25 de enero de 1999
SANTIDAD:
Nuestra América, continente rico en culturas, paisajes y talentos humanos, agradece al Padre, principio y origen de todo bien, el papel excepcional que le ha asignado a nuestros pueblos americanos, distinguiéndolos con la presencia siempre viva de Santa MarÃa de Guadalupe, quien desde su aparición en el Tepeyac hizo posible que la obra misionera fructificara en la evangelización, forjando la matriz cultural cristiana de estas tierras.
Las semillas del Verbo siempre estuvieron presentes en los moradores de esta nuestra América y en su búsqueda del Dios Unico y Verdadero han dejado vestigios extraordinarios a través de la poesÃa, códices y monumentos. Estas semillas siguen vivas en muchas comunidades indÃgenas. SantÃsimo Padre, la Providencia quiso hacer de América tierra fértil para una vida religiosa, por esto, no se puede quedar en semillas, está llamada a alcanzar la estatura de Cristo, esta es la razón por la que recibe con gusto a los que son de Cristo y anhela ser alimentada con la misma vida de Cristo.
El mestizaje espiritual dio sus frutos y estos frutos nos distinguen y hacen posible el mestizaje sociocultural, colmado de múltiples expresiones abiertas a la generosidad, a la alegrÃa, a la contemplación, al dolor y al heroÃsmo en la defensa de los valores más profundos del ser humano como la vida, la familia, la propia cultura, la religión y la patria.
Nuestro continente es fecundo en santos y héroes surgidos del anhelo por hacer presente el Reino de Dios en nuestro suelo. Aquà han brotado misioneros, religiosos y laicos, hombres y mujeres, realizadores de obras sociales en todos los campos de la actividad humana, como la educación, la salud, las letras, la arquitectura, la pintura, el teatro, la economÃa, la polÃtica y el campo asistencial en sus mas variadas formas.
Sin embargo América vive inmersa en retos gigantescos e inéditos, vive amenazada por el pecado y la debilidad de siempre que toma nuevas formas. La globalidad, los avances de la biologÃa y los maravillosos descubrimientos en el campo de la comunicación, por mencionar sólo algunos fenómenos, abren nuevas perspectivas a la Iglesia y a la humanidad y al mismo tiempo presentan cuestiones que deben resolverse humana y cristianamente. El avance de la pobreza, la injusticia institucionalizada, la corrupción en la vida social y polÃtica, la creciente desintegración de la familia, la manipulación de la vida, el surgimiento de un nuevo colonialismo, claman por una nueva evangelización, en donde Dios sea todo en todos, en donde el amor sea la base de las relaciones en los individuos y en los pueblos, en donde los hombres y mujeres concretos de nuestro continente sean el centro de la actividad humana y no las vÃctimas de los sistemas, de las legislaciones o de los avances cientÃficos y técnicos.
Gracias, Padre Santo, por hacernos sentir, con su palabra y con su presencia, que Jesucristo es en verdad el centro del designio amoroso de Dios nuestro Padre en este continente. Las generaciones de este siglo, generaciones que no son fruto de generación espontánea sino cimentadas en el matrimonio y la familia, instituciones de origen divino y no producto de proyectos poblacionales, esta tarde explotan de alegrÃa y de agradecimiento porque usted nos presenta nuevamente el proyecto de Dios como fue al comienzo, nos presenta a Jesús de Nazaret anunciando el evangelio de la vida, compartiendo las esperanzas y las angustias de nuestro pueblo: "Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones..." Jesucristo, y solo Él, es nuestra salvación en América, nuestra justicia, nuestra paz y nuestra reconciliación. En Él fuimos reconciliados con Dios y por Él nos fue confiado el "Ministerio de la Reconciliación". Él, y solo Él, puede derribar los muros que separan a los hombres y a los pueblos de este continente. Gracias, Santidad, porque desde el dolor y la cruz, ha querido venir a proclamar nuevamente el evangelio de salvación, porque desde la luz de la Revelación ha querido iluminar a toda persona, familia y sociedad, porque ha venido a sembrar esperanza cuando aguardamos un nuevo siglo y un nuevo milenio.
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