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Cardenal Alfonso López Trujillo, Discurso del Cardenal Alfonso López Trujillo al Movimiento de Vida Cristiana
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El Esp√≠ritu, Se√Īor y Dador de vida. La familia y la vida de cara al tercer milenio

Discurso del Cardenal Alfonso López Trujillo al Movimiento de Vida Cristiana

Auditorio del Pontificio Ateneo Antonianum, Roma, 3 de junio de 1998

He aceptado con mucho agrado compartir con ustedes estas reflexiones dado que me considero muy cercano a esta familia del Sodalitium. Como ha dicho el Fundador, acabo de desempacar maletas, pues he estado quince días en San Petersburgo y en Ucrania, en unos cursos de familia y de bioética que organizamos.

Aun sabiendo que de todas maneras llegar√≠a muy al filo de este encuentro acept√© la invitaci√≥n con enorme gusto. En primer lugar, para asociarme a la alegr√≠a de este momento tan importante en la vida de la familia del Sodalitium. Esta presencia masiva en Roma es muy significativa. Movilizar tanta gente, sobre todo desde Am√©rica Latina, que es distante, con todo lo que eso representa, no es tarea f√°cil. Pero, adem√°s, el tema que se me propon√≠a --el Esp√≠ritu Santo, Se√Īor y Dador de vida en la Iglesia dom√©stica, en el santuario de la vida que es la familia-- representa para m√≠ una muy buena oportunidad de di√°logo. No va a ser por tanto una conferencia de tipo acad√©mico, sino sencillamente algunas reflexiones en torno a este tema, en el a√Īo dedicado al Esp√≠ritu Santo en la preparaci√≥n del tercer milenio.

Mis felicitaciones muy cordiales por todo lo que este momento significativo representa, por ese encuentro tan hermoso con el Sucesor de Pedro desde días anteriores, y por todo lo que esto implica en vitalidad, esa vitalidad que en profundidad viene del Espíritu.

El Esp√≠ritu Santo, alma de la Iglesia, es Se√Īor y Dador de vida, como lo confesamos en el Credo, con un t√≠tulo en algunos aspectos incluso curioso. El t√≠tulo de "Se√Īor" suele estar en el Nuevo Testamento muy centrado en el se√Īor√≠o mismo de Cristo. Sin embargo, la Iglesia confiesa al Esp√≠ritu Santo Dominum et vivificantem, Se√Īor y Dador de vida. El vivificantem en lat√≠n es mucho m√°s expresivo que lo que podr√≠a ser, me parece, en otras lenguas: vivificantem, vivificans. Llama la atenci√≥n que el t√≠tulo, usualmente referido a Nuestro Se√Īor Jesucristo, se ampl√≠e --por as√≠ decirlo-- tambi√©n al Esp√≠ritu. Uno no confiesa que cree en, con toda la fuerza que ello significa, sino en las personas de la Trinidad. "Creer en" tiene una fuerza muy caracter√≠stica en el griego, expresada en el acusativo. Creer en --ese acusativo griego eis ton The√≥n-- es algo absolutamente reservado a las personas divinas de la Trinidad. No confiesa uno a la Iglesia de la misma manera; uno no cree en la Iglesia con ese sentido fuerte del griego. Uno cree que en la Iglesia est√° el Esp√≠ritu, que es por otra parte como el alma de la Iglesia, pero la Iglesia en ning√ļn momento es divinizada, elevada a la categor√≠a del Padre. Eis ton The√≥n: creo en el Padre, creo en Jesucristo, su √önico Hijo, creo en el Esp√≠ritu Santo, que despu√©s es presentado como Se√Īor y Dador de vida.

Cristo aparece en la Primera Carta a los Corintios como objeto inmediato de la totalidad de la fe, como Aquel a quien la Iglesia puede confesar s√≥lo en virtud de la fuerza del Esp√≠ritu. Hay una efusi√≥n del Esp√≠ritu que parte del Resucitado, Dux vitae, Se√Īor de la vida, pero es en virtud de la acci√≥n del Esp√≠ritu Santo que en la Iglesia surge la fe, pues ¬ęnadie puede decir "¬°Jes√ļs es Se√Īor!", sino con el Esp√≠ritu Santo¬Ľ 1 . Solamente en la fuerza del Esp√≠ritu es posible hacer la confesi√≥n fundamental: Jes√ļs es Se√Īor, √Čl es el Kyrios. Y esta confesi√≥n fundamental tiene una caracter√≠stica muy especial.

