Sobre la Constitución dogmática Lumen gentium
Con alegrÃa estamos reunidos en este ciclo de conferencias para reflexionar en torno a la auténtica gracia de Dios y don del EspÃritu Santo 1 que es para la Iglesia el Concilio Vaticano II. Queremos, en esta oportunidad, renovar nuestra plena adhesión a las enseñanzas conciliares, en el firme convencimiento de que son cauce fundamental a través del cual el EspÃritu busca impulsar al Pueblo de Dios a que se renueve, cooperando intensamente con la gracia, manifestando una más coherente y profunda fidelidad a su fe y dando ardorosos testimonios de vida cristiana.
En esta ocasión trataremos sobre la Constitución dogmática sobre la Iglesia, la Lumen gentium, que tiene un lugar central en las enseñanzas conciliares. Procuraremos considerar algunos de sus aspectos más importantes, tratando de poner de manifiesto algo de la enorme riqueza eclesiológica de sus planteamientos. Ésta bien puede ser llamada una eclesiologÃa de comunión y reconciliación, para expresar hoy su sentido.
La Lumen gentium figura a la cabeza de los textos conciliares, pues hace como columna vertebral de todos ellos. La Constitución es una de las dos designadas por el Concilio como dogmáticas. La otra es la Dei Verbum, sobre la Divina Revelación.
Para llegar a su aprobación prácticamente unánime con 2,151 votos a favor y sólo 5 en contra, en la sesión del Concilio del 21 de noviembre de 1964, hubo de recorrerse un largo camino.
Todo empezó con los trabajos de la subcomisión De Ecclesia, que desde el 26 de noviembre de 1960 hasta el 21 de noviembre de 1962 trabaja preparando lo que se conoce como el Primer proyecto. Éste es discutido en las Congregaciones Generales 31 a 36, y recibe numerosas observaciones.
La Comisión elabora y presenta luego un Segundo proyecto y unas Emendationes recogiendo las observaciones de los Padres del Concilio, asà como las pautas del Papa Juan XXIII, en su discurso del 11 de octubre de 1962, y del Papa Pablo VI, en el discurso de apertura del segundo perÃodo conciliar, el 29 de setiembre de 1963. Al revisar la propuesta se va fijando la estructura a la que se suma un capÃtulo especial sobre la Virgen MarÃa.
A lo largo de 1964 se va elaborando el Proyecto final incorporando pacientemente los diversos modos y abriéndose a todas las sugerencias, en un espÃritu de efectiva fraternidad episcopal, en torno a la común búsqueda de la verdad que el EspÃritu estaba manifestando a la Iglesia. El trabajo de sÃntesis en torno a la doctrina que realiza la Comisión teológica resulta verdaderamente ejemplar. Una clara muestra de ello es la presentación del capÃtulo sobre la Virgen realizado sobre la perspectiva tanto cristológica como eclesiológica, evidenciando el momento privilegiado de maduración y preparación para los nuevos tiempos que fue el Concilio 2 .
El 21 de noviembre de 1964 se aprueba definitivamente el texto de la Lumen gentium, en una solemne sesión, en la que el Papa Pablo VI pronuncia un memorable discurso del que destacan los hermosÃsimos pasajes que dedica a la SantÃsima Virgen, poniendo de relieve el homenaje que le hace el Concilio en la Constitución sobre la Iglesia ya aprobada, y «que tiene como vértice y corona todo un capÃtulo dedicado a la Virgen, justamente --sigue diciendo Pablo VI-- podemos afirmar que la presente sesión se clausura como un incomparable himno de alabanza y honor de MarÃa». Es en aquella misma ocasión, con toda la solemnidad de la sesión del Concilio, que el Papa notifica a todos los fieles cristianos: «AsÃ, pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a MarÃa SantÃsima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios» 3 . Es un momento importantÃsimo en la historia conciliar.
Para situarnos debidamente ante la Lumen gentium aún hace falta hacer referencia a dos importantes documentos. Uno de ellos es el radiomensaje de Juan XXIII, en vÃsperas del Concilio, conocido como Ecclesia Christi lumen gentium, del 11 de setiembre de 1962.
En verdad impresiona sobremanera leer retrospectivamente el contenido de este texto y correlacionarlo con los documentos del Concilio. En lo que respecta a la Constitución que estamos considerando, vale la pena recoger un párrafo de aquel radiomensaje: «¿Qué otra cosa es, en efecto, un Concilio Ecuménico sino la renovación de este encuentro de la faz de Cristo resucitado, rey glorioso e inmortal, radiante sobre la Iglesia toda, para salud, para alegrÃa y para resplandor de las humanas gentes?» 4 . Los parámetros que pone en esta ocasión son la búsqueda de la Iglesia, como ella es, «en su estructura interior --vitalidad ad intra--, cuando presenta ante todo a sus hijos los tesoros de la fe iluminante y de la gracia santificadora» 5 ; y de la Iglesia considerada «en las relaciones de su vitalidad ad extra» 6 ante cuyas necesidades debe responder con su enseñanza 7 .
