Soporte
Congregación para el Clero, El Presbítero, Maestro de la Palabra, Ministro de los Sacramentos y Guía de la Comunidad, ante el Tercer Milenio Cristiano
Incrementar tama√Īo de fuente Disminuir tama√Īo de fuente
Compartir

El Presbítero, Maestro de la Palabra, Ministro de los Sacramentos y Guía de la Comunidad, ante el Tercer Milenio Cristiano

A los Emmos. y Excmos. Ordinarios:

La Iglesia entera se prepara en espíritu de penitencia al inminente ingreso en el Tercer Milenio de la Encarnación del Verbo, estimulada por la continua solicitud apostólica del Sucesor de Pedro hacia una siempre más viva memoria de la voluntad de su divino Fundador.

En íntima comunión de intenciones, la Congregación para el Clero, en su Asamblea Plenaria, reunida en los días 13-15 octubre 1998, ha decidido confiar a todos los Obispos esta Carta Circular dirigida, a través de ellos, a todos los sacerdotes. El Santo Padre, en el discurso pronunciado en tal ocasión, decía: " La prospectiva de la nueva evangelización encuentra un momento fuerte en el compromiso del Grande Jubileo. Aqui se cruzan en modo providencial las vías trazadas por la Carta Apostólica Tertio Millennio adveniente y aquellas indicadas por los Directorios para los Presbíteros y para los Diáconos permanentes, por la Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el ministerio pastoral de los sacerdotes y por cuanto será fruto de la presente Plenaria. Gracias a la universal aplicación de estos documentos, la ya familiar expresión nueva evangelización se podrá traducir más eficazmente en operante realidad ".

Se trata de un instrumento que -- atento a las actuales circunstancias, es destinado a provocar un examen de conciencia de cada uno de los Sacerdotes y de los presbiterios, sabiendo que el nombre del amor, en el tiempo, es fidelidad. En el texto se subrayan en modo especial las ense√Īanzas del concilio, de los papas y se remite a otros documentos recordados por el mismo Sumo Pont√≠fice. Se trata, en efecto, de documentos fundamentales para responder a las aut√©nticas exigencias de los tiempos y no correr en vano en la misi√≥n evangelizadora.

Los puntos que se presentan al final de cada uno de los cap√≠tulos no tienen como finalidad una respuesta a la Congregaci√≥n; los mismos constituyen, sobre todo, una ayuda, en cuanto buscan interpelar la realidad cotidiana a la luz de las mencionadas ense√Īanzas. Los destinatarios se pueden servir de los mismos en las modalidades que estimen m√°s convenientes.

Conscientes de que ninguna empresa misionera podría ser realísticamente lleva a término sin el compromiso motivado y el entusiasmo de los Sacerdotes, primeros y preciosos colaboradores del Orden Episcopal, con esta Carta Circular se pretende, entre otras cosas, ofrecer una ayuda también para las jornadas sacerdotales, los retiros, los ejercicios espirituales y las reuniones presbíterales, promovidas en las diferentes circunscripciones, en este período propedéutico al Grande Jubileo y, sobre todo, durante la celebración del mismo.

Con el augurio que la Reina de los Ap√≥stoles, estrella luminosa, gu√≠e los pasos de sus dilectos Sacerdotes, hijos en su Hijo, por los caminos de la comuni√≥n efectiva, de la fidelidad, del ejercicio generoso e integral de su indispensable ministerio, deseo todo bien en el Se√Īor y manifiesto mis sentimientos con mi cordial v√≠nculo de afecto colegial.

Darío Card. Castrillón Hoyos
Prefecto

Csaba Terny√°k
Secretario

INTRODUCCI√ďN

Nacida y desarrollada en el fértil terreno de la gran tradición católica, la doctrina que describe al presbítero como maestro de la Palabra, ministro de los sacramentos y guía de la comunidad cristiana que le ha sido encomendada, constituye un camino de reflexión sobre su identidad y su misión en la Iglesia. Siempre la misma y, al mismo tiempo, siempre nueva, tal doctrina necesita ser meditada, también hoy, con fe y esperanza de cara a la nueva evangelización a la que el Espíritu Santo está llamando a todos los fieles por medio de la persona y la autoridad del Santo Padre.

Es necesario un creciente empe√Īo apost√≥lico de todos en la Iglesia, renovado y generoso, personal y al mismo tiempo comunitario. Pastores y fieles, animados especialmente por el testimonio y las ense√Īanzas luminosas de Juan Pablo II, deben comprender siempre con mayor profundidad que es el momento de acelerar el paso, de mirar hacia adelante con ardiente esp√≠ritu apost√≥lico, de prepararse a atravesar los umbrales del siglo XXI con una actitud decidida a abrir de par en par las puertas de la historia a Jesucristo, nuestro Dios y √ļnico Salvador. Pastores y fieles han de sentirse llamados a hacer que en el 2000 resuene con renovado vigor la proclamaci√≥n de la verdad: " Ecce natus est nobis Salvator mundi ". 1

" En los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una "nueva evangelización" o "reevangelización" ". 2 La nueva evangelización representa, pues, ante todo una reacción maternal de la Iglesia ante el debilitamiento de la fe y el oscurecimiento de las exigencias morales de la vida cristiana en la conciencia de tantos hijos suyos. Son muchos, en efecto, los bautizados que, ciudadanos de un mundo religiosamente indiferente, aun manteniendo quizás una cierta fe, viven sin embargo en el indiferentismo religioso y moral, alejados de la Palabra y de los sacramentos, fuentes esenciales de la vida cristiana. Existen también otras muchas personas, nacidas de padres cristianos y quizás también ellas bautizadas, que no han recibido sin embargo los fundamentos de la fe y llevan una vida prácticamente atea. A todos ellos mira la Iglesia con amor sintiendo de modo particular el urgente deber de atraerlos a la comunión eclesial donde, con la gracia del Espíritu Santo, podrán reencontrar a Jesucristo y al Padre.

Junto a este empe√Īo de una nueva evangelizaci√≥n, que vuelva a encender en muchas conciencias cristianas la luz de la fe y haga resonar en la sociedad el alegre anuncio de la salvaci√≥n, la Iglesia siente fuertemente la responsabilidad de su perenne misi√≥n ad gentes, es decir, el derecho-deber de llevar el Evangelio a cuantos no conocen todav√≠a a Cristo y no participan de sus dones salv√≠ficos. Para la Iglesia, Madre y Maestra, la misi√≥n ad gentes y la nueva evangelizaci√≥n constituyen, hoy m√°s que nunca, aspectos inseparables del mandato de ense√Īar, santificar y guiar a todos los hombres hacia el Padre. Tambi√©n los cristianos fervientes, que son tantos, tienen necesidad de que se les anime amable y continuamente a buscar la propia santidad, a la que son llamados por Dios y por la Iglesia. Aqui est√° el verdadero motor de la nueva evangelizaci√≥n.

Todo fiel cristiano, todo hijo de la Iglesia deber√≠a sentirse interpelado por esta com√ļn y urgente responsabilidad, pero de un modo muy particular los sacerdotes, especialmente elegidos, consagrados y enviados para hacer presente a Cristo como aut√©nticos representantes y mensajeros suyos. 3 Se impone, pues, la necesidad de ayudar a todos los presb√≠teros seculares y religiosos a asumir en primera persona " la tarea pastoral prioritaria de la nueva evangelizaci√≥n " 4 y a redescubrir, a la luz de tal empe√Īo, la llamada divina a servir a la porci√≥n del pueblo de Dios que les ha sido encomendada, como maestros de la Palabra, ministros de los sacramentos y pastores del reba√Īo.

Capítulo I: AL SERVICIO DE LA NUEVA EVANGELIZACION
" Yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vay√°is " (Jn 15,16)

1. La nueva evangelización tarea de toda la Iglesia

La llamada y el invitaci√≥n por parte del Se√Īor son siempre presentes, pero en las actuales circunstancias hist√≥ricas, adquieren un relieve particular. El final del siglo XX manifiesta, en efecto, fen√≥menos contrastantes desde el punto de vista religioso. Si de una parte, se constata un alto grado de secularizaci√≥n en la sociedad, que vuelve la espalda a Dios y se cierra a toda referencia trascendente, emerge por otra parte, cada vez con m√°s fuerza una religiosidad que trata de saciar la innata aspiraci√≥n de Dios presente en el coraz√≥n de todos los hombres, pero que no siempre logra encontrar un desahogo satisfactorio. " La misi√≥n de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, est√° a√ļn lejos de cumplirse. A finales del segundo milenio despu√©s de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que esta misi√≥n se halla todav√≠a en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energ√≠as en su servicio ". 5 Este urgente empe√Īo misionero se desarrolla hoy, en gran medida, en el cuadro de la nueva evangelizaci√≥n de tantos pa√≠ses de antigua tradici√≥n cristiana en los que ha decaido sin embargo en gran medida, el sentido cristiano de la vida. Pero tambi√©n se dirige hacia el √°mbito m√°s amplio de toda la humanidad, hacia donde los hombres a√ļn no han oido o no han comprendido todav√≠a bien el anuncio de la salvaci√≥n tra√≠da por Cristo.

Es un hecho dolorosamente real la presencia, en muchos lugares y ambientes, de personas que han o√≠do hablar de Jesucristo pero que parecen conocer y aceptar su doctrina m√°s como un conjunto de valores √©ticos generales que como compromisos de vida real. Es elevado el n√ļmero de bautizados que se alejan del seguimiento de Cristo y que viven un estilo de vida marcado por el relativismo. El papel de fe cristiana se ha reducido, en muchos casos, a un factor puramente cultural, a una dimensi√≥n meramente privada, sin ninguna relevancia en la vida social de los hombres y de los pueblos. 6

Despu√©s de veinte siglos de cristianismo no son pocos ni peque√Īos los campos abiertos a la misi√≥n apost√≥lica. Todos los cristianos, por raz√≥n de su sacerdocio bautismal (cfr. 1 Pe 2, 4-5.9; Ap 1, 5-6, 9-10; 20, 6), deben saberse llamados a colaborar seg√ļn sus circunstancias personales en la nueva misi√≥n evangelizadora, que se configura como una responsabilidad eclesial com√ļn. 7 La responsabilidad de la actividad misionera " incumbe ante todo al Colegio episcopal encabezado por el Sucesor de Pedro ". 8 Como " colaboradores del Obispo, los presb√≠teros, en virtud del sacramento del Orden, est√°n llamados a compartir la solicitud por la misi√≥n ". 9 Se puede por tanto decir que, en un cierto sentido, los presb√≠teros son " los primeros responsables de esta nueva evangelizaci√≥n del tercer milenio ". 10

La sociedad contemporánea, animada por las muchas conquistas técnicas y científicas, ha desarrollado un profundo sentido de independencia crítica ante cualquier autoridad o doctrina, ya sea secular o religiosa. Esto exige que el mensaje cristiano de salvación, aunque siempre permanecerá su condición de misterio, sea explicado a fondo y presentado con la amabilidad, la fuerza y la capacidad de atraer que poseía en la primera evangelización, sirviéndose con prudencia de todos los medios idóneos que ofrecen las técnicas modernas, pero sin olvidar que los instrumentos nunca podrán llegar a sustituir el testimonio directo de una vida de santidad. La Iglesia tiene necesidad de verdaderos testigos, comunicadores del Evangelio en todos los sectores de la vida social. De ahí que los fieles cristianos en general, y los sacerdotes en particular, deban adquirir una profunda y recta formación filosófico-teológica 11 que les permita dar razón de su fe y de su esperanza y, al mismo tiempo, advertir la imperiosa necesidad de presentarla siempre de un modo constructivo, con una disposición personal de diálogo y comprensión. El anuncio del Evangelio no puede, sin embargo, agotarse en el diálogo; la audacia de la verdad es, en efecto, un reto ineludible ante la tentación de buscar una fácil popularidad o ante la propia comodidad.

En la realizaci√≥n de la obra evangelizadora tampoco conviene olvidar que algunos conceptos y palabras, con los que tradicionalmente ha sido realizada, han llegado a ser casi incomprensibles en la mayor parte de las culturas contempor√°neas. Conceptos como el de pecado original y sus consecuencias, redenci√≥n, cruz, necesidad de la oraci√≥n, sacrificio voluntario, castidad, sobriedad, obediencia, humildad, penitencia, pobreza, etc., han perdido en algunos contextos su original sentido positivo cristiano. Por eso la nueva evangelizaci√≥n, con extrema fidelidad a la doctrina de fe ense√Īada constantemente por la Iglesia y con un fuerte sentido de responsabilidad respecto del vocabulario doctrinal cristiano, debe ser capaz tambi√©n de encontrar modos id√≥neos de expresarse hoy en dia, ayudando a recuperar el sentido profundo de estas realidades humanas y cristianas fundamentales, sin que por ello deba renunciar a la formulaci√≥n de la fe, ya fijada y adquirida, que se contiene de modo sint√©tico en el Credo. 12

2. La necesaria e insustituible función de los sacerdotes

Aunque los pastores " no fueron constituidos por Cristo para asumir por s√≠ solos toda la misi√≥n salv√≠fica de la Iglesia acerca del mundo ", 13 desempe√Īan, sin embargo, una funci√≥n evangelizadora insustituible. La exigencia de una nueva evangelizaci√≥n hace apremiante la necesidad de encontrar un modo de ejercitar el ministerio sacerdotal que est√© realmente en consonancia con la situaci√≥n actual, que lo impregne de incisividad y lo haga apto para responder adecuadamente a las circunstancias en las que debe desarrollarse. Todo esto, sin embargo, debe ser realizado dirigi√©ndose siempre a Cristo, nuestro √ļnico modelo, sin que las circunstancias del tiempo presente aparten nuestra mirada de la meta final. No son unicamente, en efecto, las circunstancias socio-culturales las que nos deben empujar a una renovaci√≥n espiritual v√°lida sino, sobre todo, el amor a Cristo y a su Iglesia.

