90,1. Los que han tenido la desgracia de hacer una confesión sacrílega, y desde entonces vienen arrastrando su conciencia, de ninguna manera pueden seguir en ese horrible estado. No desconfíen de la misericordia de Dios. Acudan a un sacerdote prudente, que les acogerá con todo cariño.
Bendecirán para siempre el día en que quitaron de su alma ese enorme peso que la atormentaba.
Además, el confesor no se asusta de nada, porque, por el estudio y la práctica que tiene de confesar, conoce ya toda clase de pecados.
Es una tontería callar pecados graves en la confesión por vergüenza, porque el confesor no puede decir nada de lo que oye en confesión.
Aunque le cueste la vida callar el secreto. Ha habido sacerdotes que han dado su vida antes que faltar al secreto de confesión.
Este secreto, que no admite excepción, se llama sigilo sacramental.
Es pecado ponerse a escuchar confesiones ajenas. Los que, sin querer, se han enterado de una confesión ajena no pecan; pero tienen obligación de guardar secreto.
Es curioso que los mismos que ponen dificultades en decir sus pecados al confesor los propagan entre sus amigos, y con frecuencia exagerando fanfarronamente. Lo que pasa es que esas cosas ante sus amigos son hazañas, pero ante el confesor son pecados; y esto es humillante. Por eso para confesarse hay que ser muy sincero. Los que no son sinceros, no se confiesan bien.
Nunca calles voluntariamente un pecado grave, porque tendrás después que sufrir mucho para decirlo, y al fin lo tendrás que decir, y te costará más cuanto más tardes, y si no lo dices, te condenarás.
Si tienes un pecado que te da vergüenza confesarlo, te aconsejo que lo digas el primero. Este acto de vencimiento te ayudará a hacer una buena confesión.
90,2. El confesor será siempre tu mejor amigo. A él puedes acudir siempre que lo necesites, que con toda seguridad encontrarás cariño y aprecio. Además de perdonarte los pecados, el confesor puede consolarte, orientarte, aconsejarte, etc. Pregúntale las dudas morales que tengas. Pídele los consejos que necesites. Dile todo lo que se te ocurra con confianza. Te guardará el secreto más riguroso.
Los sacerdotes estamos aquí para que los hombres, por nuestro medio, encuentren su salvación en Dios. El perdón de un pecado que, desde el punto de vista sociológico, acaso no tiene gran transcendencia, es en realidad más importante que todo cuanto podamos hacer para mejorar la existencia de los hombres. Hasta Nietzshe, a pesar de su violentísimo anticristianismo, decía que el sacerdote es una víctima sacrificada en bien de la humanidad.
El sacerdote guía a la comunidad cristiana con la predicación de la palabra de Dios, con sus consejos, con sus orientaciones, con su actitud de diálogo, de acogida, de comprensión, con su fidelidad a Jesucristo. El sacerdote es, ante todo, un educador.
Dice Juan Pablo II, en su libro Don y Misterio, citando San Pablo, que el sacerdote es administrador de los misterios de Dios: El sacerdote recibe de Cristo los bienes de la salvación para distribuirlos debidamente entre las personas.
Cuenta el historiador José de Sigüenza hablando de Fray Hernando de Talavera, Primer Arzobispo de Granada, que la reina Isabel la Católica lo llamó para confesarse con él. Era la primera vez que lo hacía con él. Habían preparado dos reclinatorios, pero el obispo se sentó. Le dijo la reina:
- Ambos hemos de estar de rodillas.
Pero el confesor contestó:
- No,Señora. Vuestra Alteza sí debe estar de rodillas, para confesar sus pecados; pero yo he de estar sentado, porque éste es el Tribunal de Dios y yo estoy aquí representándolo.
Calló la reina y se confesó de rodillas. Después dijo:
- Éste es el confesor que yo buscaba.
No sé cómo llegó a mis manos una hoja que decía:
Pobre cura!
Si es joven, le falta experiencia. Si es viejo, ya debe retirarse.
Si canta mal, se ríen. Si canta bien, es un vanidoso.
Si se alarga en el sermón, es un pesado. Si es corto, no sabe qué decir.
Si habla en voz alta, regaña. Si lo hace en tono natural, no se le oye.
Si escucha en el confesonario, es un chismoso. Si confiesa aprisa, no escucha.
Si visita a los feligreses, no está nunca en el despacho. Si no lo hace, es arisco.
Si tiene coche, vive como un rico. Si va a pie, es un antiguo.
Si pide ayuda, es un pesetero. Si no arregla la iglesia, es un abandonado.
Y cuando se muera, muchos lo echarán de menos.