Muchos se preguntan: ¬Ņpero s√≥lo en virtud del Esp√≠ritu se puede decir que Jes√ļs es Se√Īor? Pues bien, si eso fuera una simple confesi√≥n vocal, con los labios, meramente declarativa, no se ve por qu√© se necesitar√≠a la fuerza del Esp√≠ritu. Si es una expresi√≥n solamente vocal, la fuerza del Esp√≠ritu Santo no es necesaria. Pero si se trata de una confesi√≥n real, es decir de la entrega de la totalidad de la vida, en una respuesta de todo el ser, que hace que el ser --y en ello insistir√© despu√©s-- ex-sista, salga de s√≠, para una donaci√≥n especial, eso no puede realizarse, con todo lo que significa e implica, sino en virtud de la gracia, de la fuerza, de la energ√≠a del Esp√≠ritu. Una confesi√≥n que en el momento en que esto se escrib√≠a exig√≠a sin duda de parte de los cristianos arriesgar o dar la vida, una confesi√≥n hasta el martirio, con esa totalidad de entrega, requiere la fuerza del Esp√≠ritu Santo. Los m√°rtires lo son porque el Esp√≠ritu Santo los ha movido, los ha llenado de una fuerza que de suyo no podr√≠an de manera alguna tener.

Al confesar en el Credo: Dominum et vivificantem, creemos en el Esp√≠ritu que es persona en la Trinidad. Nos hallamos pues con una relativa novedad, por la cual ese se√Īor√≠o --al Esp√≠ritu se le llama Se√Īor, Dominum-- se manifiesta en la caridad de Aquel que da la vida.

Esta confesi√≥n nos remite a una serie de textos de la Escritura. Ya desde el mismo libro del G√©nesis todo lo que manifiesta una realidad de vida tiene como base el soporte, el soplo, el h√°lito del Esp√≠ritu. La misma presentaci√≥n po√©tica --hermos√≠sima, con toda la riqueza que tiene-- de Dios como un alfarero que amorosamente hace al hombre con sus propias manos --se√Īala un Padre de la Iglesia que las manos son como el mismo Esp√≠ritu en acci√≥n--, nos muestra c√≥mo insufla ese aliento de vida en el hombre 2 . Ese aliento vital en la Escritura es el ruaj, es un viento. En Pentecost√©s lo es en forma impetuosa: el viento que conmueve, que lo penetra todo.

Ese ruaj es efundido por el Padre, y el h√°lito vital sobre las narices de ese hombre que acaba de formar con sus manos --es muy hermosa esta presentaci√≥n catequ√©tica y po√©tica del G√©nesis-- hace que √©ste viva, que se convierta en un ser viviente --el t√©rmino hebreo nefesh es muy rico--. Antes no vive; en virtud de ese aliento vital que se comunica con el ruaj, el esp√≠ritu, vive. Por eso en much√≠simos pasajes de la Escritura, en los Salmos por ejemplo, se puede ver que cuando falta el aliento y el soporte del Esp√≠ritu, todo va a la muerte. Se vive --o se revive-- en virtud del Esp√≠ritu. Tal vez uno de los relatos m√°s hermosos es el de Ezequiel, el del campo lleno de huesos calcinados que expresa la muerte significada claramente en los restos humanos. Pero en virtud del Esp√≠ritu todo vuelve a cobrar vida: los huesos se recubren de nervios y de m√ļsculos, los muertos se levantan 3 .

El Esp√≠ritu es el que da la vida, el que sostiene esa vida. Por eso el Concilio puede decir que el Esp√≠ritu es en la Iglesia como ¬ęel alma en el cuerpo humano¬Ľ 4 . Vivimos como personas humanas en virtud del principio formal del alma. En la Iglesia el Esp√≠ritu Santo es de tal manera fuente de la vida que es como el alma de la Iglesia. Es la fuente que en virtud del ruaj, del viento impetuoso, le da la vida. Es toda la Iglesia la que se mueve. Cada miembro en la Iglesia, toda la Iglesia es movida por el viento vivificador e impetuoso del Esp√≠ritu. Esto se presenta de forma preciosa en la Carta a los Romanos: ¬ŅQui√©nes son los hijos de Dios? Qui sunt filii Dei? ¬ęQuicumque Spiritu Dei aguntur¬Ľ, ¬ętodos los que son guiados por el esp√≠ritu de Dios --dice San Pablo-- son hijos de Dios¬Ľ 5 . Son guiados, movidos, impulsados por el Esp√≠ritu Santo. Y el Esp√≠ritu Santo se vuelve en ellos el principio vivificador que los lleva al movimiento.

