Porque en cada una de las siguientes VISITAS AL SANTÃSIMO, según Santo Tomás, en un ardiente deseo de recibir a Jesús SACRAMENTO ha de hacerse la Comunión espiritual, será bien explicar qué cosa sea y de cuánto provecho.
La Comunión Espiritual consiste Sacramentado y en darle un amoroso abrazo, como si ya lo hubiéramos recibido.
Cuán agradable sea a Dios esta espiritual Comunión, y cuántas las gracias que por ella se nos conceden, lo manifestó el Señor a su sierva Sor Paula Maresca, fundadora del Monasterio de Santa Catalina de Siena, en Nápoles, mostrándole (como en su vida se refiere) dos vasos preciosos, de oro el uno y el otro de plata; y diciéndole que en el de oro conservaba sus comuniones sacramentales, y en el de plata las espirituales. Y a la beata Juana de la Cruz le dijo que cada vez que comulgaba espiritualmente, recibÃa la misma gracia que si hubiese realmente comulgado. Baste sobre todo saber que el Sacro Concilio de Trento alaba mucho la Comunión espiritual, y exhorta a los fieles a practicarla.
Por eso todas las almas devotas suelen hacer a menudo este santo ejercicio de la Comunión espiritual. La beata Ãgueda de la Cruz lo hacÃa doscientas veces al dÃa. Y el Padre Pedro Fabro, primer compañero de San Ignacio, decÃa que para hacer bien la Comunión sacramental, ayuda sobremanera el comulgar espiritualmente.
Estimúlese, pues, quien desee adelantar en el amor de Jesucristo, a practicar la espiritual Comunión, siquiera una vez en cada Visita al SantÃsimo Sacramento, y en cada Misa que oyere; aunque mejor serÃa repetirla tres veces en esta última ocasión , o sea al principio de la Misa, al medio y al fin. Es la tal devoción mucho más provechosa de lo que algunos juzgan, y al mismo tiempo facilÃsima. DecÃa la mencionada beata Juana de la Cruz, que la Comunión espiritual se puede hacer sin que nadie lo note, sin necesidad de ayuno o de permiso del director, y a la hora que nos plazca: con hacer un acto de amor, está hecha.
Creo, Jesús mÃo, que estáis en el SantÃsimo Sacramento; os amo sobre todas las cosas y deseo recibiros en mi alma. Ya que ahora no puedo hacerlo sacramentalmente, venid a lo menos espiritualmente a mi corazón. Como si ya os hubiese recibido, os abrazo y me uno todo a Vos. No permitáis, Señor, que vuelva jamás a abandonaros.
Creo, Jesús mÃo, que estáis en el SantÃsimo Sacramento: Os amo y deseo. Venid a mi corazón. Os abrazo; no os apartéis nunca de mÃ.
Se ganan 3 años de Indulgencia cada vez. Plenaria al mes haciéndola todos los dÃas. (Penit. 25 febrero 1933. Enchir. 164.)
Ruégote, Señor mÃo Jesucristo, que a mi alma consuma la encendida y suave fuerza de tu amor, para que yo muera de amor de tu amor, ya que por el amor de mi amor te dignaste morir (San Francisco).
Oh, amor no amado, amor no conocido! (Santa MarÃa Magdalena de Pazzi).
Jesús amable, dulce amor mÃo!
¡Hiere e inflama mi pecho frÃo, que arda y se abrase siempre por Ti!
Viva el amor de Jesús, nuestra vida y nuestro todo! ¡Viva MarÃa, nuestra esperanza! Amén.
En la Exposición del SantÃsimo Sacramento, sea privada, o en el Copón dentro del Sagrario abierto, o solemne, o expuesto en la Custodia, suele cantarse el siguiente himno:
“Pangè lingua gloriósi Corporis
mystérium,
SanguÃnisque pretiósi,
Quem in mundi prétium.
Fructus ventris generósi.
Rex ef fúdit géntiumâ€.
Traducción castellana:
Cante la voz del Cuerpo más glorioso
El misterio sublime y elevado,
Y de la Sangre excelsa que, amoroso,
En rescate del mundo ha derramado,
Siendo fruto de un vientre generoso.
El Rey de todo el orbe, más sagrado.
Pueden también cantarse otros himnos y cánticos eucarÃsticos, incluso populares.
Cántase siempre este himno:
Tantum ergo Sacraméntum
Venerémur cérnui:
Et antiquum documéntum
Novo cedat rÃtui:
Praestet fides suppleméntum
Sénsuum deféctui.
Genitóri Genitóque
Laus et jubilátio.
Salus honor, virtus quoque Sit et benedictio.
Procedénti ab utróque
Compar sit laudátio.
Amen.
Traducción castellana:
Demos, pues, a tan Alto Sacramento,
culto y adoración, todos rendidos,
y ceda ya el antiguo documento
a los ritos de nuevo instituidos:
constante nuestra fe dé suplemento
al defecto de luz de los sentidos.
Al Padre con el Hijo sea dado
júbilo, aplauso y gloria eternamente,
salud, virtud y honor interminado;
y al EspÃritu de ambos espirado
sea gloria y honor no diferente.
Amén.
V. Panem de Caelo praestitÃsti eis.
R. Omne delectaméntum in se habéntem.
V. Pan del cielo les disteis
R. Que contiene en sà todas las delicias.
ORÉMUS
Deus, qui nobis, sub Sacraménto mirábili, passiónis tuae memóriam reliquÃsti, trÃbue quaésumus ita nos Córporis et Sánguinis tui sacra mystéria venerári, ut redemptiónis tuae fructum in nobis júgiter sentiámus. Qui vivis et regnas in saécula saeculórum.
R. Amen
OREMOS
¡Oh, Dios mÃo, que en el admirable Sacramento nos dejasteis la memoria de vuestra Pasión! Concedednos, como os pedimos, que de tal manea veneremos los misterios de vuestro Cuerpo y Sangre, que perennemente sintamos en nosotros el fruto de vuestra redención. Vos que vivÃs y reináis por los siglos de los siglos.
R. Amén
Dada la bendición con el SantÃsimo, y colocado éste sobre el altar, se suelen rezar las siguientes:
Bendito sea Dios.
Bendito sea su Santo Nombre.
Bendito sea Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Bendito sea el nombre de Jesús.
Bendito sea su SacratÃsimo Corazón.
Bendita sea su preciosÃsima sangre.
Bendito sea Jesús en el SantÃsimo Sacramento del altar.
Bendita sea la Gloriosa Santa MarÃa Madre de Dios.
Bendita sea su Santa e Inmaculada Concepción.
Bendita sea su Gloriosa Asunción.
Bendito sea el nombre de MarÃa Virgen y Madre.
Bendito sea San José, su castÃsimo Esposo.
Bendito sea Dios en sus Ãngeles y en sus Santos.
Ind. de 3 años: si se hace públicamente, de 5. Plenaria al mes (Número 696).
Señor mÃo Jesucristo, que por amor a los hombres estáis dÃa y noche en ese Sacramento, lleno de misericordia y amor, esperando, llamando y acogiendo a cuantos vienen a visitaros; creo que estáis presente en el SantÃsimo Sacramento del Altar; os adoro desde el abismo de mi nada, os doy gracia por todos los beneficios que me habéis hecho, y especialmente por haberos dado todo a mà en ese Sacramento, por haberme concedido por abogada a MarÃa, vuestra Madre santÃsima y por haberme llamado a visitaros en este lugar santo.
Saludo hoy a vuestro amantÃsimo Corazón, y es mi intención saludarlo por tres fines: el primero, para daros gracias por tan insigne don; el segundo, para reparar las injurias que habéis recibido de todos vuestros enemigos en este Sacramento, y el tercero, para adoraros desde aquà en esta visita, en todos los lugares de la tierra donde estáis sacramentado con menos culto y más abandono.
Jesús mÃo, os amo con todo mi corazón. Me arrepiento de haber ofendido tantas veces en mi vida pasada a vuestra bondad infinita. Propongo mediante vuestra gracia no ofenderos más adelante; y ahora, miserable como soy, me consagro enteramente a Vos, renuncio a mi voluntad, a mis afectos, a mis deseos, a todo lo que me pertenece, y os hago de ello donación. En adelante haced de mà y de todas mis cosas cuanto os plazca.
No os pido ni quiero otra cosa que vuestro santo amor, la perseverancia final y el perfecto cumplimiento de vuestra voluntad. Os recomiendo las almas del Purgatorio, y en particular las más devotas del SantÃsimo Sacramento y de MarÃa SantÃsima. Os recomiendo también todos los pobres pecadores. Por fin, oh Salvador amantÃsimo, uno todos mis afectos a los de vuestro amantÃsimo Corazón, y asà unidos los ofrezco a vuestro eterno Padre, pidiéndole en vuestro nombre se digne aceptarlos, y oiga mis súplicas por amor vuestro.
Rezándola delante del SantÃsimo se ganan 5 años de Indulgencia cada vez. Planaria, una vez al mes, rezándola todos los dÃas, confesando y comulgando y rogando por las intenciones del Papa. (Penit. 25 febrero 1933. Colec. 182.)
Se lee la que corresponde al dÃa del mes.
Ver la fórmula adecuada en la página 41.
Se hace ante alguna imagen suya.
Ver el texto correspondiente al dÃa del mes.
Esta súplica debe repetirse cada dÃa a fin de alcanzar el poderosÃsimo patrocinio de MarÃa.
Inmaculada Virgen y Madre mÃa, MarÃa SantÃsima! A Vos, que sois la Madre de mi Señor, la Reina del mundo, la Abogada, la Esperanza y el Refugio de los pecadores, recurro en este dÃa yo, que soy el más miserable de todos. Os venero, Oh gran Reina, y os agradezco todas las gracias que hasta ahora me habéis hecho, especialmente la de haberme librado del infierno, que tantas veces he merecido. Os amo, Señora amabilÃsima, y por el amor que os tengo, os prometo serviros siempre y hacer todo lo posible para que de los demás seáis también amada.
En Vos pongo todas mis esperanzas, toda mi salvación. Oh, Madre de misericordia, aceptadme por vuestro siervo, y acogedme bajo vuestro manto. Y ya que sois tan poderosa para con Dios, libradme de todas las tentaciones o, al menos, alcanzadme fuerza para vencerlas hasta la muerte. Os pido el verdadero amor a Jesucristo, y de Vos espero la gracia de una buena muerte.
¡Oh, Madre mÃa! Por el amor que tenéis a Dios, os ruego que siempre me ayudéis; pero mucho más en el último instante de mi vida. No me desamparéis, mientras no me veáis salvo en el cielo, bendiciéndoos y cantando vuestras misericordias por toda la eternidad. Amén. Asà lo espero, asà sea.
Véase el texto correspondiente al dÃa del mes.
Debe rezarse todos los dÃas al finalizar la visita.
Acordaos, purÃsimo Esposo de la SantÃsima Virgen MarÃa, dulce protector mÃo San José, que jamás se ha oÃdo decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección y reclamando vuestro auxilio, haya quedado sin consuelo. Con esta confianza vengo a vuestra presencia y me encomiendo fervorosamente a Vos. No despreciéis mi súplica, ¡Oh Padre adoptivo del Redentor!, antes bien, acogedla benignamente. Amén
Indulgencia de 500 dÃas, núm. 472.
Oración preparatoria, p. 53.
He aquà la fuente de todo bien, Jesús en el SantÃsimo Sacramento, el cual nos dice: Quien tenga sed, venga a mÃ. ¡Oh, cuán abundante raudal de gracias han sacado siempre los Santos de esta fuente del SantÃsimo Sacramento, donde, como predijo el Profeta, dispensa Jesús todos los méritos de su Pasión!: ¡Sacaréis agua de las fuentes del Salvador! La condesa de Feria, aquella ilustre discÃpula del B. Padre Maestro Avila, que se hizo religiosa de Santa Clara, y fue llamada, por sus frecuentes y largas Visitas a Jesús Sacramentado, la esposa del SantÃsimo Sacramento, habiéndosele preguntado qué hacÃa en tantas horas como pasaba ante el Adorable misterio del Altar, respondió: «Allà estarÃa yo por toda la eternidad». Pues qué, ¿no está allà la esencia misma de Dios, que será eterno sustento de los bienaventurados?
¡Ah, Dios mÃo! Preguntan, ¿qué se hace en presencia de Jesús Sacramentado? ¿Y qué clase de bien deja de hacerse? Se ama, se alaba, se agradece, se pide... Y ¿qué hace un pobre en presencia de un rico?; ¿qué hace un enfermo ante el médico?; ¿qué hace un sediento a la vista de una fuente cristalina?; ¿qué hace un hambriento, en fin, ante un espléndido banquete?
¡Oh, Jesús mÃo amabilÃsimo, dulcÃsimo y amantÃsimo, vida, esperanza, tesoro y único amor de mi alma! ¡Cuánto os costó el quedaros con nosotros en este Sacramento!... Preciso es que murieseis para quedar después sacramentado en nuestros altares. Y luego, ¡cuántas injurias no habéis tenido que sufrir en este Sacramento, para auxiliarnos con vuestra presencia! Mas todo lo ha superado vuestro amor y el deseo que tenéis de ser amado de nosotros.
Venid, pues, Señor, venid; entrad dentro de mi corazón, y cerrad después la puerta para siempre, a fin de que no vuelva a entrar en él ninguna criatura que quiera robarme parte de aquel amor que se os debe y que yo consagro anteramente a Vos. Reinad en mà Vos solo, amado Redentor mÃo; tomad sólo Vos posesión de todo mi ser; y si alguna vez no os obedezco perfectamente, castigadme con rigor, para que en adelante sea más diligente en complaceros como Vos queréis.
Haced que nada desee, ni busque otro deleite que agradaros a Vos, visitaros con frecuencia en vuestros altares, conversar con Vos y recibiros en la Santa Comunión. Busque quien quisiere otros bienes, que yo no quiero ni deseo otra cosa que el tesoro de vuestro amor.
Este solamente quiero pediros al pie del altar. Haced que me olvide de mà para acordarme únicamente de vuestra bondad. Serafines bienaventurados, no os envidio vuestra gloria, sino el amor que tenéis a vuestro Dios y Dios mÃo. Enseñadme, pues, lo que he de hacer para amarle y darle gusto.
Jaculatoria.— ¡Oh, Jesús mÃo, sólo a Vos quiero amar, sólo a Vos quiero agradar!
Comunión espiritual, p. 41.
Otra fuente, para nosotros preciosÃsima, es nuestra Madre MarÃa, tan rica en virtudes y gracias, dice San Bernardo, que no hay un alma en el mundo que no participe de ellas. Fue MarÃa SantÃsima colmada de gracia por Dios, como lo atestiguó el Angel al saludarla, diciéndole: Dios te salve, llena de gracia. Mas no sólo para Ella, sino también para nosotros, añade San Pedro Crisólogo, recibió aquel tesoro, a fin de que hiciera participantes de él a todos sus devotos.
Jaculatoria.— Causa de nuestra alegrÃa, rogad por nosotros.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58
Qué Ãngel o que Santo, dice San Basilio, ha merecido ser llamado Padre del Hijo de Dios? Sólo San José tiene derecho a este tÃtulo incomparable. Con este sólo nombre de Padre, fue José fonrado por Dios más que los Patriarcas, Profetas, los apóstoles y los PontÃfices, ya que todos estos tienen el nombre de siervos; mas San José lleva merecidamente el nombre de Padre.
¡Oh glorioso Patriarca! Yo venero en Vos al elegido de eterno Padre para que compartiese con Él la altÃsima e incomparable autoridad que goza sobre su Unigénito Hijo. Hacedme experimentar vuestra gran privanza con Dios, y vuestra tierna caridad para conmigo, alcanzándome todas las gracias que necesito para conseguir la eterna salvación.
Jaculatoria.— San José, Padre adoptivo del Hijo de Dios, rogad por nosotros.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Dice el devoto Padre Nieremberg, que siendo el pan alimento que se consume comiéndole y se conserva guardándole, quiso Jesucristo quedarse en la tierra bajo las especies de pan, no sólo para ser consumido al unirse por medio de la Santa Comunión con las almas de los que le aman, sino también para ser conservado en el Sagrario, y hacerse presente a nosotros, recordándonos asà el amor que nos tiene. San Pablo dice: Se anonadó a sà mismo tomando forma de siervo. Mas ¿qué diremos ahora viéndole tomar forma de pan?
