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Cardenal Francis Stafford, Discurso del Cardenal J. Francis Stafford al Movimiento de Vida Cristiana.
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Movimiento de Vida Cristiana. Los dones del Espíritu al servicio de la Nueva Evangelización

Discurso del Cardenal J. Francis Stafford al Movimiento de Vida Cristiana en el Auditorio del Pontificio Ateneo Antonianum.

Estoy muy contento de estar con ustedes esta tarde. Ha sido también una gran alegría para mí estar con el Fundador del Movimiento de Vida Cristiana y del Sodalicio, Luis Fernando Figari, y con Germán Doig Klinge durante el «Congreso de Movimientos Eclesiales y Nuevas Comunidades» la semana pasada, junto con los otros cinco representantes de sus comunidades.

En la conclusión del Congreso expresé mi gratitud a los jóvenes peruanos por compartir con nosotros sus maravillosos talentos musicales la noche del miércoles. Las siguientes palabras forman parte de los comentarios conclusivos que dije el viernes por la tarde: «No podemos olvidarnos de expresar nuestro aprecio a los jóvenes y las jóvenes que contribuyeron la otra noche al sentido de la universalidad de la Iglesia por medio de su música. Los jóvenes peruanos y los napolitanos nos dieron la seguridad de que la gloria de Dios continúa reflejándose en la hermosa música de las naciones, regiones y ciudades de todo el mundo». Uno de los momentos más destacados de mis varias visitas a Lima fue el descubrir la belleza vital de la música andina a través de los artistas del Movimiento y del Sodalicio. Estamos muy contentos de que muchos líderes laicos de la Iglesia católica hayan tenido ahora la misma experiencia.

La semana que acaba de pasar ha sido un milagro de gracia. La reunión en la Vigilia de Pentecostés fortalecerá el rol del laicado en el próximo siglo. De hecho, como dije, las 280,000 personas reunidas en la plaza San Pedro --la más grande reunión por lo menos desde 1950, y quizás la más grande jamás--, nos ofrecieron una ventana privilegiada al futuro de la Iglesia del próximo milenio: la Iglesia mostrará la comunión de los elementos jerárquicos y carismáticos.

Me dio una particular alegría conocer a los dos jóvenes peruanos que fueron confirmados por el Santo Padre y que recibieron el sacramento de la santa Comunión en la Solemnidad de Pentecostés. Tuve la oportunidad de saludarlos en la Basílica de San Pedro, después de la Misa.

La mayoría de ustedes visitan Roma por primera vez. Muchos están participando en una peregrinación desde el país donde su comunidad fue fundada, la tierra de Santa Rosa de Lima, San Martín de Porras, Santo Toribio, el gran Arzobispo de Lima, y San Francisco Solano. Vienen desde muchos países de América Latina en peregrinación a la ciudad de los Santos Pedro y Pablo, y de Santa Francisca Romana, San Felipe Neri, San Ignacio de Loyola y Santa Catalina de Siena.

Puesto que es posible que no tengan la oportunidad de venir en peregrinación a Roma durante el año jubilar, y estén por eso probablemente anticipando esa peregrinación en ésta de 1998, hablaré unos momentos sobre el sentido de su peregrinación.

Las gracias de una peregrinación romana son muchas. El reto fundamental es aprender de nuevo a experimentar la fe desde un diálogo con Jesús junto con María, Pedro, Juan y Pablo. Tienen una gracia especial por visitar durante su peregrinaje las cuatro Basílicas patriarcales de Roma: San Pedro, San Pablo Extramuros, Santa María la Mayor y San Juan de Letrán, la Catedral de Roma.

El peregrino a Roma entra en un intenso diálogo de salvación, una sacra conversatio (una santa conversación), con Cristo y sus cuatro grandes testigos presenciales cuyos nombres llevan las cuatro Basílicas patriarcales.

Santa Rosa de Lima nos manifiesta que cada nueva generación de americanos debe llegar al conocimiento y a la sabiduría de que el amor de Dios pesa más que el pecado y la culpa.

La respuesta a este reto exige una fe confiada en el amor de Dios. El mundo del siglo XX no puede negar su responsabilidad por la terrible violencia de nuestros tiempos. La tarea de ustedes es hacer del siglo siguiente un siglo mejor. Están llamados a crear una civilización de amor. La respuesta fundamental del cristiano en el nuevo milenio será afirmar el amor de Dios que sobrepasa toda esperanza y toda comprensión humanas. No se puede concebir nada mayor que el hecho de que Dios es un exceso de amor, Deus semper major. Dios ha entregado a su único Hijo al abismo de la muerte y del pecado por nosotros. Esto es «más grande de lo que puede ser pensado» 1 . Éste tiene que ser el mensaje que los cristianos lleven al próximo siglo. La misión especial de ustedes será la de crear una cooperación más profunda entre los países del continente americano, sobre todo entre los hemisferios norte y sur de nuestro continente.

La gracia de un peregrinaje romano es la de sondear las profundidades de la alegría que es nuestra como hijos de Dios. La alegría brota solamente de la belleza del amor de Dios revelada en Cristo crucificado. El Señor Jesús ha asumido la muerte sobre sí para que podamos vivir.

