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S.S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes del Jubileo del Mundo Científico
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Discurso de S.S. Juan Pablo II a los participantes del Jubileo del Mundo Científico

Se√Īores cardenales;

queridos hermanos en el episcopado y el sacerdocio;

queridos amigos representantes del mundo

de la ciencia y la investigación:

1. Os acojo con profunda alegría con ocasión de vuestra peregrinación jubilar. Agradezco al cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo pontificio para la cultura, sus palabras de bienvenida y la organización de este jubileo, con su equipo de colaboradores. Expreso mi viva gratitud a su excelencia el profesor Nicola Cabibbo, presidente de la Academia pontificia de ciencias, por el saludo que acaba de dirigirme en nombre de todos vosotros.

Durante los siglos pasados, la ciencia, cuyos descubrimientos son admirables, ha ocupado un lugar preponderante y se ha considerado a veces como el √ļnico criterio de la verdad o como el camino de la felicidad. Una reflexi√≥n basada exclusivamente en elementos cient√≠ficos hab√≠a intentado habituarnos a una cultura de la sospecha y la duda. Se negaba a considerar la existencia de Dios y a ver al hombre en el misterio de su origen y de su fin, como si esa perspectiva pudiera poner en tela de juicio a la ciencia misma. Esta ha pensado a veces que Dios era una simple construcci√≥n de la mente, incapaz de resistir al conocimiento cient√≠fico. Estas actitudes han llevado a alejar la ciencia del hombre y del servicio que est√° llamada a prestarle.

2. Hoy "un gran reto que tenemos (...) es el de saber realizar el paso, tan necesario como urgente, del fen√≥meno al fundamento. No es posible detenerse en la sola experiencia; (...) es necesario que la reflexi√≥n especulativa llegue hasta su naturaleza espiritual y el fundamento en que se apoya" (Fides et ratio, 83). La investigaci√≥n cient√≠fica tambi√©n se basa en la capacidad de la mente humana de descubrir lo que es universal. Esta apertura al conocimiento introduce en el sentido √ļltimo y fundamental de la persona humana en el mundo (cf. ib., 81).

"Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Sal 19, 2); con estas palabras, el salmista evoca el "testimonio silencioso" de la admirable obra del Creador, inscrita en la realidad misma de la creación. Los que se dedican a la investigación están llamados a realizar, en cierto modo, la misma experiencia que hizo el salmista y a sentir la misma admiración. "Es necesario cultivar el ánimo de tal manera que se promueva la capacidad de admiración, de comprensión interna, de contemplación y de formarse un juicio personal, así como de cultivar el sentido religioso, moral y social" (Gaudium et spes, 59).

3. Los científicos, basándose en una atenta observación de la complejidad de los fenómenos terrestres, y siguiendo el objeto y el método propios de cada disciplina, descubren las leyes que gobiernan el universo, así como su interrelación. Contemplan con admiración y humildad el orden creado y se sienten atraídos por el amor del Autor de todas las cosas. La fe, por su parte, es capaz de integrar y asimilar cualquier tipo de investigación, porque todas las investigaciones, a través de una profunda comprensión de la realidad creada en toda su especificidad, dan al hombre la posibilidad de descubrir al Creador, fuente y fin de todas las cosas. "Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras" (Rm 1, 20).

Al profundizar su conocimiento del universo, y en particular del ser humano, que est√° en su centro, el hombre tiene una percepci√≥n velada de la presencia de Dios, una presencia que es capaz de discernir, en el "manuscrito silencioso" escrito por el Creador en la creaci√≥n, reflejo de su gloria y su grandeza. Dios quiere hacerse o√≠r en el silencio de la creaci√≥n, en la que el intelecto percibe la trascendencia del Se√Īor de la creaci√≥n. Todos los que se esfuerzan por comprender los secretos de la creaci√≥n y los misterios del hombre deben estar dispuestos a abrir su mente y su coraz√≥n a la profunda verdad que en ella se manifiesta y que "impulsa al intelecto a dar su consentimiento" (san Alberto Magno, Comentario a san Juan, 6, 44).

4. La Iglesia tiene gran estima por la investigaci√≥n cient√≠fica y t√©cnica, pues "constituyen una expresi√≥n significativa del dominio del hombre sobre la creaci√≥n" (Catecismo de la Iglesia cat√≥lica, n. 2293) y un servicio a la verdad, al bien y a la belleza. De Cop√©rnico a Mendel, de Alberto Magno a Pascal, de Galileo a Marconi la historia de la Iglesia y la historia de las ciencias nos muestran claramente que hay una cultura cient√≠fica enraizada en el cristianismo. En efecto, se puede decir que la investigaci√≥n, al explorar tanto lo m√°s grande como lo m√°s peque√Īo, contribuye a la gloria de Dios que se refleja en cada parte del universo.