Ninguna lengua es bastante, dice San Pedro de Alcántara, para declarar la grandeza del amor que tiene Jesús a cualquier alma que está en gracia; y por eso, queriendo este dulcÃsimo esposo partir de esta vida, a fin de que su ausencia no nos fuese ocasión de olvido, nos dejó por recuerdo este SantÃsimo sacramento, en el cual Él mismo se quedaba; no queriendo que entre Él y nosotros hubiese otra prenda para mantener despierta la memoria.
Pues, ¡oh Jesús mÃo!, ya que estáis en el Sagrario para oÃr las súplicas de los miserables que acuden a pediros audiencia, oÃd ahora el ruego que os dirige el pecador más ingrato que vive entre los hombre.
Arrepentido vengo a vuestras plantas, conociendo el mal que hice en disgustaros; y primeramente os pido me perdonéis todos mis pecados. ¡Ah, Dios mÃo; quién nunca os hubiera ofendido! Pero ¿sabéis lo que además anhelo?...Habiendo conocido vuestra suma habilidad , enamorado estoy de Vos, y siento grandÃsimo deseo de amaros y complaceros; mas si Vos no me ayudáis, no tengo fuerza para ejecutarlo.
Dad a conocer, ¡oh gran Señor!, a toda la corte del Cielo vuestro sumo poder y bondad inmensa, convirtiendo a un rebelde miserable, como soy yo, en un verdadero amante vuestro. Vos podéis y queréis hacerlo. Suplid todo lo que me falta, a fin de que llegue a amaros mucho, o, a lo menos, tanto cuanto os tengo ofendido. Os amo, Jesús, sobre todas las cosas; os amo más que a mi vida, Dios mÃo, amor mÃo y mi todo.
Jaculatoria.— Dios mÃo y mi todo.
Comunión espiritual, p. 41.
Lleguémonos confiadamente al Trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia con oportuno auxilio (Hebr. 4, 16). Dice San Antonio que este trono es MarÃa, por quien dispensa Dios todas las gracias. ¡Oh, Reina amabilÃsima! Si tanto deseáis ayudar a los pecadores, ved aquà un gran pecador que a vos recurre. Ayudadme mucho y ayudadme pronto.
Jaculatoria. — Único refugio de los pecadores, tened misericordia de mà (San AgustÃn).
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Habiendo Dios destinado a San José para ejercer el noble cargo de padre sobre la augusta persona del Verbo encarnado, debe tenerse por cierto que le confirió todas las dotes de sabidurÃa y santidad que le eran menester para ello.
¡Oh, bienaventurado Patriarca! Vos que ahora estáis en el Cielo, cerca de vuestro amado Jesús, tened compasión de mÃ, que vivo todavÃa en este valle de miseria, rodeado de tantos enemigos y siempre expuesto al peligro de perder la gracia de Dios. Socorredme, pues, amorosamente; cubridme con las alas de vuestro poderoso patrocinio, y no dejéis de protegerme hasta que me halle en posesión de la patria bienaventurada.
Jaculatoria.— Alcanzadme, glorioso San José, las gracias que necesito para mi salvación.
Oración a san José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
He aquà a nuestro Jesús, que no contento con haber dado la vida en este mundo por nuestro amor, todavÃa quiso permanecer con nosotros después de su muerte en el SantÃsimo Sacramento, declarando que entre los hombres halla sus delicias. ¡Oh hombres! (exclama Santa Teresa) ¿cómo podéis ofender a un Dios, que asegura que con vosotros tiene sus delicias? Jesús halla sus delicias en nosotros; ¿y no las hallaremos en Jesús, nosotros singularmente, que hemos alcanzado la honra de habitar en su palacio? ¡Cuán honrados se juzgan aquellos vasallos a quienes el rey da lugar en su alcázar! Pues he aquà el palacio del Rey de los reyes, ésta es la casa donde habitamos con Jesucristo. Sepamos serle agradecidos y aprovecharnos de la conversación con el Señor.
Aquà me tenéis, Señor mÃo y Dios mÃo, ante este altar, donde residÃs de dÃa y de noche por mÃ. Vos sois la fuente de todo bien, Vos el médico de todos los males, Vos el tesoro de todos los pobres. Aquà tenéis ahora a vuestros pies a un pecador, el más pobre y más enfermo de todos, que os pide misericordia; tened compasión de mÃ. No quiero que mi propia miseria me desanime; porque veo que en este Sacramento bajáis del Cielo a la tierra, solamente para mi bien.
Os alabo, os doy gracias y os amo; y si queréis que os pida alguna limosna, ésta os pido, oÃdme: No quiero ofenderos más, dadme luz y gracia para amaros con todas mis fuerzas. Señor, os amo con toda mi alma; os amo con todos mis afectos. Haced que lo diga de corazón, y que lo diga siempre en esta vida y por toda la eternidad.
Virgen SantÃsima, Santos protectores mÃos, Ãngeles y bienaventurados de la Gloria, ayudadme todos a amar a mi amabilÃsimo Dios.
Jaculatoria.— Jesús, Buen Pastor, pan verdadero, ten misericordia de nosotros; apaciéntanos, defiéndenos, y haz que veamos tus bienes en la tierra de los vivos.
Comunión espiritual, p. 41.
Sus lazos son ligaduras de salvación. Dice el devoto Pelbarto que la devoción a MarÃa es una cadena de predestinación. Roguemos a nuestra Señora que nos afiance siempre, y cada vez más fuertemente, con amorosas cadenas en la confianza de su protección.
Jaculatoria.— ¡Oh clementÃsima, oh piadosa, oh dulce Virgen MarÃa!
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Según San Juan Damasceno, el Señor dio a San José, con el fin de falicitarle su cargo cerca de Jesús, las tres principales cualidades de un excelente padre, esto es: el amor, la vigilancia y la autoridad. Diole la autoridad de padre para que el Hijo de Dios le obedeciese en todas las cosas; la solicitud y vigilancia de padre, a fin de que le asistiese y custodiase con todo cuidado tan precioso tesoro; y, finalmente, le dio el afecto de un tiernÃsimo padre.
¡Oh, Santo Patriarca! Vos, que tanto deseáis ver amado a Jesús, alcanzadme un ardiente amor para con este Redentor divino.
Jaculatoria.— Protegednos, bendito Patriarca, con paternal amor.
Oración a San José, p. 61
Oración preparatoria, p. 53
Es tanto el gusto que experimentan los amigos del siglo en su trato, que pierden dÃas enteros departiendo juntos. Con Jesús Sacramentado sólo sienten fastidio los que no le aman; mas los Santos han hallado la gloria ante el SantÃsimo Sacramento. Santa Teresa, después de su muerte , dijo desde el Cielo a una de sus Religiosas:
Los de acá del Cielo, y los de allá de la tierra, hemos de ser unos en el amor y pureza; los de acá viendo la esencia divina, y los de allá adorando al SantÃsimo Sacramento, con el cual habéis de hacer vosotros lo que nosotros con la esencia divina: nosotros gozando, y vosotros padeciendo, que en esto nos diferenciamos.
He aquÃ, pues, nuestro paraÃso en la tierra: el SantÃsimo Sacramento. ¡Oh, Cordero inmaculado y sacrificado por nosotros en la Cruz! Acordaos que yo soy una de aquellas almas que redimisteis con tantos dolores y con vuestra muerte. Haced que os posea siempre y que no os pierda jamás, ya que os habéis dado y os dais a mà todos los dÃas, sacrificándoos por mi amor en los altares; y haced también que yo sea todo vuestro.
A Vos me entrego para que hagáis de mà cuanto os agrade. Os doy mi voluntad; aprisionadla con los dulces lazos de vuestro amor, para que sea eternamente esclava de vuestra voluntad santÃsima. Ya no quiero vivir para satisfacer mis deseos, sino para contentar a vuestra bondad. Destruid en mà todo lo que no os agrade; concededme la gracia de no tener otro pensamiento que el de complaceros ni otro deseo que el de conformarme con los vuestros.
Os amo, carÃsimo Salvador mÃo, con todo mi corazón; os amo porque deseáis que os ame; os amo porque sois infinitamente digno de mi amor; siento no amaros cuanto merecéis. Quisiera, Señor, morir por amor vuestro. Aceptad mi deseo, y dadme vuestro amor.
Jaculatoria.— ¡Oh, voluntad de mi Dios, a Vos por completo me consagro!
Comunión espiritual, p. 41
Yo soy la Madre del Amor Hermoso, dice MarÃa; es decir, del amor que hermosea las almas. Santa MarÃa Magdalena de Pazzi vio a MarÃa SantÃsima que iba repartiendo un licor dulcÃsimo, que era el divino amor. Don es éste que sólo por medio de MarÃa se dispensa: pidámoslo, pues a MarÃa.
Jaculatoria.— Madre mÃa, esperanza mÃa, hacedme todo de Jesús.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
EL ejemplo de Jesucristo, que quiso en la tierra honrar a San José, hasta el extremo de sujetarse en todo a su autoridad, deberÃa excitar en nosotros mucha devoción a este gran Santo; pues merece ser muy honrado de los hombres quien por el Rey de reyes fue tan honrado y enaltecido.
Vos sois también nuestro padre, oh glorioso San José, y nosotros vuestros hijos, que ya somos hermanos de Jesús. Por este tÃtulo tenemos derecho a la ternura de vuestro corazón paternal, y aguardamos confiados vuestra protección en esta vida, y especialmente en la hora de nuestra muerte.
Jaculatoria.— Concedednos la gracia de implorar vuestro patrocinio con filial confianza.
Oración a San José, p. 61
Oración preparatoria, p. 53
El gorrioncillo –dice David- halló su habitación en los agujeros de las casa, y la tortolilla en su nido; mas Vos, oh Rey mÃo y Dios mÃo, para haceros encontrar de nosotros, y permanecer en nuestra compañÃa, habéis puesto vuestro nido en los altares, y fijado en la tierra vuestra habitación.
Preciso es, Señor, afirmar que sois en demasÃa amante de los hombres; no sabéis ya qué hacer para que ellos os amen. Pero haced aún, Jesús amabilÃsimo, que también nosotros os amemos apasionadamente; pues no es razón que amemos con tibieza a un Dios que con tanto amor nos regala. Atraednos a Vos con los dulces atractivos de vuestro amor, y hacednos conocer las hermosas prendas de que estáis adornado, para que os amemos.
¡Oh, Majestad y Bondad infinitas! Amáis en extremo a los hombres, y habiendo procurado tanto el ser amado de ellos, ¿cómo son tan pocos los que os aman?... No quiero en adelante ser, como he sido, del número infeliz de esos ingratos: resuelto estoy a amaros cuanto pueda y a no amar sino a Vos. Y puesto que lo merecéis y me lo mandáis con tanta instancia, quiero complaceros. Haced, Dios de mi alma, que os agrade plenamente. Os lo suplico y lo espero por los méritos de vuestra pasión. Dad a quien los desee los bienes de la tierra, que yo sólo deseo y busco el gran tesoro de vuestro amor. Os amo, Jesús mÃo; os amo, Bondad infinita. Vos sois toda mi riqueza, toda mi alegrÃa, todo mi amor.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, Vos os habéis dado todo a mÃ; yo me entrego todo a Vos.
Comunión espiritual, p. 41.
Señora mÃa, San Bernardo os llama robadora de corazones. Dice que vais robando los corazones con vuestra hermosura y bondad. Robad también, os lo ruego, este corazón mÃo y toda mi voluntad. Os la entrego toda; y unida a la vuestra, ofrecedla a Dios.
Jaculatoria.— Madre amabilÃsima, rogad por mÃ.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Pasmados quedaron los hebreos cuando Josué mandó al sol que se detuviese y vieron que el sol le obedeció. Mas, ¿qué comparación puede caber entre Josué, que se ve obedecido del sol, criatura inanimada, y José, que se ve obedecido de Jesucristo, que es el mismo Hijo de Dios?
HumildÃsimo San José: ¡cuáles serÃan los sentimientos de vuestro corazón, cuando veÃais a Dios sometido a vuestras órdenes!
Oh, poderoso abogado de nuestras almas: rogad por mà a este divino Redentor, decidle que me perdone mis pecados; decidle también que me desprenda de las criaturas y de mà mismo; decidle, en fin, que me encienda en su santo amor, y después disponga de mà como le agrade.
Jaculatoria.— Alcanzadme que obedezca siempre la voluntad de Dios.
Oración a San José, p. 61
Oración preparatoria, p. 53.
Dice Jesucristo que nuestro corazón estará donde esté nuestro tesoro. Por esto los Santos, que no estiman ni aman otro tesoro que a Jesucristo, tienen su corazón y todo su amor en el SantÃsimo Sacramento.
AmabilÃsimo Jesús mÃo Sacramentado, que, por el amor que me tenéis, estáis de noche y dÃa encerrado en ese Sagrario; atraed, os lo ruego, todo mi corazón de tal suerte que no piense sino en Vos, ni ame, ni busque, ni espere otro bien que poseeros. Hacedlo por los méritos de vuestra pasión, en cuyo nombre os lo pido y lo espero.
Ah, Salvador mÃo Sacramentado y amante divino, ¡cuán amables son las tiernas invenciones de vuestro amor para lograr que las almas os amen! Oh, Verbo eterno, no os habéis contentado con haceros hombre y morir por nosotros, sino que nos habéis dado además este Sacramento por manjar, por compañÃa y por prenda de gloria.
Os habéis dignado aparecer entre nosotros, ya como niño en un establo, ya como pobre en un taller, ya como reo en una Cruz, ya como pan en el altar. Decidme: ¿Qué más podÃais inventar para que os amásemos?...
¡Oh, amabilidad infinita! ¿Cuándo empezaré a corresponder de veras a tantas finezas de amor? Señor, no quiero vivir sino para amaros a Vos solo. ¿De qué me sirve la vida, si no la empleo toda en amaros y complaceros a Vos, amado Redentor mÃo, que empleasteis vuestra vida entera en mi bien? ¿Y a quién he de amar sino a Vos, que sois todo hermoso, todo afable, todo bueno, todo amoroso y todo amable?
Viva mi alma sólo para amaros; inflámese en amor con sólo recordar el amor vuestro; y al oÃr mencionar el Pesebre, la Cruz, el Sacramento, arda toda en deseos de hacer grandes cosas por Vos, oh Jesús mÃo, que tanto habéis hecho y sufrido por mÃ.
Jaculatoria.— Concededme, Señor mÃo, que antes de morir haga yo por Vos alguna buena obra.
Comunión espiritual, p. 41
Como oliva hermosa en los campos... Yo soy, dice MarÃa, la hermosa oliva de que brota siempre óleo de misericordia. Y estoy en los campos a fin de que todos me vean y recurran a mÃ. “Oh, piadosÃsima Reina -digámosle con San Bernardo-, jamás se ha oÃdo decir que haya sido de Vos abandonado ninguno de cuantos se han acogido a vuestro amparo...â€; no sea yo, pues, el primero que, recurriendo a Vos, tenga la desventura de ser desamparado.
Jaculatoria.— ¡Oh, MarÃa!, concededme la gracia de recurrir siempre a Vos.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Tal era la sumisión que el Niño Jesús profesaba a San José, que no daba un paso, no comenzaba una oración, no gustaba bocado, ni descansaba sino conformándose con las órdenes del Santo. Esto lo reveló Dios mismo a Santa BrÃgida, diciéndole: “Mi Hijo era de tal modo obediente, que cuando José le ordenaba que hiciese algo, al punto ponÃa manos a la obra.â€
¡Oh, Santa Patriarca!, yo también quiero dedicarme a vuestro servicio. Mandadme lo que queráis, pues espero obedeceros en todo, buscando solamente la gloria de Dios y mi propia santificación.
Jaculatoria.— Haced, San José gloriosÃsimo, que siempre sirva yo fielmente a Jesús, a MarÃa y a Vos.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Este nuestro amoroso Pastor, que dio la vida por nosotros, sus ovejas, no quiso ni aun muriendo separarse de otros. Aquà estoy –dice-, ovejuelas amadas, siempre con vosotras; por vosotras me quedé en este Sacramento, aquà me hallaréis, siempre que quisiereis, para auxiliaros y consolaros con mi presencia. No os dejaré hasta el fin del mundo, mientras permanezcáis en la tierra.
“Deseaba el Esposo –dice San Pedro de Alcántara- dejar a su Esposa en esta larga ausencia alguna compañÃa para que no quedara sola, y por eso instituyó este Sacramento, en el cual se quedó Él mismo, que era mejor compañÃa que podÃa dejarle.â€
BenignÃsimo Señor, amabilÃsimo Salvador mÃo, aquà estoy ante este altar, visitando en este dÃa; mas Vos me pagáis esta visita con amor infinito, cuando venÃs a mi alma en la Santa Comunión. Entonces no sólo os manifestáis a mi, sino que os hacéis mi alimento, y todo os entregáis y unÃs a mi alma; de suerte que puedo con verdad decir: Ahora, mi buen Jesús, sois todo mÃo.
