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P. Bonifacio Honings, La carta de los agentes sanitarios. Una síntesis de ética hipocrática y moral cristiana
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La carta de los agentes pastorales. Una síntesis de ética hipocrática y moral cristiana

Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios

Tengo el honor m√°s que el peso de presentar La carta de los agentes sanitarios. Pensando en el modo mejor para hacerlo, me ha parecido oportuno, porque es m√°s √ļtil, recorrerla a vuelo de p√°jaro. De esta manera resulta m√°s clara la preocupaci√≥n que empapa a todo el texto, esto es, ayudar a cada agente sanitario a cumplir su servicio en favor de la vida humana desde su inicio hasta su t√©rmino natural. Un servicio plenamente humano y espec√≠ficamente cristiano. De este modo, esta presentaci√≥n desea hacer ver - y es muy importante captarlo inmediatamente - que la Carta es pr√°cticamente una s√≠ntesis de la √©tica hipocr√°tica y de la moral cristiana. Para lograr esta intenci√≥n bastante ambiciosa, iniciar√© subrayando el origen divino de toda vida humana y su retorno al mismo Dios. Despu√©s de esto describir√© la figura del agente sanitario como servidor de esta vida y, por consiguiente tambi√©n y sobre todo, del Autor de la misma. Finalmente, seguir√© la l√≠nea de la existencia humana: el generar, el vivir y el morir, como puntos de referencia para reflexiones √©tico-pastorales.

1. Dios: alpha y omega de la vida humana

Cuando no hab√≠a ning√ļn hombre que trabajara el suelo e hiciera subir de la tierra el agua para los canales y regara toda la superficie del suelo, "Jahv√©h Dios form√≥ al hombre con polvo del suelo, e insufl√≥ en sus narices aliento de vida, y result√≥ el hombre un ser viviente"1. De este gesto creador de Dios, la Iglesia deduce su ense√Īanza que cada alma espiritual es creada directamente por Dios y es inmortal, esto es, con la muerte ella no muere en el momento de su separaci√≥n del cuerpo; m√°s √°un, la Iglesia ense√Īa tambi√©n que esta alma se unir√° nuevamente al cuerpo en el momento de la resurrecci√≥n final. La vida del ser humano, de cada ser humano, no es producida por los padres o por un laboratorio del hombre. Indiscutiblemente, la vida tiene un origen divino2. En este sentido una frase el libro de Job es muy significativa: "Si √©l (el Se√Īor) retirara a s√≠ su soplo, si recogiera a s√≠ su esp√≠ritu, a una expiarar√≠a toda carne, el hombre al polvo volver√≠a"3. No es menos significativa la frase de Ezequiel sobre la resurrecci√≥n: "Infundir√© mi esp√≠ritu en vosotros y vivir√©is"4. Realmente sin el "soplo vivificador" de Dios el hombre volver√≠a simplemente a la nada. Pero entonces, si Dios anima el cuerpo, es decir le d√° la vida, lo m√°s justo es que El y s√≥lo El se atribuya el derecho inalienable e inviolable d e disponer de la vida de cada ser humano desde su concepci√≥n hasta su muerte natural.

Juan Pablo II no titubea un instante para proclamar, con una cierta solemnidad, este derecho divino: "La vida humana es sagrada porque desde su inicio, comporta ¬ęla acci√≥n creadora de Dios¬Ľ y permanece siempre en una especial relaci√≥n con el Creador, su √ļnico fin. S√≥lo Dios es el Se√Īor de la vida desde su comienzo hasta su t√©rmino: nadie y en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente"5.

He aqu√≠ el contenido central de la moral cristiana sobre la sacralidad y la inviolabilidad de la vida humana, de toda vida humana, de la vida humana de cada uno. He aqu√≠ porque Jahv√©h, al revelar sus diez mandamientos de la Alianza, pone - y esto merece una atenci√≥n particular - el mandamiento ¬ęno matar¬Ľ en el coraz√≥n de la Alianza. Dios mismo se hace, no solamente Juez de cada violaci√≥n del mandamiento como defensa de la vida, sino tambi√©n y sobre todo Defensor del mandamiento colocado como cimiento de la convivencia social6. Por tanto, con raz√≥n la moral cristiana siempre ha proclamado y defendido y sigue proclamando y defendiendo tambi√©n hoy el valor incomparable de la vida de cada persona humana.