De la Catedral de Santa Sofía --que era la gran gloria de la cristiandad en Constantinopla, ahora Estambul, antes de que los musulmanes la convirtieran en una mezquita-- se dice que estaba ideada como una inmensa tienda al interior de la cual el Espíritu soplaba, llenando así esos espacios que se volvían bellísimos, llenos de mosaicos hermosos. A cada persona el Espíritu la mueve como se mueve un bajel, una barca de vela; pero es toda la Iglesia la que se mueve y se infla, como la Catedral de Santa Sofía, por el viento impetuoso del Espíritu.

Vivificador, Dador de vida, es una expresión muy fuerte, porque lo es en virtud de ser fuente de amor, es decir de aquel paso fundamental en el cual del egoísmo se pasa a la entrega. Y ese paso del egoísmo a la entrega en un amor oblativo, comprometido, que busca el bien del otro, es posible solamente en el Espíritu. El hombre herido por el pecado, con una libertad golpeada, puede volver al resplandor original en virtud de un amor rescatado y purificado en Cristo. Eso es lo que en filosofía significa existir. Se ex-siste cuando se sale de sí, de un encerramiento, de una prisión, y este salir de sí es como una especie de éxtasis --no el de los místicos, aunque también-- en el cual lo fundamental es dejar esa caparazón reducida, asfixiante del egoísmo, y así llenar de oxígeno al cristiano y a la Iglesia.

A la Iglesia la hace respirar el Esp√≠ritu. Cuando parece que el Esp√≠ritu no act√ļa no es por falta de acci√≥n del Esp√≠ritu, sino porque le ponemos trabas y lo contristamos. ¬ęMe lypeite to Pneuma¬Ľ, dice San Pablo, ¬ęno contrist√©is al Esp√≠ritu¬Ľ 6 . Contristar --el verbo en griego es muy expresivo-- al Esp√≠ritu Santo es quedarse en dificultades, en tristezas, en la desidia; es no dejarlo actuar. Cuando el Esp√≠ritu Santo es limitado por nuestra cerraz√≥n, yo dir√≠a que la Iglesia no respira, y por lo tanto tampoco evangeliza. Es como un enfisema pulmonar: no hay ox√≠geno. Y cuando no hay ox√≠geno, la Iglesia se pierde en muchas cosas secundarias, en discusiones sin mayor inter√©s, no navega, se vuelve una especie de barca que da vueltas sobre s√≠ misma, no tiene √≠mpetu evangelizador, no es capaz de proclamar. Para proclamar hay que tener ox√≠geno nuevo, pulmones en√©rgicos, llenos de la fuerza del Esp√≠ritu. El enfisema pulmonar se ha acentuado demasiadas veces en la vida de la Iglesia porque algunos de sus miembros se han dedicado a no respirar bien, a consumir ideolog√≠as, a perderse en peque√Īas discusiones, a enmendarle la plana a los proyectos originales de Dios, a reinterpretar lo que debe ser la Iglesia, la unidad. Pero cuando el Esp√≠ritu le inyecta el ruaj a cada persona, a la Iglesia en su totalidad, proporciona unas v√°lvulas gigantescas de ox√≠geno. Entonces la Iglesia respira, y el respirar de la Iglesia es el evangelizar, es el comunicar el Evangelio. La Iglesia existe en la doble misi√≥n de empe√Īarse en el amor y de evangelizar en ese mismo empe√Īo.

