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S.S. Juan Pablo II, Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Miércoles de Ceniza
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Homilía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Miércoles de Ceniza

8 de marzo de 2000

1. "Oh Dios, crea en mí un corazón puro,

renuévame por dentro con espíritu firme.

No me arrojes lejos de tu rostro,

no me quites tu santo espíritu" (Sal 50, 12-13).

Así reza hoy, miércoles de Ceniza, el salmista, el rey David: rey grande y poderoso en Israel, pero a la vez frágil y pecador. La Iglesia, al inicio de estos cuarenta días de preparación para la Pascua, pone sus palabras en labios de todos los que participan en la austera liturgia del miércoles de Ceniza.

"Oh Dios, crea en m√≠ un coraz√≥n puro, (...) no me quites tu santo esp√≠ritu". Esta invocaci√≥n resonar√° en nuestro coraz√≥n cuando, dentro de poco, nos acerquemos al altar del Se√Īor para recibir, conforme a una antiqu√≠sima tradici√≥n, la ceniza sobre nuestra cabeza. Se trata de un gesto de gran significado espiritual, un signo importante de conversi√≥n y renovaci√≥n interior. Es un rito lit√ļrgico sencillo, si se considera en s√≠ mismo, pero muy profundo por el contenido penitencial que entra√Īa: con √©l la Iglesia recuerda al creyente y pecador su fragilidad frente al mal y, sobre todo, su total dependencia de la majestad infinita de Dios.

La liturgia prevé que el celebrante, al imponer la ceniza sobre la cabeza de los fieles, pronuncie las palabras: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás" o "Convertíos y creed el Evangelio".

2. "Acuérdate de que... al polvo volverás".

La existencia terrena desde el inicio está insertada en la perspectiva de la muerte. Nuestros cuerpos son mortales, es decir, están marcados por la ineludible perspectiva de la muerte. Vivimos teniendo ante nosotros esa meta: cada día que pasa nos acerca a ella con una progresión inevitable. Y la muerte encierra en sí algo de aniquilación. Con la muerte parece que todo acaba para nosotros. Y he aquí que, precisamente ante esa triste perspectiva, el hombre, consciente de su pecado, eleva un grito de esperanza hacia el cielo: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu".

También hoy el creyente, que se siente amenazado por el mal y por la muerte, invoca así a Dios, consciente de que le está reservado un destino de vida eterna. Sabe que no es solamente un cuerpo condenado a la muerte a causa del pecado, sino que tiene también un alma inmortal. Por eso, se dirige a Dios Padre, que tiene el poder de crear de la nada; a Dios Hijo unigénito, que se hizo hombre por nuestra salvación, murió por nosotros y ahora, ya resucitado, vive en la gloria; y a Dios Espíritu inmortal, que llama a la existencia y devuelve la vida.

"Oh Dios, crea en m√≠ un coraz√≥n puro, renu√©vame por dentro con esp√≠ritu firme". La Iglesia entera hace suya esta oraci√≥n del salmista. Son palabras prof√©ticas, que penetran en nuestro esp√≠ritu durante este d√≠a singular, el primero del itinerario cuaresmal que nos llevar√° a celebrar la Pascua del gran jubileo del a√Īo 2000.

3. "Convert√≠os y creed el Evangelio". Esta invitaci√≥n, que encontramos al inicio de la predicaci√≥n de Jes√ļs, nos introduce en el tiempo cuaresmal, tiempo que se ha de dedicar especialmente a la conversi√≥n y a la renovaci√≥n, a la oraci√≥n, al ayuno y a las obras de caridad. Recordando la experiencia del pueblo elegido, nos disponemos a recorrer nuevamente el mismo camino que Israel sigui√≥ a trav√©s del desierto hacia la tierra prometida. Llegaremos tambi√©n nosotros a la meta; despu√©s de estas semanas de penitencia, experimentaremos la alegr√≠a de la Pascua. Nuestros ojos, purificados por la oraci√≥n y la penitencia, podr√°n contemplar con mayor claridad el rostro del Dios vivo, hacia el cual el hombre orienta su peregrinaci√≥n por los senderos de la existencia terrena.

"No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu". Este hombre, que no ha sido creado para la muerte sino para la vida, ora precisamente así. Consciente de sus debilidades, camina sostenido por la certeza del destino divino.

Quiera Dios todopoderoso escuchar las invocaciones de la Iglesia, que, en esta liturgia del mi√©rcoles de Ceniza, se dirige a √©l con mayor confianza. El Se√Īor misericordioso nos conceda a todos abrir nuestro coraz√≥n al don de su gracia, para que podamos participar con nueva madurez en el misterio pascual de Cristo, nuestro √ļnico Redentor.

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