Y, junto a este texto, la programática primera encÃclica del Papa Pablo VI, la Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964. En ella el Papa Pablo plantea como eje prioritario de toda tarea eclesial la profundización de la Iglesia «en la conciencia que ella ha de tener de sà misma, del tesoro de verdad del que es heredera y depositaria, y de la misión que debe cumplir en el mundo» 8 . A partir de esa conciencia el Pueblo de Dios debe lanzarse hacia la renovación de sÃ; con el horizonte de la perfección «en su concepción ideal, el pensamiento divino, la Iglesia ha de tender a la perfección en su expresión real, en su existencia terrenal» 9 . Y desde la conciencia de sà y desde el esfuerzo por la perfección, debe ir al encuentro del mundo, no para confundirse con él sino para cumplir con su misión a través de un diálogo consciente del «anuncio que debe difundir. Es el deber de la evangelización» 10 . En este diálogo la «Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» 11 . Las reflexiones que comparte el Papa se tornan horizonte y vida dentro del dinamismo conciliar. A treinta años de finalizado el Concilio, y cuando se habla de hermenéutica conciliar, los mensajes de los dos Papas del Concilio constituyen valiosÃsimos instrumentos para ahondar y mejor comprender el Concilio y su dinámica para hoy y para mañana.
La estructura de la Constitución es sumamente clara. Está dividida en ocho capÃtulos que forman a su vez cuatro parejas temáticas, cada una de las cuales ha sido presentada bajo la figura de las dos tablas de un dÃptico. Brevemente pasaremos revista a los mismos para hacernos una idea global de la Constitución.
Es importante señalar cómo ya desde la misma estructura de la Lumen gentium se percibe una opción por la comunión, la sÃntesis, la dinámica de la armonÃa y complementariedad, todo lo cual irá permitiendo la integración de la pluralidad de elementos en la unidad del Pueblo peregrino como concreción de la esencia de la Iglesia.
3.1. El primer dÃptico está integrado por el capÃtulo I que se llama El misterio de la Iglesia, centrado más en su origen y naturaleza; y por el capÃtulo II, llamado El Pueblo de Dios, que muestra a la Iglesia en su despliegue y peregrinar histórico en la realización de su misión.
3.2. El segundo dÃptico incluye el capÃtulo III que, titulado La constitución jerárquica de la Iglesia y en particular del episcopado, presenta la visión de la estructura orgánica de la Iglesia fundamentalmente desarrollando las notas de su constitución jerárquica. Ella es a su vez complementada mediante el capÃtulo IV que se llama Los laicos, completando con ello la visión de la estructura originaria querida por el mismo Señor Jesús en la visión conjunta del Cuerpo mÃstico o Pueblo de Dios.
3.3. El tercer dÃptico presenta la vocación a la santidad en la Iglesia. El Concilio va a desarrollar este llamado a la perfección de la vida cristiana tanto en su dimensión universal, en la que están incluidos todos los fieles del Pueblo de Dios, en el capÃtulo V, titulado La vocación universal a la santidad en la Iglesia, como tratando en el capÃtulo VI sobre aquellos que dentro de la vocación general tienen un llamado a una especial consagración por el ejercicio de los consejos evangélicos de castidad perfecta, pobreza y obediencia, Los religiosos.
3.4. Y el cuarto dÃptico nos sitúa ante la perspectiva teleológica de la vida cristiana, ante la dinámica de su peregrinar y la meta a la que se dirige. Para ello en el capÃtulo VII, titulado Carácter escatológico de la Iglesia peregrina y su unión con la Iglesia del cielo, muestra cómo la Iglesia peregrina en la tierra pero no se agota en la historia; se proyecta desde su origen mismo hacia la plenitud que sólo alcanzará en el triunfo final de Cristo. Y finalmente el capÃtulo VIII en que con el tÃtulo de La Bienaventurada Virgen MarÃa, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia, se muestra como una gema preciosa la iluminadora reflexión de las maternales relaciones de Santa MarÃa y la Iglesia. En ella la Madre aparece como la concreción ya realizada de toda esta dinámica eclesial recorrida en la Constitución. Precisamente sus misterios muestran paradigmáticamente el recto sentido del caminar y su meta.
La Lumen gentium tiene un lugar central en el gran conjunto que constituyen las enseñanzas conciliares. Teniendo en cuenta la preocupación por comprender más y mejor el misterio de la Iglesia que recorrió como rÃo subterráneo todas las reflexiones y trabajos conciliares, ella puede ser considerada como la clave hermenéutica de toda la doctrina conciliar 12 . El Papa Juan Pablo II recientemente la ha calificado en ese sentido como «la piedra angular de todo el magisterio conciliar» 13 .