Ahora bien, esto tiene un valor particular√≠simo en esa Iglesia que es la Iglesia dom√©stica, en esa Iglesia a la cual el Se√Īor le conf√≠a nada menos que ser santuario de la vida: la familia. Cuando se habla de Se√Īor y Dador de vida es obvio que se est√° hablando en el sentido m√°s fuerte: de la vida en Cristo, de la vida en la Trinidad, de la vida en el Esp√≠ritu, de la vida eterna. Pero se est√° hablando desde luego de toda vida, que requiere precisamente esa intervenci√≥n de Dios para comenzar. Sin embargo, para que esa vida se desarrolle, se articule, para que sea tambi√©n vida eterna, en la fuerza caracter√≠stica de esa expresi√≥n, ello requiere de un vigor muy especial en la familia. Desafortunadamente puede haber ocurrido que este tema sea menos explotado y menos conocido. En el Pontificio Consejo para la Familia estamos reflexionando al respecto. Vamos a reunir en unas semanas a un grupo de especialistas para estudiar el tema del Esp√≠ritu Santo en la familia. Porque --puede ser que me equivoque-- es un asunto que ha sido poco trabajado, y que requiere ser ahondado. Se podr√≠an incluso considerar algunas propuestas como, por ejemplo, que en la liturgia, en la misma celebraci√≥n del matrimonio, aparezca en la epiclesis mucho m√°s claramente esta verdad.

El autor de esa comunidad de vida y de amor es Cristo, no los esposos. Es Cristo el autor, es Cristo el que sale al paso, es Cristo el que los une. Por eso ¬ęlo que Dios ha unido no lo separe el hombre¬Ľ 7 , como reza la ense√Īanza bien conocida del Evangelio de San Mateo.

Es muy interesante la f√≥rmula --venerabil√≠sima desde el siglo VIII o IX-- que en el C√≥digo de Derecho Can√≥nico se redescubri√≥, seg√ļn la cual el matrimonio constituye un ¬ęconsorcio de toda la vida¬Ľ 8 . Se trata de una comunidad de toda la vida, en una totalidad de entrega que solamente puede darse en virtud de un amor que tiene como ra√≠z el Esp√≠ritu. La espiritualidad conyugal no puede estar alejada de este camino, pues hoy se va viendo cada vez con mayor claridad que tal vez el t√©rmino m√°s importante en la comunidad de vida y amor es √©ste: totalidad. Me explico: cuando uno lee o relee la bell√≠sima y prof√©tica enc√≠clica Humanae vitae, all√≠ uno ve las caracter√≠sticas fundamentales del amor que el Papa se√Īala: es un amor ¬ęplenamente humano¬Ľ, un amor ¬ętotal¬Ľ, un amor ¬ęfiel y exclusivo¬Ľ, un amor ¬ęfecundo¬Ľ 9 . En sus notas, el amor en pareja responde precisamente a la noci√≥n de la antropolog√≠a b√≠blica de formar una sola carne: m√≠a sarx 10 . Se trata de una expresi√≥n muy fuerte: una identidad tal que no es s√≥lo la uni√≥n de cuerpos, es la uni√≥n de esp√≠ritus, pero es la uni√≥n de esp√≠ritus en una novedad maravillosa: una sola carne. Esta unidad en toda su fuerza se produce por el aspecto de la totalidad del amor, de lo entero de la relaci√≥n de ese amor. Es decir, lo que hace que el amor de los esposos se vuelva unidad de una sola carne es el consentimiento, la donaci√≥n rec√≠proca, pero no una donaci√≥n rec√≠proca de cualquier tipo, sino una donaci√≥n rec√≠proca en t√©rminos de totalidad.

En el Plan de Dios se puede ver que esa totalidad, que tiene que ser por acci√≥n del Esp√≠ritu, es hermos√≠sima, pero al mismo tiempo exigente. Entrega y totalidad suponen en primer lugar la totalidad del mismo acto de salir de s√≠ para entregarse incondicionalmente al bien del otro; la totalidad requiere respeto, ternura, signos, amor, lenguaje comprensible. El Santo Padre habla, utilizando una expresi√≥n muy hermosa, del lenguaje de los cuerpos, del cuerpo al servicio de la epifan√≠a de ese momento. La totalidad en la entrega se da en el consentimiento. La rec√≠proca donaci√≥n como totalidad es muy compleja, no es nada f√°cil. ¬°Hay tantos ego√≠smos que susurra el mundo de hoy, tantos peque√Īos halagos!