Pues, Señor, ya que os entregáis del todo a mÃ, razón es que yo me entregue enteramente a Vos...Soy un vil gusanillo de la tierra, y Vos el Rey del universo... ¡Oh, Dios de amor; oh amor de mi alma! ¿Cuándo lograré verme del todo vuestro, no sólo en palabras, sino también en obras? Vos podéis hacerlo. Acrecentadme la confianza, por los méritos de vuestra sangre, a fin de que obtenga seguramente de Vos la gracia de verme, antes de la muerte, todo vuestro y nada mÃo.
Deseo amaros con todas mis fuerzas y obedeceros en cuanto queráis. Sin interés, sin consolación, sin premio. Quiero serviros sólo por amor, sólo por agradaros, sólo por complacer a vuestro Corazón, tan apasionadamente enamorado de mÃ.
Amaros será mi premio. Oh, Hijo amado del Eterno Padre, tomad mi libertad, mi voluntad, todas mis cosas, y a mà mismo enteramente, y daos a mÃ. Os amo y os busco, por Vos suspiro; os quiero, os quiero, os quiero.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, hacedme todo vuestro.
Comunión espiritual, p. 41
AmabilÃsima Señora: la Iglesia toda os saluda y llama esperanza nuestra. Y puesto que sois la esperanza de todos, sed también la esperanza mÃa. San Bernardo os llamaba: Toda la razón de su esperanza, y decÃa: Espere en ti el que desespera. Asà también quiero decir yo, Madre mÃa; ya que hasta a los desesperados salváis, en Vos pongo toda mi esperanza.
Jaculatoria.— MarÃa, Madre de Dios, rogad a Jesús por mÃ.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
SI bien San José no tuvo en la tierra la formal autoridad de un verdadero padre sobre la Humanidad sacrosanta de Jesucristo, la tuvo al menos en algún modo como legÃtimo Esposo de MarÃa, Madre natural del Salvador. Principalmente quiso el Señor que la Virgen se desposase con el Santo Patriarca, para que éste protegiera su honor y alimentase a su divino Hijo.
Yo venero en vos, admirable San José, la persona escogida por el EspÃritu Santo, que quiso confiaros a su Esposa inmaculada, dándoosla por compañera. ¡Oh, castÃsimo Esposo de MarÃa y Padre adoptivo de Jesús!, recomendad a entrambos eficazmente mi alma, y alcanzadme la gracia que más necesito.
Jaculatoria.— San José, amparadme ahora y en la hora de mi muerte
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
A cualquier alma que visita a Jesús en el SantÃsimo Sacramento, le dice el Señor las palabras que dijo a la Sagrada Esposa: Levántate, date prisa, amiga mÃa, hermosa mÃa, y ven. Alma que me visitas, levántate de tus miserias que aquà estoy yo para enriquecerte de gracias. Date prisa, llégate cerca de mÃ, sin temer mi Majestad, que se humilla en este Sacramento para quitarte el temor y darte confianza. Amiga mÃa: ya no eres mi enemiga, sino mi amiga, porque me amas y yo te amo. Hermosa mÃa: la gracia te hermosea. Y ven, ven acá; abrázate conmigo y pÃdeme lo que quieras con suma confianza.
DecÃa Santa Teresa que este gran Rey de la Gloria se ha ocultado bajo las especies de pan en el Sacramento y ha cubierto su Majestad, para animarnos a llegar con más confianza a su divino Corazón.
Acerquémonos, pues, a Jesús con gran confianza y afecto; unámonos con ÉL y pidámosle mercedes.
¡Cuál debe ser mi gozo, oh Verbo eterno hecho hombre y Sacramento por mÃ, sabiendo que estoy delante de Vos, que sois mi Dios, Majestad infinita, infinita bondad, que tanto amor tenéis a mi alma! ¡Almas que amáis a Dios, dondequiera que estéis, en el Cielo o en la tierra, amadle también por mÃ! MarÃa, madre mÃa, ayudadme a amarle; y Vos, Señor amadÃsimo, sed el único objeto de todos mis amores. Imperad en mi voluntad y poseedme por entero.
Os consagro mi entendimiento, para que piense siempre en vuestra bondad; os consagro mi cuerpo, para que me ayude a complaceros; os consagro mi alma, para que sea enteramente vuestra. Quisiera, amado de mi alma, que todos los hombres conociesen el tierno amor que les tenéis, a fin de que todos viviesen sólo para honraros y complaceros, como deseáis y merecéis. Viva yo a lo menos siempre enamorado de vuestra belleza infinita.
De hoy en adelante quiero hacer cuanto pueda para agradaros. Propongo abandonar cualquier cosa que entienda no ser de vuestro gusto, por mucho trabajo que me cueste, aunque hubiese de perderlo todo, hasta la vida. ¡Dichoso yo si lo perdiese todo para ganaros a Vos, Dios mÃo!
Jaculatoria.— Jesús, amor mÃo, acogedme y poseedme del todo.
Comunión espiritual, p. 41
MarÃa llama a todos los pequeñuelos que necesitan madre, para que recurran a Ella como a la más amorosa de las madres. Dice el devoto P. Nieremberg que el amor de todas las madres es una sombra en comparación del amor que tiene MarÃa a cada uno de nosotros. ¡Madre mÃa, Madre de mi alma, que me amáis y deseáis mi salvación más que nadie después de Dios... mostrad que sois Madre!
Jaculatoria.— ¡Madre mÃa, haced que siempre me acuerde de Vos!
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
No sé –decÃa Santa Teresa- cómo se puede pensar en la Reina de los Ãngeles, en los años que pasó con el Niño Jesús, sin dar gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellos.†SÃ, porque el Santo Patriarca estuvo siempre al lado de MarÃa para asistirla y ayudarla en todas sus necesidades, asà en Nazaret, como en todas partes.
¡Oh, bienaventurado San José!: por aquel mutuo amor que siempre reinó entre Vos y vuestra santÃsima Esposa MarÃa, alcanzadme la gracia de servirla fielmente; de honrarla y amarla con todas mis fuerzas; amadla Vos, bendecidla y glorificadla por mÃ, a fin de que por vuestro medio se le tribute el culto que se le debe y yo no puedo dignamente darle.
Jaculatoria.— Concededme, San José celosÃsimo, que honre y sirva a Jesús y a MarÃa como Vos los servisteis y honrasteis.
Oración a San José, p. 61
Oración preparatoria, p. 53.
Vio San Juan en el Apocalipsis al Señor, ceñidos los pechos y sostenidos con una faja de oro. No de otra suerte aparece Jesús en el SantÃsimo Sacramento del Altar, con sus pechos henchidos en la mÃsitica leche de las gracias que en su misericordia anhela dispensarnos; y desde allÃ, cual una madre que, al sentir lleno el pecho, vese precisada a buscar pequeñuelos a quien darlo para que le alivien de su plenitud, asà Él nos busca y nos invita diciéndonos: TraÃdos seréis a mis pechos. “Ad úbera portabÃmini.â€
El V. P. Baltasar Ãlvarez vio que Jesús estaba en el Sacramento con las manos llenas de gracias buscando a quien dispensarlas. Y Santa Catalina de Siena, siempre que se acercaba al SantÃsimo Sacramento, llegábase con aquella prisa y ansia amorosa con que un niño se acerca al pecho de su madre.
¡Oh, amadÃsimo Unigénito del Eterno Padre!, conozco que sois el objeto más digno de ser amado; deseo amaros cuanto merecéis, o, a lo menos, cuanto puede un alma desear amaros. Harto comprendo que yo, traidor y rebeldÃsimo a vuestro amor, ni merezco estar cerca de Vos, como estoy a hora en esta iglesia; pero sé también que Vos buscáis mi amor, y sé que me decÃs: Hijo mÃo, dame tu corazón. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.
Conozco que me habéis conservado la vida y no me habéis precipitado en el infierno para que me convierta enteramente a vuestro amor. Y pues aún queréis ser amado de mÃ, aquà me tenéis, Dios mÃo, a Vos me rindo, a Vos me entrego, ¡oh Dios!, que sois todo bondad y amor. Os elijo por único Rey y Señor de mi pobre corazón; Vos lo queréis y yo quiero dároslo; frÃo es y asqueroso, pero si le aceptáis, Vos le mudaréis.
Mudadme, Señor mÃo, mudadme; no quiero vivir como en lo pasado, tan ingrato y tan poco amante para vuestra bondad infinita, que tanto me ama y merece infinito amor. Haced que, de hoy en adelante compense todo el amor que he dejado de teneros en la vida pasada.
Jaculatoria.— ¡Dios mÃo, Dios mÃo!, quiero amaros, quiero amaros...
Comunión espiritual, p. 41
Del todo semejante a su Hijo Jesús, es su Madre MarÃa, que, siendo Madre de Misericordia, no goza sino cuando socorre y consuela a los miserables. Y es tan grande el deseo que tiene esta Madre de dispensar gracias a todos, que, como dice el devoto Bernardino de Bustos, más desea ella darte bienes y concederte gracias, que tú deseas recibirlos.
Jaculatoria.— ¡Esperanza nuestra, salve!
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Toma al Niño.†Estas palabras del Ãngel dirigidas a San José, parecen ser la aplicación del verso 14 del salmo 10: A tu cuidado se ha dejado el pobre. “José –dice Dios-, yo he enviado a mi Hijo a la tierra y le he enviado en traje pobre y humilde, sin ningún esplendor aparente de riqueza ni de nobleza; por esto será despreciado en el mundo, y será llamado hijo de artesano. A tu cuidado he dejado el pobre: cuÃdale y séme fiel.â€
¡Oh, afortunado Patriarca, alcanzadme que prefiera despreciar todos los honores y anteponga la pobreza a toda riqueza terrena!
Jaculatoria.— Aprended de mÃ, que soy manso y humilde corazón.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53
Oh, insensatos mundanos! –dice San AgustÃn-; desdichados, ¿adónde vais para satisfacer vuestro corazón? Venid a Jesús , que sólo Él puede daros el contento que buscáis.†Alma mÃa, no seas tú tan insensata; busca sólo a Dios, busca el bien en el que están todos los bienes, como dice el mismo Santo. Y si quieres hallarle pronto, aquà le tienes cerca de ti; dile lo que deseas, pues está en el Sagrario para oÃrte y consolarte.
No todos, dice Santa Teresa, consiguen hablar al rey; lo más que algunos logran es hablarle por medio de tercera persona. Mas para hablar con Vos, oh Rey de la Gloria, no se necesitan mediadores: todos os hallan siempre dispuesto a darles audiencia en el Sacramento del altar. Cualquiera que os desea os halla siempre aquà y os habla familiarmente. Llegar a la persona del rey y hablarle cara a cara , puesto que alguno lo consigue, ¿qué de diligencias no supone? Porque los reyes de la tierra dan audiencia pocas veces al año. Pero Vos, en este Sacramento, siempre que nosotros queremos, nos dais audiencia, lo mismo de noche que de dÃa.
¡Oh, Sacramento de amor, que ya dándoos en la Comunión, ya permaneciendo en los altares, sabéis, con los dulces hechizos de vuestro amor, atraer a tantos corazones que enamorados de Vos, pasmados por tanta bondad, arden felicÃsimos en vuestro amor y piensan siempre en Vos!: atraed también este miserable corazón mÃo, que desea amaros, y vivir esclavo de vuestro amor.
Por mi parte entrego, de hoy en adelante, en manos de vuestra bondad, todos mis intereses, todos mis afectos y esperanzas, mi alma y mi cuerpo y todo mi ser. Aceptadme, Señor, y disponed de mà como os agrade. No quiero, no quejarme más de vuestras santas disposiciones; pues sé que, procediendo de vuestro amoroso Corazón, amorosas y para mi bien han de ser todas ellas.
Bástame que las queráis Vos, para quererlas yo también en el tiempo y en la eternidad. Haced en mà y de mà cuanto queráis; únome enteramente a vuestra voluntad, que es soberanamente buena, y bella, y perfecta, y amable. ¡Oh, voluntad de mi Dios, cuan agradable eres para mÃ! Quiero vivir siempre y morir unido y sujeto a ti. Tu gusto es mi gusto; y quiero que tus deseos sean mis deseos.
Dios mÃo, Dios mÃo, ayudadme; haced que desde hoy viva sólo para Vos, sólo para querer lo que queráis sólo para amar vuestra amable voluntad. Muera yo por vuestro amor, ya que Vos moristeis por mÃ, y por mà os hicisteis alimento del alma.Maldigo aquellos dÃas en que hice mi voluntad con tanto disgusto vuestro. Os amo, ¡oh, voluntad de Dios!, cuanto amo a Dios, puesto que sois Dios mismo. Os amo con todo mi corazón, y a Vos me entrego sin reserva.
Jaculatoria.— ¡Oh, voluntad de Dios, tú eres mi único amor!
Comunión espiritual, p.41
Dice la excelsa Reina de los Cielos: En mi mano están las riquezas...para enriquecer a los que me aman. Amemos, pues, a MarÃa, si queremos ser ricos en gracias. El Idiota la llama Tesorera de las gracias. ¡Bienaventurado el que con amor y confianza recurre a MarÃa!
Jaculatoria.— Madre amable, ruega por mÃ.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Dios constituyó a San José jefe y cabeza de la Sagrada Familia de Nazaret, reducida en número, pero grande por la altÃsima dignidad de los personajes que la componÃan. En aquella casa José manda, y el divino Hijo obedece. Esta sujeción de Jesucristo, a la vez nos demuestra su incomparable humildad y la gran dignidad de José, superior a la de todos los demás Santos, si se exceptúa a la divina Madre.
Recibidme, ¡oh, excelso Patriarca!, en el número de vuestros siervos, y mandadme según os plazca, que yo procuraré obedeceros prontamente.
Jaculatoria.— San José, tutor y custodio de la Sagrada Familia, orad por mÃ.
Oración a San José, p. 61
Oración preparatoria, p. 53.
Procuremos no apartarnos –dice Santa Teresa- ni perder de vista a nuestro a amado Pastor Jesús, porque las ovejas que están cerca de su pastor son siempre las más atendidas y regaladas, siempre reciben algún particular bocadillo de lo que él mismo come. Y si acaeciere que el pastor duerme, la ovejuela no se aparta de él hasta que se despierta, o le despierta ella misma con sus balidos, para ser entonces de nuevo objeto de sus caricias y regalos.
Redentor mÃo Sacramentado, aquà estoy cerca de Vos, y no quiero otro regalo que el fervor y perseverancia en vuestro amor.
Gracias te doy, ¡oh, santa fe!, porque me enseñas y aseguras que en el divino Sacramento del Altar, en aquel Pan celestial, no hay pan, sino que allà está realmente mi Señor Jesucristo, y que está por mi amor. Señor mÃo y todo mi bien, creo que estáis presente en el SantÃsimo Sacramento; y aunque desconocido a los ojos de la carne, os reconozco con la luz de la fe, en la Hostia consagrada, por Monarca del Cielo y de la tierra, y Salvador del mundo. ¡Ah, dulcÃsimo Jesús mÃo!, asà como sois mi esperanza, mi salvación, mi fortaleza y mi consuelo, quiero que seáis también mi exclusivo amor y el único blanco de todos mis pensamientos, deseos y afectos. Más me complazco en la suma felicidad de que gozáis y gozaréis eternamente, que de todo el bien que yo pudiera alcanzar en el tiempo y en la eternidad.
Mi mayor contento es saber que Vos, amado Redentor mÃo, sois plenamente dichoso y que vuestra felicidad es infinita. Reinad, reinad, Señor mÃo, en toda mi alma; os la entrego sin reserva, para que siempre la poseáis. Sean mi voluntad, mis sentidos y mis potencias esclavos de vuestro amor, y no me sirvan en este mundo más que para daros gusto y gloria.
Esta fue vuestra vida, ¡oh, primera Amante y Madre de mi Jesús, MarÃa SantÃsima! Ayudadme, Señor, y alcanzadme que en lo porvenir viva tan eternamente feliz en Dios, como Vos vivisteis.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, sea yo todo vuestro, y Vos todo mÃo.
Comunión espiritual, p. 41.
Bienaventurado el que vela ante mis puertas todos los dÃas y aguarda a los umbrales de mi casa...¡Dichoso el que, como los pobres que están a las puertas de los ricos, pide solÃcito limosna ante las puertas de la misericordia de MarÃa; y más dichoso aún el que procura imitar las virtudes que en MarÃa considera, y especialmente su pureza y humildad.