La meta de nuestros esfuerzos es el Reino definitivo de Cristo, la recapitulaci√≥n en √Čl de todas las cosas creadas. Y aunque esa meta s√≥lo ser√° plenamente alcanzada al final de los tiempos, ya ahora est√° sin embargo presente a trav√©s del Esp√≠ritu Santo vivificador, por medio del cual Jesucristo ha constituido su Cuerpo, que es la Iglesia, como sacramento universal de salvaci√≥n. 14

Cristo, Cabeza de la Iglesia y Se√Īor de la entera creaci√≥n, contin√ļa actuando salv√≠ficamente entre los hombres, y precisamente en este marco operativo encuentra su lugar propio el sacerdocio ministerial. Cristo quiere implicar de modo especial a sus sacerdotes en ese atraer hacia s√≠ a todos (cfr. Jn 12, 32). Nos hallamos ante un designio divino (la voluntad de Dios de implicar a toda la Iglesia con sus ministros en la obra de la redenci√≥n), que si bien est√° claramente atestiguado en la doctrina de la fe y por la teolog√≠a, encuentra todav√≠a no pocas dificultades para ser aceptado por los hombres de nuestro tiempo. Hoy en dia, de hecho, muchos discuten la mediaci√≥n sacramental y la estructura jer√°rquica de la Iglesia; se cuestiona su necesidad y su fundamento.

Como la vida de Cristo tambi√©n la del presb√≠tero ha de ser una vida consagrada, en Su nombre, a anunciar con autoridad la amorosa voluntad del Padre (cfr. Jn 17, 4; Eb 10, 7-10). Este fue el comportamiento del Mes√≠as: sus a√Īos de vida p√ļblica estuvieron dedicados " a hacer y a ense√Īar " (Hech 1, 1), por medio de una predicaci√≥n llena de autoridad (cfr. Mt 7, 29). Ciertamente tal autoridad le correspond√≠a ante todo por su condici√≥n divina, pero tambi√©n, a los ojos de la gente, por su modo de actuar sincero, santo, perfecto. De igual manera el presb√≠tero debe unir a la autoridad espiritual objetiva, que posee por fuerza de la sagrada ordenaci√≥n, 15 una autoridad subjetiva que proceda de su vida sincera y santificada, 16 de su caridad pastoral, que es manifestaci√≥n de la caridad de Cristo. 17 No ha perdido actualidad la exhortaci√≥n que San Gregorio Magno dirig√≠a a los sacerdotes: " Es necesario que √©l (el pastor) sea puro en el pensamiento, ejemplar en el obrar, discreto en su silencio, √ļtil con su palabra; est√© cerca de cada uno con su compasi√≥n y dedicado m√°s que nadie a la contemplaci√≥n; sea un aliado humilde de quien hace el bien, pero por su celo por la justicia, sea inflexible contra los vicios de los pecadores; no aten√ļe el cuidado de la vida interior en las ocupaciones externas, ni deje de proveer a las necesidades externas por la solicitud del bien interior ". 18

En nuestros d√≠as, como en toda √©poca, en la Iglesia --afirmaba el Santo Padre, refiri√©ndose concretamente a la recristianizaci√≥n de Europa pero con palabras que tienen validez universal-- " se necesitan heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el coraz√≥n del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al Se√Īor que aumente el esp√≠ritu de santidad en la Iglesia y nos mande nuevos santos para evangelizar al mundo de hoy ". 19 Se debe tener presente que no pocos de nuestros contempor√°neos se forman una cierta idea de Cristo y de la Iglesia, ante todo, a trav√©s de los sagrados ministros, por lo que resulta todav√≠a m√°s urgente su testimonio genuinamente evang√©lico, de ser una " imagen viva y transparente de Cristo Sacerdote ". 20

En el √°mbito de la acci√≥n salv√≠fica de Cristo, se pueden distinguir dos objetivos inseparables. De un lado, una finalidad que podr√≠a ser definida como de car√°cter intelectual: ense√Īar, instruir a las muchedumbres que estaban como ovejas sin pastor (cfr. Mt 9, 36), encaminar las inteligencias hacia la conversi√≥n (cfr. Mt 4, 17). Y por otra parte mover los corazones de quienes le escuchaban hacia el arrepentimiento y la penitencia por los propios pecados, abriendo de esta manera camino a la recepci√≥n del perd√≥n divino. As√≠ es tambi√©n hoy: " la llamada a la nueva evangelizaci√≥n es antes de nada una llamada a la conversi√≥n ", 21 y una vez que la Palabra de Dios ha instruido el entendimiento del hombre y ha movido su voluntad, alej√°ndola del pecado, es entonces cuando la actividad evangelizadora alcanza su culmen a trav√©s de la participaci√≥n fructuosa en los sacramentos y, sobre todo, en la celebraci√≥n eucar√≠stica. Como ense√Īaba Pablo VI, " la tarea de evangelizaci√≥n es propiamente la de educar en la fe de manera tal que ella conduzca a cada cristiano a vivir los sacramentos como verdaderos sacramentos de la fe, y no a recibirlos pasivamente, o a tolerarlos ". 22

La evangelización incluye: anuncio, testimonio, diálogo y servicio, y se fundamenta en la unión de tres elementos inseparables: la predicación de la Palabra, el ministerio sacramental y la guía de los fieles. 23 No tendría sentido una predicación que no formase continuamente a los fieles y no desembocase en la práctica sacramental, ni tampoco lo tendría una participación en los sacramentos separada de la plena aceptación de la fe y los principios morales, o en la que faltase la conversión sincera del corazón. Si desde un punto de vista pastoral el primer lugar en orden a la acción le corresponde, lógicamente, a la función de predicacación, 24 en el orden de la intención o finalidad el primer puesto debe ser asignado a la celebración de los sacramentos y, en particular, de la Penitencia y de la Eucaristía. 25 Conjugar de manera armónica estas dos funciones es precisamente el modo de manifestar la integridad del ministerio pastoral del sacerdote al servicio de la nueva evangelización.

Un aspecto de esta nueva evangelizaci√≥n, que est√° adquiriendo una importancia siempre mayor, es la formaci√≥n del sentido ecum√©nico de los fieles. El Concilio Vaticano II ha exhortado a todos los cat√≥licos a que " participen con decisi√≥n en la obra del ecumenismo " y " estimen los bienes verdaderamente cristianos, provenientes del patrimonio com√ļn, que se encuentran entre nuestros hermanos separados ". 26 Al mismo tiempo tambi√©n se debe tener en cuenta que " nada hay tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo que atenta contra la pureza de la doctrina cat√≥lica y oscurece su sentido genuino y cierto ". 27 En consecuencia, los presb√≠teros deber√°n vigilar para que el ecumenismo se desarrolle en el respeto fiel a los principios se√Īalados por el Magisterio de la Iglesia, en los que no hay fractura sino arm√≥nica continuidad.

PUNTOS DE REFLEXI√ďN

1. ¬ŅSe siente realmente en nuestras comunidades eclesiales y, especialmente entre nuestros sacerdotes, la necesidad y urgencia de la nueva evangelizaci√≥n?

2. ¬ŅSe predica abundantemente sobre ella? ¬ŅSe tiene presente en las reuniones de los presb√≠teros, en los programas pastorales, en los medios de formaci√≥n permanente?

3. ¬ŅEst√°n los sacerdotes especialmente empe√Īados en la promoci√≥n audaz de una misi√≥n evangelizadora nueva; --nueva sobre todo " en su ardor, en sus m√©todos, en su expresi√≥n " 28 --ad intra y ad extra de la Iglesia?

4. ¬ŅConsideran los fieles al sacerdocio como un don divino, tanto para qui√©n lo recibe, como para la misma comunidad, o lo ven en clave de pura funcionalidad organizativa? ¬ŅSe ense√Īa a rezar para que el Se√Īor conceda vocaciones sacerdotales y para que no falte la generosidad necesaria para responder afirmativamente?

5. ¬ŅSe mantiene en la predicaci√≥n de la Palabra de Dios y en la catequesis la debida proporci√≥n entre el aspecto de instrucci√≥n en la fe y pr√°ctica de los sacramentos? ¬ŅSe caracteriza la actividad evangelizadora de los presb√≠teros por la complementariedad entre predicaci√≥n y sacramentalidad, entre " munus docendi " y " munus sanctificandi "?

Capítulo II: MAESTROS DE LA PALABRA
" Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación " (Mc 16,15)

1. Los presbíteros, maestros de la Palabra " nomine Christi et nomine Ecclesiae "

Un punto de partida adecuado para la correcta comprensi√≥n del ministerio pastoral de la Palabra es la consideraci√≥n de la revelaci√≥n de Dios en s√≠ misma. " Por esta revelaci√≥n, Dios invisible (cfr. Col 1, 15; 1 Tm 1, 17), movido por su gran amor, habla a los hombres como amigos (cfr. Ex 33, 11; Jn 15, 14-15) y mora con ellos (cfr. Ba 3, 38), para invitarlos a la comunicaci√≥n consigo y recibirlos en su compa√Ī√≠a ". 29 En la Escritura el anuncio del Reino no habla s√≥lo de la gloria de Dios, sino que la hace brotar de su mismo anuncio. El Evangelio predicado en la Iglesia no es solamente mensaje, sino una divina y salut√≠fera acci√≥n experimentada por aquellos que creen, que sienten, que obedecen al mensaje y lo acogen.

Por tanto, la Revelaci√≥n no se limita a instruirnos sobre la naturaleza de un Dios que vive en una luz inaccesible, sino que al mismo tiempo nos muestra cu√°nto hace Dios por nosotros con la gracia. La Palabra revelada, al ser presentada y actualizada " en " y " por medio " de la Iglesia, es un instrumento mediante el cual Cristo act√ļa en nosotros con su Esp√≠ritu. La Palabra es, al mismo tiempo, juicio y gracia. Al escucharla, el contacto con Dios mismo interpela los corazones de los hombres y pide una decisi√≥n que no se resuelve en un simple conocimiento intelectual sino que exige la conversi√≥n del coraz√≥n.

" Los presb√≠teros, como cooperadores de los Obispos, tienen como primer cometido predicar el Evangelio de Dios a todos; para (...) constituir e incrementar el Pueblo de Dios ". 30 Precisamente porque la predicaci√≥n de la Palabra no es la mera transmisi√≥n intelectual de un mensaje, sino " poder de Dios para la salvaci√≥n de todo el que cree " (cfr. Rom 1, 16), realizada de una vez para siempre en Cristo, su anuncio en la Iglesia exige, en quienes anuncian, un fundamento sobrenatural que garantice su autenticidad y su eficacia. La predicaci√≥n de la Palabra por parte de los ministros sagrados participa, en cierto sentido, del car√°cter salv√≠fico de la Palabra misma, y ello no por el simple hecho de que hablen de Cristo, sino porque anuncian a sus oyentes el Evangelio con el poder de interpelar que procede de su participaci√≥n en la consagraci√≥n y misi√≥n del mismo Verbo de Dios encarnado. En los o√≠dos de los ministros resuenan siempre aquellas palabras del Se√Īor: " Quien a vosotros oye, a m√≠ me oye; quien a vosotros desprecia, a m√≠ me desprecia " (Lc 10, 16), y pueden decir con Pablo: " nosotros no hemos recibido el esp√≠ritu del mundo, sino el Esp√≠ritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido; y ense√Īamos estas cosas no con palabras aprendidas por sabidur√≠a humana, sino con palabras aprendidas del Esp√≠ritu, expresando las cosas espirituales con palabras espirituales " (1 Cor 2, 12-13). La predicaci√≥n queda as√≠ configurada como un ministerio que surge del sacramento del Orden y que se ejercita con la autoridad de Cristo.

