sobre todo, atendiendo a las necesidades urgentes de las almas, y a la escasez de clero diocesano, los Institutos religiosos, no dedicados a la mera contemplación, pueden ser llamados por el Obispo para que ayuden en los varios ministerios pastorales, teniendo en cuenta, sin embargo, la índole propia de cada Instituto. Para prestar esta ayuda, los Superiores han de estar dispuestos, según sus posibilidades, a aceptar también parroquias, incluso temporalmente.

2) Mas los Religiosos, dedicados al apostolado externo, estén llenos del espíritu propio de su religión y permanezcan fieles a la observancia regular y obediencia hacia sus propios Superiores, obligación que los Obispos mismos no dejarán de recomendarles.

3) La exención, por la que los Religiosos se relacionan directamente con el Sumo Pontífice o con otra Autoridad eclesiástica, los segrega de la autoridad de los Obispos, se refiere sobre todo al orden interno de los Institutos, para que todo en ellos sea más apto y más conexo y se provea a la perfección de la vida religiosa 482 ; y para que pueda disponer de ellos el Sumo Pontífice para bien de la Iglesia universal 483 ; y la otra Autoridad competente, para el bien de las Iglesias de la propia jurisdicción.

Pero esta exención no impide que los Religiosos estén subordinados a la jurisdicción de los Obispos en cada diócesis, según la norma del derecho y conforme lo exija la tarea pastoral de éstos y el cuidado bien ordenado de las almas 484 .

4) Todos los Religiosos, exentos y no exentos, están subordinados a la autoridad de los Ordinarios del lugar en todo lo que atañe al ejercicio público del culto divino, salva la libertad de Ritos, a la cura de almas, a la predicación sagrada que hay que hacer al pueblo, a la educación religiosa y moral, instrucción catequística y formación litúrgica de los fieles, sobre todo de los niños, y al decoro del estado clerical, así como a cualesquier obras relacionadas con el ejercicio del sagrado apostolado. Las escuelas católicas de los religiosos están igualmente bajo la autoridad de los Ordinarios del lugar en lo que se refiere a su ordenación y vigilancia general, quedando, sin embargo, firme el derecho de los Religiosos en cuanto a su gobierno. Igualmente los Religiosos están obligados a observar cuanto ordenen legítimamente, para todos, los Concilios o Conferencias Episcopales.

5) Procúrese una ordenada cooperación entre los diversos Institutos Religiosos, y entre éstos y el clero diocesano. Téngase, además, una estrecha coordinación de todas las obras y empresas apostólicas, que depende, sobre todo, de una disposición sobrenatural de las almas y de las mentes, fundada y enraizada en la caridad. Procurar esta coordinación para la Iglesia universal compete a la Sede Apostólica, a los sagrados Pastores en su diócesis; finalmente, a los Patriarcas, Sínodos y Conferencias Episcopales en su propio territorio.

Cuiden los Obispos, o las Conferencias Episcopales y los Superiores religiosos o las Conferencias de los Superiores Mayores, proceder de mutuo acuerdo en las obras de apostolado que realizan los Religiosos.

6) Procuren los Obispos y los Superiores religiosos reunirse en tiempos determinados, y siempre que parezca oportuno, para tratar los asuntos que se refieren, en general, al apostolado en el territorio, favoreciendo así cordial y fraternalmente las mutuas relaciones entre los Obispos y los Religiosos.

CAPITULO III
COOPERACION DE LOS OBISPOS AL BIEN COMUN DE MUCHAS IGLESIAS

I. Sínodos, Concilios y -en particular- Conferencias episcopales

36. Desde los primeros siglos de la Iglesia los Obispos, puestos al frente de las Iglesias particulares, movidos por la comunión de la caridad fraterna y por amor a la misión universal conferida a los Apóstoles, coadunaron sus fuerzas y voluntades para procurar el bien común y el de las Iglesias particulares. Por este motivo se constituyeron los Sínodos, los Concilios provinciales, y, por fin, los Concilios plenarios, en que los Obispos establecieron una norma común, que se debía observar en las varias Iglesias, tanto para la enseñanza de las verdades de la fe, como para la ordenación de la disciplina eclesiástica.

