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S.S. Juan Pablo II, Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Jubileo de los Presbíteros
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Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Jubileo de los Presbíteros

18 de mayo del 2000

1. "Ecce Sacerdos magnus, qui in diebus suis placuit Deo".

El gran Sacerdote, m√°s bien el sumo Sacerdote, es Jesucristo. Como afirma la carta a los Hebreos, √©l con su propia sangre penetr√≥ una vez para siempre en el santuario, consigui√©ndonos una redenci√≥n eterna (cf. Hb 9, 12). Cristo, sacerdote y v√≠ctima, "es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13, 8). Nos reunimos esta ma√Īana para reflexionar en su sacerdocio nosotros que, como presb√≠teros, hemos sido llamados a participar en √©l de modo espec√≠fico.

¬°El sacerdocio ministerial! De √©l nos habla la liturgia de este d√≠a, haci√©ndonos volver espiritualmente al Cen√°culo, a la √ļltima Cena, cuando Cristo lav√≥ los pies a los Ap√≥stoles. El evangelista san Juan narra la escena. Pero tambi√©n san Lucas, en el pasaje que acabamos de proclamar, nos ofrece la justa interpretaci√≥n de ese gesto simb√≥lico de Cristo, que dice de s√≠ mismo: "Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve" (Lc 22, 27). El Maestro deja a sus amigos el mandamiento de amarse como √©l los ha amado, poni√©ndose los unos al servicio de los otros (cf. Jn 13, 14): "Os he dado ejemplo, para que tambi√©n vosotros hag√°is como yo he hecho con vosotros" (Jn 13, 15).

2. ¡El sacerdocio ministerial! A él nos remite sobre todo la Eucaristía, en la que Cristo instituyó el nuevo rito de la Pascua cristiana, introduciendo, al mismo tiempo, el ministerio sacerdotal en la Iglesia.

Durante la √ļltima Cena, Cristo tom√≥ el pan en sus manos, lo parti√≥ y lo dio a los Ap√≥stoles, diciendo: "Esto es mi Cuerpo, que ser√° entregado por vosotros" (Rito de la misa; cf. Lc 22, 19). Del mismo modo, tom√≥ el c√°liz lleno de vino y lo dio a los Ap√≥stoles, diciendo: "Este es el c√°liz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que ser√° derramada por vosotros y por todos los hombres para el perd√≥n de los pecados. Haced esto en conmemoraci√≥n m√≠a" (ib.).

Cada vez que repet√≠s este rito, explica el ap√≥stol san Pablo, "anunci√°is la muerte del Se√Īor, hasta que venga" (1 Co 11, 26).

Amad√≠simos sacerdotes, de este modo Cristo ha puesto en nuestras manos, bajo las especies del pan y del vino, el memorial vivo del sacrificio que √©l ofreci√≥ al Padre en la cruz. Lo ha confiado a su Iglesia para que lo celebre hasta el fin del mundo. Sabemos que por medio de nosotros, por medio de los ministros ordenados, √©l mismo act√ļa en la Iglesia, a lo largo de los siglos, como sumo y eterno Sacerdote de la nueva Alianza.

"Haced esto en conmemoraci√≥n m√≠a": cada vez que lo hag√°is, anunciar√©is mi muerte hasta mi √ļltima venida.

3. ¬°El sacerdocio ministerial! Todos nosotros participamos en √©l, y hoy queremos elevar a Dios una acci√≥n de gracias com√ļn por este extraordinario don. Don para todos los tiempos y para los hombres de todas las razas y culturas. Don que se renueva en la Iglesia gracias a la inmutable misericordia divina y a la respuesta generosa y fiel de gran n√ļmero de hombres fr√°giles. Don que no deja de maravillar a quien lo recibe.