Jaculatoria.— Socórreme esperanza mÃa.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Escribe San Bernardo que José fue aquel siervo fiel y prudente, escogido para ser no sólo el apoyo de la Madre de Dios y del mismo Jesucristo, sino también el fidelÃsimo cooperador del gran consejo. La salvación de los hombres, la redención del mundo, fue, en efecto, la obra del gran consejo de las tres Personas de la SantÃsima Trinidad; y José fue elegido para cooperar en cierto modo a esta obra divina.
Protector mÃo San José, os ruego humildemente que me hagáis, como Vos, diligente y fiel en el cumplimiento de los deberes de mi estado.
Jaculatoria.— San José bendito, guiadme al Cielo.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Quien ama a Jesús, está con Jesús, y Jesús está con él.†Cuando San Felipe Neri comulgó por Viático, al ver entrar el SantÃsimo Sacramento, exclamó: Aquà está el amor mÃo, aquà está el amor mÃo. Diga, pues, cada uno de nosotros en presencia de Jesús Sacramentado: Aquà está el amor mÃo; éste es y será el blanco de mis amores, durante toda mi vida, por toda la eternidad.
Vos, Señor y Dios mÃo, dijisteis en el Evangelio, que quien os ame será amado de Vos más que otra cosa.
Venid, y asentad vuestra habitación en la pobre casa de mi alma, de tal suerte, que nunca os apartéis de mÃ; o, por mejor decir, que jamás os despida yo a Vos. Vos nunca os ausentáis si no sois despedido. Mas asà como os arrojé de mà en lo pasado, temo me vuelva a suceder tamaña desgracia en lo venidero.
¡Ah! No permitáis que acaezca en el mundo esta nueva maldad y horrenda ingratitud: que yo singularmente favorecido de Vos con tantas gracias, llegue a echaros otra vez fuera de mi alma. Mas ¡ay! Que puede suceder...Por eso, Señor, prefiero la muerte, si es de vuestro agrado, para que muriendo unido con Vos, con Vos viva eternamente.
SÃ, Jesús mÃo, asà lo espero. Os abrazo y estrecho en mi pobre corazón; haced que siempre os ame, y siempre sea amado de Vos. SÃ, Redentor mÃo amabilÃsimo, siempre os amaré, y siempre me amaréis. Espero que nos amaremos siempre, ¡oh, Dios de mi alma!, por toda la eternidad.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, quiero siempre amaros y ser amado de Vos.
Comunión espiritual, p. 41.
Los que se guÃan por mÃ, no pecarán.†El que se ocupe en obsequiarme –dice MarÃa- alcanzará la perseverancia. Los que me esclarecen tendrán la vida eterna; y los que trabajan en hacer que los demás me conozcan y amen.
Promete hablar siempre que puedas, pública o privadamente, de las glorias y de la devoción de MarÃa.
Jaculatoria.- ¡Dignaos recibir mis alabanzas, Virgen sagrada!
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
San José es llamado en el Evangelio hombre justo, hombre perfecto, que posee todas las virtudes. PoseÃa, por consiguiente, José, fe viva, esperanza firme, caridad ardiente para con Dios y el prójimo, humildad profundÃsima, y todas las demás virtudes.
¡Oh, gran Santo, modelo perfectÃsimo de jsuticia y santidad!, dignaos alcanzarme las virtudes que poseÃsteis Vos en tan alto grado, y sobre todo un amor ardientÃsimo a Jesucristo y a su santÃsima Madre.
Jaculatoria.— Guiadme, santo Esposo de MarÃa, por la senda de la perfección.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Mis ojos y mi corazón estarán ahà todos los dÃas.†He aquà cómo Jesús cumple esta su hermosÃsima promesa en el Sacramento del Altar, donde con nosotros se halla de noche y de dÃa.
Pudiera, Señor mÃo, bastaros es estar en el Sacramento sólo de dÃa, cuando tuvieseis en vuestra presencia adoradores que os acompañasen; mas ¿de qué os sirve permanecer ahà también por la noche, en la cual los hombres cierran las iglesias y se retiran a sus casas dejándoos enteramente solo?
Pero ya os entiendo; el amor os hizo prisionero nuestro; el amor apasionado que nos tenéis, os unió a este mundo, de tal suerte, que ni de noche ni de dÃa os consiente apartaros de nosotros.
¡Ah, Salvador amabilÃsimo! Sólo esta fineza de amor debiera obligar a todos los hombres a acompañaros siempre en el santo Sagrario, hasta que por fuerza los echasen de allÃ; y al ausentarse, deberÃan dejar al pie del altar su corazón y todos sus afectos en obsequio del Dios humanado que permanece solo y oculto en el Tabernáculo, hecho todo ojos para mirarnos y remediar nuestras necesidades, y todo corazón, para amarnos, y esperando el próximo dÃa, en que las almas, sus amadas, vayan a visitarle.
SÃ, Jesús mÃo, contentaros quiero. Os consagro toda mi voluntad y todos mis afectos. ¡Oh, Majestad infinita de mi Dios!, os quedasteis en este divino Sacramento, no sólo para estar presente y próximo a nosotros, sino principalmente para comunicarnos a vuestras almas predilectas.
Mas, Señor, ¿quién se atreverá a acercarse a vuestra mesa y alimentarse de vuestro cuerpo?... O, más bien, ¿quién podrá alejarse de Vos?... Os ocultáis en la Hostia consagrada, para entrar dentro de nosotros. Ardéis en deseos de que os recibamos, y gustáis de uniros a nosotros.
Venid, pues, Jesús mÃo, venid; deseo recibiros dentro de mÃ, para que seáis el Dios de mi corazón y de mi voluntad. Cuanto es de mi parte, Redentor mÃo amabilÃsimo, ceda a vuestro amor: satisfacciones, placeres, voluntad propia..., todo os lo sacrifico.
Os amo, Dios mÃo, os amo, y por siempre a Vos sólo quiero amar.
Jaculatoria.- Atraedme con los lazos de vuetro amor.
Comunión espiritual, p. 41.
Nos exhorta San Bernardo a que busquemos la gracia y a que la busquemos por medio de MarÃa. Ella es –dice San Pedro Damián- el tesoro de las gracias divinas; puede enriquecernos y quiere enriquecernos. Por eso nos invita y llama ella misma: Quien sea pequeñuelo, véngase a mÃ. Señora amabilÃsima, Señora nobilÃsima, Señora benignÃsima, mirad a un pobre pecador, que a Vos se encomienda y en Vos enteramente confÃa.
Jaculatoria.— Apartad de mÃ, San José purÃsimo, las tentaciones de impureza.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
AmabilÃsimo Jesús, oigo que desde el Sagrario en que estáis, nos decÃs: Este es mi descanso para siempre; aquà tendré mi habitación, pues la escogÃ. Pues si Vos escogisteis vuestra morada en el Altar, quedándoos con nosotros en el SantÃsimo Sacramento, y por el amor que nos tenéis halláis aquà vuestro reposo, razón es también que nuestros corazones habiten siempre con Vos por amor, y tengan aquà todas sus delicias y descanso.
¡Felices vosotras, almas amantes, que no halláis en el mundo más grato reposo que el estar cerca de vuestro Jesús Sacramentado! ¡Y dichoso yo, Señor mÃo, si de hoy en adelante no tuviese delicia mayor que permanecer en vuestra presencia, o pensar siempre en Vos, que en el SantÃsimo Sacramento siempre estáis pensando en mà y en mi bien!
¡Ah, Señor mÃo!, ¿por qué perdà tantos años en que no os amaba? Años mÃos infelices, os maldigo y bendigo a Vos, ¡oh paciencia infinita de mi Dios!, que tanto tiempo me habéis sufrido, siendo, como era, ingrato a vuestro amor.
Mas con ser tan ingrato me esperasteis...¿Por qué, Dios mÃo, por qué? Para que vencido algún dÃa de vuestro amor y misericordia, me entregase del todo a Vos. No quiero, Señor, resistir más; no quiero más ser desagradecido.
Justo es que os consagre a lo menos este tiempo (poco o mucho) que me resta de vida. Espero, Señor, que me ayudaréis para ser enteramente vuestro. Si me favorecisteis cuando de Vos huÃa y despreciaba vuestro amor, ¿cuánto más me favoreceréis ahora, que os busco y deseo amaros? Dadme pues, la gracia de amaros, ¡oh, Dios digno de infinito amor!
Os amo con todo mi corazón, os amo sobre todas las cosas, os amo más que a mi mismo, más que a mi vida. Me arrepiento de haberos ofendido, bondad infinita; perdonadme, y junto con el perdon, concededme la gracia de que os ame hasta la muerte en esta vida, y por toda la eternidad en la otra.
Mostrad con vuestro poder, ¡oh, Dios omnipotente!, este prodigio en el mundo: que un alma tan ingrata como la mÃa se transforme en una de las más amantes vuestras. Otorgádmelo por vuestros merecimientos, Jesús mÃo. Asà lo deseo; asà propongo practicarlo toda mi vida; y Vos, que me inspiráis este deseo, dadme fuerzas para cumplirlo.
Jaculatoria.— Gracias os doy, Jesús mÃo, por haberme esperado hasta ahora.
Comunión espiritual, p. 41.
Nadie se salva –dice San Germán, hablando con MarÃa SantÃsima- sino por Vos; nadie se libra de sus males sino por Vos; a nadie se conceden gracias sino por vuestra intercesión.†De suerte, Señora y esperanza mÃa, que si no me ayudáis, perdido soy; y no podré llegar a bendeciros en la Gloria. Pero creo, Señora, lo que dicen los Santos, que no abandonáis a quien recurre a Vos; y que sólo se pierde quien a Vos no acude. Yo miserable, recurro a Vos, y en Vos pongo todas mis esperanzas.
Jaculatoria.— Esta es mi confianza, ésta la razón toda de la esperanza mÃa (San Bernardo).
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Si la voz de MarÃa bastó para santificar al Bautista y llenar del EspÃritu Santo a Isabel, ¿a qué santidad tan elevada no subirÃa la bellÃsima alma de José, conversando por espacio de tantos años con la Madre Dios? Y si MarÃa es la dispensadora de todas las gracias que Dios concede a los hombres, ¿con cuánta profusión no enriquecerÃa de ellas a su castÃsimo Esposo?
Amado San José, Vos que fuisteis tan distinguido y privilegiado en la participación de las grandezas de MarÃa, alcanzadme que también yo conozca sus virtudes para imitarlas y sus esclarecidos privilegios para honrarla y amarla con todas mis fuerzas.
Jaculatoria.— Alcanzadme la gracia de amar, servir e imitar a MarÃa SantÃsima.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
DecÃa el V. P. Francisco Olimpo, Teatino, no haber cosa en la tierra que más vivamente encienda el fuego del divino amor en los corazones de los hombres que el SantÃsimo Sacramento del Altar.
Por eso el Señor se mostró a Santa Catalina de Siena, en el SantÃsimo Sacramento, como una hoguera de amor, de la cual salÃan torrentes de divinas llamas, que se esparcÃan por toda la tierra; quedando atónita la Santa al considerar cómo podÃan los hombres vivir sin abrasarse de amor en medio de tanto amor divino para con ellos.
Jesús mÃo haced que arda por Vos; haced que no piense, ni suspire, ni desee, ni busque cosa laguna fuera de Vos. ¡Dichoso yo si este vuestro santo fuego me inflamase, y, el paso que se fuesen consumiendo mis años, fueran felizmente destruyéndose en mà todos los afectos terrenos!
¡Oh, Verbo divino; oh, Jesús mÃo!, os veo enteramente sacrificado, aniquilado y destruido por mi amor en ese Altar. Justo es, pues, que asà como Vos, vÃctima de amor, os sacrificáis por mÃ, yo del todo me consagré a Vos. SÃ, Dios mÃo y supremo Señor, os sacrifico hoy toda mi alma, toda mi voluntad, mi vida toda y a mà mismo.
Uno este mi pobre sacrificio con el sacrificio infinito que de sà mismo os hizo, ¡oh, Eterno Padre!, vuestro Hijo Jesús, Salvador mÃo, una vez en el ara de la Cruz, y que tantas veces os renueva diariamente en los altares. Aceptadlo, pues, por los méritos de Jesús, y dadme gracia para repetirlo todos los dÃas de mi vida, y para morir sacrificándome enteramente por honra vuestra.
Deseo la gracia, a tantos mártires concedida, de morir por vuestro amor. Mas, si no soy digno de tal merced, concededme a lo menos que os sacrifique mi vida, con toda mi voluntad, abrazando la muerte que de Vos me fuere enviada. Señor, anhelo esta gracia; quiero morir con la voluntad de honraros y complaceros, y desde ahora os sacrifico mi vida, y os ofrezco mi muerte, sea cual fuere y cuando quiera que venga.
Jaculatoria.— Oh Corazón de mi amable Salvador, haced que arda y siempre crezca en mà vuestro amor.
Comunión espiritual, p. 41.
Permetidme, dulcÃsima Señora mÃa, que os llame con vuestro San Bernardo: Toda la razón de mi esperanza, y que os diga con San Juan Damasceno: En Vos he puesto toda mi confianza. Vos me alcanzaréis el perdón de mis pecados, la perseverancia hasta la muerte, y el ser libertado del Purgatorio. Todos cuantos se salvan obtienen por Vos la salvación: de suerte que Vos, ¡oh MarÃa!, me habéis de salvar . Quien tú quisieres, se salvará. Quered, pues, salvarme y me salvaré; y como Vos salváis a todos los que os invocan, os invocaré diciendo:
Jaculatoria.— ¡Oh, salvación de los que os invocan, salvadme! (San Buenaventura).
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Pasó José –dice San Lucas (2, 4)- desde Nazaret a la ciudad de David, llamada Belén; y MarÃa dio a luz a su Hijo unigénito, y le envolvió en pañales, y le acostó en un pesebre.†Considera aquà la pena de José aquella noche en que nació el Verbo encarnado, viéndose, con MarÃa, echados de Belén, y obligados a guarecerse en un establo.
¡Oh, Santo Patriarca!, por la aflicción que experimentasteis viendo al recién nacido Niño tan pobre, sin fuego y sin abrigo, os ruego que me alcancéis un verdadero dolor de mis pecados, con los cuales fui, or mi desgracia, causa de las lágrimas y de los padecimientos de Jesús.
Jaculatoria.— Haced, Santo mÃo, que imite la pobreza del Niño Jesús.
Oración a San José, p. 61
Oración preparatoria, p. 53
Oh, si los hombres recurriesen siempre al SantÃsimo Sacramento, para buscar remedio a sus males! Por cierto que no serÃan tan miserables como son. Lloraba JeremÃas, diciendo: ¿Acaso no hay resina (o bálsamo) en Galaad; o no hay aquà médico? Galaad, monte de la Arabia, rico en ungüentos aromáticos, es, como nota Beda, figura de Jesucristo, el cual tiene dispuestos en este Sacramento todos los remedios de nuestros males.
¿Por qué, pues, hijos de Adán (parece que nos dice el Redentor), os quejáis de vuestros males, cuando tenéis en este Sacramento el médico y el remedio de todos ellos? Venid a Mà todos...y yo os aliviaré.
Diré, pues, con las hermanas de Lázaro: Ved que está enfermo el que amáis. Señor, yo soy aquel miserable a quien amáis; tengo el alma llena de llagas, por los pecados que he cometido. Vengo a Vos, divino médico mÃo, a que me sanéis; y si queréis, podéis sanarme. Sanad, pues, mi alma; porque pequé contra Vos.
Atraedme del todo a Vos, Jesús mÃo dulcÃsimo, con los amabilÃsimos atractivos de vuestro amor. En más estimo estar unido a Vos, que ser dueño de toda la tierra, y no deseo en este mundo otra cosa que amaros. Poco tengo que ofreceros; pero si pudiese poseer todos los reinos del mundo, quisiéralos solamente para renunciarlos todos por amor vuestro.
Os entrego, pues, cuanto poseo: parientes, comodidades, gustos y hasta los consuelos espirituales; os entrego mi libertad y mi voluntad. Quiero daros todo mi amor. Os amo, bondad infinita, os amo más que a mà mismo, y espero amaros eternamente.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, me entrego a Vos; recibidme.
Comunión espiritual, p. 41.