En lÃnea semejante se expresaba Gérard Philips, quien tuviera un destacado rol en los trabajos de redacción de la Lumen gentium: «Nadie, creemos, pondrá en duda que la Constitución del Vaticano II "sobre la Iglesia" ha de ser considerada como la piedra angular de todos los decretos publicados» 14 . No es difÃcil constatar cómo los diversos documentos articulan su enseñanza a partir de las lÃneas teológicas maestras de la Lumen gentium y cómo, a partir de su iluminación sobre la identidad de la Iglesia, se ordenan y reciben su sentido pleno 15 .
Una lectura atenta de los documentos conciliares pone rápidamente de manifiesto la centralidad de la enseñanza eclesiológica de la Lumen gentium 16 . Es elocuente en este sentido la abundancia de citas de la Constitución que hacen otros documentos del Concilio 17 . El Cardenal Henri de Lubac afirmaba que era la «columna vertebral de la obra conciliar» 18 . Justo Collantes, a su vez, la considera «el documento central del Concilio Vaticano II» 19 . Y asà tantos otros que serÃa largo citar.
La preocupación central de los Papas del Concilio y de los Padres conciliares fue ciertamente la conciencia de la Iglesia sobre sà misma. No para quedarse ensimismada sino para vivir más plenamente su misterio, en sà misma como Pueblo de Dios en marcha y de cara al mundo.
HabÃa una pregunta que resonó con gran fuerza al final de la primera sesión conciliar y que no dejará de acompañar las intensas jornadas de trabajo de las cuatro etapas conciliares: Iglesia, ¿qué dices de ti misma? Las labores conciliares encontrarán en esta pregunta una especie de marco de trabajo, el gran telón de fondo para sus reflexiones. El Cardenal Montini 20 formulará una respuesta en dos direcciones: ¿Qué es la Iglesia? y ¿Qué hace la Iglesia? --recogiendo los planteamientos de Juan XXIII y un discurso del Cardenal Suenens 21 --. Se explicitaban asà las dos dimensiones de la identidad de la Iglesia en el ser y el quehacer, que serán a la postre las claves articuladoras de la enseñanza conciliar.
En primer lugar se debe destacar la exigente coherencia que lleva a la pregunta sobre la fidelidad a la propia identidad y misión. El punto de partida de esto se descubre en algo que es fundamental para el Pueblo de Dios: Ecclesia semper reformanda. La Iglesia ponÃa en primer lugar la consideración de la necesidad de renovarse permanentemente en su fidelidad al Señor Jesús y al designio divino 22 . Asà pues, la invitación a la renovación de la Iglesia, no perfecta en su expresión humana, aunque siempre tendiendo a la perfección 23 , ofreció la oportunidad para mirarla más en profundidad, en el espejo de la Revelación, y comprender con mayor hondura su misión.
Puesto en palabras del Papa Juan XXIII: se trataba de impulsar con vigor una renovación para conseguir para la Iglesia un aggiornamento 24 --concepto que podrÃa ser traducido al castellano como puesta al dÃa--. Se pueden distinguir dos momentos del dinamismo que puso en marcha el Papa Roncalli. Renovación profunda que es volver a las mismas fuentes, a los fundamentos y a los valores permanentes del Evangelio, en fidelidad a la tradición viva que hemos heredado. Renovación que también libere de los elementos accidentales para salir al encuentro del ser humano de estos difÃciles y contradictorios tiempos de transformaciones culturales 25 y ofrecerle la Buena Nueva, al Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre 26 .
Todo esto llevó a que el proyecto del Concilio se enrumbara hacia una mejor y más plena comprensión del misterio de la Iglesia teniendo en cuenta además su relación con los tiempos actuales, en función de hacer que resplandezca con fidelidad la luz del Señor Jesús para los seres humanos en camino al Tercer Milenio. El Concilio serÃa planteado, en consecuencia, con una orientación más pastoral que puramente doctrinal 27 , lo que no quiere decir que no porte fundamentales elementos doctrinales. Es decir que se ensayaba una aproximación a la Iglesia ya no sólo como "objeto", sino como "sujeto". Son muy ilustrativas las reflexiones que hacÃa el entonces Cardenal Wojtyla sobre el particular: «La Iglesia es verdad de fe y objeto de uno de los artÃculos del Credo: "Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica". Si la óptica del Concilio fuera "puramente doctrinal", a lo mejor la doctrina acerca de la verdad de la fe que se refiere a la Iglesia se habrÃa desarrollado de otra manera. Pero precisamente en este punto tenÃa el Concilio que ser eminentemente pastoral. No era posible tratar a la Iglesia solamente como "objeto". Era necesario expresarla también como "sujeto". Semejante intención acompañaba ciertamente la primera pregunta que se hizo el Concilio: Ecclesia, quid dicis de te ipsa?: Iglesia, ¿qué dices de ti misma? Esta pregunta dirigida a la Iglesia-sujeto, se enderezaba también a cuantos constituyen este sujeto» 28 . La Lumen gentium es la respuesta que, con el divino auxilio, el Pueblo de Dios se da a sà mismo de cara a las tareas de vivir la fe y la evangelización que presenta el mundo hodierno y el milenio adveniente.