Despu√©s de m√°s de cincuenta a√Īos de vida sacerdotal, siento una profunda necesidad de alabar y dar gracias a Dios por su inmensa bondad. Mi pensamiento vuelve, en este momento, al Cen√°culo de Jerusal√©n, donde, durante mi reciente peregrinaci√≥n a Tierra Santa, pude celebrar la santa misa. En ese lugar naci√≥ mi sacerdocio, y el vuestro, de la mente y del coraz√≥n de Cristo. Por eso precisamente, desde aquella "sala del piso superior" quise dirigir la Carta a los sacerdotes con ocasi√≥n del Jueves santo, que hoy os vuelvo a proponer idealmente.

En el Cen√°culo, la v√≠spera de su pasi√≥n, Jes√ļs quiso hacernos part√≠cipes de la vocaci√≥n y misi√≥n que el Padre celestial le hab√≠a confiado, es decir, introducir a los hombres en su misterio universal de salvaci√≥n.

4. Os abrazo con gran afecto, queridos sacerdotes de todo el mundo. Es un abrazo que no tiene confines y se extiende a los presbíteros de toda Iglesia particular, llegando especialmente a vosotros, queridos sacerdotes enfermos, solos o probados por diversas dificultades.

Pienso también en los sacerdotes que, por diferentes circunstancias, ya no ejercen el sagrado ministerio, aun llevando en sí la especial configuración a Cristo ínsita en el carácter indeleble del orden sagrado. Oro mucho también por ellos, e invito a todos a recordarlos en la oración, para que, también gracias a la dispensa obtenida regularmente, mantengan vivo el compromiso de la coherencia cristiana y de la comunión eclesial.

5. Queridos presbíteros de todos los países y de todas las culturas, esta es una jornada dedicada completamente a nuestro sacerdocio, al sacerdocio ministerial.

Con gran afecto saludo y doy las gracias al cardenal Dar√≠o Castrill√≥n Hoyos, prefecto de la Congregaci√≥n para el clero, que, al comienzo de la celebraci√≥n, me ha dirigido, tambi√©n en vuestro nombre, unas cordiales palabras de felicitaci√≥n en este d√≠a para m√≠ muy significativo. Saludo a los se√Īores cardenales, a los arzobispos y a los obispos presentes. Os saludo a todos vosotros, queridos hermanos en el sacerdocio, que hab√©is querido estar hoy aqu√≠ conmigo; algunos hab√©is venido incluso de lejos, a costa de grandes sacrificios. Os estrecho a todos contra mi coraz√≥n.

Hemos sido consagrados en la Iglesia para este ministerio específico. Estamos llamados a contribuir, de varios modos, donde la Providencia nos pone, en la formación de la comunidad del pueblo de Dios. El apóstol san Pablo nos ha recordado que nuestra tarea consiste en apacentar la grey de Dios que se nos ha confiado, no por la fuerza, sino voluntariamente, no tiranizando, sino dando un testimonio ejemplar (cf. 1 P 5, 2-3); un testimonio que puede llegar, si fuera necesario, al derramamiento de la sangre, como ha sucedido con muchos de nuestros hermanos durante el siglo que acaba de terminar.

Este es para nosotros el camino de la santidad, que lleva al encuentro definitivo con el "pastor supremo", en cuyas manos está "la corona de gloria" (1 P 5, 4). Esta es nuestra misión al servicio del pueblo cristiano. Que nos ayude María, Madre de nuestro sacerdocio, y nos ayuden los numerosos santos presbíteros que nos han precedido en esta misión sublime y llena de responsabilidad.

Tambi√©n t√ļ, querido pueblo cristiano, que hoy te re√ļnes en torno a nosotros en la fe y en la alegr√≠a, ora por nosotros. Eres pueblo real, linaje sacerdotal, asamblea santa. Eres el pueblo de Dios que, en todos los rincones de la tierra, participa en el sacerdocio de Cristo. Acepta el don que hoy renovamos al servicio de tu singular dignidad. T√ļ, pueblo sacerdotal, da gracias con nosotros a Dios por nuestro ministerio y canta con nosotros a tu Se√Īor y nuestro: ¬°gloria a ti, oh Cristo, por el don del sacerdocio! Haz que la Iglesia del nuevo milenio cuente con la obra generosa de numerosos y santos sacerdotes. Am√©n.

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