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S.S. Juan Pablo II, Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Jubileo de los Militares y Policías
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Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Jubileo de los Militares y Policías

19 de noviembre de 2000

1. "Entonces ver√°n al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad" (Mc 13, 26).

En este pen√ļltimo domingo del tiempo ordinario, la liturgia nos habla de la segunda venida de Cristo. El Se√Īor vendr√° sobre las nubes revestido de majestad y poder. Es el mismo Hijo del hombre, misericordioso y compasivo, que los disc√≠pulos conocieron durante su itinerario terreno. Cuando llegue el momento de su manifestaci√≥n gloriosa, vendr√° a consumar definitivamente la historia humana.

A través del simbolismo de fenómenos cósmicos, el evangelista san Marcos recuerda que Dios pronunciará, en el Hijo, su juicio sobre la historia de los hombres, poniendo fin a un universo corrompido por la mentira y desgarrado por la violencia y la injusticia.

2. Amad√≠simos militares y miembros de las fuerzas de polic√≠a, muchachos y muchachas, ¬Ņqui√©n mejor que vosotros puede dar testimonio sobre la violencia y las fuerzas disgregadoras del mal presentes en el mundo? Vosotros luch√°is a diario contra ellas. En efecto, est√°is llamados a defender a los d√©biles, proteger a los honrados y favorecer la convivencia pac√≠fica de los pueblos. Cada uno de vosotros tiene la misi√≥n de centinela, que mira a lo lejos para evitar el peligro y promover por doquier la justicia y la paz.

Os saludo a todos con gran afecto, amadísimos hermanos y hermanas, que habéis venido a Roma desde todos los rincones de la tierra para celebrar vuestro jubileo especial. Sois los representantes de ejércitos que se han enfrentado a lo largo de la historia. Hoy os dais cita ante la tumba del apóstol san Pedro para celebrar a Cristo, "nuestra paz, que de dos pueblos hizo uno solo, derribando el muro que los separaba: el odio" (Ef 2, 14). A él, presente misteriosa y realmente en el Eucaristía, habéis venido a ofrecerle vuestros propósitos y vuestro compromiso diario de constructores de paz.

A cada uno de vosotros expreso mi profundo aprecio por su entrega y su generoso compromiso.

Dirijo, con fraterna estima, mi saludo ante todo a monse√Īor Jos√© Manuel Estepa Llaurens, que ha interpretado vuestros sentimientos comunes. Mi saludo se extiende a los amad√≠simos arzobispos y obispos ordinarios militares, con quienes me congratulo por la entrega con que cumplen su misi√≥n pastoral entre vosotros. Saludo, asimismo, a los capellanes militares, que comparten generosamente los ideales y el esfuerzo de vuestra ardua actividad diaria. Tambi√©n saludo cordialmente a los oficiales de las Fuerzas armadas, a los jefes de las Fuerzas de polic√≠a y a los responsables de los diversos organismos de seguridad, as√≠ como a las autoridades civiles, que han querido compartir la alegr√≠a y la gracia de esta solemne celebraci√≥n jubilar.

3. Vuestra experiencia diaria os lleva a afrontar situaciones dif√≠ciles y, a veces, dram√°ticas, que ponen en peligro las seguridades humanas. Pero el Evangelio nos consuela, present√°ndonos la figura victoriosa de Cristo, juez de la historia. √Čl, con su presencia, ilumina la oscuridad e incluso la desesperaci√≥n del hombre, y da a quien conf√≠a en √©l la certeza consoladora de su asistencia constante.

En el Evangelio que acabamos de proclamar hemos escuchado una significativa referencia a la higuera que, con los primeros brotes de sus ramas, anuncia que la primavera est√° cerca. Con estas palabras, Jes√ļs anima a los Ap√≥stoles a no rendirse frente a las dificultades y las incertidumbres del tiempo presente. M√°s bien, los exhorta a saber esperar y a prepararse para acogerlo cuando vuelva. Tambi√©n a vosotros, queridos hermanos y hermanas, hoy la liturgia os invita a escrutar los "signos de los tiempos", como dec√≠a mi venerado predecesor el Papa Juan XXIII, recientemente proclamado beato.

Por más complejas y problemáticas que sean las situaciones, no perdáis la confianza. En el corazón del hombre jamás debe morir el germen de la esperanza. Más bien, estad siempre atentos a descubrir y fomentar todo signo positivo de renovación personal y social. Estad dispuestos a favorecer con todos los medios la valiente construcción de la justicia y de la paz.