90,3. Si tienes la desgracia de tropezar con un religioso o con un sacerdote que no vive conforme a su estado, no te alarmes por eso. A veces, se dan caídas incluso en los que tienen más obligación de servir a Dios. Pero por eso no debe vacilar tu fe. Nuestra fe no descansa en ningún hombre, sino en Dios, que nunca falla. Los hombres están sujetos a cambios. El que hoy es bueno, mañana deja de serlo; y viceversa. También entre los doce Apóstoles hubo un Judas traidor. El sacerdote que no cumple bien sus obligaciones, será juzgado por Dios como se merece. Sin embargo, la religión no deja de ser verdad aunque haya sacerdotes débiles, que no vencen sus pasiones. Lo mismo que la Medicina sigue siendo verdad, aunque hubiera médicos toxicómanos.
Hay sacerdotes malos, pero en proporción muchísimo menor que en cualquier otra profesión. Y por otra parte, la virtud en grado elevado se ha dado siempre en el sacerdocio más que en cualquier otra profesión.
Cuando un sacerdote peca, una persona culta piensa: qué heroísmo el de tantos otros sacerdotes que teniendo las mismas inclinaciones y pasiones sin embargo no sucumben.
Es una injusticia generalizar las faltas, que excepcionalmente se dan en un caso aislado, achacándolas a todos los demás sacerdotes. Como si yo, porque conozco a dos de tu pueblo que son unos borrachos, dijera que todos los de allí sois unos borrachos. Sería injusto con vosotros.
Además las faltas en un sacerdote llaman más la atención, precisamente por eso, por lo excepcionales; una mancha de tinta se ve mucho más en un pantalón claro que el «mono» grasiento de un mecánico. Sobre las acusaciones que se oyen contra los curas te recomiendo: «Yo no creo en los curas» de Yanes.
Es una equivocación el mal concepto que muchos tienen de los sacerdotes. Ningún muchacho se hace sacerdote para pasarlo bien. Y se da cuenta de ello en los largos años de estudios sacerdotales, sometido a una disciplina dura y a unas renuncias muy fuertes: como es renunciar a una novia y renunciar a un hogar. Además, los estudios de un sacerdote son tan largos y costosos como los de un médico o los de un ingeniero, y sin embargo la mayoría de los sacerdotes en España ganan el salario mínimo interprofesional. Hoy, en España, el clero vive por lo general peor que la clase media. Sería ridículo que un muchacho pensara en ser sacerdote para pasarlo bien. Los que aspiran al sacerdocio lo hacen para ser ellos mejores y para hacer el mundo mejor. Porque si no hubiera sacerdotes, los de arriba serían peores de lo que son, los de abajo tendrían menos defensores, y tú en lugar de tener este libro entre tus manos quizás tendrías otro para mal de tu alma.
Y si algún sacerdote no te da buen ejemplo, no te guíes por lo que hace, sino por la doctrina de Cristo que te predica. Ya te avisó Cristo: «Haced lo que os dicen, pero no hagáis según sus obras»914.
Ellos son responsables de sus obras, y darán a Dios estrecha cuenta de ellas; pero tú tendrás que dar a Dios cuenta de las tuyas. El que otro cometa pecados no justifica el que tú también los cometas. Los dos iréis al infierno, si no pedís perdón a Dios.
90,4. La confesión, al perdonarnos los pecados, nos devuelve la gracia santificante (o nos la aumenta, si no la habíamos perdido por el pecado grave). Y con la gracia también nos devuelve el derecho al cielo y nos restaura todos los méritos pasados, que habíamos perdido por el pecado grave.
90,5. La confesión es un gran beneficio de Dios que debemos saber estimar y aprovechar. Qué sería de nosotros en la otra vida, si no tuviéramos en ésta un medio para alcanzar el perdón de nuestros pecados»
Por eso la Iglesia, que quiere que aseguremos la salvación, manda que nos confesemos por lo menos una vez al año.
La confesión anual es obligatoria. Pero deberíamos confesarnos con frecuencia. Al menos cada mes. Y esto aunque no haya pecados graves, pues la confesión es un sacramento, que nos dará gracia para ser cada vez mejores.
Si no tienes pecados graves, te confiesas de algún venial, que nunca falta. Y aunque ya te dije que los pecados veniales no es obligatorio confesarlos, siempre es conveniente.
Sin embargo, aunque Dios quiere que me confiese a menudo, y a mí me conviene hacerlo, ningún hombre puede forzarme. Ni mis jefes, ni mis amigos, ni mis familiares, ni un sacerdote, ni nadie.
Los otros podrán aconsejarme que me confiese; pero forzarme, no. La confesión tiene que ser libre.
Que me salga de dentro. Porque la estimo y quiero salvarme. Aunque me cueste. Las medicinas no siempre gustan. Si voy a la confesión forzado y sin dolor, la confesión será una comedia. Y esto es un pecado gravísimo. Para que la confesión valga, tiene que haber arrepentimiento. Si en alguna rarísima ocasión alguien te obliga a confesarte, y tú no estás en disposición de ello, antes de hacer una mala confesión, dile al sacerdote que no vas a con intención de confesarte y que te dé la bendición: los demás no notarán nada, y tú no habrás cometido un sacrilegio.
