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Cardenal Dionigi Tettamanzi, El hombre y el misterio del tiempo. Al inicio de un nuevo milenio de la Redención.
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El hombre y el misterio del tiempo. Al inicio de un nuevo milenio de la Redención

Conferencia introductoria a la Convención Internacional de Antropología filosófica y teológica «El hombre: imagen, camino, destino»

Roma, 6-7 de Setiembre de 2000, Pontificia Universidad Lateranense

Introducción: un discurso teológico sobre el tiempo

Desearía compartir con ustedes una reflexión sobre "el hombre y el misterio del tiempo", una reflexión que tenga la tonalidad espiritual propia de una meditación religiosa, o mejor, más específicamente de una meditación teológica.

El discurso sobre el hombre en su íntima y esencial relación con el tiempo, en el cual y del cual él vive: el hombre, obviamente, no sólo como individuo sino también en su constitutiva relacionalidad con el otro, y por tanto como comunidad. Y todo esto, no tanto a partir de Dios, quien crea el hombre y lo crea "a su imagen y semejanza", constituyéndolo en su estructura originaria, en sus dinamismos fundamentales y en las finalidades hacia las cuales está intrínsecamente inclinado.

En este sentido el nuestro es un discurso religioso, pero precisamente por esto es también verdaderamente y plenamente humano: la dimensión religiosa, en efecto, no se sobrepone extrínsecamente, ni mucho menos se impone por la fuerza al hombre, sino que devela y realiza su verdad integral.

Se puede aquí captar el contenido preciso del término "misterio" usado para calificar el tiempo. De por sí este término es ambivalente. En realidad, desde un punto de vista humano, profano, laico, el término remite a algo enigmático, difícil o de imposible lectura e interpretación. Nos vuelven a la mente, inmediatas, las célebres palabras de san Agustín: Quid ergo est tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare velim, nescio (¿Qué es el tiempo? Yo lo sé a condición de que no me pidan definirlo. Pero si intento describir su naturaleza, debo reconocer mi impotencia) (Confesiones X,14).

Desde un punto de vista teológico, en cambio, la referencia al concepto paulino de mysterium, es decir, al designio salvífico de Dios, que es "revelado", "comunicado" y "actualizado" en Jesucristo y en su Iglesia. La referencia es, por tanto, a la historia salutis en sus diversas etapas y en su significado omnicomprensivo y unificante.

Nuestra reflexión--meditación desea plantearse en clave propiamente jubilar, también para poder abrazar el entero contenido expresado en el título de esta Conferencia introductoria a la Convención Internacional de Antropología filosófica y teológica. El Papa mismo, numerosas veces ha relacionado los términos: milenio y Jubileo. Como ejemplo, recuerdo ante todo la encíclica Redemptor hominis: «Este tiempo (...) está ya muy cercano al año dos mil. Es difícil decir en estos momentos lo que ese año indicará en el cuadrante de la historia humana y cómo será para cada uno de los pueblos, naciones, países y continentes. Para la Iglesia (...) será el año de un gran Jubileo. Nos estamos acercando ya a tal fecha» (n.1). En segundo lugar recuerdo la Carta Tertio millennio adveniente, en la cual el Papa escribe: «los dos mil años del nacimiento de Cristo --prescindiendo de la exactitud del cálculo cronológico-- representan un Jubileo extraordinariamente grande no sólo para los cristianos, sino indirectamente para toda la humanidad» (n.15).

Quizás no sea inútil poner de relieve cómo los dos términos que la gente no pocas veces confunde designan dos realidades muy distintas, de significados diferentes. En particular, el evento primario y real son los 2000 años del nacimiento de Jesucristo, mientras que el Jubileo es solamente un instrumento, un medio para la celebración de aquel evento.

En esta distinción encuentro una indicación del recorrido que seguiremos en esta nuestra meditación: vamos del Jubileo al evento del nacimiento de Cristo, el Verbo encarnado redentor, y de éste al tiempo de la Iglesia, o sea a nuestro tiempo, que signa el inicio del nuevo milenio de la Redención.