Sin embargo, la gracia del Esp√≠ritu Santo no garantiza de igual manera todas las acciones de los ministros. Mientras que en la administraci√≥n de los sacramentos existe esa garant√≠a, de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede llegar a impedir el fruto de la gracia, existen tambi√©n otras muchas acciones en las cuales la componente humana del ministro adquiere una notable importancia. Y su impronta puede tanto beneficiar como perjudicar a la fecundidad apost√≥lica de la Iglesia. 31 Si bien el entero munus pastorale debe estar impregnado de sentido de servicio, tal cualidad resulta especialmente necesaria en el ministerio de la predicaci√≥n, pues cuanto m√°s siervo de la Palabra, y no su due√Īo, es el ministro, tanto m√°s la Palabra puede comunicar su eficacia salv√≠fica.

Este servicio exige la entrega personal del ministro a la Palabra predicada, una entrega que, en √ļltimo t√©rmino, mira a Dios mismo, " al Dios, a quien sirvo con todo mi esp√≠ritu en la predicaci√≥n del Evangelio de su Hijo " (Rom 1, 9). El ministro no debe ponerle obst√°culos, ni persiguiendo fines ajenos a su misi√≥n, ni apoy√°ndose en sabidur√≠a humana o en experiencias subjetivas que podr√≠an oscurecer el mismo Evangelio. ¬°La Palabra de Dios no puede ser instrumentalizada! Antes al contrario, el predicador " debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios (...), debe ser el primer "creyente" de la Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son "suyas", sino de Aqu√©l que lo ha enviado ". 32

Existe, por tanto, una especial relaci√≥n entre oraci√≥n personal y predicaci√≥n. Al meditar la Palabra de Dios en la oraci√≥n personal debe tambi√©n manifestarse de modo espont√°neo " la primacia de un testimonio de vida, que hace descubrir la potencia del amor de Dios y hace persuasiva la palabra del predicador ". 33 Fruto de la oraci√≥n personal es tambi√©n una predicaci√≥n que resulta incisiva no s√≥lo por su coherencia especulativa, sino porque nace de un coraz√≥n sincero y orante, consciente de que la tarea del ministro " no es la de ense√Īar la propia sabidur√≠a, sino la Palabra de Dios e invitar con insistencia a todos a la conversi√≥n y a la santidad ". 34 Para ser eficaz, la predicaci√≥n de los ministros requiere estar firmemente fundada sobre su esp√≠ritu de oraci√≥n filial: " sit orator, antequam dictor ". 35

En la vida personal de oraci√≥n de los sacerdotes encuentran apoyo e impulso la conciencia de su ministerialidad, el sentido vocacional de su vida, su fe viva y apost√≥lica. Aqu√≠ se alcanza tambi√©n, un d√≠a tras otro, el celo por la evangelizaci√≥n. Y √©sta, convertida en convicci√≥n personal, se traduce en una predicaci√≥n persuasiva, coherente y convincente. En este sentido, el rezo de la Liturgia de las Horas no mira s√≥lo a la piedad personal, ni se agota en ser oraci√≥n p√ļblica de la Iglesia, sino que posee tambi√©n una gran utilidad pastoral 36 en cuanto ocasi√≥n privilegiada para familiarizarse con la doctrina b√≠blica, patr√≠stica, te√≥logica y magisterial, que despu√©s de interiorizada es derramada sobre el Pueblo de Dios a trav√©s de la predicaci√≥n.

2. Para un anuncio eficaz de la Palabra

En la perspectiva de la nueva evangelizaci√≥n se debe subrayar la importancia de hacer madurar en los fieles el significado de la vocaci√≥n bautismal, es decir, la convicci√≥n de estar llamados por Dios para seguir a Cristo de cerca y para colaborar personalmente en la misi√≥n de la Iglesia. " Trasmitir la fe es revelar, anunciar y profundizar en la vocaci√≥n cristiana, esa llamada que Dios dirige a cada hombre al manifestarle el misterio de la salvaci√≥n ". 37 Es, pues, funci√≥n de la obra de evangelizaci√≥n manifestar a Cristo delante de los hombres, porque s√≥lo √Čl, " el nuevo Ad√°n, en la revelaci√≥n misma del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocaci√≥n ". 38

Nueva evangelización y sentido vocacional de la existencia del cristiano caminan en unidad. Y es ésta la " buena nueva " que debe ser anunciada a los fieles sin reduccionismos ni respecto a su bondad ni a la exigencia de alcanzarla, recordando al mismo tiempo que " ciertamente apremia al cristiano la necesidad y el deber de luchar con muchas tribulaciones contra el mal, e incluso de sufrir la muerte; pero, asociado al misterio pascual y configurado con la muerte de Cristo, podrá ir al encuentro de la resurrección robustecido por la esperanza ". 39

La nueva evangelizaci√≥n pide un ardiente ministerio de la Palabra, integral y bien fundado, con un claro contenido teol√≥gico, espiritual, lit√ļrgico y moral, atento a satisfacer las concretas necesidades de los hombres. No se trata, evidentemente, de caer en la tentaci√≥n del intelectualismo que, m√°s que iluminar, podr√≠a llegar a oscurecer las conciencias cristianas; sino de desarrollar una verdadera " caridad intelectual " mediante una permanente y paciente catequesis sobre las verdades fundamentales de la fe y la moral cat√≥licas y su influjo en la vida espiritual. Entre las obras de misericordia espirituales destaca la instrucci√≥n cristiana, pues la salvaci√≥n tiene lugar en el conocimiento de Cristo, ya que " no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos " (Hch 4, 12).

Este anuncio catequético no se puede desarrollar sin el vehículo de la sana teología, pues, evidentemente, no se trata sólo de repetir la doctrina revelada, sino de formar la inteligencia y la conciencia de los creyentes sirviéndose de dicha doctrina, para que puedan vivir de forma coherente las exigencias de la vocación bautismal. La nueva evangelización se llevará a cabo en la medida en que, no sólo la Iglesia en su conjunto y cada una de sus instituciones, sino también cada cristiano, sean puestos en condiciones de vivir la fe y de hacer de la propia existencia un motivo viviente de credibilidad y una creíble apología de la fe.

Evangelizar significa, en efecto, anunciar y propagar, con todos los medios honestos y adecuados disponibles, los contenidos de la verdades reveladas (la fe trinitaria y cristol√≥gica, el sentido del dogma de la creaci√≥n, las verdades escatol√≥gicas, la doctrina sobre la Iglesia, sobre el hombre, la ense√Īanza de fe sobre los sacramentos y los dem√°s medios de salvaci√≥n, etc.) Y significa tambi√©n, al mismo tiempo, ense√Īar a traducir esas verdades en vida concreta, en testimonio y compromiso misionero.

El empe√Īo en la formaci√≥n teol√≥gica y espiritual (en la formaci√≥n permanente de los sacerdotes y di√°conos y en la formaci√≥n de todos los fieles) es ineludible y, al mismo tiempo, enorme. Es necesario, pues, que el ejercicio del ministerio de la Palabra y quienes lo realizan est√©n a la altura de las circunstancias. Su eficacia, basada antes que nada en la ayuda divina, depender√° de que se lleve a cabo tambi√©n con la m√°xima perfecci√≥n humana posible. Un anuncio doctrinal, teol√≥gico y espiritual renovado del mensaje cristiano --anuncio que debe encender y purificar en primer lugar las conciencias de los bautizados-- no puede ser improvisado perezosa o irresponsablemente. Ni puede tampoco decaer entre los presb√≠teros la responsabilidad de asumir en primera persona esa tarea de anunciar, especialmente en lo que se refiere al ministerio homil√©tico, que no puede ser confiado a quien no haya sido ordenado, 40 ni facilmente delegado en quien no est√© bien preparado.

Pensando en la predicación sacerdotal es necesario insistir, como siempre se ha hecho, en la importancia de la preparación remota que puede concretarse, por ejemplo, en una orientación adecuada de las propias lecturas, e incluso de los propios intereses, hacia aspectos que puedan mejorar la preparación de los sagrados ministros. La sensibilidad pastoral de los predicadores debe estar continuamente pendiente de individuar los problemas que preocupan a los hombres y sus posibles soluciones. " Además, para responder convenientemente a los problemas propuestos por los hombres de nuestro tiempo, es menester que los presbíteros conozcan los documentos del Magisterio, y sobre todo, de los Concilios y Romanos Pontífices, y consulten los mejores y más probados autores de teología ", 41 sin olvidarse de consultar el Catecismo de la Iglesia Católica. En este sentido convendría insistir sin cansancio en la importancia de la formación permanente del clero, teniendo como referencia el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros 42 . Todo esfuerzo en este campo será recompensado con abundantes frutos. Junto a lo dicho, es también importante una preparación próxima de la predicación de la Palabra de Dios. Salvo en casos excepcionales en los que no cabrá hacerlo de otro modo, la humildad y la laboriosidad deben llevar a preparar con atención al menos un esquema de lo que se debe decir.

La fuente principal de la predicaci√≥n debe ser, l√≥gicamente, la Sagrada Escritura, profundamente meditada en la oraci√≥n personal y conocida a trav√©s del estudio y la lectura de libros adecuados. 43 La experiencia pastoral pone de manifiesto que la fuerza y la elocuencia del Texto sagrado mueven profundamente a los oyentes. As√≠ mismo, los escritos de los Padres de la Iglesia y de otros grandes autores de la Tradici√≥n ense√Īan a penetrar y a hacer comprender a otros el sentido de la Palabra revelada, 44 lejos de cualquier forma de " fundamentalismo b√≠blico " o de mutilaci√≥n del mensaje divino. Deber√≠a constituir igualmente un punto de referencia para la preparaci√≥n de la predicaci√≥n la pedagog√≠a con que la liturgia de la Iglesia lee, interpreta y aplica la Palabra de Dios en los diversos tiempos del a√Īo lit√ļrgico. La consideraci√≥n, adem√°s, de la vida de los santos --con sus luchas y hero√≠smos-- ha producido en todo tiempo grandes frutos en las almas cristianas. Tambi√©n hoy, amenazados por comportamientos y doctrinas equ√≠vocas, los creyentes tienen especial necesidad del ejemplo de estas vidas heroicamente entregadas al amor de Dios y, por Dios, a los dem√°s hombres. Todo esto es √ļtil para la evangelizaci√≥n, como lo es tambi√©n el promover en los fieles, por amor de Dios, el sentido de solidaridad con todos, el esp√≠ritu de servicio, la generosa donaci√≥n a los dem√°s. La conciencia cristiana madura precisamentea trav√©s de una referencia cada vez m√°s estrecha con la caridad.

Tiene tambi√©n notable importancia para el sacerdote el cuidado de los aspectos formales de la predicaci√≥n. Vivimos en una √©poca de informaci√≥n y de comunicaci√≥n r√°pida, en la que estamos habituados a escuchar y a ver profesionales valiosos de la televisi√≥n y de la radio. En cierto modo, el sacerdote, que es tambi√©n un comunicador social singular, al transmitir su mensaje delante de los fieles entra en pac√≠fica concurrencia con esos profesionales, y en consecuencia el mensaje ha de ser presentado de modo decididamente atractivo. Junto al saber aprovechar con competencia y esp√≠ritu apost√≥lico los " nuevos p√ļlpitos " que son los medios de comunicaci√≥n, el sacerdote debe, sobre todo, cuidar que su mensaje est√© a la altura de la Palabra que predica. Los profesionales de los medios audiovisuales se preparan bien para cumplir su trabajo; no ser√≠a ciertamente exagerado que los maestros de la Palabra que se ocuparan de mejorar, con inteligente y paciente estudio, la calidad " profesional " de este aspecto de su ministerio. Hoy en dia, por ejemplo, est√° volviendo con fuerza en diversos ambientes universitarios y culturales el inter√©s por la ret√≥rica; quiz√°s sea necesario despertarlo tambi√©n entre los sacerdotes, sin separarlo de una actitud humilde y noblemente digna de presentarse y de conducirse.

La predicaci√≥n sacerdotal debe ser llevada a cabo, como la de Jesucristo, de modo positivo y estimulante, que arrastre a los hombres hacia la Bondad, la Belleza y la Verdad de Dios. Los cristianos deben hacer " irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que est√° en el rostro de Cristo " (2 Cor 4, 6) y deben presentar la verdad recibida de modo interesante. ¬ŅC√≥mo no encontrar en la Iglesia el atractivo de la exigencia, fuerte y serena a la vez, de la existencia cristiana? No hay nada que temer. " Desde que (la Iglesia) ha recibido como don, en el Misterio Pascual, la verdad √ļltima sobre la vida del hombre, se ha hecho peregrina por los caminos del mundo para anunciar que Jesucristo es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6). Entre los diversos servicios que la Iglesia ha de ofrecer a la humanidad, hay uno del cual es responsable de un modo muy particular: la diacon√≠a de la verdad ". 45

Resulta tambi√©n de utilidad, l√≥gicamente, usar en la predicaci√≥n un lenguaje correcto y elegante, comprensible para todos nuestros contempor√°neos, evitando banalidades y generalidades. 46 Es necesario hablar con aut√©ntica visi√≥n de fe, pero con palabras comprensibles en los diversos ambientes y nunca con una terminolog√≠a propia de especialistas ni con concesiones al esp√≠ritu mundano. El " secreto " humano de una fructuosa predicaci√≥n de la Palabra consiste, en buena medida, en la " profesionalidad " del predicador, que sabe lo que quiere decir y c√≥mo decirlo, y ha realizado una seria preparaci√≥n pr√≥xima y remota, sin improvisaciones de aficionado. Ser√≠a un da√Īoso irenismo ocultar la fuerza de la plena verdad. Debe, pues, cuidarse con atenci√≥n el contenido de las palabras, el estilo y la dicci√≥n; debe ser bien pensado lo que se quiere acentuar con mayor fuerza y, en la medida de lo posible, sin caer en exagerada ostentaci√≥n, ha de ser cuidado el tono mismo de la voz. Hay que saber d√≥nde se quiere llegar y conocer bien la realidad existencial y cultural de los oyentes habituales; de este modo, conociendo la propia grey, no se incurre en teor√≠as o generalizaciones abstractas. Conviene usar un estilo amable, positivo, que sabe no herir a las personas aun " hiriendo " las conciencias..., sin tener miedo de llamar a las cosas por su nombre.

