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S.S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Jubileo de los Gobernantes, Parlamentarios y Políticos
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Discurso de S.S. Juan Pablo II a los participantes en el Jubileo de los Gobernantes, Parlamentarios y Políticos

1. Me alegra recibirles en esta audiencia especial, ilustres gobernantes, parlamentarios y administradores p√ļblicos, venidos a Roma para el jubileo. Les saludo con deferencia, a la vez que agradezco cordialmente a la presidenta del Senado de Polonia, se√Īora Grzeskowiak, la felicitaci√≥n que me ha expresado en nombre de la Asamblea; al presidente del Senado de la Argentina, Mario Losada y al presidente del Senado Italiano, senador Nicola Mancino que se han hecho int√©rpretes de los sentimientos comunes. Deseo expresar mi agradecimiento tambi√©n al senador Francesco Cossiga, activo promotor de la proclamaci√≥n de santo Tom√°s Moro como patrono de los gobernantes y los pol√≠ticos. As√≠ mismo, saludo a las otras personalidades, entre ellas, al se√Īor Mijail Gorbachov, que han tomado la palabra. Doy la bienvenida de manera especial a los jefes de Estado presentes.

Este encuentro me ofrece la oportunidad de reflexionar con ustedes - teniendo en cuenta las mociones precedentemente presentadas - sobre la naturaleza y la responsabilidad que conlleva la misi√≥n a la que Dios, en su amorosa providencia, les ha llamado. En efecto, √©sta puede considerarse ciertamente como una verdadera vocaci√≥n a la acci√≥n pol√≠tica, concretamente, al gobierno de las naciones, el establecimiento de las leyes y la Administraci√≥n p√ļblica en sus diversos √°mbitos. Es necesario, pues, preguntarse por la naturaleza, las exigencias y los objetivos de la pol√≠tica, para vivirla como cristianos y como hombres conscientes de su nobleza y, al mismo tiempo, de las dificultades y riesgos que comporta.

2. La pol√≠tica es el uso del poder leg√≠timo para la consecuci√≥n del bien com√ļn de la sociedad. Bien com√ļn que, como afirma el Concilio Vaticano II, ‚Äúabarca el conjunto de aquellas condiciones de la vida social con las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr m√°s plena y f√°cilmente su perfecci√≥n propia‚ÄĚ (Gaudium et spes, 74). La actividad pol√≠tica, por tanto, debe realizarse con esp√≠ritu de servicio. Muy oportunamente, mi predecesor Pablo VI, ha afirmado que ‚ÄúLa pol√≠tica es un aspecto [...] que exige vivir el compromiso cristiano al servicio de los dem√°s‚ÄĚ (Octogesima adveniens, 46).

Por tanto, el cristiano que act√ļa en pol√≠tica ‚ÄĒy quiere hacerlo ‚Äúcomo cristiano‚ÄĚ‚ÄĒ ha de trabajar desinteresadamente, no buscando la propia utilidad, ni la de su propio grupo o partido, sino el bien de todos y de cada uno y, por lo tanto, y en primer lugar, el de los m√°s desfavorecidos de la sociedad. En la lucha por la existencia, que a veces adquiere formas despiadadas y crueles, no escasean los ‚Äúvencidos‚ÄĚ, que inexorablemente quedan marginados. Entre √©stos no puedo olvidar a los reclusos en las c√°rceles: el pasado 19 de julio he estado con ellos, con ocasi√≥n de su Jubileo. En aquella oportunidad, siguiendo la costumbre de los anteriores A√Īos Jubilares, ped√≠ a los responsables de los Estados ‚Äúuna se√Īal de clemencia en favor de todos los presos‚ÄĚ, que fuera ‚Äúuna clara expresi√≥n de sensibilidad hacia su condici√≥n‚ÄĚ. Movido por las numerosas s√ļplicas que me llegan de todas partes, renuevo tambi√©n hoy aquel llamado, convencido de que un gesto as√≠ les animar√≠a en el camino de revisi√≥n personal y les impulsar√≠a a una adhesi√≥n m√°s firme a los valores de la justicia

√Čsta tiene que ser precisamente la preocupaci√≥n esencial del hombre pol√≠tico, la justicia. Una justicia que no se contenta con dar a cada uno lo suyo sino que tienda a crear entre los ciudadanos condiciones de igualdad en las oportunidades y, por tanto, a favorecer a aqu√©llos que, por su condici√≥n social, cultura o salud corren el riesgo de quedar relegados o de ocupar siempre los √ļltimos puestos en la sociedad, sin posibilidad de una recuperaci√≥n personal.

