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S.S. Juan Pablo II, Homlía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Jubileo de la Vida Consagrada
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Homlía de S.S. Juan Pablo II en la celebración del Jubileo de la Vida Consagrada

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. "Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba en él. (...) Había también una profetisa, Ana" (Lc 2, 25. 36).

Estas dos personas, Sime√≥n y Ana, acompa√Īan la presentaci√≥n de Jes√ļs en el templo de Jerusal√©n. El evangelista subraya que cada uno de ellos, a su modo, se anticipa al acontecimiento. En ambos se manifiesta la espera de la venida del Mes√≠as. Ambos expresan de alg√ļn modo el misterio del templo de Jerusal√©n. Por eso, ambos se hallan presentes en el templo, de una forma que se podr√≠a definir providencial, cuando Mar√≠a y Jos√© llevan a Jes√ļs, cuarenta d√≠as despu√©s de su nacimiento, para presentarlo al Se√Īor.

Sime√≥n y Ana representan la espera de todo Israel. Se les concede la gracia de encontrarse con Aquel a quien los profetas hab√≠an anunciado desde hac√≠a siglos. Los dos ancianos, iluminados por el Esp√≠ritu Santo, reconocen al Mes√≠as esperado en el ni√Īo que Mar√≠a y Jos√©, para cumplir lo que prescrib√≠a la ley del Se√Īor, llevaron al templo.

Las palabras de Sime√≥n tienen un acento prof√©tico: el anciano mira al pasado y anuncia el futuro. Dice: "Ahora, Se√Īor, seg√ļn tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel" (Lc 2, 29-32). Sime√≥n expresa el cumplimiento de la espera, que constitu√≠a la raz√≥n de su vida. Lo mismo sucede con la profetisa Ana, que se llena de gozo a la vista del Ni√Īo y habla de √©l "a todos los que esperaban la redenci√≥n de Jerusal√©n" (Lc 2, 38).

2. Cada a√Īo con ocasi√≥n de esta fiesta lit√ļrgica se re√ļnen junto a la tumba de san Pedro numerosas personas consagradas. Hoy constituyen una multitud, porque se hallan congregadas personas consagradas procedentes de todo el mundo. Amad√≠simos hermanos y hermanas, celebr√°is hoy vuestro jubileo, el jubileo de la vida consagrada. Os acojo con el abrazo evang√©lico de la paz.

Saludo a los superiores y superioras de las diversas congregaciones e institutos, y os saludo a todos vosotros, amados hermanos y hermanas, que habéis querido vivir la experiencia jubilar cruzando el umbral de la Puerta santa de la patriarcal basílica vaticana. En vosotros mi pensamiento se dirige a todos vuestros hermanos y hermanas esparcidos por el mundo: también a ellos los saludo con afecto.

Reunidos junto a la tumba del Pr√≠ncipe de los Ap√≥stoles durante este A√Īo jubilar, quer√©is expresar con particular relieve el v√≠nculo profundo que une la vida consagrada al Sucesor de Pedro. Est√°is aqu√≠ para depositar sobre el altar del Se√Īor las esperanzas y los problemas de vuestros respectivos institutos. Con el esp√≠ritu del jubileo, dais gracias a Dios por el bien realizado y, al mismo tiempo, ped√≠s perd√≥n por las posibles faltas que han marcado la vida de vuestras familias religiosas. Os pregunt√°is, al inicio de un nuevo milenio, cu√°les son las formas m√°s eficaces de contribuir, respetando el carisma originario, a la nueva evangelizaci√≥n, llegando a las numerosas personas que a√ļn desconocen a Cristo. Desde esta perspectiva, se eleva ferviente vuestra invocaci√≥n al Due√Īo de la mies, para que suscite en el coraz√≥n de muchos j√≥venes, chicos y chicas, el deseo de entregarse totalmente a la causa de Cristo y del Evangelio.

Me uno con gusto a vuestra oraci√≥n. He peregrinado por todo el mundo; por eso, he podido darme cuenta del valor de vuestra presencia prof√©tica para todo el pueblo cristiano. Los hombres y las mujeres de esta generaci√≥n tienen gran necesidad de encontrarse con el Se√Īor y de acoger su liberador mensaje de salvaci√≥n. Y, de buen grado, quiero rendir homenaje, tambi√©n en esta circunstancia, al ejemplo de entrega evang√©lica generosa de innumerables hermanos y hermanas vuestros, que a menudo trabajan en situaciones muy dif√≠ciles. Se entregan sin reservas, en nombre de Cristo, al servicio de los pobres, de los marginados y de los √ļltimos.

No pocos de ellos han pagado, incluso en estos √ļltimos a√Īos, con el testimonio supremo de la sangre su opci√≥n de fidelidad a Cristo y al hombre, sin ceder a componendas. Brind√©mosles el tributo de nuestra admiraci√≥n y de nuestra gratitud.

3. La presentaci√≥n de Jes√ļs en el templo ilumina de forma particular vuestra opci√≥n, queridos hermanos y hermanas. ¬ŅNo viv√≠s tambi√©n vosotros el misterio de la espera de la venida de Cristo, manifestada y casi personificada por Sime√≥n y Ana? Vuestros votos, ¬Ņno expresan, con especial intensidad, esa espera del encuentro con el Mes√≠as que los dos ancianos israelitas llevaban en su coraz√≥n? Ellos, figuras del Antiguo Testamento situadas en el umbral del Nuevo, manifiestan una actitud interior que no ha prescrito. Vosotros la hab√©is hecho vuestra, al estar proyectados hacia la espera de la vuelta del Esposo.