La Constitución empieza con una confesión cristológica: «Lumen gentium cum sit Christus», «Cristo es la luz de los pueblos» 29 . Hermosas palabras que nos ponen ante la maravillosa realidad del Reconciliador. Como vemos en el Evangelio según San Lucas, Él vino «a fin de iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte» 30 , vino como la «luz para iluminar a los pueblos» 31 , pues Él es «la luz de los hombres» 32 . Y los Padres conciliares, en apertura al EspÃritu de vida y verdad, manifiestan que desean «vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas (cf. Mt 16,15)» 33 .
La Lumen gentium nos sitúa de manera inmediata e incondicional ante la persona misma del Verbo Encarnado, cuya luz resplandece en la Iglesia 34 . Se pone en evidencia de esta manera que la Iglesia es "luz del mundo" en la medida en que refleja la luz que es el Señor Jesús; asÃ, será siempre «luz en el Señor» 35 , de allà la importancia de la exhortación del Apóstol: «Vivid como hijos de la luz» 36 . De esta manera se introduce la reflexión sobre la Iglesia dentro de la consideración del designio redentor del Padre y la obra salvadora y reconciliadora del Verbo Eterno, prolongada por obra del EspÃritu Santo en la Iglesia, Cuerpo mÃstico de Cristo.
Hay un marcado acento cristológico --que sella toda la eclesiologÃa conciliar-- y que está presente desde el principio mismo de la Lumen gentium. El texto conciliar dice: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión Ãntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» 37 . Este primer párrafo de la Constitución viene a ser una suerte de clave de lectura de toda ella, e indica la orientación de fondo de su aproximación al misterio de la Iglesia.
Junto a este acento marcadamente cristológico se debe también destacar una perspectiva claramente trinitaria 38 . La atención a la persona del Señor Jesús, el Verbo de Dios hecho Hijo de Mujer para la salvación de los seres humanos, remite inmediatamente hacia el misterio de la SantÃsima Trinidad y el designio redentor. Esto también queda de manifiesto en los primeros párrafos de la Lumen gentium. Después de la hermosa introducción, los siguientes tres numerales explicitan la dimensión trinitaria de toda aproximación al misterio de la Iglesia: El Plan de salvación del Padre 39 , La misión del Hijo 40 y El EspÃritu que santifica a la Iglesia 41 .
A través del Señor Jesús, en Él y por Él, enviado por el Padre, quien también nos envÃa al EspÃritu Santo, la Iglesia realiza el divino Plan de redención y reconciliación. Asà como leemos en la Constitución, «toda la Iglesia aparece como el pueblo unido "por la unidad del Padre, del Hijo y del EspÃritu Santo"» 42 .
La preocupación de los Padres conciliares estaba centrada en que la luz del Reconciliador resplandeciera mejor y con más fuerza en la Iglesia para que pueda irradiar al mundo entero. AsÃ, al tiempo que reitera la centralidad del Señor Jesús, el documento dirige su atención a toda la humanidad. Todos los seres humanos están invitados a participar del don de la redención, que es la plenitud de la vida. La Iglesia, que quiere anunciar y realizar esta obra, es por naturaleza misionera 43 . Por eso desde el primer párrafo se invita a todo el Pueblo de Dios a anunciar el Evangelio del Señor, pues, como recordaba el Papa Pablo VI en esa memorable exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, evangelizar constituye «la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda» 44 .
Como señala Hans Urs von Balthasar: «Toda la esencia del mensaje conciliar queda asà expresada en dos proposiciones inexorables: el ser de la Iglesia (como misión) es inseparable de su acción, y el amor de Dios vivido y anunciado es el principio de la unión de la humanidad en el espÃritu de la fraternidad» 45 .
La eclesiologÃa de la Lumen gentium, y de todo el Concilio, evidencia un talante muy dinámico y pastoral.
Este talante tiene una directa relación a un doble dinamismo: vuelta a las fuentes y proyección hacia la realidad del ser humano mirando al futuro.
