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Obispos de Camaguey, Carta de los Obispos, Sacerdotes y Diáconos a todos los Camagüeyanos después de la visita de S.S. Juan Pablo II
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Carta de los Obispos, Sacerdotes y Diáconos a todos los Camagüeyanos después de la visita de S.S. Juan Pablo II

Queridos camagüeyanos:

El Papa nos ha visitado, y el día que estuvo entre nosotros fue un día de fiesta, una fiesta que, sin pretenderlo, se nos ha quedado en el corazón. Dios nos ha visitado en Juan Pablo II, y por eso podemos repetir -aquello que, dice la Biblia: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos (Salmo 126, 3).

Porque Dios nos ha hablado a todos a través del Papa, y nos ha dicho con él que su misericordia se ha volcado sobre nuestro pasado, en el cual no siempre hemos sido fieles, no podemos olvidar que «hay que amar a Dios sobre todas las cosas» (Deuteronomio 6, 5). Pero Dios, que es amor, no viene a pedimos cuentas, viene a decirnos lo que tantas veces repitió Cristo a los de su pueblo: «levántate y anda, porque tus pecados están perdonados» (Juan 5, 8). Un perdón gratuito, que no merecemos, pero que necesitamos.

Por eso hoy, después de haber escuchado a Juan Pablo II, vivimos el deseo de ser mejores y la necesidad de sentirnos más hermanos, de ser más solidarios, de aceptar liberarnos de nuestro pecado, de nuestro egoísmo, porque el pecado es oscuridad y opresión del alma, y el Papa ha venido a recordamos las palabras que Dios dijo una vez y que nos repite ahora a nosotros: «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, habitaban tierras de sombras y una luz les brilló» (lsaías 9, 2). Luz que es Cristo, el Señor de la historia, la fuente de toda esperanza.

Lo que hemos vivido se nos ha grabado en la memoria, y no lo vamos a olvidar, y en los momentos de incertidumbre en nuestras vidas, podremos siempre volver a escuchar, desde nuestra mente y nuestro corazón, las palabras de Juan Pablo II: «No tengan miedo de abrir sus corazones a Cristo». Y esto nos ayudará -ya nos está ayudando- a levantar la mirada, a decidir en nuestras dudas, a no dejamos vencer por la tristeza. Porque, con la visita del Papa, Dios ha demostrado que nunca se alejó de nuestro pueblo.

Por eso hoy queremos dar gracias, a Dios en primer lugar, que con su Espíritu fecunda y hace progresar todo esfuerzo humano. Gracias también a todos los que participaron en la Misa, donde se vivió de modo espontáneo la devoción profunda y el ambiente de fiesta, la alegría que contagia y el recogimiento personal, el canto y el silencio. Participación que en muchísimos casos ya había sido preparada de antemano por todos aquellos que acudieron a confesarse, a recibir el perdón de sus faltas, o simplemente, a pedir al sacerdote su bendición. «A la plaza hay que ir limpio», se oía decir, y era verdad. Porque, no se podía ir a oír hablar de amor con odio en el corazón, no podía recibirse al mensajero de la paz estando en guerra, acoger una palabra de reconciliación desde el resentimiento o desde el deseo de venganza, un mensaje de esperanza desde la oscuridad del alma. ¿Quién enseñó esto a nuestro pueblo? No lo sabemos, pero nos confirma que Dios nunca ha dejado de vivir, entre nosotros, y que los cubanos somos un pueblo religioso. Un pueblo que, al final de la Misa, parecía no tener intenciones de abandonar la plaza.

Queremos agradecer en particular a aquellos que de un modo especial prepararon con esfuerzo. las horas vividas en la plaza. Los misioneros que, robándole tiempo al descanso, fueron de casa en casa a invitar, a compartir su fe y, muchas veces, algo más que su fe; misioneros entre los que no podemos dejar de mencionar a los niños. Los obreros, que trabajaron sin descanso bajo un sol agotador, sin quejas, sin horario, y sin posibilidad de recompensa justa, porque cómo puede recompensarse la entrega y la pasión que hacen de un ejercicio manual una alabanza del espíritu. Gracias a los que diseñaron el lugar de la Misa, en un juego admirable de sobriedad y elegancia, de dignidad y simplicidad. Gracias a los que prestaron su servicio en la celebración junto al Santo Padre, a los que tuvieron a su cargo la transportación, el orden, los servicios médicos, el audio, las transmisiones televisivas, el adorno floral, la alimentación; personas que sacrificaron en muchos casos su disfrute de la celebración para que otros la pudieran disfrutar. Gracias al coro y a sus asesores que no escatimaron horas, que fueron muchas, ni esfuerzos, que fueron incontables.

