98,1. Vive siempre como quien ha de morir, pues es certísimo que, antes o después, todos moriremos.
En la puerta de entrada al cementerio de El Puerto de Santa María se lee: «Hodie mihi, cras tibi» que significa: «Hoy me ha tocado a mí, mañana te tocará a ti». Esto es evidente. Aunque no sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde; pero quien se equivoca en este trance no podrá rectificar en toda la eternidad. Por eso tiene tanta importancia el morir en gracia de Dios. Y como la vida, así será la muerte: vida mala, muerte mala; vida buena, muerte buena. Aunque a veces se dan conversiones a última hora, éstas son pocas; y no siempre ofrecen garantías. Lo normal es que cada cual muera conforme ha vivido.
Es impresionante la muerte de Voltaire (Francisco M Arouet). Murió la noche del 30 al 31 de mayo de 1778, a los ochenta y cuatro años de edad. Fue un hombre impío y blasfemo. En la hora de la muerte pidió un sacerdote, pero sus amigos se lo impidieron. Murió con horribles manifestaciones de desesperación, bebiéndose sus propios excrementos, como cuenta la marquesa de Villate, en cuya casa murió963.
Con la muerte termina para el hombre el estado de viajero, y se llega al término que permanecerá inmutable por toda la eternidad. Más allá de la muerte no hay posibilidad de cambiar el destino que el hombre mereció al morir. Después de la muerte nadie puede merecer o desmerecer. Ha terminado para el alma el estado de vía y ha entrado para siempre en el estado de término.
Hay personas que se acomodan en esta vida como si ésta fuera para siempre y definitiva. Esto es una equivocación. Debemos vivir en esta vida orientados a la otra, a la eterna, que es realmente la definitiva. Por lo tanto debemos aprovechar esta vida lo más posible para hacer el bien.
En la muerte se separa el alma del cuerpo. El cuerpo va a la sepultura y allí se convierte en polvo.
El alma, en cambio, constitutivo esencial de la persona, sigue viviendo.
En el mismo instante de la muerte Dios nos juzga. Esto es dogma de fe964. Inmediatamente después de la muerte los que mueren en pecado mortal actual se van al infierno; y al cielo -después de sufrir la purificación, los que la necesiten- las almas de todos los santos.
Dice San Pablo: «Cada cual dará a Dios cuenta de sí»965 «Dios dará a cada uno según sus obras»966.
Si hemos muerto en paz con Dios, sin pecado mortal, el alma es destinada a ser eternamente feliz en el cielo; pero si hemos muerto en pecado mortal, es destinada a ser eternamente desgraciada en el infierno.
Dice San Juan: «Los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida; y los que hayan hecho el mal, para la condenación»967.
El hombre materialista es vencido por la muerte. Sólo Dios nos da la vida eterna. La fe y la fidelidad a Dios es el supremo modo de vivir en esta vida, y de esperar con ilusión la eternidad.
99,1. El infierno es el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno. La existencia del infierno eterno es dogma de fe. Está definido en el Concilio IV de Letrán968. Siguiendo las enseñanzas de Cristo, la Iglesia advierte a los fieles de la triste y lamentable realidad de la muerte eterna, llamada también infierno.
«Dios quiere que todos los hombres se salven»969.
Pero el hombre puede decir no al plan salvador de Dios, y elegir el infierno viviendo de espaldas a Él. El pecado es obra del hombre, y el infierno es fruto del pecado. El infierno es la consecuencia de que un pecador ha muerto sin pedir perdón de sus pecados. Lo mismo que el suspenso de una asignatura es la consecuencia de que el estudiante no sabe.
Jesucristo habla en el Evangelio quince veces del infierno, y catorce veces dice que en el infierno hay fuego. Y en el Nuevo Testamento se dice veintitrés veces que hay fuego. Aunque este fuego es de características distintas del de la Tierra, pues atormenta los espíritus, Jesucristo no ha encontrado otra palabra que exprese mejor ese tormento del infierno, y por eso la repite. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe dijo, el 17 de mayo de 1979, que «aunque la palabra "fuego" es sólo una "imagen", debe ser tratada con todo respeto».
En el infierno hay otro tormento que es el más terrible de todas las penas del infierno. Según San Juan Crisóstomo, es mil veces peor que el fuego970.
San Agustín dice que no conocemos un tormento que se le pueda comparar971.
Los teólogos lo llaman pena de daño. Es una angustia terrible, una especie de desesperación suprema que tortura al condenado, al ver que por su culpa perdió el cielo, no gozará de Dios y se ha condenado para siempre. La Biblia pone en boca del condenado un grito terrible: «Me he equivocado»972.
Ahora, como no entendemos bien ni el cielo ni el infierno, no comprendemos esta pena, pero entonces veremos todo su horror.
No hay que confundir «el infierno» con «los infiernos» a los que fue Cristo después de morir.
Rezamos en el credo de los Apóstoles: «Descendió a los infiernos».
Aquí «los infiernos» se refiere al «lugar de los muertos», como se dice en el Canon IV de la Misa. Era el «Sheol» para los judíos. Allí fue Cristo a anunciarles la Redención. A la morada de los muertos también la llamamos «el limbo de los justos»973.
Los Testigos de Jehová niegan la existencia del infierno basados en que Cristo, a veces, empleó la palabra «sheol» que significa tumba.
Pero la palabra «sheol» significa infierno en el sentido teológico, pues si las almas de los justos son librados por Dios del «sheol», éste no podemos considerarlo como domicilio común de todos los muertos. Pero la doctrina católica sobre la existencia del infierno no se basa en palabras metafóricas que Cristo pudo emplear en alguna ocasión, sino en la doctrina que desarrolló repetidas veces en sus enseñanzas, tal como se contiene en el Evangelio.
