Soporte
S.S. Juan XXIII, Radiomensaje pascual del Santo Padre Juan XXIII, marzo de 1959.
Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Compartir

Misterio de muerte y vida

Radiomensaje pascual de S.S. Juan XXIII

En este anochecer, velado aún de tristeza por el recuerdo de la muerte del Salvador, pero invadido ya por alegres estremecimientos en la espera de su Santa Resurrección, Nuestra voz llega a vosotros, amados hijos de Italia y del mundo entero, que os disponéis a celebrar religiosamente la solemnidad de la Pascua.

Dentro de unas horas, en las majestuosas catedrales y en las capillas aisladas por las tierras de Misión, en todas las parroquias, así de las ciudades como de las humildes aldeas diseminadas por montes y campiñas, doquier que una comunidad cristiana se reúne con fe y amor en torno a sus sacerdotes, resonará alegremente, en el corazón de la noche, el canto del Exsultet, y se alzará el primer Alleluia de la dulce melodía gregoriana.

Mientras impacientes esperáis este anuncio, Nos os dirigimos, amados hijos, Nuestra palabra. Es el nuevo Papa, este año, el que con vosotros celebra la fiesta de Pascua, llamado a regir como cabeza visible la Iglesia, de la que el Divino Resucitado es invisible y única Cabeza.

2. ¡Maravillosa prueba de la perennidad de la Santa Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, que del Redentor recibe la continua corriente de vida que la hace inmortal! Confirmación conmovedora del hecho histórico de la Resurrección de Jesús, acaecido hace veinte siglos, y que constituye el sólido sostén de la sociedad cristiana, el alimento seguro de su fe, el motivo de su esperanza, el estímulo de su caridad. ¡La Iglesia está viva, como vivo está su Divino Fundador! La Iglesia avanza con la fuerza misma de la vida, como Jesús, después de haberse sometido al tributo de la naturaleza mortal, se presenta victorioso a través de la barrera de piedra que sus enemigos han alzado para guardar su tumba. También la Iglesia ha tenido, a lo largo de los siglos, enemigos que se han afanado por encerrarla como en una tumba, celebrando de cuando en cuando su agonía y su muerte. Mas ella, que tiene en sí la fuerza invencible de su Fundador, con El ha resucitado siempre, perdonando a todos y asegurando la serenidad y la paz a los humildes, a los pobres, a los que padecen, a los hombres de buena voluntad.

3. Ved el significado de la fiesta inminente de la Pascua, el significado que Nos queremos proponeros ante todo, amados hijos, para que jamás titubee vuestra fidelidad a la Iglesia, sino que, por lo contrario, arraigados y fundados en la caridad, sepáis participar, con alegría y con generosidad, de la vida de vuestra Madre, bien ciertos de su seguridad victoriosa, dispuestos a luchar por defenderla, a sacrificaros en difundirla, unidos para darle testimonio: Aplicaos -como dice San Pablo- a conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la paz: un solo cuerpo y un solo espíritu, como habéis sido llamados por vuestra vocación a una sola esperanza; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, para todas las cosas y en todos nosotros 1 .

El gozoso misterio, que está a punto de renovarse en esta noche de orante vigilia, no sólo tiene el significado a que hemos aludido, sino que tiene también un valor que alcanza a cada cristiano en el íntimo santuario de su vida espiritual, para configurarle con Cristo Resucitado. Pascua es para todos un misterio de muerte y de vida; por ello, según el expreso mandamiento de la Iglesia, que os recordamos paternalmente, todo fiel está invitado en esta época a purificar su conciencia con el Sacramento de la Penitencia, inmergiéndola en la Sangre de Jesús; y está llamado a acercarse con más fe al banquete de la Eucaristía para alimentarse con la carne vivificante del Cordero inmaculado. El misterio de la Pascua es, por lo tanto, para cada creyente un misterio de muerte y de resurrección.

4. Al señalar los sufrimientos del Señor, que ha querido ser por nosotros el despreciado, el último de los hombres, el hombre de los dolores que conoce el sufrimiento 2 , las ceremonias pascuales invitan a morir al pecado, a suprimir el viejo fermento..., el fermento de la malicia y de la iniquidad 3 para convertirse en nueva criatura. Si Aquel, que es Hijo de Dios por naturaleza, ha querido hacerse obediente hasta la muerte, y muerte de cruz 4 , nosotros, a los que El ha hecho hijos de Dios por la gracia, tenemos el deber de imitar y reproducir sus actos. El hecho de pertenecer al Cristianismo nos hace participantes de este misterio de muerte espiritual con Cristo, según la exhortación del Apóstol, que Nos complacemos en repetiros: ¿Acaso no sabéis que todos cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en la muerte de El? Pues junto con El hemos sido sepultados por el Bautismo en la muerte; a fin de que, como El resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva... Que ya no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal 5 .

Nuestra Pascua es, por lo tanto, para todos, un morir al pecado, a las pasiones, al odio, a las enemistades, a todo cuanto es fuente de desequilibrio, de amargura y de tormento, en el orden espiritual y en el material. Porque esta muerte no es sino el primer paso hacia una meta más elevada, porque nuestra Pascua es, además, un misterio de vida.