√Čste es el esc√°ndalo de las sociedades opulentas del mundo de hoy, en las que los ricos se hacen cada vez m√°s ricos, porque la riqueza produce riqueza, y los pobres son cada vez m√°s pobres, porque la pobreza tiende a crear nueva pobreza. Este esc√°ndalo no se produce solamente en cada una de las naciones, sino que sus dimensiones superan ampliamente sus confines. Sobre todo hoy, con el fen√≥meno de la globalizaci√≥n de los mercados, los pa√≠ses ricos y desarrollados tienden a mejorar ulteriormente su condici√≥n econ√≥mica, mientras que los pa√≠ses pobres ‚ÄĒexceptuando algunos en v√≠as de un desarrollo prometedor‚ÄĒ tienden a hundirse aun m√°s en formas de pobreza cada vez m√°s penosas.

3. Pienso con gran preocupaci√≥n en aquellas regiones del mundo afligidas por guerras y guerrillas sin fin, por el hambre end√©mica y por terribles enfermedades. Muchos de ustedes est√°n tan preocupados como yo por este estado de cosas que, desde un punto de vista cristiano y humano, representa el m√°s grave pecado de injusticia del mundo moderno y, por tanto, ha de conmover profundamente la conciencia de los cristianos de hoy, comenzando por los que, al tener en sus manos los resortes de la pol√≠tica, la econom√≠a y los recursos financieros del mundo, pueden determinar ‚ÄĒpara bien o para mal‚ÄĒ el destino de los pueblos.

En realidad, para vencer el ego√≠smo de las personas y las naciones, lo que debe crecer en el mundo es el esp√≠ritu de solidaridad. S√≥lo as√≠ se podr√° poner freno a la b√ļsqueda de poder pol√≠tico y riqueza econ√≥mica por encima de cualquier referencia a otros valores. En un mundo globalizado, en que el mercado, que de por s√≠ tiene un papel positivo para la libre creatividad humana en el sector de la econom√≠a (cf. Centesimus annus, 42), tiende sin embargo a desentenderse de toda consideraci√≥n moral, asumiendo como √ļnica norma la ley del m√°ximo beneficio, aquellos cristianos que se sienten llamados por Dios a la vida pol√≠tica tienen la tarea ‚ÄĒciertamente bastante dif√≠cil, pero necesaria‚ÄĒ de doblegar las leyes del mercado ‚Äúsalvaje‚ÄĚ a las de la justicia y la solidaridad. Ese es el √ļnico camino para asegurar a nuestro mundo un futuro pac√≠fico, arrancando de ra√≠z las causas de conflictos y guerras: la paz es fruto de la justicia.

4. Quisiera ahora, en particular, dirigir una palabra a aquellos de ustedes que tienen la delicada misi√≥n de formular y aprobar las leyes: una tarea que aproxima el hombre a Dios, supremo Legislador, de cuya Ley eterna toda ley recibe en ultima instancia su validez y su fuerza obligante. A esto se refiere precisamente la afirmaci√≥n de que la ley positiva no puede contradecir la ley natural, al ser √©sta una indicaci√≥n de las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral y, por tanto, expresi√≥n de las caracter√≠sticas, de las exigencias profundas y de los m√°s elevados valores de la persona humana. Como he tenido ocasi√≥n de afirmar en el Enc√≠clica Evangelium vitae, ‚Äúen la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles ‚Äėmayor√≠as‚Äô de opini√≥n, sino s√≥lo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto ‚Äėley natural‚Äô inscrita en el coraz√≥n del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil‚ÄĚ (n. 70).