99,2. El infierno es la negación del amor y el fracaso de nuestra libertad. El infierno es la condenación eterna. Es el fracaso definitivo del hombre. Aquel que, con plena conciencia de lo que hace, rechaza la palabra de Cristo y la salvación que le ofrece; o quien, luego de aceptarla, se comporta obstinadamente en contra de su ley; o aquel que vive en oposición con su conciencia: éstos tales no llegarán a su destino de bienaventuranza y quedarán, por desgracia suya, alejados de Dios para siempre.
Puede ser interesante mi vídeo «El infierno: fracaso definitivo».
A algunos, que no han estudiado a fondo la Religión, les parece que siendo Dios misericordioso no va a mandarnos a un castigo eterno. Sin embargo, que el infierno es eterno es dogma de fe974.
Pero hemos de tener en cuenta que Dios no nos manda al infierno; somos nosotros los que libremente lo elegimos. Él ve con pena que nosotros le rechazamos a Él por el pecado; pero nos ha hecho libres y no quiere privarnos de la libertad que es consecuencia de la inteligencia que nos ha dado. Jesucristo nos enseñó clarísimamente la gran misericordia de Dios. Pero también nos dice que el infierno es eterno. Cristo afirmó la existencia de una pena eterna, entre otras veces, cuando habló del juicio final: «Dirá a los de la izquierda: apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo»975.
Y después añade que los malos «irán al suplicio eterno y los justos a la vida eterna»976.
Es dogma de fe que existe un infierno eterno para los pecadores que mueran sin arrepentirse.
Aunque Dios es misericordioso, también es justo. Dice la Sagrada Escritura: «Tan grande como ha sido mi misericordia, será también mi justicia»977.
Y su misericordia no puede oponerse a su justicia.
Como es misericordioso, perdona siempre al que se arrepiente de su pecado; pero como es justo, no puede perdonar al que no se arrepiente.
La justicia exige reparación del orden violado. Por lo tanto, el que libre y voluntariamente pecó y muere sin arrepentirse de su pecado, merece un castigo. Y este castigo ha de durar mientras no se repare la falta por el arrepentimiento; pues las faltas morales no se pueden reparar sin arrepentimiento. Sería una monstruosidad perdonar al que no quiere arrepentirse.
Dice Santo Tomás que Dios no puede perdonar al pecador sin que éste se arrepienta previamente978.
Ahora bien, como la muerte pone fin a la vida, el arrepentimiento se hace ya imposible, porque después de la muerte ya no habrá posibilidad de arrepentirse979.
Después de la muerte no se puede merecer nada: con la muerte se acaba el tiempo de merecer980.
La falta del pecador que murió sin arrepentirse queda irreparada para siempre, luego para siempre ha de durar también el castigo.
En el infierno no es posible el arrepentimiento, lo mismo que en el cielo no es posible pecar. Los bienaventurados del cielo se sienten tan atraídos por el amor de Dios, que el atractivo del pecado les deja indiferentes.
Dios es infinitamente justo y no puede quedar indiferente ante las maldades que se hacen en este mundo. Cómo van a estar lo mismo en la otra vida, el asesino, el ladrón, el egoísta y el vicioso, que el honrado y caritativo con todo el mundo» Evidentemente tiene que haber un castigo para tanta injusticia, tanto crimen y tanta maldad como queda en este mundo sin castigo. El temor al infierno no es el mejor motivo para servir a Dios. Es mucho mejor servirle por amor, como a un Padre nuestro que es. Pero somos tan miserables que a veces no nos bastará el amor de Dios, y conviene que tengamos en cuenta el castigo eterno, porque es una realidad. Cristo nos lo avisa para que nos libremos de él.
Se oye decir de labios irresponsables: Hoy a la juventud no le interesa la religión del miedo o de las seguridades. Depende: tener miedo a cosas irreales es de idiotas; pero cerrar los ojos a los peligros reales es de imbéciles. Lo mismo: buscar seguridades ficticias es de idiotas; pero despreciar seguridades reales y preferir inseguridades, es de imbéciles.
El concepto de eternidad se opone al concepto de tiempo, que supone un antes y un después. La eternidad supone una duración ilimitada, una permanencia interminable. Una imagen que puede ayudar a entender la eternidad es un reloj pintado a las nueve en punto. Por mucho que esperemos, nunca señalará las nueve y cinco.
99,3. Debemos pedir a Dios muy a menudo que nos proteja en las necesidades de la vida. Dios tiene en su mano todos los acontecimientos de la vida y los gobierna con amorosa Providencia.
Dios está siempre presente en nuestras vidas. Nos ayuda y protege continuamente. Pero muchas personas sólo se acuerdan de Él cuando lo necesitan. Lo mismo pasa con el aire, que sólo nos acordamos de él cuando nos falta para respirar.
Sabemos que Dios es bueno y cuida de nosotros; aunque a veces no entendamos su Providencia.
Fiémonos de Él que está arriba y ve más. El que está en la cumbre señala mejor el camino de la subida que el que está abajo, que no ve que el camino que él cree mejor está cortado por un precipicio tras una peñas. El buen padre de familia quita a su hijo de botones para que aprenda un oficio. De momento deja de ganar unas pesetas; pero de botones sólo aprende a llevar cartas y a cerrar puertas, y cuando, por la edad, tenga que dejar el oficio, será un hombre inútil. Aprender un oficio es a la larga mucho mejor. Dios nos guía como un padre de familia a sus hijos.