Pero tambi√©n la √©tica hipocr√°tica, expresada en su siempre actual "Juramento", proclama y defiende desde hace m√°s de dos mil quinientos a√Īos este mismo valor de cada vida humana. No por nada, el se√Īor cardenal Fiorenzo Angelini, identifica en esta √©tica permanentemente v√°lida cuatro presupuestos: "Un profundo respeto de la naturaleza en general; una concepci√≥n unitaria integral de la vida humana, o mejor, del ser humano; una rigurosa relaci√≥n entre √©tica personal y √©tica profesional; una visi√≥n generalmente participada del ejercicio del arte m√©dico"7. En fin, as√≠ como para la √©tica hipocr√°tica tambi√©n para la moral cristiana, la vida de cada ser humano es un valor que no se discute, sino que se defiende y se cuida: en una palabra, hay que ponerse a su servicio. Si este imperativo es v√°lido para todos, vale ante todo y sobre todo, para los agentes sanitarios. Esto es lo que quiere decirnos la Carta que, repito, tengo el honor de presentar a esta grande y honorable asamblea.

2. La figura de los agentes sanitarios

La actividad de los agentes sanitarios es la expresi√≥n de un servicio profundamente humano y cristiano, justamente porque no es √ļnicamente t√©cnica, sino tambi√©n y sobre todo de entrega y amor a un semejante, al pr√≥jimo. En efecto, al preocuparse por la vida de los dem√°s, los agentes sanitarios cumplen una acci√≥n realmente humana y cristiana de profilaxis, de terapia y de rehabilitaci√≥n de la salud humana como tutela de la vida. Por esto la modalidad primera y emblem√°tica de este darse al cuidado constituye su presencia vigilante y sol√≠cita al lado de los enfermos8.

Por esto el servicio m√©dico-sanitario se caracteriza por una relaci√≥n interpersonal muy particular: es un encuentro entre una confianza y una conciencia. Se trata de la relaci√≥n de ¬ęconfianza¬Ľ de parte de una persona que necesita cuidado porque est√° afectada por la enfermedad y, por consiguiente, por el sufrimiento, y de ¬ęconciencia¬Ľ de parte de una persona capaz de ocuparse de esta necesidad, mediante un encuentro de asistencia, de cuidado y de sanaci√≥n. Para el agente de la salud el enfermo nunca es, o por lo menos no deber√≠a ser, un simple caso cl√≠nico que hay que examinar "cient√≠ficamente", sino que es siempre una persona particularmente necesitada, por estar enferma, de simpat√≠a y, quiz√°s, de empat√≠a, en el sentido etimol√≥gico de los t√©rminos.

"No bastan la capacidad científica y profesional, se precisa también la participación personal en las situaciones concretas del paciente individual", esto es, se necesita: "disponibilidad, atención, comprensión, comparticipación, benevolencia, paciencia, diálogo"9. Para comprender mejor y con precisión la Carta es muy importante tener en cuenta que esta entrega total del agente sanitario al servicio de cada hombre enfermo encuentra su verdadero "objetivo" fundamento y su más exigente "subjetivo", es decir que implica el fundamento en la visión integral del mismo enfermo.

Efectivamente, si analizamos hasta el fondo, la enfermedad y el sufrimiento son fenómenos de la vida humana que plantean interrogantes que trascienden la ciencia y la tecnología médica, justamente porque se refieren a la esencia axiológica de la condición existencial del hombre en la tierra. Desde este punto de vista el agente de la salud, si es cristiano, esto es secuaz del Buen Samaritano, pero incluso si no es cristiano, es decir, secuaz del humanísimo "laico" Hipócrates, fácilmente entenderá que su profesión es una misión, una vocación. Su actividad médico-sanitaria constituye entonces una respuesta a una llamada trascendente que se delínea en el rostro sufriente e invocador del paciente que ha sido confiado a sus cuidados. Su amoroso cuidado a un enfermo, caracterizado por la simpatía y la empatía, se convierte en un servicio semejante a la narración de la parábola del Buen Samaritano y a lo que requiere el juramento del médico hipocrático.

Es por esto que profesi√≥n, vocaci√≥n y misi√≥n se encuentran en la figura de cada agente sanitario y a la luz de la visi√≥n cristiana de la vida y de la salud, este "es ministro de aquel Dios, que en la Escritura es presentado como ¬ęamante de la vida¬Ľ10. Servir a la vida es servir a Dios en el hombre: volverse colaborador de Dios en la recuperaci√≥n de la salud del cuerpo enfermo y dar alabanza y gloria a Dios en la acogida amorosa de la vida, sobre todo si est√° d√©bil y enferma"11.