Es tambi√©n una totalidad en el tiempo. Una forma de totalidad que no sea de absoluta duraci√≥n en el tiempo, hasta la muerte, har√≠a que ese amor no sea un consentimiento de totalidad. De all√≠ que se trata de amar hasta la muerte. ¬°Qu√© frase tan hermosa! ¬°Es una declaraci√≥n de amor tan comprometedora, una palabra tan llena de significado! Esto quiere decir que no es por una semana, por un mes o por un a√Īo, sino a lo largo de toda la vida, de tal manera que hay que madurar bajo la mirada de Dios, madurar en la persona, madurar en toda su riqueza de ser humano, as√≠ el cuerpo vaya envejeciendo. Cuando algunas personas cambian de pareja cada cierto tiempo, en lo que se llama poligamia sucesiva, se da una deformaci√≥n total del amor. En el aut√©ntico amor m√°s bien el desgaste del tiempo, de la enfermedad, en lo f√≠sico, se ve compensado por una nueva profundidad y una riqueza cada vez mayor, por una madurez formidable en la entrega que no se mide s√≥lo por el aspecto reductivo de la uni√≥n sexual.

Se trata de una totalidad en la entrega que asegura la confianza de la exclusividad interior y exterior. En el Discurso a Diogneto podemos leer acerca de los cristianos: ¬ęPonen mesa com√ļn, pero no lecho¬Ľ 11 . El lecho no, por la exclusividad del amor entre los esposos que nadie puede alterar inmiscuy√©ndose. La totalidad --y una totalidad en exclusividad-- se vuelve un canto a la fidelidad, que lo es tambi√©n a la felicidad. Porque nadie puede decir que el Se√Īor invent√≥ el matrimonio como un instrumento de tortura. Jam√°s aparece esa idea en ning√ļn texto. Tampoco puede verse al matrimonio como una tumba del amor, o una prisi√≥n oscura. Que en un matrimonio pueda haber momentos de dificultad es normal, pero es a la felicidad a la que convoca el Se√Īor en el Esp√≠ritu, y el matrimonio es para la felicidad en la totalidad de la entrega. Si la entrega no es total, entonces la felicidad no se tiene, no se puede tener, aunque las personas digan que les est√° yendo muy bien. Y es que el hombre es una verdad integral, y el equilibrio de la integralidad de la persona requiere del don de una aut√©ntica fidelidad.

Refiri√©ndose a ese don, G.K. Chesterton, con su humor espl√©ndido, dec√≠a que las aves que no hacen nido, no maduran. Un ave que no hace nido es inmadura. A no ser que se trate de una vocaci√≥n caracter√≠stica en la riqueza de Dios --la vida sacerdotal, la vida consagrada-- lo usual es que, como dice Chesterton, un ave que no hace nido, un nido estable, un nido comunidad de vida y amor, no se desarrolle. Este nido estable supone una totalidad de amor, y la totalidad de amor supone expl√≠cita e impl√≠citamente una cierta presencia del Esp√≠ritu. Desde luego que para el matrimonio sacramento eso es m√°s que evidente, pero tambi√©n lo es para aquellos que viven un matrimonio natural sin haber conocido a Cristo. La gracia de Dios y la moci√≥n del Esp√≠ritu --afirma la Gaudium et spes-- obra en ellos ¬ęde modo invisible¬Ľ 12 . Dios de alguna manera est√° actuando en ellos. Por eso en la Carta a los Efesios 13 --esto lo digo inclusive con esperanza-- la Iglesia descubre el sacramento, pero tambi√©n, en virtud de la unidad en una sola carne, descubre de alguna manera esa presencia de Dios en aquellos que han fundado una familia que no tiene todav√≠a la luminosidad, la riqueza, la profundidad de la fe.

Hay que redescubrir entonces una espiritualidad matrimonial en la familia que siga el camino de la donaci√≥n de Cristo por la Iglesia, seg√ļn la hermosa expresi√≥n de San Pablo: ¬ęCristo am√≥ a la Iglesia y se entreg√≥ (tradidit) a s√≠ mismo por ella¬Ľ 14 . Hay algunos autores que est√°n trabajando este fil√≥n de la espiritualidad matrimonial que me parece muy rico. El Se√Īor ¬ęse entreg√≥ a s√≠ mismo¬Ľ. Es una entrega de donaci√≥n, un amor oblativo, una donaci√≥n plena. Ese entregarse a s√≠ mismo, como lo hizo Cristo por la Iglesia, es precisamente el ejemplo para los esposos. Una donaci√≥n que, as√≠ como la de Cristo, implica tambi√©n la acci√≥n del Esp√≠ritu. Todo esto supone al Esp√≠ritu presente en la Iglesia, supone una profunda fe en la acci√≥n del Resucitado, que infunde el Esp√≠ritu en el gran Pentecost√©s eclesial, pero tambi√©n en el pentecost√©s del amor, del encuentro, del lenguaje, de la unidad, de la ternura, del compromiso, de la piedad de los esposos. Y esto en relaci√≥n con los dos aspectos fundamentales, porque un amor de totalidad es un amor abierto a la vida, al don del hijo. ¬ęLos hijos son, sin duda, el don m√°s excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres¬Ľ 15 , se√Īala la Gaudium et spes. Son, pues, el don de la vida, ese don de la vida que se acoge.