El infierno existe, no porque lo quiera Dios, que no lo quiere; sino porque el hombre libre puede optar contra Dios. No es necesario que sea una acción explícita. Se puede negar a Dios implícitamente, con las obras de la vida. Si negamos la posibilidad del hombre para pecar, suprimimos la libertad del hombre. Si el hombre no es libre para decir NO a Dios, tampoco lo sería para decirle SI. La posibilidad de optar por Dios incluye la posibilidad de rechazarlo.
El gran misterio del infierno es que aunque Dios desea la salvación de todos los hombres, nosotros somos capaces de condenarnos. Dios nos ha creado libres y quiere que nos comportemos como tales. Negar la posibilidad de condenarnos es negar la libertad del hombre. Es anular al hombre. Afirmar que existe el infierno es tomar en serio la libertad del hombre. Dios ofrece la salvación, no la impone. El infierno es el respeto de Dios por tu última voluntad. Si tú libremente elegiste el pecado, mientras no te retractes, Dios te respeta. Y como con la muerte se acaba tu libertad, no cambiarás eternamente.
99,4. Se presenta el problema del mal.
El mal es un misterio que supera el entendimiento humano. Nos debe bastar el saber que Dios saca bienes de los males. Por ejemplo, para que el pecador reconozca su falta y se arrepienta; para que el justo expíe sus faltas en este mundo, gane así mayor gloria en el cielo, y dé buen ejemplo al prójimo con su paciencia; para que los hombres vivan más despegados de las cosas de la Tierra, porque esta vida es tiempo de prueba y no de premio, etc.
A veces, es difícil consolar a unos padres que han perdido a su niño angelical. Pero no podemos olvidar que Dios es padre amorosísimo, y no permite nada que no sea en bien nuestro. Dios conoce el futuro, y sabe si esa criatura angelical va a perseverar así o se va a torcer con gran daño para sí y para sus padres. Puede ser que la muerte angelical de ahora sería muy diferente el día de mañana.
Confiemos en que los planes de Dios son siempre para nuestro mayor bien.
Puede ser que en un caso concreto, no alcancemos a ver el bien que Dios saca de ese mal. Pero ya nos dice San Pablo que para los que aman a Dios, todo coopera en su bien.
Dios en su infinita Sabiduría subordina un bien inferior a un bien superior, el bien material al espiritual, el físico al moral, el profano al religioso, el terreno al celestial; porque no estamos hechos para la tierra sino para el cielo, no para el tiempo sino para la eternidad.
Sin negar el problema del mal, vamos a dar algunas ideas aclaratorias.
Mal es la carencia de un bien debido. Para la piedra no es un mal el no poder ver, pero sí lo sería para mí. En cambio para mí no es mal no tener alas, pero sí lo sería para un águila. Por eso dice Santo Tomás que el mal no es cualquier carencia de un bien, sino la carencia de un bien propio de una determinada criatura.
El único mal absoluto es el infierno: Todos los demás males son relativos: para unos sí, y para otros no; en un sentido sí y en otro no. Un terremoto puede ser un mal para mí, que en él he perdido mi casa y algunos seres queridos; pero no lo es para la Tierra que ha conseguido más estabilidad en su masa. Una enfermedad es un mal para mí en el sentido de que me hace sufrir, pero puede ser un bien si con ella me santifico y merezco más para el cielo.
En el hombre el mal físico produce dolor, y el mal moral es producido por el pecado. El mal físico es consecuencia de las leyes de la Naturaleza. El mal moral es consecuencia del mal uso de la libertad humana. Para evitar el mal moral, Dios tendría que quitar la libertad al hombre. Todo hombre libre es capaz de pecar. Y un hombre sin libertad dejaría de ser hombre. La libertad para ser bueno o ser malo es lo que hace meritorio ser bueno. Y hacer méritos para la vida eterna, es para lo que Dios nos ha puesto en la Tierra. Dice San Pablo: «Sabemos que Dios hace converger todas las cosas para el bien de aquellos que le aman»981.
Si Dios impidiera al hombre hacer el mal, violentaría su libertad.
Dios tiene sus razones para permitir el mal. A nosotros nos basta con saber que Dios tiene Providencia, aunque desconozcamos sus caminos. La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el mal si no hiciera salir el bien del mal mismo, por caminos que nosotros sólo conoceremos plenamente en la vida eterna.
Evidentemente que Dios pudo haber hecho un mundo con otras leyes físicas. Pero todo mundo imaginable es perfectible. Para no poder ser superado hay que ser Dios, que es el único ser Omniperfecto. Dios ha pensado que este mundo es suficientemente bueno para que en él viva el hombre, y gane la gloria eterna que es el fin para el cual ha sido creado.
Pero, sobre todo, la respuesta al dolor es Cristo, que quiso pasarlo primero para animarnos a sufrir. Como la madre que prueba primero la sopa delante del niño, que no quiere comer, para animarle. El sufrimiento humano, individual o colectivo, a veces sólo tiene una respuesta: Cristo crucificado.
La Redención de la humanidad se ha hecho por el dolor. Por eso muchos santos han amado el dolor. El calvario se ha convertido en la meta ideal, según aquello de San Pablo que «no quería gloriarse de otra cosa que no fuera la cruz de Cristo»982.
Y por extraña paradoja, el sufrir por amor a Cristo es una fuente inefable de consuelo. También lo dijo San Pablo: «Sobreabundó de gozo en medio de mis tribulaciones»983.
