Jorge Medina Estévez, Obispo de ValparaÃso
ValparaÃso, 24 de Junio de 1994, en la fiesta de San Juan Bautista, el Profeta pobre y veraz.
El tema de la corrupción ha tomado en la actualidad especial relieve, sobre todo a raÃz de la comprobación, en paÃses extranjeros, de vastas "redes" de negociados en los que han sido piezas claves personas investidas de autoridad o colocadas en cargos públicos, las que se han valido de su poder e influencias para favorecer intereses no limpios y ganancias ilegÃtimas. Los hechos que ha reseñado la prensa han sucedido en paÃses en que abunda el dinero, pero no es seguro que en naciones más pobres no exista el flagelo de la corrupción.
La corrupción se ampara en el silencio, en manipulaciones "reservadas" que procuran no dejar rastro. Cuando hace uso de la violencia y de amenazas hasta de muerte, se le atribuye el nombre de "mafias" o "carteles". Una vez que alguien ha cedido a las insinuaciones de la corrupción, adquiere "tejado de vidrio" y se ve en la necesidad de guardar silencio y de aceptar, mal que le pese, un status de complicidad: quien se ha dejado corromper vivirá condicionado por el temor de que su situación sea conocida y de perder su fama.
La corrupción radica ante todo en las personas, pero se convierte en sistema, es decir en un "tejido" o "madeja" en que se crean vastas interdependencias de las que es difÃcil prescindir, incluso para aquellos que no son corruptos y detestan la corrupción. En todo acto de corrupción hay alguien que corrompe y otro que se deja corromper, pero influye también un ambiente corrompido que no estigmatiza la corrupción y que incluso la acepta, cuando no la fomenta.
El ministro Fouché, de triste memoria, afirmaba que "todo hombre tiene su precio; lo que hace falta saber es cuál". Ese juicio generalizado corresponde a la época de fines del siglo XVIII y principios del XIX en Europa, y debe referirse a los medios conocidos por su autor. No hay que creer que la corrupción es un flagelo de los tiempos modernos: la Biblia narra como los filisteos corrompieron con dinero a Dalila, la concubina de Sansón, a fin de que lo traicionara y les hiciera saber la explicación de su fuerza portentosa (Jue 16, 4-21; siglo XI o XII antes de Cristo). En la Roma antigua uno de sus próceres mandó que a su muerte, sus cenizas fueran llevadas fuera de la ciudad, e hizo colocar como epitafio una frase desafiante: "Ciudad venal: ¡no poseerás mis cenizas!". En el tristemente célebre proceso de Savonarola, hay también un indicio de corrupción de uno de sus jueces. Problema, pues, de ayer y de hoy.
Esta palabra castellana es de origen latino, y en esa lengua significa "destruÃr", "arruinar", "enturbiar", "echar a perder", "seducir", "sobornar", "falsificar", "viciar", "depravar". Es pues, considerable la amplitud de acepciones con que los clásicos latinos emplearon esta palabra, según los contextos en que la usaron. Tanto en latÃn como en castellano, del verbo corromper derivan otras palabras como "corrompido", "corruptor", "corruptela", "corruptible", "corrupto", etc.
En el Diccionario de la Real Academia de la lengua castellana se leen las siguientes acepciones: "Corromper: alterar y trastrocar la forma de alguna cosa. Echar a perder, depravar, dañar, podrir, sobornar o cohechar al juez o a cualquier persona, con dádivas o de otra manera. Pervertir o seducir a una mujer. Estragar, viciar, pervertir. Oler mal. "Corrupto: dañado, perverso, torcido". "Corruptela: mala costumbre o abuso, especialmente los introducidos contra la ley". "Corruptor: que corrompe". Como se ve, el horizonte de las acepciones castellanas de la palabra corromper es también muy amplio. En todo caso se trata generalmente de una situación moralmente vituperable, negativa e indeseable. En especial se puede subrayar el significado de "podrir", que equivale a lo contrario a la vida, lo putrefacto. Es precisamente lo que sucede a una sociedad en que la corrupción se generaliza.
Como se ve, el concepto, de "corrupción" es muy amplio. Se habla en forma general de la "corrupción de las costumbres" y esa calificación abarca muchas formas de actuación que destruyen la integridad moral del hombre.
Aquà se restringirá esta reflexión a las formas de corrupción que tienen su origen en dádivas ofrecidas y aceptadas de modo incorrecto, con vistas a obtener decisiones favorables a los intereses de quien corrompe. Esas dádivas no siempre son dinero, aunque muchas veces sà lo son.
Nadie pone en duda que el dinero es una necesidad en el mundo actual. Si se lo suprimiera serÃa inimaginable la sociedad moderna. Sabemos también que el dinero no es "intrÃnsecamente perverso" y que es posible hacer de él un uso moral, conforme a los designios de Dios, si se lo maneja como quien administra algo que El ha puesto en nuestras manos y de cuyo empleo habrá que darle cuentas.
