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Cardenal Jorge Medina Estévez, Homilía del Card. Jorge A. Medina Estévez durante la Misa celebrada con miembros del Movimiento de Vida Cristiana en Roma
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«Yo he vencido al mundo»

Homilía del Card. Jorge A. Medina Estévez durante la misa con el Movimiento de Vida Cristiana en la Basílica del Santísimo Salvador y San Juan de Letrán

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Queridos hermanos:

En estos días que preceden a la Solemnidad de Pentecostés la Iglesia ha escogido perícopas del Evangelio de San Juan en que Jesús con mucha frecuencia emplea la palabra "mundo", palabra polivalente en las Santas Escrituras, es decir palabra que tiene muchos sentidos. A veces cuando la Santa Escritura habla del "mundo" se refiere simplemente a la creación, a lo que salió de las manos bondadosas y sabias de Dios. Otras veces la palabra "mundo" significa el conjunto histórico y cultural en el cual se desarrolla la vida de los hombres, como quien dijera el "teatro" de la vida humana. En otras oportunidades el mundo es una realidad que resiste a Jesucristo Nuestro Señor, que resiste a su Evangelio, que tiene otras normas, otros valores, profundamente reñidos con el Evangelio. En este sentido la palabra "mundo" es muy semejante al tema que emplea el Apóstol San Pablo hablando de la "carne". Y, finalmente, la palabra "mundo" significa esta realidad final, cuando la gracia salvadora de Jesucristo Nuestro Señor haya triunfado sobre todos los enemigos, particularmente sobre el «príncipe de este mundo», el demonio y sus obras, y Jesucristo victorioso entregue todo a su Padre para que «Dios sea todo en todas las cosas» 1 .

Entre estas distintas acepciones de la palabra "mundo" hay una relación, por cuanto todo lo que existe procede de la voluntad omnipotente de Dios Creador, voluntad omnipotente que ha sido desfigurada por la acción de Satanás y por la complicidad de los hombres en el pecado, pero sin lograr destruir una radical capacidad del mundo para acoger la Palabra salvadora de Dios. Esta realidad implica para todos nosotros una permanente lucha interior entre el espíritu y la carne, entre la fuerza de Dios y lo que se opone a Dios. Pero en definitiva, dado que está sujeta al poder triunfante y glorioso de Jesucristo, desembocará en la gloria, donde todas las cosas y todos los hombres que sean salvos vivirán únicamente para la gloria de Dios, donde ya no habrá ni pecado, ni muerte, ni dolor, ni aflicción, ni lágrimas.

Nosotros, queridos hermanos, vivimos en este mundo que lleva tan profundamente marcada la huella de Satanás, del «príncipe de este mundo» 2 , como lo llama Jesucristo Nuestro Señor, de aquel de quien dice la Primera Carta del Apóstol San Juan que «el mundo entero yace» en él 3 . No hay palabra en toda la Escritura más dura que ésta. El mundo entero está acostado en Satanás, descansa en Satanás, se hace cómplice de Satanás. Pero ese mundo sigue siendo amado por Dios: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» 4 , precisamente para que los que acojan el mensaje salvador de Cristo sean salvos, escapen de la esclavitud de Satanás y del pecado y vivan en la verdadera y única libertad, que es la «libertad de los hijos de Dios» 5 , de los que encuentran su alegría y su gloria en tener su propia voluntad completamente entregada y adherida a la voluntad santísima de Dios.