No hay que maravillarse, pues, si la Iglesia "ha mirado siempre a la medicina como un soporte importante de la propia misi√≥n redentora cuando se confronta con el hombre. En efecto, en el servicio al esp√≠ritu del hombre no puede efectuarse plenamente, si no poni√©ndose como servicio a su unidad sicof√≠sica. La Iglesia sabe bien que el mal f√≠sico aprisiona el esp√≠ritu, as√≠ como el mal del esp√≠ritu somete el cuerpo"12. La figura del agente sanitario es, y por consiguiente deber√≠a ser cada vez m√°s, la imagen viva del Cristo-Buen Samaritano. "M√©dicos, enfermeros, los dem√°s agentes de la salud, voluntarios, son llamados a ser la imagen viva de Cristo y de su Iglesia en el amor hacia los enfermos y los que sufren: testimonios del ¬ęevangelio de la vida¬Ľ"13.

3. La fidelidad ético-moral frente a la sacralidad e inviolabilidad de la vida

Una profesi√≥n, misi√≥n y vocaci√≥n como la del agente sanitario requiere, obviamente, una s√≥lida preparaci√≥n y una continua formaci√≥n √©tico-religiosa en materia moral en general y en materia de bio√©tica en particular. Frente a casos cl√≠nicos cada vez m√°s complejos, dadas las posibilidades biotecnol√≥gicas, todos los agentes sanitarios, pero particularmente los m√©dicos no pueden y no deben ser dejados solos y con el peso de responsabilidades insostenibles. Sobre todo, si pensamos que muchas de estas posibilidades se encuentran a√ļn en fase experimental y tienen una gran relevancia socio-sanitaria en el √°mbito de la salud y de la sanidad14. Ciertamente est√° en juego la verdadera humanizaci√≥n de la ciencia y de la tecnolog√≠a m√©dica, es decir, incluso en el campo de la medicina se debe construir "la civilizaci√≥n del amor y de la vida, sin la cual la existencia de las personas y de la sociedad pierde su significado m√°s aut√©nticamente humano"15. Aqu√≠ est√° la principal intenci√≥n de la presente Carta: garantizar la fidelidad √©tica del agente sanitario para que, en sus elecciones y en sus comportamientos al servicio de la vida, construya aquella civilizaci√≥n del amor y de la vida, auspiciada por el Autor de la Evangelium vitae. Es por esto que la Carta tiene en cuenta, como referencia de reflexiones √©tico-religiosas y pastorales, el camino de la existencia humana: el generar, el vivir, el morir16.

3.1 La responsabilidad frente a la dignidad de la procreación humana

La generación de un nuevo ser humano es, al mismo tiempo, un acontecimiento humano y altamente religioso, en cuanto implica el amor unitivo de los cónyuges como gesto de colaboración con Dios Creador. De aquí resulta bien evidente que los agentes de la salud están llamados a ayudar a los cónyuges-padres "a procrear con responsabilidad, favoreciendo las condiciones, removiendo las dificultades y tutelándola de un tecnicismo invasivo y no digno del procrear humano"17.

En este servicio, la moral distingue justamente entre manipulación terapéutica y manipulación que altera el patrimonio genético humano. "Ninguna utilidad social o científica y ninguna razón ideológica podrán motivar jamás una intervención sobre el genoma humano que no sea terapéutico, es decir, que esté finalizado al desarrollo natural del ser humano!18. La razón de este "no absoluto" la encontramos en la dignidad misma de la procreación humana ya que el nuevo ser humano que nace de la unión conyugal "trae consigo al mundo una particular imagen y semejanza de Dios mismo: en la biología de la generación está inscrita la genealogía de la persona"19. La concepción y la generación de un nuevo ser humano no son un proyecto de las leyes de la biología, sino un acontecimiento de cooperación conyugal para la continuación de la creación divina.