Por muchos pecados que tengas, y por grandes que sean, nunca debes desconfiar de Dios, sino que debes acudir humildemente a Él y pedir el perdón que Él está deseando darte. Dios odia el pecado, pero ama al pecador; y sólo quiere que se convierta y se salve. Todo confesor tiene obligación de confesar a todo aquel que se lo pida razonablemente.
La absolución del sacerdote es el signo eficaz del perdón de Dios y el momento culminante de la celebración del sacramento de la penitencia.
La absolución tiene lugar cuando el sacerdote pronuncia la fórmula sacramental: Yo te absuelvo de tus pecados, al mismo tiempo que traza la señal de la cruz sobre el penitente.
91,1. La exhortación pontificia de Juan Pablo II Reconciliación y Penitencia (31,3) dice que las obras de satisfacción deben consistir en acciones de culto, caridad, misericordia y reparación.
92,1. La penitencia se llama también satisfacción, pues de algún modo quiere expresar nuestra voluntad de reparación a la Iglesia del daño que le hemos producido al pecar, convirtiéndonos en miembros cancerosos del Cuerpo Místico de Cristo. Cumplir la penitencia es también expresión de nuestra voluntad de conversión cristiana.
La penitencia hay que cumplirla en el plazo que diga el confesor. Si el confesor no ha fijado el tiempo, lo mejor es cumplirla cuanto antes, para que no se nos olvide; pero se puede cumplir también después de comulgar; y también confesarse de nuevo antes de haberla cumplido, con tal de que haya intención de cumplirla.
Si la penitencia no se cumple por olvido involuntario, no hay que preocuparse; los pecados quedan perdonados. Pero si no se cumple culpablemente, aunque los pecados quedan perdonados, se comete un nuevo pecado mortal o venial, según que la penitencia fuera grave o leve. Penitencia grave es la que normalmente corresponde a pecados graves. Si después de la confesión no recuerdas la penitencia que te puso el confesor, o no puedes cumplirla, lo dices así en la próxima confesión. En caso de no acordarte qué penitencia te puso el confesor, puedes rezar o hacer lo que en otras confesiones parecidas te impusieron.
92,2. La penitencia es siempre muy pequeña comparada con nuestros pecados Pero, a pesar de ser tan pequeña, es suficiente, porque participamos de lo que se llama la Comunión de los Santos: todos los que pertenecemos a la Iglesia Católica formamos como una gran familia -que se llama el Cuerpo Místico de Cristo (Ver nº 41)- en la cual todos los bienes espirituales son comunes.
«Lo que cada uno hace o sufre en y por Cristo da fruto para todos»915.
Todos nos beneficiamos de los bienes, dones y gracias que cada uno ha recibido de Dios. Por lo tanto, cada uno puede gozar del gran tesoro espiritual formado con los méritos de Jesucristo, de la Virgen y de todos los Santos que están en el cielo, y con las buenas obras de los católicos.
92,3. La Iglesia hace uso de los méritos de este gran tesoro espiritual, al concedernos las indulgencias. La Iglesia condena a quienes afirmen que la Iglesia no tenga potestad para concederlas o que éstas no sean útiles916.
La práctica de las indulgencias se fundamenta en la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo. Las indulgencias son la remisión de la pena temporal debida por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa.
Según la Teología católica, todo pecado grave da origen, en quien lo comete, a una culpa y a una pena. La culpa se borra con la absolución del confesor. La pena ha de ser pagada con el sufrimiento en el purgatorio o con las buenas acciones en esta vida. Aquí entra la aplicación de las indulgencias con las cuales se perdona a los católicos, que cumplen ciertas condiciones, la pena temporal debida por los pecados ya perdonados en cuanto a la culpa. Es como borrar la cicatriz de la herida que el pecado ha dejado en el alma.
Con las indulgencias podemos ayudar a los difuntos.
El primero de enero de 1967, Pablo VI publicó una Constitución Apostólica sobre la reforma de las indulgencias. Se ha suprimido el antiguo modo de hablar de trescientos días, siete años, etc., que se refería a los días de penitencia pública que tenían que hacer los pecadores, en los primeros siglos de la Iglesia, antes de recibir la absolución de sus pecados graves. El nuevo documento se puede resumir en las siguientes normas:
1) Las indulgencias se dividen en parciales y plenarias.
2) El fiel que con corazón contrito realice una acción que tenga indulgencia parcial obtendrá además del mérito que produce esa acción, otro idéntico, por intervención de la Iglesia. Es decir, que merece el doble.
3) La indulgencia plenaria sólo se puede ganar una vez al día, salvo en caso de peligro de muerte.
