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S.S. Juan Pablo II, Plegaria a la Virgen
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Plegaria de S.S. Juan Pablo II a la Virgen

Einsiedeln, 15 de junio de 1984.

¡Dios te Salve, María, amada Señora Nuestra de Einsiedeln!

Te saludamos con el saludo que te dirigió un día Isabel: “Bendita tú eres entre las mujeres y bendito es el fruto e tu vientre… Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se ha dicho de parte del Señor” (Lc 1, 42).

Te saludamos, hija amantísima del Padre celestial, Madre del Hijo de Dios, templo del Espíritu Santo. Tú has encontrado gracia ante Dios. El Espíritu Santo vino sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrió con su sombra (cf. Lc 1, 30. 35). Tú eres la “mujer” que “dió a luz al Hijo” (Gal 4, 4) a quien Dios constituyó “Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8, 29), a los que Tú acompañas con tu amor materno.

Te saludamos, noble hija de Sión. Tú has realizado la peregrinación de la fe” (Lumen Gentium, 58) hasta llegar al pie de la cruz de tu Hijo. Así se conformó todo a la voluntad de Dios, que Tú habías aceptado de todo corazón. Como Madre compasiva sufriste con tu Hijo cuando Él se entregó de una vez para siempre al Padre por nosotros” (cf. Heb 7, 27).

Te saludamos, Madre de nuestro Señor Jesucristo. Cuando Jesús —elevado sobre la cruz— te vio, te dijo refiriéndose a Juan: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26). Persevarando unánimente en la oración junto con los Apóstoles, con las mujeres y con los hermanos, imploraste para la Iglesia el don del Espíritu Santo. Dicho Espíritu dio a los Apóstoles y a todos los mensajeros de la fe la fuerza para cumplir la misión que el Señor les había confiado: “Id pues y haced discípulos míos de todos los pueblos” (Mt 28, 19).

¡Bienaventurada Virgen María, esclava humilde del Señor! Con tu obediencia fiel y con tu fidelidad a Cristo, con tu actitud constante y tu amor maternal eres Tú el “prototipo de la Iglesia” (Lumen gentium, 63), a la que Dios ha salvado y colmado de gracia mediante tu Hijo. Al mismo tiempo eres miembro escogido de esa Iglesia y permaneciste en medio de los Apóstoles que, en el día de la venida del Espíritu y mediante su predicación, llevaron a la conversión y al bautismo a hombres “de todos los pueblos de bajo el cielo” (Act 2, 5) que fueron inseridos en la comunidad de los creyentes (cf. Act 2, 4. 14. 38. 41).

Puesto que se me ha confiado la misión de presidir como Obispo de la Iglesia de Roma, fundada por los Apóstoles Pedro y Pablo y llamado a desempeñar el “primado de amor” (cf, Ignacio de Antioquía, Rom. 1), te enconmiendo hoy, Madre del Señor, este país de Suiza donde , con mi visita pastoral, intento realizar el ministerio de Pedro en favor de la unidad de la Iglesia, que me ha sido encomendado. Me uno así a la multitud de peregrinos que te veneran y se acogen a tu protección en este santuario y en otros lugares de gracia. A todos ellos los encomiendo a tu cuidado maternal y a tu protección, al igual que te encomiendo la Iglesia entera y todos los hombres.

¡Madre de Dios y Madre de los hombres, “encomiéndanos a tu Hijo, preséntanos a tu Hijo”! El es nuestro mediador y abogado ante el Padre. Te rogamos, Madre de nuestro Salvador, intercedas por nosotros ante tu Hijo en la gloria del cielo:

- para que la Iglesia en este país se fortalezca en la fidelidad a Cristo (Todos: Te rogamos, óyenos).

- para que todos acepten generosamente la misión que se les ha encomendado en la Iglesia, en la familia o en el mundo…

- para que se renueve entre los cristianos la unidad del Espíritu…

- para que todos los que sufren en el cuerpo y en el espíritu encuentren ayuda y consuelo…

- para que todos los pueblos y hombres puedan vivir en libertad y en paz.

- para que vengan a nosotros el reino de Dios y su justicia…

María, Madre de la Iglesia, amada Señora Nuestra de Einsiedeln, ruega por nosotros. Amén.

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