El 2000: el año de un gran Jubileo

El Jubileo mismo nos introduce, de modo inmediato y vigoroso, en la cuestión del tiempo, como dimensión esencial del hombre como individuo y comunidad, dimensión que toca su vida, su actuar histórico, su destino mismo.

El Jubileo en sus raíces bíblicas

Esto se dice también en relación al Jubileo en sus raíces bíblicas. El Jubileo, en efecto, se sitúa en el contexto histórico de años y de semanas de años, como emerge de los libros del Exodo, del Levítico, del Deuteronomio, y en síntesis de toda la legislación bíblica: «Contarás siete semanas de años, siete veces siete años; de modo que el tiempo de las siete semanas de años vendrá a sumar cuarenta y nueve años. Entonces en el mes séptimo, el diez del mes, harás resonar clamor de trompetas; en el día de la Expiación haréis resonar el cuerno por toda vuestra tierra. Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia (...) En este año jubilar recobraréis cada uno vuestra propiedad. (...) Ninguno de vosotros dañe a su prójimo, antes bien teme a tu Dios; pues yo soy Yahveh vuestro Dios» (Lev 25, 8-10.13.17).

Llamo la atención sobre un elemento de gran importancia, en línea con toda la experiencia de fe de Israel, en especial en el contexto de la Alianza y de su ética, que es respuesta al don de una libertad, según la conocida estructura de "indicativo" y de "imperativo" (yo te he liberado! vive como libre!): es la armonía profunda, más bien la compenetración o osmosis entre la dimensión religiosa-teologal (que se sitúa sobre todo a nivel motivacional) y la dimensión humana-social. Esta última está centrada en la categoría de la "liberación" (de la tierra ocupada, de las deudas y de la esclavitud).

Christus ipse est iubileus!

Esto se dice, en última instancia, en referencia al Jubileo viviente y personal que es Jesucristo, como aparece en el texto clásico del evangelista san Lucas 4,16-20.

En este sábado, en la sinagoga de Nazaret, Jesús se pone de pie y lee el rollo del profeta Isaías (ver Is. 61,1-2). El mensaje profético, que una vez más resuena en la sinagoga del pueblo de Jesús, está centrado en la categoría fundamental de la liberación, en referencia no solamente a la esclavitud material (la de las varias formas de pobreza física), sino también a la esclavitud interior, y por tanto al mal moral y espiritual. Se habla, en efecto, de «vendar las heridas de los corazones destrozados» y de «promulgar el año de misericordia del Señor».

Pero la novedad de la intervención de Jesús se encuentra en la explicación que se da al mensaje profético: comenzó, pues, a decirles: "Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy"» (Lc 4,21). De las palabras de Jesús emergen en este momento dos elementos esenciales, originales, de absoluta novedad. Ante todo el "cumplirse" el Jubileo y su significado de liberación total en la persona y en la acción de Jesús: él es el Mesías anunciado y esperado por el profeta, sobre él se encuentra el Espíritu del Señor, que lo consagra con la unción y lo envía para llevar el feliz anuncio. Y luego el "definitivo cumplimiento" del Jubileo, en el sentido que en la acción de Jesús, o mejor en su misma persona llega a cumplimiento el tiempo de la salvación: el entero tiempo de la salvación se concentra en aquel "hoy", lo llena, lo cualifica. Aquel "hoy" dice no sólo el punto de llegada en un presente, sino también el punto de partida abierto al futuro. En aquel "hoy", por tanto, habitan el pasado, el presente y el futuro.

Para captar el contenido y el sentido de aquel "hoy" la referencia inmediata está, en particular, en dos pasajes que se cuentan entre los más conocidos. El primero es de Marcos: «Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: "El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva"» (Mc 1,14-15). El segundo es del apóstol Pablo: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4).