4) Para adquirir la indulgencia plenaria, además de realizar la acción indulgenciada, y de que no exista por parte del fiel ningún afecto o adhesión al pecado incluso venial, hay que cumplir tres condiciones:
confesión sacramental, comunión eucarística y rezo de una oración por las intenciones del Papa. La confesión puede hacerse varios días antes o después de cumplir la obra prescrita. La comunión puede hacerse desde la víspera a la octava. Una sola confesión sirve para ganar varias indulgencias plenarias. En cambio, con una sola comunión y una sola oración por las intenciones del Papa, únicamente se puede conseguir una sola indulgencia plenaria. La oración por el Papa basta que sea un Padrenuestro con un Avemaría y Gloria.
Según esta reforma de las indulgencias, las indulgencias plenarias que se pueden ganar, una al día, en las condiciones ordinarias, se han reducido a cuatro:
a) Ejercicio del Vía-Crucis.
b) Rezo del Rosario ante el sagrario o en común.
c) Media hora de adoración al Santísimo Sacramento.
d) Media hora de lectura de la Biblia.
Si no se cumplen las condiciones debidas, o falta la buena disposición, la indulgencia será solamente parcial.
Aquellos fieles que, por motivos personales o de lugar, no puedan confesar ni comulgar, podrán obtener la indulgencia si se proponen cumplir lo antes posible estos dos requisitos.
Las indulgencias tanto parciales como plenarias pueden ser siempre aplicadas a los difuntos a modo de sufragio. Se puede ganar una indulgencia plenaria aplicable a los difuntos aunque no se haya logrado el desafecto al pecado antes indicado.
En el momento de la muerte, cualquier fiel, debidamente dispuesto espiritualmente, podrá ganar la indulgencia plenaria, aunque carezca en aquel momento de un sacerdote que pueda impartírsela, con tal que durante su vida haya rezado habitualmente alguna oración. Es una obra de caridad para con las almas del purgatorio el ganar para ellas indulgencias plenarias. (Ver n 101 ).
Recomiendo mi vídeo: «Cómo ayudar a los difuntos».
93,1. Al confesor se le dicen las cosas con sinceridad, tal como uno las siente en la conciencia. Pero, si no te atreves porque te da vergüenza, le puedes decir al confesor que tienes vergüenza, y el Padre te ayudará con todo cariño.
Y si te acuerdas de algún pecado que hayas cometido, aunque el confesor no te lo pregunte, díselo tú para que te lo perdone.
Mientras el sacerdote te da la absolución y te bendice, reza el Señor mío Jesucristo, y si no lo sabes, date golpes de pecho diciendo varias veces con toda tu alma: Dios mío, perdóname! Dios mío, perdóname!...
95,1. La Santísima Virgen es la única que ha sido concebida sin pecado original. Esto es lo que queremos decir al invocarla con el título de Inmaculada Concepción. Dios le concedió este privilegio en atención a que iba a ser Madre de Jesucristo.
96,1. El sacramento del bautismo, al lavarnos el pecado original, infunde en nuestra alma la gracia santificante y nos hace miembros de la Iglesia, hijos de Dios y herederos del cielo.
En el mundo hay muchos paganos sin bautizar. Por eso, los misioneros dejando familia, patria y todo, se van a lejanas tierras para instruirlos, bautizarlos y hacerlos hijos de Dios.
Jesús dijo a los apóstoles: Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra.
Podemos y debemos ayudar a la obra de los misioneros con nuestras oraciones, nuestros sacrificios y nuestras limosnas. Tenemos obligación de esto, pero según las posibilidades de cada uno.
Las Obras Misionales Pontificias mantienen en el Tercer Mundo:
Setecientas setenta y cuatro leproserías.
Cinco mil Hospitales.
Siete mil Orfanatos.
Ocho mil Dispensarios.
Nueve mil Asilos.
Y educan en el Tercer Mundo a un millón de universitarios, a seis millones de alumnos de Enseñanza Media y a quince millones en la Enseñanza Primaria.
Para mantener todo esto hace falta mucho dinero, y muchos misioneros y misioneras. España es el país del mundo que tiene más misioneros:
25.000.
A veces se oye decir: Dejaos de ir a las misiones. Primero instalemos bien la Iglesia aquí. Esto es no entender la catolicidad de la Iglesia. La Iglesia es católica, es decir, universal. Tiene que instalarse en la humanidad entera. No puede limitarse a un pueblo o a una raza. Su caridad universal se extiende a todos sin distinción. Lo mismo a los pueblos en decadencia, que a los de brillante porvenir.
Donde haya un alma, allí está la Iglesia. Las misiones son una actualización de la catolicidad de la Iglesia.
Dijo el Papa Juan Pablo II: ¿Al afirmar que la Iglesia es católica, queremos decir que es evangelizadora, misionera y apostólica; si no tuviera estas características no sería la verdadera Iglesia de Jesucristo?.