Esto significa que las leyes, sean cuales fueren los campos en que interviene o se ve obligado a intervenir el legislador, tienen que respetar y promover siempre a las personas humanas en sus diversas exigencias espirituales y materiales, individuales, familiares y sociales. Por tanto, una ley que no respete el derecho a la vida del ser humano ‚ÄĒdesde la concepci√≥n a la muerte natural, sea cual fuere la condici√≥n en que se encuentra, sano o enfermo, todav√≠a en estado embrionario, anciano o en estadio terminal‚ÄĒ no es una ley conforme al designio divino. As√≠ pues, un legislador cristiano no puede contribuir a formularla ni aprobarla en sede parlamentaria, aun cuando, durante las discusiones parlamentarias all√≠ d√≥nde ya existe, le es l√≠cito proponer enmiendas que aten√ļen su car√°cter nocivo. Lo mismo puede decirse de toda ley que perjudique a la familia y atente contra su unidad e indisolubilidad, o bien otorgue validez legal a uniones entre personas, incluso del mismo sexo, que pretendan suplantar, con los mismos derechos, a la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer.

En la actual sociedad pluralista, el legislador cristiano se encuentra ciertamente ante concepciones de vida, leyes y peticiones de legalización, que contrastan con la propia conciencia. En tales casos, será la prudencia cristiana, que es la virtud propia del político cristiano, la que le indique cómo comportarse para que, por un lado, no desoiga la voz de su conciencia rectamente formada y, por otra, no deje de cumplir su tarea de legislador. Para el cristiano de hoy, no se trata de huir del mundo en el que le ha puesto la llamada de Dios, sino más bien de dar testimonio de su propia fe y de ser coherente con los propios principios, en las circunstancias difíciles y siempre nuevas que caracterizan el ámbito político.

5. Ilustres Se√Īores y Se√Īoras, los tiempos que Dios nos ha concedido vivir son en buena parte obscuros y dif√≠ciles, puesto que son momentos en que se pone en juego el futuro mismo de la humanidad en el milenio que se abre ante nosotros. En muchos hombres de nuestro tiempo domina el miedo y la incertidumbre: ¬Ņhacia d√≥nde vamos? ¬Ņcu√°l ser√° el destino de la humanidad en el pr√≥ximo siglo? ¬Ņa d√≥nde nos llevar√°n los extraordinarios descubrimientos cient√≠ficos realizados en estos √ļltimos a√Īos, sobre todo en campo biol√≥gico y gen√©tico? En efecto, somos conscientes de estar s√≥lo al comienzo de un camino que no se sabe d√≥nde desembocar√° y si ser√° provechoso o da√Īino para los hombres del siglo XXl.

Nosotros, los cristianos de este tiempo formidable y maravilloso al mismo tiempo, aun participando en los miedos, las incertidumbres y los interrogantes de los hombres de hoy, no somos pesimistas sobre el futuro, puesto que tenemos la certeza de que Jesucristo es el Dios de la historia, y porque tenemos en el Evangelio la luz que ilumina nuestro camino, incluso en los momentos difíciles y oscuros.

El encuentro con Cristo transform√≥ un d√≠a sus vidas y ustedes han querido renovar hoy su esplendor con esta peregrinaci√≥n a los lugares que guardan la memoria de los ap√≥stoles Pedro y Pablo. En la medida en que perseveren en esta estrecha uni√≥n con √Čl mediante la oraci√≥n personal y la participaci√≥n convencida en la vida de la Iglesia, √Čl, el Viviente, seguir√° derramando sobre ustedes el Esp√≠ritu Santo, el Esp√≠ritu de la verdad y el amor, la fuerza y la luz que todos nosotros necesitamos.

Con un acto de fe sincera y convencida, renueven su adhesión a Jesucristo, Salvador del mundo, y hagan de su Evangelio la guía de su pensamiento y de su vida. Así serán en la sociedad actual el fermento de vida nueva que necesita la humanidad para construir un futuro más justo y más solidario, un futuro abierto a la civilización del amor.

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