Y es que el sacrificio realizado por amor pierde toda su dureza.
Incluso se convierte en alegría cuando se ama de verdad. Y además, la esperanza de la gloria. El dolor pasará, las tribulaciones se acabarán, el sufrimiento se extinguirá para siempre. Y todo ello quedará substituido por una sublime e incomparable gloria que no terminará jamás. Por eso dice San Pablo: «qué tienen que ver las amarguras y tribulaciones de la tierra si las comparamos con la inmensa gloria que nos aguarda en la eternidad»»984.
El cristiano no permanece pasivo ante el dolor propio o ajeno, y procura prevenirlo con todos los medios lícitos de que dispone. (...)
Cuando los recursos humanos se han venido abajo, cuando la CIENCIA Y EL AMOR SE HAN DECLARADO IMPOTENTES, EL CRISTIANO TIENE TODAVÍA un refugio. Para él, el cielo no está vacío. En él vive un Dios bueno,sabio y omnipotente del cual dependen todos los acontecimientos de la vida y todos los fenómenos del universo. Un Dios que conoce nuestras miserias y oye nuestras voces de auxilio, y puede, si le parece bien, socorrernos y consolarnos.
Y cuando la oración no es oída enseguida, el cristiano no se desanima.(...) Sabe aceptar con serena resignación los designios inescrutables de Dios, que es el más amoroso de los padres.
99,5. Todas las cosas tienen pros y contras. La electricidad nos trae muchos bienes (iluminación, telecomunicación, motores, etc.); pero también puede provocar un incendio por cortocircuito y matar por electrocución. A pesar de los peligros que supone la electricidad no por eso dejas de poner en tu casa instalación eléctrica. El mundo que Dios ha hecho tiene muchas cosas buenas, pero a veces ocurren adversidades y contratiempos. Son consecuencias de que el mundo es un ser en evolución. La dinámica de la evolución provoca contrastes y conflictos. A veces ocurren cosas que no comprendemos. Pero es absurdo querer entender a Dios al modo humano. Es como si un animal quisiera entender las ideas filosóficas humanas: es imposible. Es lógico que el hombre no entienda a veces el proceder de Dios. A nosotros nos basta saber que Dios es Padre, y permite el sufrimiento para nuestro bien. Lo mismo que una madre le pone a su hijo una inyección que éste necesita, aunque le duela. Dios deja actuar las leyes de la naturaleza y la libertad de los hombres, y no los mueve como el jugador de ajedrez las piezas.
Sin embargo, ha de ser un consuelo para nosotros saber que en igualdad de circunstancias, en el cielo gozan más, los que más han sufrido en este mundo con cristiana resignación. Es consolador saber que el sufrir pasa, pero el premio de haber sufrido por amor a Dios durará eternamente. En el cielo bendeciremos a Dios por aquellos sufrimientos que nos han merecido tanta gloria eterna.
No nos engañemos con el aparente triunfo de algunos malos. En primer lugar, porque el triunfo del malo se limita a esta vida, donde la experiencia enseña que no se da triunfo completo y libre de mal. Pero, sobre todo, porque el que peca es un fracasado para la eternidad, que es donde el fracaso es completo e irremediable. El único que triunfa es quien se salva.
100,1. El cielo es el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno.
«La Iglesia ha definido como dogma de fe la existencia y eternidad de cielo»985.
«El cielo es primordialmente un "estado". Es un modo de existir. El espacio es para las cosas materiales. Los espíritus, para existir, no necesitan de un lugar. Pero es necesario además suponer que el cielo se halla localizado en algún "lugar" aunque no sepamos decir dónde está. No hay más solución que decir, que, de uno u otro modo, el cielo es un lugar de gloria»986.
En el cielo, los buenos viven con Dios eternamente felices. Éste es el único modo de ser del todo feliz.
Para Platón la felicidad está en amar la Belleza, y para Aristóteles en conocer la Verdad. Como en Dios está la Suprema Belleza y Verdad, en el disfrute de Dios está la verdadera felicidad. Y esto es el cielo. Por eso dice San Agustín: Nos hiciste, Señor, para Ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti.
Puede ser interesante mi vídeo «El cielo: la felicidad de amar».
100,2. Dios ha hecho al hombre para el cielo. Por eso aquí en la Tierra ningún hombre encuentra esa felicidad completa que tanto busca.
Goethe afirmaba de sí mismo: «Se me ha ensalzado como a uno de los hombres más favorecidos por la fortuna. Pero en el fondo de todo ello no merecía la pena, y puedo decir que en mis setenta y cinco años de vida no he tenido cuatro semanas de verdadera felicidad. Ha sido un eterno rodar de una piedra que siempre quería cambiar de sitio»987.
Los ricos y los pobres, los de arriba y los de abajo, todos los hombres, en sus momentos de sinceridad, reconocen que no encuentran la felicidad que los sacie, aunque hayan tenido de todo y hayan gozado de todo. Y es que «la aspiración fundamental del hombre no puede saciarse con la posesión de un objeto, el hombre no puede alcanzar su felicidad plena en una relación sujeto-objeto, sino en una relación yo-tú, es decir, en la relación con una persona»988.
Incluso en este mundo la mayor felicidad está en el amor. No precisamente el amor-lujuria, sino el amor espiritual. El amor brota ante la presencia de lo bueno, de lo bello. En el cielo la posesión intuitiva del Bien infinito -Dios- nos proporcionará, por el amor, una felicidad insuperable.