Sin embargo, y a causa de la impronta que el pecado ha dejado en el corazón humano, es fácil que los hombres empleen mal el dinero y le atribuyan una importancia que no tiene. San Pablo nos previene que "la codicia es una idolatrÃa" (Col 3, 5), con lo que nos está advirtiendo que el dinero puede llegar a adquirir los contornos de una "divinidad" a la que todo se pospone y a la que se está dispuesto a sacrificarlo todo. Sobran ejemplos para demostrar que esto es, por desgracia, una triste realidad. La enseñanza del Apóstol es el eco fiel de la de Jesús: "Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero" (Mt 6, 24; Lc 16, 13). Poco antes el texto de San Lucas habla del ."dinero injusto" (v. 9), en el sentido de que el dinero puede ser ocasión de cometer injusticias. Estas palabras de Jesús explican por qué nos advierte que "nos guardemos de toda codicia" (Lc 12, 15), es decir de todo apego inmoderado a los bienes de este mundo. Hacia el fin de su vida, San Pablo escribe un texto aleccionador: "... nosotros no hemos traÃdo nada al mundo, y nada podemos llevarnos de él. Mientras tengamos comida y con qué vestirnos, estemos contentos. Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raÃz de todos los males es el afán del dinero, y algunos, por dejarse llevar de él se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores" (1 Tm 6, 7-10).
En forma positiva Jesús proclamó bienaventurados a los pobres en el espÃritu y a los limpios de corazón (Mt, 5, 3.8), bienaventuranzas que constituyen la oposición radical a la avaricia y al endiosamiento de los bienes materiales. En la parábola del sembrador, al explicar por qué la Palabra de Dios queda en algunos sin dar fruto, dice que a veces cae entre "abrojos y espinas", y que eso representa a los que la oyen, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin dar fruto (Mt 13, 6.22).
El caso más conocido y clamoroso es sin duda el de Judas Iscariote. El Evangelio de San Juan dice que "no le preocupaban los pobres, sino que era ladrón, y como tenÃa la bolsa (de la comunidad de los discÃpulos de Jesús), se llevaba lo que echaban en ella" (Jn 12, 6). Era pues, un corrompido y asà se explica que fuera donde los sumos sacerdotes judÃos y les dijera: "¿qué queréis darme, y yo os lo entregaré? Ellos le asignaron treinta monedas de plata". (Mt 26, 14 ss; ver Mc 14, 10s y Lc 22, 3-6). El corazón de Judas estaba corrompido, pues fue él quien pidió recompensa por su traición, y los sumos sacerdotes judÃos también pertenecÃan a la ralea de los corruptores, pues aceptaron el trato y se comprometieron a pagar por la traición. En este caso se ve con claridad como un acto concreto de corrupción requiere la convivencia entre el que se deja corromper y el corruptor.
En una segunda oportunidad los sacerdotes judÃos actuaron como corruptores: "algunos de la guardia fueron a la ciudad a contar a los sumos sacerdotes todo lo que habÃa pasado (la resurrección de Jesús), éstos, reunidos con los ancianos, celebraron consejo y dieron una buena suma de dinero a los soldados, advirtiéndoles: decid: 'sus discÃpulos vinieron de noche y robaron (el cuerpo de Jesús) mientras nosotros dormÃamos'. Ellos tomaron el dinero y procedieron según las instrucciones recibidas" (Mt 28, 11-15). Los sumos sacerdotes ya habÃan visto que el dinero podÃa inducir a un discÃpulo a la traición, y ahora, naturalmente, empleaban el mismo recurso para que los soldados que custodiaban el sepulcro de Cristo mintieran de modo que su resurrección apareciera como un fraude.
Cuando los Apóstoles Pedro y Juan fueron a SamarÃa para consolidar la acción misionera de Felipe, impusieron las manos a los que ya habÃan sido bautizados a fin de que recibieran el EspÃritu Santo, lo que ocurrió con manifestación ostensible de la gracia de Dios. HabÃa en SamarÃa un mago llamado Simón, el que también creyó y se hizo bautizar. Cuando Simón vió "que mediante la imposición de las manos de los Apóstoles se daba el EspÃritu, les ofreció dinero, diciendo: 'dadme a mà también este poder para que reciba el EspÃritu Santo también aquel a quien yo imponga las manos'. Pedro le contestó: 'Vaya tu dinero a la perdición y tú con el, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero. En este asunto no tienes tu parte ni herencia, pues tu corazón no es recto delante de Dios. Arrepiéntete, pues, de esa tu maldad y ruega al Señor, a ver si se te perdona ese pensamiento de tu corazón, pues veo que tú estás en hiel de amargura y en ataduras de iniquidad" (Hech 8, 19-23).