Precisamente este último texto, en su aparente simplicidad, se revela de lo más sorprendente y nos introduce en la segunda etapa de nuestro camino de meditación: del Jubileo pasamos al misterio de la Encarnación redentora.

El tiempo a la luz del Verbo encarnado redentor

El texto paulino recién citado corresponde, bajo el perfil de su contenido teológico, al texto de Juan en el Prólogo de su evangelio: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

En este versículo encontramos los dos rasgos de la "fisonomía" de Jesucristo: este es el Verbo encarnado. Es el "Verbo", según la terminología joánea ya presente en los primerísimos versículos del Prólogo: «Al principio era el Verbo, y el verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios» (Jn 1,1); es el "Hijo", según el lenguaje de Pablo: «Dios envió a su Hijo...» (Gal 4,4). Y el Verbo «se hizo carne», el Hijo ha «nacido de mujer».

El Verbo eterno entra en el tiempo

Este segundo rasgo dice que el ser en el tiempo y el vivir del tiempo es elemento esencial de Jesucristo. Y ello emerge del continuo testimonio de los Evangelios y de los escritos apostólicos: Jesús nace «en los días del rey Herodes» (Mt 2,1); la predicación de Juan comienza en el año quinceavo del «reino de Tiberio Cesar» (Lc 3,1); Jesús «ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio» (1 Tim 6,13). Y el testimonio es el don total de sí en la cruz; y esto, que es el evento central de la salvación que se verificó «de una vez para siempre» (Rom 6,10; Heb 9,12), es registrado en todas las confesiones de fe cristiana.

Pero los dos pasajes indicados se refieren y se entrecruzan mutuamente a tal punto que, no sólo el Verbo se hace carne en la plenitud del tiempo, sino que, haciéndose carne, realiza la plenitud del tiempo, lleva a cumplimiento la plenitud del tiempo: Jesús mismo es el tiempo cumplido. Leemos en la Carta Tertio millennio adveniente: «En realidad el tiempo se ha cumplido por el hecho mismo de que Dios, con la Encarnación, se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo» (n.9).

El Papa plantea dos interrogantes: «¿Qué "cumplimiento" es mayor que éste? ¿Qué otro "cumplimiento" sería posible?» (n.9).

La primera interrogante: ¿Qué cumplimiento es mayor que éste?, es decir, del hecho que el Hijo de Dios, haciéndose hombre, se inserta en la historia humana y por tanto en el fluir del tiempo? Se debe decir que la relación que en el Verbo encarnado existe entre el tiempo y la eternidad es análoga a la relación que existe entre el espacio y la inmensidad que la liturgia y los Padres de la Iglesia cantan del Verbo que se hace hombre: ¡no puede estar contenido en los cielos, y está contenido en el vientre de una mujer! «¿Cómo cantar tus alabanzas, santa virgen María? Aquel que los cielos que no pueden contener, tú lo has llevado en tu vientre».

En correspondencia a esta primera interrogante emerge el nuevo significado que el tiempo recibe del hecho de que el Verbo se hizo carne: «En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno» (Tertio millennio adveniente, n.10). Y así el hombre de temporal, se hace eterno, según la palabra de san Agustín: el Verbo de Dios propter te factus est temporalis, ut tu fias aeternus (In 1 Jo, tr.2, n.10).

La segunda interrogante: ¿Qué otro cumplimiento sería posible? Sirve a introducir una reflexión entre la relación entre el tiempo y la eternidad a partir del hombre y en referencia a su acontecer histórico. Como la experiencia cotidiana nos demuestra, nosotros encontramos en el hombre la presencia simultánea de dos realidades antitéticas o al menos aparentemente tales: la mortalidad y la aspiración a la inmortalidad. Si el dato de evidencia inmediato es aquel del hombre que surge de la tierra y vuelve a ella (Ver Gen 3,19), es también innegable la aspiración insuprimible del hombre a vivir para siempre: ¡la muerte entra ciertamente en la vida del hombre, pero el hombre desea vivir más allá de la muerte!