96,2. Los sacramentos son ritos, ceremonias sagradas (que incluyen palabra y acción), instituidos por Jesucristo, que, si se reciben con buenas disposiciones, dan vida sobrenatural al alma, es decir, nos dan la gracia santificante, o nos la aumentan cuando ya estamos en gracia. Son siete: bautismo, confirmación, penitencia (confesión), eucaristía, unción de los enfermos, orden sacerdotal y matrimonio. El Concilio de Trento definió que los siete sacramentos fueron instituidos por Jesucristo917.
El Evangelio nos habla de la institución de cinco sacramentos:
bautismo, eucaristía, penitencia, orden sacerdotal y matrimonio.
De la confirmación y de la unción de los enfermos no habla el Evangelio, pero nos dice el Nuevo Testamento que existían en tiempo de los Apóstoles; por lo tanto, tuvieron que ser instituidos por Jesucristo como los anteriores.
De la confirmación se nos habla en los Hechos de los Apóstoles. Y de la extremaunción en la Epístola de Santiago. También se habla de la institución del sacerdocio en los Hechos de los Apóstoles, y del matrimonio en San Pablo.
Hay tres sacramentos que imprimen carácter. Carácter significa en griego sello imborrable.
Estos sacramentos imprimen un sello indeleble. Es decir, ponen un sello espiritual en el alma que no se borra jamás. Por eso sólo se pueden recibir una vez. No se pueden repetir. Son: bautismo, confirmación y orden sacerdotal. Es de fe que el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal imprimen carácter.
Los sacramentos son fundamentalmente acciones de Cristo: Cuando Pedro bautiza es Cristo quien bautiza. La gracia sacramental no depende de la santidad del ministro, sino de Cristo que actúa por medio de él.
Al celebrar un sacramento, el ministro ha de tener la intención de realizar la acción sacramental que Cristo confió a su Iglesia. Sin embargo, el poder santificador de los sacramentos no depende ni de la fe, ni de la santidad de los ministros, porque cuando alguien bautiza o perdona, es le mismo Cristo quien bautiza o perdona.
Las condiciones de validez y licitud de cada sacramento compete a la Iglesia determinarlo, pues a ella confió Cristo esta misión. Cada sacramento añade una gracia específica a la gracia ordinaria.
No es una diferencia entitativa, sino moral: según los fines de cada sacramento.
97,1. La confirmación no es absolutamente obligatoria para salvarse, pero todos los que aún no la hayan recibido deben recibirla, si se les presenta la ocasión oportuna, pues ayuda a conseguir con mayor facilidad la salvación eterna.
El sacramento del orden es sólo para los que quieran hacerse sacerdotes.
El matrimonio y el orden sacerdotal son sacramentos de estado. Lo cual significa que ambos sacramentos no se reciben tanto con vistas a la salvación individual, como para ocupar un determinado estado dentro de la Iglesia, para, dentro de él, servir a la comunidad. De modo que estos sacramentos los recibe el individuo menos para sí mismo que para los demás: los esposos deberían partir siempre del supuesto de que cada uno consigue las gracias necesarias más bien para el otro cónyuge que para sí mismo
97,2.- Es un sacramento por el que lavándonos con el agua e invocando a la Santísima Trinidad, se nos borra el pecado original.
El bautismo, además de lavar el pecado original, perdona cualquier otro pecado personal que tuviere el que se bautiza, si recibe el bautismo después de tener uso de razón (con tal que tenga el debido arrepentimiento), y todas las penas debidas por ellos El bautismo nos introduce en la Iglesia haciéndonos cristianos, miembros de la Iglesia, hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo. Por el bautismo nacemos a una nueva vida, la vida de la gracia, de la fe.
Como el bautismo es la puerta para entrar en la Iglesia, sin haber recibido el bautismo no se puede recibir válidamente ningún otro sacramento.
En los primeros años del cristianismo el bautismo se realizaba por inmersión del bautizando en una piscina. Pero ya a principios del siglo II La Didajé, ya en el siglo primero, habla del bautismo por infusión, derramando agua sobre la cabeza del bautizando.
Los Testigos de Jehová imponen el bautismo de inmersión (por medio del baño) considerando inválida toda otra forma, basados en que Cristo lo recibió así en el Jordán. Pero desde los primeros tiempos del cristianismo, en la Iglesia se empleó también el de ablución, como lo hace hoy la Iglesia. Si San Pablo bautizó en la cárcel al carcelero, no es probable que lo hiciera por inmersión. Lo mismo San Pedro cuando el día de Pentecostés bautizó a tres mil ; no es fácil fuera por inmersión. El catecismo más antiguo que se conoce, la «Didajé», escrito el año 70 de nuestra era, cuando todavía vivían muchísimos discípulos de Cristo, dice: «si no hay agua corriente, para bautizar se derrama agua tres veces en la cabeza»918.
