S.S. Juan Pablo II, ¡Mira la estrella, invoca a María!

¡Mira la estrella, invoca a María!

Mensaje de S.S. Juan Pablo II en la clausura de la IV Jornada Mundial de la Juventud

Santiago de Compostela, 21 de agosto de 1989

«Respice stellam, vaca Mariam!»

Como epílogo de esta IV Jornada Mundial de la Juventud, vamos a recitar ahora la hermosa plegaria mariana del Angelus. Con ella encomendamos a la Madre celestial las intenciones y los propósitos que han acompañado nuestra peregrinación a esta hospitalaria ciudad de Santiago de Compostela.

1. Amadísimos jóvenes: Habéis venido, en gran número, de tantas naciones y pueblos. Muchos de vosotros, con enorme sacrificio. Deseo agradeceros de corazón este gesto. Pero este obligado agradecimiento quiero extenderlo también a vuestros seres queridos, que os han permitido emprender la rata jacobea y el camino a Santiago, así como a los organizadores de las diversas manifestaciones y actividades. ¡Gracias, muchas gracias a todos!

2. Os invito ahora a dirigir vuestro corazón y vuestra mirada a la Bienaventurada Virgen María, guía y faro resplandeciente en el mar de la vida. Dentro de unos instantes, vamos a invocarla todos juntos, con serena confianza, para que confirme nuestros deseos, cuando está a punto de concluirse este importante encuentro, junto a la memoria del Apóstol Santiago. Esta pegrinación debe reforzar en nuestro interior, con la ayuda maternal de la «Estrella de la mañana», la «nueva mañana» que la humanidad anhela incensantemente, la firme convicción de que Jesucristo es «el Camino, la Verdad y la Vida». Sólo El da sentido pleno a la historia humana.

María, la creyente por antonomasia, es «tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo» (Lumen gentiam n. 63). De ahí que la figura singular de la Virgen sea ejemplo para todos los fieles, de modo especial para vosotros, queridos jóvenes. Nuestra Señora es propuesta por la Iglesia como modelo de vida; una vida en función de la voluntad de Dios. Su peregrinación por el camino de la existencia terrena fue un «sí» decidido, total y responsable a las indicaciones del Señor. Recordemos Nazaret, Belén, la huida a Egipto, Canáde Galilea, el Gólgota, Pentecostés en el Cenáculo de Jerusalén. Son etapas de una peregrinación llevada a cabo con profunda fe. ¡Dichosa eres tú, María, porque has creído..., por eso todas las generaciones te llamarán bienaventurada! (cf. Le 1, 45-48).

Vosotros y vosotras os habéis decidido a seguir a Jesús, el Hijo de Dios. ¡Cuántas veces la Madre nos ha llevado amorosamente a su Hijo! ¡Por María a Jesús! La Virgen, desde el cielo, os mira Son cariño y os protege en los avatares de la vida. ¡Madre de la humanidad redimida, ejemplo de amor, de abnegación y de servicio, haz que estos hijos tuyos que te aclaman como Madre, después de la peregrinación terrena, sean dignos de estar contigo en el Reino de la Vida!

Es cada vez más necesario que incluso en los lugares más apartados de la tierra se den testigos, testigos jóvenes, del Evangelio, sin miedo o temor a las situaciones y a las circunstancias adversas, que sepan vivir coherentemente las exigencias de la fe, con la mirada fija en la santificación personal y en el ejercicio de la caridad fraterna.

Questa esta Jornada os estimule a colaborar decididamente en el designio salvffico de Dios, en un mundo religiosamente secularizado y socialmente fragmentado, para que la Buena Nueva de salvación llegue a todos los hombres. ¡Proclamad con decisión la Verdad única de Cristo!

3. «Respice stellam, vaca Mariam!»

¡Mira la estrella, invoca a María!

Que la Virgen sea ahora y siempre vuestra estrella y protección. Amadla como Madre que es. iMadre de Cristo y Madre nuestra! Y que el Señor Santiago haga de vosotros y de vosotras testigos fieles y decididos; testigos de perdón, de paz y de misericordia; testigos que prefieren construir sobre el cimiento sólido del amor y de la bondad; testigos que aguardan con paciencia y, a veces, doliente confianza la venida del Señor.

¡Madre de todos los hombres, enséñanos a decir AMÉN.