La vida es siempre don de Dios. √Čl es su fuente. Se acoge con alegr√≠a, con esp√≠ritu de fiesta, con reconocimiento, pero se acoge como una misi√≥n en la familia, para educar, para formar.

Hoy podemos ver que se acoge poco la vida; parece como si se la teme m√°s y m√°s. Reci√©n llegado de Rusia tengo algunas cifras en la memoria: se dan anualmente 3 y medio millones de abortos en esa naci√≥n. Algunas mujeres abortan 3, 4 √≥ 5 veces en su vida, y en algunos casos parecer√≠a que no tienen mucha conciencia. Ya en una visita anterior nos hab√≠an dicho que all√° el aborto era una operaci√≥n quir√ļrgica secundaria. Aunque a veces se les complica por problemas m√©dicos, para ellos es una operaci√≥n quir√ļrgica secundaria que no afecta valores morales. Y en Ucrania, que tiene 50 millones de habitantes, se dan cerca de 2 y medio millones de abortos cada a√Īo. Ya lo sabemos, 40 √≥ 50 millones en el mundo. Hoy en Europa ha crecido mucho el miedo a la vida. En una reuni√≥n sobre demograf√≠a que realizamos hace algunos a√Īos con un grupo de especialistas, se dec√≠a, utilizando una imagen gr√°fica, que esto es como el ¬ęTitanic¬Ľ: muchos van en un barco de primera clase, creyendo que nadie podr√° hundirlo, entre m√ļsica y champa√Īa, pero all√≠ est√° el iceberg, y con el iceberg viene el invierno demogr√°fico: pa√≠ses en los que la poblaci√≥n empieza a reducirse. Hay un miedo a la vida que se inculca con el mito demogr√°fico de la sobrepoblaci√≥n que cada d√≠a se va viendo con m√°s claridad que es s√≥lo un mito.

La familia, esa comunidad de vida y de amor en donde hay un rec√≠proco donarse, una mutua ayuda (mutuum adjutorium), tiene su raz√≥n de ser tambi√©n complementariamente en el hecho de dar la vida, como instrumento de Dios que la comunica infundiendo el alma, y de educar en la vida. √Čsa es una misi√≥n de la familia. Cuando a la familia la separan de la vida, por el camino de la contraconcepci√≥n que se vuelve un imperialismo y un colonialismo, se traiciona la total comuni√≥n de amor y se destruye ese amor. Eso lo hab√≠a advertido ya Pablo VI en la Humanae vitae 16 . Separar el amor unitivo del amor fecundo es atentar contra la ra√≠z misma de ese √ļnico amor.

El miedo a la vida va creciendo por muchos factores, no s√≥lo por el ego√≠smo --aunque lo hay, ¬°y de qu√© manera!-- sino tambi√©n por problemas reales, como el del trabajo --obligatorio casi-- de la mujer fuera del hogar. Muchos esposos se preguntan: ¬Ņc√≥mo hacemos para tener hijos?, ¬Ņqui√©n los educa?, ¬Ņc√≥mo hacemos, sobre todo los primeros a√Īos? Gary Becker, premio Nobel de econom√≠a, se√Īala que el mundo est√° desquiciado, porque primero crea mecanismos que obligan a la mujer a tener que trabajar, pues si no, no logran entre los dos sobrevivir con salarios simples. Pero resulta que despu√©s los Estados tienen que buscar otros mecanismos para ver de qu√© manera reemplazan en su oficio a las madres, con enormes costos. Es una econom√≠a trastornada: ayudan a las familias con beneficios sociales, pero no logran reemplazar a las familias. Ninguna instituci√≥n, ning√ļn Estado en ninguna √©poca de la historia, ha sido capaz de sustituir a la familia, aunque se han hecho muchos intentos.