Desea este Sacrosanto Concilio Ecuménico que la venerable institución de los Sínodos y de los Concilios cobre nuevo vigor, para proveer mejor y con más eficacia al incremento de la fe y a la conservación de la disciplina en las diversas Iglesias, según los tiempos lo requieran.

37. En los tiempos actuales, sobre todo, no es raro que los Obispos no puedan cumplir su cometido oportuna y fructuosamente, si no estrechan cada día más su concordia y cooperación con otros Obispos. Y como las Conferencias Episcopales -establecidas ya en muchas naciones- han dado magníficos resultados del más fecundo apostolado, juzga este Sacrosanto Concilio que es muy conveniente que en todo el mundo los Obispos de la misma nación o región se reúnan en una asamblea, coincidiendo todos en fechas prefijadas, para que, comunicándose las luces de su prudencia y de la experiencia, y contrastando los pareceres, se constituya una santa unificación de fuerzas para el bien común de las Iglesias. Por ello establece lo siguiente sobre las Conferencias Episcopales:

38.

1) La Conferencia Episcopal es como una asamblea en que los Obispos de cada nación o territorio ejercen unidos su cargo pastoral, para conseguir el mayor bien que la Iglesia proporciona a los hombres, sobre todo por las formas y métodos del apostolado, aptamente acomodados a las circunstancias del tiempo.

2) Todos los Ordinarios de lugar, de cualquier rito -exceptuados los Vicarios generales-, los Obispos Coadjutores, Auxiliares y los demás Obispos titulares que desempeñan un oficio por designación de la Sede Apostólica o de las Conferencias episcopales, pertenecen a éstas. Los demás Obispos titulares, así como los Legados del Romano Pontífice, por el especial oficio que desempeñan en el territorio, no son, por derecho, miembros de la Conferencia.

A los Ordinarios del lugar y a los Coadjutores compete el voto deliberativo. Los Auxiliares y demás Obispos, que tienen derecho a asistir a la Conferencia, tendrán voto deliberativo o consultivo, según determinen los estatutos de la Conferencia.

3) Cada Conferencia episcopal redacte sus propios estatutos, que ha de aprobar la Sede Apostólica, en los cuales -además de otros medios- se establezcan los organismos para la más eficaz consecución de su fin; por ejemplo, un Consejo permanente de Obispos, Comisiones Episcopales, el Secretariado General.

4) Las decisiones de la Conferencia Episcopal, legítimamente adoptadas, con una mayoría de dos terceras partes de los votos de los Obispos que pertenecen a la Conferencia con voto deliberativo, y aprobadas por la Sede Apostólica, obligan jurídicamente tan sólo en los casos en que lo ordenare el derecho común, o lo determinare una orden expresa de la Sede apostólica, dada motu proprio o a petición de la misma Conferencia.

5) Cuando las circunstancias especiales lo exijan, podrán constituir una sola Conferencia los Obispos de varias naciones, con la aprobación de la Santa Sede.

Foméntense, además, las relaciones entre las Conferencias episcopales de diversas naciones para promover y asegurar el mayor bien.

6) Se recomienda encarecidamente a los Jerarcas de las Iglesias Orientales que para mejor promover la disciplina de la propia Iglesia en los Sínodos, y para ayudar con más eficacia al bien de la religión, tengan también en cuenta el bien común de todo el territorio, donde hay varias Iglesias de diversos ritos, distintos deliberando sobre ello en las asambleas interrituales, según las normas que dará la Autoridad competente.

II. Circunscripción de las provincias eclesiásticas y erección de las regiones eclesiásticas

39. El bien de las almas exige una delimitación conveniente no sólo de las diócesis, sino también de las provincias eclesiásticas, e incluso aconseja la erección de regiones eclesiásticas, para satisfacer mejor a las necesidades del apostolado, según las circunstancias sociales y locales, y para que se hagan más fáciles y fructíferas las comunicaciones de los Obispos entre sí, con los Metropolitanos y con los Obispos de la misma nación, así como de los Obispos con las Autoridades civiles.

40. Para conseguir, pues, tales fines, el Sacrosanto Concilio determina lo siguiente:

1) Revísense oportunamente las demarcaciones de las provincias eclesiásticas y determínense con nuevas y claras normas los derechos y privilegios de los Metropolitanos.