La vuelta a las fuentes es un aspecto fundamental. Pero debe entenderse no sólo por situarse en relación a su propio "ser", sino al despliegue de ese ser en la visión tanto "hacia adentro" como "hacia afuera" de la Iglesia. Por eso se dirige primero a quienes constituyen la Iglesia peregrina, a los católicos 46 , para luego, a partir del interior, ir dirigiéndose en cÃrculos concéntricos hacia los cristianos no católicos 47 , y también a los no cristianos 48 .
La Lumen gentium ofrece una extraordinaria y luminosa sÃntesis de los variados elementos de la esencia de la Iglesia y de su desarrollo histórico, como se puede ver ahondando en la estructura de la Constitución. Precisamente eso permite constatar cómo se puede usar dicha estructura como una especie de Ãndice guÃa para situar, en referencia a la Constitución sobre la Iglesia, los demás documentos del Concilio 49 .
La eclesiologÃa que se desarrolla en perspectiva Trinitaria, Cristológica, dinámica, se vuelca en figuras e imágenes tomadas de la Sagrada Escritura 50 . Se descubre en esto la intención de recurrir al valor dinámico del sÃmbolo para expresar la riqueza de un misterio, que como tal es inagotable conceptualmente. Las expresiones sobre la Iglesia, pues, no agotan jamás su sentido profundo.
En ese marco aparecen dos conceptos sumamente dinámicos: la Iglesia como sacramento y como Pueblo de Dios. El Cardenal Ratzinger los ha llamado «los dos conceptos clave eclesiológicos del Concilio» 51 . No obstante que el concepto de "sacramento" ocupe el lugar predominante como lÃnea maestra de fondo de toda la aproximación eclesiológica, éste mismo necesita de la figura del "Pueblo de Dios" para que pueda ser mejor comprendido. Pero más allá parece clara la intención del Concilio de que ambos conceptos sean entendidos en forma complementaria 52 .
En ese sentido el recurso para expresar la rica realidad de la Iglesia lleva a que a la perspectiva sacramental --elemento nuclear de la aproximación eclesiológica-- se le añadan otras maneras de expresar el misterio. «El Concilio describió de diversos modos la Iglesia, como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Esposa de Cristo, templo del EspÃritu Santo, familia de Dios. Estas descripciones de la Iglesia se completan mutuamente y deben entenderse a la luz del misterio de Cristo o de la Iglesia en Cristo» 53 . Entre éstas tiene un lugar especial el concepto de "Cuerpo mÃstico de Cristo", que se expresa igualmente en la rica noción de "Pueblo de Dios" 54 , que hace presente el Reino y lo plasma históricamente en un dinamismo de concordia y de unidad de las personas y aun de los pueblos, expresando una rica universalidad, que integra armónicamente la diversidad, en la que «cada grupo aporta sus dones a los demás y a toda la Iglesia, de manera que el conjunto y cada una de sus partes se enriquecen con el compartir mutuo y con la búsqueda de la plenitud en la unidad» 55 .
La descripción del fundamento y naturaleza jerárquica de la Iglesia, y las funciones de la jerarquÃa, se complementan con el desarrollo de las peculiaridades del laico y de su vocación, con un horizonte integrador de su naturaleza laical en la misión común de la Iglesia, en la que cada cual participa, a partir de su condición de bautizado, según las caracterÃsticas de su estado y función. Aparece aquà un elemento fundamental, la comunión jerárquica se define y contextualiza en la comunión de la Iglesia toda, que busca significar la Comunión de Amor, el misterio del Padre, Hijo y EspÃritu Santo, un solo Dios.
En relación a la realización histórica del misterio de la Iglesia se ha de vincular el llamado universal a la santidad y los llamados especÃficos. La sacramentalidad de la Iglesia peregrina está vinculada a este esfuerzo de cooperación al don de Dios, al trabajo por la santificación personal de sus miembros. La misma comunión y reconciliación permanente del Pueblo en peregrinación está informada por la vigencia efectiva y concreta de este horizonte de santidad en la vida de los hijos de la Iglesia.
Esa misma perspectiva de comunión de la militante Iglesia que peregrina por el mundo se descubre también en relación a la Iglesia del cielo, de manera que «la unión de toda la Iglesia en el EspÃritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno 56 . En efecto, asà como la unión de los cristianos todavÃa en camino nos lleva más cerca de Cristo, asà la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios» 57 .
Y, en MarÃa, como un sÃmbolo dinámico efectivo, el Concilio presenta la imagen de la respuesta plena a la gracia y el modelo de realización eclesial. Por ello es Madre, Maestra y Modelo de la Iglesia, a la vez que es el fruto más preciado y paradigmático entre cuantos siguen al Señor Jesús.
Una perspectiva especial de la Constitución se puede descubrir en el horizonte de sacramento de comunión y reconciliación.