El peregrino trata de descubrir hoy sus raíces cristianas. Las puede encontrar en el movimiento que va de la fe al amor, en nuestra respuesta al misterio inmenso del amor de Dios en Cristo: «Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» 2 .

Para concluir quiero ahondar más en vuestra sacra conversatio durante vuestra peregrinación con Jesús y los cuatros santos cuyas memorias se conservan en las cuatro Basílicas patriarcales de Roma. Formando una constelación alrededor de Él, ellos sirven como arquetipos y modelos para la experiencia de fe de los cristianos que los siguen.

En primer lugar, la experiencia que Jesús tiene de Dios. Meditando en el capítulo segundo de la Carta a los Filipenses podemos echar una mirada a la experiencia que Jesús tiene de Dios: la suya fue la humildad extrema y la máxima autoconciencia posible de lo que había visto y oído reposando en el seno de su Padre. Su experiencia fue y permanece incomunicable. Pero el ascenso de Jesús al Padre 3 se ofreció a aquellos testigos que no buscaron su propio honor, sino que estaban dispuestos a servirlo incluso hasta aceptar una muerte violenta. Dieron testimonio de que habían tocado y visto y oído al Padre celestial en Jesús.

Un peregrino está en búsqueda de los fundamentos de su libertad. El Papa Juan Pablo II dice que sólo la contemplación de Cristo crucificado nos muestra el verdadero significado de la libertad: «Cristo crucificado revela el significado auténtico de la libertad» 4 . La pedagogía de la Cruz nos abre a las dimensiones más profundas de la vida moral cristiana: la entrega total de sí mismo. El Papa continúa: «La contemplación de Jesús crucificado es la vía maestra por la que la Iglesia debe caminar cada día si quiere comprender el pleno significado de la libertad: el don de uno mismo en el servicio a Dios y a los hermanos. La comunión con el Señor resucitado es la fuente inagotable de la que la Iglesia se alimenta incesantemente para vivir en la libertad, darse y servir» 5 .

Al meditar acerca del amor redentor, Jean Vanier, el fundador de la comunidad L'Arche para los minusválidos, dijo la semana pasada que, conforme el mundo se vuelve más eficiente y desarrolla economías y armas más poderosas, la Iglesia se vuelve cada vez más a proteger a los más débiles, los más pobres, los más desposeídos del mundo.

La experiencia que María tiene de Dios. María es la Madre del Verbo Encarnado. Su experiencia de fe es maternal. Empezó con la Anunciación, con el sentido ciego del tacto, con su discernimiento de una presencia oculta, interior, de un don: el misterio del amor imposible de sobrepasar, el Verbo Encarnado en su seno. A través del testimonio de María conocemos la fe como maternal.

La experiencia de Dios del apóstol, especialmente de Pedro y de Juan. Fue central en su experiencia el llamado de Jesús a estar con Él. Continuarían estando con Él incluso en medio de sus pruebas. Sólo su experiencia de sí mismos en la prueba final y muerte del Señor les permitió verse a sí mismos como lo que verdaderamente eran: amigos que abandonan al Pastor asesinado. No vacilan en hablar abiertamente de estos hechos --Pedro de su traición, los demás Apóstoles de su fuga atemorizada, y Juan de su interminable somnolencia durante la prueba decisiva de Jesús en la oscuridad de Getsemaní--.

La experiencia de fe de Pablo. Pablo no se encontró con Jesús durante su vida terrena. Él admite que persiguió implacablemente a Jesús en sus discípulos. Más tarde, después de haber dictado todo su mensaje, San Pablo describe, escribiendo con su propia mano al final de su Primera Carta a los Corintios, la condición básica para ser cristiano: «El saludo va de mi mano, Pablo. El que no quiera al Señor, sea anatema» 6 .

Pablo subraya el tema principal de la epístola: la prueba fundamental de pertenecer a la comunidad de creyentes es el tener un amor personal por Jesucristo. Esto constituye el centro de nuestro ser cristiano, nuestra marca distintiva. Y por supuesto, San Pablo había dicho antes que él no quiso «saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado» 7 , ni proclamar otra cosa sino la «predicación de la cruz», que es «necedad» para los que no la aceptan, pero para nosotros «es fuerza de Dios» 8 ; para ellos «olor... de la muerte», para nosotros «olor... de la vida» 9 .

Todos los Apóstoles comprendieron su terrible caída durante sus pruebas purificadoras. Confesaron su falta de fe y luego dieron su obediencia definitiva de fe al Señor resucitado y a su comunión con Él en su Espíritu.

Durante su peregrinación estos arquetipos y modelos de fe en Cristo los fortalecerán para su discipulado en el nuevo milenio. Ruego que Jesús tenga misericordia de cada uno de ustedes y que María, Pedro, Pablo y Juan intercedan por ustedes y por sus amigos y sus familias en sus hogares.


1

San Anselmo, Proslogion, II.

2

Jn 3,16.

3

Ver Jn 6,32.

4

Veritatis splendor, 85.

5

Veritatis splendor, 87.

6

1Cor 16,21-22.

7

1Cor 2,2.

8

1Cor 1,18.

9

2Cor 2,15s.
Consultas

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