Lo mismo que por más que te explique un cosmonauta la sensación de ingravidez que él siente en el espacio, no puedes entenderla como él, así es imposible que un pecador comprenda a Santa Teresa cuando habla de la felicidad del amor de Dios.
La felicidad del cielo es difícil que la comprendamos con nuestra mentalidad terrena. Es como hablarle a un ciego de colores, o a un sordo de música. Ya lo dijo San Pablo: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha concebido jamás el corazón humano la felicidad que Dios tiene preparada para los que le aman»989.
La única felicidad completa, verdadera y definitiva está es el cielo.
Por eso la salvación eterna es el problema más importante que el hombre tiene que resolver en esta vida. Es un asunto difícil, pero a nosotros mismos nos interesa que salga bien. Si me sale mal, yo seré el que me hunda para siempre.
En el cielo conoceremos todo lo que nos interese sobre nuestra familia, amigos, etc. Incluso todas maravillas de la ciencia en todas las ramas del saber humano. Y como en el cielo no se puede sufrir, los bienaventurados no sufren viendo sufrir a sus seres queridos, pues ven los bienes que se siguen de ese sufrimiento. Pero sin duda pedirán a Dios que alivie sus penas y les de fuerzas y resignación para sobrellevarlo todo.
Los Testigos de Jehová dicen que sólo se salvan 144.000 porque es el número que da el Apocalipsis990.
Pero todo el que sabe un poco de Estudios Bíblicos conoce que los números en la Biblia tienen un valor simbólico. No pretenden la exactitud. Como cuando decimos «te he llamado mil veces» lo que queremos decir es «muchas veces»; y cuando dices «llevo esperándote tres horas» quieres decir mucho rato, y no precisamente ciento ochenta minutos.
Hay números simbólicos como el 7, el 12, el 40. Setenta veces siete.
Cuarenta días de ayuno. Doce apóstoles. Doce tribus de Israel.
Los 144.000 son 12.000 por cada una de las doce tribus de Israel. Doce es símbolo de plenitud y mil de multitud. Por eso el Apocalipsis dice unas líneas después que «era una gran muchedumbre que nadie podía contar»991.
Y San Pablo: «Dios quiere que todos los hombres se salven»992.
Y Cristo encargó a los Apóstoles: «Predicad a toda criatura..., el que crea se salvará»993.
Esta doctrina de los Testigos de Jehová ha sido tan refutada que ellos mismos buscan otra interpretación del texto y van admitiendo que son muchos más los que se salvan.
Incluso los que, sin culpa suya, no son cristianos pero han permanecido fieles a la voz de su recta conciencia, participarán de la felicidad eterna con el Señor, pues la acción invisible del Espíritu Santo en sus corazones, los unirá al misterio pascual de Jesucristo.
Dice Santo Tomás que el que no conoce la religión verdadera sin culpa suya, pero ha procurado vivir conforme a su conciencia haciendo el bien y evitando el mal, según sus alcances, hay que creer certísimamente que Dios buscará el modo de iluminarle antes de morir para que pueda salvarse994.
Dice el Concilio Vaticano II: «Los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero se esfuerzan en cumplir con su conciencia pueden conseguir la salvación eterna»995.
La Divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa suya ignoran el conocimiento expreso de Dios, y se esfuerzan en llevar una vida recta.
En cambio, el instruido suficientemente en la religión católica que rechace a la Iglesia Católica no podrá salvarse.
100,3. Para salvarse y ganar el cielo, es necesario servir a Dios y guardar los mandamientos. Esto cuesta trabajo, porque nuestras inclinaciones al pecado son muy fuertes, y el demonio -que nos envidia y quiere condenarnos con él- nos pone trampas de tentaciones para que caigamos. Sin embargo, podemos vencer al demonio y a nuestras pasiones. Todo es posible para el que ora. Si se lo pido mucho al Señor y a la Virgen, si confieso y comulgo con frecuencia, y procuro apartarme de las ocasiones de pecar, será casi cierto que me salvaré.
Tenemos en nuestra mano los medios necesarios y suficientes para alcanzar la salvación: quien los pone en práctica convenientemente se salva. Para no apartarse del camino de la salvación en muy conveniente hacer todos los años Ejercicios Espirituales. Hay además tres cosas muy eficaces para conseguir una buena muerte:
comulgar los Primeros Viernes de mes, los Primeros Sábados, y rezar todas las noches tres Avemarías a la Santísima Virgen, que son prenda de salvación eterna. Aunque, naturalmente, todas las devociones son inútiles si no tenemos sincero deseo de servir a Dios y hacer el bien.
Es necesario pedir mucho nuestra salvación eterna. Quien pide salvarse, con insistencia y de corazón, es cierto que se salvará y, por el contrario, quien no lo pide, no se salvará, ordinariamente hablando. Dice San Alfonso María de Ligorio: «Todo el negocio de la salvación depende de la oración; si no oráis, vuestra condenación será cierta».
100,4. El misterio de la predestinación consiste en la coordinación de la Sabiduría, Bondad y Justicia de Dios, con nuestra libertad. Para nosotros la coordinación de estas cuatro cosas es un misterio.