2) Téngase por norma el adscribir a alguna provincia eclesiástica todas las diócesis y las demás circunscripciones territoriales equiparadas por el derecho a las diócesis. Por lo tanto, las diócesis dependientes ahora directamente de la Sede Apostólica, y que no están unidas a ninguna otra, deberán formar una nueva provincia, si es posible, o ser agregadas a la provincia más próxima o más conveniente, y hay que subordinarlas al derecho metropolitano del Arzobispo, según las normas del derecho común.

3) Donde sea útil, organícense las provincias eclesiásticas en regiones eclesiásticas, ordenación que será determinada por el derecho.

41. Conviene que las competentes Conferencias episcopales examinen el problema de esta circunscripción de las provincias o de la erección de regiones, según las normas establecidas ya en los núms. 23 y 24, sobre la delimitación de las diócesis, y propongan sus opiniones y deseos a la Sede Apostólica.

III. Obispos, con cargo interdiocesano

42. Puesto que las necesidades pastorales exigen cada vez más que ciertas funciones pastorales se regulen y se promuevan de acuerdo, conviene que se establezcan algunos Organismos para el servicio de todas o de varias diócesis de alguna región determinada o nación, algunos oficios que también puedan confiarse a los Obispos.

Mas el Sacrosanto Concilio recomienda que entre los Prelados u Obispos, que desempeñen estas funciones, y los Obispos diocesanos y las Conferencias Episcopales, reine siempre la armonía y el anhelo común en la preocupación pastoral, cuyas formas conviene también que se determinen por el derecho común.

43. Por ser necesaria una atención especial en el cuidado espiritual de los soldados, por sus condiciones especiales de vida, constitúyase en cada nación, según sea posible, un Vicariato Castrense. Tanto el Vicario como los capellanes han de consagrarse enteramente a este difícil ministerio, en unánime cooperación con los obispos diocesanos 485 .

Concedan para ello los Obispos diocesanos al Vicario Castrense un número suficiente de sacerdotes aptos para esta grave tarea y ayuden al mismo tiempo a conseguir el bien espiritual de los soldados 486 .

Mandato general

44. Dispone el Sacrosanto Concilio que en la revisión del Código de Derecho Canónico se definan las leyes según las normas de los principios establecidos en este Decreto, teniendo también en cuenta las advertencias sugeridas por las Comisiones o por los Padres Conciliares.

Decreta, además, el Sacrosanto Concilio que se confeccionen Directorios generales sobre la cura de las almas, para uso de Obispos y de párrocos, ofreciéndoles métodos seguros para el más fácil y acertado cumplimiento de su cargo pastoral.

Hágase, también, un Directorio especial sobre el cuidado pastoral de los grupos de fieles, según la idiosincrasia de cada nación o región; otro Directorio sobre la instrucción catequística del pueblo cristiano, en que se trate de los principios y prácticas fundamentales de dicha instrucción y de la elaboración de los libros que a ella se destinen. En la composición de estos Directorios téngase también en cuenta las sugerencias que han hecho tanto las Comisiones como los Padres Conciliares.


449

Cf. Mat. 1, 21.

450

Cf. Io. 20, 21.

451

Cf. Conc. Vat. I, Const. dogm. I de Ecclesia Christi Pastor aeternus c. 3 D 1828 (3061).

452

Cf. Ibidem, Prooem. D 1821 (3050).

453

Cf. Conc. Vat. II, Const. d. de Ecclesia c. 3, nn. 21, 24, 25 A. A. S. 57 (1965) 24-25, 29-31.

454

Cf. ibid., n. 21, l. c., 24-25.

455

Cf. Ioannes XXIII, Const. ap. Humanae salutis 25 dec. 1961 A. A. S. 54 (1962), 6.

456

Cf. Conc. Vat. II, Const. d. de Ecclesia 3, 22, l. c., 25-27.

457

Cf. ibid.

458

Cf. ibid.

459

Cf. ibid.

460

Cf. Paulus VI, Motu pr. Apostolica sollicitudo, 15 sept. 1965 A. A. S. 57 (1965) 775-780.

461

Cf. Conc. Vat. II, c. d. cit. 3, 23, l. c., 27-28.