Ya desde el primer número de la Lumen gentium, como hemos mencionado, la Iglesia es presentada como un sacramento. En ese pasaje que hace como de clave de aproximación a toda la Constitución, se dice: «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión Ãntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» 58 .
Los Padres conciliares al presentar a la Iglesia como sacramento retoman un concepto de honda raÃz patrÃstica que está en perfecta consonancia con la Revelación 59 . El tema habÃa reaparecido en los años previos al Concilio Vaticano II. Es conocido, por ejemplo, el pasaje de la memorable obra de Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, sobre el particular: «La Iglesia es un misterio, lo cual equivale a decir que es también un sacramento. Además de ser "la depositaria total de los sacramentos cristianos", ella misma es el gran sacramento que contiene y vivifica a todos los demás. Ella es en el mundo el sacramento de Jesucristo, de igual manera que el mismo Jesucristo es para nosotros, en su humanidad, el sacramento de Dios» 60 .
Cuando se afirma la dimensión sacramental en relación a la Iglesia, se afirma siempre en relación al Señor Jesús, «sacramento fundamental» 61 , a quien está referida. Su humanidad es el signo visible de la gracia que salva --puesto que es la «imagen del Dios invisible» 62 --, y es también el medio mediante el cual alcanzamos la justificación de nuestros pecados y fuimos reconciliados con el Padre 63 . En la Iglesia el Señor Jesús prolonga su presencia y sigue obrando la reconciliación de manera real. Es a partir de esta realidad que se asimila analógicamente la Iglesia al misterio de la encarnación. Asà como el Señor Jesús es el sacramento del Padre, la Iglesia es análogamente el sacramento de Cristo, signo e instrumento de salvación para la humanidad 64 .
La carta Communionis notio 65 ha puesto de manifiesto la enorme importancia que tiene el concepto de comunión para una visión adecuada de la Iglesia. «La eclesiologÃa de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio» 66 . Esto es especialmente notorio en la Lumen gentium en diversos pasajes 67 .
Por un lado, este concepto permite expresar tanto la dimensión vertical --comunión con Dios-- como la dimensión horizontal --comunión con los hermanos--. Es un concepto que se expresa en figura cruciforme, vertical y horizontal. Es una comunión que tiene su origen y sustento en Dios mismo, que es alimentada en la EucaristÃa, que se hace visible en la vida cotidiana de los seres humanos, y es no sólo de orden moral, sino ontológica y sobrenatural.
Como señala la carta Communionis notio: «el concepto de comunión debe ser capaz de expresar también la naturaleza sacramental de la Iglesia mientras "caminamos lejos del Señor", asà como la peculiar unidad que hace a los fieles ser miembros de un mismo Cuerpo, el Cuerpo mÃstico de Cristo, una comunidad orgánicamente estructurada, "un pueblo reunido por la unidad del Padre y del Hijo y del EspÃritu Santo", dotado también de los medios adecuados para la unión visible y social» 68 .
Venimos considerando cómo la Iglesia es signo e instrumento de la unión con Dios y al hacerlo se está afirmando que es sacramento de salvación. Pues, qué otra cosa es la salvación que la unión con Dios y la participación de su vida divina. La plenitud de la existencia del ser humano se alcanza con la recuperación de la comunión perdida con Dios. Esta comunión es obtenida a través de la reconciliación que nos trajo el Señor Jesús y que seguimos alcanzando a través de la Iglesia 69 . Ella misma nos impulsa a ser testigos de la reconciliación, buscando anunciar y testimoniar el don recibido, compartirlo y vivir coherentemente como miembros de la Iglesia, recordando que «ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanÃa de Dios» 70 .
A su vez la Iglesia es también sacramento de unidad entre los seres humanos. Puesto esto después de la unidad con Dios, queda claro que en el Señor el género humano alcanza su unidad, más perfecta que la mera unidad de especie. Queda asà también de manifiesto la fuerza del dinamismo reconciliador que nos ha traÃdo el Señor Jesús, que abre el camino para rehacer la comunión desde su sentido más pleno, con todos los seres humanos. Asà lo explicita la misma Constitución al desarrollar la figura del campo de Dios donde crece el antiguo olivo, lugar permanente de reconciliación 71 .
Como es fácil percibir, los conceptos de comunión y de reconciliación se suponen mutuamente. El paso previo para alcanzar la comunión es recomponer las rupturas. El SÃnodo extraordinario sobre el Concilio Vaticano II en su Relación final --instrumento clave para comprender las enseñanzas conciliares-- los asocia explÃcitamente en relación a la dimensión sacramental de la Iglesia: «la Iglesia es como un sacramento, es decir, signo e instrumento de la comunión con Dios y también de la comunión y reconciliación de los hombres entre sû 72 . Y en otro pasaje afirma también: «la Iglesia en cuanto una y única es como sacramento, es decir, signo e instrumento de la unidad, de la reconciliación, de la paz entre los hombres, las naciones, las clases y las razas» 73 . El Papa Juan Pablo II dice que en el Cuerpo de Cristo «debe realizarse en plenitud la reconciliación y la comunión» 74 .