Pero comprendemos que Dios puede coordinarla. Vamos a intentar dar un poco de luz:
A veces se oye preguntar: «Si Dios es bueno, por qué me crea sabiendo que me voy a condenar» Me hubiera hecho un favor no creándome». Te equivocas. No creándote no te hace ningún favor. Si no existes, no puede hacerte favores. En cambio, al crearte te da el billete de entrada para el cielo, lo cual es un bien inmenso. Si tú rompes esa entrada no es culpa de Dios, sino exclusivamente tuya. Él ya hizo bastante comprándote esa entrada a costa de su vida. Vas a dudar de su Bondad»
Si Dios no creara a los que se van a condenar, haría un perjuicio a los posibles descendientes de esos hombres, que podrían ser excelentes, salvarse y ser eternamente felices.Todos podemos tener en nuestros ascendientes alguno que se haya condenado. Si para que él no se condene, Dios no lo crea, tampoco hubiéramos existido nosotros, y nos veríamos privados de la felicidad eterna que esperamos conseguir.
Si tú quieres condenarte, no por eso va Dios a privar de la felicidad eterna a tantos seres descendientes tuyos (hablo en general) que se querrán salvar y ser eternamente felices.
Además, si Dios creara sólo a los que se iban a salvar, entonces los hombres, seguros de su salvación a última hora, se despreocuparían de hacer buenas obras. El riesgo de la condenación estimula a practicar el bien. Con esto se aumenta el premio eterno. Y Dios considera que esto es motivo suficiente para permitir que otros voluntariamente prefieran ir por el camino de la condenación.
Es verdad que Dios podría enviarnos la muerte aprovechando un momento en que estemos en gracia, o antes de que tengamos uso de razón, si nunca vamos a tener un buen momento. Pero Dios hace plan de dar a cada uno un tiempo de vida determinado, y no lo cambia. Si Dios subordinara el momento de la muerte de cada uno a esperar que esté en gracia, como esto depende de la voluntad del hombre, sería el hombre el que, de alguna manera, determinaría el momento de morir. Y es impropio de Dios subordinarse a los caprichos de la criatura.
Con todo, no es inútil pedir a Dios la curación de un enfermo grave.
Pues como Dios sabía que se iba a pedir por él, pudo, desde la eternidad, teniendo en cuenta esas oraciones, señalar el momento de morir más conveniente.
Debemos tener confianza de que todo lo que Dios hace o permite es en bien nuestro. Todo por amor a nosotros, aunque algunas veces con nuestro pequeño entendimiento no comprendamos los planes de Dios.
La Divina Providencia consiste en las disposiciones por las que Dios conduce, con sabiduría y amor, todas las criaturas hasta su último fin.
«Dios quiere que todos los hombres se salven»996, y aa todos les da las gracias necesarias para ello. Es más, si necesitas un millón, Él te da cinco millones. Dijo Cristo: «Yo he venido para que tengan vida sobrenatural, y para que la tengan en abundancia»997.
Es decir, que con la gracia que te da, te puedes salvar de sobra. Si no te salvas, es porque no quieres. Dios ha querido que tú pongas algo de tu parte. Si no lo quieres poner, la culpa es exclusivamente tuya.
De ninguna manera de Dios, que con lo que te ha dado, tienes de sobra para salvarte.
Por qué deja Dios esto en muestras manos» Porque sin libertad no hay mérito, y sin mérito no hay salvación.
El hombre es esencialmente racional. El ser racional es necesariamente libre998.
El ser libre implica autodeterminación en la elección del bien y del mal, por lo tanto ser responsable. Para ser responsable hay que ser libre. Esto es lo que hace posible el mérito necesario para la salvación, y al mismo tiempo la culpabilidad del mal que lleva a la condenación. Si Dios suprimiera la libertad, suprimiría al hombre. Que Dios podía haber elegido otro orden de cosas en el que se condenaran menos» De acuerdo! Y, por qué ha elegido éste» No lo sabemos. No lo ha revelado. Es un misterio.
Lo cierto es que en todo orden de hombres libres es lógico que algunos abusen de su libertad; y que en el actual orden de cosas, que nos ha tocado vivir, quien quiere sinceramente salvarse, con la ayuda de Dios, se salva. Nadie se condena sino por su propia culpa999.
Dios llama a todos a la salvación; pero la respuesta de cada uno es personal y libre. Y Dios respeta esa libertad.
Vamos a poner aquí un resumen de la Doctrina de la Iglesia sobre predestinación:
1.- Dios quiere que todos los hombres se salven.
2.- Cristo murió por todos los hombres sin excepción.
3.- Dios no niega a nadie las gracias necesarias y suficientes para salvarse.
4.- Nadie se condena sin culpa suya.
5.- Todos podemos salvarnos, pues Dios no pide imposibles, sino que hagas lo que puedas y pidas lo que no puedas, que Él te ayudará para que puedas.
6.- La oración bien hecha y la devoción a María son prenda de salvación eterna.
Todos podemos salvarnos, pues Dios así lo quiere. Para eso nos ha puesto en la vida. Esta voluntad de Dios no es absoluta, la cual no admite excepción; sino condicionada, es decir, con la condición de que el pecador se arrepienta de sus pecados. Para que podamos salvarnos nos da los medios suficientes para ello, como son la gracia y los sacramentos. Basta que nosotros queramos utilizarlos y cooperar con la gracia que Dios nos da, cumpliendo los mandamientos.
101,1. La existencia del purgatorio es dogma de fe1000.
Esta definido en los Concilios de Lyon y Florencia. También en el Concilio de Trento.
San Pablo indica que hay purificación más allá de la muerte1001.
Y supone que se puede ayudar a los muertos1002.
Como los del cielo no lo necesitan, y en el infierno esto ya no es posible, San Pablo se refiere a las almas del purgatorio.
Cristo dice que daremos cuenta de cualquier palabra ociosa1003, es decir, hasta de las faltas más pequeñas. Pero del infierno no sale nadie1004, y no parece adecuado un infierno eterno para las faltas pequeñas. Hay pecados que no son para la muerte1005.