Cuando un niño nace, debe ser bautizado enseguida, para que se le perdone el pecado original y quede hecho cristiano. La Comisión Vaticana para la Doctrina de la Fe afirma que sigue en todo su vigor la obligación de bautizar, «cuanto antes», a los niños nacidos de padres cristianos normales; si bien actualmente por el avance de la medicina y por haber disminuido mucho la mortalidad infantil, esa forma de «cuanto antes» puede entenderse con mayor amplitud. Pero privar voluntariamente a los niños durante largo tiempo de este sacramento puede ser un pecado grave. El actual Código de Derecho Canónico dice que los hijos deben bautizarse en las primeras semanas919.
No es absolutamente cierto que puedan salvarse los niños que mueren sin bautismo. Como tampoco es absolutamente cierto que no puedan salvarse. Dios puede tener para salvarlos medios extraordinarios que nosotros desconocemos. Por eso la Iglesia tiene una misa para estos niños, confiándolos a la misericordia de Dios.
La misericordia de Dios nos hace confiar que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin bautismo.
Pero es claro que si en caso de enfermedad mortal se dispone de dos medicinas, una que cura y otra que no estamos seguros de que cura, todo el que tenga sentido común aplicará la primera. La existencia de limbo no es dogma de fe920.
El limbo es el lugar o estado de los que han muerto sólo con el pecado original. No pueden entrar en el cielo; ni tampoco ir al infierno ni al purgatorio, pues no tienen pecados personales. El limbo es una conclusión teológica defendida hoy por casi todos los teólogos católicos.
Al bautizar a un niño conviene ponerle un nombre que no sea ajeno al sentir cristiano.
Estos nombres son los de Jesús, de la Santísima Virgen en sus principales advocaciones y devociones, y de los santos.
El patrocinio de un santo ofrece un modelo de caridad y asegura su intercesión.
Al hijo bautizado hay que educarle cristianamente con la palabra y con el ejemplo (rezar habitualmente en casa, ir a misa los domingos y fiestas de precepto, confesar con frecuencia, vivir la justicia social, cumplir las obligaciones profesionales, respetar los bienes ajenos, ser responsable en la vida pública y social, etc.); y cuando llegue al uso de razón debe preparársele bien a la Primera Comunión.
Para darle una buena formación cristiana conviene llevarlo a la catequesis parroquial, ponerlo en un colegio donde se le enseñe la Religión Católica, seguir de cerca la formación religiosa que recibe en el colegio, formarle rectamente la conciencia (descubrirle el valor del cumplimiento del deber, acostumbrarle a ayudar a los demás, hacerle ver que las cosas no son buenas o malas porque las hagan muchos o pocos, etc.)
Para ayudar a la educación cristiana del bautizado se eligen los padrinos que suplen a los padres, si éstos faltan. Para que puedan ejercer bien su cometido, deben llevar una vida congruente con la misión que van a asumir, no estar impedidos por el derecho de la Iglesia, tener conciencia de que su misión no es un mero trámite, sino que deben estar dispuestos a cumplirla honradamente; por lo cual deben ser católicos practicantes, aceptar la doctrina del Magisterio de la Iglesia, no militar en partidos políticos que tienen una ideología opuesta al Evangelio, realizar su trabajo profesional según criterios morales y no incompatibles con la enseñanza de la Iglesia Católica.
Privar a los hijos del bautismo y de la educación católica pensando que así se les deja con mayor libertad para que ellos elijan de mayores, es tan absuuuuuurdo como el no enseñarles ninguna lengua, para que así, de mayores puedan ellos elegir la lengua que prefieran. Lo lógico es que los padres transmitan a sus hijos todos los bienes que ellos tienen: educación, cultura, lengua y fe. Después, de mayores, cada cual hace suyo todo esto libremente o lo rechaza responsablemente. La inhibición de los padres en este punto puede después ser censurada por sus propios hijos.
Según documento de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el bautismo debe administrarse en la niñez, debiendo asegurarse una verdadera educación en la fe y en la vida cristiana. Si a un niño le tocara una gran herencia, los padres la aceptarían enseguida para que empiece a disfrutarla, y no esperarían a que fuera mayor. El bautismo vale más que la mayor de las herencias. Para hacer un gran favor a alguien no hay que pedirle permiso. A un niño se le vacuna sin pedirle permiso.
El encargado de bautizar es el párroco; pero, si hay peligro de que el niño muera antes de que llegue el sacerdote, debe bautizarlo cualquiera, hombre o mujer, aunque no sea católico, y aunque ni siquiera esté él mismo bautizado. Basta con que tenga uso de razón y quiera hacer lo que instituyó Cristo921.
