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S.S. Juan Pablo II, Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles, dada el 14 de abril de 1999.
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Testimoniar a Dios Padre es la respuesta cristiana al ateísmo

1. La orientaci√≥n religiosa del hombre le viene de su misma naturaleza de criatura, que lo impulsa a buscar a Dios, quien lo ha creado a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 27). El concilio Vaticano II ha ense√Īado que ¬ęla raz√≥n m√°s alta de la dignidad humana consiste en la vocaci√≥n del hombre a la comuni√≥n con Dios. Desde su nacimiento, el hombre es invitado al di√°logo con Dios, pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente seg√ļn la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador¬Ľ (Gaudium et spes, 19).

El camino que lleva a los seres humanos al conocimiento de Dios Padre es Jesucristo, el Verbo hecho carne, que viene a nosotros con la fuerza del Esp√≠ritu Santo. Como he subrayado en las catequesis anteriores, este conocimiento es aut√©ntico y pleno siempre que no se reduzca a algo meramente intelectual, sino que implique de modo vital a toda la persona humana. √Čsta debe dar al Padre una respuesta de fe y amor, consciente de que antes de conocerlo, ya ha sido conocida y amada por √©l (cf. Ga 4, 9; 1 Co 13, 12; 1 Jn 4, 19).

Por desgracia, el hombre, atormentado por la duda y a menudo influido por el pecado, vive con fragilidad y contradicci√≥n este v√≠nculo √≠ntimo y vital con Dios, deteriorado por la culpa de sus antepasados ya desde el comienzo de la historia. Adem√°s, la √©poca contempor√°nea ha conocido formas particularmente devastadoras de ate√≠smo ¬ęte√≥rico¬Ľ y ¬ępr√°ctico¬Ľ (cf. Fides et ratio, 46-47). Sobre todo es perjudicial el secularismo, con su indiferencia ante las cuestiones √ļltimas y ante la fe, pues representa un modelo de hombre totalmente ajeno a la referencia al Trascendente. As√≠, el ate√≠smo ¬ępr√°ctico¬Ľ es una realidad amarga y concreta. Aunque se manifiesta sobre todo en las civilizaciones econ√≥mica y t√©cnicamente m√°s avanzadas, sus efectos se extienden tambi√©n a las situaciones y culturas que est√°n en proceso de desarrollo.

2. Es preciso dejarse guiar por la palabra de Dios, para leer esta situación del mundo contemporáneo y responder a las graves cuestiones que plantea.

Partiendo de la sagrada Escritura, se notar√° enseguida que no habla para nada del ate√≠smo ¬ęte√≥rico¬Ľ; en cambio, se esfuerza por rechazar el ate√≠smo ¬ępr√°ctico¬Ľ. El salmista tacha de insensato al que piensa: ¬ę¬°No hay Dios!¬Ľ y obra en consecuencia: ¬ęCorrompidos est√°n, de conducta abominable; no hay quien haga el bien¬Ľ (Sal 14, 1). En otro salmo, se reprocha la actitud del ¬ęimp√≠o insolente, que menosprecia al Se√Īor¬Ľ, diciendo: ¬ę¬°No hay Dios!¬Ľ (Sal 10, 4).

Más que de ateísmo, la Biblia habla de impiedad e idolatría. Impío e idólatra es quien, en vez de Dios, prefiere una serie de productos humanos, considerados falsamente divinos, vivos y activos. Se dedican largas invectivas proféticas contra la impotencia de los ídolos y, a la vez, contra quienes los fabrican. Con vehemencia dialéctica contraponen a la vacuidad e ineptitud de los ídolos fabricados por el hombre el poder del Dios creador y hacedor de prodigios (cf. Is 44, 9-20; Jr 10, 1-16).

Esta doctrina alcanza su desarrollo m√°s amplio en el libro de la Sabidur√≠a (cf. Sb 13-15), donde se presenta el camino, que despu√©s evocar√° san Pablo (cf. Rm 1, 18-23), del conocimiento de Dios a partir de las cosas creadas. Ser ¬ęateo¬Ľ significa entonces no conocer la verdadera naturaleza de la realidad creada, sino darle un valor absoluto y, por eso mismo, ¬ęidolatrarla¬Ľ, en lugar de considerarla como huella del Creador y camino que lleva a √©l.

3. El ate√≠smo puede incluso convertirse en una forma de ideolog√≠a intolerante, como demuestra la historia. En los dos √ļltimos siglos ha habido corrientes de ate√≠smo te√≥rico que han negado a Dios en nombre de una supuesta autonom√≠a absoluta o del hombre o de la naturaleza o de la ciencia. Es lo que pone de relieve el Catecismo de la Iglesia cat√≥lica: ¬ęCon frecuencia el ate√≠smo se funda en una concepci√≥n falsa de la autonom√≠a humana, llevada hasta el rechazo de toda dependencia con respecto a Dios¬Ľ (n. 2126).

Este ateísmo sistemático se ha impuesto durante decenios, creando la ilusión de que eliminando a Dios, el hombre sería más libre, tanto psicológica como socialmente. Las principales objeciones que se hacen sobre todo a la figura de Dios Padre se basan en la idea de que la religión constituiría para los hombres un valor de tipo compensatorio. Después de eliminar la imagen del padre terreno, el hombre adulto proyectaría en Dios la exigencia de un padre amplificado del que a su vez ha de liberarse, porque impediría el proceso de maduración de los seres humanos.

Frente a las formas de ate√≠smo y a sus motivaciones ideol√≥gicas ¬Ņcu√°l es la actitud de la Iglesia? La Iglesia no desprecia el estudio serio de los componentes psicol√≥gicos y sociol√≥gicos del fen√≥meno religioso, pero rechaza con firmeza la interpretaci√≥n de la religiosidad como proyecci√≥n de la psique humana o como resultado de condiciones sociol√≥gicas. En efecto, la aut√©ntica experiencia religiosa no es expresi√≥n de infantilismo, sino actitud madura y noble de acogida de Dios, que responde a la exigencia de significado global de la vida y compromete responsablemente al hombre a construir una sociedad mejor.

4. El Concilio reconoció que los creyentes han podido contribuir a la génesis del ateísmo, porque no siempre han mostrado de forma adecuada el rostro de Dios (cf. Gaudium et spes, 19; Catecismo de la Iglesia católica, 2125).

Desde esta perspectiva, el testimonio del verdadero rostro de Dios Padre es precisamente la respuesta m√°s convincente al ate√≠smo. Es obvio que esto no excluye, sino que exige tambi√©n la correcta presentaci√≥n de los motivos de orden racional que llevan al reconocimiento de Dios. Desgraciadamente, dichas razones a menudo se ven ofuscadas por los condicionamientos debidos al pecado y por m√ļltiples circunstancias culturales. Entonces, el anuncio del Evangelio, respaldado por el testimonio de una caridad inteligente (cf. Gaudium et spes, 21), es el camino m√°s eficaz para que los hombres puedan vislumbrar la bondad de Dios y reconocer progresivamente su rostro misericordioso.

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