A este punto la Carta indica que la colaboraci√≥n procreadora de parte de los c√≥nyuges no es s√≥lo el criterio de la diferencia antropol√≥gica y moral entre m√©todos naturales y medios artificiales, sino tambi√©n el criterio de valoraci√≥n en materia de procreaci√≥n artificial. "La dignidad de la persona humana exige que √©sta venga a la existencia como don de Dios y fruto del acto conyugal, propio y espec√≠fico del amor unitivo y procreativo entre los esposos, acto que por su misma naturaleza resulta insustituible"20. Es por esto que es mucho m√°s justo el llamamiento a la responsabilidad de parte de los agentes sanitarios para que favorezcan esta concepci√≥n humana y cristiana de la sexualidad, haciendo accesible a los c√≥nyuges y en primer lugar a los j√≥venes, los conocimientos necesarios para tener un comportamiento responsable y respetuoso de la dignidad peculiar de la sexualidad humana, en general, y del acto conyugal en particular21. Ante todo, los agentes sanitarios deber√≠an ayudar a los c√≥nyuges a captar la diferencia antropol√≥gica y moral entre asistencia natural y sustituci√≥n artificial en materia de procreaci√≥n. En lo que se refiere a esta √ļltima, deber√≠an poner en claro que es il√≠cita la fertilizaci√≥n in vitro con embryo trasfer no solamente heter√≥loga sino tambi√©n hom√≥loga. Obviamente este juicio moral concierne solamente a los modos de la fecundaci√≥n y, de ninguna manera al ser humano en cuesti√≥n, que debe ser acogido siempre como don de Dios y educado con gran amor22. El servicio a la vida de los agentes sanitarios inicia, pues, promoviendo el m√°ximo respeto por la originalidad del generar humano.

3.2 La responsabilidad de la salud y del vivir humano

Bajo la sabia y amorosa protección de Dios, desde la fecundación comienza el maravilloso proceso de una nueva vida humana. A los agentes sanitarios y, en particular, a los ginecólogos y comadronas corresponde "vigilar con solicitud el admirable y misterioso proceso de la generación que se realiza en el seno materno, con el fin de seguirle el mormal desarrollo y de favorecerle el feliz éxito de dar a la luz la nueva criatura"23.

Particularmente, deben recordar la especial dignidad de cada vida humana: la dignidad de persona, creada a imagen y semejanza de Dios. Los agentes sanitarios deben tener presente ante todo que cada persona es una unidad de cuerpo y alma, por lo que a a través del cuerpo se llega a la persona misma en su realidad concreta. "Cada intervención sobre el cuerpo humano no se limita solamente a los tejidos, órganos y sus funciones, sino que involucra también los diversos niveles de la persona misma"24. De esto se deduce que el cuerpo, al ser una realidad típicamente personal ya que revela a la persona en su relación Dios, con los demás y con el mundo, es fundamento y fuente de exigencia moral. No se puede disponer del cuerpo como si fuera un objeto propio, como una cosa o un instrumento del cual somos propietarios y árbitros. Es por esto que no todo lo que es técnicamente posible puede ser considerado moralmente admisible25.

La finalidad intrínseca de la profesión de los agentes sanitarios es la afirmación del derecho del hombre a su vida y a su dignidad. Les corresponde el deber, pues, de la tutela profiláctica y terapéutica de la salud y de la curación de la vida de las personas. "La enfermedad y el sufrimiento, en efecto, no son experiencias que pertenecen exclusivamente al substrato físico del hombre, sino al hombre en su inseguridad y en su unidad somático-espiritual"26.

A este punto se plantea el problema de la imposibilidad de curar al enfermo. De manera que el agente sanitario está siempre obligado a practicar todos los cuidados proporcionados, pero puede interrumpir lícitamente los cuidados desproporcionados27. Aquí es muy importante el problema de la humanización del dolor mediante la analgesia y la anestesia. Aunque para el cristiano el dolor tiene un elevado significado penitencial y salvífico, la misma caridad cristiana exige que los agentes sanitarios alivien el sufrimiento físico28.

Es aqu√≠ que se plantea de manera urgente el problema del derecho fundamental del enfermo al cuidado pastoral y al sacramento de la Unci√≥n de los enfermos. Cada agente sanitario tiene el deber de crear las condiciones para que, a quien se lo pide, tanto expresa que impl√≠citamente, se le asegure una adecuada asistencia religiosa. En efecto, "la experiencia ense√Īa que el hombre, necesitado de asistencia, sea preventiva, sea terap√©utica, manifiesta exigencias que van m√°s all√° de la patolog√≠a org√°nica que padece. El espera del m√©dico no solamente un cuidado adecuado - tratamiento que, por lo dem√°s, antes o despu√©s terminar√° fatalmente por revelarse insuficiente - sino el apoyo humano de un hermano, que sepa participarle una visi√≥n de la vida, en la cual tambi√©n encuentre su sentido el misterio del sufrimiento y de la muerte. Y de d√≥nde podr√≠a obtener, si no de la fe, tal pac√≠fica respuesta a los interrogantes supremos de la existencia?"29.