5. Debemos afirmarlo con la misma seguridad de los Apóstoles; y vosotros, amados hijos, debéis estar convencidos de ello, como del más bello tesoro, único que puede avalorar y tranquilizar la cotidiana existencia: el Cristianismo no es aquel conjunto de obligaciones de que habla tan a la ligera quien no tiene fe: pero es paz, es alegría, es amor, es vida que sin cesar se renueva, como el secreto germinar de la naturaleza en el comienzo de la primavera. La fuente de esta alegría está en Cristo Resucitado, que libera a los hombres de la esclavitud del pecado y les invita a ser con El una nueva criatura, en espera de la eternidad bienaventurada. Con qué penetrante fuerza resonarán dentro de poco las palabras de la Epístola de la Misa: Luego si habéis resucitado con Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Puesto que habéis muerto, y vuestra vida ya está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, entonces también os manifestaréis vosotros con El en la gloria 6 .

Todo el tiempo pascual la Iglesi hará resonar el alegre pregón: Surrexit Dominus vere, ¡en verdad que ha resucitado el Señor! Otro tanto ha de decirse de cada uno de sus hermanos: ¡Surrexit vere, verdaderamente ha resucitado aquel que se hallaba en estado de pecado! ¡Verdaderamente han resucitado aquellos a quienes afligía la duda, la desconfianza, el miedo, la tibieza! ¡Han resucitado las víctimas de la tribulación, del dolor, de la opresión, los desgraciados!

6. Esto es, amados hijos, lo que Nos os deseamos con el paternal afecto de Nuestro corazón, de este corazón que encierra en sí las alegrías y las penas de todos los que la misericordia de Dios Nos ha confiado. Ferviente se eleva Nuestra plegaria hacia el Divino Salvador, por todos y por cada uno de vosotros: por los sacerdotes y por las almas a Dios consagradas; por la juventud animosa y pensativa, esperanza de la Iglesia; por las familias cristianas, singularmente por las que con más fidelidad y sacrificio mayor conservan en su seno el precioso depósito de una numerosa prole; por aquellos a quienes una edad avanzada les hace ya mirar con firme esperanza a la Patria celestial; por los que estudian, por los que enseñan; por los que trabajan; especialmente por los obreros que durante las horas del día y en las nocturnas realizan pesados trabajos; por los enfermos que Nos son tan caros. A todos queremos Nos asegurarles que no sólo les sigue continuadamente Nuestra particular predilección, sino que también su propia vida, por oculta y humilde que sea, es grandemente preciosa a los ojos de Dios: "Vita vestra abscondita est cum Christo in Deo".

Nos elevamos también una oración para que la paz, hija de la dulzura y de la buena voluntad, pueda reinar permanentemente en las naciones, todavía inquietas por las nubes que de tiempo en tiempo oscurecen el horizonte. Nos oramos por los Jefes de Estado, que están acordes con Nos en reconocer que su elevada vocación no les erige en árbitros, sino en protectores de los pueblos, a los que deben asegurar el respeto de los derechos fundamentales de la persona humana. Nos oramos por los que, catorce años después del fin de la última guerra, todavía sufren sus consecuencias. Y Nos rogamos de modo especial por aquellos Venerables Hermanos y por aquellos hijos, verdaderamente amados entre todos, que, privados de su familia, de su patria, de la libertad misma, son una prueba viviente y dolorosa de los males que afligen a la humanidad cuando le faltan la verdadera paz y sus auténticos frutos.

7. Y ¿quién no querrá comprendernos y excusarnos si, elevados por una singular disposición de la Providencia a abrazar con Nuestra solicitud pastoral y paterna a todas las naciones de la tierra, igualmente llamadas y preparadas, en el correr de los siglos, a la fe y a la gracia de Jesús Salvador, Nuestro corazón no sabe contener un latido de ternura más ardiente hacia los hijos de un pueblo fuerte y bueno, que Nos hemos encontrado a lo largo de Nuestro camino y cuya vida hemos compartido durante los años más vigorosos de Nuestra existencia -de 1925 a 1935- a un lado y otro de la cordillera de los Balcanes, cuando ejercitábamos un ministerio espiritual, inspirado en mutuos sentimientos de respeto y fraternidad cristiana? Nos complace recordar con un afecto siempre vivo a aquellas gentes valientes, laboriosas, honradas y sinceras, su hermosa capital Sofía, que nos lleva a la antigua Sárdica de los primeros siglos cristianos y a las épocas nobles y gloriosas de su historia.

Muchos años ha que la visión de este querido país se ha alejado de Nuestros ojos; pero todas aquellas amables personas y familias, que entonces conocimos, permanecen vivas en Nuestro corazón y en Nuestra cotidiana plegaria.

Al recuerdo de los búlgaros, en esta Pascua del Señor, primera de Nuestro pontificado, Nos complace el asociar en Nuestros deseos, en Nuestro saludo y en Nuestra Bendición, a todos los demás que, sucesivamente, hemos encontrado en las rutas del Próximo Oriente, y también del Occidente: turcos, griegos y franceses, los cuales se han mostrado todos igualmente amables hacia Nuestra humilde persona, y a todos los cuales Nos amamos por igual, en la luz y amor de Cristo.

¡Oh, Salvador de todas las naciones, oh, Jesús, inocente víctima pascual, que habéis reconciliado a los pecadores con el Padre, derramad todo don deseado sobre todos y cada uno de la familia humana, para que Vuestra luz, que está a punto de encenderse de nuevo, ahuyente de los espíritus las tinieblas del error, purifique lo más íntimo de los corazones, ilumine a cada uno el camino de su propia vocación, suscite en el mundo entero una voluntad ardiente de caridad, de justicia y de amor!


1

Eph. 4, 3-6.

2

Is. 53, 3.

3

1 Cor. 5, 7-8.

4

Phil. 2, 8.

5

Rom. 6, 3-14, 12.

6

Col. 3, 1-4.
Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTRÓNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS™. La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- está protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben parámetros para su uso. Hecho el depósito legal.


Diseño web :: Hosting Católico