Dijisteis Señora mÃa, a Santa BrÃgida: Si el hombre verdaderamente arrepentido de cuanto hubiere pecado se vuelve a mÃ, yo estoy pronta a acogerle. No miro la multitud de sus culpas, sino el espÃritu con que viene: ni me desdeño de curar y sanar sus llagas; porque me llaman, y soy verdaderamente, Madre de misericordia. Y ya que podéis y deseáis sanarme, A vos recurro, celestial Remediadora: sanad las llagas de mi alma.
Jaculatoria.— ¡Oh, MarÃa, tened piedad de mÃ!
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Considera cuál fue el amor y la ternura de José al mirar con sus propios ojos al Hijo de Dios hecho Niño, oyendo al mismo tiempo a los ángeles, que cantaban alrededor de su recién nacido Señor.
Afortunado Patriarca, por aquel consuelo que experimentasteis al ver por vez primera a Jesús Niño tan bello y graciosos, alcanzadme la dicha de que yo también le ame con vivo amor en la tierra, para ir después un dÃa a gozar con Él en el ParaÃso.
Jaculatoria.— Concededme, bendito José, constante amor a Jesús y a MarÃa.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
No saben la almas amantes hallar mayor contento que estar en presencia de las personas que aman. Si amamos, pues, mucho a Jesucristo, estemos aquà en su presencia. Jesús en el Sacramento nos ve y nos oye, ¿y no le diremos nada?
Consolémonos con su compañÃa; gocémonos de su gloria y del amor que le tienen tantas almas enamoradas del SantÃsimo Sacramento; deseemos que todos amen a Jesús Sacramentado y le consagren sus corazones; consagrémosle siquiera nosotros todo nuestro afecto, y sea Él nuestro único amor, nuestro deseo único.
El P. Salesio, de la CompañÃa de Jesús, sentÃase consoladÃsimo sólo al oÃr hablar del SantÃsmo Sacramento, y nunca se saciaba de visitarle; si le llamaban a la porterÃa, si volvÃa a su aposento, si andaba por la casa, procuraba siempre con tales ocasiones menudear las visitas a su amado Señor; y asà se notó que apenas pasaba hora del dÃa en que no visitase, mereciendo en fin morir a manos de los herejes en defensa de la verdad del Sacramento.
¡Oh, si yo tuviese también la dicha de morir por tan hermosa causa como es defender la verdad de este misterio, por el cual, amabilÃsimo Jesús, nos disteis a conocer el tiernÃsimo amor que nos profesabais! Pues ya que Vos, Señor mÃo, tantos milagros hacéis en este Sacramento, haced todavÃa otro prodigio más, atrayéndome del todo a Vos.
Me queréis enteramente para Vos, y bien lo merecéis. Dadme, pues, fuerzas para amaros con todo mi afecto. Los bienes del mundo dadlos a quien os plazca, que yo los renuncio todos. Lo que quiero, y por lo que únicamente suspiro, es por vuestro amor. Esto solo os pido y siempre os lo pediré. Os amo, Jesús mÃo; que asà sea siempre.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, ¿cuándo os amaré de veras?
Comunión espiritual, p. 41.
Cuánto me complace, Reina mÃa dulcÃsima, este hermoso nombre con que os invocan vuestros devotos: Mater amábilis! Porque Vos, Señora mÃa, sois sumamente amable y por vuestra hermosura se enamoró de Vos el mismo Señor vuestro: El Rey deseó tu belleza. Dice San Buenaventura que vuestro nombre es tan amable para los que os aman, que sólo al pronunciarle u oÃrle pronunciar, sienten que se inflama y acrecienta en ellos el deseo de amaros. ¡Oh dulce!, ¡oh piadosa!, ¡oh amabilÃsima MarÃa! ¡No es posible nombraros sin que se encienda y recree el afecto de quien os ama!
Justo es, pues, Madre mÃa amabilÃsima, que os ame yo. Mas no me contento sólo con amaros, sino que deseo, ahora en la tierra y después en el Cielo, ser, después de Dios, el que más os ame. Y si tal deseo es harto atrevido, cúlpese a vuestra amabilidad, y al especial amor que me habéis demostrado; que si fueseis menos amable, menos desearÃa yo amaros.
Aceptad, pues, ¡oh Señora!, este mi deseo. Y como prueba de uqe lo aceptáis, alcanzadme de Dios este amor que os pido, ya que tanto complace a Dios el amor que todos os tenemos.
Jaculatoria.— ¡Madre mÃa amabilÃsima, os amo mucho!
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Mandó a Herodes que fuesen degollados todos los ninños del término de Belén. Mas Dios quiso librar por entonces a su Hijo de la muerte, y envió un Ãngel para avisar a José que tomase al Niño y asu Madre y huyesen a Egipto. Y al punto José emprende aquel viaje largo y penoso.
Santo protector mÃo, por vuestra pronta y continua obediencia a la voluntad de Dios, alcanzadme la gracia de obedecer puntualmente los preceptos divinos, y que en el viaje de esta vida no pierda jamás la compañÃa de Jesús y MarÃa.
Jaculatoria.— ¡Dichosos los que a Dios obedecen: nunca se extraviarán!
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
En el valle de Josafat aparecerá Jesús un dÃa sentado en trono de majestad; mas ahora, en el SantÃsimo Sacramento, su asiento es trono de amor.
Si el Rey, para mostrar el amor que tiene a un pastorcillo, fuese a vivir a la aldea en que aquél habita, ¿qué ingratitud no serÃa la del pastor si no fuese a visitarle a menudo, sabiendo que el Rey tanto lo desea, y que allà habÃa ido para tener ocasión de verle con frecuencia? ¡Ah, Jesús mÃo!, conozco que por mi amor habéis venido a estar con nosotros en el Sacramento del Altar. Quisiera, pues, si me fuese dado, permanecer de dÃa y de noche en presencia vuestra.
Si los Ãngeles, ¡oh, Señor mÃo!, no cesan de estar junto a Vos, pasmados del amor que nos manifestáis, justo es que yo, viéndoos por mi causa en este altar, os complazca, a lo menos, permaneciendo ante Vos y alabando el amor y la bondad que para mà tenéis. Delante de los Ãngeles os alabaré; vendré a vuestro templo a adoraros y ensalzaré vuestro Santo nombre por vuestra misericordia y verdad.
¡Oh, Dios Sacramentado!; ¡oh, pan de los ángeles!; ¡oh, sustento divino!, os amo. Mas ni Vos ni yo estamos satisfechos de este amor mÃo. Os amo, pero os amo muy poco. Haced, Jesús mÃo, que conozca la belleza y bondad inmensas que amo.
Haced que mi corazón deseche de sà todos los afectos terrenos, y ceda todo el lugar a vuestro amor divino. Vos, para enamorarme enteramente de vuestra bondad, y uniros a mÃ, descendéis cada dÃa del Cielo a los altares; razón es que yo sólo piense en amaros, en adoraros y complaceros. Os amo con toda mi alma, os amo con todos mis afectos. Si queréis pagarme este amor, dadme más amor, más llamas que me estimulen siempre a amaros y a desear siempre complaceros.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, amor mÃo, dadme amor.
Comunión espiritual, p. 41.
Asà como aquellos enfermos pobres a quienes por su miseria todos abandonan, hallan su único refugio en los hospitales públicos, asà los más miserables pecadores, aunque todos los despidieren, no se ven por esto desamparados de la misericordia de MarÃa, a quien Dios puso en el mundo con el fin de que fuese el asilo y hospital público de los pecadores, como dice San Basilio. Y por esto San Efrén la llama también el refugio de los pecadores.
AsÃ, pues, si acudo a Vos, Reina mÃa, no podéis desecharme por mis pecados. Antes bien, cuanto más miserable soy, tanto más motivo tengo para ser acogido bajo vuestra protección, ya que Dios, para asilo de los más miserables, quiso crearos. A vos recurro, pues, ¡oh MarÃa!: bajo vuestro mando me pongo. Vos sois el refugio de los pecadores: sed, por lo tanto, mi refugio y la esperanza de mi salvación. Si Vos me desecháis, ¿adónde acudiré?
Jaculatoria.— MarÃa, refugio mÃo, salvadme.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Considera cuál debió de ser la pena de San José en la huida a Egipto, viendo cuánto sufrÃan su santa Esposa, no acostumbrada a caminar mucho, con aquel amable Niño, que llevaban, ora el uno, ora el otro, en sus brazos; yendo fugitivos y temerosos de encontrar a cada paso los soldados de Herodes; y todo esto en lo más crudo del invierno.
¡Oh, Padre adoptivo de Jesús!, por aquellos padecimientos que sufristeis en el viaje a Egipto, alcanzadme fuerzas para sobrellevar con perfecta paciencia y resignación todas las incomodidades e infortunios que me sobrevengan en este valle de lágrimas.
Jaculatoria.— ¡Oh, bendito José!, dadme paciencia perfecta en todas las adversidades.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Cosa gratÃsima es el hallarse cada uno en compañÃa de un amigo querido; ¿y no ha de sernos deleitable en este valle de lágrimas estar en compañÃa del mejor Amigo que tenemos, del que puede darnos todo bien, del que puede darnos todo bien, del que nos ama apasionadamente, y por eso de continuo se halla con nosotros?
AquÃ, en el SantÃsimo Sacramento, podemos hablar con Jesús a nuestra voluntad, abrirle nuestro corazón, exponerle nuestras necesidades y pedirle mercedes; podemos, en suma, tratar con el Rey del Cielo en este misterio, sin encogimiento y con toda confianza.
Muy dichoso fue José cuando Dios, como atestigua la Escritura, descendió con su gracia a la prisión en que estaba para consolarle: Bajó con él a la cárcel, y entre las cadenas no le olvidó. Pero mucho más venturosos somos nosotros teniendo en nuestra compañÃa, en esta tierra de miseria, a nuestro Dios hecho hombre, que con su presencia real nos asiste tan afectuosa y compasivamente todos los dÃas de nuestra vida.
¿Qué consuelo no es para un pobre encarcelado tener un amigo cariñoso que vaya a hablar con él, le consuele, le dé esperanzas, le socorra, y trate de alentarle en sus desdichas? Pues he aquà a nuestro buen amigo Jesucristo, que en este Sacramento nos anima diciéndonos: Aquà estoy con vosotros todos los dÃas. Aquà estoy todo con vosotros, y he venido de propósito desde el Cielo a esta vuestra prisión para consolarlos, favoreceros y libertaros.
Acogedme, entreteneos siempre conmigo, unÃos a MÃ, que asà no sentiréis vuestras miserias, y después vendréis conmigo a mi reino, donde os haré plenamente bienaventurados.
¡Oh, Dios, océano incomprensible! Ya que sois tan benigno, que para estar junto a nosotros os dignáis descender a nuestros altares, propongo visitaros con frecuencia; quiero gozar lo más que me sea posible de vuestra presencia dulcÃsima, que hace bienaventurados a los Santos en la Gloria. ¡Oh, si pudiese permanecer siempre ante Vos, para adoraros y amaros continuamente!
Despertad, os lo ruego, alma mÃa, si por tibieza o por negocios del mundo se descuida en visitaros. Encended en mà grandÃsimo deseo de estar siempre cerca de Vos en este Sacramento. ¡Ay, Jesús mÃo amoroso, quién siempre os hubiera amado y complacido! Consuélame el pensar que todavÃa me queda tiempo de amaros, no sólo en la otra vida, sino también en la presente.
Asà quiero practicarlo; quiero amaros de veras, sumo bien mÃo, mi amor, mi tesoro, mi todo...; quiero amaros con todas mis fuerzas.
Jaculatoria.— ¡Dios mÃo, ayudadme a amaros!
Comunión espiritual, p. 41
Dice el devoto Bernardino de Bustos: “Pecador, cualquiera que fueres, no desconfÃes; recurre a esta Señora con certidumbre de ser socorrido, y la hallarás con las manos colmadas de misericordia y de gracias. Y sabe –añade- que más desea la piadosÃsima Reina hacerte bien, que tú el ser socorrido por Ella.â€
Siempre doy gracias a Dios, ¡oh, Señora mÃa!, porque hizo que yo os conociese. ¡Pobre de mÃ, si no os conociera, o si me olvidase de Vos! Gran riesgo correrÃa mi salvación. Pero yo, Madre mÃa, os bendigo, os amo y confÃo en Vos, y en vuestras manos pongo mi alma.
Jaculatoria.— ¡Oh, MarÃa!, dichoso quien os conoce y en Vos confÃa.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
EL Señor ha prometido recompensar a quien en su nombre dé a un pobre un jarro de agua. ¡Cuán grande, pues, habrá sido la recompensa recibida por José, ya que Él puede decir a Jesús: “¡No sólo te he proporcionado con el sudor de mi frente cuanto necesitabas, sino que hasta te salvé la vida, librándote de las manos de Herodes!â€
¡Oh, santo Patriarca!, por las fatigas y penas que sobrellevasteis por amor de Jesús, os suplico me alcancéis todas las gracias que necesito, para conformarme enteramente con los designios de la adorable Providencia, y para conseguir la eterna gloria.
Jaculatoria.— ¡Oh, San José misericordioso!, alcanzadme verdadera caridad.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53
En aquel dÃa –dice el Profeta- habrá una fuente abierta para la casa de David y para los moradores de Jerusalén, en la cual se lave el pecador.†(Zac. 13, 1.) Jesús en el SantÃsimo Sacramento es esta fuente, que el profeta predijo, abierta para todos, y en la cual, siempre que lo quisiéremos, podemos lavar nuestras almas de todas las manchas de los pecados que cada dÃa cometemos.
Cuando alguno incurre en una culpa, ¿qué remedio mejor hallará que acudir en seguida al SantÃsimo Sacramento? SÃ, Jesús mÃo, asà propongo hacerlo siempre, mayormente sabiendo que el agua de esta vuestra fuente, no sólo me lava, sino que también me da luz y fuerza para no recaer y para sufrir alegremente las contrariedades, y a la vez me inflama en vuestro amor.
Sé que con este fin me esperáis y que recompensáis con abundantes gracias las visitas de los que os aman. ¡Ah, Jesús mÃo!, purificadme de cuantas faltas hoy he cometido; arrepiéntome de ellas por haberos disgustado. Dadme fuerzas para no recaer, concediéndome grande anhelo de amaros mucho.
¡Oh, quién pudiera permanecer cerca de Vos, como lo hacÃa aquella fidelÃsima sierva vuestra, MarÃa DÃaz, que vivió en tiempo de Santa Teresa, y obtuvo licencia del Obispo de Ãvila para habitar en la tribuna de una iglesia, donde casi de continuo asistÃa ante el SantÃsimo Sacramento, a quien llamaba su vecino, sin apartarse de allà sino para ir a confesarse y comulgar.
El Venerable Fray Francisco del Niño Jesús, Carmelita Descalzo, al pasar por las iglesias donde estaba el Sacramento, no podÃa abstenerse de entrar a visitarle, diciendo no ser decente que un amigo pase por la puerta de su amigo sin entrar siquiera a saludarle y a decirle una palabra. Mas él, no se contentaba con una palabra, sino que permanecÃa ante su amado Señor todo el tiempo de que podÃa disponer.
¡Oh, único e infinito bien mÃo!, veo que instituisteis este Sacramento y que moráis en ese altar con el fin de que os ame; y para esto me habéis dado un corazón capaz de amaros mucho. Mas yo, ingrato, ¿por qué no os amo, o por qué os amo tan poco? No, no es justo que sea amada tibiamente bondad tan amable como sois Vos: a lo menos, el amor que me tenéis, merecerÃa de mà muy otro amor.
Vos sois Dios infinito, y yo un gusanillo miserable. Poco fuera que por Vos muriese y me consumiera por Vos, que habéis muerto por mÃ, y que cada dÃa por amor mÃo os sacrificáis enteramente en los altares.
Merecéis ser muy amado, y yo os quiero amar mucho: ayudadme, Jesús mÃo, ayudadme a amaros y a ejecutar lo que tanto os complace y tanto queréis que yo haga.
Jaculatoria.— Mi amado para mÃ, y yo para él.
Comunión espiritual, p. 41.
Reina mÃa dilcÃsima, piadosÃsima y amabilÃsima, ¡qué confianza tan hermosa me infunde San Bernardo cuando acudo a Vos! DÃceme que no os paráis en examinar los méritos de los que recurren a vuestra misericordia, sino que os ofrecéis para auxiliar a todos cuantos se dirigen a Vos. De suerte que si yo os pido gracias, Vos me escucháis benigna.
OÃd, pues, qué cosa os pido: pobre pecador soy, que merece mil infiernos. Quiero mudar de vida; quiero amar a mi Dios, a quien tanto he ofendido. A Vos me ofrezco por esclavo; a Vos me entrego, mÃsero como soy. Salvad, os digo, a quien es vuestro, y ya no suyo. Señora mÃa, ¿me habéis oÃdo? Espero que me habréis escuchado y atendido favorablemente.