Pero si es mortal, ¿cómo puede el hombre pensar a una supervivencia más allá de la muerte? Algunos responden con la teoría de la reencarnación. Es cierto: ésta esconde una verdad, y es que el hombre, en cuanto que posee una naturaleza esencialmente espiritual e inmortal, no intenta resignarse a la irrevocabilidad de la muerte. Pero la revelación cristiana excluye la teoría de la reencarnación porque «habla de un cumplimiento que el hombre está llamado a realizar en el curso de una existencia terrena». En realidad, el hombre "cumple" su destino de hombre «a través de un sincero don de sí», según el célebre texto conciliar: «cuando Cristo nuestro Señor ruega al Padre que todos sean "uno"... como nosotros también somos "uno" (Jn 17,21-22), descubre horizontes superiores a la razón humana, porque insinúa una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza pone de manifiesto cómo el hombre, que es en la tierra la única criatura que Dios ha querido por sí misma, no pueda encontrarse plenamente a sí mismo sino por la sincera entrega de sí mismo» (Gaudium et spes, 24).

Como se ve, nos encontramos ante un texto antropológico fundamental del Concilio y de la entera teología cristiana, texto encuadrado en la perspectiva trinitaria (el hombre es imago Dei, imagen del Dios trino y uno) y en el don redentor de Cristo, el Verbo encarnado, que habilita y compromete al hombre a participar y por tanto a revivir la donación total de Cristo mismo. Como escribe el Papa, el don sincero de sí es «un don que se hace posible solamente en el encuentro con Dios. Por tanto, el hombre halla en Dios la plena realización de sí: esta es la verdad revelada por Cristo. El hombre se autorrealiza en Dios, que ha venido a su encuentro mediante su Hijo eterno» (Tertio millennio adveniente, 9).

La redención como don de sí y como cumplimiento del tiempo

Pero el Verbo encarnado es el Verbo encarnado redentor. El don de sí vivido por el hombre remite como a la raíz de su misma posibilidad al don del Padre que manda al Hijo entregándolo a la muerte, como se nos da a conocer por el sugerente discurso nocturno de Jesús con Nicodemo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). Y al mismo tiempo remite al don de sí en el amor y por el amor de Jesucristo en su muerte, como nos recuerda el evangelista al inicio del relato de la Pasión: «Después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1) y cuando define el contenido de este amor: «Nadie tiene amor más grande que éste: dar la vida por los amigos» (Jn 15,13).

Esta es la hora de la cual habla sobre todo el cuarto evangelio y que corresponde en clave soteriológica a la plenitud del tiempo en relación a la Encarnación: como es sabido, toda la vida de Jesús es una tensión permanente y creciente hacia la hora y desde la hora todo recibe luz y significado.

En este sentido, el cumplimiento del tiempo es el tiempo de Jesús, el Salvador, y por tanto es el tiempo cargado de salvación o tiempo salvífico: tiempo que, si por una parte remite a los gestos salvíficos cumplidos por Jesús (su obra entera, en especial su muerte en la cruz), por otra parte remite a su misma persona de Verbo encarnado redentor.

Y así Jesucristo mismo llevándolo a su cumplimiento "domina" el tiempo enteramente, convirtiéndose en el Señor del tiempo, su principio originario, la fuerza de su extensión en la historia y su realización final. Es lo que aparece con claridad por algunas fórmulas bíblicas de profundo significado: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Ver Heb 13,8); «Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, "Aquel que es, que era y que va a venir", el Todopoderoso» (Ap 1,8). Encontramos una idéntica indicación en la Liturgia, como lugar meditativo y celebrativo de la fe de la Iglesia. En particular el Santo Padre, en la Tertio millennio adveniente, recuerda la liturgia de la Vigilia pascual, cuando el celebrante, mientras bendice el cirio que simboliza a Cristo resucitado proclama: «Cristo ayer y hoy, Principio y Fin, Alfa y Omega. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos». Y comenta: «El significado del rito es claro: evidencia que Cristo es el Señor del tiempo, su principio y su cumplimiento; cada año, cada día y cada momento son abarcados por su Encarnación y Resurrección, para de este modo encontrarse de nuevo en la "plenitud de los tiempos"» (n.10). Verdaderamente, la liturgia de la Iglesia insiste continuamente sobre este dato, en particular concluyendo las oraciones con la fórmula «...tú que vives y reinas por los siglos de los siglos». En la Hora Nona canta así: «Señor, fuerza de los seres, / Dios inmutable, eterno, / tú signas los ritmos del mundo: / los días, los siglos, el tiempo».

