24 de diciembre de 1980
1.Queridos hermanos y hermanas reunidos en la basÃlica de San Pedro en Roma, y vosotros todos, los que me escuchéis en este momento desde cualquier parte del globo terrestre.
He aquà que estoy ante vosotros, yo, siervo de Cristo y administrador de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4,1), como mensajero de la noche de Belén: la noche de Belén 1980.
La noche del nacimiento de Jesucristo, Hijo de Dios, nacido de MarÃa Virgen, de la casa de David, de la estirpe de Abrahan, padre de nuestra fe, de la generación de los hijos de Adán.
El Hijo de Dios, de la misma sustancia que el Padre, viene al mundo como hombre.
2. Es una noche profunda: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brillo» (palabras del profeta IsaÃas, 9,2).
¿Cómo se cumplen estas palabras en la noche de Belén? He aquà que las tinieblas envuelven la región de Juda y los paÃses cercanos. Sólo en un lugar aparece la luz. Sólo llega a un pequeño grupo de hombres sencillos.
Son los pastores, que estaban en aquella región «velando por turno su rebaño» (Lc 2,8).
Solamente en ellos se cumple, esa noche, la profecÃa de IsaÃas. Ven una gran 1uz: «La gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor» (Lc 2,9).
Esta luz deslumbra sus ojos y, al mismo tiempo, ilumina sus corazones. He aquà que ellos ya saben: «Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el MesÃas, el Señor» (Lc 2,11).
Son los primeros en saberlo.
En cambio, hoy lo saben millones de hombres en todo el mundo. La 1uz de la noche de Belén ha llegado a muchos corazones, y, sin embargo, al mismo tiempo, permanece la oscuridad. A veces, incluso parece que se hace mas intensa...
¿Qué puedo pedir en mis plegarias esta noche de Belén 1980, yo, siervo de Cristo y administrador de los misterios de Dios? ¿Qué puedo pedir principalmente, junto con todos vosotros, los que participáis en la luz de esta noche, sino que esta luz llegue a todas partes, que encuentre acceso a todos los corazones, que vuelva allá, donde parece que se ha apagado...? ¡Que ella «despierte»!, tal como despertó a los pastores en los campos de las cercanÃas de Belén.
3. «Acreciste la alegrÃa, aumentaste el gozo», palabras del profeta IsaÃas.
Los que aquella noche lo acogieron, encontraron una gran alegrÃa. La alegrÃa que brota de la faz. La oscuridad del mundo superada por la luz del nacimiento de Dios.
No importa que esta luz, por el momento, sea participada solamente por algunos corazones: que participe de ella la Virgen de Nazaret y su esposo, la Virgen a la que no fue dado traer a su Hijo al mundo bajo el techo de una casa en Belén, «porque no tenÃan sitio en la posada» (Lc 2,7). Y participan de esta alegrÃa los pastores, iluminados por una gran luz en los campos cerca de la ciudad.
No importa que, en esa primera noche, la noche del nacimiento de Dios, la alegrÃa de este acontecimiento llegue sólo a estos pocos corazones.
No importa.
Está destinada a todos los corazones humanos. ¡Es la alegrÃa del género humano, alegrÃa sobrehumana! ¿Acaso puede haber una alegrÃa mayor que esta, puede haber una Nueva mejor que esta: el hombre ha sido aceptado por Dios para convertirse en hijo suyo en este Hijo de Dios, que se ha hecho hombre?
Y esta es una alegrÃa cósmica. Llena a todo el mundo creado: creado por Dios —mundo que se alejó de Dios a causa del pecado— y he aquÃ: restituido de nuevo a Dios mediante el nacimiento de Dios en cuerpo humano.
Es la alegrÃa cósmica.
La alegrÃa que llena toda la creación, llamada esta noche a compartirla de nuevo según estas palabras que descienden del cielo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (a los hombres de buena voluntad) (Lc 2,14).
Esta noche quiero estar particu1armente cercano a vosotros, a todos nosotros los que sufrÃs,
y a vosotros, las vÃctimas del terremoto,
y a vosotros, los que vivÃs atemorizados por las guerras y las violencias,
y a vosotros, los que os halláis privados de la alegrÃa de esta Santa Misa a medianoche en la Navidad del Señor,
y a vosotros, los que estáis inmovilizados en el lecho del dolor,
y a vosotros, los que habéis caÃdo en la desesperación, en la duda sobre el sentido de la vida y sobre el sentido de todo.
Cercano a todos vosotros.
A vosotros de modo especial esta destinada esta alegrÃa, que llena los corazones de los pastores de Belén; ella es sobre todo para vosotros. Porque es la alegrÃa de los hombres de buena voluntad, de los que tienen hambre y sed de justicia, de los que lloran, de los que sufren persecución por la justicia.
Que se cumplan en vosotros las palabras del profeta: «Acreciste la alegrÃa, aumentaste el gozo...» (Is 9,2).
4. «Se gozan en tu presencia como se gozan al segar», palabras de IsaÃas.
Ciertamente: los hombres sencillos, que viven del trabajo de sus manos, no se presentan ante el recién nacido con las manos vacÃas. No se presentaron con los corazones vacÃos.
Llevan los dones.
Responden con dones al don.
Queridos hermanos y hermanas, los que estáis reunidos en la basÃlica de San Pedro y todos los que me escucháis en este momento y en cualquier punto del globo terrestre: ¡en esta noche toda la humanidad ha recibido el don más grande! Esta noche cada uno de los hombres recibe el don más grande! Dios mismo se convierte en el don para el hombre. El hace de sà mismo el «don» para la naturaleza humana. Entra en la historia del hombre no sólo ya mediante la palabra que de Él viene al hombre, sino mediante el Verbo que se ha hecho carne!
Os pregunto a todos: ¿tenéis conciencia de este don?
¿Estáis dispuestos a responder con el don al don? Tal como los pastores de Belén, que respondieron...
Yo os deseo desde lo profundo de esta nueva noche de Belén 1980 que aceptéis el don de Dios, que se ha hecho hombre.
¡Yo os deseo que respondáis con el don al don!
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