La fe no teme a la razón. Estas "son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerlo a él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo" (Fides et ratio, introducción). Si en el pasado la separación entre fe y razón ha sido un drama para el hombre, que ha conocido el riesgo de perder su unidad interior bajo la amenaza de un saber cada vez más fragmentado, vuestra misión consiste hoy en proseguir la investigación, convencidos de que "para el hombre inteligente, (...) todas las cosas se armonizan y concuerdan" (Gregorio Palamas, Theophanes).

Os invito, pues, a pedir al Se√Īor que os conceda el don del Esp√≠ritu Santo, pues amar la verdad es vivir del Esp√≠ritu Santo (cf. san Agust√≠n, Sermo, 267, 4), que nos permite acercarnos a Dios y llamarle en voz alta "¬°Abb√°, Padre!". Que nada os impida invocarle de este modo, aun sumidos en el rigor de vuestros an√°lisis sobre las cosas que √©l ha puesto ante nuestros ojos.

5. Queridos científicos, es grande la responsabilidad que estáis llamados a asumir. Se os pide que trabajéis al servicio del bien de las personas y de toda la humanidad, siempre atentos a la dignidad de todo ser humano y al respeto de la creación. Todos los enfoques científicos necesitan un apoyo ético y una sabia apertura a una cultura respetuosa de las exigencias de la persona. Precisamente esto es lo que subraya el escritor Jean Guitton cuando afirma que en la investigación científica no se debería separar jamás el aspecto espiritual del intelectual (cf. Le travail intellectuel. Conseils à ceux qui étudient et à ceux qui écrivent, 1951, p. 29). Recuerda, además, que por esta razón la ciencia y la técnica necesitan una referencia indispensable al valor de la interioridad de la persona humana.

Me dirijo con confianza a vosotros, hombres y mujeres que os dedic√°is a la investigaci√≥n y al progreso. Al escrutar constantemente los misterios del mundo, abrid vuestra mente a los horizontes que la fe descubre ante vuestros ojos. Enraizados firmemente en los principios y en los valores fundamentales de vuestro itinerario de hombres de ciencia y fe, pod√©is entablar un di√°logo provechoso y constructivo tambi√©n con quienes est√°n alejados de Cristo y de su Iglesia. Por tanto, sed ante todo apasionados investigadores del Dios invisible, que es el √ļnico que puede satisfacer la aspiraci√≥n profunda de vuestra vida, colm√°ndoos de su gracia.

6. ¡Hombres y mujeres de ciencia, animados por el deseo de testimoniar vuestra fidelidad a Cristo! El rico panorama de la cultura contemporánea, en el alba del tercer milenio, abre inéditas y prometedoras perspectivas en el diálogo entre la ciencia y la fe, así como entre la filosofía y la teología. Participad con todas vuestras energías en la elaboración de una cultura y de un proyecto científico que reflejen siempre la presencia y la intervención providencial de Dios.

Al respecto, este jubileo de los científicos constituye un aliciente y un apoyo para cuantos buscan sinceramente la verdad; manifiesta que los hombres pueden ser investigadores rigurosos en los diversos campos del saber y discípulos fieles del Evangelio. ¡Cómo no recordar aquí el compromiso espiritual de tantas personas dedicadas diariamente al arduo trabajo científico! Por medio de vosotros, aquí presentes, quisiera enviar a cada una de ellas mi saludo y mi más cordial aliento.

Hombres de ciencia, sed constructores de esperanza para toda la humanidad. Que Dios os acompa√Īe y haga fructificar vuestro esfuerzo al servicio del aut√©ntico progreso del hombre. Os proteja Mar√≠a, Sede de la sabidur√≠a. Intercedan por vosotros santo Tom√°s de Aquino y los dem√°s santos y santas que, en diferentes campos del saber, dieron una notable contribuci√≥n a la profundizaci√≥n del conocimiento de las realidades creadas a la luz del misterio divino.

Por mi parte, os acompa√Īo con constante atenci√≥n y cordial amistad. Os aseguro un recuerdo diario en la oraci√≥n y os bendigo de coraz√≥n, as√≠ como a vuestras familias y a cuantos, de diferentes modos, contribuyen, con sincera y constante dedicaci√≥n, al progreso cient√≠fico de la humanidad.

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