4. La paz es un derecho fundamental de todo hombre, que es preciso promover continuamente, teniendo en cuenta que "en la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza, y les amenazar√° hasta la venida de Cristo, el peligro de la guerra" (Gaudium et spes, 78). A veces esta tarea, como ha demostrado tambi√©n la experiencia reciente, requiere iniciativas concretas para desarmar al agresor. Quiero referirme aqu√≠ a la as√≠ llamada "injerencia humanitaria", que, despu√©s del fracaso de los esfuerzos de la pol√≠tica y de los medios de defensa no violentos, representa el √ļltimo recurso para detener la mano del agresor injusto.

Queridos hermanos, gracias por vuestra valiente labor de pacificaci√≥n en pa√≠ses devastados por guerras absurdas; gracias por la ayuda que prest√°is, sin preocuparos por los riesgos que ello implica, a poblaciones afectadas por calamidades naturales. ¬°Cu√°n numerosas son las misiones humanitarias que hab√©is llevado a cabo durante estos √ļltimos a√Īos! Al cumplir vuestro dif√≠cil deber, os expon√©is a menudo a peligros y grandes sacrificios. En todas vuestras intervenciones mostrad siempre vuestra verdadera vocaci√≥n de "servidores de la seguridad y de la libertad de los pueblos", que "contribuyen realmente al establecimiento de la paz", seg√ļn la feliz expresi√≥n del concilio Vaticano II (Gaudium et spes, 79).

Sed hombres y mujeres de paz. Y, para poder serlo plenamente, acoged en vuestro coraz√≥n a Cristo, autor y garante de la paz verdadera. √Čl os dar√° la fortaleza evang√©lica con la que se puede vencer las atractivas tentaciones de la violencia. Os ayudar√° a poner la fuerza al servicio de los grandes valores de la vida, la justicia, el perd√≥n y la libertad.

5. Quisiera aqu√≠ rendir homenaje a tantos amigos vuestros que han pagado con su vida la fidelidad a su misi√≥n. Olvid√°ndose de s√≠ mismos, desafiando el peligro, han prestado a la comunidad un servicio inestimable. Y hoy, durante la celebraci√≥n eucar√≠stica, los encomendamos al Se√Īor con gratitud y admiraci√≥n.

Pero ¬Ņde d√≥nde han sacado la fuerza necesaria para cumplir a fondo su misi√≥n, sino de su adhesi√≥n total a los ideales profesados? Muchos de ellos cre√≠an en Cristo, y su palabra ilumin√≥ su existencia y dio valor ejemplar a su sacrificio. Tomaron el Evangelio como su c√≥digo de conducta. Que os aliente el ejemplo de esos compa√Īeros vuestros que, cumpliendo fielmente su deber, alcanzaron la cumbre del hero√≠smo y, a veces, de la santidad.

Como ellos, tambi√©n vosotros contemplad a Cristo, que os llama "a la plenitud de la vida cristiana y a la perfecci√≥n de la caridad". Os llama a ser santos. Y, para realizar vuestra vocaci√≥n, seg√ļn la conocida expresi√≥n del ap√≥stol san Pablo, "tomad las armas de Dios. (...) Estad firmes, abrochaos el cintur√≥n de la verdad, por coraza poneos la justicia; bien calzados para estar dispuestos a anunciar la noticia de la paz. (...) Tened embrazado el escudo de la fe. (...) Tomad por casco la salvaci√≥n y por espada la del Esp√≠ritu, toda palabra de Dios" (Ef 6, 13-17). Sobre todo, "orad constantemente" (Ef 6, 18).

Mar√≠a, la Virgo Fidelis, os sostenga y ayude en vuestra ardua actividad. Que vuestro coraz√≥n no se turbe jam√°s; al contrario, que est√© siempre pronto, vigilante y arraigado firmemente en la promesa de Jes√ļs, que en el evangelio de hoy nos ha asegurado su ayuda y su protecci√≥n: "El cielo y la tierra pasar√°n, pero mis palabras no pasar√°n" (Mc 13, 31).

Invocando a Cristo, seguid cumpliendo con generosidad vuestro deber. Innumerables personas os contemplan y confían en vosotros, con la esperanza de poder disfrutar de una vida marcada por la serenidad, el orden y la paz.

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