Es muy √ļtil que los sacerdotes que colaboran en los diversos encargos pastorales se ayuden entre s√≠ mediante consejos fraternos sobre √©stos y otros aspectos del ministerio de la Palabra. Por ejemplo, sobre el contenido de la predicaci√≥n, su calidad teol√≥gica y ling√ľ√≠stica, el estilo, la duraci√≥n --que debe ser siempre sobria--, los modos de decir y de moverse en el amb√≥n, sobre el tono de voz --que debe ser normal, sin afectaci√≥n, aunque var√≠e seg√ļn los momentos de la predicaci√≥n--, etc. De nuevo resulta necesaria la humildad al sacerdote para que se deje ayudar por sus hermanos, e incluso, quiz√°s indirectamente, por los fieles que participan en sus actividades pastorales.

PUNTOS DE REFLEXI√ďN

6. ¬ŅTenemos instrumentos para valorar la incidencia real del ministerio de la Palabra en la vida de nuestras comunidades? ¬ŅExiste la preocupaci√≥n de utilizar este medio esencial de evangelizaci√≥n con la mayor profesionalidad humana posible?

7. En los cursos de formación permanente del clero, se presta la debida atención al perfeccionamiento del anuncio de la Palabra en sus diversas formas?

8. ¬ŅSon animados los sacerdotes para que dediquen tiempo al estudio de la sana teolog√≠a, a la lectura de los Padres, de los Doctores de la Iglesia y de los Santos? ¬ŅSe manifiesta un positivo compromiso por conocer y dar a conocer los grandes maestros de espiritualidad?

9. ¬ŅSe favorece la existencia de buenas bibliotecas sacerdotales, con esp√≠ritu pr√°ctico y una perspectiva doctrinal sana?

10. En este sentido ¬Ņexisten y se conocen posibilidades locales de conectarse a bibliotecas en internet, incluso la incipiente biblioteca electr√≥nica de la Congregaci√≥n para el Clero (www.clerus.org)?

11. ¬ŅLos Sacerdotes hacen uso de las catequesis y de las ense√Īanzas del Santo Padre, como tambi√©n de los varios documentos de la Santa Sede?

12. ¬ŅExiste la convicci√≥n de la importancia de formar profesionalmente personas (sacerdotes, di√°conos permanentes, religiosos, laicos) capaces de desarrollar a un alto nivel este servicio clave de la evangelizaci√≥n de la cultura contempor√°nea, que es la comunicaci√≥n?

Capítulo III: MINISTROS DE LOS SACRAMENTOS
" Servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios " (1 Cor 4, 1)

1. " In persona Christi Capitis "

" La misi√≥n de la Iglesia no se a√Īade a la de Cristo y del Esp√≠ritu Santo, sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el misterio de la comuni√≥n de la Sant√≠sima Trinidad ". 47 Esta dimensi√≥n sacramental de la entera misi√≥n de la Iglesia brota de su mismo ser, como una realidad al mismo tiempo " humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acci√≥n y dada a la contemplaci√≥n, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina ". 48 En este contexto de la Iglesia como " sacramento universal de salvaci√≥n ", 49 en el que Cristo " manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre ", 50 los sacramentos, como momentos privilegiados de la comunicaci√≥n de la vida divina al hombre, ocupan el centro del ministerio de los sacerdotes. Estos son conscientes de ser instrumentos vivos de Cristo Sacerdote. Su funci√≥n corresponde a la de unos hombres capacitados por el car√°cter sacramental para secundar la acci√≥n de Dios con eficacia instrumental participada.

La configuraci√≥n con Cristo mediante la consagraci√≥n sacramental sit√ļa al sacerdote en el seno del Pueblo de Dios, haci√©ndole participar de un modo espec√≠fico y en conformidad con la estructura org√°nica de la comunidad eclesial en el triple munus Christi. Actuando in persona Christi Capitis, el presb√≠tero apacienta al pueblo de Dios conduci√©ndolo hacia la santidad. 51 De ah√≠ deriva la " necesidad del testimonio de la fe por parte del presb√≠tero con toda su vida, pero, sobre todo, en el modo de apreciar y de celebrar los mismos sacramentos ". 52 Es preciso tener presente la doctrina cl√°sica, reiterada por el Concilio Ecum√©nico Vaticano II, seg√ļn la cual " a√ļn siendo verdad que la gracia de Dios puede realizar la obra de la salvaci√≥n incluso por medio de ministros indignos, a pesar de ello Dios, de ordinario, prefiere mostrar su grandeza a trav√©s de aquellos que, habi√©ndose hecho m√°s d√≥ciles a los impulsos y a la direcci√≥n del Esp√≠ritu Santo, pueden decir con el ap√≥stol, gracias a su √≠ntima uni√≥n con Cristo y a su santidad de vida: "ya no vivo yo, sino que Cristo vive en m√≠" (Gal 2, 20) ". 53

Las celebraciones sacramentales, en las que los presb√≠teros act√ļan como ministros de Jesucristo, part√≠cipes en manera especial de Su sacerdocio por medio de Su Esp√≠ritu, 54 constituyen momentos cultuales de singular importancia en relaci√≥n con la nueva evangelizaci√≥n. T√©ngase en cuenta adem√°s que para todos los fieles, pero sobre todo para aquellos habitualmente alejados de la pr√°ctica religiosa, pero que participan de vez en cuando en celebraciones lit√ļrgicas con motivo de acontecimientos familiares o sociales (bautismos, confirmaciones, matrimonios, ordenaciones sacerdotales, funerales, etc.), estas ocasiones son de hecho los √ļnicos momentos para transmitirles los contenidos de la fe. La disposici√≥n creyente del ministro deber√° ir siempre acompa√Īada de " una excelente calidad de la celebraci√≥n, bajo el aspecto lit√ļrgico y ceremonial ", 55 no en busca del espect√°culo sino atenta a que de verdad el elemento " humano est√© ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acci√≥n a la contemplaci√≥n y lo presente a la ciudad futura que buscamos ". 56

2. Ministros de la Eucaristía: " el centro mismo del ministerio sacerdotal "

" "Amigos": as√≠ llam√≥ Jes√ļs a los Ap√≥stoles. As√≠ tambi√©n quiere llamarnos a nosotros que, gracias al sacramento del Orden, somos part√≠cipes de su Sacerdocio. (...) ¬ŅPod√≠a Jes√ļs expresarnos su amistad de manera m√°s elocuente que permiti√©ndonos, como sacerdotes de la Nueva Alianza, obrar en su nombre, in persona Christi Capitis? Pues esto es precisamente lo que acontece en todo nuestro servicio sacerdotal, cuando administramos los sacramentos y, especialmente, cuando celebramos la Eucarist√≠a. Repetimos las palabras que √Čl pronunci√≥ sobre el pan y el vino y, por medio de nuestro ministerio, se realiza la misma consagraci√≥n que √Čl hizo. ¬ŅPuede haber una manifestaci√≥n de amistad m√°s plena que √©sta? Esta amistad constituye el centro mismo de nuestro ministerio sacerdotal ". 57

La nueva evangelizaci√≥n debe significar para los fieles una claridad tambi√©n nueva sobre la centralidad del sacramento de la Eucarist√≠a, c√ļlmen de toda la vida cristiana. 58 De una parte, porque " no se edifica ninguna comunidad cristiana si no tiene como ra√≠z y quicio la celebraci√≥n de la Sagrada Eucarist√≠a ", 59 pero tambi√©n porque " los dem√°s sacramentos, al igual que todos los ministerios eclesi√°sticos y las obras de apostolado, est√°n unidos con la Eucarist√≠a y hacia ella se ordenan. Pues en la Sagrada Eucarist√≠a se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia ". 60

La Eucarist√≠a es tambi√©n un punto de mira del ministerio pastoral. Los fieles deben ser preparados para obtener fruto de ella. Y si por una parte se ha de promover su participaci√≥n " digna, atenta y fructuosa " en la liturgia, por otra resulta absolutamente necesario hacerles comprender que " de ese modo son invitados e inducidos a ofrecerse con √Čl ellos mismos, sus trabajos, y todas las cosas creadas. Por lo tanto, la Eucarist√≠a se presenta como la fuente y cima de toda la evangelizaci√≥n ", 61 verdad √©sta de la cual se derivan no pocas consecuencias pastorales.

Es de importancia fundamental formar a los fieles en lo que constituye la esencia del santo Sacrificio del Altar y fomentar su participaci√≥n fructuosa en la Eucarist√≠a. 62 Y es necesario tambi√©n insistir, sin temor y sin cansancio, sobre la obligaci√≥n de cumplir con el precepto festivo, 63 y sobre la conveniencia de participar con frecuencia, incluso a diario si fuese posible, en la celebraci√≥n de la Santa Misa y en la comuni√≥n eucar√≠stica. Conviene recordar tambi√©n la grave obligaci√≥n de recibir siempre el Cuerpo de Cristo con las debidas condiciones espirituales y corporales, y de acudir por tanto a la confesi√≥n sacramental cuando se tiene conciencia de no estar en estado de gracia. La lozan√≠a de la vida cristiana en cada Iglesia particular y en cada comunidad parroquial depende en gran medida del redescubrimiento del gran don de la Eucarist√≠a, en un esp√≠ritu de fe y de adoraci√≥n. Si en la ense√Īanza de la doctrina, en la predicaci√≥n y en la vida, no se logra manifestar la unidad entre vida cotidiana y Eucarist√≠a, la pr√°ctica eucar√≠stica acaba siendo descuidada.

Tambi√©n por esta raz√≥n es fundamental la ejemplaridad del sacerdote celebrante. " Celebrar bien constituye una primera e importante catequesis sobre el Santo Sacrificio ". 64 Aunque no sea esta la intenci√≥n del sacerdote, es importante que los fieles le vean recogido cuando se prepara para celebrar el Santo Sacrificio, que sean testigos del amor y la devoci√≥n que pone en la celebraci√≥n, y que puedan aprender de √©l a quedarse alg√ļn tiempo para dar gracias despu√©s de la comuni√≥n. Deben ser tambi√©n cuidadas con atenta solicitud las concelebraciones eucar√≠sticas, que exigen por s√≠ mismas a los ministros sagrados un suplemento de atenci√≥n y de piedad sincera.

Si un elemento esencial de la obra evangelizadora de la Iglesia consiste en ense√Īar a los hombres a rezar al Padre por Cristo en el Esp√≠ritu Santo, la nueva evangelizaci√≥n implica la recuperaci√≥n y reafirmaci√≥n de pr√°cticas pastorales que manifiesten la fe en la presencia real del Se√Īor bajo las especies eucar√≠sticas. " El presb√≠tero tiene la misi√≥n de promover el culto de la presencia eucar√≠stica, a√ļn fuera de la celebraci√≥n de la Misa, empe√Ī√°ndose por hacer de su iglesia una "casa de oraci√≥n" cristiana ". 65 Es necesario, ante todo, que los fieles conozcan con profundidad las condiciones imprescindibles para recibir con fruto la comuni√≥n. De igual modo, es importante favorecer en ellos la devoci√≥n hacia Cristo, que les espera amorosamente en el Sagrario. Un modo sencillo y eficaz de catequesis eucar√≠stica es el cuidado material de todo cuanto ata√Īe al templo y, sobre todo, al altar y al Tabern√°culo: limpieza y decoro, dignidad de los ornamentos y de los vasos sagrados, esmero en la celebraci√≥n de las ceremonias lit√ļrgicas, 66 la pr√°ctica de la genuflexi√≥n, etc. Es adem√°s particularmente importante asegurar que en la capilla del Sant√≠simo, como es tradici√≥n multisecular en la Iglesia, haya un ambiente de recogimiento, cuidando ese sagrado silencio que facilita el coloquio amoroso con el Se√Īor. Dicha capilla, o en su caso el lugar destinado a conservar y adorar a Cristo Sacramentado, constituye ciertamente el coraz√≥n de nuestros edificios sagrados, y como tal se ha de procurar facilitar su acceso.