Para bautizar se derrama agua natural sobre la cabeza del niño, diciendo, con intención de bautizar: Yo te bautizo el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Las palabras se pronuncian al mismo tiempo que se derrama el agua. Ésta debe mojar la piel de la cabeza y correr por ella. A ser posible, delante de dos testigos. Con todo, si después el niño sale de peligro, hay que llevárselo al párroco, explicándole lo ocurrido, para que complete los requisitos que faltan.
Pero el bautismo sólo se puede recibir una vez, pues imprime carácter y deja el alma sellada para siempre.
Voy a añadir aquí algunas normas sobre el bautismo de urgencia.
Aunque no es frecuente que tenga que realizarse, pues en las clínicas suele haber gente que tiene mucha práctica en hacerlo, me basta que por darlas a conocer aquí pueda una persona más conseguir la gloria eterna. La Iglesia desea que se bauticen los fetos abortivos. Así lo manda en el Código de Derecho Canónico.
Cuando en un aborto se está cierto de que se trata de un ser humano vivo, se bautiza absolutamente según la fórmula que acabo de indicar.
Pero si hay duda, se hace bajo condición: «Si eres capaz...», «si vives...».
Especial dificultad presentan las molas o embriones. Para bautizarlos se pueden coger con las dos manos y con los dedos rasgar la envoltura que los rodea y sumergirlos en un recipiente con agua de modo que ésta toque todo el contenido, pronunciando la fórmula la misma persona que hace esta acción.
Cuando el feto presenta figura humana se bautiza la cabeza. Si presenta señales de vida, con la fórmula ordinaria. Si se duda de que viva, se hace bajo condición. Solamente en caso de cierta y plena corrupción se ha de omitir el bautismo. Si el feto tiene forma monstruosa debe bautizarse siempre, al menos bajo condición. Y si se duda de si es uno o varios, bautizar uno absolutamente y los otros bajo condición. Si es claro que se trata de varias personas unidas entre sí, se bautiza cada uno por separado.
Si por las dificultades del parto hay peligro de que el niño muera antes de salir, debe bautizarse en el seno materno; y si lo primero que sale es una mano o un pie, bautícese ahí, y después, si nace con vida, bautícese de nuevo en la cabeza, bajo condición. Y si la madre muere antes de que el niño nazca, el feto debe ser extraído por aquellos a quienes corresponda, y bautizado, absolutamente si ciertamente vive, o bajo condición si es dudoso que viva: no se olvide que el feto humano puede sobrevivir a la madre una o varias horas, según los casos.
El bautismo es necesario para salvarse. Pero en caso de imposibilidad, puede ser suplido por el bautismo de deseo, por lo menos implícito, el cual se contiene en un acto de sincero amor a Dios. Y es claro que el martirio es un acto excelente de amor a Dios.
¿Los que padecen la muerte a causa de la fe, los catecúmenos y todos los hombres que, bajo el impulso de la gracia, sin conocer la Iglesia, buscan sinceramente a Dios y se esfuerzan por cumplir su voluntad, se salvan aunque no hayan recibido el bautismo922.
La necesidad del bautismo para salvarse está claro en el Evangelio. Le dice Jesucristo a Nicodemo: «El que no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios»923.
Pero desde los primeros siglos del cristianismo, en la Iglesia, se habla del bautismo de deseo ; pensando no sólo en los catecúmenos que morían antes de recibir el bautismo, sino también en todo hombre que, ignorando el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscaba la verdad y hacía la voluntad de Dios según él la conocía; pues se podía suponer que semejantes personas habrían deseado explícitamente el bautismo si hubiesen conocido su necesidad. El bautismo de deseo lo amplía hoy la Iglesia a todos los infieles que nunca faltaron a su conciencia y estuvieron siempre en disposición de hacer lo que Dios les pidiera.
Para éstos Dios tiene que tener el modo de que puedan salvarse.
Así opinaba Santo Tomás.
Los adultos que reciban el bautismo deben tener inteción de recibirlo.
97,3.- Es un sacramento por el que, con la unción del santo crisma, hecha en la frente con la mano del ministro, y las palabras prescritas, se concede a los bautizados el Espíritu Santo para creer firmemente, ser testigos de Cristo en las palabras y las obras, y defender intrépidamente la fe que recibimos en el bautismo.
El sacramento de la confirmación nos hace madurar como cristianos, nos perfecciona como persona humana, y nos hace mejores templos del Espíritu Santo.
Este sacramento, de ordinario, lo administra el Sr. Obispo; pero si él lo delega, puede administrarlo un sacerdote.