El episodio de Simón marcó profundamente la memoria de la Iglesia, y desde entonces se calificó con el nombre de "simonÃa" el pecado de intentar adquirir por un precio material los dones espirituales que Cristo confió a su Iglesia. La historia enseña que hubo épocas en que este pecado no fue infrecuente, y por eso se lo castigó con severidad, sobre todo cuando se pretendió "comprar" las ordenaciones de Obispos, presbÃteros o diáconos.
Aparece en la vida de San Pablo un episodio en el que hay un indicio de corrupción. Pablo estaba prisionero en poder del procurador romano Félix, en Cesarea, en la costa palestina del Mediterráneo. Félix conocÃa el cristianismo y sabÃa que Pablo era inocente de las acusaciones que contra él presentaban los judÃos. Como era un burócrata ávido de ascensos, postergó la decisión, pero "esperaba Félix al mismo tiempo que Pablo le diese dinero; por eso frecuentemente le mandaba a buscar y conversaba con él" (Hech 24, 26). Como Pablo no le dió dinero, Félix, deseoso además de congraciarse con los judÃos, al ser trasladado a otro cargo, dejó a Pablo en prisión. Asà pues, Pablo no adquirió mediante dinero la libertad, a la que tenÃa derecho. Y Félix negó un derecho porque no le dieron dinero para que lo reconociera. Pablo no quiso aplicar el falso principio de que "el fin justifica los medios" y no aceptó colaborar con la corrupción, aunque apareciera como "un mal menor". Félix, que era un corrupto, antepuso el dinero a la justicia.
En los cuatro casos de corrupción que se han reseñado hay elementos comunes. En dos de ellos hay rechazo de la corrupción, y ese rechazo viene de los Apóstoles. En los dos otros casos son los sacerdotes judÃos quienes intentan corromper y lo logran. En el caso de Simón es éste, ya bautizado, quien asume el papel de corruptor: ¿qué grado de sinceridad habÃa en su adhesión a la fe? Judas acepta la corrupción porque era ladrón. Los soldados custodios del sepulcro de Jesús aceptaron la corrupción porque probablemente no tenÃan muchos principios morales y, además, porque los sacerdotes judÃos les garantizaron la impunidad: en verdad es más fácil dejarse corromper cuando se tiene la seguridad de contar con protecciones poderosas.
Hay un relato evangélico que pertenece también al tema de la corrupción, y es el que refiere cómo Jesús fue tentado por Satanás. La tercera tentación se presenta asÃ: "... lo lleva el diablo (a Jesús), a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: 'todo esto te daré si postrándote me adoras'. Le dice entonces Jesús: 'apártate, Satanás, porque está escrito' al Señor tu Dios adorarás y sólo a él darás culto'" (Mt 4, 8-10; Lc 4, 5-8).
El episodio de la tentación de Jesús puede ser interpretado en clave de corrupción. el Maligno ofrece a Jesús bienes de este mundo y gloria a cambio de obtener de él nada menos que adoración. Sabe Satanás que los bienes de este mundo no le pertenecen, pues su dueño es solamente Dios, y sabe también que la gloria es algo que pertenece en propiedad a Dios, y sin embargo ofrece esos bienes, que no le pertenecen, a Jesús; el camino es el de siempre: la mentira. Y trata de obtener algo que no le pertenece: la adoración. Se presenta como un Ãdolo ansioso de gloria. Interpretada esta tentación como un loco intento de corrupción, es posible considerar que toda tentación, en la medida que en ella se percibe algún bien (aunque sea engañoso), contiene la malicia de la corrupción. Y de una corrupción con engaño y falsÃa. ¿Será excepcional hoy dÃa la tentación de corrupción? ¿O será, por el contrario, más frecuente de lo que imaginamos?
Las formas que toma la corrupción son muy variadas. He aquà algunos ejemplos más corrientes:
En una palabra, vender lo que no se puede vender, comprar lo que no es una mercancÃa, "venderse" o "comprar".
Una forma sutil de corrupción puede darse cuando se hacen donativos importantes, aparentemente gratuÃtos y desinteresados, pero que tienen la finalidad de captar la benevolencia de quien es o puede llegar a ser poderoso, o prevenir su posible mala voluntad. Se trata de una especie de "seguro" contra previsibles acciones perjudiciales para el que hace el "obsequio". Lo mismo podrÃa decirse de "distinciones" u "homenajes" cuya concesión no tiene como fundamento los méritos del agraciado, sino el deseo de halagarlo y captar su benevolencia o influencias. Si los "obsequios" o "contribuciones" son exigidos, la corrupción toma caracterÃsticas de extorsión.