La familia es insustituible, y lo es sobre todo porque es la √ļnica capaz de formar humanamente, integralmente al ser humano, de formar en el amor, en un amor responsable y con unos valores, con esa capacidad de ex-sistir, de respeto, de donaci√≥n. En el Plan de Dios nadie es capaz de responder a esa misi√≥n de la manera en que est√°n llamados a hacerlo los padres. Cualquier otra mediaci√≥n social la podemos posiblemente aceptar, pero en esto de formar al hijo integralmente --que no es llenarlo de cosas, de regalos, de computadoras, de informaci√≥n, sino formar el ser mediante la transmisi√≥n de la fe, de unos valores morales insustituibles, de una verdad sobre el hombre y la mujer, y por ello sobre la familia, creado ¬ęa imagen y semejanza de Dios¬Ľ-- s√≥lo es eficaz la familia.

Pero para que los padres puedan hacer esto, dando la vida, defendiendo la vida, estableciendo la cultura de la vida, se necesita esa fuente de energ√≠a en la familia que es la presencia del Esp√≠ritu. Porque a pesar de los muchos problemas y dificultades que puedan haber, existe una energ√≠a maravillosa en la familia. Y es que la energ√≠a de Dios es una energ√≠a que no pasa, que no se desgasta, que no termina, que es permanentemente comunicada, pues es una energ√≠a que viene del Esp√≠ritu. El desgaste energ√©tico del que hablan los f√≠sicos --todo est√° sometido al desgaste energ√©tico y un d√≠a las galaxias y las estrellas se apagar√°n, como hoy vemos luces de estrellas apagadas hace millares y millares de a√Īos, porque todo se desgasta--, no se aplica a la energ√≠a de Dios, a la energ√≠a del Esp√≠ritu. Lo parad√≥jico es que la energ√≠a del Esp√≠ritu hace que en el donarse la fuerza del amor crezca --se trata de otro tipo de energ√≠a-- para defender el don de la vida y para llevar esa vida a su √ļltima floraci√≥n.

El proceso de la vida va del nacimiento a la muerte, es la par√°bola que culmina en el verdadero hombre, en aquel que ser√° capaz de ver a Dios ¬ęcara a cara¬Ľ 17 , aquel que va a descubrir ya no el amor en el camino, sino el amor ¬ęcara a cara¬Ľ en el esplendor del que apenas en forma participada experimentamos una felicidad limitada en la Tierra. He aqu√≠ la raz√≥n por la cual podemos decir que el Esp√≠ritu Santo, alma en la vida de la Iglesia, es alma en la vida de la familia. Y si las familias son animadas por el Esp√≠ritu, tendr√°n la capacidad de comunicar el Evangelio de la familia, la Buena Nueva que moviliza y alegra. No se trata de un anuncio de tristeza y de tortura. Cruz s√≠, pero una cruz pascual, una cruz que se prolonga hasta la cruz misma de Cristo en donde adquiere su propia consistencia la cruz de cada uno. Cada cual ha de tomar la cruz de su vida, pero la cruz en Cristo. No son recetas f√°ciles las que la Iglesia ofrece, como las de los gur√ļs. ¬°No! Son modalidades costosas de compromiso, de manera que en Cristo, Dux vitae, el Se√Īor de la vida que reina vivo, tengamos la efusi√≥n del Esp√≠ritu en la ra√≠z en la que todo aut√©ntico amor se vuelve vida y desemboca en el mar infinito del amor de Dios.

Las notas han sido a√Īadidas por el editor.


1

1Cor 12,3.

2

Ver Gén 2,7.

3

Ver Ez 37,1-10.

4

Lumen gentium, 7.

5

Rom 8,14.

6

Ef 4,30.

7

Mt 19,6.

8

CIC, c. 1055, SS 1: ¬ęLa alianza matrimonial, por la que el var√≥n y la mujer constituyen entre s√≠ un consorcio de toda la vida (¬ętotius vitae consortium¬Ľ), ...fue elevada por Cristo Se√Īor a la dignidad de sacramento entre bautizados¬Ľ.

9

Ver Pablo VI, Humanae vitae, 9.

10

Mt 19,5-6; Mc 10,8; 1Cor 6,16; Ef 5,31. Ver Gén 2,24.

11

Discurso a Diogneto, V,7.

12

Gaudium et spes, 22.

13

Ver Ef 5,21-32.

14

Ef 5,25.

15

Gaudium et spes, 50.

16

Ver Pablo VI, Humanae vitae, 11-12.

17

1Cor 13,12.
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