La gracia recibida en el bautismo debemos fortalecerla con el sacramento de la confirmación. Así podremos cumplir mejor los deberes del cristiano, y vencer las dificultades que se nos presenten en el camino de nuestra salvación. La vida cristiana está en abierta oposición con la vida mundana. El cristiano vive en tensión continua:
en el interior lucha contra las malas inclinaciones, y en el exterior contra el mundo y el demonio. La confirmación imprime en el alma el carácter de soldado de Jesucristo, y vigoriza para el combate cristiano. La confirmación nos vincula más perfectamente con la Iglesia. Nos enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo.
Es un obligarse más seriamente a difundir y defender la fe de palabra y de obra. En el n 75 te hablé del apostolado de los seglares.
La confirmación hay que recibirla en estado de gracia. El que recibe la confirmación, a sabiendas, en pecado grave comete un sacrilegio. Si el confirmado tiene uso de razón, debe estar suficientemente instruido en la Religión Católica.
97,4. PENITENCIA. También suele llamarse confesión o sacramento de la reconciliación. Es un sacramento en el que por la absolución del sacerdote se le perdonan, al cristiano arrepentido que se acusa rectamente, los pecados cometidos después del bautismo. (Ver números 53-94 )
97,5. EUCARISTIA. Es un sacramento en el que, bajo las apariencias de pan y vino, se contiene verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para alimento espiritual del alma que los recibe en la Sagrada Comunión con las debidas disposiciones. (Ver números 45-52 )
97,6.- Es un sacramento que, por la imposición de las manos del Obispo, y sus palabras, hace sacerdotes a los hombres bautizados, y les da poder para perdonar los pecados y convertir el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo924.
El sacramento del orden lo reciben aquellos que se sienten llamados por Dios a ser sacerdotes para dedicarse a la salvación eterna de sus hermanos los hombres. Esta ocupación es la más grande de la Tierra, pues los frutos de sus trabajos no acaban en este mundo, sino que son eternos.
La vocación al sacerdocio lleva consigo el celibato, recomendado por el Señor. La obligación del celibato no es por exigencia de la naturaleza del sacerdocio, sino por ley eclesiástica.
La Iglesia quiere que los candidatos al sacerdocio abracen libremente el celibato por amor de Dios y servicio de los hombres.
La Iglesia quiere a sus sacerdotes célibes para que puedan dedicarse completamente al bien de las almas, sin las limitaciones, en tiempo y preocupaciones, que supone sacar adelante una familia.
El sacerdote debe estar libre para dedicarse, cien por cien, al cuidado de las almas.
Aunque es verdad que en algún caso una esposa podría ayudarle, también es verdad que en otros muchos, una esposa podría absorberle su tiempo por estar enferma física o psíquicamente, o por exigir de él mayor atención, etc.
Y por supuesto, los hijos exigirían de él, no sólo tiempo, sino destinos en los que la educación de ellos fuera más fácil, o evitar atender a enfermos contagiosos, etc.
Es decir, el sacerdote sin familia está más libre para el apostolado; y la Iglesia, en dos mil años de experiencia, así lo ha advertido, y por eso exige el celibato a sus sacerdotes.
Pero, sobre todo, el celibato sacerdotal tiene un fundamento teológico: Cristo fue célibe, y el sacerdote es «alter Christus», es decir, otro Cristo.
El amor de Jesucristo es universal, igual para todos; sin los exclusivismos propios del amor matrimonial. Así debe ser el amor del sacerdote.
La vocación no consiste en recibir una llamada telefónica de Dios. Si un muchacho tiene buena salud (no es necesario ser un superman ), es capaz de hacer estudios (no es necesario ser un genio), puede vivir habitualmente en gracia, con la ayuda de Dios (no hace falta ser ya un santo), tiene buena intención (no se trata de buscar el modo de ganarse la vida ) es decir, busca su propia perfección y la salvación de las almas, debe preguntarse si Dios le llama al sacerdocio.
No se trata de preguntar ¿me gustaría ser sacerdote? sino, ¿me querrá Dios sacerdote?. En caso de duda preguntar a persona imparcial y formada.
Hay que pedirle a Dios que haya muchas vocaciones sacerdotales y religiosas, pues hacen falta muchos párrocos, muchos misioneros, predicadores, confesores, maestros, etc., y también muchas Hermanitas de los Pobres, de la Caridad, en los hospitales, en los asilos, religiosas en las escuelas, colegios etc.; y otras en los conventos de clausura que alaben a Dios y pidan por los pecadores.
Por eso es un gran apostolado ayudar económicamente a la formación de futuros apóstoles, y a los conventos de clausura.
Todos debemos pedir a Dios que sean muchos los jóvenes que sigan la voz de Dios, pues hacen falta muchos y buenos sacerdotes y religiosos.
Los padres tienen obligación grave de dejar en libertad a sus hijos que quieran consagrarse a Dios. Pero también sería pecado -y gravísimo- el inducir a sus hijos, por motivos humanos, a abrazar, sin vocación, el estado eclesiástico.
Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos en la elección de una profesión y estado de vida.
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