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S.S. Juan Pablo II, Mensaje de S.S. Juan Pablo II Urbi et Orbi por Navidad de 1996
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Mensaje Urbi et Orbi por Navidad

25 de diciembre de 1996

Cristo, luz de los hombres

1. «Todos confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios» (Sal 98, 3). Hoy, día de alegría, resuena para los habitantes de Roma y del mundo entero el anuncio gozoso del nacimiento del Hijo de Dios; Navidad es un misterio de gracia para contemplar; Navidad es un acontecimiento extraordinario para compartir. La fuente de la alegría de hoy es descrita, con expresiones de admiración, por un canto navideño polaco. «¡Nace Dios, el poder humano queda anonadado, el Señor de los cielos se despoja! El fuego se amortigua, el fulgor se vela, el Infinito se pone límites. Despreciado, revestido de gloria, ¡el Rey de los siglos se hace mortal! Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (F. Karpinski, S. XVIII).

2 - El poeta se refiere al prólogo del evangelio de Juan, que presenta como un misterio lo que Mateo y Lucas describen como un acontecimiento. «En el principio ya existía la Palabra

y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios... En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió» (Jn 1, 1-5).

La luz brilló, en la noche, sobre la cueva de Belén; brilló ante los ojos de los hombres, revelando a todos que la Palabra de Dios había venido al mundo.

3. El evangelista observa, sin embargo, que «el mundo se hizo por medio de Ella, y el mundo no la reconoció» (Jn 1, 10). La reconocieron solamente los pastores de Belén que, pobres pero vigilantes, se apresuraron a seguir la luz que les indicaba el lugar donde había nacido el Hijo de María. Ellos fueron los primeros en acoger la Palabra; y la Palabra «les dio poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12).

4. El autor de la carta a los Hebreos dice: «En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas.

Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo» (Hb 1, 1-2). El Hijo, que es reflejo de la gloria del Padre e impronta de su ser, sostiene todo con su palabra poderosa (cf. Hb 1, 3). Es él quien ha creado el cosmos; en él existe y por él perdura en su existencia. Sí, la encarnación del Hijo de Dios es como la culminación de la creación. Por eso, otro canto navideño polaco recuerda que «el día de Navidad toda la creación se alegra», porque en el Hijo recién nacido de la Virgen, la creación reconoce a su Creador y Señor.

5. Compartamos juntos, hermanos y hermanas del mundo entero, este canto de alegría, mientras resuenan por doquier y en diversas lenguas, las tradicionales melodías navideñas.

Resuenen gozosas en las iglesias y en los templos, donde los cristianos se reúnen en torno al Nacimiento para acoger al Hijo de Dios. Lleven paz y serenidad especialmente allí donde, como en Bosnia y Herzegovina o en Guatemala, después de largos años de guerra interna y externa, callan finalmente las armas y los hombres reemprenden el camino del acuerdo solidario.

6. Pero, mucho más lejos ha de llegar el eco de los cantos de Navidad. Debe atravesar los muros, tras los cuales continúan retumbando las armas, rompiendo el encanto de paz de un día tan santo.

Pienso en Belén y en toda Tierra Santa, donde Jesús nació y vivió; tierra que él amó y donde la esperanza no debe morir, a pesar de las provocaciones y los profundos contrastes. Pienso en Chipre, aun dividido, en Argelia, víctima de una violencia injustificable. La mirada, en este día de fiesta, se dirige también hacia el este, hacia Afganistán y Sri Lanka, donde persisten luchas fratricidas y conflictos de identidad, que causan desolación y muerte.

7. Y ¿acaso se puede olvidar África? Precisamente en su corazón, en la región de los Grandes Lagos, este joven continente está viviendo, entre la indiferencia general de la comunidad internacional, uno de los dramas humanitarios más crueles de su historia. Miles y miles de personas —que son hermanos y hermanas nuestros—, vagan víctimas del temor, del hambre y de las enfermedades y, lamentablemente, no podrán saborear la alegría de la Navidad. Nadie puede quedarse tranquilo ante este escándalo, que las palabras y las imágenes consiguen evocar sólo pálidamente.

8. Resignarse ante semejante violencia e injusticia sería un rechazo demasiado grave de la alegría y de la esperanza que nos trae la Navidad. Dios se hace hombre y reitera que es posible vencer el odio, que es hermoso amarse como hermanos y hermanas. Divino Niño, alienta con tu dulce presencia a los hombres y mujeres a superar odios y rencores, ayúdales a emprender de nuevo el diálogo y a recorrer juntos el camino de la vida. Haciéndose portavoz e intérprete del anhelo de todos los hombres, el citado poeta polaco dice: «¡Levanta la mano, divino Niño! Bendice la querida patria con buenos consejos y con bienestar. Sostén su fuerza con la tuya. Bendice nuestra casa y toda la heredad y todas las aldeas y ciudades. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».

9. La liturgia de Navidad nos repite hoy: «Nos ha amanecido un día sagrado: venid, naciones, adorad al Señor» (Canto del Aleluya). Vamos hacia ti, Verbo de Dios, para alcanzar la sabiduría: vamos hacia ti, Cristo, Hijo de Dios, para pedirte gracias y bendiciones. Tú, Niño de Belén, Hijo de Dios y de la Virgen María, eres nuestro Redentor, que salvas a todo ser humano con el don de tu vida. Haz que florezca la paz allí donde resuena tu nombre. Alza tu mano, divino Niño, y bendice la tierra que ha visto tu salvación, Tú que por amor has venido a habitar entre nosotros.

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