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Luis Fernando Figari, «Aprendiendo Roma»
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«Aprendiendo Roma»

Auditorio del Pontificio Ateneo Antonianum, Roma, 1 de junio de 1998

I want to extend a welcome to Cardinal James Francis Stafford, President of the Pontifical Council for the Laity. He has been our host in Rome offering to all the pilgrims the hospitality of the Holy See in these past days, great journeys of celebration of the faith, days of «spring of a new Pentecost», I would like to say, echoing the words of the Holy Father.

We very gladly received his direct invitation, making concrete the invitation of the Holy Father to come to the International Congress of the Church Movements, to the great Encounter with Pope John Paul II on Pentecost Vesper, that as we all have experienced was some wonderful prolongation of the first Pentecost of history, where the apostles were praying around Mary as they were visited by the Holy Spirit and sent to the world to preach without fear the Gospel, the Good News that is embodied in the lovely reality of Jesus, Our Lord, the Son of Mary.

Sunday, with a burning sun that in some way makes us aware, as a cosmic symbol, of the tongues of fire that appeared in the first Pentecost, we were gathered as Church with tens of thousands of our brothers and sisters in the faith, answering the invitation we heard from the voice of Peter himself on the great celebration of the day before. We all heard the Holy Father invite the Movements, on that eve, to accompany Him on the Pentecost celebration. Answering to that invitation we were there in front of the Basilica, in Saint Peter's Square, on the place were the mortal rests of the Rock are buried --center of the Christian world--, so we all received the grace to solemnly participate in the Holy Mass and in the Confirmation of some members of the Movement of Christian Life, with the indescribable joy of celebrating Pentecost with the Holy Father, Successor of Peter and real prophet of the Civilization of Love we all await in hope.

Cardinal Stafford, these have been strong days of celebrating the faith in an especially explicit communion with Peter and the universal Church. These have been days in which we have experienced very deeply and very highly the grace of belonging to the One, Holy, Catholic and Apostolic Church; these have been days of great joy when people from different parts of the world, of different countries and languages, have spoken in the one and only language of the Church, the language of faith, the common faith that as Church we all profess and confess. God has blessed us all in such very rich ways as He in His deep and rich mercy and love does.

We, the pilgrims of the Movement, are to leave Rome evangelized and reconciled even more, much more than how we came some days ago. We go back to our different countries taking in our conscience and hearts these beautiful and wonderful experiences of faith, the conviction that --as the Holy Father helped everyone remember mentioning the Lord's words-- we are sent to the world to announce the Gospel as the Church has faithfully kept it for two thousand years, letting ourselves be carried by the Holy Spirit to give testimony of our faith, preparing the path that will take us, through the threshold of hope, deep into the Third Millenium of our faith.

Thank you, Cardinal Stafford, for putting in practice the wishes of the Holy Father, thank you for organizing the International Congress of the lay Movements of the Church, and the wonderful Encounter with the Holy Father; thank you for the occasion to celebrate the great feast of Pentecost, in the year dedicated to the Holy Spirit in preparation for the Great Jubilee, with Peter, the Rock, with so many successors of the apostles as Yourself, and with so many brothers and sisters in the faith, as one People of God, united in one faith, one Baptism, one Confirmation and a rich plurality of charisms and expressions in the communion of the Holy Mother Church.

We are deeply grateful for all this, and my words run short to express the great joy of the faith that the members of the Movement of Christian Life have all experienced.

We as well thank you very much for your presence here tonight, participating in this somehow small prolongation of the great feast of faith we have had, in the humbleness of our experience and of our deep love for the Church, and of our commitment to answer to Peter's guidance, to follow the horizon that Pope John Paul II presents before us.

Quiero dar la bienvenida al Cardenal James Francis Stafford, Presidente del Pontificio Consejo para los Laicos. Él ha sido nuestro anfitrión en Roma, ofreciendo a todos los peregrinos la hospitalidad de la Santa Sede en estos días pasados, grandes jornadas de celebración en la fe, días de «primavera de un nuevo Pentecostés», quisiera decir, haciendo eco de las palabras del Santo Padre.