Por eso el cristiano no tiene derecho a perder la esperanza de la conversión de este mundo. El cristiano tiene que saber y estar convencido de que la fuerza salvadora de Jesucristo está presente y de que en forma misteriosa, y en los plazos y modos que sólo Dios conoce, el triunfo le pertenece a Él. Cuando los coetáneos de Jesús lo miraron clavado en la cruz, despreciado, condenado a muerte ignominiosa, creyeron que la derrota de Cristo era definitiva. Y así lo pensaron los discípulos de Emaús, que se iban profundamente desilusionados a su pequeño pueblo, lamentando como una bella ilusión el tiempo que habían vivido al lado de Jesús: «Llevamos ya tres días desde que esto pasó» 6 y nada ha sucedido. Pero nosotros no podemos tener esa actitud: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo» 7 . «Yo pediré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre» 8 , otro Abogado, otro Defensor, otro Paráclito que esté al lado de ustedes para defenderlos, para acompañarlos en la peregrinación y para que sea garantía y prenda del triunfo magnífico y final que será el de la parusía de Cristo, cuando Él vuelva en gloria y majestad, y de ese triunfo que se realiza cada día en el interior de nuestro corazón cada vez que acogemos un sentimiento de conversión, cada vez que ordenamos nuestra vida al querer de Jesucristo, cada vez que nos hacemos capaces de ver en los hermanos el rostro de Jesucristo, cada vez que somos capaces de tener fe en que el Señor es vencedor. Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe, nuestra confianza inquebrantable en Jesucristo Nuestro Señor que no pierde fuerzas ni alientos porque vemos cosas tristes que suceden en el mundo e incluso en el seno de la Iglesia. Esa fe nos enseña que el Señor, a pesar de todo, está presente y que en definitiva la victoria le pertenece a Él.

En las representaciones de Cristo crucificado que utiliza la Iglesia rusa, la imagen de Jesucristo en cruz está ubicada sobre una pequeña cueva donde se ve una calavera, debajo de la cual hay escrita, en caracteres griegos, una palabra: nike (nñkh). Y es que la muerte de Cristo, sobre la calavera de Adán, la primera víctima de Satanás en el paraíso terrenal, la muerte de Cristo es nike: ¡victoria! La suerte de la humanidad no es la suerte de la calavera de Adán; es la suerte de Cristo resucitado, glorioso, poderoso, capaz de hacer de las mismas piedras hijos de Abraham 9 , capaz de cambiar nuestro corazón de piedra, como dice el profeta 10 , en un corazón de carne que pueda amar según la medida y el amor de Jesucristo Nuestro Señor 11 .

Todos ustedes forman parte de esta hermosa familia, dentro de la Iglesia, que es el Sodalicio de Vida Cristiana. Y todos ustedes van caminando y peregrinando por este mundo con inmensa confianza en Cristo glorioso y triunfante, con inmensa confianza en el poder del Espíritu Santo, que vino sobre los Apóstoles y que hizo de esos pobres hombres pescadores del mar de Galilea, los primeros apóstoles y testigos de Jesucristo, quienes después de haber recibido la efusión del Espíritu aprendieron a encontrar alegría en sufrir humillación, persecución, menosprecio y violencia por el nombre de Cristo. Salieron de la azotaina que les propinaron los sumos sacerdotes judíos, contentos porque habían sido encontrados dignos de sufrir algo por el amor de Cristo 12 . Y ese sentimiento completamente nuevo en ellos --porque dos meses antes habría sido imposible que hubieran tenido esa actitud interior-- sólo se explica porque vino sobre ellos el Espíritu Santo que los hizo hombres nuevos, en justicia, en santidad, según el ejemplo de Jesucristo Nuestro Señor.

Queridos hermanos, estamos reunidos en este templo tan venerable, cabeza y madre de todas las Iglesias de Roma y del mundo, en este templo que es la Catedral del Papa (muchos creen que la Catedral del Papa es San Pedro, pero no es así; la Catedral del Papa es esta Iglesia de Jesucristo el "Santísimo Salvador", que siglos después recibió un segundo título, el de "San Juan Bautista"). Cristo Jesús, el Salvador triunfante y resucitado, es anunciado con fuerza y con espíritu por San Juan Bautista, ese hombre grande y humilde que no tenía otra meta que desaparecer él para que Cristo Jesús creciera. Ésa es nuestra tarea, nuestra vida, nuestro consuelo y nuestra alegría. Que el Señor los bendiga y los acompañe ahora y siempre.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Las notas han sido añadidas por el editor.


1

1Cor 15,28.

2

Jn 12,31; 14,30; 16,11.

3

1Jn 5,19.

4

Jn 3,16.

5

Rom 8,21.

6

Lc 24,21.

7

Mt 28,20.

8

Jn 14,16.

9

Ver Lc 3,8.

10

Ver Ez 36,26.

11

Ver Ef 5,2.

12

Ver Hch 5,40-41.
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