Podemos concluir: el Verbo encarnado redentor en su misma persona aún antes que en su obra puede verdaderamente calificarse como el Kairós viviente y personal. Y por otra parte, también el hombre recibe nueva identidad y significado en relación con el tiempo: en su verdad integral (como emerge del proyecto eterno de Dios, como lo canta el autor de la carta a los Efesios) el hombre es ciertamente un ser temporal (vive en el tiempo y del tiempo), pero también e indisolublemente es un ser aferrado, penetrado, transformado por la eternidad, un ser al cual se le imprime una dimensión de eternidad: « por cuanto (Dios) nos ha elegido en Él (Cristo) antes de la fundación del mundo (...) En Él han sido hechos también herederos, elegidos de antemano según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad» (Ef 1,4.11; ver Rom 8,28ss).

El tiempo de la Iglesia y nuestro tiempo

Con Jesús el evento decisivo del tiempo la salvación ligada a la Encarnación y a la Redención se ha realizado. Se ha realizado "de una vez para siempre", de modo definitivo e irrepetible. Pero tal evento no ha dado aún todos sus frutos. Ahora nuestro tiempo actual es precisamente el tiempo en el cual el evento definitivo y único se manifiesta y fructifica.

El tiempo de la Iglesia a la espera de los últimos tiempos

En este sentido estamos a la espera de los últimos tiempos, que han sido solamente inaugurados, pero que a partir de la Resurrección de Jesús se han dilatado, abriendo un espacio para su fructificación. Ya en sus parábolas, Jesús deja entrever el camino del Reino hacia una plenitud futura: lo cual supone un cierto lapso de tiempo (ver. la parábola de la cizaña: «Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega» Mt 13,30). Y después de la Resurrección la misión que Jesús confía a los apóstoles supone la misma prolongación de la escatología: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo"» (Mt 28,19-20). Y además: «Los que estaban reunidos le preguntaron: "Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?" El les contestó: "A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra"» (Hch 1,6ss). En fin, la escena de la Ascensión distingue claramente el momento en el cual Jesús toma su lugar "a la diestra de Dios" de aquel en el cual regresará glorioso para consumar la realización de las promesas proféticas: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11).

Entre los dos momentos se encuentra este tiempo intermedio: es el tiempo de la Iglesia, el tiempo del Espíritu prometido y donado por Jesús (ver Jn 16,5-11; Rom 8,15ss), el tiempo en el cual el evangelio es anunciado y comunicado a los hombres, Judíos y paganos, a fin de que todos puedan beneficiarse de la salvación, es el tiempo de la misión evangelizadora. León Doufour escribe: «Situación verdaderamente paradójica. Por una parte, este tiempo pertenece al orden definitivo de las cosas anunciadas por las Escrituras: para nosotros, que hemos entrado en él mediante el bautismo, el «fin de los tiempos» ha llegado (1 Cor 10,11). Pero por otra parte coexiste con el «siglo presente» (Tit 2,12), que debe pasar, así como pasará la figura de este mundo (ver 1Cor 7,29ss). La conversión al evangelio de Jesucristo representa para todos como un cambio de época: es un paso del "mundo presente" al "mundo futuro", del tiempo antiguo que corre hacia la ruina al tiempo nuevo que camina hacia su plena manifestación... Es el "hoy" de Dios, durante el cual todo hombre es invitado a la conversión y en el cual es necesario estar atentos a la voz divina (Heb 3,7; 4,11)» (Diccionario de Teología Bíblica).