Con mucha alegría recibimos su invitación directa, haciendo concreta la invitación del Santo Padre para venir al Congreso Internacional de los Movimientos Eclesiales y al gran Encuentro con el Papa Juan Pablo II en la víspera de Pentecostés, que como todos hemos experimentado ha sido una maravillosa prolongación del primer Pentecostés de la historia, donde los apóstoles estaban en oración alrededor de María cuando fueron visitados por el Espíritu Santo y enviados al mundo a predicar sin temor el Evangelio, la Buena Nueva encarnada en la realidad amorosa de Jesús, Nuestro Señor, el Hijo de María.

El domingo, con un sol ardiente que de alguna manera nos ayuda a recordar, como un símbolo cósmico, a las lenguas de fuego que aparecieron en el primer Pentecostés, estuvimos congregados como Iglesia junto con decenas de miles de hermanos y hermanas en la fe, respondiendo a la invitación que oímos de la voz del mismo Pedro en la gran celebración del día anterior. Todos oímos al Santo Padre invitar a los Movimientos, dicha tarde, a acompañarlo en la celebración de Pentecostés. Respondiendo a esa invitación estuvimos delante de la Basílica, en la Plaza San Pedro, en el lugar donde están sepultados los restos mortales de la Roca --centro del mundo cristiano--, y de esta manera recibimos todos la gracia de participar solemnemente en la Santa Misa y en la Confirmación de algunos miembros del Movimiento de Vida Cristiana, con la alegría indescriptible de celebrar Pentecostés con el Santo Padre, Sucesor de Pedro y profeta real de la Civilización del Amor, que todos aguardamos con esperanza.

Cardenal Stafford, éstos han sido intensos días de celebración de la fe en una especialmente explícita comunión con Pedro y la Iglesia universal. Han sido días en que hemos experimentado muy profunda e intensamente la gracia de pertenecer a la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica; han sido días de gran júbilo en que gente de diversas partes del mundo, de diferentes países e idiomas, han hablado en la única lengua de la Iglesia, la lengua de la fe, la fe común que como Iglesia todos profesamos y confesamos. Dios nos ha bendecido a todos con abundante plenitud, como Él en su profunda y rica misericordia y amor lo hace.

Nosotros, los peregrinos del Movimiento, habremos de partir de Roma aún más evangelizados y reconciliados, mucho más, de como vinimos hace algunos días. Regresamos a nuestros diferentes países guardando en nuestra conciencia y corazón las hermosas y maravillosas experiencias de fe, la convicción de que --como el Santo Padre ayudó a todos a recordar al mencionar las palabras del Señor-- somos enviados al mundo a anunciar el Evangelio tal como la Iglesia lo ha conservado fielmente por dos mil años, dejándonos conducir por el Espíritu Santo para dar testimonio de nuestra fe, preparando el camino que nos llevará, a través del umbral de la esperanza, de lleno al Tercer Milenio de nuestra fe.

Muchas gracias, Cardenal Stafford, por poner en práctica los deseos del Santo Padre, gracias por organizar el Congreso Internacional de los Movimientos laicos de la Iglesia, y por el maravilloso Encuentro con el Santo Padre; gracias por la ocasión de celebrar la gran fiesta de Pentecostés, en el año dedicado al Espíritu Santo en preparación para el Gran Jubileo, con Pedro, la Roca, con tantos otros sucesores de los apóstoles como Usted, y con tantos hermanos y hermanas en la fe, como un solo Pueblo de Dios, unido en una sola fe, un solo Bautismo, una sola Confirmación y una rica pluralidad de carismas y expresiones en la comunión de la Santa Madre Iglesia.

Estamos profundamente agradecidos por todo esto, y mis palabras se quedan cortas para expresar la gran alegría en la fe que los miembros todos del Movimiento de Vida Cristiana han experimentado.

Le agradecemos mucho también por su presencia aquí esta noche, participando en ésta que de alguna forma es una pequeña prolongación de la gran fiesta de fe que hemos tenido, en la humildad de nuestra experiencia y de nuestro profundo amor por la Iglesia, y en nuestro compromiso por responder a la guía de Pedro, de seguir el horizonte que el Papa Juan Pablo II presenta ante nosotros.

