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Mons. Alberto Brazzini Diaz-Ufano, Discurso del Mons. Alberto Brazzini Díaz-Ufano, Obispo auxiliar de Lima al Movimiento de Vida Cristiana.
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«Éste es el día en que actuó el Señor»

Discurso del Mons. Alberto Brazzini Díaz-Ufano, Obispo auxiliar de Lima al Movimiento de Vida Cristiana en el Auditorio del Pontificio Ateneo Antonianum.

Eminentísimo Señor Cardenal Francis Stafford, querido Luis Fernando, hermanas, hermanos todos en el Señor:

Reunidos en este hermoso encuentro quiero dirigirles unas palabras. Unas palabras que salen más que de los labios, del corazón. Del corazón de un obispo que quiere hablar no solamente como el que desarrolla su labor pastoral en la arquidiócesis donde el Señor quiso que naciera, a través del instrumento que está aquí presente, Luis Fernando, el Movimiento de Vida Cristiana, sino que también se siente obligado a hablar en nombre de todos los pastores, de todos los obispos que han recibido la inmensa bendición de Dios de tener al Movimiento en su propia diócesis.

Deseo comenzar yo también, como Luis Fernando, agradeciendo al Señor por las grandes cosas que hace, agradeciendo al Señor por este verdadero kairós, este tiempo de salvación. En estos días aquí en Roma hemos podido percibir tan de cerca, tan dentro de nosotros, tan alrededor nuestro la presencia del Espíritu, que podemos decir con verdad que «éste es el día en que actuó el Señor» 1 .

Quiero agradecerle al Señor Cardenal Stafford su trabajo entre nosotros. El Señor le pidió a él también, como a Abraham, que dejara su tierra, su querida Denver, para servir ya no a una porción pequeña de la Iglesia, a una arquidiócesis, sino a la Iglesia universal. Gracias Eminencia por ese servicio, por ese amor puesto en el servicio, por esa dedicación que nosotros percibimos tan de cerca en la organización de este evento que el Santo Padre le quiso confiar a su cuidado personal. Qué duda cabe que fue el Espíritu Santo quien inspiró al Santo Padre. Y el Santo Padre confió, lo que en ese momento era profecía y proyecto, al corazón fiel, trabajador y decidido del Cardenal encargado del Pontificio Consejo para los Laicos.

Con Luis Fernando quiero yo también recordar los días vividos, días intensa y profundamente vividos: los días del Congreso, el día y la tarde del Encuentro, la Vigilia de Pentecostés, la presencia del Santo Padre que siempre realiza el mismo milagro, el que Jesús le encargó a Pedro: «Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca. Y tú... confirma a tus hermanos» 2 . Es lo que el Papa ha hecho y lo que nosotros percibimos que ha pasado en nuestro interior: nos sentimos profundamente confirmados en la fe, nos sentimos como los Apóstoles el día de Pentecostés, saliendo del Cenáculo con el corazón lleno del fuego del Espíritu de Dios para hablar a los hombres de nuestro tiempo, para anunciar en esta "cultura de muerte", oscurecida por el pecado, la luz del Resucitado, el fuego de su Espíritu, el amor cristiano que es el único que transforma el corazón del hombre, el único que cambia las estructuras sociales, el único que crea la ansiada y esperada Civilización del Amor.

El Santo Padre considera a los movimientos «dones del Espíritu» 3 , «esperanza para la Iglesia» 4 , y en el Encuentro los animaba a trabajar en profunda sintonía con el obispo, con el Papa, con el magisterio de la Iglesia, es decir, a vivir profundamente la dimensión eclesial 5 . Quiero decirles que ustedes lo viven, ustedes tienen como parte fundamental del carisma recibido del Espíritu la fidelidad al Señor, el amor entrañable a la Madre, el saber que a Jesús solamente se llega por el camino que Él quiso utilizar para venir a nosotros, y ese camino ya lo sabemos, lo experimentamos, se llama María. Ustedes tienen también esta vital comunión con el obispo en la diócesis donde trabajan, y por eso quiero agradecerles en nombre, como decía, de mis hermanos obispos. En un momento en el cual vivimos una problemática tan profunda, es muy gratificante tener en la diócesis una comunidad como la de ustedes, y es bueno también saber que contamos con su oración, con su testimonio de vida, ese testimonio de vida que es consecuencia de la unión vital con Jesús, con ese Jesús que tiene que ser el centro de nuestra vida, la razón de nuestro actuar, el motivo permanente de la entrega y el sacrificio, porque nada vale la pena comparado con lo que vale el Señor.

Queridos hermanos, hemos venido al corazón de la Iglesia a ver a Pedro, a sentir su presencia, a escuchar su palabra. Qué bien y qué acertado el Santo Padre cuando dijo que para los movimientos --yo pensaba de modo especial en ustedes--, había pasado ya el tiempo de la adolescencia, había llegado el tiempo de la «madurez eclesial» 6 . Y en esta tarde, en esta fiesta, que es prolongación de Pentecostés, con el don de lenguas, con los idiomas distintos, con el único Espíritu, con la Madre presente, quiero darle gracias al Señor porque esto es así, porque ustedes realmente han llegado a la madurez, a la edad adulta. Crezcan siempre. Nunca el cristiano puede decir: "hasta aquí" o "ya llegué". Eso lo diremos el día más feliz de nuestra vida, cuando termina el tiempo y comienza la eternidad. Mientras estemos en camino, mientras seamos peregrinos --así como hemos venido a Roma iremos a la Roma definitiva, a la Patria del Cielo-- tenemos que crecer. «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» 7 . No hay medida más pequeña.

Finalmente, quiero recordar las palabras del Papa al final del Encuentro: «Hoy... Cristo os repite a cada uno: "Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda la creación" 8 . Él cuenta con cada uno de vosotros. La Iglesia cuenta con vosotros. El Señor os asegura: "Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" 9 » 10

Estoy seguro de que cada uno de ustedes, haciendo suyas las palabras de Cristo: «No se haga mi voluntad, sino la tuya» 11 , o haciendo suyas las palabras de María: «He aquí la sierva del Señor» 12 , o haciendo también propiedad de cada uno las palabras de Isaías: «Heme aquí, envíame» 13 --, le ha dicho al Señor un "sí" nacido del corazón. Gracias entonces al Señor, gracias a la Virgen Madre, gracias al Santo Padre, gracias al Señor Cardenal, gracias a Luis Fernando, gracias a todos.

Las notas han sido añadidas por el editor.


1

Sal 117,24.

2

Lc 22,32.

3

Juan Pablo II, Homilía en la Vigilia de Pentecostés, 25/5/1996, 7.

4

Lug. cit.

5

Ver Juan Pablo II, Discurso en el Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, 30/5/1998, 8.

6

Allí mismo, 6.

7

Mt 5,48.

8

Mc 16,15.

9

Mt 28,10.

10

Juan Pablo II, Discurso en el Encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades, 30/5/1998, 9.

11

Lc 22,42.

12

Lc 1,38.

13

Is 6,8.
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