Como se ve, el paso es de Jesucristo a la Iglesia, o, si se prefiere, es todavía Jesucristo en cuanto que en su Espíritu está presente y operante en la Iglesia, su Cuerpo y su Esposa; o es la Iglesia en cuanto sacramentum Christi, memoria Christi, imago Christi, es decir, realidad que significa y representa, anuncia y realiza el Christus heri, hodie et in saecula, y por tanto la plenitud de los tiempos (de este modo, el hodie Christi es el hodie Ecclesiae).

Es la Iglesia en su vida más específicamente sacramental (sobre todo con el Bautismo que constituye Iglesia y con la Eucaristía como fons et culmen de la Iglesia en su vida y misión), donde el sacramento se configura como signum rememorativum, demonstrativum et prognosticum, según la formulación tomista, cantada en términos populares pero extraordinariamente ricos de contenido teológico en el O Sacrum Convivium: "Recolitur memoria Passionis eius, mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur".

Es en esta perspectiva que se puede comprender la misión de la Iglesia en su contenido fundamental, en su perspectiva temporal de espera de la Parusía y en sus implicaciones éticopastorales. En particular nos restringimos a dos consideraciones muy breves: una sobre la misión evangelizadora de la Iglesia, la otra sobre la ética cristiana como ética de la vigilancia.

La misión evangelizadora de la Iglesia

Adquiere aquí singular interés la última parte de la Carta Tertio millennio adveniente, donde en referencia a la palabra evangélica de la levadura (Mt 13,33) el Papa escribe: «Cristo, como levadura divina, penetra siempre más profundamente en el presente de la vida de la humanidad difundiendo la obra de la salvación realizada en el Misterio pascual. El envuelve además en su dominio salvífico todo el pasado del género humano, comenzando desde el primer Adán. A El pertenece el futuro: "Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8). La Iglesia por su parte "sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, que vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido" (Gaudium et spes, 3)» (n.56).

Y después de una mirada histórica al camino de la misión evangélica de la Iglesia de la región del Mediterráneo al entero continente europeo, de Asia a América y a África he aquí que el compromiso misionero hoy, según la más reciente, precisa y estimulante presentación hecha por Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris missio y sintéticamente vuelta a proponer en la carta Tertio millennio adveniente: «La Iglesia también en el futuro seguirá siendo misionera: el carácter misionero forma parte de su naturaleza. Con la caída de los grandes sistemas anticristianos del continente europeo, del nazismo primero y después del comunismo, se impone la urgente tarea de ofrecer nuevamente a los hombres y mujeres de Europa el mensaje liberador del Evangelio. Además, como afirma la Encíclica Redemptoris missio, se repite en el mundo la situación del Areópago de Atenas, donde habló san Pablo. Hoy son muchos los "areópagos", y bastante diversos: son los grandes campos de la civilización contemporánea y de la cultura, de la política y de la economía. Cuanto más se aleja Occidente de sus raíces cristianas, más se convierte en terreno de misión, en la forma de variados "areópagos"» (n.57).

El tiempo de la Iglesia como sacramentum Christi, donde el sacramento es encuentro entre Dios y el hombre, pone en evidencia la relación entre la salvación donada al hombre y a la comunidad, y la salvación acogida y vivida por el hombre y la comunidad. Es la estructura dialógica del sacramento, como donum (gracia ofrecida) y mandatum (responsabilidad asumida, es decir, libertad humana interpelada que debe decidirse en términos de entrega o rechazo).

Así, la plenitudo temporis, que es Cristo mismo, es el don del Padre y de Cristo al hombre. Y, a su vez, el hombre únicamente en su libertad puede responder al don y por tanto puede hacer que la plenitudo temporis de hecho "objetivo" se convierta en hecho "subjetivo", poseído personalmente, experiencia de vida, y por tanto posibilidad y realidad de una "vida nueva", como participación en la vida eterna de Dios.