Tanto Pablo VI 75 , como Juan Pablo II 76 han profundizado sobre la dimensión sacramental de la Iglesia uniendo sus aspectos de comunión y reconciliación. También el documento de Santo Domingo ha puesto en un lugar central de su desarrollo eclesiológico el concepto de sacramento destacando sus dimensiones de comunión y reconciliación.
AsÃ, pues, los ricos conceptos de sacramentalidad, comunión y reconciliación son como antorchas fulgurantes que nos ayudan a profundizar en el misterio de la Iglesia y tomar conciencia de sus alcances.
Para nadie es novedad que después del Concilio sobrevino una enorme crisis cuyos ecos intensos aún se mantienen vivos, afectando a la vida y a la misión de la Iglesia. Precisamente por ello se ha hecho necesaria la convocatoria a una ardorosa y Nueva Evangelización.
Al poner de relieve la bendición que constituye el Concilio Vaticano II y el valor fundamental de sus documentos --como en este caso la Lumen gentium--, no nos situamos en una perspectiva ingenua. Nada de eso. Precisamente, es un tópico común afirmar que la "crisis" surgió con el Vaticano II, no a causa de éste. Y es verdad. No es el Concilio el que genera la "crisis", ella estaba ya latente lista para explotar. Más bien el Concilio se adelanta con su respuesta de "renovación en continuidad" para dar un horizonte y brindar salidas a la crisis. El problema es previo al Concilio, y lamentablemente avanza a pesar del Concilio, nunca a causa de él, como es obvio.
Ver asà el Concilio, permite comprenderlo mejor, y descubrir sus ricas virtualidades, muchas aún esperando implementarse, y también permite conocer cómo es que se le achaca una culpa que jamás tuvo. La crisis antecedente se expresa en la reacción de aquellos que por apegarse a los rasgos accidentales del recorrido histórico de la Iglesia se muestran reacios a aceptar el Concilio, y ella va pareja con otra expresión, la de aquellos que carecen igualmente de una óptica realista, y se mueven en lo superficial, confundiendo lo accidental con lo fundamental, y quieren arrasar con todo lo que les parece no conforme a sus imágenes subjetivas de la Iglesia, ignorando la realidad ónticamente fundante del misterio de la Iglesia. Los cambios y reformas no pueden aplicarse «ni a la concepción esencial, ni a las estructuras fundamentales de la Iglesia católica» 77 , enseñaba en su momento el Papa Pablo VI.
Por lo dicho se ve que la "crisis" que ya estaba presente se expresa con ocasión de la recepción e interpretación del Concilio 78 , precisamente porque él es portador de una recta visión que busca responder a los problemas de los creyentes y en general de la humanidad en horizonte de presente y futuro. El mostrar con claridad las inconsecuencias existentes en muchos, es fruto de la luz que arroja sobre la marcha de la comunidad. La guÃa es clara. La respuesta está librada a la libertad de cada cual.
El hoy Cardenal Ratzinger, hace veinticinco años se preguntaba: «¿Cómo se ha podido llegar a una tan extraña situación de confusión en el momento en que se esperaba un nuevo pentecostés? ¿Cómo ha sido posible que precisamente cuando el concilio parecÃa recoger los frutos maduros de los últimos decenios, esta plenitud haya dado paso de repente a un vacÃo desconcertante? ¿Qué ha sucedido para que del gran impulso hacia la unidad haya surgido la disgregación?» 79 . Años después, Hans Urs von Balthasar ofrecÃa una respuesta con la que convengo plenamente: «Es lástima que los años posconciliares no parecen haber entendido toda la magnitud del programa (del Concilio), que, desde luego, sólo puede percibirse desde la óptica de su unidad» 80 .
Hoy se hace indispensable recuperar la visión unitaria y comprender al Concilio en su integridad y en su sentido auténtico. Para ello la Lumen gentium, desde su perspectiva central de columna vertebral, permite apuntar algunas lÃneas de acción para acometer con mayor ardor y eficacia las tareas de la Nueva Evangelización. ¿Cómo, pues, no valorar y agradecer la realización del Concilio y de sus documentos?
1. La primera es tomar viva conciencia de la propia identidad, de lo que significa ser miembro de la Iglesia, ser hijo de la Iglesia. De aquella que es vista por la Constitución en una perspectiva que ofrece desde la profundidad dogmática un claro marco pastoral para aproximarse al ser humano de hoy, en el dinamismo de una Iglesia que se sabe convocada para la misión, para anunciar la Buena Nueva del Señor Jesús, y que está llamada a ser signo e instrumento de unidad, fermento de comunión y reconciliación para todos los seres humanos, viviéndolos en sà misma.