Por otra parte, dice el Apocalipsis que en el cielo no entrará nada manchado1006.
Luego tiene que haber un medio para purificarse de las pequeñas faltas que no merecen un infierno eterno, pero que con ellas no se puede entrar en el cielo. Eso es el purgatorio.
«Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios»1007.
El peor sufrimiento del purgatorio es ver que se retrasa el estar con Dios, que se desea con ansiedad.
Todos debemos ser muy devotos de las almas del purgatorio. Los que están allí sufren mucho hasta que les llegue la hora de entrar en el cielo. No pueden merecer nada para ellos mismos ; pero desde este mundo podemos abreviar sus sufrimientos, ofreciendo por ellos misas, oraciones y buenas obras.
Debemos preocuparnos sobre todo de nuestros parientes difuntos, que quizás estén todavía en el purgatorio. Quien no socorre a las almas del purgatorio merecer ser él también abandonado cuando se muera.
Si logro con misas, oraciones, etc., sacar un alma del purgatorio, tendré en el cielo para siempre un alma agradecida, que se interese por mis cosas y me ayude en mis necesidades.
101,2. Algunas personas buenas, conscientes de lo necesitadas que están las almas del purgatorio, y de lo mucho que les podemos ayudar desde aquí ofreciéndoles sufragios, hacen lo que se llama ¿voto de ánimas? que consiste en renunciar a todo el valor satisfactorio que podemos alcanzar, para ofrecerlo en beneficio de los difuntos, comprometiéndonos a pagar nosotros en el purgatorio todo lo que debamos por nuestros pecados.
Este acto nos hace ganar mucho mérito delante de Dios. La Iglesia lo llama «Acto heroico de caridad» y Jesucristo no puede dejarlo sin premio, pues dijo: «Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia»1008.
Pues si con esto alcanzamos la misericordia de una buena muerte, ¿qué más queremos?
Para hacer este voto, no hay que rezar ninguna oración especial. Basta con un acto de la voluntad, una ofrenda hecha con el corazón. Pero si se quiere, puede emplearse la oración siguiente:
«Yo te ofrezco, Señor, por las almas del purgatorio, todas las obras satisfactorias de mi vida entera, y todas las que por mí se ofrezcan después de mi muerte. Te las ofrezco en unión de los méritos de Jesús y de María, y en manos de Ella las deposito para que las aplique según su voluntad. Dígnate aceptar este ofrecimiento, y ayúdame a vivir y a morir en tu santa gracia. Amén».
Es aconsejable renovar a menudo este ofrecimiento. De suyo, aunque se llama voto, no es verdaderamente un voto, que obligue bajo pecado, y puede deshacerse en cualquier momento a voluntad del que lo hace.
La excelencia del voto de ánimas puede deducirse del gran número de personas insignes en dignidad, ciencia y santidad que lo han hecho1009.
102,1. Ni en el cielo es posible pecar, ni en el infierno es posible el arrepentimiento. Por eso son eternos.
103,1. Jesucristo habló del fin del mundo repetidas veces en su vida.
Lo que no sabemos es cuándo será ese día. Dijo Jesucristo que nadie sabe el día en que será el fin del mundo.
104,1. La resurrección de los muertos es dogma de fe. Está definido en el Concilio IV de Letrán1010.
Entonces todos seremos presentados «ante el tribunal de Cristo para recibir el premio o el castigo de lo que hayamos hecho en esta vida»1011.
«Los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; y los que hayan hecho el mal, a una resurrección de condenación»1012. «Los de la izquierda irán al tormento eterno, mas los justos a la vida eterna»1013.
Cristo es la Cabeza del Cuerpo Místico. La resurrección de la Cabeza, que es Cristo, es prenda de la resurrección de todo el Cuerpo, que somos nosotros.
Cuando llegue el fin del mundo, todos los muertos resucitarán con el mismo cuerpo que tienen ahora, para no volver a morir. Los justos tendrán su cuerpo glorioso, perfecto, y sin los defectos que ahora tenemos. Esto es un milagro. Aunque es difícil de comprender, sabemos que sucederá así, porque es dogma de fe.
«Sería temerario decir que es imposible que Dios conceda al cuerpo resucitado propiedades que ya se encuentran en los elementos que constituyen la materia en nuestros laboratorios. Nadie tiene derecho a negar a Dios esa posibilidad. Dios lo único que no puede hacer es lo absurdo o contradictorio. Esto no es absurdo ni contradictorio; esto tiene base en la ciencia de hoy»1014.
Según opinión de gran número de teólogos y de Santos Padres, resucitaremos en la plenitud de la vida, con los caracteres de la naturaleza humana en su más pujante, lozano y perfecto desarrollo1015.
Y sin los defectos que hallamos tenido en esta vida. Pero esto, aunque es opinión teológica muy razonable, no es dogma de fe.
Resucitar con el mismo cuerpo significa recobrar la propia vida en todas sus dimensiones auténticamente humanas: no perder nada de todo aquello que ahora constituye e individualiza a cada hombre.
Resucitaremos con nuestro propio cuerpo, aunque no necesariamente con la misma materia, que ha cambiado repetidas veces a lo largo de toda la vida con el metabolismo. Soy el mismo, pero no lo mismo. Identidad de la persona, no identidad de las moléculas. Soy la misma persona, pero no tengo la misma materia. Resucitaré yo mismo; los átomos que compongan mi cuerpo es lo de menos.