Gracias a tantos laicos comprometidos que días antes de la llegada del Santo Padrese volcaron en la preparación de banderas y en ultimar detalles.

Gracias también a las autoridades, tanto de la provincia como de los municipios, sin cuya ayuda no hubiera sido posible el encuentro del Papa con tantas personas. La búsqueda común de soluciones, en un ambiente de mutua colaboración, ha sido parte de la bendición que Dios ha traído, ya que el trabajo en común dio rostros a los nombres y encontró los corazones, rostros y corazones creados y amados por un mismo Dios.

No podemos tampoco olvidar el interés y la solidaridad de la Iglesia que vive la fe en otros países, algunos muy ajenos a nuestra cultura e historia. Su generosidad hizo posible la satisfacción de infinidad de necesidades, y sus gestos de fraternidad confirmaron una vez más que la fe hace de los hombres una gran familia.

Y no podemos dejar de agradecer la presencia de la Virgen peregrina, que acompañó a . nuestro pueblo en la preparación de la visita del Santo Padre, llegando como misionera a cada templo e incluso a tantos lugares sin templo; llevando a todas partes el atributo de su nombre- la caridad, el amor, el cariño. Virgen bajo cuya protección Juan Pablo II ha querido ponerse. «Totus tuus», es su lema, que significa «Todo tuyo». Un Papa todo de María.

Un Papa que ya estaba en Camagüey antes de llegar, pues estaba en la espera y en el deseo de los camagüeyanos, y un Papa que -se ha quedado en Camagüey, no sólo en nuestro canto sino en nuestro corazón. Alguien a quien sentimos ahora más cubano que polaco, que al partir ha dejado un sentimiento de cierta nostalgia, ya que sin saber cómo, empezarnos muy pronto a quererlo. Un hombre anciano, doblado por los años, un hombre con un cuerpo doliente, que camina con dificultad y se agota con el calor, pero que es capaz de convocar multitudes porque viene en el nombre del Señor, en nombre de Cristo, y porque sabe poner el amor por encima del dolor. ¡Cuánto - dijo muchas veces el Papa - cuánto he deseado venir a verlos! Y ese hombre desvalido no vino a quejarse sino a confirmarnos en la fe, a darnos ánimo, a unir a los hijos de esta tierra, a hacer que nos sintiéramos hermanos; vino, en definitiva, a reconciliamos. A reconciliamos con Dios, a reconciliamos con nosotros mismos, a reconciliamos entre nosotros. Vino como mensajero de la verdad, a decirnos lo que tanta necesidad teníamos de, oír. Vino como mensajero de la esperanza, a decirnos que es posible construir, en Cristo, una sociedad en la que reinen el amor y la solidaridad.

¡Cuántas cosas nos ha dicho el Papa! Ha hablado de la verdad y de sus exigencias, de esfuerzo y compromiso, le ha pedido a Cuba: «cuida a tus familias para que conserves sano tu corazón»; y a los jóvenes que «sean fuertes por dentro, grandes de alma, ricos en los mejores sentimientos, valientes en la verdad, audaces en la libertad, constantes en la responsabilidad, generosos en el amor, invencibles en la esperanza»; hablando de la patria dijo que «la historia enseña que sin fe desaparece la virtud, los valores morales se oscurecen, no resplandece la verdad, la vida pierde su sentido trascendente y aun el servicio a la nación puede dejar de ser alentado por las motivaciones más profundas», y citaba a Antonio Maceo: «Quién no ama a Dios, no ama a la Patria». Y casi al final de su visita nos exhortaba: «Por eso quiero repetir mi llamado a dejarse iluminar por Jesucristo, a aceptar sin reservas el esplendor de su verdad, para que todos puedan emprender el camino de la unidad por medio del amor y la solidaridad, evitando la exclusión, el aislamiento y el enfrentamiento, que son contrarios a la voluntad del Dios-Amor».

Nos toca ahora a nosotros abrir la mente y el corazón, nos toca volver a su mensaje, para escuchar lo que hemos oído, meditar lo que hayamos escuchado y vivir lo que hayamos meditado, para hacer realidad lo que el mismo Papa nos dijo pocos minutos después de llegar a nuestra patria: «Vengo a compartir con ustedes mi convicción profunda de que el mensaje del Evangelio conduce al amor, a la entrega, al sacrificio y al perdón, de modo que si un pueblo recorre este camino es un pueblo con esperanza de un futuro mejor».

Que la bendición que Dios nos ha dado a través de Juan Pablo II crezca dentro de cada uno de nosotros y fecunde esta tierra de Cuba, que es la tierra buena del Evangelio.

Obispos, sacerdotes y diáconos de Camagüey

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