Es evidente que todas estas manifestaciones --que no son formas de un vago " espiritualismo ", sino que revelan una devoci√≥n teol√≥gicamente fundada-- s√≥lo ser√°n posibles si el sacerdote es verdaderamente un hombre de oraci√≥n y de aut√©ntica pasi√≥n por la Eucarist√≠a. Solamente el pastor que reza sabr√° ense√Īar a rezar, y al mismo tiempo atraer√° la gracia de Dios sobre aquellos que dependen de su ministerio pastoral, favoreciendo as√≠ las conversiones, los prop√≥sitos de vida m√°s fervorosa, las vocaciones sacerdotales y de almas consagradas. En definitiva, s√≥lo el sacerdote que experimenta a diario la " conversatio in coelis ", que convierte en vida de su vida la amistad con Cristo, estar√° en condiciones de imprimir un verdadero impulso a una evangelizaci√≥n aut√©ntica y renovada.

3. Ministros de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia

En un mundo en el que el sentido del pecado ha disminuido en gran medida, 67 es necesario recordar con insistencia que la falta de amor a Dios es precisamente lo que impide percibir la realidad del pecado en toda su malicia. La conversi√≥n, entendida no s√≥lo como moment√°neo acto interno sino como disposici√≥n estable, viene impulsada por el conocimiento aut√©ntico del amor misericordioso de Dios. " Quienes llegan a conocer de este modo a Dios, quienes lo ven as√≠, no pueden vivir sino convirti√©ndose sin cesar a √Čl. Viven pues "in statu conversionis" (en estado de conversi√≥n) ". 68 Y as√≠ la penitencia constituye un patrimonio estable en la vida eclesial de los bautizados, acompa√Īada al mismo tiempo por la esperanza del perd√≥n: " estuvisteis por un tiempo excluidos de la misericordia, pero ahora en cambio hab√©is obtenido misericordia " (1 Pe 2, 10).

La nueva evangelizaci√≥n exige, pues, --y esta es una exigencia pastoral absolutamente ineludible-- un empe√Īo renovado por acercar a los fieles al sacramento de la Penitencia, 69 " que allana el camino a cada uno, incluso cuando se siente bajo el peso de grandes culpas. En este sacramento cada hombre puede experimentar de manera singular la misericordia, es decir, el amor que es m√°s fuerte que el pecado ". 70 No hemos de tener ning√ļn temor a promover con ardor la pr√°ctica de este sacramento, sabiendo renovar y revitalizar con inteligencia algunas antiguas y saludables tradiciones cristianas. En un primer momento se tratar√° de incitar a los fieles a una profunda conversi√≥n que provoque, con la ayuda del Esp√≠ritu Santo, el reconocimiento sincero y contrito de los des√≥rdenes morales presentes en la vida de cada uno; despu√©s ser√° necesario ense√Īarles la importancia de la confesi√≥n individual y frecuente, llegando en la medida de lo posible a iniciar una aut√©ntica direcci√≥n espiritual personal.

Sin confundir el momento sacramental con el de la dirección espiritual, los presbíteros deben saber aprovechar las oportunidades, precisamente tomando pie de la celebración del sacramento, para iniciar un coloquio de orientación espiritual. " El descubrimiento y la difusión de esta práctica, también en momentos distintos de la administración de la Penitencia, es un beneficio grande para la Iglesia en el tiempo presente ". 71 Así se ayudará a redescubrir el sentido y la eficacia del sacramento de la Penitencia, sentando las bases para superar su crisis. La dirección espiritual personal es la que permite formar verdaderos apóstoles, capaces de difundir la nueva evangelización en la sociedad civil. Para poder llegar lejos en la misión de reevangelizar a tantos bautizados que se han alejado de la Iglesia, es necesario formar muy bien a aquellos que están cerca.

La nueva evangelizaci√≥n requiere poder contar con un n√ļmero adecuado de sacerdotes: una experiencia plurisecular ense√Īa que gran parte de las respuestas afirmativas a la vocaci√≥n surgen a trav√©s de la direcci√≥n espiritual, adem√°s con el ejemplo de vida de sacerdotes fieles a la propia identidad interior y exteriormente. " Cada sacerdote reservar√° una atenci√≥n esmerada a la pastoral vocacional. No dejar√° de (...) favorecer, adem√°s, iniciativas apropiadas, que, mediante una relaci√≥n personal, hagan descubrir los talentos y sepa individuar la voluntad de Dios hacia una elecci√≥n valiente en el seguimiento de Cristo. (...) Es "exigencia ineludible de la caridad pastoral" que cada presb√≠tero --secundando la gracia del Esp√≠ritu Santo-- se preocupe de suscitar al menos una vocaci√≥n sacerdotal que pueda continuar su ministerio ". 72

Ofrecer a todos los fieles la posibilidad real de acceder a la confesión requiere, sin duda, una gran dedicación de tiempo. 73 Se aconseja vivamente tener previstos tiempos determinados de presencia en el confesionario, que sean conocidos por todos, sin limitarse a una disponibilidad teórica. A veces es suficiente, para disuadir a un fiel de la intención de confesarse, el hecho de obligarlo a buscar un confesor, mientras que los fieles acuden con gusto a recibir este sacramento allí donde saben que hay sacerdotes disponibles. 74 Las parroquias y en general las iglesias destinadas al culto deberían tener un horario claro, amplio y cómodo de confesiones, y corresponde a los sacerdotes asegurar que dicho horario sea respetado con regularidad. En conformidad con la solicitud de facilitar al máximo que los fieles acudan al sacramento de la Reconciliación, es así mismo conveniente cuidar la sede del confesionario: la limpieza, que sean visibles, la posibilidad de elegir el uso de rejilla y de conservar el anonimato, 75 etc.

No siempre es fácil mantener y defender estas diligencias pastorales, mas no por ello se debe ser silenciada su eficacia y la necesidad de reimplantarlas allí donde hubiesen caído en desuso. Del mismo modo que se ha de incentivar la colaboración de sacerdotes seculares y religiosos. Debe también prestarse reconocimiento con veneración al servicio cotidiano de confesionario realizado admirablemente por tantos sacerdotes ancianos, auténticos maestros espirituales de las diversas comunidades cristianas.

Todo este servicio a la Iglesia será considerablemente más fácil si son los mismos sacerdotes los primeros en confesarse regularmente. 76 En efecto, para un generoso ministerio de la Reconciliación es condición indispensable el recurso personal del presbítero al sacramento, como penitente. " Toda la existencia sacerdotal sufre un inevitable decaimiento, si le falta, por negligencia o cualquier otro motivo, el recurso periódico e inspirado en una auténtica fe y devoción al sacramento de la Penitencia. En un sacerdote que no se confesase o se confesase mal, su ser como sacerdote y su ministerio se resentirían muy pronto, y se daría cuenta también la comunidad de la que es pastor ". 77

" El ministerio de los presb√≠teros es, ante todo, comuni√≥n y colaboraci√≥n responsable y necesaria con el ministerio del Obispo, en su solicitud por la Iglesia universal y por cada una de las Iglesias particulares, al servicio de las cuales constituyen con el Obispo un √ļnico presbiterio ". 78 Tambi√©n los hermanos en el presbiterado deben ser objeto privilegiado de la caridad pastoral del sacerdote. Ayudarles material y espiritualmente, facilitarles delicadamente la confesi√≥n y la direcci√≥n espiritual, hacerles amable el camino del servicio, estar cerca de ellos en toda necesidad, acompa√Īarles con fraternal solicitud durante cualquier dificultad, en la vejez, en la enfermedad... He aqu√≠ un campo vedaderamente precioso para la pr√°ctica de las virtudes sacerdotales.

Entre las virtudes necesarias para un fructuoso ejercicio del ministerio de la Reconciliación es fundamental la prudencia pastoral. Así como al impartir la absolución el ministro participa en la acción sacramental con eficacia instrumental, así también en los otros actos del rito penitencial su tarea consiste en poner al penitente de cara a Cristo, secundando, con extrema delicadeza, el encuentro misericordioso. Esto implica evitar discursos genéricos que no toman en consideración la realidad del pecado y, por esta razón, se hace necesaria en el confesor la ciencia oportuna. 79 Pero al mismo tiempo, el diálogo penitencial debe estar siempre lleno de aquella comprensión que sabe conducir a las almas gradualmente por el camino de la conversión, sin caer en falsas concesiones a la llamada " gradualidad de las normas morales ".

Dado que la pr√°ctica de la confesi√≥n ha disminuido en muchos lugares, con gran detrimento de la vida moral y de la buena conciencia de los creyentes, existe el peligro real de rebajar la densidad teol√≥gica y pastoral con la que el ministro de la confesi√≥n realiza su funci√≥n. El confesor debe rogar al Par√°clito la capacidad de llenar de sentido sobrenatural este momento salv√≠fico 80 y transformarlo en un encuentro aut√©ntico del pecador con Jes√ļs que perdona. Al mismo tiempo, debe aprovechar la oportunidad de la confesi√≥n para formar rectamente --tarea en extremo importante-- la conciencia del penitente, dirigi√©ndole delicadamente las preguntas necesarias para asegurar la integridad de la confesi√≥n y la validez del sacramento, ayud√°ndole a agradecer desde lo profundo del coraz√≥n la misericordia que Dios ha tenido con √©l, a formular un prop√≥sito firme de rectificaci√≥n de la propia conducta moral. Y no olvidar√° dirigirle alguna palabra apropiada para animarle, confortarle y estimularle a la realizaci√≥n de obras de penitencia que, junto a la satisfacci√≥n por sus propios pecados, le ayuden a crecer en las virtudes.

PUNTOS DE REFLEXI√ďN

13. La esencia y el significado salv√≠fico de los sacramentos son invariables, ¬ŅPartiendo de estas premisas, ¬Ņc√≥mo renovar, la pastoral de los sacramentos poni√©ndola al servicio de la nueva evangelizaci√≥n?

14. ¬ŅNuestras Comunidades son una " Iglesia de la Eucarist√≠a y de la Penitencia "? ¬ŅSe alimenta en ella la devoci√≥n eucar√≠stica en todas sus formas? ¬ŅSe facilita la pr√°ctica de la confesi√≥n individual?

15. ¬ŅSe hace habitualmente referencia a la presencia real del Se√Īor en el sagrario, animando, por ejemplo, a la fructuosa pr√°ctica de la visita al Sant√≠simo Sacramento? ¬ŅSon frecuentes los actos de culto eucar√≠stico? ¬ŅDisponen nuestras iglesias de un ambiente acogedor para la oraci√≥n delante del Sant√≠simo?

16. Con esp√≠ritu pastoral, ¬Ņse tiene especial cuidado en manterner el decoro de las iglesias.? ¬ŅVisten los sacerdotes regularmente seg√ļn la normativa can√≥nica (cfr. CIC can. 284 y 669; Directorio n. 66) y, en el ejercicio del culto divino, usan todos los ornamentos establecidos (cfr. can. 929)?

17. ¬ŅLos sacerdotes se confiesan regularmente y, a su vez, se meten a disposici√≥n para este ministerio tan fundamental?

18. ¬ŅExisten iniciativas adecuadas para proporcionar al clero una formaci√≥n permanente sobre el perfeccionamiento del ministerio de la confesi√≥n? ¬ŅSe anima a ponerse al d√≠a en este insustituible ministerio?

19. Considerando la gran importancia de un verdadero renacimiento de la pr√°ctica de la confesi√≥n personal de cara a la nueva evangelizaci√≥n, ¬Ņson respetadas las normas can√≥nicas sobre las absoluciones colectivas? ¬ŅSe cuidan con prudencia y caridad pastoral, en todas las parroquias e iglesias, las celebraciones lit√ļrgicas penitenciales?

20. ¬ŅSe est√°n tomando iniciativas para que los fieles cumplan motivada con el precepto dominical?

Capítulo IV: PASTORES CELOSOS DE SU GREY
" El buen pastor da su vida por las ovejas " (Jn 10, 11)

1. Con Cristo, para encarnar y difundir la misericordia del Padre

" La Iglesia vive una vida aut√©ntica, cuando profesa y proclama la misericordia --el atributo m√°s estupendo del Creador y del Redentor-- y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora ". 81 Esta realidad distingue esencialmente a la Iglesia de todas las dem√°s instituciones que procuran tambi√©n el bien de los hombres; pues aun cuando estas √ļltimas puedan desempe√Īar una funci√≥n de solidaridad y de filantrop√≠a, impregnadas incluso de esp√≠ritu religioso, aun as√≠ no podr√≠an presentarse por s√≠ mismas come dispensadoras efectivas de la misericordia de Dios. De frente a una concepci√≥n secularizada de la misericordia, que no logra transformar el interior del hombre, la misericordia de Dios ofrecida en la Iglesia se presenta como perd√≥n y como medicina saludable. Para su eficacia en el hombre se requiere la aceptaci√≥n de la plena verdad sobre el propio ser, el propio obrar y la propia culpabilidad. De ah√≠ la necesidad del arrepentimiento y la importancia de armonizar el anuncio de la misericordia con la verdad completa. Estas afirmaciones tienen una gran importancia para los sacerdotes, que por vocaci√≥n singular est√°n llamados en la Iglesia y por la Iglesia a desvelar y simult√°nemente a actualizar el misterio del amor del Padre a trav√©s de su ministerio, vivido " seg√ļn la verdad en la caridad " (Ef 4, 15) y con docilidad a los impulsos del Esp√≠ritu Santo.