462

Cf. Pius XII, Litt. Encycl. Fidei donum, 21 apr. 1957 A. A. S. 49 (1957), 237 ss.; cf. et. Benedictus XV, Epist. ap. Maximum illud 30 nov. 1919 A. A. S. 11 (1919), 440; Pius XI, e. RE l. c., 68.

463

Cf. Paulus VI, Allocutio ad Em. mos PP. Cardinales, Excmos. Praesules, Rev. mos Praelatos ceterosq. Rom. Cur. Officiales, 21 sept. 1963 A. A. S. 55 (1963), 793 ss.

464

Cf. Con. Vat. II, Decr. Orientalium Ecclessiarum 1964, nn. 7-11 A. A. S. 57 (1965), 79-80.

465

Cf. Conc. Trid., s. 5, Decr. de reform., c. 2, Mansi 33, 30; s. 24, Decr. de reform., c. 4 Mansi 33, 159 [Cf. Conc. Vat. II, c. d. cit., 3, 25 l. c. 29 ss.].

466

Cf. Conc. Vat. II, c. d. cit. ibidem, 3, 25, l. c., 29-31.

467

Cf. Ioannes XXIII, e. PT l. c., 257-304, passim.

468

Cf. Paulus VI, e. ES l. c., 639.

469

Cf. Paulus VI, e. ES l. c., 644-645.

470

Cf. Conc. Vat. II, d. IM l. c., 145-153.

471

Cf. Conc. Vat. II, c. SC l. c. 97 ss.; Paulus VI, Motu pr. Sacram Liturgiam, 25 ian. 1964 A. A. S. 56 (1964), 139 ss.

472

Cf. Pius XII, e. MD l. c. 521 ss.; Paulus VI e. Mysterium fidei 3 septembris 1965, A. A. S. 57 (1965), 753-774.

473

Cf. Act. 1, 14 et 2, 46.

474

Cf. Conc. Vat. II, c. d. LG 6, 44-45, l. c., 50-52.

475

Cf. Luc. 22, 26-27.

476

Cf. Io. 15, 15.

477

Cf. Conc. Vat. II, d. UR A. A. S. 57 (1965), 90-107.

478

Cf. S. Pius X, Motu pr. Iampridem, 19 mart. 1914 A. A. S. 6 (1914), 173 ss.; Pius XII, Const. ap. Exsul Familia, 1 aug. 1952 A. A. S. 44 (1952), 649 ss.; Leges Operis Apostolatus Maris auctoritate Pii XII conditae, 21 nov. 1957 A. A. S. 50 (1958), 375-383.

479

Cf. Conc. Vat. II, d. Orientalium Ecclesiarum n. 4 A. A. S. 57 (1965), 77.

480

Cf. Io. 13, 35.

481

Cf. Pius XII, Allocutio, 8 dec. 1950 A. A. S. 43 (1951), 28. Cf. et. Paulus VI, Allocutio, 23 mai. 1964 A. A. S. 56 (1964), 571.

482

Cf. Leo XIII, Const. ap. Romanos Pontifices 8 mai. 1881 AL, 2 (1882), 234 ss.

483

Cf. Paulus VI, Allocutio 23 mai. 1964 A. A. S. 56 (1964), 570-571.

484

Cf. Pius XII, Allocutio 8 dec. 1950, l. c.

485

Cf. S. C. Consist. Instructio de Vicariis castrensibus 23 april. 1951 A. A. S. 43 (1951) 562-565; Formula servanda in relatione de statu Vicariatus Castrensis conficienda 20 oct. 1956 A. A. S. 49 (1957) 150-163; decr. De Sacrorum liminum visitatione a Vicariis castrensibus peragenda 28 febr. 1959 A. A. S. 51 (1959) 272-274; decr. Facultas audiendi confessiones militum Cappellanis extenditur 27 nov. 1960 A. A. S. 53 (1961) 49-50. Cf. etiam. S. C. de Relig. Instructio de Cappellanis militum religiosis 2 febr. 1955 A. A. S. 47 (1955) 93-97.

486

Cf. S. C. Consist. Epistula ad Em. mos PP. DD. Cardinales atque Exc.mos PP. DD. Archiepiscopos, Episcopos ceterosque Hispanicae Ditionis, 21 iun. 1951 A. A. S. 43 (1951) 566.
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