Es real el caso de un empresario que realizaba obras por cuenta ajena, que en una oportunidad se presentó a una propuesta, cumpliendo con todos los requisitos establecidos. Abiertas las propuestas, lo llamó un alto ejecutivo para sugerirle que alzara el precio en un cierto porcentaje y que de esa alza le diera a él la mitad, con lo que le garantizaba que le serÃa concedido el contrato. El empresario no aceptó y no volvió a intentar la realización de trabajos en la referida institución. Lo trataron de corromper, pero no se dejó corromper. Probablemente dejó de obtener importantes ganancias, pero hay algo más importante que el dinero: la honradez.
En los medios en que hay mucha corrupción se aducen excusas que terminan por ser aceptadas como justificaciones del sistema: "todos lo hacen", "es parte del precio", "si no pago la 'comisión' me quedo sin trabajo", "los negocios son los negocios", "si yo rechazo el trabajo, lo tomará otro que lo hará mucho peor, con daño para el paÃs (si se tratara de una institución pública)", "si no entramos los que somos honrados, tal o cual área de nogocios quedará en manos de una mafia de corruptos". ¡Qué complejo es hacer el juicio concreto en un caso determinado! ¡Y qué enorme responsabilidad la que pesa sobre quienes tienen la posibilidad de poner atajo a la corrupción! Los ejemplos que ofrecen las sociedades organizadas del crimen y los "carteles" todopoderosos del narcotráfico, son las espeluznantes consecuencias de haber permitido que la corrupción proliferara, cerrando los ojos a las evidencias, y aduciendo fácilmente, cada vez que aparece un caso, que "se trata de una situación aislada", o que "el caso está bajo control", sin adoptar las medidas drásticas y tajantes que son las que resguardan realmente el bien común.
El tema de la corrupción es pluridimensional. Influyen en ella factores personales y sociales, problemas derivados de la falta de formación moral y de muy bajos ingresos. No es sólo un problema circunscrito a la realidad de un paÃs, sino que tiende a ser "transnacional". Poner atajo a la corrupción supone acciones concertadas y convergentes, algunas de las cuales se enumeran a continuación:
Lo primero, la formación moral sólida, fundada en principios firmes y no sólo en "conveniencias". Formación ajena al relativismo que si se acepta en un campo moral, no hay cómo impedir que se propague a otros. Nada puede suplir el factor de reciedumbre moral para contrarrestar la corrupción. Si el corazón está corrompido, pocas esperanzas hay de poner atajo externo y eficaz a que se produzcan frutos de corrupción. Si no hay limpieza de corazón, algo se podrá obtener por la vÃa de la coacción, pero los logros serán siempre frágiles y se aguzará la creatividad para burlar las normas.
Lo segundo es el ejemplo de quienes detentan el poder o las influencias. Si exhiben una conducta sobria, ajena a los halagos; si demuestran un espÃritu de servicio y una actitud transparente en el manejo de los recursos de que disponen; si desalientan el consumismo desenfrenado, y lo hacen con su propio ejemplo, todo ello redundará en ayudar a que se afiancen los valores que hacen imposible la corrupción.
Lo tercero es una formación clara y firme en cuanto al significado, el valor, y los peligros del dinero. Quien hace del dinero o del consumo un verdadero "dios" está a un paso de caer en la trampa de la corrupción. Al contrario, quien es austero, sobrio en sus gastos, vigilante para no dejarse cautivar por la propaganda que promete la felicidad a base de bienes materiales, comodidad y placer, esa persona está bien defendida ante las tentaciones de corrupción.
Lo cuarto es la transparencia en el manejo de los recursos de la sociedad, a todos sus niveles. Las aguas corrompidas no son transparentes.
Lo quinto es la sanción justa de quien o quienes son sorprendidos en actos de corrupción, tanto de los corruptores como de los que se dejan corromper, cualquiera sea el nivel de su cargo o autoridad. Pocas cosas son más desalentadoras que la impunidad de los corruptos, impunidad que es ella misma una forma sutil de corrupción. La autoridad pública no puede ser un mero espectador de la corrupción, ni hacerse cómplice encubriendo casos comprobados de venalidad.
En la Iglesia Católica suele recitarse, antes de comenzar las reuniones de los cuerpos colegiados que tienen poder de decisión, una antigua oración compuesta por el célebre Obispo de Sevilla y doctor de la Iglesia, San Isidoro (560-636), que dice asÃ:
"¡EspÃritu Santo y Señor!, aquà estamos, impedidos por la gravedad del pecado, pero especialmente congregados en tu nombre...
Ya que amas la perfecta justicia, no permitas que nosotros la perturbemos.
Que la ignorancia no nos desvÃe de lo que es recto,
ni nos incline la simpatÃa,
ni nos corrompan las dádivas,
o la acepción de personas."
¡Qué importante es orar para que el EspÃritu Santo nos preserve de la corrupción y de la injusticia que siempre entraña!.
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