El encuentro con la misericordia de Dios tiene lugar en Cristo, como manifestación del amor paterno de Dios. Cuando revela a los hombres su función mesiánica (cfr. Lc 4, 18), Cristo se presenta como misericordia del Padre con todos los necesitados, y de modo especial con los pecadores, que necesitan el perdón y la paz interior. " Con relación a éstos especialmente, Cristo se convierte sobre todo en signo legible de Dios que es amor; se hace signo del Padre. En tal signo visible, al igual que los hombres de aquel entonces, también los hombres de nuestros tiempos pueden ver al Padre ". 82 Dios que " es amor " (1 Jn 4,16) no puede revelarse sino como misericordia. 83 Por amor, el Padre ha querido implicarse en el drama de la salvación de los hombres a través del sacrificio de su Hijo.

Si ya en la predicaci√≥n de Cristo la misericordia alcanza rasgos conmovedores, que superan ampliamente --como en el caso de la par√°bola del hijo pr√≥digo-- (cfr. Lc 15, 11-32) cualquier realizaci√≥n humana, es sin embargo, sobre todo en el sacrificio de s√≠ mismo en la cruz donde la misericordia se manifiesta de modo especial. Cristo crucificado es la revelaci√≥n radical de la misericordia del Padre, " es decir, del amor que sale al encuentro de lo que constituye la ra√≠z misma del mal en la historia del hombre: al encuentro del pecado y de la muerte ". 84 La tradici√≥n espiritual cristiana ha visto en el Coraz√≥n Sacrat√≠simo de Jes√ļs, que atrae hacia s√≠ los corazones sacerdotales, una s√≠ntesis profunda y misteriosa de la misericordia infinita del Padre.

La dimensi√≥n soteriol√≥gica del entero munus pastorale de los presb√≠teros est√° centrada, por tanto, en el memorial de la ofrenda de su vida realizada por Jes√ļs, es decir, en el Sacrificio eucar√≠stico. " De hecho, existe una intima uni√≥n entre la primac√≠a de la Eucarist√≠a, la caridad pastoral y la unidad de vida del presb√≠tero (...). Si el presb√≠tero presta a Cristo --Sumo y Eterno Sacerdote-- la inteligencia, la voluntad, la voz y las manos para que mediante su propio ministerio pueda ofrecer al Padre el sacrificio sacramental de la redenci√≥n, √©l deber√° hacer suyas las disposiciones del Maestro y como √Čl, vivir como don para sus hermanos. Consecuentemente deber√° aprender a unirse √≠ntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar del sacrificio la vida entera como un signo claro del amor gratuito y providente de Dios ". 85 En el don permanente del Sacrificio eucar√≠stico, memorial de la muerte y de la resurrecci√≥n de Jes√ļs, los sacerdotes ejercen sacramentalmente la capacidad √ļnica y singular de llevar a los hombres, como ministros, el testimonio del inagotable amor de Dios: un amor que, en la perspectiva m√°s amplia de la historia de la salvaci√≥n, se confirmar√° m√°s potente que el pecado. El Cristo del misterio pascual es la encarnaci√≥n definitiva de la misericordia, es su signo vivo tanto en el plano hist√≥rico-salv√≠fico como en el escatol√≥gico. 86 El sacerdocio, dec√≠a el Santo Cura de Ars, " es el amor del Coraz√≥n de Jes√ļs ". 87 Con √Čl tambi√©n los sacerdotes son, gracias a su consagraci√≥n y a su ministerio, un signo vivo y eficaz de este gran amor, de aquel " amoris officium " del que hablaba San Agust√≠n. 88

2. " Sacerdos et hostia "

A la misericordia aut√©ntica le es esencial su naturaleza de don. Debe ser recibida como un don que es ofrecido gratuitamente, que no proviene del propio merecimiento. Esta liberalidad est√° inscrita en el designio salv√≠fico del Padre, pues " en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que √Čl nos am√≥ y envi√≥ a su Hijo como v√≠ctima de propiciaci√≥n por nuestros pecados " (1 Jn 4, 10). Y es precisamente en este contexto en donde el ministerio ordenado encuentra su raz√≥n de ser. Nadie puede conferirse a s√≠ mismo la gracia: √©sta debe ser dada y aceptada. Eso exige que haya ministros de la gracia, autorizados y capacitados por Cristo. La tradici√≥n de la Iglesia llama " sacramento " a este ministerio ordenado, a trav√©s del cual los enviados de Cristo realizan y entregan por don de Dios lo que ellos por s√≠ mismos no pueden realizar ni dar. 89

As√≠, pues, los sacerdotes deben considerarse como signos vivientes y portadores de una misericordia que no ofrecen como propia, sino como don de Dios. Son sobre todo servidores del amor de Dios por los hombres, ministros de la misericordia. La voluntad de servicio se integra en el ejercicio del ministerio sacerdotal como un elemento esencial, que exige tambi√©n en el sujeto la disposici√≥n moral correspondiente. El presb√≠tero hace presente ante los hombres a Jes√ļs, que es el Pastor que " no ha venido a ser servido, sino a servir " (Mt 20, 28). El sacerdote sirve en primer lugar a Cristo, pero siempre de un modo que pasa necesariamente a trav√©s del servicio generoso a la Iglesia y a su misi√≥n.

" √Čl nos ama y derram√≥ su sangre para limpiar nuestros pecados: Pontifex qui dilexisti nos et lavasti nos a peccatis in sanguine tuo. Se entreg√≥ a s√≠ mismo por nosotros: tradidisti temetipsum Deo oblationem et hostiam. En efecto, Cristo introduce el sacrificio de s√≠ mismo, que es el precio de nuestra redenci√≥n, en el santuario eterno. La ofrenda, esto es, la v√≠ctima, es inseparable del sacerdote ". 90 Si bien solamente Cristo es al mismo tiempo Sacerdos et Hostia, el ministro, injertado en el dinamismo misionero de la Iglesia, es sacramentalmente sacerdos, pero a la vez est√° llamado ha ser tambi√©n hostia, a tener " los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jes√ļs " (Flp 2, 5). De esta inquebrantable unidad entre sacerdote y v√≠ctima, 91 entre sacerdocio y Eucarist√≠a, depende la eficacia de toda acci√≥n evangelizadora. De la s√≥lida unidad entre Cristo y su ministro, realizada en el Esp√≠ritu Santo, desechando toda pretensi√≥n, por parte del ministro, de sustituir a Cristo, sino apoy√°ndose en √Čl y dej√°ndole obrar en su persona y a trav√©s de su persona, depende tambi√©n hoy la obra eficaz de la misericordia divina contenida en la Palabra y en los sacramentos. Tambi√©n a esta conexi√≥n del sacerdote con Jes√ļs se extiende el contenido de las palabras: " Yo soy la vid (...). Como el sarmiento no puede dar fruto por s√≠ mismo si no permanece en la vid, as√≠ tampoco vosotros si no permanec√©is en m√≠ " (Jn 15, 4).

La llamada a ser hostia con Jes√ļs est√° tambi√©n en la base de la coherencia del compromiso celibatario con el ministerio sacerdotal en beneficio de la Iglesia. Se trata de la incorporaci√≥n del sacerdote al sacrificio en el cual " Cristo am√≥ a la Iglesia y se entreg√≥ a s√≠ mismo por ella para santificarla " (Ef 5, 25-26). El presb√≠tero est√° llamado a ser " imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia ", 92 haciendo de su vida entera una oblaci√≥n en beneficio de ella. " Por eso el celibato sacerdotal es un don de s√≠ mismo en y con Cristo a su Iglesia y expresa el servicio del sacerdote a la Iglesia en y con el Se√Īor ". 93

3. La acción pastoral de los sacerdotes: servir y conducir en el amor y en la fortaleza

" Los presb√≠teros, ejerciendo, seg√ļn su parte de autoridad, el oficio de Cristo Cabeza y Pastor, re√ļnen, en nombre del Obispo, a la familia de Dios, con una fraternidad alentada un√°nimemente, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Esp√≠ritu ". 94 El ejercicio del munus regendi del presb√≠tero no puede entenderse s√≥lo en t√©rminos sociol√≥gicos, como una capacidad meramente organizativa, pues procede tambi√©n del sacerdocio sacramental: " en virtud del sacramento del Orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, seg√ļn la imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote (Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino ". 95

Como ministros que participan de la autoridad de Cristo, los sacerdotes poseen un gran ascendiente entre los fieles. Pero ellos saben que esa presencia de Cristo en su ministro " no debe ser entendida como si √©ste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del af√°n de poder, del error, e incluso del pecado ". 96 La palabra y la gu√≠a de los ministros son, pues, susceptibles de una mayor o menor eficacia seg√ļn sus cualidades, naturales o adquiridas de inteligencia, voluntad, car√°cter o madurez. Esta convicci√≥n, unida al conocimiento de las ra√≠ces sacramentales de la funci√≥n pastoral, les lleva a imitar a Jes√ļs, Buen Pastor, y hace de la caridad pastoral una virtud indispensable para el desarrollo fructuoso del ministerio.

" El fin esencial de su actividad pastoral y de la autoridad que se les confiere " es el de " conducir a un pleno desarrollo de vida espiritual y eclesial la comunidad que se les ha encomendado ". 97 Sin embargo " la dimensi√≥n comunitaria del cuidado pastoral (...) no puede descuidar las necesidades del fiel concreto (...). Se puede decir que Jes√ļs mismo, Buen Pastor, que "llama sus ovejas una a una" con voz que ellas bien conocen (Jn 10, 3-4), ha establecido con su ejemplo el primer c√°non de la pastoral individual: el conocimiento y la relaci√≥n de amistad con las personas ". 98 En la Iglesia debe existir una adecuada armon√≠a entre las dimensiones personal y comunitaria; y en su edificaci√≥n, el pastor procede movi√©ndose desde la primera hacia la segunda. En su relaci√≥n con cada una de las personas y con la comunidad el sacerdote se esfuerza para tratar a todos " eximia humanitate ", 99 nunca se pone al servicio de una ideolog√≠a o de una facci√≥n humana 100 y trata a los hombres no " seg√ļn el benepl√°cito de los hombres, sino conforme a las exigencias de la doctrina y de la vida cristiana ". 101

En los tiempos actuales es m√°s necesario que antes adecuar el estilo de la actividad pastoral a la situaci√≥n de aquellas sociedades de pasado cristiano, pero que se encuentran hoy ampliamente secularizadas. En este contexto, la consideraci√≥n del munus regendi seg√ļn su aut√©ntico sentido misionero adquiere un relieve especial, y no puede reducirse al mero cumplimiento de una tarea burocr√°tica-organizativa. Esto exige, por parte de los presb√≠teros, un ejercicio amoroso de la fortaleza, modelado conforme a la actitud pastoral de Jesucristo. √Čl, como vemos en los Evangelios, nunca huye de las responsabilidades derivadas de su autoridad mesi√°nica, sino que la ejerce con caridad y fortaleza. Por esto, su autoridad no es nunca dominio oprimente sino disponibilidad y esp√≠ritu de servicio. Este doble aspecto --autoridad y servicio-- constituye el cuadro de referencia en el que encuadrar el munus regendi del sacerdote; √©ste deber√° esforzarse siempre por realizar de modo coherente su participaci√≥n en la condici√≥n de Cristo como Cabeza y Pastor de su grey. 102

El sacerdote, que junto con el Obispo y bajo su autoridad es el pastor de la comunidad que le ha sido confiada, y animado siempre por la caridad pastoral no debe temer ejercer la propia autoridad en aquellos campos en los que está llamado a ejercerla, pues para este fin ha sido constituido en autoridad. Es necesario recordar que, también cuando es ejercida con la debida fortaleza, la autoridad se realiza intentando " non tam praesse quam prodesse " (no tanto mandar cuanto servir). 103 Debe más bien cuidarse de la tentación de eludir esa responsabilidad. En estrecha comunión con el Obispo y con todos los fieles, evitará introducir en su ministerio pastoral tanto formas de autoritarismo extemporáneo como modalidades de gestión democratizante ajenas a la realidad más profunda del ministerio, que conducen como consecuencia a la secularización del sacerdote y a la clericalización de los laicos. 104 Los comportamientos de este tipo esconden no raramente el miedo a asumir responsabilidades, a equivocarse, a no agradar y caer en la impopularidad, etc. En el fondo, se oscurece así la raíz auténtica de la identidad sacerdotal: la asimilación a Cristo, Cabeza y Pastor.