Jaculatoria.— ¡Oh, MarÃa, tuyo soy, sálvame!
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Considera la pena que experimentó José cuando perdió a Jesús en la visita al templo. ¡Cuál serÃa su amargura al verse privado de su amado Salvador por espacio de tres dÃas, sin saber si volverÃa a hallarle, y sin conocer la causa de tal pérdida!
¡Oh, glorioso Patriarca!, por la pena que sentisteis al perder a Jesús, alcanzadme lágrimas para llorar las injurias hechas a mi Señor, de las cuales me pesa de todo corazón.
Jaculatoria.— Ayudadme, San José mÃo, para que nunca pierda a nuestro buen Jesús.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Doquiera que estuviere el cuerpo, allà se congregarán las águilas.†Este cuerpo es el de Jesús, según los sagrados Expositores, en torno del cual las almas generosas y desprendida, que a manera de águilas se remontan sobre las cosas de la tierra y vuelan al Cielo, por el cual con pensamientos y afectos suspiran de continuo como por su perpetua morada, hallan su ParaÃso en este mundo de tal modo, que parece no se sacian jamás de permanecer en su presencia.
Que si las águilas, dice San Jerónimo, al olor de su presa desde muy lejos acuden presurosas a buscarla, ¿cuánto más no deberemos nosotros correr y volar hacia Jesús en el SantÃsimo Sacramento, como el más regalado cebo de nuestras almas? Por eso los Santos, en este valle de lágrimas, corrieron siempre cual ciervos sedientos a esta fuente.
El Padre Baltasar Ãlvarez, de la CompañÃa de Jesús, en cualquier ocupación en que se hallase, dirigÃa los ojos a menudo hacia aquella parte donde sabÃa que estaba el Sacramento; le visitaba con suma frecuencia, y a veces pasaba junto a Él noches enteras. Lloraba al ver los palacios de los potentados llenos de gentes, que obsequian a un hombre de quien sólo esperan cualquier mÃsero bien, y tan abandonadas las iglesias, donde habita el Supremo PrÃncipe del universo, que con nosotros mora en la tierra como en trono de amor, rico de bienes eternos e inmensos; y decÃa que era grandÃsima la dicha de los Religiosos, pues en sus casas mismas pueden visitar, cuando quisieren, de noche y de dÃa, a este gran Señor en el Sacramento, cosa que no pueden lograr los seglares.
Ya que Vos, Señor mÃo amantÃsimo, a pesar de verme tan miserable e ingrato a vuestro amor, me llamáis con tanta bondad para que me llegue a Vos, no quiero desanimarme por mis miserias: aquà vengo, a Vos me acerco. Convertidme enteramente; arrojad de mà todo amor que no sea para Vos, todo deseo que no os agrade, todo pensamiento que a Vos no se dirija. Jesús mÃo, amor mÃo, sólo a Vos quiero dar gusto.
Únicamente Vos merecéis mi amor, y a Vos solo quiero amar con toda mi alma. Apartadme de todo, Señor mÃo, y unidme con Vos; pero unidme de tal suerte, que no pueda volver a separarme de Vos, ni en esta ni en la otra vida.
Jaculatoria.— Jesús mÃo dulcÃsimo, no permitas que me aparte de ti.
Comunión espiritual, p. 41.
Llama Dionisio Cartujano a la SantÃsima Virgen: La Abogada de todos los inicuos que a ella recurren, ¡Oh, excelsa Madre Dios!, puesto que es oficio vuestro defender las causas de los reos más delincuentes que a Vos acuden, vedme aquà a vuestros pies. A Vos recurro, diciéndoos con Santo Tomás de Villanueva: Ea, pues, Abogada nuestra, cumple tu oficio. Encargaos de mi causa.
Verdad es que he sido reo de graves delitos a los ojos del Señor, multiplicando mis agravios después de tantos beneficios y gracias como me ha concedido; pero el mal, hecho está, y Vos podéis salvarme. Basta que digáis a Dios que Vos me defendéis, y Él me perdonará y me salvaré.
Jaculatoria.- Madre mÃa amantÃsima, Vos me habéis de salvar.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
MarÃa y José sabÃan cuanto los profetas habÃan predicho de Jesús; y es de creer que hablarÃan muy a menudo de su dolorosa Pasión y Muerte, meditándola con ternura.
¡Oh, padre compasivo!, por aquellas lágrimas que derramasteis pensando en la Pasión de Jesús, alcanzadme continua y tierna memoria de los dolores de mi Redentor; y por aquella santa llama de amor, que ardÃa en vuestro corazón, haced que prenda siquiera una centella de él en mi alma, que con sus pecados tanto contribuyó a los padecimientos de Jesús.
Jaculatoria.— San José, protector mÃo, haced que el recuerdo de la pasión de Jesucristo me conforte y anime
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53
Andaba la esposa de los Cantares buscando a su amado, y porque no le hallaba, iba preguntando: ¿Por ventura, habéis visto al que ama mi alma? Entonces no estaba Jesús en la tierra; mas ahora, si un alma que le ama le busca, hállele siempre en el SantÃsimo Sacramento.
DecÃa el B. P. Maestro Ãvila que, entre todos los santuarios, no acertaba a hallar ni desear ninguno más estimable que una iglesia donde estuviese el SantÃsimo Sacramento.
¡Oh, amor infinito de mi Dios, digno de infinito amor! ¿Cómo pudisteis, Jesús mÃo, llegar a abatiros tanto que para morar con los hombres y uniros a sus corazones, os humillasteis hasta ocultaros bajo las especies de pan? ¡Oh, Verbo humanado!, fuisteis tan extremado en humillaros, porque extremado fuisteis en amar.
¿Cómo podré no amaros con todo mi ser sabiendo cuánto habéis hecho por cautivar mi amor?
Os amo muchÃsimo y por eso antepongo vuestro beneplácito a todos mis intereses y a todas mis satisfacciones. Mi contento es contentaros, Jesús mÃo, Dios mÃo, amor mÃo y mi todo. Fomentad en mà un encendido deseo de estar continuamente delante de Vos sacramentado, y de recibiros y haceros compañÃa. Ingrato serÃa yo si no aceptara convite tan dulce y suave. ¡Ah Señor!, destruid en mà todo afecto a las cosas creadas.
Vos queréis, Creador mÃo, ser el único blanco de todos mis suspiros y de todos mis amores. Os amo, bondad amabilÃsima de mi Dios. No os pido más que a Vos mismo. No quiero mi contento; quiero y me basta el vuestro. Aceptad, Jesús mÃo, este buen deseo de un pecador que quiere amaros.
Ayudadme con vuestra gracia.
Haced que yo, mÃsero esclavo del infierno, sea desde hoy feliz esclavo de vuestro amor.
Jaculatoria.— Os amo, buen Jesús mÃo, sobre todo bien.
Comunión espiritual, p. 41.
DulcÃsima Señora y Madre mÃa, soy un vil rebelde a vuestro excelso Hijo; pero acudo arrepentido a vuestra piedad para que me alcancéis perdón. No me digáis que no podéis, pues San Bernardo os llama la Dispensadora del perdón. A Vos toca también ayudar a los que en peligro se hallan; que por eso os denomina San Efrén, Auxilio de los que peligran.
¿Y quién, Señora mÃa, peligra más que yo? Perdà a mi Dios y he estado ciertamente condenado al infierno; no sé todavÃa si Dios me habrá perdonado; puedo perderle aún. Pero de Vos, que podéis alcanzarlo todo, espero todo bien: el perdón, la perseverancia, la gloria. Espero ser, en el reino de los bienaventurados, uno de los que más ensalcen vuestras misericordias, ¡oh, MarÃa!, salvándome por vuestra intercesión.
Jaculatoria.— Las misericordias de MarÃa cantaré eternamente. Eternamente las alabaré.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Si los dos discÃpulos que iban a la villa de Emaús se sintieron inflamados de amor divino en los pocos momentos que acompañaron al Salvador y oyeron sus palabras, ¿qué deberemos pensar de las llamas de santa caridad que se encenderÃan en el corazón de José conversando por espacio de cerca de treinta años con Jesucristo, acariciándole y recibiendo las caricias de aquel amado Niño?
¡Oh, afotunadÃsimo San José, que por tantos años tuvisteis la envidiable suerte de beber en la fuente de la divina caridad! Alcanzadme amor fervoroso y perseverante hacia Jesús, que me haga despreciar todo otro amor y me separe totalmente de las criaturas, para unirme estrechamente al Sumo Bien.
Jaculatoria.— Glorioso San José, haced que yo ame a mi Señor Jesús.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53
Padecen muchos cristianos grandes fatigas y se exponen a innumerables peligros por visitar los lugares de la Tierra Santa en que nuestro amabilÃsimo Salvador nació, padeció y murió.
No necesitamos emprender tan largo viaje, ni exponernos a tales riesgos; cerca tenemos al mismo Señor, el cual habita en la iglesia a pocos pasos de nuestras casas.
Pues si los peregrinos tienen por gran ventura, como dice San Paulino, traer de aquellos Santos Lugares un poco de polvo del pesebre, o del sepulcro del Señor, ¿con qué fervor no debiéramos nosotros ir a visitarle en el SantÃsimo Sacramento, donde está el mismo Jesús en persona, sin ser preciso para hallarle correr tantos trabajos ni peligros?
Una persona religiosa a quien Dios concedió ferviente amor al SantÃsimo Sacramento, escribe en una carta, entre otros, estos afectos: “Conozco –dice- que todo mi bien procede del SantÃsimo Sacramento; y por esta razón me he entregado y consagrado enteramente a Jesús Sacramentado.â€
â€Veo que hay innumerables gracias que no se conceden porque no se acude a este Sacramento divino; y veo también el gran deseo que nuestro Señor tiene de dispensarlas por este medio. ¡Oh, Santo misterio! ¡Oh, Sagrada Hostia! ¿Qué cosa habrá fuera de ti en que Dios ostente más su poderÃo?; porque en esta Hostia está cifrado cuanto Dios por nosotros hizo.
â€No envidiemos a los bienaventurados; que en la tierra tenemos al mismo Señor, y con más prodigios de su amor. Procurad, pues, que todos aquellos con quienes habléis, se dediquen del todo al SantÃsimo Sacramento. Hablo de esta suerte, porque este Sacramento me saca fuera de mÃ. No puedo dejar de hablar del SantÃsimo Sacramento, que tanto merece ser amado. No sé qué hacer por Jesús Sacramentado.â€
¡Oh, Serafines, cuán dulcemente estáis ardiendo de amor junto al Señor vuestro y mÃo! Y con todo, no por vuestro amor, sino por el amor que a mà me tiene, quiso el Rey del Cielo quedarse en este Sacramento. Dejad, pues, ¡oh. Ãngeles amantes!, que se encienda mi alma; inflamadme en ese vuestro fuego, para que juntamente con vosotros arda yo también.
¡Oh, Jesús mÃo!, dadme a conocer la grandeza del amor que tenéis a los hombres, a fin de que a vista de tanto incendio de caridad, crezca en mà cada vez más el deseo de amaros y complaceros. Os amo, Señor amabilÃsimo; y quiero amaros siempre sólo para agradaros.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, en Vos creo, en Vos espero, os amo, y a Vos me entrego.
Comunión espiritual, p. 41.
AmabilÃsima Virgen, San Buenaventura os llama: Madre de los huérfanos; y San Efrén: Refugio de los huérfanos. ¡Ay!, estos huérfanos miserables no son sino los pobres pecadores que han perdido a su Dios. Yo, pues, recurro a Vos, Virgen SantÃsima. Perdà al Señor, mi Padre; mas Vos, que sois mi Madre, haréis que le recobre.
En tal desventura, os pido socorro; ayudadme. Vos... ¿Quedaré sin consuelo?... ¡Ah!, no, que Inocencio III me dice de Vos: ¿Quién la invocó y no fue por Ella atendido?... Y ¿quién ha orado antes Vos sin que le hayáis escuchado y favorecido? ¿Quién se ha perdido de los que acuden a Vos? Sólo se pierde el que a Vos no recurre. AsÃ, pues, Señora mÃa, si queréis salvarme, haced que siempre os invoque y que en Vos confÃe.
Jaculatoria.— MarÃa, SantÃsima Madre mÃa, haced que confÃe en Vos.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
La vida de José en presencia de Jesús y de MarÃa, era una continua oración, rica en actos de fe, de confianza, de amor, de completa resignación a la voluntad divina, y de consagración entera de sà mismo a la gloria de Dios. Por eso el glorioso Patriarca, que después de MarÃa excedió en mérito y santidad a los demás Santos, también los supera a todos en la gloria del Cielo.
Santo Patriarca mÃo, alcanzadme que viva siempre unido con Dios, resistiendo los asaltos del infierno, y que muera amando a Jesús y a MarÃa.
Jaculatoria.— Jesús, José y MarÃa, con Vos descanse en paz el alma mÃa.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Eres verdaderamente Dios escondido.†En ninguna otra obra del divino amor se verifican tan a las claras estas palabras como en este adorable misterio del SantÃsimo Sacramento, donde Dios verdaderamente está de todo en todo escondido.
En la Encarnación, el Verbo Eterno ocultó divinidad, y apareció en la tierra hecho Hombre; mas residiendo con nosotros en este Sacramento, Jesús esconde también su humanidad, y sólo descubre –dice San Bernardo- las apariencias de pan, para demostrarnos de este modo el tiernÃsimo amor que nos tiene: Cubre su divinidad, recata su humanidad y sólo aparecen por de fuera las entrañas de su ardentÃsima caridad.
A vista, pues, del extremo a que llega, ¡oh, amado redentor mÃo!, el amor que tenéis a los hombres, quedó, Dios mÃo, fuera de mÃ, y no sé que decir. Vos por este Sacramento llegáis por amor a esconder vuestra Majestad, y abatir vuestra gloria, y destruir y anonadar vuestra vida divina. Y mientras estáis en los altares, parece que no tenéis otro ejercicio que el de amar a los hombres, y patentizarles el cariño que les profesáis. Y ellos, ¿con qué gratitud lo recompensan, oh, hijo excelso de Dios?
¡Oh Jesús!, ¡oh, amador (permitidme decirlo) excesivamente apasionado de los hombres, pues veo que anteponéis su bien a vuestra misma honra! ¿No sabéis acaso a cuántos desprecios habÃa de exponeros vuestro amoroso designio? Veo, y mucho mejor lo veÃais Vos, que la mayuor parte de los hombres no os adora, ni os quiere reconocer por lo que sois en este Sacramento.
Sé que muchas veces esos mismos hombres han llegado a pisar las Hostias consagradas, y a arrojarlas por tierra, y en el agua y en el fuego. Y veo también que la mayor parte de los que en Vos creen, en vez de reparar con sus obsequios tantos ultrajes, o vienen a los templos a disgustaros más con sus irreverencias, u os dejan olvidado en los altares, desprovistos a veces hasta las luces, o de los necesarios ornamentos.
¡Ah, si yo pudiese, dulcÃsimo Salvador mÃo, lavar con mis lágrimas, y aun con mi sangre, aquellos infelices lugares en que fue tan ultrajado en este Sacramento vuestro amor y vuestro amantÃsimo Corazón! Mas si tanto no se me concede, a lo menos deseo y propongo, Señor mÃo, visitaros a menudo para adoraros, en reparación de los ultrajes que recibÃs de los hombres en este divinÃsimo misterio.
Aceptad, ¡oh Eterno Padre!, este cortÃsimo obsequio, que en desgravio de las injurias hechas a vuestro Hijo Sacramentado os tributa hoy el más miserable de los hombres. Aceptadlo en unión de aquella honra infinita que os dio Jesucristo en la Cruz, y os da todos los dÃas en el SantÃsimo Sacramento. ¿Oh, si pudiese lograr, Jesús mÃo Sacramentado, que todos los hombres estuviesen enamorados del SantÃsimo Sacramento!
Jaculatoria.— ¡Oh, amable Jesús!, haced que todos os conozcan y os amen.
Comunión espiritual, p. 41.
SEÑORA mÃa poderosÃsima: cuando me asalta algún temor acerca de mi salvación eterna, cuánta confianza experimento con sólo recurrir a Vos, y considerar, de una parte, que Vos, Madre mÃa, sois tan rica en gracias, que San Juan Damasceno os llama El amor de la gracia; San Buenaventura, La fuente de donde brotan juntas las gracias todas; San Efrén, El manantial de la gracia y de todo consuelo, y San Bernardo, La plenitud de todo bien; y, por otra parte, considero que sois tan inclinada a otorgar mercedes, que os creéis ofendida, como dice San Buenaventura, de quien no os pide gracias.