Quizás a muchos la idea de nuestra resurrección se les haga más increíble porque tienen una idea equivocada de ella. Creen que Dios tendría que andar recogiendo los átomos que un día formaron parte de un determinado organismo y están dispersos por todo el mundo para volverlos a juntar y formar de nuevo aquel cuerpo. Pero lo que hace que sea el mismo hombre no es que tenga numéricamente el mismo cuerpo, sino que sea la misma persona. De hecho, a lo largo de la vida, hemos ido renovando todos los átomos de nuestro cuerpo y seguimos siendo la misma persona. La resurrección no es problema de rigurosa identidad corporal, sino de rigurosa identidad personal.
Hoy la Iglesia permite la incineración de los cadáveres, por las dificultades de espacio que hay en los cementerios de las grandes ciudades1016.
No hay para Dios ningún problema cuando llegue el momento de la resurrección.
El destino de estas cenizas puede ser variado. Mientras la Iglesia o la ley civil no digan otra cosa se puede depositar el cofre con las cenizas en un nicho familiar, o lanzarlas al mar, rajando previamente la bolsa de plástico que las contiene para que se dispersen. Pero siempre tratándolas con todo respeto, según el deseo de la Iglesia.
104,2. Los Testigos de Jehová confunden la resurrección del juicio final con una resurrección a corto plazo. En un libro que publicaron el 1974 titulado ¿Es esta vida todo lo que hay? dicen en la página 165 que muchas personas que viven hoy no morirán nunca, y que miles de millones de personas que ahora están muertas pronto vivirán de nuevo. Piense en el gozo de poder tener de nuevo la compañía de amigos queridos y parientes amados, oír sus voces familiares y verlos con buena salud (página 175). Engañadas por esta mentira en Quintana de la Serena (Badajoz) me dijeron que una mujer, que tenía a su marido en la tumba, no cerraba la puerta por la noche esperando que él se presentaría de un momento a otro; y en Caravaca de la Cruz (Murcia) me dijeron de otra que después de morir su marido le encargó un traje nuevo para que se lo pusiera cuando volviera del sepulcro. ¿Hay derecho a engañar así a la gente sencilla?
Los Testigos de Jehová hablan de una segunda posibilidad después de la muerte. Pero Jesucristo nunca habló de esta segunda posibilidad, sino que siempre enseñó que la muerte fija definitivamente la suerte eterna de todos los hombres. Por eso las advertencias constantes a estar preparados: «Velad, no sabéis ni el día ni la hora»1017.
104,3. La resurrección no tiene nada que ver con la reencarnación del hinduismo y del budismo.
La invasión que hemos sufrido en España de predicadores de otras religiones ha ocasionado un tremendo confusionismo en muchas ideas de los católicos. Una de ellas es la reencarnación de los muertos en un animal o en otra persona. Esto es totalmente inaceptable para un católico. Dice la Biblia: «Es destino de los hombres morir una sola vez»1018.
«El hombre es esencialmente hijo de Dios, lo cual exige el poder conocerle y amarle, y esto no sería posible si se reencarnase en una rana o en un escarabajo. Ni tampoco en otro hombre, pues cada persona es responsable de sus propias obras, y nadie puede cargar con la responsabilidad de las obras de otra persona. Cada uno de nosotros es total y exclusivamente responsable de sus propias obras. La responsabilidad de nuestra persona humana dura lo que dura nuestro uso de razón en esta vida entre el nacimiento y la muerte. Ni estamos nosotros pagando los pecados de otros, ni nadie pagará los pecados de los que sólo nosotros somos responsables»1019.
105,1. El que -fiado de la palabra de Dios- cree las verdades que la Iglesia enseña como reveladas por Él, se dice que tiene fe. El católico debe creer todo lo que Dios ha revelado y la Iglesia nos propone par ser creído.
Las verdades de la fe debemos creerlas, porque Dios, que no puede engañarse ni quiere engañarnos, nos las enseña por medio de Nuestra Santa Madre la Iglesia, divinamente asistida por Él. Dios no revela directamente a cada uno las verdades que debemos creer; sino que ha hecho a la Iglesia depositaria de estas verdades y la ha encargado el enseñarlas.
El cristiano sabe que Dios no puede equivocarse porque es la Sabiduría infinita, y que no puede engañarle, porque es la Verdad suma. Por eso tiene fe en Dios. La fe consiste en una sumisión de la mente humana a las verdades o misterios sobrenaturales revelados por Dios.
106,1. Quien no cumple los mandamientos no puede salvarse. Dice el Apocalipsis:«Los muertos serán juzgados conforme a sus obras»1020.
Dijo Cristo: «No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial»1021. Y «si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos»1022. «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»1023.
San Pablo habla de los que «hacen profesión de conocer a Dios, pero con las obras lo niegan»1024.
San Pablo insiste en que el creyente será juzgado según sus obras1025.
«La fe sin obras está muerta»1026.
Por las obras se ve la fe. «El hombre se justifica por las obras, y no solamente por la fe»1027.
106,2. Pero para salvarse también se necesita la fe. La fe es la raíz de toda justificación. Para salvarse es necesario el estado de gracia. Y sin la fe no es posible el estado de gracia: «sin la fe no es posible agradar a Dios»1028.
Por consiguiente sin ella no es posible salvarse.
Tenemos obligación de creer todas las verdades que la Iglesia manda creer. Jesucristo dijo a los Apóstoles cuando los envió a predicar por todo el mundo: «Id e instruid a todas las gentes, enseñándolas a observar todas las cosas que Yo os he mandado»1029. «El que creyere, se salvará; y el que no creyere, será condenado»1030.
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