De manera muy especial deseo también expresar mi gratitud por la presencia aquí esta noche de Mons. Alberto Brazzini, Obispo Auxiliar de Lima, quien ha viajado desde el Perú para participar en estas magníficas jornadas de fe a las que nos ha invitado el Santo Padre, y en las que hemos sido bendecidos con tantos y tan maravillosos dones. Muchas gracias Mons. Alberto por su presencia y por el importante aliento que con ella nos da para avanzar por el sendero de la Nueva Evangelización a la que todos --los Pastores y los demás fieles-- somos convocados por el Espíritu Santo que habla alto y fuerte en la Iglesia y que se expresa en términos elocuentes y extraordinariamente claros en los hechos y en las palabras del Papa Juan Pablo II.

Quisiera que me permitan compartir con ustedes brevemente una reflexión, en este peregrinar común a Roma, la Ciudad Eterna.

Roma es la Sede de Pedro. De allí su fundamental importancia para la fe y para el corazón de los hijos de la Iglesia.

San Pedro es el Apóstol del que más datos tenemos. Hay muchos pasajes del Nuevo Testamento que nos hablan de él. Esto se explica por la predilección indiscutible del Señor por él, y por haber sido escogido por el Señor para ser su Vicario luego de su partida, para ser el primer Papa. También numerosos testimonios de la Tradición nos hablan de Pedro. Pedro en realidad es el nombre que el Señor Jesús le da. Petros es la versión griega del nombre arameo que Jesús le pone: Cefas o Kefas, que quiere decir roca. Antes se llamaba Simeón, o Simón. Por eso no son pocos los pasajes en que lo llaman Simón Pedro. Como sabemos, un nuevo nombre en la tradición del pueblo judío manifiesta la función del que lo lleva. Simón será entonces piedra, roca de la comunidad de los seguidores del Señor Jesús.

Ese lugar evidente de preeminencia queda del todo evidenciado cuando el Señor Jesús le dice: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» 1 .

El Evangelio según San Mateo nos transmite una imagen fundamental de la institución del liderazgo eclesial de Pedro. Primero se ha dado la confesión de fe. Pedro le ha dicho al Señor: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» 2 . Y entonces viene esta promesa del liderazgo y de que las fuerzas del mal no prevalecerán a lo largo de los siglos contra la comunidad liderada por Pedro, la Iglesia. ¡Pedro, piedra de la Iglesia del Señor Jesús, recibe las llaves! Así con la metáfora bíblica de «las llaves» se le instituye como el que tiene la autoridad 3 . Estas enseñanzas tienen una dinámica propia que se prolonga desde la imagen descrita de Pedro confesando su fe y expresando así la doctrina de la Nueva Alianza y las promesas de Jesús hasta siempre jamás.

Roma es la ciudad de Pedro, es la ciudad del custodio de las llaves.

San Pedro vendrá a Roma hasta tres veces, según afirman diversos autores. Llegará primero hacia el año 42. De ese tiempo dataría la fundación petrina de la sede de Roma. Tantos lo han notado, y han visto en la forma en que Pablo se dirige a la comunidad cristiana de Roma una señal elocuente de esta realidad. La Roca, según algunos estudiosos, se quedará hasta el 45, cuando parte, junto con San Marcos, quien ya para ese entonces habría escrito su Evangelio basado en la predicación de San Pedro en Roma. Vendrá luego una segunda vez del año 55 al 56, al parecer con Bernabé, el mismo que antes había acompañado a San Pablo. San Pedro permanece, lidera, persevera hasta el final y la tradición nos dice que muere mártir bajo Nerón entre los años 64 y 68, en Roma, de donde fue Obispo.

Es evidente que hay muchas maneras de acercarse a Roma, símbolo rico en significado para el corazón creyente. Está la perspectiva de la fe, la que deja ver tras los vetustos muros y las vetustas obras de arte la realidad elocuente de la fe que les sirve de místico sustento y que en alguna manera tan hermosa como misteriosa ha quedado como captada por esas realidades sensibles a los ojos.