El testimonio escatológico pertenece a la esencia de vuestra vocación. Los votos de pobreza, obediencia y castidad por el reino de Dios constituyen un mensaje que comunicáis al mundo sobre el destino definitivo del hombre. Es un mensaje valioso: "Quien espera vigilante el cumplimiento de las promesas de Cristo es capaz de infundir también esperanza entre sus hermanos y hermanas, con frecuencia desconfiados y pesimistas respecto al futuro" (Vita consecrata, 27).

4. "El Espíritu Santo estaba en él" (Lc 2, 25). Lo que dice el evangelista de Simeón se puede aplicar perfectamente también a vosotros, a quienes el Espíritu lleva hacia una experiencia especial de Cristo. Con la fuerza renovadora de su amor, quiere transformaros en testigos eficaces de conversión, penitencia y vida nueva.

Tener el coraz√≥n, los afectos, los intereses y los sentimientos polarizados en Jes√ļs constituye el aspecto m√°s grande del don que el Esp√≠ritu realiza en vosotros. Os conforma a √©l, casto, pobre y obediente. Y los consejos evang√©licos, lejos de ser una renuncia que empobrece, representan una opci√≥n que libera a la persona para que desarrolle con m√°s plenitud todas sus potencialidades.

El evangelista dice de la profetisa Ana que "no se apartaba nunca del templo" (Lc 2, 37). La primera vocaci√≥n de quien opta por seguir a Jes√ļs con coraz√≥n indiviso consiste en "estar con √©l" (Mc 3, 14), vivir en comuni√≥n con √©l, escuchando su palabra en la alabanza constante de Dios (cf. Lc 2, 38). En este momento, pienso en la oraci√≥n, especialmente la lit√ļrgica, que se eleva desde tantos monasterios y comunidades de vida consagrada esparcidos por toda la tierra. Queridos hermanos y hermanas, haced que resuene en la Iglesia vuestra alabanza con humildad y constancia; as√≠, el canto de vuestra vida tendr√° un eco profundo en el coraz√≥n del mundo.

5. La gozosa experiencia del encuentro con Jes√ļs, el j√ļbilo y la alabanza que brotan del coraz√≥n no pueden quedar escondidos. El servicio que prestan al Evangelio los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apost√≥lica, con la variedad de formas que el Esp√≠ritu Santo ha suscitado en la Iglesia, nace siempre de una experiencia de amor y de un encuentro vivo con Cristo. Nace de compartir su esfuerzo y su incesante ofrenda al Padre.

Vosotros, los consagrados y consagradas, invitados a dejarlo todo por seguir a Cristo, renunci√°is a definir vuestra existencia a partir de la familia, la profesi√≥n o los intereses terrenos, y eleg√≠s al Se√Īor como √ļnico criterio de identificaci√≥n. As√≠ adquir√≠s una nueva identidad familiar. Para vosotros valen de modo particular las palabras del Maestro divino: "Este es mi hermano, mi hermana y mi madre" (cf. Mc 3, 35). Como sab√©is bien, la invitaci√≥n a la renuncia no es para quedaros "sin familia", sino para convertiros en los primeros y cualificados miembros de la "nueva familia", testimonio y profec√≠a para todos los que Dios quiere llamar e introducir en su casa.

6. Amados hermanos y hermanas, en todo momento de vuestra vida os acompa√Īe, como ejemplo y apoyo, la Virgen Mar√≠a. Sime√≥n le revel√≥ el misterio de su Hijo y de la espada que "traspasar√≠a su alma" (cf. Lc 2, 35). A ella le encomiendo hoy a todos los presentes aqu√≠ y a todas las personas de vida consagrada que celebran su jubileo:

Virgen María, Madre de Cristo
y de la Iglesia,
dirige tu mirada
a los hombres y mujeres
que tu Hijo ha llamado
a seguirlo
en la total consagración
a su amor:
que se dejen guiar siempre
por el Espíritu;
que sean incansables
en su entrega
y en su servicio al Se√Īor,
para que sean testigos fieles
de la alegría
que brota del Evangelio
y heraldos de la Verdad
que guía al hombre
a los manantiales
de la Vida inmortal.
Amén.

Saludos a los peregrinos

(En francés)

Saludo a las personas consagradas presentes en esta jornada jubilar. Dirijo mi saludo cordial también a los peregrinos de lengua francesa. Que todos den gracias por el don de la vida consagrada. Os bendigo a todos.

(En inglés)

Saludo cordialmente a los consagrados y consagradas, as√≠ como a los peregrinos y visitantes de pa√≠ses de lengua inglesa. Invoco las bendiciones y la gracia de Dios todopoderoso sobre vosotros, para que crezc√°is en amistad con Dios, el √ļnico que puede satisfacer las m√°s profundas aspiraciones del coraz√≥n humano.

(En alem√°n)

Saludo cordialmente a los consagrados y consagradas de países de lengua alemana, que habéis venido a Roma para celebrar el jubileo y renovar vuestros votos. Que este encuentro sea para vuestra vida fuente de alegría interior y entusiasmo, de acuerdo con los consejos evangélicos.

(En espa√Īol)

Saludo cordialmente a las personas consagradas, as√≠ como a los peregrinos de lengua espa√Īola que han participado en esta celebraci√≥n. Que con la gracia del jubileo anunci√©is a Cristo, mediante el testimonio de vida y el ardor apost√≥lico.

(En polaco)

Saludo cordialmente a todas las órdenes, congregaciones, sociedades de vida apostólica e institutos, cuyos miembros han querido estar presentes en Roma para el jubileo de la vida consagrada. Doy gracias a Dios juntamente con todos vosotros por el don de la vocación a la vida consagrada, que da abundantes frutos de santidad y celo apostólico en nuestra patria, al igual que en todas las partes del mundo. Saludo también a todos los peregrinos que se encuentran en la ciudad eterna.

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