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S.S. Juan Pablo II, Mensaje de S.S. Juan Pablo II Urbi et Orbi por Navidad de 1995
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Mensaje Urbi et Orbi de S.S. Juan Pablo II por Navidad

25 de diciembre de 1995

Cristo, luz de los hombres

1. Hijo mío eres tú; hoy te he engendrado» (Hb 1, 5).

Las palabras de la liturgia de hoy nos introducen en el misterio del nacimiento eterno, más allá del tiempo, del Hijo de Dios, Hijo de la misma naturaleza del Padre. El evangelio de Juan dice al respecto:

«En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios.

La Palabra en el principio estaba junto a Dios» (Jn 1, 1-2). En el Credo profesamos la misma verdad «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarno de María, la Virgen, y se hizo hombre». Esta es la alegre noticia de la Navidad del Señor, como la han transmitido los evangelistas y la tradición apostólica de la Iglesia. Hoy queremos anunciarla «a la Ciudad y mundo», Urbi et orbi.

2. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de la Palabra» (Jn 1,10).

Viene a los suyos aquel que nace en la noche de Navidad, ¿Para qué viene?

Viene para comunicar una «fuerza nueva», un poder distinto del poder del mundo. Viene pobre en un establo de Belén, con el don más grande: da a los hombres la filiación divina. A todos los que lo reciben les da el «poder para ser hijos de Dios» (Jn 1, 12), a fin de que por él, el Hijo eterno del Padre eterno, «sean engendrados por Dios» (cf. Jn 1, 13). En efecto, en él, en el recién nacido de la noche santa, está la vida (cf. Jn 1, 4):

vida que no conoce la muerte; vida de Dios mismo; vida que -como dice san Juan es la luz de los hombres. La luz brilla en la tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron (cf. Jn 1, 4-5). En la noche de Navidad surge la luz que es Cristo. Esta luz brilla y penetra

en los corazones de los hombres, infundiendo en ellos la nueva vida. Enciende en ellos la luz eterna, que siempre ilumina al ser humano, incluso cuando las tinieblas de la muerte envuelven su cuerpo. Por esto «la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14).

3. Vino a su casa, y los suyosno la recibieron» (Jn 1, 11), recuerda el Prólogo del evangelio de Juan. El evangelista Lucas confirma esta verdad y recuerda que «no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2, 7).

«Para ellos», es decir, para María y José y para el Niño que estaba a punto de nacer. Este es un tema que recuerdan a menudo los villancicos: «Los suyos no lo recibieron...». También hoy, en el umbral del año 2000, ¡cuántos pobres vienen a llamar a la gran «posada» de la comunidad humana, así como a la pequeña «posada» de nuestro corazón!

4. ¡Es Navidad, fiesta de la acogida y del amor!

¿Encontrarán sitio, hoy, las familias desplazadas de Bosnia-Herzegovina, que aun esperan recelosas los frutos de la paz, la paz proclamada recientemente? ¿Podrán regresar a un país realmente reconciliado los prófugos de Ruanda? ¿Podrá el pueblo de Burundi volver a encontrar el sendero de una paz fraterna? ¿Tendrán los habitantes de Sri Lanka la posibilidad de mirar juntos, dándose la mano, hacia un porvenir de fraternidad y solidaridad? ¿Se dará, finalmente, al pueblo iraquí la alegría de recuperar una vida normal, después de tantos años de embargo? ¿Encontrarán acogida las poblaciones de Kurdistán, entre las cuales muchas personas se ven obligadas a afrontar el invierno, una vez más, en la más dura precariedad? ¿Y cómo no pensar en los hermanos y hermanas del Sudán meridional que aún sufre la violencia armada, fomentada sin cesar? No podemos olvidar, finalmente, al pueblo de Argelia, que sigue sufriendo, víctima de pruebas desgarradoras. Es en este mundo herido donde irrumpe, tierno y frágil, el Niño Jesús. Viene a liberar al hombre prisionero del odio y esclavo de particularismos y divisiones. Viene a abrir nuevos horizontes. El Hijo de Dios hace nacer la esperanza de que a pesar de tan graves dificultades, despunte por fin en el horizonte la paz. Se perciben ya señales prometedoras incluso en tierras atormentadas como Irlanda del Norte y Oriente Medio. Que los hombres abran su corazón a la Palabra de Dios hecha carne en la pobreza de Belén.

5. Este es el misterio que celebramos hoy Dios «nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1, 2). Muchas veces y de muchas maneras Dios había hablado por los profetas, pero cuando «se cumplió el tiempo» (Ga 4, 4), habló por el Hijo, El Hijo es el reflejo de la gloria del Padre; la irradiación de su naturaleza, que lo sostiene todo con el poder de su palabra. Esto dice, refiriéndose al recién nacido Hijo de María, el autor de la carta a los Hebreos (cf. Hb 1, 3). Si por medio de él Dios Padre creó el cosmos, él es también el Primogénito y el Heredero de toda la creación (cf. Hb 1, 1-2). Este pobre Niño, para el cual «no había sitio en la posada», es, a pesar de las apariencias, el único Heredero de la creación entera. Vino para compartir con nosotros esta herencia suya, a fin de que nosotros, hechos hijos de la adopción divina, participemos de la herencia que él ha traído consigo al mundo. Palabra eterna, nosotros contemplamos hoy tu gloria, «gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1, 14). Que la gozosa noticia de tu Nacimiento, antiguo y siempre nuevo, llegue a través de la sombras del éter hasta los pueblos y las naciones de todos los continentes y traiga al mundo la paz.

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