2. La segunda, a partir de la conciencia del horizonte del designio divino y de la distancia que de él nos separa, buscar efectivamente, poniendo los medios proporcionales y adecuados, acercarnos a ese ideal en la concreta existencia temporal 81 , buscando erradicar cuanto constituye obstáculo para la realización del Plan divino y la libre cooperación a él.
AsÃ, pues, se trata de asumir un programa de renovación personal y colectiva tomando realmente en serio la vocación universal a la santidad, y la gran responsabilidad de las exigencias de sacramentalidad en la propia vida y en la vida de la comunidad eclesial.
En esto último, resulta fundamental recordar la comunión en torno a la verdad, a la fe de la Iglesia, aspirando a dar ante el mundo el testimonio de unidad al que nos invita el Señor Jesús.
3. Tercera. Inserción en el mundo, pero desde la propia identidad eclesial. Presencia, sÃ, pero sin confusión. Una vez más, el tema fue extensa y orientadoramente tratado por Pablo VI en su encÃclica programática Ecclesiam suam, a la que se debe recurrir como uno de los instrumentos fundamentales para comprender bien el Concilio.
El dinamismo del mundo moderno nos lleva a prestar excesiva atención al momento que vivimos. Y nos olvidamos que ese momento es parte de una secuencia, que tiene antecedentes, en los cuales se funda y se basa, y que tiene proyecciones, hacia las cuales se dirige. No podemos jamás --para poder ser nosotros mismos, para poder ser personas conscientes, para poder ser consecuentes hijos de la Iglesia-- olvidar las propias raÃces. Tenemos que partir de ellas. Y a la luz de ellas y en su dinamismo vivir el momento presente y proyectarnos hacia el futuro. Lo demás no tiene sentido. Es un absurdo. Precisamente, debemos recuperar la dimensión de historia en nuestras propias realidades personales y en nuestra realidad eclesial. Por allà está el camino para vivir la propia identidad, y ser coherentes con ella.
4. Cuarta. Asumir en serio la misión evangelizadora. La convocatoria incesante del Papa Juan Pablo II y de los Pastores latinoamericanos para una Nueva Evangelización brota del dinamismo de la reconciliación obrada en el Señor Jesús y que invita a la efusión gozosa de esa experiencia de encuentro con Dios y al anuncio de que sólo hay un salvador y portador de vida: el Señor Jesús.
Si no se parte de estas convicciones y del esfuerzo por cooperar con la gracia para responder, desde el núcleo de nuestro ser, a ese testimonio de vida cristiana y a ese anuncio, la Nueva Evangelización no será. Cada uno de nosotros tiene una tarea que cumplir, tiene una misión que debe asumir con coherencia, a pesar de las propias debilidades, confiando en la gracia de Dios, cooperando siempre con esa gracia de Dios, para cumplir con su Plan, para responder al horizonte que en cada tiempo aparece y que hoy tenemos ante nosotros con el nombre de Nueva Evangelización.
Llegando al final de esta rápida reflexión sobre la Lumen gentium, he querido culminar como lo hace la magna Constitución, refiriéndome a la Virgen MarÃa, Madre de Dios y de la Iglesia.
El hermoso capÃtulo VIII que la Constitución dogmática dedica a Santa MarÃa es como la culminación de lo dicho, destacando las profundas relaciones entre la Virgen Madre y la Iglesia a quien dedica intensos pasajes tan cargados de enseñanzas como bellamente expresados.
Al proclamar a MarÃa Madre de la Iglesia, es decir de todo el Pueblo de Dios, el Papa Pablo VI lo hace con una reflexión de la que citamos un significativo párrafo: «La realidad de la Iglesia ciertamente no se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en sus ordenamientos jurÃdicos. Su esencia Ãntima, la principal fuente de su eficacia santificadora, se debe buscar en su mÃstica unión con Cristo; unión que no podemos pensarla separada de Aquella que es la Madre del Verbo Encarnado, y que Cristo mismo quiso tan Ãntimamente unida a Él para nuestra salvación. Y ciertamente que debe encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdaderamente católica sobre MarÃa será siempre la clave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia» 82 .
AsÃ, pues, hay tantas razones para acercarse con amor filial al misterio de la Virgen MarÃa. En este caso resulta fundamental para profundizar en las orientaciones del Concilio, y en particular para vivir el horizonte de realización eclesial y de Nueva Evangelización al que estamos todos llamados. Pongamos estos propósitos en las manos de Aquella que hoy podemos llamar con confianza Santa MarÃa de la Alborada de la renovada evangelización de nuestras tierras americanas.
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