S.S. Juan XXIII, Radiomensaje pascual de S.S. Juan XXIII, dado el 29 de marzo de 1959.
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Misterio de muerte y vida

Radiomensaje pascual de S.S. Juan XXIII

29 de marzo de 1959

Venerables Hermanos y amados hijos:

Este recuerdo del Evangelio de San Juan 1 es la introducción más elocuente y más solemne a lo que fue, es y será en los siglos la Resurrección de Cristo. Ya lo hemos cantado en la secuencia: en Cristo Jesús mors et vita duello conflixere mirando: Dux vitae mortuus regnat vivus. La muerte y la vida se batieron en un tremendo duelo. El señor de la vida triunfa sobre la muerte: y la victoria de El es la victoria de su Iglesia, en los siglos.

Liberemos, pues, nuestro espíritu de todo temor: y abramos el corazón a las más bellas esperanzas para lo por venir. Presiones del mundo, las podremos tener, continuaremos teniéndolas seguramente. Antes de partir, Jesús, el vencedor de la muerte, dijo: confiad: yo he vencido al mundo: "confidite ego vici mundum". Esa es la verdad: hay un señor que se mantiene en el terreno del terrible combate. Con frecuencia le recordamos por su nombre y connombre. Es un príncipe. El Divino Rabí de Nazaret le llamaba el príncipe de este mundo. Cristo lleva a cabo suave pero eficazmente la lucha contra él, para afirmar la justicia, para que triunfe la paz. El adversario infernal, por lo contrario, odia la justicia y es enemigo de la paz de los pueblos y del mundo entero. A veces sus ataques y sus maniobras suscitan confusión tal que tientan de debilidad a quien contra ellas se defiende.

Todo buen cristiano se confía en Cristo; cumple su deber conforme a los varios ordenamientos que son regla de su conciencia: conciencia religiosa, conciencia civil, frente a Dios, frente a los hombres. El cristiano no transige y se guarda de los compromisos: procede impávido y seguro. El es el cooperador de los problemas de la paz.

Para fortificar la energía de sus resistencia al mal y al error, ruega: invoca el auxilio celestial de la gracia que ilumina y mantiene a los fuertes.

Scimus Christum surrexisse a mortuis vere. La victoria de Cristo sobre la muerte es segurida de triunfo sobre los obstáculos que se sobreponen a los esfuerzos humanos en defensa de la justicia, de la libertad y de la paz.

Tu nobis, victor Rex, miserere! ¡Oh Jesús! No eres un rey de burla, como Herodes -el tetrarca de Galilea- quiso presentarte al pueblo. Nosotros tenemos plena confianza en tu palabra. Siempre te invocaremos por la justicia, por la libertad y por la paz.

Sobre todo, te rogamos por la paz, oh Jesús vencedor de la muerte, nosotros los católicos de Roma y de todo el mundo. En todo tiempo surgen acá y allá amenazas que nos dan que pensar. También ahora, también ahora nubes ligeras y sutiles, cuestiones y problemas, que aparecen, desaparecen y tornan a aparecer, podrían representar un peligro para la armonía y la buena inteligencia de los pueblos.

Sobre el sepulcro glorioso de Cristo queremos depositar el deseo de que con la luz de El, fuente de vida, vencedor de la muerte, la voluntad buena de todos los hombres más responsables de la suerte de los pueblos quieran encontrar, en el espíritu predominante de justicia y de colaboración, la solución concorde de todas diferencias, por el superior interés de la paz del mundo.

Durante la Edad Media, en muchas iglesias occidentales era costumbre cantar antes del Te Deum matutino la secuencia victimae Paschali, que Nos hemos recitado después de la Epístola. Allí se procedía en forma dialogada con canto melodioso, que repetía como estribillo de cada estrofa: Quod autem vivit, vivit Deo: alleluia, alleluia.

En este auspicio y augurio de vida, Padre e hijos nos damos un místico abrazo y queremos reanudar nuestro buen camino, cantando la afirmación de nuestra fe católica en Cristo resucitado, triunfador sobre el pecado y sobre la muerte, aportador de alegría, de justicia y de paz.


1

14, 6: El es "camino, verdad y vida".

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