En este sentido, la nueva evangelización exige que el sacerdote haga evidente su genuina presencia. Se debe ver que los ministros de Jesucristo están presentes y disponibles entre los hombres. También es importante por eso su inserción amistosa y fraterna en la comunidad. Y en este contexto se comprende la importancia pastoral de la disciplina referida al traje eclesiástico, del que no debe prescindir el presbítero pues sirve para anunciar publicamente su entrega al servicio de Jesucristo, de los hermanos y de todos los hombres. 105

El sacerdote debe estar atento para no caer en un comportamiento contradictorio en base al cual podría eximirse de ejercitar la autoridad en los sectores de su propia competencia, y luego, en cambio, entrometerse en cuestiones temporales, como el orden socio-político, 106 dejadas por Dios a la libre disposición de los hombres.

Aunque el sacerdote pueda gozar de notable prestigio ante los fieles, y al menos en algunos lugares tambi√©n ante las autoridades civiles, es de todo punto necesario que recuerde que dicho prestigio ha de ser vivido con humildad, sirvi√©ndose de √©l para colaborar activamente en la " salus animarum ", y recordando que s√≥lo Cristo es la verdadera Cabeza del pueblo de Dios: hacia √Čl deben ser dirigidos los hombres, evitando que permanezcan apegados a la persona del sacerdote. Las almas pertenecen s√≥lo a Cristo, porque s√≥lo √Čl, para la gloria del Padre, las ha rescatado al precio de su sangre preciosa. Y s√≥lo √Čl es, en el mismo sentido, Se√Īor de los bienes sobrenaturales y Maestro que ense√Īa con autoridad propia y originaria. El sacerdote es s√≥lo un administrador, en Cristo y en el Esp√≠ritu Santo, de los dones que la Iglesia le ha confiado, y como tal no tiene el derecho de omitirlos, desviarlos, o modelarlos seg√ļn el proprio gusto. 107 No ha recibido, por ejemplo, la autoridad de ense√Īar a los fieles que se le han encomendado s√≥lo algunas verdades de la fe cristiana, dejando de lado otras consideradas por √©l m√°s dif√≠ciles de aceptar o " menos actuales ". 108

Pensando, pues, en la nueva evangelización y en la necesaria guía pastoral de los presbíteros, es importante esforzarse para ayudar a todos a realizar una obra atenta y sincera de discernimiento. Bajo la actitud del " no quererse imponer ", etc., podría esconderse un desconocimiento de la sustancia teológica del ministerio pastoral, o quizás una falta de carácter que rehuye la responsabilidad. Tampoco deben subestimarse los apegamientos indebidos a personas o a encargos ministeriales, o el deseo de popularidad o las faltas de rectitud de intención. La caridad pastoral nada es sin la humildad. A veces, detrás de una rebeldía aparentemente justificada, o bajo la actitud de reticencia ante un cambio de actividad pastoral propuesto por el obispo, o detrás de un modo excéntrico de predicar o de celebrar la liturgia se puede esconder el amor propio y un deseo, quizá inconsciente, de hacerse notar.

La nueva evangelizaci√≥n tambi√©n exige del sacerdote una disponibilidad renovada para ejercer el propio ministerio pastoral donde resulte m√°s necesario. Como subraya el Concilio, " el don espiritual que los presb√≠teros recibieron en la ordenaci√≥n no los prepara a una misi√≥n limitada y restringida, sino a la misi√≥n universal y ampl√≠sima de salvaci√≥n hasta los confines del mundo, pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misi√≥n confiada por Cristo a los ap√≥stoles' ". 109 La escasez de clero, verificable en algunos pa√≠ses, unida a la dinamicidad caracter√≠stica del mundo contempor√°neo, hace especialmente necesario poder contar con sacerdotes dispuestos no solamente a cambiar de encargo pastoral, sino tambi√©n de ciudad, regi√≥n o pa√≠s, seg√ļn las diversas necesidades, y a desempe√Īar la misi√≥n que en cada circunstancia sea necesaria, pasando, por amor de Dios, por encima de los propios gustos y proyectos personales. " Por la naturaleza misma de su ministerio, deben por tanto estar llenos y animados de un profundo esp√≠ritu misionero y "de un esp√≠ritu genuinamente cat√≥lico que les habit√ļe a trascender los l√≠mites de la propia di√≥cesis, naci√≥n o rito y proyectarse en una generosa ayuda a las necesidades de toda la Iglesia y con √°nimo dispuesto a predicar el Evangelio en todas partes" ". 110 El justo sentido de la Iglesia particular, tambi√©n en la formaci√≥n permanente, no debe oscurecer el sentido de la Iglesia universal, sino armonizarse con √©l.

PUNTOS DE REFLEXI√ďN

21. ¬ŅC√≥mo manifestar m√°s vivamente, a trav√©s de nuestras comunidades y especialmente a trav√©s de los sacerdotes, la misericordia de Dios respecto a los necesitados? ¬ŅSe insiste suficientemente, por ejemplo, en la pr√°ctica de las obras de misericordia, tanto espirituales como corporales, como camino de maduraci√≥n cristiana y de evangelizaci√≥n?

22. ¬ŅLa caridad pastoral en todas sus dimensiones es verdaderamente " el alma y la fuerza de la formaci√≥n permanente " de nuestros sacerdotes?

23. ¬ŅConcretamente, se anima a los sacerdotes a ocuparse de todos sus hermanos en el sacerdocio, en particular de los enfermos y de los ancianos y de cuantos se encuentran en dificultad? ¬ŅExisten formas de vida en com√ļn elegidas libremente o experiencias similares?

24. ¬ŅNuestros sacerdotes comprenden y ejercitan correctamente su funci√≥n espec√≠fica de rectores de las comunidades puestas a su cuidado? ¬ŅC√≥mo la ejercen?

25. En la formaci√≥n espiritual de los sacerdotes, ¬Ņse da relieve suficiente a la dimensi√≥n misionera de su ministerio y la dimensi√≥n universal de la Iglesia?

26. ¬ŅExisten verdades de fe o principios morales que sean facilmente omitidos en la predicaci√≥n?

27. Una de las tareas espec√≠ficas del ministerio pastoral es la de unir fuerzas al servicio de la misi√≥n evangelizadora. ¬ŅSe estimulan todas las vocaciones presentes en la Iglesia, respetando el carisma espec√≠fico de cada una?

CONCLUSIONES

" La nueva evangelizaci√≥n tiene necesidad de nuevos evangelizadores, y √©stos son los sacerdotes que se comprometen a vivir su sacerdocio como camino espec√≠fico hacia la santidad ". 111 Para que sea as√≠ es de fundamental importancia que cada sacerdote descubra cada d√≠a la necesidad absoluta de su santidad personal. " Hay que comenzar purific√°ndose a s√≠ mismo antes de purificar a los dem√°s; hay que instruirse para poder instruir; hay que hacerse luz para iluminar, acercarse a Dios para acercar a los dem√°s a √Čl, hacerse santos para santificar ". 112 Esto se concreta en la b√ļsqueda de una profunda unidad de vida que conduce al sacerdote a tratar de ser, de vivir y de servir como otro Cristo en todas las circunstancias de la vida.

Los fieles de la parroquia, o quienes participan en las diversas actividades pastorales, ven --¬°observan!-- y oyen --¬°escuchan!-- no s√≥lo cuando se predica la Palabra de Dios, sino tambi√©n cuando se celebran los distintos actos lit√ļrgicos, en particular la Santa Misa; cuando son recibidos en la oficina parroquial, donde esperan ser atendidos con cordialidad y amabilidad; 113 cuando ven al sacerdote que come o que descansa, y se edifican por su ejemplo de sobriedad y de templanza; cuando lo van a buscar a su casa, y se alegran por la sencillez y la pobreza sacerdotal en la que vive; 114 cuando lo ven vestido con orden su propio habito, cuando hablan con √©l, tambi√©n sobre cosas sin importancia, y se sienten confortados al comprobar su visi√≥n sobrenatural, su delicadeza y la finura humana con la que trata tambi√©n a las personas m√°s humildes, con aut√©ntica nobleza sacerdotal. " La gracia y la caridad del altar se difunden as√≠ al amb√≥n, al confesonario, al archivo parroquial, a la escuela, a las actividades juveniles, a las casas y a las calles, a los hospitales, a los medios de transporte y a los de comunicaci√≥n social, all√≠ donde el sacerdote tiene la posibilidad de cumplir su tarea de pastor: de todos modos es su Misa la que se extiende, es su uni√≥n espiritual con Cristo Sacerdote y Hostia que lo lleva a ser --como dec√≠a san Ignacio de Antioqu√≠a-- "trigo de Dios para que sea hallado pan puro de Cristo" (cfr. Epist. ad Romanos, IV, 1), para el bien de los hermanos ". 115

De este modo, el sacerdote del Tercer Milenio har√° que se repita nuevamente en nuestros d√≠as la reacci√≥n de los disc√≠pulos de Ema√ļs, los cuales, despu√©s de haber escuchado del Divino Maestro Jes√ļs la explicaci√≥n del Texto sagrado, no pueden dejar de preguntarse admirados: " ¬ŅNo es verdad que ard√≠a nuestro coraz√≥n dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? " (Lc 24, 32).

A la Reina y Madre de la Iglesia nos encomendamos nosotros mismos, los Pastores, para que, en unidad de intenciones con el Vicario de Cristo, sepamos descubrir los modos adecuados para hacer brotar en todos los presb√≠teros de la Iglesia un sincero deseo de renovaci√≥n en su funci√≥n de maestros de la Palabra, ministros de los Sacramentos y gu√≠as de la comunidad. Rogamos a la Reina de la Evangelizaci√≥n que la Iglesia de hoy sepa descubrir los caminos que la misericordia del Padre, en Cristo y por el Esp√≠ritu Santo, ha preparado desde la eternidad para atraer a todos los hombres, tambi√©n a los de nuestra √©poca, a la comuni√≥n con √Čl.

Roma, del Palacio de las Congregaciones, el 19 marzo 1999, solemnidad de San José, Patrón de la Iglesia Universal.

Darío Card. Castrillón Hoyos
Prefecto

Csaba Terny√°k
Arzobispo. tit. di Eminenziana
Segretario

ORACI√ďN A MAR√ćA SANT√ćSIMA

Maria,
Estrella de la nueva evangelización,
que desde el principio has sostenido y animado a los Apóstoles y a sus colaboradores en la difusión del Evangelio, aumenta en los sacerdotes en el alba del Tercer Milenio la conciencia de ser los primeros responsables de la nueva evangelización.

Maria,
Primera evangelizada y primera evangelizadora,
que con fe, esperanza y caridad incomparables has correspondido al anuncio del √Āngel, intercede por quienes est√°n configurados a tu Hijo, Cristo Sacerdote, para que tambi√©n ellos correspondan con id√©ntico esp√≠ritu a la llamada urgente que el Papa, en nombre de Dios, les dirige con ocasi√≥n del Gran Jubileo.

Maria,
Maestra de fe vivida,
que has recibido la Palabra divina con disponibilidad plena, ense√Īa a los sacerdotes a familiarizarse, a trav√©s de la oraci√≥n, con esa Palabra, y a ponerse a su servicio con humildad y con ardor, de modo que contin√ļe realizando toda su fuerza salv√≠fica durante el Tercer Milenio de la redenci√≥n.

Maria,
Llena de gracia y Madre de la gracia,
cuida a tus hijos sacerdotes, los cuales, como T√ļ, est√°n llamados a ser colaboradores del Esp√≠ritu Santo para hacer renacer a Jes√ļs en el coraz√≥n de los fieles. En el aniversario del nacimiento de tu Hijo, ens√©√Īales a ser fieles dispensadores de los misterios de Dios: para que, con tu ayuda, abran a tantas almas el camino de la Reconciliaci√≥n y hagan de la Eucarist√≠a la fuente y la cumbre de su propia vida y de la de los fieles que tienen encomendados.

Maria,
Estrella en el alba del Tercer Milenio,
contin√ļa guiando a los sacerdotes de Jesucristo, para que, seg√ļn el ejemplo de tu amor a Dios y al pr√≥jimo, sepan ser pastores aut√©nticos y encaminar los pasos de todos hacia tu Hijo, Luz verdadera que ilumina a todo hombre (cfr. Jn 1, 9). Que los sacerdotes y, a trav√©s de ellos, todo el Pueblo de Dios, escuchen la afectuosa s√ļplica que les diriges en el umbral del nuevo Milenio de la historia de la salvaci√≥n: " haced lo que √Čl os diga " (Jn 2, 5). " En el a√Īo 2000 --nos dice el Vicario de Cristo-- deber√° resonar con fuerza renovada la proclamaci√≥n de la verdad: " Ecce natus est nobis Salvator mundi " (Tertio millennio adveniente, n. 38).


1

Juan Pablo II, Carta. Ap. Tertio Millennio adveniente, (10 Noviembre 1994), n. 38: AAS 87 (1995), p. 30.