Después de rezar la plegaria mariana e impartir la bendición apostólica, Juan Pablo II saludó a los jóvenes de todo el mundo presentes en la celebración, pronunciando en italiano, francés, inglés, alemán, portugués y polaco las siguientes alocuciones:

Queridos jóvenes: os agradezco vuestra presencia tan numerosa y tan significativa: os agradezco vuestro espléndido testimonio de fe viva y vibrante. ¡Mantened siempre dentro de vosotros la alegría de esta fe! ¡Haced que se transparente! Difundidla a westro alrededor: será el fruto más hermoso de esta admirable peregrinación a la tumba de Santiago.

Queridos amigos de lengua francesa: en el momento de despedirnos, os agradezco de todo corazón vuestra participación entusiasta en este encuentro inolvidable. Ahora os animo vivamente a llevar a todos vuestros hermanos y hermanas la Buena Nueva de que Jesucristo es el Camino, la Verdad y la Vida. Como el Apóstol Santiago, sed también vosotros testigos de Cristo con todo el ardor y la generosidad de vuestra juventud. El Papa tiene confianza en vosotros. El Papa os ama. Id en la paz de Cristo.

Queridos jóvenes: os agradezco que hayáis estado aquI y hayáis tomado parte en esta gran experiencia de oración y amistad en Cristo. Os pido que, ante todos aquellos con quienes os encontréis, seáis testigos del amor de Dios y la fe que hemos compartido.

Al despedirme, saludo también a vosotros, jóvenes de los países de lengua alemana. Habéis venido a Santiago de Compostela desde vuestra patria, a lo largo de aquel antiguo camino de peregrinos de tantas generaciones cristianas, y habéis experimentado aquí, en la meta, la comunidad de la Iglesia, por encima de todas las fronteras de lenguas y pueblos. Como cristianos, considerad toda vuestra vida como un camino de peregrinación, al cual ha sido prometido una meta: Dios mismo, que vive en Jesucristo vuestra vida con vosotros. Sacad continuamente de esta fe, fuerza y esperanza, y compartid con los demás vuestra alegría por la fe. Acompaño vuestro regreso en vuestro camino de la vida futura con mi oración y mi bendición apostólica.

Con un cordial saludo de despedida, «hasta siempre», doy las gracias a los jóvenes amigos de lengua portuguesa por haber participado (¡y con gran entusiasmo!) en la peregrinación. Sed heraldos de la experiencia que habéis vivido aquí. Promoved y suscitad la curiosidad de los que no han podido o no han querido venir, a la manera del Apóstol Felipe: «¡hemos encontrado a Cristo! Él quiere ser todo en todos. Y estamos decididos a ser cada vez más discípulos suyos, a custodiar su Verdad, la verdad que libera». Y sed portadores de mi bendición a todos vuestros amigos y a vuestras familias. «¡Hasta siempre!»

Queridos jóvenes peregrinos de Polonia y del extranjero: Os saludo cordialmente y os agradezco vuestra participación en la Jornada Mundial de la Juventud de este año en Santiago de Compostela. Vuestra peregrinación a la ciudad de Santiago requería mucho esfuerzo, entrega, sacrificio, renuncias, abnegaciones y perseverancia. Con entusiasmo juvenil habéis superado todas las dificultades y os habéis encontrado juntamente con tantos coetáneos vuestros de diversas partes del mundo ante la tumba del Apóstol y Mártir para meditar en vuestra vocación y confirmaros en ella; para aprender la verdad evangélica acerca del esencial criterio de grandeza del hombre: «el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor» (Mt 20, 26); para llevar fuera de aquí esta convicción de que ser grandes quiere decir «servir», en otras palabras, ser hambre para los demás a ejemplo de Cristo.

Llevad con vosotros a vuestras casas, a vuestras familias, a vuestros ambientes, a vuestras universidades y parroquias, esta riqueza de los acontecimientos espirituales que habéis vivido estos días.

Que la Bienaventurada Virgen María, admirablemente presente en la misión salvífica de Cristo, sea para vosotros «Estrella de la mañana» en vuestra peregrinación terrena de fe, de esperanza, de caridad y de perfecta unión con Cristo, que es nuestro camino, verdad y vida (cf. Lumen gentinm n. 58.65).

Os bendigo a todos en nombre de la Santísima Trinidad.

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