3.3 Asistencia hasta el término natural

Cuando las condiciones de salud se deterioran de manera irreversible y letal, es decir cuando el hombre entra en el estadio terminal de su existir terreno, los agentes sanitarios est√°n llamados a proporcionar una asistencia especial al moribundo. "Nunca como en la proximidad de la muerte y en la muerte misma es preciso celebrar y exaltar la vida... La actitud frente al enfermo terminal es frecuentemente la prueba clave del sentido de justicia y de caridad, de la nobleza de √°nimo, de la responsabilidad y de la capacidad profesional de los agentes de la salud, comenzando por los m√©dicos"30. Es el momento de sustraer el morir al fen√≥meno de la medicalizaci√≥n, que se ocupa particularmente del aspecto biof√≠sico de la enfermedad. En esta fase, el primer cuidado es una presencia amorosa llena de atenciones y de cuidados, que infunden confianza y esperanza de manera que en vez del rechazo de la muerte tenga lugar su aceptaci√≥n. Impotentes ante el misterio de la muerte, la fe cristiana es la √ļnica fuente de serenidad y de paz. Por tanto, el testimonio de fe y de esperanza en Cristo de parte del agente sanitario tiene un papel determinante. Realizar una presencia de fe y de esperanza es para los m√©dicos y enfermeros la forma m√°s elevada de humanizaci√≥n y de cristianizaci√≥n del morir. En el enfermo terminal, el derecho a la vida constituye un derecho a morir serenamente y con la m√°xima dignidad humana y cristiana. Este derecho excluye toda forma de obstinaci√≥n terap√©utica y, m√°s a√ļn, todo recurso para poner fin a la vida31. "La eutanasia transtorna la relaci√≥n m√©dico-paciente. De parte del paciente porque √©ste se relaciona al m√©dico como a aquel que puede asegurarle la muerte. De parte del m√©dico, porque ya no es m√°s absoluto garante de la vida: y de √©l el enfermo debe temer la muerte. El contacto m√©dico-paciente es una relaci√≥n de confianza de vida y como tal debe permanecer. La eutanasia es ¬ęun crimen¬Ľ al que los agentes de la salud, garantes siempre y s√≥lo de la vida, no pueden cooperar de ning√ļn modo"32. Esto mismo vale para el aborto, incluso si el caso de la salud de la madre, del agravio de un hijo adem√°s, de una grave malformaci√≥n fetal, de un embarazo originado por una violencia sexual implican bienes muy importantes. En efecto, la vida es un bien tan primario y tan fundamental para que podamos ponerla en comparaci√≥n, de igualdad o hasta de inferioridad, con ciertos inconvenientes aunque fueren grav√≠simos33. A este punto la s√≠ntesis de la √©tica hipocr√°tica y la moral cristiana es incontestable: tanto la √©tica hipocr√°tica como la moral cristiana rechazan toda forma de aborto directo y de eutanasia directa sea activa o pasiva, porque se trata de un acto de supresi√≥n de la vida prenatal y de un acto homicida que ning√ļn fin puede legitimar34.

De aqu√≠ resulta la diversidad del derecho para morir con dignidad humana y cristiana. "Este es un derecho real y leg√≠timo, que el personal de la salud est√° llamado a salvaguardar, cuidando al moribundo y aceptando el natural desenlace de la vida. Hay una diferencia radical entre ¬ędar la muerte¬Ľ y ¬ęconsentir el morir¬Ľ: el primero es un acto supresivo de la vida, el segundo es aceptarla hasta la muerte"35.

Justamente en esta aceptaci√≥n de la fin de la vida terrena, cada servidor fiel de la vida vigila sobre este cumplirse de la voluntad de Dios. De ning√ļn modo se considera como √°rbitro de la muerte, as√≠ como de ninguna manera se considera, √°rbitro de la vida de alguien36. Antes bien, es entonces m√°s que nunca consolador para el moribundo que el agente sanitario d√© testimonio de que la plena participaci√≥n a la vida divina es el fin al que el hombre que vive en este mundo est√° orientado y llamado. Es entonces m√°s que nunca consolador hacer experimentar al enfermo terminal la presencia sacramental de Cristo, "Verbo de la vida", mediante la Unci√≥n de los Enfermos. "Todo hombre recibe ayuda para su salvaci√≥n, si se siente fortalecido por la confianza en Dios y obtiene nueva fuerza contra las tentaciones del maligno y la ansiedad de la muerte"37. Esto mismo, y m√°s a√ļn, vale para el encuentro eucar√≠stico como Vi√°tico del cuerpo y de la sangre de Cristo; seg√ļn las mismas palabras de Cristo, la Eucarist√≠a nos abre las puertas de la resurrecci√≥n: "El que come mi carne y beve mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resuscitar√© en el √ļltimo d√≠a".