2

Juan Pablo II, Carta Enc. Redemptoris missio, (7 Diciembre 1990), n. 33: AAS 83 (1991), p. 279.

3

Cfr. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Tota Ecclesia (31 Enero 1994) n. 7: Libreria Editrice Vaticana, 1994, p. 11.

4

Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, 25 de marzo de 1992, n. 18: AAS 84 (1992), p. 685.

5

Juan Pablo II, Carta Enc. Redemptoris missio, n. 1: l.c., p. 249.

6

" Con frecuencia la religión cristiana corre el peligro de ser considerada como una religión entre tantas o quedar reducida a una pura ética social al servicio del hombre. En efecto, no siempre aparece su inquietante novedad en la historia: es "misterio"; es el acontecimiento del Hijo de Dios que se hace hombre y da a cuantos lo acogen el "poder de hacerse hijos de Dios" (Jn 1, 12) " (Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 46): l.c., pp. 738-739.

7

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 2; Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 13: l.c., 677-678; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Tota Ecclesia nn. 1, 3, 6: l.c., pp. 7,9,10-11; congregacion para el clero, pontificio consejo para los laicos, congregacion para la doctrina de la fe, congregacion para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, congregacion para los obispos, congregacion para la evangelizacion de los pueblos, congregacion para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostolica, pontificio consejo para la interpretacion de los textos legislativos, Instrucción Interdicasterial Ecclesiae de mysterio sobre algunas cuestiones a cerca de la colaboración de los fieles laicos al ministerio de los sacerdotes, 15.8.97, Premisa: AAS 89 (1997), p. 852.

8

Juan Pablo II, Carta Enc. Redemptoris missio, n. 63: l.c., p. 311.

9

Ibid., n. 67: l.c., p. 315.

10

Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, Introducción: l.c. p. 4; Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, nn. 2 y 14: l.c., pp. 659-660; 678-679.

11

Cfr. Juan Pablo II, Carta enc. Fides et ratio, n. 62 (14 Septiembre 1998), n. 62.

12

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 171.

13

Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Dog. Lumen gentium, n. 30.

14

Cfr. ibid, n. 48.

15

Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 21: l.c., p. 688-690.

16

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 12; Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 25: l.c., pp. 695-697.

17

Cfr. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Tota Ecclesia, n. 43: l.c., p. 42.

18

S. Gregorio Magno, La Regla Pastoral, II, 1.

19

Juan Pablo II, Discurso al VI Simposio de los Obispos europeos, (11.Octubre.1985): Insegnamenti VIII2 (1985) 918-919.

20

Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 12: l.c., pp. 675-677.

21

Juan Pablo II, Alocución en la inauguración de la IV Conferencia General del Episcopado latinoamericano, Santo Domingo (12 Octubre 1992), n. 1 : AAS 85 (1993), p. 808; cfr. Exhor. Ap. Post-sinodal Reconciliatio et poenitentia (2 Diciembre 1984), n. 13: AAS77 (1985) pp. 208-211.

22

Pablo VI, Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, (8 Diciembre 1975) n. 47: AAS 68 (1976), p. 37.

23

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Dog. Lumen gentium, n. 28.

24

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 4; Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 26: l.c., pp. 697-700.

25

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 5, 13, 14; Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 23, 26, 48; l.c., pp. 691-694; 697-700; 742-745; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Tota Ecclesia n. 48: l.c., pp. 48ss.

26

Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 4.

27

Ibidem., n. 11.

28

Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, (9 Marzo 1983); Insegnamenti, VI,1 (1983), p. 698; Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 18: l.c., pp. 684-686.

29

Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Dog. Dei verbum, n. 2.

30

Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 4.

31

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1550.

32

Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 26: l.c., p. 698.

33

Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 45: l.c., p. 44.

34

Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 4.

35

S. Agustín, De doctr. christ., 4,15,32: PL 34,100.

36

Cfr. Pablo VI, Const. ap. Laudis canticum, n. 8. (1 Noviembre 1970): AAS 63 (1971), pp. 533-543.

37

Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 45: l.c., p. 43.

38

Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 22.

39

Ibidem...

40

Cfr. congregacion para el clero, pontificio consejo para los laicos, congregacion para la doctrina de la fe, congregacion para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, congregacion para los obispos, congregacion para la evangelizacion de los pueblos, congregacion para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostolica, pontificio consejo para la interpretacion de los textos legislativos, Instrucción Interdicasterial Ecclesiae de mysterio sobre algunas cuestiones a cerca de la colaboración de los fieles laicos al ministerio de los sacerdotes, (15 Agosto 1997), art. 3: AAS 89 (1997), pp. 852ss.

41

Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 19.

42

Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, nn. 70 yss. : l.c., pp. 778 ss.; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Tota Ecclesia, n. 69 y ss: l.c., pp. 72 ss.

43

Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, nn. 26 y 47: l.c., pp. 697-700; 740-742; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Tota Ecclesia, n. 46: l.c., p. 46.

44

Congregación para la Educación Católica, de los Seminarios y de los Institutos de Estudio, Instrucción sobre el estudio de los Padres de la Iglesia en la formación sacerdotal, (10 Noviembre 1989, nn. 26-27: AAS 82 (1990), pp. 618-619.

45

Juan Pablo II, Carta Enc. Fides et ratio, (14 Septiembre 1998) , n. 2.

46

Cfr. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, Tota Ecclesia. n. 46: l.c., p. 46.

47

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 738.

48

Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Lit.. Sacrosanctum Concilium, n. 2.

49

Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Dog. Lumen gentium, n. 48.

50

Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Past. Gaudium et Spes, n. 45.

51

Cfr. Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 7b-c: l.c., pp. 11-12.

52

Juan Pablo II, Audiencia del (5 Mayo 1993): Insegnamenti XVI, 1 (1993) 1061.

53

Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 12.

54

Cfr. ibidem, n. 5.

55

Juan Pablo II, Audiencia del (12 Mayo 1993): Insegnamenti XVI, 1 (1993) 1197.

56

Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 2.

57

Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes en el Jueves Santo 1997, n. 5: AAS 39 (1997), p. 662.

58

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, nn. 2;10.

59

Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 6.

60

Ibidem, n. 5.

61

Cfr. Ibidem.

62

Cfr. Juan Pablo II, Audiencia del (12 Mayo 1993): Insegnamenti XVI,1 (1993) 1197-1198.

63

Cfr. Juan Pablo II, Carta Ap. Dies Domini, (31 Mayo 1998) n. 46: AAS XC (1998), p. 742.

64

Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 49.

65

Juan Pablo II, Audiencia del 12 Mayo 1993: Insegnamenti XVI,1 (1993) 1198.

66

Cfr. ibidem; Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Sacrosantum Concilium, nn. 112, 114, 116, 120, 122-124, 128.

67

Cfr. PIO XII, Radiomensaje al Congreso Catequético Nacional de los Estados Unidos, (26 Octubre 1946): Discorsi e Radiomessaggi VIII (1946) 288; Juan Pablo II, Exhort. Ap. Reconciliatio et paenitentia, (2 Diciembre 1984) n. 18: AAS 77 (1985), pp. 224-228.

68

Juan Pablo II, Carta Enc. Dives in misericordia, (30 Noviembre 1980) n. 13: AAS 72 (1980), pp. 1220-1221.

69

Cfr. Juan Pablo II, Audiencia del 22 Septiembre 1993: Insegnamenti XVI2 (1993) 826.

70

Juan Pablo II, Carta Enc. Dives in misericordia, n. 13: l.c., p. 1219.

71

Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 54: l.c., p. 54; Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Reconciliatio et paenitentia, n. 31: l.c., pp. 257-266.

72

Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 32: l.c., p. 31.

73

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 13; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 52: l.c., pp. 52-53.

74

Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 52: l.c., p. 53; cfr. concilio ecume. vat. ii, Decret. Presbyterorum ordinis, n. 13.

75

Cfr. Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, Declaración acerca del can. 964 SS 2 CIC, 16.6.98 (7 Julio 1998): AAS 90 (1998), p. 711.

76

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 18; Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, nn. 26, 48: l.c., pp. 697-700; 742-745; Audiencia del 26 Mayo 1993: Insegnamenti XVI1 (1993), p. 1331; Exhort. Ap. Reconciliatio et paenitentia, n. 31: l.c., pp. 257-266; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 53: l.c., p. 54.

77

Juan Pablo II, Exhort. Ap. Reconciliatio et paenitentia, n. 31 VI: l.c., p. 266.

78

Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 17: l.c., p. 683.

79

A este respecto se le pide una sólida preparación sobre los temas más habituales. En este sentido es de gran ayuda el Vademecum para los confesores sobre algunos temas de moral concernientes a la vida conyugal (Pontificio Consejo para la Familia, 12 Febrero 1997).

80

Cfr. ibidem.

81

Juan Pablo II, Carta Enc. Dives in misericordia, n. 13: l.c., p. 1219.

82

Ibidem , n. 3: l.c., p. 1183.

83

Cfr. Ibidem, n. 13: l.c., pp. 1218-1221.

84

Ibidem, n. 8: l.c., p. 1204.

85

Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 48: l.c., p. 49.

86

Cfr. Juan Pablo II, Exh. Ap. Pastores dabo vobis, n. 8: l.c., pp. 668-669.

87

Cfr. Jean-Marie Vianney, curé d'Ars: sa pensée, son coeur, présentés par Bernard Nodet, Le Puy 1960, p. 100.

88

S. Agustín, In Johannis evangelium tractatus, 123, 5: CCL 36, 678.

89

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 875.

90

Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes en el Jueves Santo, 16 de Marzo de 1997, n. 4: AAS 89 (1997), p. 661.

91

Cfr. Santo Tom√°s de Aquino, Summa Theol. III, q. 83, a. 1, ad 3.

92

Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 22: l.c., p. 691.

93

Ibidem, n. 29: l.c., p. 704.

94

Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 6.

95

Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 28.

96

Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1550.

97

Juan Pablo II, Audiencia del 19 Mayo 1993: Insegnamenti XVI, 1 (1993) 1254.

98

Ibidem, n. 4: l.c., pp. 1255-56.

99

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Dec. Presbyterorum ordinis, n. 6.

100

Cfr. ibidem. 6.

101

Ibidem, 6.

102

Cfr. Congregación del Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Tota Ecclesia, n. 17: l.c., pp. 18-20.

103

S. Agustín, Ep. 134, 1: CSEL 44, 85.

104

Cfr. Congregación del Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Tota Ecclesia, n. 19: l.c., p. 21; Juan Pablo II, Discurso al Simposio sobre la " Colaboración de los laicos en el ministerio pastoral de los presbíteros " (22 de abril de 1994), n. 4: " Sacrum Ministerium " 1 (1995) 64; congregacion para el clero, pontificio consejo para los laicos, congregacion para la doctrina de la fe, congregacion para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Congregacion para los obispos, Congregacion para la evangelizacion de los pueblos, Congregacion para los institutos de la vida consagrada y las sociedades de vida apostolica, pontificio consejo para la interpretacion de los textos legislativos, Instrucción Interdicasterial Ecclesiae de mysterio sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes, 15 Agosto 1997, Premisa: AAS 89 (1997), p. 852.

105

Cfr. Congregación del Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Tota Ecclesia, n. 66: l.c., pp. 67-68.

106

Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2442; C.I.C., can. 227; Congregación del Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Tota Ecclesia, n. 33: l.c., pp. 31-32.

107

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 22; C.I.C., can. 846; Congregación del Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Tota Ecclesia, nn. 49 y 64: l.c., 49 e 66.

108

Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n.26: l.c., pp. 697-700; Audiencia del 21 Abril 1993: Insegnamenti XVI,1 (1993), p. 938; Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los Presbíteros. Tota Ecclesia, n. 45: l.c., pp. 43-45.

109

Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 18: l.c., p. 684; cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 10.

110

Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 18: l.c., p. 684; cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Decr. Optatam totius, n. 20.

111

Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 82: l.c., p. 801.

112

S. Gregorio Nacianceno, Oraciones, 2, 71: PG 35, 480.

113

Cfr. Juan Pablo II, Exhort. Ap. Pastores dabo vobis, n. 43: l.c. pp. 731-733.

114

Cfr. Concilio Ecumenico Vaticano II, Dec. Presbyterorum ordinis, n. 17; C.I.C., can. 282; Juan Pablo II, Exh. Ap. Pastores dabo vobis, n. 30: l.c., pp. 705-707; Congregación del Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros. Tota Ecclesia, n. 67: l.c., pp. 68-70.

115

Juan Pablo II, Audiencia del 7 Julio 1993, n. 7: Insegnamenti XVI, (1993).
Consultas

© Copyright 2013. BIBLIOTECA ELECTR√ďNICA CRISTIANA -BEC- VE MULTIMEDIOS‚ĄĘ. La versi√≥n electr√≥nica de este documento ha sido realizada por VE MULTIMEDIOS - VIDA Y ESPIRITUALIDAD. Todos los derechos reservados. La -BEC- est√° protegida por las leyes de derechos de autor nacionales e internacionales que prescriben par√°metros para su uso. Hecho el dep√≥sito legal.


Dise√Īo web :: Hosting Cat√≥lico