Esta elección libre es dada por la fe, es la fe misma: «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). La fe es el "sí" razonable y libre al don: «"El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva"» (Mc 1,15).

El tiempo de la Iglesia, y por tanto de su misión evangelizadora a la luz del don y del compromiso, hace a la Iglesia serena y segura por fuerza de la fe en la presencia de Jesucristo y de su Espíritu. El Señor no falta a su promesa: la promesa de su presencia: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Es una presencia victoriosa: «En el mundo tendréis tribulación, pero ánimo; ¡yo he vencido al mundo!» (Jn 16, 33). Es una presencia salvadora y liberadora del mal en sus diversas formas y en sus múltiples direcciones. La razón es que Jesucristo es el Señor del tiempo en cuanto que hace siempre presente y operante el kairós, o tiempo de la salvación; o mejor, Jesucristo mismo es el eschatos, porque con su Resurrección es el cumplimiento del tiempo final, y por tanto no sólo el signo o la primicia de la vida victoriosa sobre la muerte, sino que es esta misma vida victoriosa presente y operante en la historia como prenda y anticipación de la fructificación plena de la salvación.

Es este el mensaje constante del Apocalipsis, como libro de la consolación y de la esperanza para una Iglesia en medio a las persecuciones. En Cristo Señor, el nuevo cielo y la nueva tierra no se sitúan en la perspectiva de la espera, sino más bien en la de la presencia: «Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Ap 21,4).

La ética cristiana como ética de la vigilancia

La Iglesia, viviendo todavía en la historia, se encuentra involucrada en las realidades penúltimas con la misión éticopastoral de custodiarlas y de vivirlas en su identidad de realidades "penúltimas" y por tanto de ordenarlas hacia las realidades "últimas": sin ninguna absolutización, sino más bien en el pleno respeto de la relativización.

Se encuentra nuevamente aquí el criterio fundamental del discernimiento cristiano evangélico, como compromiso moral central e ineludible de quien vive en la espera del Señor, tanto de parte de los cristianos particulares como de parte de las Iglesias, más bien, de la Iglesia como tal.

Conclusión: Cristo es siempre el mismo: ayer, hoy y por los siglos

Al inicio de un nuevo milenio, con una Iglesia conmovida por una conciencia más lúcida y vigorosa de su misión esencial de evangelización o de "nueva evangelización", y junto a una humanidad que enfrenta una serie de desafíos de algún modo inéditos no tanto en el contenido cuanto en su ardor y en su modalidad de expresión como son los desafíos de las relaciones interpersonales (empezando por la relación fundante entre hombre y mujer), de la economía al servicio de todo el hombre y de todos los hombres, de la política como servicio al bien común, de la comunicación social en sus nuevas formas, de la bioética, etc., se revela de gran actualidad e incisividad, a la distancia de 35 años, un texto de la Constitución Gaudium et spes.

Deseamos volverlo a oír, como síntesis viva y núcleo central de cuanto en modo ciertamente incompleto y frecuentemente sólo con alusiones veloces hemos venido diciendo en esta nuestra meditación religiosa: «Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da siempre al hombre, por medio de su Espíritu, la luz y fuerza necesarias para responder a su vocación suprema; y que no ha sido dado, bajo el cielo, otro nombre a la humanidad, en el que pueda salvarse. Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro. Afirma, además, la Iglesia que bajo todas las cosas mudables hay muchas cosas permanentes que tienen su último fundamento en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y para siempre. Iluminado, pues, por Cristo, Imagen del Dios invisible, Primogénito entre todas las criaturas, el Concilio se propone dirigirse a todos para aclararles el misterio del hombre, a la vez que cooperar para que se halle solución a las principales cuestiones de nuestro tiempo» (n.10).

Roma, 6-7 de setiembre de 2000

+ Dionigi card. Tettamanzi
Arzobispo de Genova

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