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S.S. Juan Pablo II, Homilía durante el rezo de las segundas vísperas de Navidad
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Homilía de S.S. Juan Pablo II durante el rezo de las segundas vísperas de Navidad

Apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Juan de Letrán

25 de diciembre de 1999

1. "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida (...) os lo anunciamos" (1 Jn 1, 1-3).

Amad√≠simos hermanos y hermanas, en este d√≠a solemne, en el que recordamos el nacimiento del Se√Īor Jesucristo, sentimos la verdad, la fuerza y la alegr√≠a de estas palabras del ap√≥stol san Juan.

S√≠, por la fe, nuestras manos han tocado a la Palabra de vida; han tocado a Aquel que, como hemos rezado en el c√°ntico, es la imagen del Dios invisible, primog√©nito de toda la creaci√≥n. Por medio de √©l y con vistas a √©l fueron creadas todas las cosas (cf. Col 1, 15-16). Este es el misterio de la Navidad, que percibimos con profunda emoci√≥n, sobre todo hoy, comienzo del gran jubileo del a√Īo 2000. Dios ha entrado en la historia humana y ha venido a recorrer los caminos de esta tierra, para dar a todos la capacidad de llegar a ser hijos de Dios.

De todo corazón deseo que este misterio de santidad y esperanza inunde con su continuo resplandor el alma de toda la comunidad diocesana de Roma, reunida espiritualmente en esta basílica para la solemne apertura de la Puerta santa.

En este momento de fuerte intensidad espiritual, quiero dirigir mi afectuoso saludo y mis mejores deseos al cardenal vicario, mi primer colaborador en la solicitud por los fieles de la Iglesia que está en la Urbe. Saludo, asimismo, al vicegerente y a los obispos auxiliares, que colaboran con él en el servicio pastoral diocesano. Dirijo mi cordial saludo también al cabildo lateranense, a los párrocos, a todo el clero romano, al seminario, así como a todos los religiosos, religiosas y agentes pastorales laicos, que forman la parte elegida de nuestra Iglesia de Roma, llamada a presidir en la caridad y a destacar en la fidelidad al Evangelio.

Saludo al se√Īor alcalde, a las autoridades y a los representantes de la Administraci√≥n p√ļblica que han querido estar presentes. Saludo a los romanos, a los peregrinos y a cuantos, a trav√©s de la televisi√≥n, se unen a nosotros para este acontecimiento de gran importancia hist√≥rica y espiritual.

2. Despu√©s de abrir anoche la Puerta santa en la bas√≠lica vaticana, acabo de abrir la Puerta santa de esta bas√≠lica de San Juan de Letr√°n, "omnium Ecclesiarum Urbis et orbis Mater et caput", Madre y cabeza de todas las Iglesias de Roma y del mundo, y catedral del Obispo de Roma. Aqu√≠, en el a√Īo 1300, el Papa Bonifacio VIII comenz√≥ de forma solemne el primer A√Īo santo de la historia. Aqu√≠, en el jubileo del a√Īo 1423, el Papa Mart√≠n V abri√≥ por primera vez la Puerta santa. Aqu√≠ se halla el coraz√≥n de la dimensi√≥n particular de la historia de la salvaci√≥n vinculada a la gracia de los jubileos, y la memoria hist√≥rica de la Iglesia de Roma.

Hemos cruzado el umbral de esta Puerta, que representa a Cristo mismo, pues sólo él es el Salvador enviado por Dios Padre, que nos hace pasar del pecado a la gracia, introduciéndonos en la plena comunión que lo une al Padre en el Espíritu Santo.

Demos gracias a Dios, rico en misericordia, que ha dado su √ļnico Hijo como Redentor del mundo.

3. Podríamos decir que el rito de esta tarde asume una dimensión más familiar. En efecto, hoy la familia diocesana comienza su camino jubilar, en especial unidad con las Iglesias esparcidas por el mundo entero. A este gran evento se ha preparado desde hace tiempo, primero mediante el Sínodo y luego con la Misión ciudadana. La ferviente participación de la ciudad y de toda la diócesis testimonia que Roma es consciente de la misión de solicitud universal y de ejemplaridad en la fe y en el amor que la providencia de Dios le ha confiado. Roma sabe bien que se trata de un servicio que tiene su raíz en el martirio de los apóstoles san Pedro y san Pablo, y que ha encontrado alimento siempre nuevo en el testimonio de los innumerables mártires, santos y santas, que han marcado la historia de esta Iglesia nuestra.

Amad√≠simos hermanos y hermanas, el A√Īo santo, que hoy comienza, nos invita tambi√©n a nosotros a proseguir por este camino. Nos invita a responder con alegr√≠a y generosidad a la llamada a la santidad, para ser cada vez m√°s signo de esperanza en la sociedad actual, encaminada hacia el tercer milenio.

4. A lo largo del A√Īo santo los creyentes tendr√°n numerosas ocasiones de profundizar mejor este compromiso religioso, √≠ntimamente vinculado al itinerario jubilar. Ante todo, el jubileo diocesano, que se celebrar√°, el domingo 28 de mayo, en la plaza de San Pedro.

Otro evento, encomendado de modo peculiar a la diócesis de Roma, es el Congrego eucarístico internacional, que tendrá lugar, Dios mediante, del 18 al 25 de junio.

5. La tercera cita de gran importancia es la XV Jornada mundial de la juventud.

Junto con los j√≥venes, las familias. Mi pensamiento va al Encuentro mundial de las familias, que se celebrar√° los d√≠as 14 y 15 de octubre del a√Īo 2000. As√≠ pues, son muchas y significativas las citas que nos esperan. Las encomendamos todas a la maternal intercesi√≥n de Mar√≠a, Salud del pueblo romano. Que ella nos acompa√Īe y gu√≠e nuestros pasos para que este a√Īo sea un tiempo de extraordinaria gracia espiritual y de renovaci√≥n social.

6. Iglesia de Roma, hoy el Se√Īor te visita para abrir ante ti este a√Īo de gracia y de misericordia. Cruzando, en humilde peregrinaci√≥n, el umbral de la Puerta santa, acoge los dones del perd√≥n y del amor. Crece en la fe y en el impulso misionero: esta es la primera herencia de los ap√≥stoles san Pedro y san Pablo. ¬°Cu√°ntas veces, a lo largo de tu historia milenaria, has experimentado las maravillas de la venida de Cristo, que te ha hecho madre en la fe y faro de civilizaci√≥n para muchos pueblos! El gran jubileo, con el que te dispones a iniciar el nuevo milenio, te vuelva a confirmar, Roma, en la alegr√≠a de seguir fielmente a tu Se√Īor y te conceda un deseo siempre ardiente de anunciar su Evangelio. Esta es tu peculiar aportaci√≥n a la construcci√≥n de una era de justicia, paz y santidad. Am√©n.

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