Conclusión

Espero haberles demostrado lo que escribe en el prefacio nuestro Presidente, el se√Īor cardenal Fiorenzo Angelini, que ninguno de los complejos problemas, planteados por la inseparable relaci√≥n que existe entre medicina y moral, puede considerarse actualmente como un terreno neutral frente a la √©tica hipocr√°tica y a la moral cristiana. Por esto la Carta de los Agentes Sanitarios ha respetado rigurosamente la exigencia de ofrecer una s√≠ntesis org√°nica y completa de la Iglesia, arrancando de P√≠o XII, sobre todo lo que se refiere a la afirmaci√≥n, en campo sanitario, del valor primario y fundamental de la vida de cada ser humano desde su concepci√≥n hasta su muerte natural38.

Concluyo poniendo a propósito una particular atención al progreso y a la difusión de la medicina y de la cirugía de los trasplantes que permiten el cuidado y la sanación de muchos enfermos que hasta hace poco sólo podían ser terminales. Se trata de un desafío para amar, de manera completamente nueva, al prójimo por medio de la donación de órganos para que este siga viviendo. La extracción de órganos en los trasplantes homoplásticos naturalmente debe realizarse dentro de los límites que pone la misma naturaleza humana, de donador vivo o cadáver39. En el primer caso la extracción es lícita siempre que se trate de órganos cuya resección no implica una grave e irreparable disminución para el donador. En el segundo caso hay que respetar siempre el cadáver como cadáver humano, incluso si ya no tiene más la dignidad de sujeto y no tiene el valor de fin de una persona viviente. El acto médico del transplante hace, pues, posible, el gesto de oblación del donador como don sincero de sí que de este modo expresa su esencial llamada humana y cristiana al amor y a la comunión40.

Aquí es paradigmática la intención de toda la Carta de los Agentes Sanitarios sobre el servicio a la vida, esto es, responder a la llamada de Cristo: "Vade et fac similiter".

P. BONIFACIO HONINGS, O.C.D
Consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe
y del Pontificio Consejo para la Pastoral de los Agentes Sanitarios


1

Génesis 2, 7; cf. Ibid. 2, 5-6.

2

Catecismo de la Iglesia Católica, 366; en adelante citaré CIC.

3

Job 34, 14-15.

4

Ezequiel 37, 14.

5

JUAN PABLO II, Evangelium vitae 53; en adelante citaré EV.

6

Cf. Ibidem.

7

FIORENZO ANGELINI, Quel soffio sulla creta (El soplo sobre el barro), Roma 1990, p. 377-378.

8

PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS AGENTES SANITARIOS, Carta de los Agentes sanitarios, Ciudad del Vaticano 1995, Primera edición, n. 1; en adelante citaré, Carta.

9

Carta, 2.

10

Sab 11, 26.

11

Cf. Carta, 4.

12

Carta, 5.

13

Citado en Carta, 5.

14

Cf. Carta, 8.

15

EV, 27, citado en Carta, 9.

16

Cf. Carta, 10.

17

Carta, 11.

18

JUAN PABLO II, A la Unión Juristas Católicos Italianos, 5 de diciembre de 1987, en Insegnamenti X/3 (1987) 1295, citado en Carta, 13.

19

Carta, 15.

20

Carta, 22.

21

Cf. Carta, 20-23.

22

Cf. Carta, 24-30.

23

Carta, 36

24

Carta, 40.

25

Cf. Carta, 44.

26

Carta, 53.

27

Cf. Carta, 64-45.

28

Cf. Carta, 68-71.

29

JUAN PABLO II, Al Congreso Mundial de Médicos católicos, 3 de octubre de 1982, en Insegnamenti V/3, 1982, p. 675, n. 6, citado en la Carta, nota 212.

30

Carta, 115.

31

Cf. Carta, 119; 147-148.

32

Carta, 150.

33

Cf. Carta, 141.

34

Cf. Carta, 139; 147.

35

Carta, 148.

36

Cf. Carta, 114.

37

Carta, 111.

38

Cf. Carta, p. 5.

39

Cf. Carta, p. 5.

40

Cf. Carta, 86-91.
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