¡Oh, riquÃsima, oh sapientÃsima, oh clementÃsima reina! Comprendo que Vos conocéis mejor que yo las necesidades de mi alma, y que me amáis más de lo que yo puedo amaros. ¿Sabéis, pues, qué gracia os pido hoy? Alcanzadme la que estiméis más conveniente para mi alma; pedid ésta a Dios para mÃ, y asà quedaré contento y satisfecho.
Jaculatoria.— ¡Dios mÃo, concededme las gracias que MarÃa os pida para mÃ!
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
San José, después de haber prestado fieles servicios a Jesús y a MarÃa, llegó al fin de su vida en la casa de Nazaret. AllÃ, asistido de Jesucristo, y de MarÃa, su Esposa, con una paz propia ya del ParaÃso, salió de esta miserable vida, con muerte tan inefablemente dulce y preciosa que, como decÃa San Francisco de Sales, murió San José por la fuerza del amor, como murió la Virgen, su Esposa.
Protector mÃo San José: mis pecados me han merecido, sin duda, una mala muerte; pero si Vos me defendéis, no me perderé. Alcanzadme en la última hora particular asistencia de Jesús y de MarÃa.
Jaculatoria.— Jesús, José y MarÃa, amparadme en mi última agonÃa.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53
Alaba San Pablo la obediencia de Jesucristo, diciendo que obedeció a su Eterno Padre hasta la muerte. Mas, en este Sacramento, su obediencia ha ido más adelante, pues en él no sólo quiso obedecer al Eterno Padre, sino también al hombre, y no sólo hasta la muerte, sino cuanto dure el mundo: Hecho obediente (puede decirse) hasta la consumación de los siglos.
El Rey de la gloria desciende del Cielo por obediencia al hombre; y no parece sino que mora de continuo en los altares, también para obedecer a los hombres, sin resistencia alguna. Allà está sin moverse por sà mismo: permite que le pongan dondequiera, o expuesto en la custodia, o encerrado en el Sagrario; deja que le lleven a todas partes, por las calles y las casas; permite que le den en la comunión, a quien quiera que lo pide, sea justo o pecador.
Mientras vivió en este mundo, dice San Lucas que obedecÃa a MarÃa SantÃsima y a San José; pero en este Sacramento obedece sin resistencia a tantas criaturas cuantos son los sacerdotes que hay en la tierra.
¡Oh, Corazón amantÃsimo de mi Jesús, del cual salieron todos los Sacramentos, y principalmente este Sacramento de amor!, permitidme que hable con Vos hoy. Quisiera glorificados y honraros tanto cuanto Vos glorificáis y honráis al Eterno Padre en este Sacramento.
Bien sé que en ese altar estáis amándome con aquel mismo amor que me tuvisteis cuando consumasteis en la Cruz el sacrificio de vuestra divina vida en medio de tantas amarguras. Ilustrad, ¡oh Corazón divino!, a los que no os conocen, para que os conozcan. Librad del Purgatorio con vuestros merecimientos a aquellas almas afligidas, que son ya vuestras eternas esposas, o, al menos, aliviadlas.
Os adoro, os alabo, y os amo con todas las almas que actualmente os están amando en la tierra y en el Cielo. ¡Oh, Corazón purÃsimo!, purificad mi corazón de todo afecto desordenado a las criaturas, y llenadle de vuestro santo amor. Poseed, ¡oh Corazón dulcÃsimo!, todo mi corazón, de tal suerte, que de hoy en adelante sea del todo vuestro y pueda decir siempre: Ninguna criatura podrá jamás apartarnos del amor de Dios, que se funda en Jesucristo nuestro Señor (Rom. 8, 39)
¡Oh Corazón SantÃsimo!, imprimid en el mÃo aquellos tan amargos trabajos, que por tantos años soportasteis en la tierra por mà con inmenso amor, a fin de que a vista de ellos anhele de hoy en adelante, o a lo menos sufra por vuestro amor con paciencia todas las penas de esta vida. Corazón humildÃsimo de Jesús, haced que yo tenga parte en vuestra humildad. Corazón mansÃsimo, comunicadme vuestra mansedumbre.
Quitad de mi corazón todo lo que no os agrade. Convertidle enteramente a Vos, para que no quiera ni desee sino lo que Vos queréis. Haced, en suma, que yo viva solamente para obedeceros. Conozco que es mucho lo que os debo y que me tenéis muy obligado. Poco harÃa en deshacerme todo y consumirme por Vos.
Jaculatoria.— ¡Oh, Corazón de Jesús! Vos sois el único dueño de mi corazón.
Comunión espiritual, p. 41.
Dice San Bernardo que MarÃa es la celestial Arca en la cual nos libraremos ciertamente del naufragio de la eterna condenación, si en ella nos refugiamos a tiempo. Figura fue de MarÃa el arca en que Noé se salvó del universal naufragio de la tierra. Pero Exiquio dice que MarÃa es un Arca más amplia, más fuerte y más piadosa. Pocos fueron los hombres y animales que aquella recibió y salvó; mas esta nuestra Arca salvadora recibe a cuantos se acogen bajo su pabellón, y a todos seguramente los salva.
¡Pobres de nosotros si no tuviésemos a MarÃa! Y sin embargo, Reina mÃa, ¡cuántos se pierden!... ¿Y por qué? Porque no recurren a Vos...Pues, ¿quién se perderÃa si a Vos acudiese?
Jaculatoria.— Virgen SantÃsima, haced que siempre recurramos todos a Vos.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
San Bernardo, ponderando el poder de San José en dispensar gracias a sus devotos, se expresa asÃ: “A algunos Santos ha sido dado socorrer solamente en ciertos casos; mas no asà a San José, que puede prestar su socorro en cualquier necesidad, y defender a todos los que recurren devotamente a ÉLâ€. Y Santa Teresa confirma exactamente lo mismo.
¡Oh, mi poderosÃsimo Abogado!, ya que Vos alcanzáis de Jesucristo todo lo que queréis en favor de vuestros devotos, alcanzadme la gracia de la oración, tan eficaz, que me haga orar siempre como es debido.
Jaculatoria.— Socorredme, San José poderoso, en todas mis necesidades.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Alegraos con gran regocijo y alabad al Señor, moradores de Sión, porque en medio de vosotros está el Grande, el Santo de Israel.†¡Oh, Dios! ¡Y qué gozo deberÃamos tener los hombres, qué esperanzas y qué afectos abrigar, sabiendo que en nuestra patria, dentro de nuestras iglesias, cerca de nuestras casas, habita y vive el Santo de los Santos, el verdadero Dios; Aquel que con su presencia hace bienaventurados a los Santos en el Cielo; y que, como dice San Bernardo, es el amor mismo.
Porque este Sacramento no sólo es Sacramento de amor, sino el mismo amor, el mismo Dios que, por el inmenso amor que a sus criaturas tiene, se llama y es el Amor: Dios es caridad. Mas oigo que os lamentáis, ¡oh, Jesús mÃo Sacramentado!, de que habiendo venido a la tierra para ser nuestro huésped, y por nuestro bien, no os hemos recibido: Huésped era, decÃs, y no me recibisteis.
Razón tenéis, Señor, razón tenéis: yo soy uno de esos ingratos que os dejan solo, sin venir siquiera a visitaros. Castigadme como quisiereis; mas no con el castigo que merecerÃa de verme privado de vuestra presencia; no, Dios mÃo, que yo quiero enmendarme de la descortesÃa y desatención con que os he tratado; y deseo de hoy en adelante, no sólo visitaros a menudo, sino detenerme con Vos cuanto pudiere.
¡Oh, piadosÃsimo Salvador! Haced que os sea fiel, y que con mi ejemplo estimule a los demás a que os hagan compañÃa en el SantÃsimo Sacramento. Oigo también al Eterno Padre, que dice: Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias. Pues si el mismo Dios en Vos halla todas sus complacencias, ¿no las he de hallar yo, vil gusanillo de la tierra, en permanecer con Vos en este valle de lágrimas?
¡Oh, fuego consumidor!, destruid en mà todo apego a las cosas creadas, porque sólo ellas pueden hacerme infiel y alejarme de Vos.
Si Vos queréis, podéis destruirlo: y ya que tanto habéis hecho por mÃ, haced esto también; desterrad de mi corazón todo afecto que a Vos no vaya encaminado. Mirad que a Vos enteramente me entrego, dedicando hoy toda la vida que me queda al amor del SantÃsimo Sacramento.
Vos, Jesús mÃo Sacramentado, seréis mi consuelo y mi amor, en la vida y en la hora de mi muerte, cuando vengáis a servirme de Viático y conducirme a vuestro bienaventurado reino. Amén, amén. Asà lo espero, asà sea.
Jaculatoria.— ¿Cuándo, Jesús mÃo, veré tu hermosÃsimo rostro?
Comunión espiritual, p. 41.
En Vos, Madre nuestra santÃsima, hallamos remedio a todos nuestros males. En Vos, dice San Germán, tenemos el apoyo de nuestra flaqueza. En Vos, exclama San Buenaventura, la puerta para salir de la esclavitud del pecado. En Vos, exclama San Buenaventura, la puerta para salir de la esclavitud del pecado. En Vos, nuestra segura paz. En Vos, como dice San Lorenzo Justiniano, hallamos el alivio de nuestra mÃsera vida. En Vos, finalmente, hallamos la gracia divina y a Dios mismo; y por eso San Buenaventura os llama: Tronco de la gracia de Dios; y Proco: Puente felicÃsimo por donde Dios, a quien nuestras culpas alejaron, pasa a habitar con su gracia en nuestras almas.
Jaculatoria.— ¡Oh, MarÃa!, Vos sois mi fortaleza, mi libertad, mi paz y mi salvación.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Es indudable –escribe San Bernardino de Siena- que Jesucristo no ha olvidado en el Cielo la familiaridad y el respeto que profesó en la tierra a San José; al contrario, es de, creer que estos sentimientos de un verdadero hijo para con su padre son al presente más vivos y profundos.â€
Ayudadme, glorioso Patriarca, a alcanzar por vuestras súplicas el perdón de mis pecados, y la gracia de borrarlos con digna penitencia. Ayudadme a amar mucho a Jesús y a MarÃa y alcanzadme especialmente la perseverancia final.
Jaculatoria.— Haced, San José bendito, que viva y muera en gracia de Dios.
Oración a san José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Canta la Santa Iglesia en el oficio del SantÃsimo Sacramento: No hay nación alguna, por grande que sea, que tenga a sus dioses tan cerca de sà como lo está de nosotros nuestro buen Dios. Los gentiles, oyendo hablar de las obras de amor de nuestro Dios exclamaban: ¡Oh, qué Dios tan bueno es el Dios de los cristianos! En verdad, aunque los gentiles fingÃan los dioses conforme a sus caprichos, con todo, si leemos sus historias, veremos que, entre tantas fábulas y tantos dioses inventados, nadie logró imaginar un Dios tan enamorado de los hombres como lo es nuestro verdadero Dios; el cual, para demostrar su amor a sus adoradores, y para enriquecerlos de gracias, obró este prodigio de amor, de hacerse nuestro perpetuo compañero, oculto de dÃa y de noche en nuestro altares, como si no supiese apartarse ni un instante de nosotros.
De esta suerte, Jesús mÃo dulcÃsimo, quisisteis hacer el mayor milagro de todos para satisfacer el deseo extremado que tenéis de estar continuamente a nuestro lado. Mas ¿por qué huyen los hombres de vuestra presencia? ¿Y cómo pueden vivir tanto tiempo lejos de Vos, o venir tan raras veces a visitaros? Si pasan con Vos un cuarto de hora, paréceles un siglo por el tedio que tienen. ¡Oh, paciencia de mi Jesús, cuán grande eres!... SÃ, lo entiendo, Señor mÃo; es tan grande, porque es grande a maravilla el amor que tenéis a los hombres, y esto es lo que os obliga a permanecer siempre entre tantos ingratos.
¡Ah, Dios mÃo!, que siendo infinito en vuestras perfecciones, sois también infinito en el amor, no permitáis que en lo por venir sea yo también uno de esos ingratos, como en lo pasado lo he sido. Concededme el amor que a vuestros merecimientos y a mi obligación corresponde.
Tiempo hubo en que yo también me cansaba de estar en vuestra presencia, porque no os amaba, o porque os amaba muy poco; mas si logro con vuestra gracia amaros mucho, entonces no me cansaré de perseverar a vuestras plantas en este Sacramento.
¡Oh, Eterno Padre!, os ofrezco a vuestro mismo Hijo; aceptadle, y por sus méritos dadme un amor tan tierno y ferviente al SantÃsimo Sacramento, que cuando pase por alguna iglesia donde esté Jesús Sacramentado, en Él piense y desee con ansia eficaz el momento de ir a permanecer en su presencia.
Jaculatoria.— Dios mÃo, por el amor de Jesús, dadme grande amor al SantÃsimo Sacramento.
Comunión espiritual, p. 41.
Es MarÃa aquella Torre de David, de la cual dice el EspÃritu Santo en el Cantar de los Cantares que está edificada con baluartes , y tiene mil defensas y armas para socorro de los que a ella acuden. Vos sois, pues, ¡oh, SantÃsima MarÃa!, la defensa fortÃsima, como os llama San Ignacio Mártir, de cuantos se hallan en el combate.
¡Oh, qué asaltos me dan continuamente mis enemigos, para privarme de la gracia de Dios y de vuestra protección, Señora mÃa carÃsima! Pero Vos sois mi fortaleza; y no os desdeñáis, según decÃa San Efrén, de combatir por los que en Vos confÃan. Defendedme, que en Vos confÃa y espero.
Jaculatoria.— ¡Oh, MarÃa, MarÃa, tu hermoso nombre es la defensa mÃa!.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
EscribÃa Santa Teresa: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios, por medio de San José, de los peligros que me ha librado, asà de cuerpo como de alma... No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud... Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere.â€
¡Oh, bienaventurado José!, alcanzadme la gracia de imitaros en la vida espiritual; que aprenda a conversar con Dios y glorificarle eternamente.
Jaculatoria.— Ilustrad mi espÃritu con el don de oración, glorioso San José.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Habiéndonos dado Dios a su mismo Hijo, dice San Pablo, ¿cómo podremos temer que nos niegue bien alguno? Sabemos que el Eterno Padre todo cuanto tiene lo dio a Jesucristo. Agradezcamos, pues, siempre la bondad, la misericordia, la liberalidad de nuestro amantÃsimo Dios, que quiso enriquecernos con todos los bienes y todas las gracias, dándonos a Jesús en el Sacramento del altar.
De esta suerte, ¡oh, Salvador del mundo!, ¡oh, Verbo humanado!, puedo decir que sois mÃo enteramente, si quiero yo. Pero, ¿puedo igualmente afirmar que soy todo vuestro, como Vos queréis? ¡Ah, Señor mÃo!, haced que no se vea en el mundo el desconcierto e ingratitud de que yo no sea vuestro cuanto Vos lo queréis. ¡Ah, nunca más suceda! Si asà fue en el pasado, no lo será en lo venidero. Hoy resueltamente me consagro a Vos.
Os entrego para el tiempo y para la eternidad mi vida, mi voluntad, mis pensamientos, mis acciones, mis padecimientos. Vuestro soy enteramente, y como vÃctima a Vos ofrecida, despÃdome de las criaturas, y por completo me dedico a Vos. Abrasadme en las llamas de vuestro divino amor. No quiero, no, que en mi corazón tengan ya parte las criaturas. Las señales con que me habéis descubierto el amor que me tenÃais, aun cuando no os amaba, me mueven a esperar que ciertamente me recibiréis ahora que os amo, y que por amor a Vos me entrego.
Os ofrezco hoy, ¡oh, Eterno Padre!, todas las virtudes, actos y afectos del Corazón de vuestro amado Jesús. Aceptadlos; y por sus merecimiento, que todos son mÃos, pues Él me los ha cedido, concededme la gracia que Jesús os pide para mÃ. Con estos, merecimientos os doy gracias por tantas misericordias como habéis usado conmigo. Con ellos satisfago lo que por mis pecados debo. Por ello espero de Vos todas las gracias: el perdón, la perseverancia, la gloria, y, sobre todo, el sumo don de vuestro perfecto amor. Bien veo que yo soy quien a todo pongo impedimento; pero aun esto, Vos lo remediaréis.