Claro que hay siempre el peligro de quedarse en lo superficial, en la magnitud de lo exterior, en la grandeza física de los monumentos, en la belleza que indiscutiblemente se descubre por aquí y por allá en una avalancha de símbolos que maravillan a la sensibilidad. Pero en verdad, el peregrinaje de fe, sin renunciar a esa dimensión tan humana, ha de ir siempre más allá, buscando, en una respuesta a la aspiración de infinito que se encierra en el corazón del ser humano, el sentido que está más allá de todo sentido aparente, el sentido más allá del cual no hay otro sentido. Todas estas realidades son vías, son caminos para el encuentro de fe con el Señor. Son la verdad, el bien y la belleza encarnados en monumentos grandiosos y obras de arte, vías privilegiadas para acercarnos a una experiencia intensa de Iglesia, la Iglesia de Roma, la Madre de las Iglesias, la Iglesia que encuentra sus columnas fundamentales ante todo en Pedro, como sabemos y acabamos de recordar, y en Pablo, quien hacia finales de los 50 o principios de los 60 llegaría a Roma, donde permanece cautivo, con "prisión domiciliaria" durante dos años. Entre otros, allí lo acompaña Lucas 4 , el evangelista, quien luego escribió los Hechos de los Apóstoles, que terminan diciendo: «Pablo permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado y recibía a todos los que acudían a él; predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno» 5 . Como dice San Pablo mismo en su segunda epístola a Timoteo, escrita según la tradición hacia esa época: «por Jesucristo estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor; pero la Palabra de Dios no está encadenada» 6 . La casa referida y la "escuela" de San Pablo están cerca de la vía Arénula, debajo de la actual Iglesia y la comunidad en San Paolo alla Regola. Pablo también permanece fiel, y muere también mártir en Roma, el año 67, dando igualmente testimonio de su fidelidad incluso más allá de la muerte.

Roma, la Ciudad Eterna, puede ser deslumbrante para un turista, para quien se acerca a ella con ojos del secularizado mundo actual. Pero ciertamente es mucho más verdadera y mucho más deslumbrante para quien se acerca a ella con los ojos de la fe y sabe captar las verdades y bellezas y dejarse conducir por ellas a lo que realmente significan; sabe dejarse cautivar por ellas y así se deja liberar para ver y reconocer lo que en definitiva importa; ve y aprecia los hitos, pero se lanza con todo el despliegue de su ser al horizonte definitivo al que apuntan.

Por ello, queridos hermanos y hermanas, es que me gusta pensar en Roma como la ciudad de Pedro, la ciudad de la Roca, como la Santa Sede sobre la cual se afirma el misterio del amor de Dios para el mundo en la Una, Santa, Católica y Apostólica Iglesia.

Mucho me edifica pensar en la Roma de la fe, del Apóstol de Gentes y su testimonio romano, de Marcos el meturgemán de Pedro, de Lucas, el evangelista y compañero de Pablo, de Bernabé, y cómo no también de Lino, Cleto, Clemente y tantos y tantos otros, imposibles de ser ahora nombrados.

Roma, la ciudad de mártires y santos. Roma, la ciudad de los testigos de la fe. Roma, la ciudad de los Papas, nos habla alto y claro al mundo de hoy. Ella en sí misma es un mensaje, cuando se la ve con los ojos de la fe. Ella es un aliento. Es un impulso que nos compromete, que nos torna más responsables del don extraordinario recibido en el Bautismo.

Y desde los cimientos espirituales sobre los cuales se asienta la materialidad grandiosa de sus monumentos y obras de arte, Roma nos invita y nos impulsa a evangelizar. Como eco de la voz del Maestro, interiorizada en tantas vidas, hecha ruta y sendero para millones de seres humanos en la historia, hoy como ayer, Roma nos invita con la elocuencia de su fuerza espiritual a desplegarnos como personas y vivir cotidianamente la fe y anunciar, sin miedos ni temores, a anunciar con la voz alta de la coherencia de nuestras vidas y de nuestra palabra que el Señor Jesús es quien nos redime y reconcilia mostrándonos el camino de la plenitud a la que hemos sido llamados. Así, pues, al «Id y enseñad a todos...» respondamos con un «Hágase» generoso como el de la Madre, y participemos a todos lo que hemos visto y oído. Anunciemos a todos los grandes dones de los que hemos sido testigos, respondiendo a la gracia de Dios con un despliegue de la libertad que consciente del llamado ponga su granito de arena en la construcción de la esperada Civilización del Amor.


1

Mt 16,18-19. Sobre el cambio de nombre ver también Jn 1,42.

2

Mt 16,16.

3

Ver Is 22,22; Ap 3,7.

4

Ver Col 4,14; Fil 24; 2Tim 4,11.

5

Hch 28,30-31.

6

2Tim 2,9.
Consultas

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