Os lo pido en nombre de Jesucristo; el cual nos prometió que nos concederÃa cualquier cosa que os pidiéremos en su nombre. AsÃ, pues, no podéis negármelo. No quiero, Señor, sino amaros, entregarme enteramente a Vos, y no ser ya ingrato como hasta ahora lo fui. Miradme y oÃdme: haced que hoy sea el dÃa en que del todo me convierta a Vos, para nunca más dejar de amaros. Os amo, Dios mÃo; os amo, bondad infinita; os amo, amor mÃo, gloria mÃa, mi bien, mi vida y mi todo.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, todo mi bien; Vos me amáis y yo os amo.
Comunión espiritual, p. 41.
Cuanto alivio siento en mis miserias, y cuánto consuelo en mis tribulaciones, y qué esfuerzo recibo en la tentación, no bien os recuerdo y pido vuestro auxilio, ¡oh Santa y dulcÃsima Madre mÃa, MarÃa! SÃ; razón tenéis, ¡oh, Santos del cielo!, en llamar a mi Señora: Puerta de atribulados; alivio de miserias; consuelo de miserables; remedio de nuestro llanto, como decÃan san Efrén, San Buenaventura y San Germán. Consoladme Vos, Madre mÃa; véome lleno de pecados, cercado de enemigos, tibio en el amor de Dios.
Consoladme, consoladme; y sea la consolación que me deis el hacerme empezar una vida nueva, que verdaderamente agrade a vuestro Hijo y a Vos.
Jaculatoria.— Renovadme, Madre mÃa, renovadme, puesto que podéis hacerlo.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Por la gracia del Señor, no hay al presente cristiano alguno que no sea devoto de San José; pero entre todos ciertamente reciben mayores gracias aquellos que más a menudo y con mayor confianza se encomiendan a él. Pidámosle, pues, gracias, que todas nos las alcanzará, siempre que sean útiles para nuestra alma.
Amado San José, yo os elijo, después de MarÃa, como principal abogado y protector mÃo; por el amor que tenéis a Jesús y a MarÃa, admitidme por vuestro siervo perpetuo.
Jaculatoria.— Protector mÃo san José, atended siempre mis súplicas.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Yo estoy a la puerta y llamo.†¡Oh, Pastor amantÃsimo, que por amor de vuestras ovejas, no contento con morir una vez sacrificado en el ara de la Cruz, quisisteis, además, quedaros oculto en este divino Sacramento, en los altares de nuestras iglesias, para estar siempre junto a nosotros y llamar a las puertas de nuestros corazones y procurarnos en ellos la entrada!.
Si yo supiese gozar de vuestra Ãntima compañÃa, como vuestra Santa Esposa, que decÃa (Cant. 2,3): ¡Sentéme a la sombra de Aquel a quien mucho habÃa deseado! ¡Ah, si yo os amase, si os amase de veras, amabilÃsimo Jesús mÃo Sacramentado, cuánto desearÃa no apartarme jamás del Sagrario, ni de dÃa ni de noche; y descansando allÃ, junto a vuestra Majestad, aunque encubierta bajo la aparente sombra de las Sagradas Especies, probarÃa aquellas celestiales delicias y aquel gozo que hallan las almas que os aman mucho.
Atraedme, Señor, con el aroma de vuestra hermosura y del amor inmenso que en este Sacramento me manifestáis. Y asÃ, Salvador mÃo, dejaré las criaturas y los placeres todos del mundo, y correré hacia Vos.
¡Oh, qué frutos de santas virtudes dan a Dios, como plantas nuevas, las almas venturosas que os visitan con amor en el Santo Sagrario! Mas yo me avergüenzo de presentarme tan desnudo y vacÃo de virtudes ante Vos, ¡oh, Jesús mÃo! Ordenado tenéis que quien va al altar para honraros, no vaya sin algún don que ofreceros... Pues ¿qué he de hacer? ¿Nunca presentarme a Vos para visitaros?... No, que no es esto lo que os agrada. Vendré, pobre cual soy, y Vos me proveeréis de los mismos dones que de mi deseáis.
Veo que os quedasteis en este Sacramento, no sólo con el fin de premiar a los que os aman, sino también para enriquecer a los pobres con vuestros bienes.
Ea, pues, comenzad hoy. Os adoro, Rey de mi corazón, verdadero amante de los hombres, Pastor enamoradÃsimo de sus ovejas, acudo a este trono de vuestro amor; y no teniendo otro don que ofreceros, os presento mi corazón miserable para que todo él quede consagrado a vuestro amor y beneplácito. Con este corazón puedo amaros; y con él quiero amaros cuanto pudiere.
Atraedle, pues, y unidle enteramente a vuestra voluntad; de suerte que de hoy en adelante también yo pueda decir, lleno de gozo, como vuestro amado discÃpulo decÃa, que estoy preso con las cadenas de vuestro amor.
Unidme, Señor mÃo, del todo con Vos; haced que aun de mà mismo me olvide, a fin de que llegue un dÃa en que venturosamente me desprenda de todas las cosas y hasta de mà mismo, para hallaros a Vos solo, amándoos siempre. Os amo, Señor mÃo Sacramentado; a Vos me entrego, A vos me uno, haced que os encuentre, haced que os ame, y nunca os apartéis de mÃ.
Jaculatoria.— Jesús mÃo, Vos solo me bastáis.
Comunión espiritual, p. 41.
San Bernardo llama a MarÃa: Camino real para hallar al salvador y la salvación. Si es cierto, pues, ¡oh, Reina!, que sois, como el mismo Santo dice, quien conduce nuestras almas a Dios, no esperéis que yo a Dios me dirija si no me lleváis en vuestros brazos. Llavadme, llevadme; si resistiere, llevadme a la fuerza. Con los dulces atractivos de vuestra caridad, obligad cuanto podáis a mi alma, a mi rebelde voluntad, para que deje las criaturas, y busque sólo a Dios y su voluntad santÃsima.
Mostrad al ParaÃso cuán poderosa sois. Mostrad, entre tantos prodigios, esta otra maravilla de vuestra misericordia, uniendo enteramente con Dios a quien tan lejos de Dios estaba.
Jaculatoria.— ¡Oh, MarÃa, podéis hacerme santo; de Vos lo espero!.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
Cuando Jesús vivÃa en la humilde casa de Nazaret, si un pobre pecador hubiese deseado obtener del Señor el perdón de sus pecados, ¿hubiera por ventura, podido hallar intercesor más poderoso que José? Si queremos, pues, reconciliarnos con Dios, recurramos a este Santo Patriarca.
¡Oh, glorioso San José!, ayudadme a alcanzar de la divina bondad no sólo el perdón de mis pecados, sino también la gracia de no ofender jamás, ni aun ligeramente, a mi amado Señor.
Jaculatoria.— Por Vos, protector mÃo, espero alcanzar el perdón y la perseverancia.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Por qué escondéis vuestro rostro?†Temor grande sentÃa el santo Job al ver que Dios le escondÃa su divina cara; mas el saber que Jesucristo oculta su Majestad en el SantÃsimo Sacramento no debe causarnos temor, sino antes bien amor y confianza que precisamente con el fin de acrecentar nuestra confianza y patentizarnos más su amor, se quede oculto en los altares bajo las especies de pan: Ocultando Dios su rostro en la EucaristÃa, dice Novarino, nos descubre su amor.
Porque, ¿quién se atreverÃa jamás a llegarse a ÉL confiadamente, y manifestarle sus deseos y afectos, si el Rey del Cielo descubriera en el altar los esplendores de su gloria?
¡Ah, Jesús mÃo! ¿Qué invención pudo haber más amorosa que esta del SantÃsimo Sacramento, en el cual os ocultáis bajo las especies de pan, a fin de que os amen y puedan hallaros en la tierra cuantos lo deseen? Razón tenÃa el Profeta al decir que clamasen los hombres y pregonaran y publicaran por todo el mundo hasta qué punto llegan las invenciones del amor que nos tiene nuestro buen Dios.
¡Oh, Corazón amantÃsimo de mi Jesús, digno de poseer todos los corazones de las criaturas! ¡Corazón lleno, siempre lleno de llamas de purÃsimo amor; fuego consumidor, abrasadme del todo y dadme nueva vida de amor y de gracia! Unidme a Vos de tal modo que nunca me sea dado apartarme de vuestra amistad.
¡Oh, Corazón abierto para ser refugio de las almas, recibidme! ¡Corazón tan atormentado en la Cruz por los pecados del mundo, dadme verdadero dolor de todas mis culpas! Sé que en este divino Sacramento conserváis los mismos sentimientos de amor que por mà tuvisteis al morir en el Calvario; y que por esto tenéis grande deseo de unirme enteramente a Vos.
¿y será posible que aún me resista a entregarme del todo a vuestro amor y deseo? Oh, amado Jesús mÃo! Por vuestros merecimientos, heridme, prendedme, atadme, unidme todo a vuestro Corazón. Resuelvo en este dÃa, aydado de vuestra gracia, complaceros cuanto pudiere, pisoteando todos los respetos humanos, inclinaciones, repugnancias, todos mis gustos y comodidades que pudieran impedirme el contentaros por entero.
Haced Vos, Señor mÃo, que asà lo ejecute, de suerte que de hoy en adelante todas mis obras, sentimientos y afectos se conformen enteramente con vuestro beneplácito.
¡Oh, amor de Dios, arrojad de mi corazón los demás amores!¡Oh, MarÃa, mi esperanza, que con Dios todo lo podéis, alcanzadme la gracia de que sea hasta la muerte siervo fiel del puro amor a Jesús! Amén, amén. Asà lo espero; asà sea en esta vida y en la eternidad.
Jaculatoria.— ¿Quién podrá apartarme del amor de Cristo?
Comunión espiritual, p. 41.
Testifica San Bernardo que la caridad de MarÃa para con nosotros no puede ser ni mayor ni más poderosa de lo que es en sÃ: por lo cual siempre generosamente nos compadece con sus afectos, y nos asiste con su poder. Siendo, pues, purÃsima Reina mÃa, rica en poder y rica en misericordia, podéis y deseáis salvarnos a todos.
Os diré, pues, hoy y siempre, con las palabras del devoto Blosio: ¡Oh, MarÃa SantÃsima!, en esta gran batalla que con el infierno tengo empeñada, ayudadme siempre, y cuando veáis que me hallo vacilante y próximo a caer, tendedme entonces, ¡oh, Señora mÃa!, aún más presto vuestra mano, y sostenedme con más fuerza.
¡Oh, Dios, cuántas tentaciones me quedan que vencer hasta la hora de la muerte! ¡Oh, MarÃa, mi esperanza, mi refugio, mi fortaleza!, no permitáis que pierda la gracia de Dios, pues propongo acudir siempre y en seguida a Vos en todas las tentaciones diciendo:
Jaculatoria.— ¡Ayudadme, MarÃa...; MarÃa, ayudadme!.
Oración a MarÃa SantÃsima, p. 58.
La gracia más preciosa que San José obtiene para los devotos que le sirven fielmente, es un tierno amor hacia el Verbo encarnado, nuestro amabilÃsimo Redentor. Alcanzadme, Santo Patriarca, la mayor de las gracias, esto es: un tierno y constante amor a Jesucristo.
Jaculatoria.— En el amor a Jesús, sed siempre mi guÃa, san José amantÃsimo.
Oración a San José, p. 61.
Oración preparatoria, p. 53.
Oh, cuán hermoso espectáculo ofreció nuestro dulce Redentor aquel dÃa, en que, cansado del viaje, se sentó junto a la fuente de Jacob, esperando benigno y amoroso a la Samaritana para convertirla y salvarla!
Pues de igual manera, descendiendo ahora el mismo Señor todos los dÃas desde el cielo a nuestro altares, como a otras tantas fuentes de gracias, dulcemente se entretiene con nosotros, esperando y convidando a todas las almas a que le hagan compañÃa, siquiera por algún tiempo, con el fin de atraerlas de esta suerte a su perfecto amor.
Desde los altares, donde reside Jesús Sacramentado, parece que nos habla, y a todos nos dice: “Hombres, ¿por qué huÃs de mi presencia? ¿Por qué no venÃs y os acercaÃs a MÃ, que os amo tanto, y que por vuestro bien estoy aquà tan humillado? ¿Qué teméis? No he venido ahora a la tierra para juzgaros; antes bien me oculto en este Sacramento de amor con el único fin de hacer bien y salvar a todos los que a Mà recurran.â€
Entendamos, pues, que asà como en el Cielo Jesucristo vive siempre para interceder por nosotros, asà también en el Sacramento del altar está continuamente, de noche y de dÃa, haciendo el piadoso oficio de abogado nuestro, y ofreciéndose como VÃctima al Eterno Padre para alcanzarnos su misericordia e innumerables gracias. Por esto decÃa el devoto Kempis, que debemos llegarnos a hablar con Jesús Sacramentado, sin temor a sus castigos, y sin ningún recelo, sino como habla un amigo con otro amigo amado.
Pues ya que me lo permitÃs, dejad, ¡oh, invisible Rey y Señor mÃo!, que os abra confiadamente mi corazón, y os diga: ¡Oh, Jesús mÃo, enamorado de las almas!, bien conozco el agravio que os hacen los hombres. Los amáis y no sois amado; les hacéis bien, y recibÃs desprecios; queréis que oigan vuestra voz, y no os escuchan; les ofrecéis vuestras gracias, y no las admiten.
¡Ah, Jesús mÃo! ¿Y será verdad que también yo hice un tiempo causa común con tales ingratos para ofenderos?... ¡Oh, Dios mÃo, verdad es! Pero tengo deseo de entenderme y quiero reparar, en los dÃas que de vida me restan, los pesares que os he causado, y hacer todo cuanto pudiere para agradaros y complaceros.
Decid, Señor, lo que de mà queréis: que todo quiero hacerlo sin reserva; hacédmelo saber por medio de la santa obediencia, y espero ejecutarlo. Dios mÃo, resueltamente os prometo nunca omitir desde hoy cosa alguna que entienda ser de vuestro mayor agrado, aunque tuviese que perder todas las cosas: parientes, amigos, estimación, salud y la misma vida.
Piérdase todo, con tal que os agrade a Vos. ¡Dichosa pérdida, cuando todo se pierde y sacrifica por contentar vuestro Corazón! ¡Oh, Dios de mi alma! ¡Oh, sumo Bien amabilÃsimo sobre todos los bienes! Os amo; y para amaros, uno mi pobre corazón a todos los corazones con que os aman los Serafines; lo uno al Corazón de MarÃa, al Corazón de Jesús. Os amo con todo mi ser, y únicamente a Vos quiero amar siempre.
Jaculatoria.— ¡Dios mÃo, Dios mÃo, vuestro soy, y Vos sois mÃo!.
Comunión espiritual, p. 41.
Dice el Beato Amadeo, que nuestra SantÃsima Reina MarÃa está continuamente ejercitando en la presencia divina el oficio de abogada nuestra, e intercediendo con sus oraciones, que son para con Dios poderosÃsimas; porque como ve nuestras miserias y peligros, la clementÃsima Señora se compadece de nosotros y nos socorre con amor de madre.
De suerte que ahora mismo, ¡oh, Madre amorosÃsima y abogada mÃa!, veis las miserias de mi alma y mis peligros, y estáis rogando por mÃ. Rogad, rogad; y no dejéis nunca de rogar por mà hasta que me veáis salvo, dándoos humildes gracias en el Cielo.
DÃceme el devoto Blosio que Vos, ¡oh, MarÃa dulcÃsima!, sois, después de Jesús, la salvación segura de vuestros siervos fieles. ¡Ah!, hoy os pido esta gracia: concededme la dicha de ser vuestro esclavo fiel hasta la muerte, para que después de esta vida vaya a bendeciros en el Cielo, seguro de que jamás habré de apartarme de Vos.
Jaculatoria.— ¡Oh, MarÃa, Madre mÃa, haz que sea tuyo siempre!
Oración a MarÃa santÃsima, p. 58.
Todos los cristianos saben que San José es el abogado de los moribundos y el protector de la buena muerte, ya que Él tuvo la envidiable suerte de morir en los brazos de Jesús y e MarÃa. Sus devotos deben, pues, esperar que en aquel supremo trance, vendrá acompañado de Jesús y de MarÃa para asistirnos.
AmabilÃsimo San José, yo, miserable, imploro desde hoy vuestro patrocinio para aquel último instante de mi vida. Alcanzadme la gracia de morir con la muerte de los justos, en los brazos de Jesús y de MarÃa.
Jaculatoria.— Rogad por mÃ, bendito San José, ahora y en la hora de mi muerte.
Oración a San José, p. 61.
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